viernes, 22 de marzo de 2024

James Jean en Fábulas

James Jean es un ilustrador neoyorquino de origen taiwanés que reside en Los Ángeles. James estudió en la SVA de Nueva York, donde se graduó en 2001. Tras su paso por esta escuela empezó a trabajar haciendo portadas para DC Comics como las famosas de Fables, por las que recibió innumerables premios de ilustración. Después, trabajó para Vogue, Harpers Baazar, Time Magazine The New York Times, Prada, etc., desarrollando tanto ilustraciones editoriales como publicitarias o portadas. En 2008 se retiró del mundo de la ilustración comercial para dedicarse a la pintura.


El sello editorial Vertigo dentro de DC Comics se ha convertido por derecho propio en una enseña, un pilar, en definitiva una prueba inequívoca de que la creación cultural con libertad y tratamiento adulto proporciona a largo plazo beneficios de todo tipo, no solo económico, que también. Me es imposible resumir más de 30 años de una línea editorial de comics que revolucionó, en Estados Unidos, claro, el universo de los comics. Todo comenzó con Sandman con Neil Gaiman como guionista, y grandes sagas creadas por grandes dibujantes y una marca inigualable en sus portadas, obra de Dave McKean. 

Catorce años después, y con todo un mundo de viñetas por en medio, nace la serie Fábulas, con el guionista Bill Willingham, y muchos más dibujantes, principalmente Mark Buckingham. Si la serie de Gaiman se centraba en la mitología, Fábulas tomaba los cuentos clásicos traídos a la actualidad. Y como le ocurrió a Sandman, un solo autor se dedicó a hacer las portadas de los comics, James Jean. 



















































Viñetas con las emociones a flor de piel

El dibujante catalán Jordi Lafebre, celebrado por su primera novela gráfica, "Carta blanca", publica "Soy su silencio", un "thriller" donde aborda la salud mental y la violencia machista.

Tommaso Koch

Madrid

Viñetas de Soy su silencio.

Jordi Lafebre, el viernes en Madrid. Mario Bermudo

De pequeño, Jordi Lafebre garabateaba en el suelo de su casa en Barcelona. Hoy, con 45 años, recibe mensajes incluso en turco que le felicitan por sus cómics. O eso espera él: como no entiende el idioma, confía en los emoticonos con corazones al lado de los textos. En realidad, la obra del catalán está traducida a más lenguas que él no controla. Ni falta le hace: sus historias parecen hablarle a cualquiera. "Me esfuerzo por hacer libros universales, sin olvidar mis raices. No intento dar lecciones. Sencillamente, escribo y diseño cosas que he visto o sé que existen", resume él. Un amor capaz de derrotar al tiempo, en Carta blanca, su celebrado debut en solitario. Ahora, en Soy su silencio (Norma), una mezcla de thriller, violencia machista y salud mental, todo bañado en cava. Y empapado de humanidad, humor y esperanza, sellos habituales del autor, Lafebre recuerda que sus padres siempre sostuvieron la pasión del hiperactivo hijo. El niño que pintaba pavimentos para relajarse se ha hecho mayor. Ahora esboza sonrisas en la cara de cientos de desconocidos. 

"Llevo toda la vida dibujando", sonríe él. Tanto que su destino profesional se decidió casi solo. Cuando, de adolescente, anunció que quería ser artista, en la familia ya lo daban por hecho. Ninguna sorpresa, solo apoyo. Algo más se asombraron sus primeros empleadores: llamó a una revista insistiendo para que la ficharan. Al otro lado del teléfono, no imaginaban que se les plantaría en la Redacción un muchacho de 20 años. Su talento y sus ganas le abrieron las puertas. Eso sí, tocó unas cuantas antes: "Hice de todo. Encargos pequeños, de una semana, cosas de publicidad, eróticas, para eventos de cualquier tipo, animación. Pero tenía claro que quería escribir libros".

