domingo, 12 de marzo de 2023

Las comiqueras no nacieron ayer

Muestras dedicadas a dibujantes y guionistas olvidadas demuestran el interés inédito de los museos españoles por esbozar una historia feminista de la viñeta

Por Elisa McCausland y Diego Salgado

El universo del cómic realizado en nuestro país y su genealogía feminista viven un momento dulce. En vísperas de la celebración, el próximo viernes, de la primera edición del Día del Cómic y del Tebeo, dos nuevas exposiciones dan cuenta  del auge renovado del medio y el afán consiguiente por investigar sus orígenes y desarrollo hasta nuestros días, con un énfasis especial por el papel desempeñado por las autoras.

Ambas muestras coinciden a la hora de recordar que, en el ámbito del cómic, cualquier pasado también fue interesante u que, si nos preocupamos por atenderlo, tampoco tiene sentido aspirar a que el bum del presente deje huella en el futuro. La primera, impulsada por el Instituto Quevedo de las Artes del Humor en la Casa de la Entrevista de Alcalá de Henares (Madrid), está dedicada a Núria Pompeia (1931-2016), pionera del humor gráfico marcado por las inquietudes políticas y feministas que, tras ser un nombre de referencia en los años setenta y ochenta, sufrió una travesía del desierto hasta ser objeto en los últimos tiempos de un reconocimiento que no pudo disfrutar en vida.

Una viñeta de Núria Pompeia

El título de las exposición constituye toda una declaración de intenciones: Núria Pompeia: Ayer, hoy, siempre. "Cuando empecé a dedicarme a esto de las viñetas, sentí más que nunca la necesidad de contar con referentes de mujeres en mi trabajo. Y no solo para reivindicarla, para saberme parte de una genealogía y poder decir, con la cabeza muy alta, de aquí venimos y aquí estamos", ha expresado la historietista Raquel Gu, comisaria de la exposición junto con el guionista y crítico Pepe Gálvez. La reflexión de Gu forma parte del libro que acompaña la exposición, en el que varias especialistas aborda las claves creativas de Pompeia: el compromiso social de su época, las innovaciones argumentales y gráficas que aportó al medio, y la vigencia y valor referencial de su trabajo. La estructura temática del volumen replica la de la exhibición, que ha podido contar con originales de algunas de las obras más destacadas de Pompeia - Mujercitas (1975), Cambios y recambios (1983)- copias de las planchas que dieron lugar en la revista Triunfo a la serie Metamorfosis (1968), hoy desaparecidas, y Maternasis (1967), ópera prima de la autora, reeditada en 2022 por Kairós.

La selección de viñetas feministas rescatadas de los archivos, publicadas en cabeceras tan dispares como Dunia y Vindicación Feminista, es impecable. Permite descubrir a una humorista cuyos trazos en apariencia sencillos sirven al propósito de desarrollar nuestra mirada, atravesada después por discursos lúcidos, incluso crudos, tan pertinentes o más hoy que hace cuatro décadas en su tratamiento de nuestra realidad sociopolítica y del rol asignado en ella a las mujeres.

Pompeia no podía faltar en otra exposición sobre autores de cómic insumisas, recién inaugurada en la Biblioteca del Museo Reina Sofía, en Madrid. ¡Mujercitas del mundo entero, uníos! Autoras de cómic adulto (1967-1993), que han comisariado Guillermo Cobo y Alberto Medina, pasa revista a dibujantes y guionistas que desempeñaron su labor entre el tardofranquismo y la España de la posmodernidad. Se trata de autoras que dejaron a un lado el registro infantil y juvenil y la idealización gráfica de las mujeres que solía imperar en el cómic en favor de un espíritu contracultural vinculado al underground y el punk. Pompeia figura en la exposición como precursora de una actitud que se vuelve abiertamente rebelde en los últimos compases de la dictadura y primeros pasos de la democracia. Nombres como los de Montse Clavé, Mariel Soria y Marika Vila alumbran una sensibilidad inédita hacia la historieta y las convenciones de género con obras que, como señalas Cobo y Medina, "rebosan denuncia sociopolítica y reivindicación feminista".

