Tiene cierto morbo entrevistar a un autor de autoficción en su casa, más aún cuando la casa es escenario de parte de su obra. El chalecito del comiquero quebequense Michel Rabagliati en el barrio montrealés de Ahuntsic no decepciona. Rodeado de arbustos, con un pequeño mirador y un porche toldado ("lo construí yo cuando nos mudamos aquí hace 26 años", cuenta), es casi idéntico a los dibujos que aparecen en su última obra publicada en España, Paul en casa.
Aquí mismo, en su estudio, que durante un tiempo estuvo en el sótano y ahora se encuentra en la planta baja, Rabagliati ha desarrollado minuciosamente el personaje de su alter ego, Paul: a lo largo de 11 álbumes -seis de ellos publicados en español por la editorial Astiberri-, de la infancia a la madurez, pasando por todos los hitos vitales, y desde los años sesenta hasta la actualidad. "He contado prácticamente todo mi pasado", dice.
Si se ha leído su saga de Paul, uno también tiene la sensación de conocer de alguna manera a Rabagliati antes de cruzar una palabra con él. El autor tampoco decepciona: comparte con Paul la frente ancha, la nariz prominente y las cejas pobladas tan características del personaje. Pero, a diferencia de su alter ego, Rabagliati es elocuente y energético, generoso con la palabra y con el tiempo ("hablo mucho" y "tengo todo el día para vosotros" fueron dos cosas que nos advirtió nada más llegar). En el pequeño comedor contiguo a una cocina americana vintage verde oscuro, habla de la autoficción como una respuesta al olvido, una suerte de documentación vital.
-Además, no soy capaz de escribir ficción. No me la creo ni yo. Es una cuestión de honestidad. Inventar cosas, inventarme a una persona que no conozco, que se llama, no sé..., Lucía o Silvia, y darle un papel como, yo que sé, azafata..., ya estoy fuera. No me lo creo. Digo: bah, qué aburrido. Si ni siquiera la conozco, esta persona no existe. Así que cuanto más cercano, más me interesa, más me motiva. Prefiero contar la historia de un tipo que va al Provigo [una cadena de supermercados en Canadá] que inventarme una historia de alguien que se va de expedición a África. Probablemente haré algo mejor con el que va al Provigo que con el aventurero africano.
La vida de Paul es, efectivamente, una vida sin eventos notorios, sin sobresaltos. No hay grandes aventuras ni héroes. Tampoco tragedias ni situaciones sórdidas o violentas. Sin embargo, la serie es un éxito de ventas en toda la francofonía, ganadora de dos premios en el Festival Internacional del Cómic de Angulema, el encuentro de referencia para historietas francohablantes. Y la razón por la que en 2022 se condecorase a Rabagliati como caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia.
-Probablemente haya una especie de magia en el dibujo. Creo que el dibujo es simpático. Es simple, fácil de entender, de descifrar. Y el personaje cae bien. No tiene rasgos muy marcados: no está supermusculado, ni es muy masculino, ni muy femenino. Es un poco andrógino. Es sensible y receptivo con lo que pasa. Su forma de estar en la historia hace que sea cautivador. Porque yo lo coloco como si el lector estuviera dentro del personaje, como si se pusiera un disfraz con cremallera y caminara con Paul. Y Paul va descubriendo las cosas a la vez que el lector. Y el lector, sea hombre o mujer, se puede proyectar fácilmente, porque el personaje es bastante neutral. Y lo que le pasa es la vida. Los acontecimientos van ocurriendo como ¡zas!, ¡pam!, ¡sorpresa!, y él los recibe, los acepta, los vive. El lector está en la misma posición, avanzando con él por la historia. Quizás ese sea el secreto.
A Paul le pasa la vida, y le pasa en Quebec. La saga da un repaso a usos, costumbres e historia reciente de la provincia canadiense -francófona y nacionalista-, con cierta nostalgia y con muchísima precisión. Por ejemplo, Paul en los scouts, quizá el más político de todos los títulos, tiene como contexto la lucha del Frente de Liberación de Quebec (FLQ), un grupo separatista violento considerado como terrorista por el Gobierno de Canadá, que en 1970 protagonizó la llamada crisis de octubre.
El álbum describe e ilustra con bastante objetividad y desde el punto de vista de un Paul adolescente las semanas en las que el FLQ secuestró al diplomático británico James Cross y al entonces ministro de Trabajo, Pierre Laporte, a quien terminarían matando, y desencadenaron que el entonces primer ministro, Pierre Trudeau, padre de Justin Trudeau, aplicase la ley marcial. Como en otras ocasiones, la historieta navega entre el francés y el inglés para retratar un momento que marcaría las relaciones entre Quebec y Canadá.