Primero, en compañía. Aunque en sus cómics con el guionista Zidrou (Los buenos veranos, Lydie) se iba gestando lo que vendría después: el lanzamiento en Francia, antes de llegar a España; un dibujo cálido y dinámico, con un lejano aroma a Disney; la reivindicación de la conmoción y la ternura; temas cotidianos, íntimos y precisamente por ello, trascendentales. "Me interesa el alma humana. Creo que se pueden tratar las cosas con ligereza respetando a la vez que son asuntos importantes", defiende él. En sus obras, Lafebre se atreve a caminar por la cuerda floja de las emociones. Basta un paso en falso para caer en lo azucarado, o lo melodramático. Habrá, de hecho, quien le acuse de ello. Sin embargo, miles de lectores adoraron Carta blanca porque se mantenía justo en la línea ideal: sin excesos, pero siempre a flor de piel.

"En los libros que llevo escritos hay preguntas sinceras que me hago, sin tener claras las respuestas. Me gusta pensar que lo mismo le sucede al lector. Hay cierto miedo a abordar temas emocionales, el cinismo y la desesperanza son herramientas que usamos mucho para protegernos. Creo que existe una forma de ser optimista sin ser lacrimógeno", apunta. Así que, en Soy su silencio, vuelve a intentarlo.

También juega de nuevo con los tiempos de la narración, como en Carta blanca. Aunque ahora, en sus segunda novela gráfica, el creador pone encima de la mesa unas cuantas cartas más: su protagonista, Eva, una psiquiatra tan inestable como arrolladora; la trama policíaca; el amplio universo de personajes secundarios; pero, sobre todo, las nuevas viñetas de Lafebre tocan argumentos como el legado, la globalización, el feminismo, la violencia machista o la salud mental.

"Tenía la idea de un thriller en Barcelona, pero me faltaban piezas. Un libro necesita una arquitectura, puntos de apoyo. Los encontré cuando me centré en la salud mental. Me parece un tema necesario, del que se habla más ahora, pero no lo suficiente. A veces un autor tiene una frustración por intentar arreglar algo que genera una energía muy bonita", apunta el artista. En la charla, Lafebre alude a vivencias personales que no quiere profundizar; aunque también dice que recurrió a una amplia documentación, que se intuye en alguna referencia; además, se reunió con psiquiatras y con pacientes con trastorno bipolar.

Argumentos complejos

Cabe, aún así, plantearse si 112 páginas dan para afrontar tantos argumentos complejos. "Reivindico el libro accesible para cualquiera. Hay obras mucho más complejas, y evidentemente les tengo un respeto brutal. Pero me interesa mucho el equilibrio entre ambos aspectos. No soy ensayistas, ni filósofo. Me gusta hacer cómics que puedan llegar a todos e inviten al lector a la reflexión", responde Lafebre. Agrega, "sin ningún complejo", que el tebeo es también una evasión. Aunque espera que, al regreso, el viaje deje huellas.

De sus futuros periplos, tiene claro lo que quiere decir: "Nada". Al parecer, hay dos guiones en marcha. Pero Lafebre cree que ahí está el aspecto tal vez más dificil de su oficio: "No hago algo para repetirme, no intento rellenar nada sino construir una carrera como autor. Tengo la sincera sensación de que cada libro es una oportunidad para hablarle a la gente. Antes de subir al micrófono, debes reflexionar muy bien sobre a qué vas a dedicar esos cinco minutos, si vas a estar a la altura de las sofisticación del tema, si tienes el tono adecuado... Es muy exigente".

Más, quizás, desde que ha ganado cierta fama en el cómic. Hay lectores que ya se esperan algo de Lafebre. Frente a ello, él abandera el trabajo cotidiano. "Un libro te desnuda, te enseña quién eres. Son muchos días seguidos. A veces estás más fluido y otras se trata de ponerse el mono de trabajo y seguir. Hay momentos en que no sabes si irá a buen puerto. Con mi amigo (dibujante Javi Rey, siempre decimos: "Hay que confiar en el Jordi del pasado, que decidió hacer este cómic. Y en el del futuro, que va a sacarlo adelante". Sin olvidar, nunca, al minúsculo Jordi que pintaba en el suelo.