Dibujo de Montse Clavé para El Viejo Topo (1977), expuesto en la muestra ¡Mujercitas del mundo entero, uníos!

La exposición recoge también cómo esta primera generación de autoras comprometida con la libertad abre la puerta a una segunda -integrada por, entre otras, Ana Juan, Ana Miralles y Laura Pérez Vernetti- que puede permitirse una dosis mayor de hedonismo, cualidad que trasciende lo temático para abarcar rasgos estilísticos lindantes en ocasiones con lo experimental, lo que no deja de ser otra forma de subversión frente a lo establecido. En este sentido, las publicaciones exhibidas, procedentes de los propios fondos del Reina Sofía, abarcan tanto el formato fanzine como el de la revista profesional, y sus colores y texturas constituyen una fiesta para los ojos y un compendio inmejorable de la evolución en las tres últimas décadas de la cultura gráfica en España.

Las dos muestras citadas no son ejemplos aislados. Demuestran el interés sin apenas precedentes de instituciones y museos por el cómic y las contribuciones de las autoras patrias al medio. Muestras como Presentes: Autoras de tebeo de ayer y hoy (2016-2017), planteada como un diálogo intergeneracional entre historietistas, o Coordenadas gráficas: Cuarenta historietas de autoras de España, Argentina, Chile y Costa Rica (2020-2021), que establecía conexiones entre autoras españolas y latinoamericanas, sentaron un precedente. Desde diciembre, el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) expone la muestra Constelación gráfica: Jóvenes autoras de cómic de vanguardia. En breve, también llegarán Magas del Humor, que acogerá a 30 jóvenes autoras gráficas en el marco de la 41ª edición de Cómic Barcelona; Ilustrísimas: Mujeres que dibujaron el siglo XX, programada en la Biblioteca de Catalunya, y Perdona, estoy hablando, un repaso enciclopédico al cómic autobiográfico de autoras de cómic que albergará CentroCentro, en Madrid. Un aluvión de exposiciones que ojalá trasciendan la condición de fenómeno de temporada para suscitar debates sobre la necesidad de revisar cánones que han devenido lugar común en el mundo del cómic y del arte.

"Núria Pompeia: Ayer, hoy y siempre". Casa de la Entrevista. Alcalá de Henares (Madrid). Hasta el 9 de abril.

"¡Mujercitas del mundo entero uníos! Autoras de cómic adulto (1967-1993)" Biblioteca y Centro de Documentación del Museo Reina Sofía. Madrid. Hasta el 9 de junio.



El Pais. Babelia nº 1.633. Sábado 11 de marzo de 2023



Los niños de la noche

¿Qué ocurre cuando un grupo de peculiares chavales conoce su verdadera naturaleza, algo muy oscuro que anida en su interior?





JOSÉ LUIS VIDAL

12 Marzo, 2023 

Una ciudad desierta, los altos edificios se han convertido en el mudo retrato de un mundo en que la población, o al menos la gran mayoría de ésta, ha desaparecido.Pero además de las ratas, que pululan aquí y allá entre las ruinas, en este lugar hay vida cuando el sol se esconde en el horizonte.

Desperezándose, algunos hambrientos, otros con las innatas e infantiles ganas de jugar, voces de niños desplazan el silencio que hasta entonces reinaba en el lugar. Ellos son los habitantes de la urbe.

Pero, ¿quiénes son estos chavales?

Romie, Yui, Lucas, Ronnie, Raymond, Billy, Bats y Vickie son sus nombres. Llevan mucho tiempo juntos, se conocen entre ellos a la perfección. Desde la silente Romie, que recorre con sus lápices de colores la superficie de los edificios, dejando una indeleble huella en ellos; pasando por Lucas que, sentado en los lugares más inesperados, rasguea su guitarra, componiendo canciones que olvida con la llegada de una nueva noche; o los rufianes del grupo, Ronnie y Raymond, dos hermanos gemelos cuya única aspiración en la vida es la de divertirse y cometer gamberradas…

Las hojas del calendario han ido cayendo, de manera imperceptible, y ellos se han convertido en una extraña y desestructurada familia, a la que los adultos, antes de marcharse para siempre, dejaron unas normas para que las cumplieran a rajatabla. La más importante era que no salieran de los límites de la ciudad, ese mundo que conocían al dedillo. Siempre han obedecido las reglas.

