viernes, 8 de mayo de 2020

VIDA MOSTRENCA: El hombre que gritó puta

Texto: Jordi Costa Ilustración: Darío Adanti

1
 Contaba Terry Gilliam, tras haber adaptado al cine la áspera Miedo y asco en Las Vegas, que los personajes de tan insólita odisea -el creador del periodismo gonzo Hunter S. Thompson y su abogado Óscar Zeta Acosta- habían logrado escapar de la guerra del Vietnam pero, como contrapartida, convirtieron su propio cerebro en un campo de batalla. En el Vietnam mental de Thompson y Acosta las más surtidas sustancias psicotrópicas caían sobre su bosque neuronal como cargas de napalm iluminando los neones de Las Vegas con los colores del Gran Infierno Americano. Lo importante no es dónde está uno, sino dónde cree estar. En Viet-Ñam, cortometraje del mostrenco cineasta Manuel Romo, un orondo gañán recibe la encomienda materna de comprar un frasco de Mr. Proper en el supermercado: su estado de divergencia mental le llevará a sublimar el encargo en clave Chuck Norris. Y la ficción le absorberá, sumiéndole en la beatitud perpetua.
2
 El freak-show -o feria de fenómenos humanos- es el origen mismo del show-business americano. Las Vegas es el estadio más sofisticado: los seres deformes han sido sustituidos por artistas que han reventado las costuras de su sentido del ridículo para convertirse en semidioses del espectáculo. Los artistas de Las Vegas no pueden ser juzgados por un rasero convencional: están más allá del bien y del mal, como antorchas ofrendadas frente al altar de esa manifestación de lo sublime que llamamos kitsch. Algunas instantáneas: el Elvis Presley fondón e hiperbólicamente patilludo de la última época; Liberace vestido de lentejuelas ante un piano blanquísimo con un candelabro en el centro; Tom Jones convirtiendo la más rugiente expresión de su masculinidad en dinamita musical...
3
 Hablemos de otro cortometraje español: Mi novio es bakala, de Diego Abad, director sin alma pero con una pericia narrativa más que respetable. En él, una joven en estado de catatonía indie-pop reflexiona sobre su (imaginaria) felicidad vital mientras el mundo se desmorona a su alrededor. En un momento, aparece Raphael ofreciéndose como fontanero en un programa de Tele-empleo. Este mostrenco articulista ignora dónde creía estar Raphael en esos instantes. Repito: lo importante no es dónde está uno, sino dónde cree estar. Raphael ha estado actuando en la Gran Vía madrileña, pero eso no es importante. Lo importante es que ha ofrecido una serie de conciertos memorables desde su Las Vegas mental.
4
 Si Raphael hubiese sido un artista de Las Vegas quizá le hubieran apodado Mr. Tongue-in-Cheek: pocas veces se ha visto tanta autoconsciencia del manierismo, tanta habilidad para puntuar el aspaviento melodramático con un atisbo -a veces casi imperceptible- de distancia irónica. Un concierto de Raphael contiene más elementos mesméricos y sobrenaturales que una actuación de David Copperfield. El artista actúa con la mente en Las Vegas y cada espectador puede ver algo distinto sobre el escenario: al artista doliente cuyo repertorio gira alrededor de la nostalgia de una infancia no vivida —No nos dejan ser niños, Volveré a nacer- y de una orgullosa, transgresora y combativa celebración ultrarromántica (y byroniana) de la diferencia -Qué sabe nadie, Escándalo, Digan lo que digan, No me comprendo- al eslabón perdido del glam, al histrión enamorado hasta de su más nimio mohín, al hombre que mejor sabe gritar "¡puta!" -o mejor, "¡putas reprimidas!"- ante un micrófono, a la voz que anaboliza sin vuelta atrás al arte del crooner para hacerle batir una marca cósmica... Sus canciones son como el alarido de un arlequín de Lladró estallando en mil pedazos en el cuarto oscuro de un club de ambiente. Y eso es Arte.


EL PAÍS DE LAS TENTACIONES
VIERNES 7 DE ENERO DE 2000

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