jueves, 11 de enero de 2024
martes, 9 de enero de 2024
Antihéroes y superhombres
Existe una teoría tan generalizada como discutible de que la “alta literatura” —la consagrada por los sistemas educativos, el Estado y la cultura— sería revolucionaria y la narrativa popular, reaccionaria
JESÚS FERRERO
23 AGO 2014
Fue Antonio Gramsci el que dijo que el mito del superhombre no lo había inventado Nietzsche, sino Dumas con El conde de Montecristo. La idea le sirvió a Umberto Eco para desplegar hace algún tiempo su teoría del superhombre de masas y colocar la literatura popular en el ámbito de la subcultura y la consolación. Si la “alta literatura” persigue, como el teatro griego, la catarsis trágica, la literatura popular perseguiría la catarsis plácida, el final feliz, y la convertiría, según Eco, en reaccionaria. Y así nos encontramos con esa teoría tan generalizada de que la “alta literatura” (la consagrada por los sistemas educativos, el Estado y la cultura) sería revolucionaria, y la literatura popular, reaccionaria. Vamos a imaginar que estamos de acuerdo, sí, vamos a imaginarlo, pero para empezar resulta tan disparatado atribuir la creación del mito del superhombre a Dumas como a Nietzsche. El mito del superhombre está ya presente en la antigüedad clásica, y desde entonces nunca ha dejado de frecuentar nuestra cultura.
Cuando los teóricos hablan de la muerte del héroe y hasta de la muerte del personaje y de las estructuras narrativas (una música serial que empezó hace unos cien años), no se dan cuenta de que están hablando de muertes acontecidas en el territorio específico de la literatura culta, que prácticamente nunca llega a las clases más desprotegidas, ya que, en la literatura popular, el héroe y el personaje no han desaparecido ni es probable que vayan a desaparecer, si bien podrían hacerse cada vez más complejos.
Tendríamos que preguntarnos con absoluta seriedad por qué las clases populares apuestan por la épica e insisten con tanta fuerza en el mito del superhombre. Cabe una respuesta: el problema de los más desfavorecidos es casi siempre el de la supervivencia, sobre todo en épocas de vacas flacas, y van a insistir en su mito más querido, el del superhombre, que es en realidad un mito sobre la “extrema existencia”.
¿No resulta irónico ver que mientras que la “alta literatura” se ocupa desde hace bastante tiempo de la podredumbre del ser, la literatura popular continúa poblándose de superhéroes? La lista de superhombres y supermujeres que ha dado la literatura popular es muy extensa. Desde la antigua Grecia (con sus mismos dioses o con héroes como Heracles o Elena de Troya) hasta los grandes héroes de la Biblia (hombres y mujeres); desde los héroes bíblicos hasta los caballeros de la Edad Media y el Renacimiento; desde los exaltados héroes del Romanticismo hasta los múltiples héroes y superhéroes creados tanto por la novela popular como por el cine y el cómic en todo el siglo XX… Se trata, a menudo, de literatura que sigue las mismas claves estructurales que los mitos; una literatura llena de sucesos, habitualmente más mitológicos que reales (y, en ese sentido, también más abstractos y conceptuales), que, sin embargo, rara vez ha sido considerada un pensamiento, a pesar de que Lévi-Strauss creía que los mitos eran una forma muy concreta de pensar, de modificar y sustentar la realidad, hasta el punto de que los veía como un pensamiento operativo (que actúa sobre lo real), en las antípodas de un pensamiento inoperante que ya solo se dedica a contemplar su propio humo. Por lo demás, la teoría de Eco sobre el superhombre de masas está llena de contradicciones: por una parte dice que los mitos son reaccionarios, y por otra asegura que el mito de Edipo es revolucionario. ¿En qué quedamos? ¿No sería más correcto decir que en mitología, como en cualquier otro ámbito, encontramos relatos reaccionarios y revolucionarios?
Desde sus comienzos, la mitología popular huye de los planteamientos sin salida, de modo que el contraste no puede ser más brutal: a este lado del muro, los antihéroes medio desvanecidos, los infinitos monólogos interiores, las infinitas dudas y vacilaciones, la intertextualidad, la metaliteratura, la deconstrucción, la demolición; y al otro lado del muro, los superhombres y las supermujeres enfrentándose a la perversidad, sin pensar demasiado en lo que hacen. ¿El exceso de trabajo les impide filosofar?
Pero hagamos un poco de memoria: el reino de la imprenta coincide con el reino de la burguesía. Durante los cinco siglos de imperio de la imprenta, la burguesía fue fraguando su pensamiento filosófico y literario, y fue publicando y sacralizando a una serie de autores que en realidad conforman la historia de la literatura de cada país. Se quiere con ello decir que todo lo que hasta ahora se ha considerado la historia de nuestras literaturas sigue un código de clase, como no podía ser de otra manera.
