Steven Spielberg, en 1975 durante el rodaje de Tiburón. / cordón press EL FARO DEL FIN DEL MUNDO / JACINTO ANTÓN
No hubo dolor inicial, solo un violento tirón en su pierna derecha. Tanteó para tocarse el pie. No pudo hallarlo. Palpó más arriba en su pierna y entonces sintió un acceso de náuseas y mareo. Sus dedos habían hallado un muñón de hueso y carne desgarrada. Sabía que el caliente y borboteante flujo que notaba entre los dedos en el agua era su propia sangre". Es lo que tiene releer en la playa Tiburón, la novela original de Peter Benchley que dio pie a la película de 1975 de Spielberg: te vienen a la cabeza las frases mientras nadas. Sentí una presencia a mi espalda y se me aceleró el pulso al ritmo de la amenazante melodía de John Williams, tum, tum tum, tum, tum, tum. Me giré bruscamente en el mar, espantado tras mi máscara panorámica Easybreath esperando contemplar las fauces de un tiburón blanco. Era un pececito, una pobre oblada, que refulgió como plata en las aguas transparentes. . Me había parecido una buena idea retomar tantos años después la novela, en plena ola de avistamientos de tiburones en la costa mediterránea este verano, y ver qué tal. Encontré en Re-Read un ejemplar de Pomaire (1973) y me lo llevé á Formentera de vacaciones. Esencialmente, es la misma que tenía mi madre y que leí a los 16 años, encontrándola un tostón por toda la trama paralela de adulterio, aunque recuerdo que perturbó sobremanera mi curiosa y calenturienta imaginación adolescente el uso de los polvos de talco por parte de la mujer del jefe Brody, el comisario de la población veraniega de Amity,-al preparar metódicamente su encuentro erótico en un motel con su amante, el biólogo marino Matt Hooper.
Efectivamente, en el libro el re-despertar sexual de la madura Hellen (36 años y 3 hijos) con el joven, apuesto y pijo ictiólogo de 25 (nada que ver con el bueno de Richard Dreyffus que lo encarnó en la película de Spielberg) sucede al mismo tiempo que el ascenso desde las profundidades de la fiera marina dentada y su ansia devoradora. Una metáfora que he tardado casi 50 años en descubrir.
En la lectura que he hecho ahora y que he disfrutado de lo lindo, me ha parecido al menos tan interesante la historia de la infidelidad como la del tiburón. Hellen, la Ms. Robinson de Amity, es un personaje conmovedor, con su insatisfacción, su tristeza y su nostalgia por su juventud ("cambiaría todos mis mañanas por un solo ayer"), una nostalgia que sentimos al releer Tiburón todos los que la primera vez que lo hicimos llevábamos polo Lacoste y pantalones de pata de elefante, como Hooper cuando no está pescando (peces). Spielberg, sin embargo, se cargó el romance para centrar su película en otro triángulo que no es amoroso: el formado por Brody, Hooper y el capitán Quint. También hizo Spielberg que Hooper sobreviviera a la peripecia: en la novela el biólogo es devorado malamente por" el tiburón, que lo saca de la jaula submarina en una escena de horror supino.
En cambio, busqué infructuosamente en el libro mi escena favorita del filme, el duelo de cicatrices de Quint y Hooper —"quiere ver algo permanente"—: está solo en la película.
Curiosamente, Benchley, que, junto con Spielberg, creó el cliché definitivo del tiburón asesino, reconocía años más tarde que, con todo lo que ha explicado la ciencia sobre los tiburones después, él no podría haber escrito honestamente su novela, admitiendo que los accidentes con escualos son eso, accidentes fortuitos.
Tras pasear mi ejemplar del libro por las playas de Formentera, causando la natural alarma vista la estupenda portada de la chica nadando desnuda en aguas azules de las que asciende un inmenso tiburón blanco, he hecho una pequeña encuesta sobre la relación de la isla con los tiburones. Joan Mari, a cargo de la librería Tur Ferrer de Sant Francesc, establecimiento que, por cierto, ha ganado el Premi Sant Jaume por su "ejemplar trayectoria", me ha explicado que una vez observó uno mientras hacía windsurf (él) en las afueras del Estany des Peix.
En todo caso, una de las noticias del verano en la Amity de Formentera tiene que ver con un mordisco. El que le han pegado al chiringuito Pelayo, uno de los lugares más auténticos y emblemáticos que quedan en la isla. Al Pe-layo, de los pocos sitios en Formentera en los que no te miran como si estudiaran tu cuenta corriente y tratan a todo el mundo por igual, incluso a la guacamaya murciana Lola, nueva dienta, le han rebanado por la Ley de Costas una parte de la terraza.
Sin cuestionar la legalidad de la medida, cabe preguntarse si era necesario amputarle ese pequeño trozo a un bar restaurante . familiar que en su larga existencia nunca ha sido, a diferencia de tantos lugares hoy de moda, un sitio exclusivo y excluyente. Se le asesta una dentellada a un símbolo de lo más genuino de la isla. Vamos bien.

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