sábado, 31 de diciembre de 2022

‘Historia de Roma’, la pionera obra del historiador y premio Nobel de literatura Theodor Mommsen

El experto alemán trasladó a los cuatro volúmenes de su obra principal los valores del presente al pasado para seducir al gran público y popularizar la disciplina

Detalle del mosaico de Low Ham (350 d. C.), en los baños de una villa romana de Somerset (Inglaterra), que cuenta la historia de Dido y Eneas.

URBANIMAGES / ALAMY STOCK PHOTO (ALAMY STOCK PHOTO)

MANEL GARCÍA

03 DIC 2022


Hace ahora ciento veinte años, en 1902, un historiador alemán, Theodor Mommsen (1817-1903), ganaba el premio Nobel de literatura con su monumental Historia de Roma, según el jurado por ser “el más grandioso maestro con vida del arte de la escritura histórica”. Era la primera vez y la última que la Academia Sueca premiaba a un historiador, salvo que queramos ver en Winston Churchill a un historiador y no tan solo a un político, premiado en 1953 por su dominio de la biografía histórica y brillante oratoria, y que para algunos debería haber sido galardonado acaso con el Nobel de la Paz.

La historiografía iniciaba con Mommsen su culminación como ciencia y, sin saberlo, propiciar un alejamiento del gran público como lector por ese mal necesario de la barbarie del especialismo denunciado por Ortega y Gasset. Si su Historia de Roma todavía permitía al lector culto que no especialista sumergirse en la historia como magistra vitae, el resto de su producción ya iba a ser harina de otro costal, un saber riguroso y científico apto tan solo para especialistas. En el laudatio del Nobel ya se recogía ese giro al hacer referencia a que con él la musa de la historia, Clío, había alzado su vuelo de arte elevado a ciencia rigurosa, algo sorprendente en alguien que, al tomar posesión como rector de la Universidad de Berlín en 1874, había afirmado que el historiador es más un artista que un sabio. Intuía el erudito teutón el debate que recorrería la historiografía durante todo el siglo XX y hasta nuestro días sobre el carácter híbrido de la historia como literatura y como ciencia, una frontera difusa que justificaría sin reparos, por qué no, que de nuevo un historiador optara hoy all Premio Nobel de Literatura.

Mommsen fue tan prolífico en su trabajo como en su matrimonio. Dieciséis hijos no lo distrajeron ni por un momento en su producción de 40.000 páginas de ciencia pura y dura; ni tampoco en autorrealizarse como hombre de acción, combinando el ejercicio de la historia con su participación en política como ferviente patriota defensor de la unificación alemana y como diputado; pasión y compromiso que le valieron la expulsión de la universidad y hubo de trasladarse a la Universidad de Zúrich, en donde redactaría buena parte de su Historia de Roma (1854-1856). Había aprendido antes de excelentes maestros en la Universidad de Kiel, fue discípulo del gran Gustav Droysen, y en la que estudió Derecho entre 1838 y 1843. El derecho romano iba a ser junto a la historia antigua su otra pasión investigadora y pronto se vinculó a la escuela histórica del derecho de Friedrich Karl von Savigny, que intercedió en su favor ante el rey de Dinamarca para ganar una beca para viajar a Italia en 1844. Desde Goethe, el viaje a Italia era la iniciación necesaria en los estudios clásicos y el humanismo, y Mommsen conoció allí al gran epigrafista Bartolomeo Borghesi, contacto que complementaría su trayectoria científica con su pasión con la epigrafía latina. Tras culminar su carrera académica con la cátedra de la Universidad de Berlín en 1861, pudo llevar a buen puerto una titánica obra emprendida unos pocos años antes para la Academia Prusiana de Ciencias: el Corpus Inscriptionum Latinarum (CIL).

La Historia de Roma es en rigor una historia de la república romana, desde la monarquía y su abolición hasta la fundación de la monarquía militar por Julio César, completada en 1885 con El mundo de los Césares, una historia de las provincias romanas desde César a Diocleciano, y en la que muestra su gran revolución en la historiografía: el uso junto a las fuentes literarias de fuentes jurídias, inscripciones y monedas, así como de la arqueología, hecho que hacía de Mommsen el primer historiador total de la antigua Roma y uno de los nuestros desde el punto de vista científico y metodológico. No obstante, lo que convierte en apasionante su Historia de Roma es uno de los aspectos que hoy en día la hace más cuestionable desde el punto de visa académico: un ejercicio de presentismo para seducir al gran público, y sin duda lo consiguió, en el que los líderes republicanos de la antigua Roma se presentan como liberales y progresistas, demócratas, conservadores o anarquistas, cuando no se ve en muchos de los protagonistas de la crisis de la república romana a auténticos junkers terratenientes prusianos. No cabe duda de que tras dicha elección había una voluntad de popularizar la historia mediante una divulgación rigurosa; no menos pesaban en su discurso los logros y fracasos de la revolución burguesa de 1848. Su simpatía por la democracia liberal y monárquica traicionaba su debilidad por los hermanos Graco, su crítica implacable a la corrupta nobilitas conservadora o su idealización, muy criticada, de la figura necesaria de Julio César como salvador de la república al instaurar una velada monarquía absoluta.

Este historiador hegeliano contribuyó también a la revolución de la historia del derecho romano con la publicación de Derecho público romano (1871-1888), Derecho penal romano (1899), así como con la edición del Digesto (1867), y la muerte le sobrevino, cómo no, trabajando en el Codex Theodosianus para una nueva edición del Corpus iuris civilis de Justiniano. Por si no fuera poca esta pasión grafómana y laboriosa del historiador alemán, encontró tiempo también para impulsar desde la Academia berlinesa la creación del Instituto Arqueológico Alemán, el Thesaurus Linguae Latinae o la Prosopographia Imperii Romani, dos enciclopédicos compendios sobre la antigua Roma y la lengua latina. Todo ello combinado con un frenético activismo político que igual reivindicaba la anexión de Alsacia o Lorena, criticaba a Bismarck o denunciaba los peligros del antisemitismo en la Alemania del siglo XIX y los males que presagiaba.

Su yerno, Ulrich von Wilamowitz-Moellendorff, otro gigante de las ciencias de la Antigüedad, criticó el cesarismo de Mommsen; quizás un mal perdonable en el César que necesitaba la historia de Roma para ser a la vez ciencia y literatura, una virtud tan solo al alcance de unos pocos.





Historia de Roma

Theodor Mommsen

Prólogo de Luis Alberto Romero y Francisco Fernández y González

Traducción de alejo García Moreno

Turner, 2022. Cuatro volúmenes

524,576,590,664 páginas. 95 euros


El Pais. Babelia nº 1.619 Sábado 3 de diciembre de 2022





viernes, 30 de diciembre de 2022

Gervasio Sánchez Los ojos del mundo



UN HAZ DE LUZ atraviesa la sala destrozada de la Biblioteca de Sarajevo. Es una de mis fotografías más conocidas y queridas. La publiqué por primera vez en agosto de 1993. Desde entonces ha dado la vuelta al mundo y el paso del tiempo la ha convertido en un icono de la barbarie o contra la barbarie. ¿Cómo la definimos? ¿Es fotoperiodismo, documentalismo o arte?

Antes que nada quiero ser honesto y aclarar que esa imagen nació de la casualidad. Unos días antes se me había roto el fotómetro manual. Era el último domingo de junio de 1993. Sobre las nueve y media de la mañana volví a entrar por enésima vez en aquel lugar destruido por el odio. Algunas veces me había protegido allí durante los salvajes bombardeos. Pero la calma era total aquella mañana.

Me coloqué en el lugar apropiado e hice media docena de disparos. Diez minutos después abandoné el lugar. Había caminado unos cien metros cuando me di cuenta de que había errado la exposición. Regresé rápido ya que no quería llegar con retraso a una cita de trabajo. Me recibió esa extraña luminosidad que embellece su terrible atmósfera. Sentí un temblor y comencé a disparar mi cámara.