El cambio de registro e incluso de idioma es uno de los puntos fuertes de Rabagliati. A cada personaje y a cada situación, el autor le otorga el estilo lingüístico apropiado, y como bien corresponde a un país bilingüe, el idioma adecuado al momento. En el universo de Paul no faltan el vecino de origen italiano que pese a llevar toda su vida en Montreal no habla francés -algo que irrita profundamente a los quebequenses (y a Paul)- o la mánager que utiliza tantos anglicismos que en sus frases cuesta encontrar palabras en francés.
-En Paul va de pesca o Paul se muda, verás que hay diferentes niveles de lenguaje.
El de los inmigrantes, como el vietnamita del colmado, que tiene muchas dificultades con el francés. O el pescador de Joliette (ciudad en el suroeste de Quebec), que tiene un acento rural, y usa muchos anglicismos. Cuanto más te alejas de la ciudad, más anglicismos encuentras, más quebequismos también. Me gusta detectarlo y subrayarlo cuando encaja bien.
La casa de Rabagliati está plagada de bártulos que dan cuenta de su interés por las artes visuales. Muñecos, juguetes, un luminoso de un taxi, matrículas de coches locales y muestras impresas de fuentes tipográficas de distintos estilos, cuidadosamente organizadas en estanterías y corchos de la pared de su estudio. Su padre y su hermana se dedicaron a la tipografía, y él, tras un breve paso por el oficio, estudió diseño gráfico. De ahí saltó a la ilustración editorial y para marcas, y acabó aterrizando en el cómic, su gran sueño desde la infancia.
Este recorrido vital ha dejado su impronta en la saga de Paul. En las historietas, aparecen productos y negocios típicamente montrealeses dibujados con rigor. Rabagliati asegura que con esto también responde a esa necesidad suya de batallar contra el olvido, de documentar el presente.
-Cuando dibujo un objeto, me gusta ser muy preciso. Sobre todo cuando hay tipografía, o si es un cartel, especialmente los carteles exteriores. Soy muy muy detallista con eso, porque son landmarks, puntos de referencia, y muchas veces son cosas que van a desaparecer. Sobre todo con los letreros antiguos, soy muy nostálgico. Por eso me gustan tanto las películas de Wes Anderson. Es muy meticuloso. Si pone un cartel de "elevator" (ascensor) en una escena, usa Futura Light. ¡Guau, me encanta eso! Todo está cuidado. Cualquier caso que aparece en una mesa tiene una buena tipografía. Todo está bien equilibrado, bien espaciado, con un interletraje impecable. Es el único que cuida la tipografía así. Bueno, también Almodovar. Sus títulos de crédito son una pasada. Sólo los créditos ya me hacen parecer ver la película.
Esa misma minuciosidad en el dibujo la aplica en los detalles arquitectónicos, en los edificios que aparecen como escenario de las historias de Paul. Y probablemente este aspecto costumbrista de su obra sea una de las claves de su éxito en Quebec, una región obsesionada con su identidad cultural y una necesidad de reafirmación como nación distinta a Canadá. Y aunque este verano haya recibido la medalla de la Orden de Canadá, una de las distinciones civiles más altas que otorga el Gobierno, Rabagliati es consciente de que no todos los públicos acogen con el mismo entusiasmo al personaje de Paul.
-No tengo éxito en el mundo anglosajón. Mis historias les parecen demasiado dulces, demasiado tiernas. Mi traductora -magnífica, por cierto- me lo ha dicho. Las tiradas son decentes, pero las ventas son lentas, sin mucho entusiasmo. Y sé por qué: los estadounidenses vienen de los superhéroes, del bien contra el mal, las armas... Incluso los cómics autobiográficos que les gustan son Maus, cosas muy duras, muy oscuros. Buddy Bradley, Dan Clowes, Charles Burns... Todo muy subterráneo, con traumas, depresión. Juliet Doucet, por ejemplo, que es de aquí, tiene mucho éxito en Estados Unidos. Porque es punk, es oscuro, hay bares, encuentros turbios. Eso gusta. Y en el Canadá inglés también: sus lecturas son muy oscuras. Mi obra es más luminosa. Lo que presento de la vida es bastante soleado.
