jueves, 8 de enero de 2026

BIG BLOWN BABY BILL WRAY DARK HORSE

Los tebeos siempre han estado bien provistos de humoristas blasfemos, brutos y escatológicos, de los que saben hacer un chiste con un orinal y dejarte humillado si intentas descifrarlos. A los Vullemin, Reiser, Akatsuka, Álvarez Rabo, Edika y otros mártires irreverentes se quiere unir ahora el nombre del americano Bill Wray, que, ayudado en parte por el guionista Robert Loren Fleming, ha parido el inmenso BIG BLOWN BABY, una miniserie de cuatro números destinada a cambiar la forma en que vemos la taza del wáter y, por lo tanto, nuestras vidas.

Antes de entrar en otro tipo de disquisiciones, conviene dejar claro desde el principio que BIG BLOWN BABY es una salvajada que sorprende a cada viñeta, porque cada viñeta aumenta el tamaño de la última afrenta y parece buscar el límite de la tolerancia admitida en un producto publicado por Dark Horse y, desde luego, claramente insertado en el mainstream yankee. Bill Wray, como el niño de año y medio, parece especialmente a gusto manipulando vómitos, excrementos, órganos sexuales (en concreto masculinos) y todo tipo de fluidos corporales (sí, la menstruación también), pero lo que le da la categoría suficiente como para ser aceptado (qué digo aceptado, adorado) por los sesudos críticos que conforman el malévolo Círculo Interno del U es su eficaz manejo de referencias suficientemente elegantes y eruditas, como es el caso de Jack Kirby y Harvey Kurtzman, con alguna gota de Hanna Barbera y Wally Wood para dar colorido y remachar el triunfo. En realidad, soy injusto. Es cierto que BIG BLOWN BABY parece un tebeo de Kirby dibujado por Kurtzman y escrito por un Stan Lee violentísimo que tratara de hacer méritos para publicar en el TMEo, pero no es eso lo que hace que sea la repanocha, sino lo contundente y brillante de sus gags, lo delirante de su verborrea, el dominio que demuestra de las artes narrativas y compositivas y todas esas virtudes que ahora podría enumerar durante varias líneas sabiendo que a continuación me voy a escapar de explicarlas con la excusa de que el espacio impone sus limitaciones.



Si alguien ha leído hasta aquí sin conocer la obra y ya arde en deseos de saber de qué trata, que no sufra, ahora toca el resumen. Como si en un THOR de los de Lee y Kirby se tratara, contemplamos los salones dorados de los dioses cósmicos, asistimos a su concepción y nacimiento y al envío de uno de sus infantes a la Tierra, ya que todos los dioses niños "son lanzados en pequeñas naves hacia mundos remotos, donde deben demostrar que son dignos de la divinidad realizando hazañas de heroismo ininterrumpidamente durante cien años, o salvando todo un planeta, lo que caiga antes". Nuestro Big Blown Baby aterriza en mitad de una familia que, si mejorase notablemente, podríamos definirla como disfuncional. El padre, ex-marine, es una montaña de músculos que anda desnudo por la casa exigiéndole a su acojonado hijo que le machaque las pelotas con un martillo ("¡Vamos!" le arenga, "Me puedes pegar más fuerte! ¡Crees que no puedo soportarlo, ¿verdad?!'). Como el pequeño diosecillo también es un cafre, los conflictos se desatan sin demasiados prolegómenos, alcanzando su culminación en un extravagante duelo de inmundicias, consistente en ver quién es capaz de comer la cosa más asquerosa. La trama ofrece otras complicaciones (como la aparición de un polluelo espacial con poderes mentales que quiere vengarse de Big Blown Baby) y, que nadie se confunda, no es una simple excusa para acumular chistes sin sentido. Al final de la mini-serie, el lector está realmente interesado en saber cómo va a acabar todo, cosa que no siempre consiguen los tebeos de superhéroes formales.

Cada número de BIG BLOWN BABY ofrece una sección principal ocupada por esta historia, y una serie de complementos de diversa extensión, protagonizados por el Voyeur (trasunto del célebre Vigilante marveliano) o por los distintos Big Blowns de la naturaleza (Big Blown Bird, Big Blown Bee).

También hay colaboraciones de otros autores, en forma de ilustraciones o de historietas de una página: Hilary Barta, Bob Finger-man, Mike Mignola y Stephen DeStefano contribuyen a la causa.

Los aficionados a reirse con las excreciones intestinales y los que echan de menos más frecuentes trabajos del gran Gallardo quedamos desde ya a la espera de posibles continuaciones de este monumental título, que tantos movimientos de vientre está destinado a provocar en los civilizados gabinetes de los lectores de tebeos cultos.

Trajano Bermúdez

U, el hijo de Urich #2 Enero 1997


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