Si uniéramos la contundente densidad rítmica de Prodigy o Chemical Brothers y la vertiginosa musculatura del mejor McTiernan, podríamos quizá hacernos una idea de lo que nos aguarda en las deslumbrantes páginas de esta nueva incursión de Norma en el catálogo de Dark Horse (la más afortunada, hasta hoy): un tebeo de acción, violento y voluptuoso, valiente, divertido. La puesta de largo definitiva de un dibujante que corría el peligro de quedarse en eterna gran promesa: Jason Pearson.
La obra de Pearson es más bien escasa, pero brillante (algo más de un año de Legion of Superheroes, Uncanny X-Men Annual #17, Vanguard #2, la miniserie Dragon:Blood & Guts y un puñado de historias cortas, ilustraciones y portadas a menudo arrebatadoras; poca cosa, si tenemos en cuenta que empezó a publicar en 1991). Integrado en el Gaijin Studio de Adam Hughes, su estilo espectacular y limpio, conglomerado de influencias tan dispares como el diseño gráfico o el manga, así como su evidente amor por determinados autores atípicos que tuvieron sus momentos de gloria hace ya más de una década (Golden a la cabeza, pero también está la sombra de Chaykin y, muy lejana, incluso la de Steranko), le convierten en un nombre a seguir en los próximos años (y en el mejor, con diferencia, de entre sus compañeros de estudio).
Pero volvamos a Body Bags, la serie que nos ocupa. Podemos definirla como un thriller brutal ambientado en un futuro indeterminado, cercano, que permite al autor lucirse con una ambientación rabiosamente actual (de un estilizado realismo MTV, para entendernos) y regalarse licencias como la inclusión de todo tipo de cyborgs (un recurso casi más estético que argumental, si nos ponemos estrictos). Construido con precisión milimétrica y muy poco amor por la corrección política (aunque tampoco llega demasiada sangre al río, no nos dejemos engañar por las apariencias y ese texto un poco papanatas del simpático Piñol) y resuelto con un desparpajo y un dominio de los mecanismos del medio absolutamente apabullante, Body Bags es un tebeo como uno no esperaba ya ver. No una mera montaña rusa: todo un parque de atracciones empeñado en arrancarte el aliento entre página y página.
De la edición española, poco podemos decir (aparte del precio, que sigue siendo, como parece ya norma de la casa, excesivo). Quizá habría que tener más cuidado con la impresión (los colores, deudores también del discutible pero espectacular estilo del gran Golden, quedan demasiado apagados), y tampoco hubiera estado de más una traducción más suelta, más coloquial. Eso sí, es de agradecer que también Norma haya decidido potenciar los textos informativos en sus tebeos (aunque en este caso Cels Piñol insista en vendernos un tebeo que no se parece en nada al que yo he leído; le redime que al menos da un par de datos útiles en torno a la génesis de la obra).
(Antes de cerrar, un par de consejos: que nadie pierda de vista las portadas absolutamente espeluznantes de Michael Golden, un monstruo de lo gráfico sin cuya influencia seminal Jason Pearson estaría hoy copiando quién sabe a qué nipón. O, peor aún, quizá al propio Hughes.
Al abrir el tebeo, por favor, dejemos los prejuicios a un lado y disfrutemos de la obra como lo que es: un ejercicio de malabarismo lúdico, una valiente ecuación de montaje, vértigo y euforia).
francisco naranjo
U, el hijo de Urich #7 Noviembre 1997



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