Aquella fotografía nació para ser publicada en la prensa y así fue como empezó su largo recorrido. Forma parte de un amplio documento que recuerda la tragedia de Bosnia. Aunque algún día cuelgue de las paredes del mejor museo, sea comprada por un coleccionista importante o su valor económico se multiplique por las complejas y manipuladoras leyes del mercado, la imagen seguirá siendo fiel a su origen y pertenecerá al fotoperiodismo, categoría tantas veces considerada el pariente pobre de la Fotografía, menospreciada y dilapidada por los galeristas de moda.

Podrá ser ascendida al cielo del arte, pero la fotografía recordará que los que bombardearon la biblioteca querían acabar con la memoria de un pueblo, que el cerco de Sarajevo duró 1.260 días, entre el 6 de abril de 1992 y el 15 de septiembre de 1995, que 10.600 personas murieron, entre ellos 1.600 niños, y que otras 60.000 sufrieron heridas muy graves.

Otras imágenes han seguido los mismos derroteros y han transitado por caminos parecidos: del anonimato al aplauso general. Espacios de luz y verdad que nacieron con el objeto de documentar y que han abandonado las compactas tiras que forman los negativos para reconvertirse en iconos artísticos. La imagen de Sofía y Alia, de una madre mutilada de ambas piernas durmiendo plácidamente junto a su hijita, no existiría si no se hubiese producido una explosión de una mina quince años antes. El drama y la muerte (María, hermana de Sofía, murió como consecuencia de ese accidente) acompañan todas las fotografías tomadas desde entonces. Una fotografía puede ser bella porque cualquier ser humano, aunque sufra terribles amputaciones, vive situaciones de gran belleza. Pero nunca un documento debe perder su fundamento original.

“El fotoperiodista escribe con imágenes, busca la verdad y sus herramientas le permiten ser los ojos del mundo en todos los acontecimientos”, ha dicho el fotógrafo mexicano Héctor García, de 86 años y con más de sesenta años dedicados a este apasionante oficio. Leyendo esta maravillosa declaración de principios, ¿quién se atreve a decir que Andreas Feininger, Elliot Erwit, Manuel Álvarez Bravo o Henri Cartier Bresson no fueron fotoperiodistas? 

Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959), último premio Nacional de Fotografía y premio Ortega y Gasset 2008 por su imagen Sofía y Alia, es autor de la serie Vidas minadas. www.vidasminadas.com.


El Pais Babelia nº946. Sábado 9 de Enero de 2010




jueves, 29 de diciembre de 2022

Ya está aquí el cuarto viaje de Flavita Banana a la luna

Por Gràffica  06/12/2022 en Ilustración

Archivos lunares: Flavita lunar es el cuarto volumen de la colección con las mejores viñetas de Flavita Banana.




Hace apenas 5 años cuando Flavita Banana decidió que podía viajar a la luna. Con su trazo rotundo e inconfundible y una gran habilidad para retratar las alegrías y miserias del género humano, la ilustradora llevaba varios años haciéndonos llegar sus viñetas a través de las redes sociales y colaborando con medios como Smoda o Mongolia. De la mano de ¡Caramba!, decidió recopilar sus viñetas más populares en Archivos estelares (¡Caramba!, 2017), un primer volumen de 200 páginas que marcaría el rumbo de su trabajo en los próximos años.

Los personajes de Flavita son crónica de nuestro mundo y de nuestra época, pero también, en muchas ocasiones, son del lugar en el que a cualquiera le gustaría vivir. Es por ello que su humor es universal, estelar e incluso cósmico. Con este pensamiento llegó la segunda recopilación de sus ingeniosas viñetas en las que su mujeres de pelo alborotado, hombres despistados, mucha risa y grandes dosis de verdad se fusionaban para formar Archivos cósmicos (¡Caramba!, 2019). El tercer viaje fue accidentado pues estuvo marcado por el Covid-19, que no consiguió ser impedimento para que la ilustradora ejecutara su misión. Y así vio la luz Archivos espæciales (¡Caramba!, 2020), un tercer volumen en el que la vida cotidiana y el coronavirus se funden contra el mundo actual.


Un nuevo viaje astraL

Pero cuando todos pensaban que la trilogía de Flavita Banana estaba completada la ilustradora sorprende con un cuarto viaje astral. Archivos lunares: Flavita lunar es un nuevo volumen de más de 200 páginas, en el que recopila los mejores chistes que ha dibujado en este último par de años. Un nuevo libro dibujado con su característico e inconfundible trazo, plagado de mucha risa y grandes dosis de verdad.

«En realidad este libro contiene solo un 1,5% de viñetas sobre la luna», explica Flavita Banana en el reverso del libro con la ironía que caracteriza su estilo. Con esta forma de hacer viñetas, lleva años logrando hablar de temas tabúes y del común denominados de todos los ciudadanos que, como ella misma describe, es el desamor. En esta selección se aprecia muy bien como consigue cuestionar la política de actualidad, así como su empeño por resaltar las constantes contradicciones de nuestra sociedad contemporánea.




«Flavita Banana parece que lleva toda la vida en el oficio», comenta Andreu Buenafuente en el prólogo de este volumen. Asegura que «los fogonazos de Flavita (espero que no le moleste que los denomine así) son bengalas de socorro lanzadas al cielo para seguir mandando señales de inteligencia en un mundo ensimismado y decadente. Perdonen el pesimismo, pero lo veo así… Será la edad».

Buenafuente continúa diciendo que «este estilo intemporal de su trabajo la sitúa fuera de modas y tendencias, le otorga por méritos propios un estatus de única, inimitable y me atrevería a decir que clásica. Podrías leer estas colecciones dentro de muchos años y seguirás pensando que hablan de ti». Sin duda, esta atemporalidad es una virtud que no todos los creativos tienen y que demuestra que estamos ante una de las más grandes viñetistas de la época actual.





Sobre flavita bananA


Flavita Banana (Flavia Álvarez-Pedrosa) nació en 1987 en Oviedo. Estudió Artes y Diseño y el ciclo de Ilustración, ambos en la Escola Massana de Barcelona. A los 26 años y tras rendirse con cualquier otro estilo, empezó a dibujar viñetas de humor, con una línea sencilla y el humor de quien ya no espera nada. Ha realizado colaboraciones en S Moda, Orgullo y Satisfacción, Revista Mongolia y El País.

Nunca ha dejado de dibujar y prueba de ello es que publica diariamente en su Instagram. En 2018 ganó el Premio Internacional de Humor Gat Perich. A lo largo de su carrera ha publicado Las cosas del querer (Lumen, 2017), Archivos Estelares (¡Caramba!, 2017), Archivos Cósmicos (¡Caramba!, 2019) y Archivos espæciales (¡Caramba!, 2020). Archivos lunares (¡Caramba!, 2022), es su último libro.


Gràffica


miércoles, 28 de diciembre de 2022

Arte Unas pinceladas de feminismo

Por Jordi T. Pardo





Tenemos muy interiorizada socialmente esa premisa que asevera que «la excepción confirma la regla». Pero lo cierto es que si la regla no niega la excepción y se puede verificar mediante el estudio y la observación estamos incurriendo en una falacia. En esos términos se expresó en 1965 el físico teórico estadounidense y Premio Nobel de Física, Richard Feynman. Lo hizo en una de sus conferencias en el Instituto de Tecnología de California, donde aseguró que «la excepción confirma que la regla es mentira». Y si lo pensamos bien, más allá del mundo de la física y las matemáticas, esto también se puede aplicar en cualquier otro campo, incluido el de la disciplina histórica que —como es sabido— siempre ha estado en manos de los vencedores y ha negado —en gran medida— la excepción.


Haciendo un somero repaso al papel de la mujer en el devenir histórico a lo largo de los siglos queda clara la invisibilización a la que esta ha sido historia ha sido un único, homogéneo y masculino punto de vista sobre realidades pasadas hasta muy recientemente. Y si hablamos de historias, en plural, las que definen el pensamiento y la cultura popular a través del arte, veremos que pocas obras clásicas contaban con la mujer en la ecuación. Pero esto está cambiando, y en las últimas décadas se han empezado a producir productos que se molestan en acercarse al público femenino y a su realidad. Esto ha alimentado un cambio de perspectiva y la aparición de historias desde enfoques que antes eran ignorados y/o desconocidos.


