viernes, 5 de agosto de 2022

Cartografía de las desventuras húmedas

Sábado 9 de julio de 2022

EL FARO DEL FIN DEL MUNDO / JACINTO ANTÓN

La vida tiene estas casualidades. Estaba el otro día viendo los restos del barco de mi cuñado, —el casco y poco más— que se blanquean melancólicamente al sol en un astillero de El Ferrol como el esqueleto de una ballena plateada, y ahora ha caído en mis manos el notable Atlas de infortunios en el mar (geo-Planeta), un libro con mapas sobre historias de naufragios, desapariciones y otros dramas marinos.

La Perla Negra, que es como llamábamos al velero de Javi en sus salidas lúdicas, fue a dar el pasado abril contra el artero arrecife de Salmedina, frente a Chiclana y naufragó. El maltrecho navio rescatado en lo posible fue a parar a los astilleros ferrolanos Blascar y ahí sigue esperando el día del (su) juicio. Aprovechando una visita a la ciudad traté de verlo, pero era fiesta, la zona del astillero estaba cerrada, y lo que hicimos con Javi fue trepar un promontorio al final de la playa y asomarnos para contemplarlo de lejos, varado en tierra en una rada junto a un hangar. Lo observamos envueltos en un silencio punteado por el rumor de las olas y yo miraba de reojo la expresión de infinita congoja en el rostro de su capitán: supongo que para no sufrir luego de esa manera es por lo que prefieren hundirse con el barco. Creo que ni el Pequod tras el encuentro con la ballena ni el Titanic tras el suyo con el iceberg están así, pobre Perla; yo diría que sus días en el mar han pasado, aunque, claro, no soy ingeniero naval (a diferencia de mi bisabuelo, otro Jacinto, que construyó el primer portaviones Dédalo); y siempre cabe la esperanza: si hasta parece que va a volver a navegar Jack Sparrow.

En el Atlas de infortunios en el mar —y vaya infortunio el de nuestra Perla— se abordan, precisamente, los cementerios más grandes de barcos del mundo, Alang, en India, y Chittagong, en Bangladés, tristes necrópolis marinas en las que los navíos, desde los grandes petroleros herrumbrosos a los cruceros obsoletos y los yates pasados de moda (e incluso portaviones como el Clemenceau), son desguazados a brazo y soplete hasta que no queda nada: perecedera memoria de los barcos como su estela de espuma en el mar. Uno se queda pensando en dónde debieron varar y desguazar al Patna, el Caine, el Poseidón (efectivamente: volcó pero no se hundió; al desballestar-lo, que decimos en catalán, debió salirles el cuerpo atascado de Shelley Winters).

Hay otras muchas historias en el libro, obra del historiador marítimo y exmiembro de la Armada francesa Cyril Hofstein, que recuerdan la triste suerte de la Perla. Especialmente el capítulo La flota hecha pedazos del almirante conde Jean d'Estrées, en el que se cuenta como el hasta entonces exitoso comandante en jefe de la escuadra del Rey Sol zarpa en 1678 de las Antillas con una flota de 17 navíos de guerra para arrebatarles la isla de Curazao a los holandeses y, por culpa de una laguna en las cartas y la impericia de un piloto, va a estrellar su buque insignia, el Terrible, contra los arrecifes de la Isla de las Aves. Lo siguen en fila en el desastre el Tonnant, el Prince, el Belliqueux, el Hercule, el Défenseur y el Bourbon, naufragando todos, uno detrás de otro. Debió ser. cosa de verse, y la cara del almirante, que eso sí que fue de estrés...

En la treintena de historias que conforman el atlas de infortunios, agrupadas por áreas geográficas y con una cierta tendencia a lo francés, están viejos barcos conocidos como el Erebus y el Terror de Franklin, o el Vasa, la mayor pifia de la marina sueca que zozobró nada" más botarlo (recuperado en 1961, se exhibe espectacularmente desde 1990 en Estocolmo en su propio museo que "vale más la pena la visita que el de Abba).

Barco carguero hundido en Anavyssos, Grecia. / getty


Entre mis favoritas, la historia del bergantín Beatrice, desaparecido en 1838 con un verdadero tesoro de objetos arqueológicos del Antiguo Egipto, incluido el sarcófago del faraón Micerino. Espacio también para misterios famosos como el del Mary Celeste, a la deriva sin nadie a bordo, y leyendas como la del Holandés errante (sin duda un gran infortunio el suyo). Y el drama de la Mignonette, embarcación inglesa de la que tres náufragos se comieron al cuarto, ,el grumete, que es como el becario, en el bote salvavidas tras pasar casi un mes sólo con dos latas de nabos, dándole un nuevo sentido a la expresión filet Mignon.

Y para acabar, nada mejor que un sumergible alemán de la II Guerra Mundial... infortunado. Recordar que para quienes no lo hayan leído ya, Península acaba de reeditar la apasionante Tras la sombra de un submarino, crónica extraordinaria de Robert Kurson del hallazgo y exploración en condiciones espeluznantes de un misterioso submarino hundido en las costas de EE UU con toda su tripulación. Auténtica epopeya del buceo en pecios, un libro que no ha de faltar tampoco en la maleta este verano, sobre todo si vas a viajar por mar...

El Pais, sábado 9 de julio de 2022

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