La excepción en este trabajo soleado es Paul en casa, su décimo título que cierra una primera etapa de la saga, y que salió a la venta en España el pasado mes de marzo. En este volumen, Paul se acaba de divorciar de su esposa, un personaje muy presente en el resto de su obra, y su hija, ya mayor de edad, decide irse a vivir temporalmente a Londres. Y en medio de esta soledad de sus 51 años, a su madre le diagnostican un cáncer terminal y muere.
-Entré de lleno en los peores momentos de mi vida. Muy real, muy duro. No sé por qué lo hice. Quizá porque necesitaba escribir. Necesitaba hablar con alguien. En Paul en casa, Paul dice: "Me gusta hacer cómic porque me relaja". Y su perro le responde: "No, es porque necesitas hablar con alguien". Y es así, tal cual... Aunque creo que escribir sobre ello fue menos doloroso que hacer la promoción del libro doloroso. Por culpa de la autoficción. Me sería mucho más fácil hablar de un libro si fuera ficción. Pero es mi vida. Y me vuelven a interrogar sobre mi vida. Y eso a veces... es demasiado.
Mientras gestiona momentos desoladores, se enfrenta a tareas y situaciones altamente irritantes: limpiar una piscina sucia, ir al dentista, lidiar con la apnea del sueño, empezar a correr, abrirse un perfil en una web de citas... Patéticos problemas del primer mundo y de la mediana edad con los que es fácil sentirse reconocido, simpatizar.
-En Paul en casa, al principio me dije: me voy a quedar en el sótano todo el tiempo. Pero me di cuenta de que no sería bueno, ni para mí ni para el lector. Así que uso el humor para romper la atmósfera, para cambiar de tono. Exactamente como hace Woody Allen. No se queda siempre abajo: le da al lector galletas, azúcar, para que haya diversión. Lo que se llama comic relief. En guión se usa mucho. El comic relief llega cuando el lector está cansado, saturado emocionalmente, y le das un chiste para reengancharlo. A mí eso me interesa muchísimo, la construcción del guión. Cómo organizar los elementos de una historia para que provoquen un efecto: flashbacks, flashforwards, primeros planos...
El comic relief funciona de maravilla en la versión teatral de Paul en casa que durante 2024 y 2025 se ha podido ver en Montreal, y en la que Rabagliati ha colaborado con el guión. Aunque esta no era la primera puesta en escena de Paul; en 2015 el director de cine quebequense François Bouvier llevó a la gran pantalla Paul en Quebec, en la que Rablagiati colaboró también como guionista.
-Escribir para cine no me interesó. Muy laborioso, todo cronometrado. Todo es un problema. Todo cuesta, cuesta, cuesta. Mientras que en cómic... puedes dibujar ocho caballos con uniformes napoleónicos y cañones... y no pasa nada. Tú dibujas lo que quiera. Una escena aérea, ¡y tan feliz! En cine, para tener esa imagen, tienes que negociar todo.
En la habitación donde está su estudio, Rablagiati nos enseña bocetos de la obra en la que trabaja y también algunos de Rose en la isla, una novela ilustrada que se publicará en España a finales de año. Cuenta que la viñeta de la historieta se le quedaba pequeña para representar la inmensidad de los vastos paisajes de Bas-Saint-Laurent, donde se encuentra la isla en la que se desarrolla la historia, y que decidió probar un nuevo formato. La amplitud se agradece y favorece al estilo característico de Rabagliati: los dibujos son más minuciosos si cabe y sin la limitación de los bocadillos, las reflexiones de Paul son aún más interesantes.
-Pensé en hacer algo así, un poco anticómic tradicional, con ilustraciones grandes. Hago un dibujo, lo escaneo y lo encajo en el texto. Primero escribí todo el libro en InDesign, que normalmente los escritores no hacen. Ellos escriben en Word, y luego un diseñador maquetador se encarga. Pero yo hago la maquetación directamente. La tipografía que quiero, márgenes, el tamaño, todo. Eso me permite controlar muy bien el ritmo. Una página, un tema. En Word no puedes controlar eso, el texto fluye y luego alguien lo ajusta como puede.
Rablagiati quedó contento con el resultado y su próxima publicación, que saldrá a la venta en Canadá el año que viene, seguirá el mismo formato y estilo. Y aunque Paul ya no aparecerá en los títulos, seguirá siendo el protagonista. Es lo que tiene declararse incapaz de crear personajes ficticios: tu alter ego se vuelve imprescindible, aunque duela.
Paul en casa. Michael Rabagliati
Traducción de Óscar Palmer. Astiberri, 2025
208 páginas. 23 euros
El Pais. Núm. 1.760. Sábado 16 de agosto de 2025
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