Este fenómeno también está tomando al asalto el mundo del cómic. Dando la vuelta a los arquetipos de toda la vida, apostando por nuevas creaciones y dando voz a una nueva generación de autoras con sus propios problemas e ideas. En este punto, el cómic japonés lleva algunas décadas de ventaja, ya que sus autoras siempre han tenido un espacio —habitualmente bajo la categoría shōjo— en el que contar sus historias, al contrario de lo que ha ocurrido tradicionalmente con el cómic americano y europeo. Pero aun así, el manga también ha dado un paso adelante en los últimos años con propuestas más incisivas, críticas y personales.


En relación a esto último, y ligando todo ello con esa negación por parte de la disciplina histórica de la excepción que comentábamos al principio, Arte, de Kei Ohkubo, resulta ser uno de los mangas más estimulantes y sorprendentes de los que se han publicado recientemente en nuestro país. Esta obra asume no pocos e interesantes riesgos en su concepción. El primero de ellos, y más notorio, es el hecho de que su autora sitúa la acción en una época y cultura tan alejada del radio japonés como la Florencia renacentista del siglo XVI. Además, lo hace con una protagonista cuyo nombre da título al mismo tiempo a la obra y que representa una atractiva excepción histórica.


Arte es una joven de origen noble perteneciente a una familia empobrecida y cuya principal afición es la pintura y el dibujo. Su sueño es dedicarse profesionalmente a esta disciplina y aprender de los grandes maestros, pero su condición de mujer supone un obstáculo para ello, ya que este es un oficio que se considera en manos de hombres. Pero después de la muerte de su padre, su principal benefactor, y ante la insistencia de su madre de casarla y obligarla a dedicar su vida a su esposo y sus futuros hijos, Arte escapa del hogar familiar para acabar convirtiéndose en aprendiz en el taller de un joven pintor llamado Leo.


Esta sinopsis podría darnos a entender erróneamente que estamos ante una mera historia de autosuperación como tantas hemos leído en el cómic japonés. Pero la recreación histórica de esta obra, su fresco punto de vista y el calado feminista que atesoran sus páginas la hacen prácticamente una propuesta única en su especie. La manera en la que su personaje protagonista pone sobre la mesa diversas cuestiones de género nos invita a reflexionar desde el pasado hasta nuestro presente y a establecer paralelismos con el manga, el oficio de mangaka y el papel de la mujer en el medio en la actualidad.


En lo relativo al rigor histórico, Ohkubo realiza una cuidada ambientación que nos adentra en las calles de Florencia, moviéndonos desde los opulentos palacios de la nobleza al interior de los talleres y gremios artísticos por los que se mueve su protagonista buscando el respeto de los que considera son (o deberían ser) sus iguales. Además, Arte realiza un acercamiento realmente divulgativo y didáctico sobre el trabajo, los utensilios y técnicas de los artistas renacentistas. Tanto como el que hace respecto a la misoginia y machismo propia de la época y las circunstancias de la mujer en la misma, planteando en clave de «ficción herstórica» cuestiones aún vigentes en el mundo contemporáneo.


Por suerte, propuestas como Arte demuestran que algo está cambiando en la actualidad y cada día somos más conscientes y empáticos con situaciones y realidades que no son las nuestras. Hoy, aunque sea a base de unas pocas pinceladas feministas, tenemos un futuro por delante para reflexionar sobre nuestro pasado y construir un presente más prometedor. En este contexto, las viñetas no deben ser la excepción, pero sí pueden ser parte de la nueva regla que construyamos juntos.



Jot Down Comics



martes, 27 de diciembre de 2022

Banana Fish I want to be a part of it… New York, New York

Por Jose Andres Santiago





Dice el refrán que nunca es tarde si la dicha es buena, y un título como Banana Fish bien merecía la espera. Panini se ha decidido a editar en España el manga de culto de Akimi Yoshida, 35 años después del inicio de su publicación en Japón en la revista Bessatsu Shōjo Comic (Shōgakukan). Durante nueve años (1985-1994) y en un total de 19 tomos recopilatorios, la por entonces joven mangaka —ahora sexagenaria— narró las trágicas aventuras de Ash Lynx, un brillante y temerario adolescente, líder de una conflictiva banda en los barrios de Nueva York, y Eiji Okumura, el joven asistente de un periodista japonés, que viaja a Estados Unidos para realizar un reportaje sobre las violentas pandillas callejeras que pueblan la ciudad que nunca duerme. El curioso nombre de la obra —y que constituye, a su vez, uno de los grandes misterios durante los primeros volúmenes, «¿Qué es banana fish?»— es un homenaje al relato de Salinger de 1948, A Perfect Day for Bananafish (Un día perfecto para el pez plátano); un animal que, en la mitología salingeriana, es considerado un heraldo de infortunio.


Banana Fish es uno de esos títulos de la década de los ochenta que todo aficionado al manga conoce pero pocos han leído. Es una obra atípica, que debe gran parte de su estatus de culto a su elaborada historia y brillante narrativa, pero también a su difícil encaje dentro del —a menudo— rígido sistema de demografías que gobierna el mundo editorial japonés. El manga de Yoshida fue publicado en una revista shojo (y así lo categoriza Panini), pero con tintes de shonen —por el tipo de humor, o el modo en el que usa diferentes recursos gráficos como las líneas cinéticas o las grandes onomatopeyas— y que por su contenido adulto y escabroso (violencia explícita, abusos y pederastia, lenguaje malsonante o el consumo de drogas) y sus ejes temáticos (un thriller de acción centrado en el mundo del crimen, la mafia y las conspiraciones gubernamentales) está más próxima a lo que habitualmente se espera de un seinen. Sin embargo, la mitología que envuelve a la obra se debe, sobre todo, a la controvertida relación entre los dos personajes protagonistas, que provocó que en ocasiones se calificase erróneamente como un manga yaoi, por el subtexto sutilmente homoerótico. Lo cierto es que Banana Fish es un drama que sigue muchos de los patrones clásicos del género BL (boys love): dos efebos, con trasfondos personales y culturales opuestos y aparentemente irreconciliables, inmersos en una historia que solo puede terminar en tragedia. Sin embargo, el romance se insinúa, no se explicita, y —al contrario de lo que suele suceder en ese tipo de publicaciones— jamás eclipsa a la historia principal.


Yoshida bebe mucho de la estética de Akira (1982-1990). El dibujo es, por momentos, demasiado rígido, y carece del virtuosismo técnico o de los fondos meticulosos y profusamente decorados de ese gran manga, pero tanto el diseño de personajes como el uso de las líneas cinéticas recuerda, con frecuencia, a la obra cumbre de Katsuhiro Ōtomo. Además, a medida que el manga avanza, los diseños se vuelven más esbeltos y, con ello, más acordes a lo que cabía esperar de un título shojo de la década de los 80.


Recientemente adaptada a un anime de gran calidad (2018), Banana Fish está disponible en todo el mundo gracias a una gran plataforma de streaming (Prime Video). Es frecuente ver cómo algunas series de manga adquieren una gran popularidad a raíz de su adaptación a anime y su consecuente difusión internacional, especialmente cuando se trata de títulos mainstream dirigidos a un público juvenil. Sin embargo, el caso de Banana Fish vuelve a ser atípico por el hecho de que esta versión llegue después de tres décadas, permitiendo que goce de una segunda juventud y —especialmente— alcance a un nuevo público. Banana Fish es una obra que, a pesar del tiempo, se siente fresca y actual, gracias a su capacidad para diluir etiquetas, por abordar temas duros y sórdidos con elegancia y sin caer en clichés, pero, sobre todo, por lo rotundo de su historia y personajes, y la singular dinámica interpersonal que surge entre el intrépido Ash y el romántico Eiji.


Jot Down Comics




Blacksad 6. Todo cae. Primera parte Todo está en Shakespeare

Por Jose Valenzuela



Lo que antes fueron castillos, guerras y reyes ahora son obras públicas, corrupción y altos cargos empresariales y políticos. Resulta innegable reconocer la anticipación de los temas, recursos y tramas del género negro en las tragedias clásicas de Shakespeare. Asesinatos llevados a cabo por celos, venganza u oscuros intereses. Tramas de poder y ambición. Traiciones a tutiplén. Same shit, different century, si me permiten el parafraseo de la popular expresión. Tal vez por eso mismo, que el sexto álbum de Blacksad, la primera parte de Todo cae, arranque con su protagonista disfrutando junto con Weekly, su fiel escudero, de una puesta en escena del Shakespeare in the Park es toda una declaración de intenciones.


