EL FARO DEL FIN DEL MUNDO / JACINTO ANTÓN
A menudo vuelvo al mar y a Moby Dick. En la novela de Melville, la negra tragedia del melancólico barco, siempre encuentras emoción y un raro consuelo (aunque solo sea el de no pertenecer a la tripulación del Pequod), y en cada lectura doy con cosas nuevas. No sé qué me ha llevado estos días a embarcarme otra vez, petate y arpón al hombro: una vaga nostalgia, una semana embarrancado por la covid (afortunadamente no en la posada El Chorro de New Bedford con un caníbal tatuado al otro lado de la cama), el haber visto con mis propios ojos en un astillero de Ferrol el triste casco devastado de La perla negra, el velero naufragado frente a Chipiona; o la imagen en la televisión del rorcual pegando un salto frente a la costa del Garraf... También el haberme hecho con un maravilloso libro pop-up, lo que antes llamábamos troquelado o desplegable, sobre Moby Dick, con "ingeniería de papel" de Gérard Lo Monaco e ilustraciones en linograbado de Joelle Jolivet (Chronicle Books, San Francisco, 2019). Me he pasado largas horas asomado al teatrillo, inmerso en su magia tridimensional y recordando mis noches en blanco en Nantucket acodado en la ventana en la habitación en el hotelito Jared Coffin House (es normal tener insomnio en un sitio que lleva la palabra ataúd en el nombre, aunque a Ismael le salvara la vida el de Queequeg).
El caso es que he tomado mi viejo ejemplar baqueteado de la novela y, con el telón de las imágenes del desplegable, me he zambullido en él reconfortándome con su épica prosa y con todos esos pasajes que forman parte de nuestro acervo: la escena en que arponeros y marineros cantan "adiós para siempre dama española" (sí, la canción que Spielberg puso en boca de Quint en Tiburón), el momento del sacrilego bautismo de los arpones con sangre pagana, el del pálido fuego de San Telmo, y el de la lágrima de Ahab cayendo al mar; el capítulo de la blancura de la ballena, las tres jornadas de su caza o las dos veces en que Starbuck dice aquello de "ah mi capitán, mi capitán" (capítulos 132 y 135), tan similar al verso "oh capitán, mi capitán" que haría inmortal Walt Whitman 14 años después en su poema dedicado a la muerte de Lincoln. ¿Se inspiró Whitman en Melville? Melville desde luego se inspiró en Shakespeare: las engañosas profecías de Fedallah son puro Macbeth, las dudas de Starbuck, hamletianas y los monólogos de Ahab cien por cien isabelínos, como recalcó el gran Charles Olson (Llamadme Ismael, Siruela, 2020).
Pero lo más sorprendente de esta nueva lectura ha sido descubrir que en Moby Dick hay una mención a las sirenas. Nunca había reparado en ello. Es verdad que se estableció una relación artificial entre la novela y las legendarias criaturas al escoger como logo la cadena Starbucks (denominada así por el primer oficial de la tripulación de Ahab) una sirena, pero eso fue una casualidad. La mención directa a las mujeres acuáticas en el libro es en el capítulo 126. En él se nos cuenta cómo navegando en la oscuridad junto a unos islotes rocosos en el Pacífico, los tripulantes del Pequod se sobresaltan al escuchar un grito "plañideramente salvaje y sobrenatural". Unos, "la parte cristiana o civilizada de la tripulación, dijeron que eran sirenas, y se estremecieron, mientras que los arponeros paganos permanecieron impertérritos". El narrador nos señala que esas islas eran refugio de gran número de focas, "y algunas focas jóvenes que habrían perdido a sus madres, o algunas madres que habrían perdido a sus cachorros, debían haberse acercado al barco, acompañándole, con gritos y gemidos de los suyos, que parecen humanos".
En fin, ahí, queda esa pequeña contribución melvilliana, a la que hay que añadir la posibilidad de que el propio Melville tuviera una experiencia con una sirena. No es nada improbable que el escritor viera la sirena de Fiyi, el célebre fake confeccionado con un mono y un pez que exhibía P. T. Barnum en Nueva York en 1841.
Para acabar con una nota de humor, reseñar un capítulo de La baleine dans tous ses états, un personal ensayo literario y viajero sobre los cetáceos, de Francois Gardé (Gallimard, 2015). En ese divertido capítulo woodyallenesco, un supuesto editor argumenta en una ficticia carta a Melville su rechazo a publicar Moby Dick. De entrada, le afea el título ("sabemos lo que significa dick"), y le propone otro como A la recherche de la baleine perdue; luego le reprocha el exceso de citas, que eí libro sea demasiado largo, que la mayor parte del tiempo "no pasa nada", que el Pequod no hace ninguna escala ("con la cantidad de sitios pintorescos que hay en el Pacífico"), que los diálogos son inverosímiles, que no salen mujeres... Y acaba: "No se descorazone, medite mis críticas, no se deje enredar en barullos metafisicos, saque a Ahab del mundo estéril de las teorías y arquetipos". Podía haberle sugerido, ya puestos, que salieran más sirenas...

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