El Pais. Cultura. Miércoles 20 de marzo de 2024


jueves, 21 de marzo de 2024

Nacerá un creyente

El autor de cómics Patrick McDonnell regresa a uno de los momentos más importantes de su vida, esa infancia en la que descubrió un maravilloso universo


JOSÉ LUIS VIDAL

21 Marzo, 2024 

Si hay un sentido que nadie debería perder y que, por desgracia, solemos dejar en el camino cuando la madurez nos alcanza, es el de la maravilla. Poder ver, disfrutar de cosas, momentos, con ojos nuevos, limpios.



El viaje del superhéroe

Autor: Patrick McDonnell

Tapa dura

Color

112 págs.

30 euros

Panini Cómics


No sé a vosotros, pero el que aquí suscribe recuerda uno en especial, que le transporta a aquella casa, la de su tía abuela y sus primos, donde acudía de visita muy a menudo. Un día, sentado y aburrido en un sofá, alzó la vista hacia la parte superior del mueble del salón y allí vio algo que le llamó poderosamente la atención. Eran unos tomos de pequeño formato, y en sus lomos leyó unos nombres que hasta entonces no había conocido. El Hombre Araña, Los Cuatro Fantásticos, La Masa, El Hombre de Hierro… Y así un puñado más.

Por desgracia, su corta estatura y la altura a la que se encontraban esos tomos, los hacía inalcanzables, por lo que cuando llegó su primo mayor le preguntó si podría dejarle ver uno de ellos, hecho éste que, por la expresión del joven, no le hizo demasiada gracia ya que, como sabría mucho más tarde, guardaba aquella colección de cómics como oro en paño.

Pero sí, al final, después de varias visitas y ruegos más, con la seguridad de que no los estropearía, el joven cedió y, de manera casual, cogió uno de aquellos volúmenes y se lo entregó al chavalín que, incrustado entre los cojines del sofá, abrió los ojos como nunca lo había hecho hasta entonces, y se dispuso a sumergirse en aquellas páginas en blanco y negro, desconociendo que la mayoría de las viñetas estaban remontadas, pero disfrutando de una experiencia que, sin él saberlo aún, le marcaría de por vida.

Sí, yo soy ese chaval, y el tiempo ha pasado, pero aún me emociona recordar mi primer contacto con los comics de la editorial Marvel.

Pero claro, obviamente, no soy el único al que le ha pasado esto. Y este libro, creado por el famoso autor de las tiras cómicas de Mutts, Patrick McDonnell, viene a demostrar el (positivo) shock que supuso para miles de niños, en este caso estadounidenses, la existencia y descubrimiento de este universo único, en el que sus héroes se conocían y en muchas ocasiones compartían aventuras juntos, los llamados team ups.

El maravilloso momento que supone mirar una página de unos genios de las viñetas como Jack Kirby, o Steve Ditko, te marca a fuego, y McDonnell les hace un sentido homenaje utilizando aquellas viñetas, convirtiéndose en un narrador más en las peripecias de esos personajes, que de pronto, sin poder controlarlo, ven como el mundo se viene abajo, poseído por una violencia que los hace enfrentarse entre ellos.

Tan solo Reed Richards, Mister Fantástico, será el testigo que algo extraordinario, único. Y es que una entidad que nunca interactúa con los humanos le servirá de guía en ese camino hacia el descubrimiento, en el que deberá hallar una solución al tremendo conflicto que le rodea.

McDonnell, con un estilo de dibujo que rememora a aquellos primeros y juveniles intentos de llevar a las páginas las aventuras de sus héroes preferidos, nos transmite una lección de vida, y no lo hace solamente en lo gráfico, ya que intercala frases que sirven como guía filosófica, tanto para el lector como el protagonista de este cómic.