Será durante (y tras) la representación de esa Tempestad cuando John conocerá a Iris Allen, y Weekly a Rachel Zucco, realizándose los dos primeros movimientos de una partida aparentemente trivial que, sin embargo, llevarán a terribles consecuencias que harán bajar a la tragedia desde el artificio del escenario a la verdad del asfalto neoyorquino. Por un lado, John será contratado por Kenneth Clarke, presidente del sindicato de trabajadores del metro, para encontrar a un sicario de la mafia de las comadrejas. Por el otro, Weekly se verá impelido a realizar un reportaje sobre la figura de Solomon, poderoso «servidor público» (sic) interesado en que los coches inunden la ciudad y desaparezca el transporte público. Teniendo el dos más dos, ustedes mismos podrán hacer el cuatro resultante en esta Nueva York en construcción.


Sí, Nueva York. Porque tras un periplo por distintos y variados escenarios a lo largo de los últimos álbumes, John Blacksad vuelve a las calles que le vieron nacer. A sus calles. Una vuelta a los orígenes no solo geográfica, sino también, como apreciará el lector a medida que devore las páginas, en el propio tono de la historia. Blacksad recupera así su esencia más chandleriana en la Gran Manzana, el ambiente urbano por antonomasia, llevándonos por lujosos rascacielos, animadas calles, puentes en construcción, peligrosos túneles y clásicos bajos fondos en una trama que hará las delicias de los amantes de novelas como El sueño eterno o películas como Chinatown, pero también de las tragedias del Bardo.


Porque son dos obras de Shakespeare las que acompañan a Blacksad al inicio y final de esta primera parte de Todo cae. Dos piezas, La Tempestad y Macbeth, que gracias al buen oficio de Juan Díaz Canales no quedan en meros telones de fondo de la historia principal. El lector interesado podrá reconstruir en segunda lectura un concienzudo juego de espejos entre lo que se cuenta sobre el escenario y lo que acontece fuera de él, recurso llevado a la excelencia en el desenlace de este cómic con un juego de alternancia entre la tragedia shakesperiana y la blacksadiana. Contrapuntos que, más allá de dotar de gran dramatismo a lo que sucede con los destinos de John, Weekly o Iris, apuntalan lo que promete ser una segunda parte cargada de intensidad emocional.


¿Segunda parte? El lector habitual de los casos de nuestro detective felino tal vez se sorprenda ante la primera ocasión en que, al pasar la última página de su Blacksad, no conozca el desenlace de la historia. Sin embargo, la solidez del guión a manos de Canales no da pie a ningún decaimiento en la trama ni, por supuesto, a fórmulas baratas para estirar el chicle más de lo necesario. Todo cae, como cualquier otro álbum de la serie, serviría perfectamente como modelo de guion que estudiar en cualquier clase de narrativa. Su manera de introducir los nuevos personajes es sutil y nada forzada, las tramas fluyen con la elegancia habitual (se agradece esa profundización en los intereses e inquietudes de Weekly) y los giros, revelaciones y sorpresas están justo donde tienen que estar. Ni una viñeta antes ni una después: justo en su lugar.


Y qué decir del reconocible estilo de un artista de la talla de Juanjo Guarnido. Cada página es un pequeño homenaje al dibujo y el uso del color a la hora de plasmar un documentadísimo mapa del Nueva York de la época. Cada página, por qué no decirlo, vuelve a ser por sí sola un auténtico objeto de coleccionista para el aficionado al virtuosismo, sin que por ello desencaje con la historia a la que acompaña, convirtiendo la lectura de esta obra en un auténtico goce sensorial. No cuesta nada entender que Blacksad sea una de esas obras que convierten a los nuevos lectores en lectores habituales de cómic. El rey está muy vivo. Larga vida al rey.


Jot Down Comics




domingo, 25 de diciembre de 2022

The Spirit El antifaz más ilustre del mundo

Por Diego Cuevas





Alguien podría decir que Will Eisner inventó la historieta y no sería estrictamente cierto, pero tampoco sería del todo falso. Si ese americano alcanzó la divinidad en el mundo de las viñetas fue a base de demostrar que su ingenio tenía un caudal inagotable y que su imaginación saludaba a su época a través del espejo retrovisor. Lo realmente importante de todo esto es que a Eisner le bastaban siete páginas para conseguir lo que millones de autores no eran (ni serán) capaces de alcanzar a lo largo de cientos de hojas y millares de viñetas: contar buenas historias.


En 1939 los tebeos invadían las habitaciones estadounidenses en un boom que hacía temblar a unos periódicos preocupados por la posible competencia que representaban las páginas cargadas de bocadillos. Everett M. Arnold se reunió con Eisner para plantearle la posibilidad de orquestar un suplemento en forma de tebeo que hiciese compañía a los rotativos y el autor se sacó del sombrero The Spirit, una serie creada evitando de manera premeditada la endogamia del género. Eisner no tenía simpatía por los superhéroes y se dedicó a juguetear con las demandas de los editores: cuando le fue requerido un protagonista disfrazado al estilo de sus contemporáneos el dibujante regateó el asunto planchándole en la cara un escueto antifaz y consiguiendo el mejor y más elegante disfraz de superhéroe de la historia, aquel compuesto por una máscara escasa, un par de guantes, unos zapatos impecables, un sombrero, una corbata y un traje. También aprovechó la inercia para sortear el tópico, el héroe no hacía gala de superpoderes de ningún tipo y la esencia del personaje le sacaba la lengua a los vengadores de tebeo: Spirit era en realidad Denny Colt, un detective que la sociedad daba por muerto durante las primeras páginas de la obra, pero su alumbramiento no venía acompañado de la preocupación por endosarle una doble vida social al estilo de los binomios del tipo Clark Kent/Superman tan frecuentes en el cómic, sino que prefería dejar que el justiciero asimilara su destino con total naturaleza. Colt se ponía el antifaz y nunca más volvería a quitárselo, Spirit sería Spirit hasta el final de sus aventuras. Y sobre todo sería un personaje que rompería el mito del héroe invulnerable: es difícil encontrar a otra estrella del cómic que llegase al final de sus historias tan vapuleado, aplastado, desarrapado o hecho trizas como lo hacía la criatura de Eisner dignificando por el camino el concepto de antihéroe al convertirlo en un punching ball al que le llovían tormentas de hostias.


Pero donde realmente destacaba Eisner era en la forma de utilizar a su hijo enmascarado como mecanismo. Sobre el papel la figura de Spirit no era el fin pero sí el medio, era la excusa para contar todo tipo de cuentos, desde los centrados en la serie negra de crímenes y castigo, obvios por el propio cigoto de la creación de su personaje (el fantasma de un detective asesinado), hasta los más fantásticos, experimentales o temáticos. Su obra aprovechaba la brevedad para saltar alegremente del género negro a la ciencia ficción, de la magia a la comedia de gag puro, del slapstick de dibujo animado al drama justiciero y lo envolvía todo con un certero sentido del humor. Eisner había creado un laboratorio cuyos resultados eran sorprendentes, la osadía le llevaba a convertir al propio personaje principal en un invitado de sus propias historias, a menudo Spirit aparecía al final o al principio de la historia pero la miga corría a cargo de otros. También sus recursos se la jugaban para innovar y reinventarse: tan pronto se atrevía a presentar la acción desde el interior de la cabeza del asesino (de manera totalmente literal, lo que es más asombroso) como a extender las viñetas al tamaño completo de la página, a narrar un delito a través de una proyección de diapositivas que contemplan terceros, a enmudecer totalmente una historia privándola de bocadillos y describiéndola mediante una serie de postales escritas, a reformular los cuentos navideños o a trasladar al cómic técnicas de naturaleza cinematográfica como el plano fijo o el flashback. Y es que Eisner también señalaba directamente al séptimo arte para componer una de las banderas más celebradas de la obra: aquellos impresionantes títulos de crédito. Las primeras viñetas de cada peripecia eran una obra de arte en sí mismas al camuflar las letras que anunciaban el título de la serie y la firma del autor en elementos del decorado. La tipografía dejaba de ser un mero trámite para convertirse en parte del escenario: palabras gigantescas con forma de edificios, deslizándose como papeles desperdigados hacia las alcantarillas, alumbradas brevemente por la luz de un coche misterioso, anunciadas en neones en segundo plano, enredadas en metafóricas telas de araña o haciendo las veces de epitafios de tumbas en cementerios. Su puesta en escena resultaba tan asombrosa que a día de hoy nadie ha ideado una manera más espectacular de introducir un tebeo.