En el Renacimiento, la literatura divulgada por la imprenta rezuma optimismo. Una clase social está tomando por primera vez conciencia de su poder y es una clase de espíritu laico, a diferencia de la aristocracia. La literatura exhibe en esa época el ímpetu feliz, expansivo y radiante de la burguesía naciente. Es la primera gran fiesta de los burgueses. Otro gran momento fue la Ilustración, que muestra por primera vez en la historia el verdadero pensamiento burgués en todo su esplendor: la burguesía tiene muy claras las cosas, y ya solo le queda el asalto al poder. Parte de lo que ha conseguido, y muy especialmente lo que se podría llamar toma de conciencia, ha sido a través de la imprenta. Demos un salto abismal hasta el simbolismo, cuando resurge el tema, ya frecuentado por el barroco, de la podredumbre del ser, de la angustia, de la desesperación, de la descomposición integral del alma, de la discontinuidad, de la decadencia, de los caminos sin salida, de la abolición de la esperanza. Esa música cada vez más repetitiva estalla con Baudelaire y Rimbaud, y continúa a su manera con los grandes novelistas de entreguerras, el surrealismo, el existencialismo, y mucha de la “alta literatura” que se ha publicado desde entonces. Se trata de un viaje que recupera la herencia más escatológica del barroco y que en algunos autores adquiere la forma de fasto verbal. Si me analizo a mí mismo (este verano estoy releyendo Ulises: un superhéroe clásico que en Joyce se convierte en un antihéroe que nunca abandona su Ítaca y que además es cornudo) creo que he estado a menudo más cerca de la tradición de la modernidad que de la otra, por más que sospeche que buena parte de lo que se entiende por literatura de la modernidad es una derivación del barroco, mucho más vinculada a Tánatos que a Eros. No podemos olvidar que el tema de la podredumbre del ser en su versión más moderna coincide con la decadencia real de la burguesía, narrada en la primera novela de Thomas Mann. ¿Y si a través de sus autores lo único que ha estado narrando en los dos últimos tiempos la clase dominante ha sido su propia podredumbre, confundiéndola con la podredumbre de la humanidad? Pero la burguesía, esa gran clase que deja tras ella un legado inmenso y parcialmente perdurable, puede que ni siquiera sea ya podredumbre y haya sido sustituida por una especie de crematocracia internacional de nuevo cuño, mucho más inculta y despiadada que la clase que le antecedió en el gobierno del mundo.
Y mientras tanto, ¿qué leen “los de abajo”? Pues leían y leen autores que rara vez salen en las historias de la literatura y consumen una narrativa que para bien o para mal está en las antípodas de la descomposición del alma, una narrativa que se dedica a cultivar, con una insistencia absolutamente heroica que no conoce el desmayo, los mitos del superhombre y la supermujer. ¡No me digan que no es para asombrarse ante semejante disyuntiva filosófica: una de las corrientes busca desde hace tiempo la nada, y la otra no ha dejado nunca de buscar el ser!
El Pais. Cultura. sábado 23 agosto 2014
domingo, 7 de enero de 2024
El sentido de todo esto Henrique Torreiro
Adrian Tomine
168 págs.
Obra relacionada
Sonámbulo y otras historias
Adrian Tomine
(Ediciones La Cúpula)
Rubia de verano
Adrian Tomine
(Ediciones La Cúpula)
Intrusos
Adrian Tomine
(Sapristi Comic)
Escenas de un matrimonio inminente
Adrian Tomine
(Ediciones Sinsentido)
El show de Albert Monteys
Albert Monteys
(¡Caramba! Cómics)
Puede decirse que Adrian Tomine (Sacramento, Estados Unidos, 1974) tiene ya asegurado un puesto entre los grandes de la novela gráfica. Con 16 años comenzó a autoeditar sus historias cortas mediante la cabecera Optic Nerve. Poco después obtuvo una beca de la fundación Xeric, y la revista pasó a ser publicada por la canadiense Drawn&Quarterly. Siendo un veinteañero, ya era considerado uno de los nombres esenciales del cómic independiente, y comenzó a reunir numerosas nominaciones y galardones en los premios Harvey, Ignatz y Eisner. Su prestigio también llegó a Europa, donde fue seleccionado en diversas ocasiones para los premios del Festival de Angulema. Mientras tanto, también fue desarrollando una importante carrera como ilustrador en prensa, y ha colaborado en The New York Times o con celebradas portadas en The New Yorker.
