Continúa Joan Navarro empeñado en la recuperación de la muy dispersa obra del que seguramente ha sido el mejor humorista que la historieta española ha dado hasta hoy. Y lo hace con el tercer y cuarto títulos de la colección Genios del Humor (aparecidos con algo más de un mes de diferencia), dos libritos de 48 páginas que recopilan trabajos aparecidos muy a finales de los 80 en los que Vázquez juega a la autorreferencia con una ligereza y una frescura envidiables. Historias de acreedores y morosos, de setas, de recetas, chistes de desiertos y de inspectores de Hacienda...
Siempre con una economía de medios, con una elegancia en la puesta en página que es ya seña de identidad. Y, siempre, el autor de cara al público con su sonrisa de suficiencia, dialogando con el lector, añadiendo nuevas anécdotas a su leyenda, reforzando el personaje.
Pero Vázquez es algo más que un humorista excepcional. Su forma de resolver la página, la libertad del encuadre, la escenografía elemental (hoy hablaríamos de minimalismo) pero extraordinariamente dinámica, el espíritu libertario con que encaraba su oficio de historietista, le confirman como un gigante del medio cuya relevancia no acaba de ser reconocida aún hoy, pese a la insistencia en su reivindicación por parte de gente intachable como Gallardo, Mique Beltrán, Brocal (herederos espirituales, de una u otra forma), de estudiosos como Cuadrado, como el propio Navarro (que sigue en su trincherita de Glénat regalándonos con sus ocasionales rescates).
La edición de estos álbumes, decididamente popular, quizá debería contar con un papel menos endeble (pero a lo mejor entonces habría que quejarse del precio), y se echa en falta, además, un mínimo de información sobre el material publicado (techas, cabecera de publicación original...). Pero, eso sí, está Vázquez dentro. Un Vázquez maduro, quizá resabiado ya, de vuelta de casi todo (de una industria que lo esclavizó y lo anuló, de unos tebeos aburridos), de vuelta incluso de sí mismo, de su eterno personaje, y sin embargo tan fresco, descarado y desternillante como siempre. El mismo Vázquez creador del gran Anacleto, de las hermanas Gilda o de ese Angelito terrible que sembraba el caos allá donde su errático vagabundeo le llevara, un historietista muerto ya, sí (como tantos otros), pero que vive aún en el recuerdo, en las páginas brillantes de su inmensa obra. Sólo por la oportunidad de reencontrarnos con él, deberíamos estar eternamente agradecidos a Glénat y a Joan Navarro. (¿Sería mucho pedir, además, un público que lo supiera apreciar?)
francisco naranjo
U, el hijo de Urich #8 enero 1998


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