Asomarse a las desventuras de Spirit es asomarse al antihéroe del costumbrismo pulp americano de los cuarenta y primeros cincuenta. Y también contemplar las muy cuestionables decisiones de convertir el papel de la mujer en el de víbora con alma de urraca (cuando no simple interés romántico) y la de adjudicar unos rasgos en los que se leía «estereotipo racial» en luces de neón al físico del compañero negro de aventuras de Spirit, un Ebony White que hasta en su nombre tenía una cruz. El propio Eisner lamentaría más adelante aquellas decisiones y las achacaría a la mentalidad de la sociedad en esa época.


Al conjunto de la serie se le puede incluso perdonar que una pequeña parte de las historias de The Spirit fueran obra de autores fantasma que cubrían al auténtico creador. Eisner fue requerido por el ejército durante la Segunda Guerra Mundial y los periódicos utilizaron a William Woolfolk, Manly Wade Wellman o Lou Fine para no detener la producción. Decían que Eisner agarró a ese equipo de trabajo y señalándoles la colección de Terry y los piratas sentenció: «No os fijéis en mi trabajo. Repasad esa biblia. Ahí está todo lo que tenéis que saber para contar con huevos una historia». Lo gracioso del asunto es que The Spirit acabaría convirtiéndose en una Biblia del cómic por derecho propio. A los miles de héroes con los que DC y Marvel nos inundarían hasta la actualidad Spirit les pasa la mano, una mano elegantemente enguantada, por la cara sin quitarse el sombrero. Ni, por supuesto, el antifaz.



Jot Down Comics


sábado, 24 de diciembre de 2022

Romeo muerto Demonios oscuros. Traumas inconfesables

Por Julio Gracia Lana




El Bosco pintó un infierno tan repulsivo como fascinante. El demonio teriomórfico, una suerte de búho, se encarga de devorar hombres para expulsarlos a continuación por el ano. Los Pecados Capitales son castigados de las formas más duras y, al mismo tiempo, ácidas e irónicas. El submundo cadavérico del averno que recrea el pintor recuerda mucho a la ciudad de La Mala Pena en la que se ambienta el relato de Sequeiros. Pesadilla y auténtica protagonista del libro. Lujuria y obsesión se dan la mano en unas calles en las que se respira la sangre, el sexo y la muerte. Podredumbre física y emocional. Universo tan personal y directo como el creado por Miguel Ángel Martín en Neuro World. Esa urbe que cerró el último número de la revista El Víbora, plagada de edificios y bares en los que sus protagonistas se veían bombardeados continuamente por aquello que más detestaban. O, por lo menos, eso creían.


Pero en la obra del autor de origen argentino no encontramos los colores del tríptico de El jardín de las delicias, que sobresalen incluso en el Inframundo. Ni la ligne claire de Martín. Lo que emerge es la profundidad del blanco y negro, como un cuchillo afilado que se dirige al lector. En su vertiente caligariana, más propia del expresionismo alemán, plena en contrastes de luces y sombras. Una luz que solo pueden dominar maestros como el propio Sequeiros, para el que Keko y José Muñoz son dos influencias claras. Livingston contra Fumake o Encuentros y reencuentros son referencias para su firma, al igual que la producción de Frank Miller. Cine plasmado en las páginas, por su estética, pero también por la agitación que el relato transmite. La densidad de sus tintas y la originalidad de cada nueva viñeta o splash page suponen continuas sorpresas que llenan con su fuerza al lector.


La ciudad de tinieblas se potencia gracias a una edición de lujo por parte de Reservoir Books. Un gran formato en tapa dura que nos hace pensar en el libro ilustrado. Las tablas que constituyen portada y contraportada nos dan ya una buena muestra de lo que vamos a poder localizar en el interior. El desollamiento es más expresivo que cualquier descripción. Y es que, en verdad, la obra admite pocas definiciones. Es un libro único y especial. Con varias capas de lectura a nivel narrativo y simbólico. A la altura de una historia esperada durante mucho tiempo.


A lo largo de dos décadas, el cómic arrastró la fama de maldito. A su autor lo habíamos podido leer en páginas de los magacines del conocido como boom del cómic adulto, con El Víbora entre ellos. Con uno de sus redactores jefe más conocidos, Hernán Migoya, Sequeiros colaboró realizando las ilustraciones de Hazañas eróticas del cuarentón hijoputa (2017, Dibbuks). La Cúpula fue la encargada de editar Tó Apeirón (1996). Y dos de las obras del historietista fueron publicadas por la editorial Camaleón, dirigida por Juan Carlos Gómez y Alex Samaranch (componentes en la actualidad de Estudio Fénix): Ambigú (1993) y Nostromo Quebranto, el hombre de la mano comida por el tiempo (1995), donde ya se deslizaban componentes de La Mala Pena. El talento del dibujante ha pasado por la prensa y por nombres como Hernán Casciari, Arcadi Espada o José Luis Sampedro. Con Romeo muerto, se exorcizan los demonios oscuros de dos décadas de adicción al alcohol. El dibujo se constituye como tabla de salvación e instrumento para comunicar lo que albergan cuerpo y mente.


La botella lanzada al mar de esta novela gráfica llega al lector con un grito ahogado en su interior, a modo de thriller inclasificable. No supone un cierre, sino una apertura a nuevas historias futuras que se expanden a partir de los personajes desarrollados. Nein sagen (decir no) es el primero de los cuatro tomos planteados por Sequeiros. Le seguirían Nein tun (hacer no), Nein wollen (querer no), y Nein denken (pensar no). Interdicciones extraídas de los textos de Friedrich Nietzsche en sus críticas al cristianismo. Iconoclastia verbal transmitida también al ámbito de lo visual en las páginas de Romeo muerto. La Mala Pena tiene muchos callejones de sombras por los que llevar al lector. Vuelco traumático de vitalidad en un cuento terrible. La creatividad tiene caminos tan fantásticos como impredecibles.



Jot Down Comics


Los versos del coronel Kurtz por Jacinto Antón

 El faro del fin del mundo





El coronel Kurz (Marlon Brando) lee a T.S. Elliot en Apocalypse Now


Estaba leyendo Horas de invierno, de la gran poetisa estadounidense Mary Oliver (Errata Naturae, 2022), cuando fui a dar con el famoso verso de Robert Frost (Olivier le dedica un capítulo al maestro) "nada dorado puede permanecer". Me quedé pensando dónde había oído esas palabras y todo el maravilloso poema arranca con el verso "Nature first green is gold" hasta esa última línea imperecedera, "nothing gold can stay". Y entonces lo recordé: hace muchos años, en la película Rebeldes, de Coppola. Es una escena preciosa, los jóvenes Johnny (Ralph Macchio) y Ponyboy (C. Thomas Howell) están escondidos en una iglesia abandonada, y en un momento del amanecer, arrebatado por la esplendorosa y melancólica belleza del incendiado horizonte a la que Johnny no consigue ponerle las palabras exactas, Ponyboy recita el poema de Frost, que se convierte en una metáfora de vidas e inocencias perdidas.

Es un ejemplo de cómo en el cine pueden colarse versos famosos que se funden con las imágenes en una mezcla que emociona tan inesperada como poderosamente. En ocasiones, el poema es una revelación, lo descubres por primera vez o te toca como nunca antes te había tocado antes al insertarse en una historia.