Pero claro, nada dura para siempre.

Acostumbrados a alimentarse de los roedores, la visión de un hombre atrapado, indefenso y sangrante, hará que algo despierte en el interior de algunos de los niños, abriéndose un telón, una nueva realidad para muchos de ellos, que van a comprender cuál es su verdadera y letal condición. Ese extraño regalo que hace muchos años, un extraño les hizo todos y cada uno de ellos.

El camino de los protagonistas se va a cruzar con el de una niña ‘normal’, Laura, que buscando a su desaparecido padre, se interna en la desierta ciudad, y va a conocer a algunos de sus peculiares habitantes. Este hecho hará que la balanza se desequilibre, y la relación entre el grupo de niños comience a fracturares. Unos la defenderán con uñas y dientes, pero otros han cambiado y ya no hay marcha atrás.

La sangre llama.

El dúo creativo, de viejos conocidos, formado por Jeff Lemire y Dustin Nguyen se vuelve a reunir tras el tremendo éxito de las sagas de ciencia ficción y fantasía Descender y Ascender (publicada en nuestro país por Astiberri), y en esta ocasión nos transportan a un mundo oscuro, poblado por las criaturas de la noche, cada una con una comportamiento y personalidad muy marcados, de los que conoceremos, a base de flashbacks, sus orígenes, sitos en diferentes puntos del planeta, y cómo se transformaron en esos ‘Pequeños monstruos’.

La genialidad a la que ya nos tiene acostumbrados el guionista canadiense hace que, con pocas pinceladas, nos enganchemos a las peripecias de estos personajes, que tan solo acaban de empezar.

Los que ya conozcáis la obra de Dustin Nguyen habréis admirado sus colores, esa paleta digital tan personal, con una acuarelas que convierten todas y cada una de sus viñetas en obras de arte a admirar.

Pero en esta ocasión, el apartado gráfico es muy diferente, y adecuado para el tono de la historia, ya que es en blanco y negro, inundado de grises, y con esporádicas y acertadas apariciones del color, lo que hace que estos momentos sean mucho más impactantes (es plano aéreo de la ciudad, ‘decorada’ por Romie, es genial y a la vez espeluznante).

¿Qué ocurrirá cuando al grupo de niños deje atrás la inocencia infantil, dejando salir al exterior al monstruo sediento de sangre que llevan dentro?

El volumen se completa con la particular visión que un grupo de dibujantes tiene de los protagonistas, con una galería de portadas alternativas.


Malaga Hoy


sábado, 11 de marzo de 2023

Un rompecabezas en forma de manga por Jordi T. Pardo

El misterio es un elemento que ha acompañado a la humanidad desde sus más remotos orígenes. Una útil herramienta a la hora de esquivar preguntas insondables para nuestro entendimiento. Nos ha servido también para prevenirnos sobre males y peligros inexplicables. En su esencia más básica, el misterio suele adoptar una forma sencilla y cotidiana. Tan sencilla como una caja, un espacio limitado —al menos a primera vista— que puede albergar cualquier cosa entre sus paredes, favoreciendo así todo tipo de posibilidades, colindantes con infinitas paradojas y rompecabezas.

Esto nos propone precisamente una de las obras más interesantes quese han publicado recientemente en nuestro país: Box. Hay algo dentrode la caja, de Daijirō Morohoshi. Una historia formulada en clave de «escape room metafísica» con la que Satori Ediciones ha presentado por primera vez en España a uno de los autores de culto del cómic de terror japonés. Morohoshi pertenece a una generación de mangakas que a mediados de los años sesenta empezaron a desarrollar historias destinadas a un público adulto. El llamado manga gekiga —equivalente y paralelo al concepto de novela gráfica aparecido en Estados Unidos por la misma época— planteaba todo un sinfín de posibilidades para los creadores. En concreto, el género de terror cobró impulso gracias a publicaciones de corte underground en las que autores como Suehiro Maruo, Hideshi Hino y el propio Morohoshi hicieron carrera, siguiendo la estela de los pioneros y terroríficos universos de Kazuo Umezz y Shigeru Mizuki.

