El maestro de la sangre a borbotones explota la relación vampírica con su actriz fetiche.
Si uno lleva una katana entre las manos, lo mínimo que puede hacer con ella es usarla, ya sea para rebanar melones o cortar cabezas. Si una tiene una cabellera "rubia arenosa" (Uma dixit), unos ojos verdes que hubieran podido inspirar aquello de "las chicas buenas van al cielo, las malas..." y lleva un número 45 en las botas, lo mínimo que puede hacer es convertirse en la musa del genio de la violencia cinematográfica y fanático de los pies Quentin Tarantino. De ahí a imaginar a cuatro manos la historia de una novia vengadora vuelta de la muerte, media un paso. De ahí a aprender a usar la katana, ninguno.
Aficiones peligrosas
Así como hay actores nacidos para recitar las palabras que en su boca pone un director hablemos de Jack Lemmon y Billy Wilder, hablemos de Woody Allen y Woody Allen; hay directores nacidos para poner palabras en la boca de una actriz, hablemos de Billy Wilder y Audrey Hepburn, hablemos de Woody Allen y Mia Farrow. Y hablemos de Quentin y Uma, o de Uma y Quentin.
Tarantino, ha quedado claro tras cuatro largometrajes, tiene dos aficiones en esta vida: el cine y Uma Thurman. Lo demás: los duelos a muerte, la sangre a borbotones, rescatar actores del cementerio de los elefantes, los Chevrolets o las katanas, no son sino consecuencias secundarias. Y cuando Tarantino logra conciliar, aunque la palabra sería en realidad desatar, sus dos obsesiones principales, el resultado roza el firmamento. Para muestra una Palma de Oro en Cannes (Pulp Fiction, 1994).
Aunque, si lo pensamos bien, por la cabeza de Tarantino ronda un tercer factor: las mujeres fuertes, la mujer como amazona dispuesta a todo, como homenaje a esa madre soltera que lo crió. Pensemos un momento en Pam Grier/ Jackie Brown, pensemos en Patricia Arquette/Alabama Whitman y volvamos a pensar en Uma Thurman y en las razones que, a lo largo de dos filmes, Tarantino tiene para encontrarse a sus pies.
Por todo ello si, en palabras de QT, Kill Bill es "vergonzosamente autobiográfica" y es "obviamente el producto del hijo de una madre soltera"; la novia/madre Uma es, por obra y gracia de la pluma de San Quentin, deliciosamente letal, de una manera que ya hubiera deseado Sharon Stone en Instinto Básico. Lo dice él: "Uma es el sueño de cualquier director", y ella, cuando la prensa no se harta de preguntar por su estrecha relación, responde sencillamente: "Imagino que es mitad accidente y mitad conexión. Quentin es un gran tipo". Y pinto
Diego Salazar
ClubCultura #4 Otoño 2004

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