¿Cuales son los mejores momentos de esa fusión versos-cine?¿La despedida de Karen Blixen (Meryl Streep) a su fallecido amante Finch Hatton (Robert Redford) en Memorias de África, leyendo los versos de A. E. Housman A un joven atleta muerto ("sabio aquel que sabe escapar pronto de campos en los que la gloria no perdura", "y descubrirán siempre fresca entre sus rizos una guirnalda")?¿Otra despedida, la de John Hannah leyendo los versos de Funeral blues de Auden en Cuatro bodas y un funeral? ("Pensé que el amor duraría para siempre. Estaba equivocado"). ¿El peregrinaje de Childe Harold de Byron ("hay un placer en los bosques sin senderos y un éxtasis en la costa solitaria") en Los puentes de Madison?¿El paradigmático "Oh, capitán, mi capitán" de Walt Whitman en El club de los poetas muertos?

Cada uno tendrá los suyos, y por tanto se encontrarán aquí muchos a faltar, pero estos son algunos de mis preferidos.

En la por tantas cosas arrebatadora película de Christopher Nolan Interstellar (una de las más preciosas historias de amor entre un hombre y su hija; qué difícil es expresar lo que siente un corazón, incluso sin física cuántica), aparecen varias veces los famosos versos de Dylan Thomas "Do not go gentle into that Good night" ("no entres dócilmente en esa buena noche"). La mezcla de los versos oscuros y tristes con la aventura en el espacio ignoto, la relación entre el cosmonauta Cooper (Mathew McConaughey) y su hija Murph, y la música de Hans Zimmer provoca un enorme impacto emocional.

Otro momento se lo he birlado a mi hermana Graziella, gran fan de Emily Dickinson y de La decisión de Sophie, la novela de William Styron y la fiel versión cinematográfica de Alan J. Pakula de 1982. En la película, siguiendo la novela, la pareja protagonista -la traumatizada polaca superviviente de Auschwitz Sophie (Meryl Streep), y el bipolar Nathan (Kevin Kline)-están marcada por el poema de Dickinson Ample make this bed, que recita al final ante los cuerpos sin vida de los amantes de su joven amigo Stingo: "Que la cama sea amplia/que esté hecha con cuidado;/esperad en ella hasta que llegue el Juicio Final/sereno perfecto".

Y del amor al horror, el horror. ¿Ha tenido alguna vez T.S. Elliot mejor lectura que en la tierra baldía del Vietnam arrasado por el napalm? En Apocalypse now, el coronel Kurtz (Marlon Brando) recita The hollow men: "Los ojos no están aquí / no hay ojos aquí / en este valle de estrellas moribundas / en este valle hueco / esta mandíbula rota de nuestros vecinos perdidos".

Vamos a acabar con la sorprendente asociación entre Oblivion, con Tom Cruise, y Thomas Macaulay, autor del poema Horatius, dedicado a uno de los héroes de la Antigua Roma, Horacio Cocles (tuerto), que se mantuvo firme a solas en la defensa de un puente contra todo un ejército enemigo. Es un símbolo eterno del valor y del honor y yo tengo siempre ante mis ojos en mi mesa de escritorio una vieja estampa que ilustra el episodio, a ver si me inspira. En Oblivion, el personaje de Cruise recita la estrofa más conocida del poema: "A todo hombre sobre esta tierra / le llega la muerte antes o después, / y cómo un hombre puede morir mejor / que haciendo frente a terribles enemigos, / por las cenizas de sus padres / y los templos de sus dioses". Inolvidable.


El Pais, Sábado 10 de diciembre de 2022


viernes, 23 de diciembre de 2022

El secreto de la fuerza sobrehumana Una crónica íntima sobre las obsesiones, las contradicciones y la historia de una generación

Por Jordi Riera Pujal




El impacto de las obras Alison Bechdel (1960) en el tejido cultural anglosajón ha sido importante. Partiendo de publicaciones underground y hablando de colectivos marginados por la sociedad bien pensante, ha logrado insertar su mensaje en la corriente mayoritaria de la cultura. Lo ha conseguido atrayendo, aparte de a los aficionados a la narrativa gráfica, a lectores habituales de literatura contemporánea. ¿Qué ofrece esa autora para conseguir esos logros? Una posible razón podría ser su apuesta por indagar y mostrar el fondo del alma humana. También su integridad como creadora, que la obliga a no querer dulcificar su mensaje. Otra cualidad como creadora es su alta exigencia consigo misma con el fin de lograr hacer interesante a un público amplio su visión personal del mundo.

Con El secreto de la fuerza sobrehumana, casi una década después de su última novela gráfica autobiográfica, Alison Bechdel publica una nueva entrega memorialista y le da un barnizado con colores atractivos y luminosos. Una obra que, según comenta, le ha llevado siete años de escritura, y un año más de trabajo para trasladar sus ideas a dibujos.

El libro nos habla de sesenta años de su vida y de su búsqueda continua para comprenderse y para saber encontrar una ubicación que le satisfaga en la sociedad. Con una estructura en que cada dé- cada de su biografía es un capítulo, nos habla de su obsesión por el ejercicio físico y por la evolución histórica de diversas disciplinas deportivas y del equipamiento necesario para su práctica. Es un apartado de su día a día que la apasiona como reto personal y la libra durante unas horas de pensar en problemas o conflictos. Su vida le parece divertida si consigue un objetivo físico que se ha propuesto.

La autora, a través del relato deportivo, nos hace un zoom de aproximación a su historia y nos va relatando cronológicamente su relación con las propias contradicciones, obsesiones, deseos y adicciones. En la escritura autobiográfica siempre ha de haber una importante labor de selección y de recorte. Para uno mismo siempre le resulta interesante lo que ha vivido y le ha conformado, pero no necesariamente para sus lectores. La inteligencia narrativa de Alison Bechdel consigue que no decaiga el interés en la lectura de esta novela gráfica. El repaso desde una visión madura a su biografía contribuye a que vislumbre y nos hable de unos patrones en su conducta que se perpetúan en el tiempo.

Tras seis décadas de existencia, una persona siente que está más cerca de la muerte. La autora plantea que inconscientemente creía que desarrollando sus habilidades físicas y de resistencia eludiría la propia desaparición. Se trataría de una manera de evitar en la vejez la dependencia de los demás, el dolor o el olvido de lo que uno ha sido. Actualmente ha llegado a la conclusión que no ha ganado esa batalla, e incluso puede que la pierda. En última instancia apunta que quizás la fuerza sobrehumana consista en compartir con otras personas las vivencias y el aceptar que no podemos vivir aislados.

La autora reconoce en una entrevista que ha pasado mucho tiempo leyendo e informándose para el libro. En el recorrido argumental de los diversos capítulos, abundan las digresiones, apuntes biográficos y textos de personajes históricos que la han conmovido con sus obras literarias o su pensamiento filosófico. Son escenarios que nos acercan a temas como el empoderamiento femenino, las razones o mecanismos que nos inducen a ser creativos, la identidad y la mortalidad.

La obra, con un dibujo interesante, preciso y descriptivo, logra ayudar a sobrellevar un hilo argumental intenso y profundo. La habilidad gráfica está acompañada por un texto elaborado y sincero. La maestría en el dibujo proporciona una narración diáfanamente accesible. La colaboración de su pareja, la artista Holly Rae Taylor, en el coloreado ha realzado los aspectos estéticos del libro.

La dibujante obtuvo reconocimiento en la comunidad homosexual con su tira cómica Dykes to Watch Out For (Unas lesbianas de cuidado) que se publicó en Estados Unidos entre 1983 y 2008. Estas historietas supusieron una novedad en los años ochenta y una dignificación en el tipo de relatos que protagonizaban el colectivo de lesbianas. Influenció a muchas de ellas para que no se creyeran los estereotipos y mentiras que circulaban en la sociedad. Posteriormente alcanzó una gran popularidad con Fun Home (2006), una obra centrada en la figura del padre de Bechdel, un hombre incapaz de enfrentarse a su homosexualidad. Su éxito se debió, aparte de la calidad de la propuesta, a que llegó en un momento propicio para cómics con un mensaje más complejo. La obra recibió diversos premios de reconocimiento e incluso se transformó en un musical de Broadway, que ganó cinco premios Tony en el año 2015. Siguiendo con sus crónicas familiares, en 2012 aparecería ¿Eres mi madre? (Are You My Mother?).