En este contexto, Morohoshi aparece en escena en 1970 en las páginas de la revista COM. Esta publicación, fundada en 1967 por el célebre Osamu Tezuka, estaba destinada —según rezaba en su cabecera— a satisfacer los gustos de «la élite manga». En ella fueron habituales los trabajos de auténticos colosos del manga como Shōtarō Ishinomori, Fumiko Okada y Leiji Matsumoto, entre otros muchos. El propio Tezuka publicó en ella las primeras entregas de Fénix. Todo parecía ir viento en popa, pero, solo un par de años después del debut de Morohoshi en esta revista, Tezuka tuvo que afrontar el cierre de la misma. El Dios del Manga había perdido la partida frente a la alternativa revista Garo.

Morohoshi se repuso de este contratiempo dando forma a su creación más conocida: Yōkai Hunter. Las aventuras del profesor de arqueología sobrenatural Reijirō Hieda han sido una constante en la carrera de un autor entregado al terror en sus más diversas variantes, alumbrando historias que combinan elementos propios del folclore nipón con otros afines a la mitología cthulhiana. Mud Men, El mito oscuro, La princesa del melón y el demonio Amanjaku, Shiori y Shimiko y la presente Box. Hay algo dentro en la caja son la muestra del talento de un mangaka desconocido en Occidente, pero referente indispensable para muchos de sus compañeros de profesión.

Es por ello que resulta tan importante que Satori nos haya facilitado la iniciación a la macabra mente de Morohoshi. Y lo ha hecho con una obra cuyo planteamiento resulta tan simple como magnético. Box es un trabajo relativamente reciente, serializado entre 2015 y 2016 en la revista Monthly Morning Two, de Kōdansha. Su premisa podría pertenecer a una película slasher del montón, con un grupo de ocho desconocidos atrapados dentro una misteriosa construcción en forma de cubo. No hay nada que aparentemente los relacione salvo la curiosidad: un par de jóvenes estudiantes con vidas anodinas, una extraña chica que dice poseer cierta «percepción espiritual», un arquitecto, un profesor de secundaria, una entrañable pareja de ancianos y una misteriosa mujer llamada Kyōko.

El problema en este caso no es averiguar qué hay dentro de la caja, sino poder escapar de ella sorteando los múltiples peligros y rompecabezas que saldrán al paso de nuestros protagonistas. Morohoshi imprime un ritmo endiablado a la acción mientras plantea —a los personajes y al mismo lector— todo tipo de retos en forma de laberintos, crucigramas, pasatiempos, ilusiones ópticas, etcétera. El terror va evolucionando hacia lo metafísico y existencialista, tanteando solapadamente cuestiones sociales como la identidad de género, la gerontofobia y el conflicto generacional. Las reglas son cambiantes y la única manera de avanzar es resolver el siguiente rompecabezas, lo que lleva inexorablemente a dar un paso más hacia un «ente» innombrable e informe que mora en las profundidades de la caja a la espera de ser alimentado.

Es a nivel gráfico donde Morohoshi nos puede pillar más desprevenidos, con un dibujo tosco y desgarrado que configura una atmósfera realmente enrarecida de la que florecen tensiones, ansiedades y miedos primigenios. Su trazo alienta una lectura ágil y rápida, vehiculada a través de una interesante deconstrucción de espacios y sombras que parecen cobrar vida al pasar la página. Box es una experiencia perturbadora y fascinante, nada fácil de describir. Puede que cuando te adentres en ella te atraiga por su historia de supervivencia, puede que lo haga por su alegoría social o por su filosofía lovecraftiana. Ese misterio solo puedes afrontarlo tú mismo. ¿Te atreverás a abrir la caja?




Box. Hay algo dentro de la caja

Daijiro– Morohoshi

Satori Ediciones

Japón

Rústica con sobrecubierta (3 vols.) Blanco y negro

194-224 págs. (varían según vol.) Blanco y negro

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