Con ritmo pausado y periodicidad libre, Optic Nerve ha seguido siendo su forma de sacar su reducida producción a la luz, paso previo a la recopilación de sus trabajos en tomos, como Intrusos o Rubia de verano. Especializado en las historias breves, claramente emparentables con el relato corto norteamericano contemporáneo, ha mantenido una personalidad muy clara a lo largo de los años, lo que no impide apreciar una evolución en su estilo gráfico y unas inquietudes que lo han llevado a explorar distintas fórmulas narrativas. Sus cómics son retratos nada complacientes de una sociedad individualista, con personajes que están lejos de lo modélico en lo vital y lo ético; son historias de regusto amargo, con finales abruptos en apariencia, que dejan la trama en el punto adecuado. A pesar de eso, no se trata de un autor fundamentalmente pesimista, ni tiene un gusto enfermizo por la parte menos agradable de la sociedad, sino que nos pone como lectores ante un espejo en el que de alguna forma siempre vemos reflejos de comportamientos y reacciones que nos resultan más cercanas de lo que quisiéramos reconocer.
Con los años, Tomine ha ido incorporando nuevos matices a sus registros, y su estilo visual ha dejado atrás una cierta frialdad para adoptar unas líneas un poco más amables, que lo llevan a territorios colindantes con los de los hermanos Hernández, por ejemplo. Eso no solo no ha ablandado el tono de sus narraciones, sino que también ha abierto la posibilidad de una línea más relacionada con la comedia que con el drama, iniciada en 2011 con Escenas de un matrimonio inminente. Ese libro se originó, de hecho, como recuerdo para los invitados de su propia boda, y en él recogió toda una serie de anécdotas personales acerca de la organización de las celebraciones nupciales, que mostraban, con un acercamiento caricaturizado, una imagen de su autor como personaje lleno de inseguridades y con tendencia a las meteduras de pata.
La soledad del dibujante recupera años más tarde aquel espíritu. Es una obra también ligera, pero más intensa, en la que Tomine saca a relucir su lado más neurótico y su síndrome del impostor. En ella recopila los momentos más ridículos, incluso bochornosos, que ha vivido relacionados con el mundo del cómic, sus presentaciones al público, las convenciones y otros eventos semejantes, remontándose hasta sus vivencias escolares. Su estructura de pequeños capítulos que cuentan cada una de esas situaciones indeseables podría hacer pensar que estamos simplemente ante una enumeración de momentos infames, que no parecerían propios de una carrera insigne como la suya.
La retahíla de casos lamentables es sin duda divertida, pero no es hasta que se llega a la última página cuando se entiende la estructura circular que da sustento a la obra, en la que toda esta exhibición de penalidades es tanto causa como efecto. Se comprende entonces que la acumulación de anécdotas es algo más que un propósito de reiteración. La ligereza que domina la obra pasa a tener, vista en conjunto, un sentido que la puede emparentar más con los ejercicios de reflexión vital que hicieron en su momento Lewis Trondheim con Mis circunstancias o Dupuy y Berberian con Diario de un álbum. Tomine habla de su relación de amor/odio con el medio, que ha sido y es, a la vez, su modo de vida y también su obsesión; de la difícil relación con el público en la vida real cuando las destrezas están concentradas en el trabajo sobre el papel y es el propio trabajo el que impide la práctica de las habilidades sociales. De hasta qué punto ha dedicado demasiado tiempo a una pasión nacida de una fijación de su época infantil. De un complejo de inferioridad heredado de una época que afortunadamente comenzamos a superar.
Anuario Jot Down Comics 2020
viernes, 5 de enero de 2024
Una huida conjunta puede ser el comienzo de una hermosa amistad
Jordi Riera Pujal
¿Me estás escuchando?
Tillie Walden
Ediciones La Cúpula
Estados Unidos
Rústica con solapas
324 págs.
Color
Obra relacionada
En un rayo de sol 1 y 2
Tillie Walden
(Ediciones La Cúpula)
Piruetas
Tillie Walden
(Ediciones La Cúpula)
Blankets
Craig Thompson
(Astiberri Ediciones)
En ¿Me estás escuchando?, dos chicas de dieciocho y veintisiete años, Bea y Lou, juntan sus caminos por casualidad y protagonizan una road story por Texas. Concretamente por el oeste de este estado americano, en que según uno de los personajes del libro no existe gente aburrida. El viaje se presenta como una fuga en que experimentarán la libertad, el aprendizaje, la maduración, las amenazas, el cambio y un inicio en el camino de la autoaceptación. Un trayecto conjunto implica el paso del tiempo y una convivencia no siempre fácil. La confianza nace con el trato continuado y es necesaria para lograr dar un espacio a las confidencias y para que la amistad y el respeto mutuo se vayan consolidando. Bea huye de un pasado y de la inseguridad que le da el no saber domesticar y asumir sus demonios internos. Lou, con una vida más encarrilada, necesita tomarse un respiro para digerir las decisiones que ha tomado en el transcurso de su biografía. La tercera protagonista de la historia es una gata misteriosa que se une a la expedición. En el relato también pululan unas fuerzas amenazadoras, que son los guardianes de unas caprichosas normas que nadie sabe muy bien cuáles son y que tienen unos objetivos difíciles de discernir.