El secreto de la fuerza sobrehumana es una excavación en las profundidades de una historia personal, que puede interesar a los que se siguen preguntando sobre los grandes temas que preocupan al ser humano. Es un libro que aporta pautas de conocimiento sobre las contradicciones en las que habitamos las personas, y la propuesta de que tenemos que aprender a convivir con ellas. El relato, salpicado de notas de humor, finaliza dando un último toque de autoironía en la última página.



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Nuevas pinturas negras

El joven pintor keniano Michael Armitage expone sus óleos y estudios previos en Madrid, dialogando con las obras de Goya que los inspiraron

POR ÁLEX VICENTE

La exposición se fundamenta en el diálogo entre dos pintores pertenecientes a tiempos y lugares distintos, pero unidos por un supuesto hilo invisible, clásico ejercicio comparatista qué se vuelve peligroso cuando uno de sus protagonistas es Goya. ¿Qué tiene en común su obra con la de Michael Armitage, pintor keniano de 37 años y penúltima revelación del mundo del arte, más allá de una vaga filiación con su legado, convertido en un patrimonio inmaterial que comparte media humanidad? Las reservas que podía despertar esta conversación se esfuman en el último rincón de la nueva muestra de Armitage en la Calcografía Nacional de Madrid, la primera que tiene lugar en territorio español. Los estudios preparatorios en tinta del pintor africano conviven con cuatro caprichos y un disparate de Goya, aguafuertes burlones y turbadores pertenecientes a la colección de la Real Academia de San Fernando, en los que uno identifica sin mayor dificultad los mismos rostros espectrales que esbozará su joven sucesor siglos más tardé, como si fueran reencarnaciones de viejos espíritus peninsulares canalizadas por alguna religión animista.

De repente, ese diálogo postizo se vuelve apasionante, a pesar de que la muestra parezca demasiado escueta, tanto por su escasa selección de obras —solo 5 pinturas y 14 dibujos sobre papel— como por su breve duración, que no llega al mes. Dice Armitage que se convirtió en artista, de una vez por todas, al encontrarse cara a cara con las Pinturas negras en el Prado. "Cambió mi manera de dibujar y de comprender. Desde entonces, Goya ha sido la influencia más constante que he tenido en mi práctica. Cuando vuelvo a Madrid, nunca logro salir de esas salas", explica por videollamada desde su estudio en el barrio londinense de Hackney, donde vive desde hace casi dos décadas, entre idas y vueltas constantes a su Nairobi natal.


El pintor keniano Michael Armitage, en su estudio de Londres, theo christelis

Como en la obra de Goya, un poderoso estrato de violencia subyace bajo todo lo que Armitage pinta. Irrumpe en sus viñetas en forma de pesadilla febril y recurrente, que tiñe el resultado de un realismo malsano, alucinado y casi psicotrópico, que el comisario de la muestra, Hans Ulrich Obrist, tilda de "sobrenatural". El uso de imágenes de prensa como modelo irrefutable, como sucedía en la magnífica selección de óleos que Armitage presentó en la Bienal de Venecia en 2019, convive con ese reflujo persistente de brutalidad, que parece recordarnos el potencial de destrucción que encierra la más nimia situación y la más insignificante de las interacciones sociales. En Mkokoteni (2019), vista en la Bienal italiana y presente en la muestra madrileña, Armitage retrata un mitin en Kenia con el arrebato macabro y el desdén por el ethos cerril de las masas que ya exhibió Goya en la estampa carnavalesca de El entierro de la sardina.

Mientras, Mangroves Dip (2015) recoge una escena de prostitución masculina que parece invertir, en sentido figurado y también literal, las sátiras eróticas de los caprichos de Goya, donde mujeres sin escrúpulos se aprovechaban de la libido desbocada de hombres lujuriosos. Armitage traslada esas escenas a las costas africanas, donde féminas del primer mundo contratan los servicios de muchachos con piel de ébano. "Existe un aspecto casi kitsch en su obra, que se traduce en el uso de la caricatura y de lo grotesco, que yo intento, reproducir", responde el artista. "Al empezar mis cuadros, me pregunto qué haría Goya si estuviera entre nosotros. Sus enseñanzas siguen siendo radicales, porque fue un pintor que no siguió ninguna regla. Hay muy pocos que hayan trabajado así. En el arte reciente, solo se me ocurre Sigmar Polke", apunta poco después.




Arriba, Mangroves Dip (2015), que invierte las sátiras goyescas sobre la prostitución. Debajo, el dibujo Old Woman Breastfeeding (2020). FSRR




Armitage debe su carrera fulgurante a su fichaje por Whlte Cube, la galería que propulsó a los Young British Artists, esos jóvenes airados que zarandearon el arte británico en los noventa. Luego llegó su revelación en Venecia y su exposición individual durante la reapertura del MoMA a finales de 2019, que se sumó a su entrada en las colecciones del Metropolitan de Nueva York o en la de Patrizia Sandretto Re Rebaudengo, una de sus primeras valedoras, impulsora de la muestra madrileña. Sin embargo, Armitage guarda una distancia prudencial respecto a los mecanismos clásicos de legitimación de los artistas surgidos del antiguo espacio colonial. Por ejemplo, no pinta sus óleos sobre lienzo. Insiste en nacerlo sobre tela de corteza de lubugo, material tradicional de Uganda lleno de cavidades y hendiduras —se puede observar en Anthill (2017), otro de los cuadros de la muestra—, sobre el que pinta paisajes sociales que mezclan proyecciones mitológicas, recuerdos de infancia y representaciones mediáticas del pasado y del presente. En ese sentido, a Armitage le fascina escuchar que Goya pintó su Duelo a garrotazos en los muros de la Quinta del Sordo. Solo protesta educadamente si uno sugiere que su trabajo también parece reflejar el mismo conflicto irresoluble en la sociedad donde creció, pese a que haya dicho que suele pintar bajo los efectos del trauma juvenil que supuso presenciar el ataque a su padre por parte de un grupo de hombres armados con machetes, que le perdonaron la vida in extremis. "Durante mucho tiempo me resistí a pintar esa violencia, para evitar prejuicios y estereotipos sobre mi país", asegura. "Fue al estudiar a Goya cuando entendí que la violencia no pertenece a nadie, que es un patrimonio con el que toda la humanidad tiene que lidiar. En ningún lugar está más claro que en la obra de Goya. Los desastres de la guerra constituye una de las pocas representaciones bélicas donde no hay buenos ni malos: todo el mundo es capaz de matar".



El Pais, Babelia nº 1.577, sábado 12 de febrero de 2022



Fiuuu & Graac Radicalidad sin hermetismo

Por Henrique Torreiro



Francesc Capdevila, Max —nacido en Barcelona en 1956, pero mallorquín de adopción desde los años ochenta—, no es solo uno de los clásicos del cómic en España, en constante evolución desde sus comienzos en los setenta. Su resistencia a la crisis de la historieta española de los noventa, que acabó con muchas de las carreras desarrolladas hasta entonces, marcó de alguna manera su forma de afrontar la creación de cómic. En muchas ocasiones ha detallado que en un momento determinado tomó la decisión de ganarse la vida con la ilustración, disciplina en la que estaba dispuesto a vender su talento como «mercenario artístico», pero reservar el campo de la historieta para hacer solo lo que realmente quisiese hacer, y continuar publicando allí donde fuese posible y de acuerdo con la forma que requiriese el proyecto, como apuesta personal, aunque no hubiese un soporte económico claro. De ese modo, su interés por la edición alternativa, en la que inició su trayectoria, no decayó con los años, y lo llevó a colaborar con múltiples proyectos internacionales, y también a ejercer como pequeño editor. Todo esto ha hecho con los años que sea uno de los autores más respetados del panorama, e incluso, para muchos, la auténtica personificación de la dignidad del oficio de historietista.

