EL FARO DEL FIN DEL MUNDO / JACINTO ANTÓN
Nefertiti con gafas de sol, obra de Isa Genzken expuesta en 2016 el centro Martin Gropius Bau de Berlín.
No una, sino dos Nefertiti han pasado recientemente por mis manos —de lector—. Poco después de La faraona oculta, la novela de Abraham Juárez que se ha alzado con el premio de narrativas históricas Edhasa, me he leído también Aquí vivió Nefertiti (Alba, 2022), de Mary Chubb. Los dos libros coinciden no solo en que aparece en ambos la reina Nefertiti, que ya es tema, sino en que son obra de sendos outsiders del mundo académico y literario. En el caso de Juárez, simple aficionado a la egiptología, su novela, la primera, se publica cuando el autor es ya un jubilado de banca de 67 años, mientras que Chubb (1903-2003), conocida como "la arqueóloga accidental", no publicó su deliciosa crónica de las excavaciones en los años 30 en la antigua ciudad faraónica de Amarna —en las que participaba como secretaria— hasta 1954.
La historia de Mary Chubb es muy curiosa: Consiguió un trabajo en la Egypt Exploration Society (EES) sólo para financiarse sus estudios de escultura y no porque le importara para nada el Antiguo Egipto. Pero el contacto casual con un objeto arqueológico, un trozo de azulejo esmaltado del que se desprendió un reguerillo de arena, disparó su interés y se presentó voluntaria para hacer de secretaria para todo de la misión de la sociedad en Tell el-Amarna, en el sitio de la abandonada capital del faraón hereje Akenatón. Ahí, con 29 años, desarrolló su gusto por las antigüedades egipcias y la arqueología hasta convertirse en un miembro indispensable del equipo que dirigía John Pendlebury, ese arqueólogo aventurero tuerto que es uno de los personajes más interesantes del siglo XX, y me quedo corto.
Pendlebury (1904-1941) excavó extensivamente en Tell el-Amarna durante siete años pero su verdadera patria de adopción era Grecia. Fue conservador jefe de Cnossos en la estela de Evans y se dejó literalmente la vida en aras de su byronica helenofilia: enviado como vicecónsul y agente encubierto a Creta, los paracaidistas alemanes lo fusilaron en mayo de 1941. Su tumba en Suda Bay es un lugar de peregrinación para los espíritus sensibles a las vidas románticas, yo incluido.
Mary Chubb, una mujer morena, pequeña (ella misma se describe como "ni esbelta ni sofisticada"), inteligente y con un notable sentido del humor inspirado por su debilidad por Wodehouse trabajó con Pendlebury en Tell el-Amarna durante dos campañas (de noviembre de 1930 a febrero de 1931 y de octubre de 1931 a febrero de 1932) que en su libro aparecen fundidas en una sola. De regreso a Gran Bretaña, en 1942 fue arrollada por un camión militar cuando iba en bicicleta y resultó gravemente herida. A resultas del accidente perdió una pierna. Dado que no podía volver a las excavaciones, se puso a escribir. Y surgió Aquí vivió Nefertiti.
El libro es absolutamente encantador y posee además el interés de describir cómo era una excavación arqueológica en los años treinta. Chubb se incorporó a la misión como eficiente secretaria del director (Pendlebury, el muñir), pero acabó haciendo prácticamente de todo.
Durante el largo viaje en barco hasta Egipto trató de aprender árabe, pero únicamente fue capaz de memorizar una palabra, "albanafsaji", violeta, y, deplora, "no hay violetas en Tell el-Amarna".
Ya en el sitio arqueológico explica las precarias condiciones de alojamiento, el peligro de las serpientes y escorpiones (Pendlebury se sienta encima de uno y lo pasa realmente mal) y la sorpresa ante los aullidos de los chacales. La voz de Mary está llena de humor e ironía, pero late en ella sobre todo una intensa emotividad que hace al libro único.
La campaña culmina con el hallazgo de una hermosa cabecita de escultura de estilo típicamente amarniano y que encuentra la propia Mary. La joven y el equipo creen que representa a la princesa Ankesenpatón, la hija de Akenatón y Nefertiti y luego esposa de Tutankamón.
Al pasear sola por las ruinas, impresionada por el hallazgo, llega el momento culminante del libro y de la vida de la autora: "Un viento frío vibró un momento como el roce de una túnica y un vestido... un susurro débil, como el de unos pies ligeros con sandalias, hasta que dejó de oírse con la brisa. Entonces todo fue luz de luna y silencio: sólo se oían los débiles y lejanos aullidos de los chacales, que parecían fúnebres lamentos de fantasmas, de la gente que, como la bella dama Nefertiti, vivió en estos parajes". Mary, Mary, ¡llévanos contigo!

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