Un regreso a la básico, a lo inocente, sin que por ello pierda peso ni importancia, en un trayecto nostálgico que seguro que tocará la fibra de muchos de vosotros.

A mí me ha pasado.


Malaga Hoy


miércoles, 20 de marzo de 2024

Cómo vestir para visitar a Drácula

Vestidos para la aventura 


Jacinto Antón

Cuando el espejo no devuelve la imagen de uno, las decisiones de peluquería se vuelven más audaces.

Vestirse para visitar a Drácula exige una serie de normas de etiqueta -al fin y al cabo él es, era o sigue siendo un aristocrático voivoda valaco- y también algún sistema de seguridad. En ese sentido debes de parecer algún sistema de seguridad. En ese sentido debes tratar de parecer poco apetitoso (es buena idea fingir falta de lozanía o anemia), exhibir un crucifijo y desplegar otras medidas apotropaicas como una ristra de ajos en torno al cuello o una camiseta estampada con rosas silvestres (jamás con la frase "la sangre es la vida"). Un collarín bajo pretexto de lesión cervical  (y esto es idea mía) puede contribuir a desconcertar al anfitrión y aumentará nuestra tranquilidad. Intentaremos portar una indumentaria seria, de sobrio pasante de abogado, estilo Jonathan Harker, y nunca es demasiado moderna (la longevidad de los vampiros les predispone a valorar la ropa clásica y ser inmunes a las modas). Recomiendo fervientemente usar para dormir en el castillo del conde esquijama: eso descorazonará a las novias de Drácula. Aunque, si una vez las ves no te parecen tan mal, sobre todo la que es igualita a Monica Bellucci, ahí cada uno.

Por nuestra parte, nunca le afearemos a Drácula vestir raro o mal, ni le diremos que en la película de Coppola parecía la fallera mayor de Transilvania. Hay que recordar que el pobre no se puede ver en el espejo.

Todo esto puede parecer una estupidez, pero viene a cuento de que no hace mucho estuve en un festival consagrado a Bram Stoker, el padre del conde, y tuve que pensar en qué ponerme. Más aún porque a la cita en Dublín, acudían grandes expertos en vampiros, entre ellos el sobrino bisnieto del escritor, Dacre Stoker, que es uno de los que gestionan el legado de su antepasado, además de haber escrito una secuela tan pasada de sexo, El no muerto (desde luego), que en comparación las lúbricas pelis de vampiras de la Hammer con Pippa Steel o Yutte Steengard parecen de Walt Disney. Le conocía de haberle entrevistado por teléfono e hicimos migas enseguida, pero su vestuario me decepcionó: llevaba camisa hawaiana. En cambio, una autora rumana de pastiches vampíricos con la que trabé amistad (sin llegar a usar esquijama) vestía tan gótica que parecía la abadía de Carfax. Otro colega era un tipo enjuto con uñas de Nosferatu que se hacía llamar solo Polidori. Lo pasamos muy bien y yo, de negro, con una gabardina semejante a una capa, triunfé con mi imitación de Bela Lugosi: "This rememberrrs me the old parrraments of my own castle in Trrransilvenia".

En todo caso la relación más inesperada de los vampiros con la ropa tiene que ver con los calcetines (véase The Vampire Enclycopedia, de Matthew Bunson, 1993, entrada "socks") Según una tradición de los gitanos del este de Europa, quitarle un calcetín a un vampiro es una forma de destruirlo. El método es el siguiente: hay que encontrar un vampiro en su tumba, quitarle un calcetín y llenárselo de piedras o tierra de la sepultura. Se lleva a continuación el calcetín lejos y se arroja a una corriente de agua, donde se ahoga. El método no está homologado por Van Helsing y parecerá muy tonto, pero te ahorras la parte de la estaca y la decapitación. Cuando piensas lo que nos exaspera perder los calcetines en la lavadora te das cuenta de cuánto tenemos todos de vampiros. Y ahí queda la televisión.


Revista ICON nº 177. Marzo 2024