Max ha pasado ya por todo tipo de etapas, desde la del formato álbum europeo hasta la de la novela gráfica en su sentido más literal y primigenio, y nunca ha ocultado sus influencias, que en todo caso siempre ha llevado a un terreno propio y personal. Su interés en la investigación de la historia y los mitos y en la visión antropológica, ya demostrado muy tempranamente, ha permeado buena parte de su obra, como también el humor (hasta llegar en algunos de sus registros a un «humor culto» emparentable con el de un Tom Gauld, como son sus colaboraciones con el suplemento Babelia). Las inquietudes personales lo han llevado a trabajar también en ámbitos tan distintos como el audiovisual, el teatro, la danza y la música, esferas todas ellas en las que ha buscado además un maridaje con la narrativa gráfica.

En los noventa, su personaje Bardín supuso recoger a su manera parte de la influencia de Chris Ware en lo referido a recuperar elementos y formatos de las revistas clásicas de cómic para desde ahí construir historieta contemporánea. En muchos autores, la reutilización de fórmulas clásicas (como la emulación de la tira de prensa) sirve más para provocar un extrañamiento que para actualizar las claves narrativas y ficcionales de esas épocas (lo que, por otro lado, entraña el peligro de provocar la creación de pastiches). Sin embargo, Max lleva años buscando caminos artísticos a partir de esas ideas, y uno de ellos es procurar la esencia del cómic mediante los medios genuinamente inherentes a este. Consciente de que uno de los problemas de la historieta para su aceptación cultural en nuestra sociedad está en la densidad que puede ofrecer —que no puede competir con la de la narración escrita, por ejemplo—, en muchos de sus últimos trabajos, Max llega a despojar al cómic de toda intención densificadora. Incluso le retira, como en el caso que nos ocupa, cualquier pretensión transcendente en su temática, y va al núcleo de la definición gráfica de este arte. Lo hace como reivindicación, desde el cartoon, la línea pura y rebosante de vida. Las obras resultantes, sin embargo, no son manifiestos: son lo que él quiere hacer en ese momento, no una manera de rechazar las demás visiones sobre el cómic y el arte. La referencia mironiana a «asesinar el cómic» que se hace en la contraportada de Fiuuu & Graac es, así, un guiño más que una provocación.

Una de las grandes virtudes de Max como autor reside en su extraordinaria capacidad para la narrativa gráfica. Algunas de sus secuencias, vistas en exposiciones (como Panóptica o Hipnotopía), tienen tanta fuerza que pocas veces puede entenderse tan bien qué es el cómic viéndolo colgado en una pared. Paseo astral, obra publicada después en forma de álbum pero concebida para exhibirse, o su colaboración para la muestra Viñetas desbordadas (Centro José Guerrero de Granada, 2019) demuestran hasta qué punto Max ha investigado cómo puede vivir el cómic fuera del espacio cerrado del libro o la revista. No es una cuestión menor, habida cuenta de que la mayor parte de las historietas son como peces fuera del agua cuando sus páginas se extraen del formato impreso para llevarse a un contexto museográfico.

Sus libros Vapor y Rey Carbón son antecedentes claros de Fiuuu & Graac, como también El tríptico de los encantados (encargo del Museo del Prado acerca de la obra del Bosco). Con Fiuuu & Graac, que desde su propio título advierte de la fisicidad del humor que propone —y anticipa el hecho de que sus únicos textos van a ser onomatopeyas—, Max logra hacer un cómic que es a la vez experimental y llano, hasta el extremo de ser equiparable a un (gozoso) álbum gráfico infantil; pero también a un libro de arte que reproduce una obra que podría exponerse sin perder un ápice de su valor, e incluso, como él mismo afirma, a un estudio coreográfico a partir de la línea desnuda. La grandeza de Max está aquí en aunar la mayor de las radicalidades con una pasmosa accesibilidad para todos los públicos.


Jot Down Comics


jueves, 22 de diciembre de 2022

Del infierno al cielo

Regresa el carismático y pícaro personaje creado por Lucas Varela en la que parece ser su última peripecia


JOSÉ LUIS VIDAL

14 Diciembre, 2022

Alejado totalmente de la inocencia de la marioneta de madera construida por el maestro Gepetto, y que Carlo Collodi convirtió en un clásico infantil, este Paolo Pinocchio es un auténtico sinvergüenza, amigo de lo ajeno, que llega a Venecia sobre una góndola conducida por su fiel Pulcinella, y junto al que ha elaborado un plan.

Su objetivo en esta ocasión es el tremendo diamante engarzado en un collar, el diamante bizantinus, que pretende robar en uno de los palazzos del lugar.




La última comedia de Paolo Pinocchio

Autor: Lucas Varela

Tapa blanda

Color

212 págs.

22,50 euros

Ediciones La Cúpula


Lo que él no sabe es que su condición de títere va serlo en esta ocasión más que nunca, ya que como podemos conocer en el primer capítulo de esta historia, hay poderes que van más allá de la terrenal comprensión de Paolo, y un expulsado del jardín del Edén va a arrastrarse por las callejuelas de Venecia, utilizando a una codiciosa bruja como agente para que pueda hacerse con la deseada joya…

La malvada anciana no va escatimar en crueldad a la hora de quitar de su camino a todo aquel que se le oponga, y con una letal lanza terminará hiriendo a Paolo, lanzándolo de cabeza a un nuevo capítulo de su existencia, un autentico purgatorio, en el que el autor utiliza como fondo la pasada pandemia, para situar al protagonista, enfermo, débil y acosado por los demonios, en un entorno de pesadilla del que tal vez tan solo pueda escapar con la ayuda de un inesperado aliado.

Pero ese tan solo será un peldaño en este extraño viaje, en el que los invisibles hilos que trazan el destino de Paolo, le llevarán cara a cara frente al narrador de historias, ese personaje al que el Altísimo entregó el medio para poder distraerle contándole mil y un argumentos, y que ahora se encuentra situado, transformado en apéndice nasal de Pinocchio.

El combate que acontecerá será temible, ya que la sibilina serpiente esconde a un letal dragón en su interior, y le va a poner las cosas muy difíciles a un Paolo que, sin comerlo ni beberlo, se convierte en adalid, defensor, en medio de los páramos infernales, y al que le espera en el último destino de este ajetreado viaje, un inesperado destino. Un regalo, una recompensa que tal vez se le atragante…

Lucas Varela se reencuentra, tal vez por última vez, con este personaje que surgió de su fértil imaginación hace ya muchos años, y lo sitúa bajo el foco de esta comedia tan divina, donde el papel de la mentira será tan importante.

Un viaje increíble por un infierno que haría las delicias de El Bosco, con un protagonista que posee una cautivadora personalidad, pese a poseer y hacer gala de todos los peores defectos propios del ser humanos, y que se ha convertido en una figura icónica, gracias a la irónica genialidad de su creador, Lucas Varela, en el universo del Noveno Arte.


Malaga Hoy


Cómics. Una conspiración a nivel mundial

Los cómics, las historietas, la narración a través de viñetas e imágenes son universales. Una conspiración a nivel mundial. 




Hay un libro dedicado a las historietas en Asia, llamado Mangasia The Definitive Guide to Asian Comics, escrito por Paul Gravett y publicado por Thames & Hudson.


La lista de paises es fascinante: Bangladesh, Bhutan, Camboya, China, Hong Kong, India, Indonesia, Japón, Corea del Sur, Corea del Norte, Malasia, Mongolia, Filipinas, Singapur, Taiwan, Thailandia, Tibet, Vietnam. 


Japón es un caso muy conocido y famoso, Corea también, y Filipinas ha exportado bastantes grandes dibujantes fuera de sus fronteras desde hace muchos años, pero siempre me sorprende (y no debería) como el cómic es un elemento cultural más, como lo puede ser la literatura o el cine.


Cronología de hitos del manga







Lista de fechas: desde la primera aparición de la palabra "manga" en 1798 en Santô Kyôden´s Shiki no Kukikai, hasta el año 2012 con Wanpanman (One Punch -Man) webcomic by "One", un pseudónimo, con 7,9 millones de visitas en Junio.



Tipos de manga




Un libro muy interesante, con cantidad de imágenes. 325 páginas mostrando cómics al otro lado del mundo.
No puedo evitar sonreir al ver los apellidos de los autores Filipinos, una mayoría de ellos en español, cosas veredes Sancho.