viernes, 6 de febrero de 2026

Contrato con Dios Will Eisner Norma Editorial



Tal relatividad implica el hecho creativo que, si para muchos auto res la consagración de un personaje colma sus afanes profesionales, para otros no parece más que un aprendizaje preceptivo antes del auténtico tour de force. Al igual que Quino con su Mafalda, Spirit fue un punto de partida para Will Eisner. Despreocupado de una edad que para tantos marca la jubilación intelectual o define estancamientos más o menos regresivos (cuando no reciclajes fuera de tono), nuestro autor inició, rebasados los sesenta, su más definitiva etapa publicando en 1.978 el título que motiva estas líneas. Ello no sólo significó su regreso a la ficción dibujada, sino el comienzo de su más poderosa contribución a la misma, justo en el cénit de sus facultades, esto es, tras el maravilloso campo de pruebas que conformó The Spirit y depurada su capacidad comunicativa en subsiguientes décadas de utilizar la historieta como herramienta didáctica.

Y una encomiable fe en las infrautilizadas posibilidades del medio junto a la convicción de que el cómic podía significar algo más que superhéroes o tiras de prensa fue quizá la causa de su adscripción a la por entonces naciente y socialmente relevante novela gráfica, ese inútil mestizaje entre ilustración y literatura donde precisamente los escasos productos de valor para el cómic son aquellos que eluden los presupuestos que la definen. Cosa que se apresuró a hacer Eisner tras el primero de los cuatro relatos que componen este Contrato con Dios. Por lo que asombra la insistencia en identificarle de continuo con la tal "graphic novel" o "cómic novela": no sólo no la inventa, sino que la deconstruye, se sirve del formato álbum (añejo ya en Europa por aquellas fechas) para profundizar en el puro lenguaje del cómic, para desgranar hasta la disección sus claves y ofrecer apabullantes lecciones de asignaturas tan ele mentales como, por ejemplo, planificación y montaje. Porque no hallaremos en Eisner innovador alguno; todos sus recursos ya estaban allí, aunque rara vez se utilizan con semejante intensidad o pericia y tan a menudo son pasmosamente obviados.



Contrato con Dios, El cantante callejero, El Super y Cookalein son las "historias de Nueva York" que componen el volumen, primeros escarceos autobiográficos en esa reivindicación de la memoria vivencial y racial que nos remonta a los años de la Depresión. Cuando, según palabras introductorias del autor, "el mundo era la Avenida Dropsie". Mundo novedoso como campo de trabajo y recurrente hasta la actualidad en su obra: Eisner había cambiado el thriller por el drama y el espectáculo por la vida misma. Ciertamente, la fábula que cuestiona los cimientos de la propia fe, ese Contrato con Dios que da título al álbum, será lo más cercano a la novela gráfica en tanto que se sirve de un generoso texto como esqueleto del artificio narrativo, puntuado por unas imágenes que, con todo, soportan por sí solas los acentos dramáticos. Sin embargo, no existen alardes literarios compitiendo con presunciones gráficas ni un verbo redundante que esclerotice el ritmo narrativo, sino que imagen y texto interactúan con precisión relojera en un proceso de integración casi osmótico. Y en ese punto concluye la relación del autor con la "graphic novel" a nivel de lenguaje, llámese como más plazca al soporte en que se publican sus obras. Porque, innecesario ya el tono grandilocuente del primer relato, Eisner reduce en el resto el protagonismo de la voz en off a la breve introducción o al somero epílogo, estado en que se mantiene hasta la fecha presente. No es éste, por otra parte, lugar para extenderse sobre la extinción natural de los postulados originales de la novela gráfica ni sobre la prodigalidad con que se utiliza hoy por hoy como simple formato.

Sobra, decíamos, la retórica en esta crónica de la desesperanza que niega el optimismo presunto de Eisner, muy lejos de Frank Capra en semejante muestrario de mezquindad y amargura, en absoluto mitigada por un prepotente dios bíblico. La estética también elude aquella impactante Central City de sombras ominosas pero perfectas. Y el preciosismo gráfico, ahora disipado en pinceladas rotundas y trazos rápidos, casi reminiscentes del underground; el mundo ya no es en color, abunda el gris y ni siquiera el negro es absolutamente oscuro.

La revisión de Norma, en fin, se demuestra oportuna en su coincidencia con el octogésimo aniversario de Will Eisner y competente con una edición más fiel a la original de la que nos brindara Toutain hace 18 años, respetando, entre otras cosas, esa tinta sepia que nos advierte del filtro nostálgico de la memoria. Sólo resta reivindicar el completismo clamando por ediciones sucesivas de Vida en otro planeta y Afán de vida, inéditos aún en forma de álbum. Que no de novela gráfica.

Yexus


U, el hijo de Urich #6 septiembre 1997


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