Tillie Walden no se conforma en dibujar una novela gráfica. Le gusta crear todo un universo propio regido por sus propias reglas, en el que pueda desarrollar su historia. Para adentrarnos en esta obra sin peligros de pérdida, tenemos que ir cogidos de la mano de la autora y confiar en su sabiduría narrativa. Acompañaremos en su viaje a dos personas que van en un coche con una pequeña caravana pegada detrás vagando por los grandes espacios americanos. La autora muestra más que explica el carácter de unos personajes con los que el lector va conectando cada vez más a medida que pasan las páginas. A ratos la ficción se vuelve onírica o fantástica, y pasea por un paisaje capaz de volverse orgánico, cambiante y fluido. Unos edificios, carreteras, árboles o nubes que dejan de ser un contexto para transformarse en un personaje vivo más. En estos pasajes del libro la autora parece que se ha dejado llevar por su pasión por el dibujo, claro y magnífico, por cierto, y se ha olvidado del guion. Se trata de espejismos, después de algunas brillantes notas de delirio gráfico y emocional en unas escenas con una magia extraña, hay un retorno de la fantasía al hilo argumental primigenio que es el que da sentido al libro.
La humanidad y la complejidad de los personajes se muestran a través de sus contradicciones y sus sentimientos de culpa. En las confidencias que se hacen admiten que en muchas situaciones que les duele recordar actuaron más por su carácter que por su inteligencia. No siempre es fácil lidiar entre los propios deseos y la empatía necesaria para interactuar con los demás. Los destinos de las protagonistas son tan borrosos como los pueblos que buscan en el mapa y no los encuentran. Un viaje físico también puede ser mental. En la narración parece mezclarse la marcha real con la del pensamiento de los personajes. La fuga hacia delante puede denotar una huida del propio miedo. El desamparo de los personajes, que viven su aventura en una geografía extraña, se ve atenuada por el progresivo aumento en la comprensión y amistad que las une. La presencia masculina en el cómic es fantasmal o anecdótica, es una historia de mujeres contada por una mujer. La esencia femenina del relato es un atractivo extra. Las emociones contenidas en la narración pueden interesar a cualquier persona independientemente de su género.
En el dibujo del libro se nota la influencia de una línea y un tipo de trazo habitual en el cómic japonés. Contradiciendo la edad de la autora, la novela gráfica se ha creado mediante rotuladores y papel, no con ordenador. Los diálogos son los que precisa un cómic, mínimos, necesarios y brillantes. La historia avanza con interés gracias a la sabia dosificación de la información. El silencio y los textos están sabiamente administrados y logran resaltar la narratividad de las viñetas.
La autora, Tillie Walden, nació en Austin (Texas) en 1996, aunque ahora vive en Los Ángeles. La dibujante publicó su primera novela gráfica en 2015, con solo diecinueve años. En castellano se estrenó publicando Piruetas (Ediciones La Cúpula, 2017), una novela gráfica de corte autobiográfico donde.explica sus años como patinadora artística y su decisión de salir del armario como lesbiana. En 2019 en la misma editorial publicó En un rayo de sol, traslación de un webcomic. Es una historia de amor y de ciencia ficción que se sale de forma buscada y exitosa del canon de lo que es habitual en el género. La prolífica autora, con varios cómics publicados, ha sido bien recibida por la crítica y el público internacional. Ha sido galardonada con los premios Ignatz y Eisner. En abril de 2018 fue invitada al Saló del Còmic de Barcelona, donde, lejos de dar de sí misma una visión de artista atormentada, regaló sonrisas y comentarios lúcidos.
Tillie Walden es una autora con talento narrativo, con un gran dominio del dibujo y una gran sensibilidad en el uso del color. ¿Me estás escuchando? condensa una atmósfera que te atrapa y que muestra emociones que pueden interpelar. La autobiografía es consustancial de una manera u otra en sus obras. Las altas expectativas puestas sobre ella hasta ahora no han sido defraudadas. La forma en que ha sabido conectar con lectores de diversas generaciones, y no solo con las más jovenes, es una prueba de la calidad de su trabajo y del interés que logra despertar su talento gráfico.
Anuario Comics Jot Down 2020
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