miércoles, 15 de febrero de 2023

Dos apetecibles sugerencias

De la mano de sus respectivos autores, Pablo Portillo y Miguel Almagro, nos sumergimos en sus personales universos


JOSÉ LUIS VIDAL

12 Febrero, 2023 



Cenas de Sociedad por Pablo Portillo


Enfrentarse al maremágnum editorial que todos los meses copa las estanterías de las librerías puede convertirse en una tarea agotadora. Es por ello que, entre las docenas de coloridas portadas de los cómics, mangas y novelas gráficas es posible que de manera harto injusta pasemos de largo ante lo que nos proponen algunas pequeñas editoriales, como la sevillana Isla de Nabumbu que, con mucho esfuerzo y pasión, trata de sacar a la luz, publicar, obras que puedan interesar a ese otro tipo de lector.

Y lo hacen, a fe mía que sí. Y las dos últimas que se incorporan a su catálogo lo demuestran.

La primera de ellas, que lleva el título de Cenas de sociedad, viene firmada por Pablo Portillo, de profesión arquitecto, pero un auténtico apasionado de las viñetas y como podremos comprobar en el interior de este recetario, de los fogones.

Pero además, Portillo coge los lápices y haciendo un claro homenaje a aquellos tebeos de Bruguera con los que muchos echamos los dientes, ilustra cada cita gastronómica con unas viñetas que además van a provocar que salivemos con las sugerentes propuestas gastronómicas, hace que una sonrisa se dibuje en nuestros rostros de lectores.

Y es que resulta que el autor forma parte de la Sociedad Gastronómica El Majao que pese a encontrarse bastante lejos del País Vasco (concretamente en Sevilla), han adoptado la sana costumbre de reunirse semanalmente para deleitarse con uno de los grandes placeres de esta vida, la buena comida.

Los imagino cada jueves, preparándose para un auténtico festín de olores y sabores, con recetas como la de la brandada de bacalao y judías blancas, el choto con ajos o la crema borsch de Ucrania, por citar tan solo a tres de las recetas, todas ellas explicadas con extrema sencillez para que los aficionados a los fogones se lancen de cabeza a su elaboración.

Un auténtico y redondo placer, calmar las papilas gustativas y disfrutar de una divertida lectura, con más de un guiño a temas de la actualidad plasmado en sus viñetas.

Y de ahí damos un salto a través de una invisible grieta. Si miramos a través de esta rotura podemos vislumbrar otro mundo, paralelo al nuestro, pero solo visible en determinados momentos.

El guía que nos va a conducir a tan extraño lugar posee la increíble capacidad de plasmar en el papel a los habitantes de este lugar tan particular. Su nombre es Miguel Almagro y en KRAKJ!, crea una onomatopeya de la desesperación, del hastío y lo inesperado, ya que en sus páginas, como si de una inusual galería se tratara, vamos a toparnos con hombres de rostros desencajados, miradas desquiciadas, y tristes semblantes.


Portada de 'KRAKJ!', de Miguel Almagro.

¿No te has parado nunca a pensar, amigo lector, que todos aquellos junto a los que viajas en el opresivo vagón de metro o el bamboleante autobús esconden una historia que contar?

Pues bien, Almagro nos coge de la mano y, como si nos conociera de toda la vida, nos mete de cabeza en su personal mundo, hecho éste que deja una indeleble marca a todos los que pasamos por él, sobre todo debido a su personal trazo y estilo.

Esto podía ser ya suficiente como recomendación, pero el autor además acompaña a la mayoría de las ilustraciones, que ya de por sí narran una historia, con textos que sirven para ahondar aún más en ellas. A veces breves líneas, en otra relatos que nos ofrecen un completo retrato de su autor, que pese al opresivo peso de la vida diaria se niega a abandonar su auténtica pasión, el dibujo.

Y es de agradecer, ya que dentro de esta obra de sonoro título se esconde todo, las fobias y filias de un autor que venera a grandes de la literatura como H.P.Lovecraft, Edgar A. Poe, Kafka, Joseph Conrad o Borges, maestros de las letras de cuyos rostros se apropia para introducirnos en sus respectivos y muy personales universos.

Y cuando llegamos al melancólico, agridulce final de este paseo sucede algo muy especial. Y es que resulta inevitable retomarlo de nuevo, volver a recorrer los renglones de los textos, a observar, buscando nuevos detalles en el buen puñado de ilustraciones, en las que siempre vamos a encontrar algo se que se nos pasó por alto…

Ojalá que, luchando contra las imponentes olas que provocan las grandes editoriales, la pequeña pero resuelta editorial Isla de Nabumbu continúe regalándonos a los lectores obras tan interesantes como estas dos que os he presentado, para ello cuenta con el amor por el medio de Javier Alcázar y Antonio Moreno, que saben hacer magia pese a lo dificultoso que es ser editor de un pequeño sello editorial hoy en día.



Malaga Hoy


Pasado y presente de las revistas de cómic

Por Julio Gracia Lana




En las últimas décadas el formato revista se ha transformado y ocupa dentro del mercado un lugar muy reducido. En 2019 aparecieron Alta Tensión y Planeta Manga, mientras que La Resistencia cerró un ciclo con su décimo y último ejemplar. El año coincide con el cuarenta aniversario de la publicación del primer número de El Víbora. En este artículo trazamos la evolución histórica de las revistas y nos preguntamos por su presente… y posible futuro.


La Resistencia agradece… los servicios prestados en defensa de la historieta. El sacrificio de los caídos y la insistencia de los incombustibles.

(La Resistencia, 10)


En su quinta acepción para el concepto «revista», la Real Academia Española de la Lengua establece que se trata de una «publicación periódica con textos e imágenes sobre varias materias, o sobre una especialmente». La revista de cómic supone una especialización dentro de este producto editorial, que ha ido adaptando su forma y contenido a lo largo de más de un siglo. Definirlo es una tarea complicada por la variedad de propuestas que adopta a lo largo no solo del tiempo, sino también de la geografía. Poco tienen que ver las publicaciones semanales japonesas actuales con las revistas de bande dessinée de los años sesenta. La existencia de periodicidad, la presencia de historias autoconclusivas o en las que aparece el continuará, o la presencia de una línea editorial que enmarca los relatos, son algunos rasgos que nos permiten situar al formato.

En España podríamos hablar desde la pionera Monos (de 1904) hasta Dominguín, editada en la segunda década del siglo XX. O ir incluso más atrás. Sería posible que empezásemos nuestro recorrido muy pronto, pero podemos dar un salto hasta uno de los hitos a nivel industrial, a destacar: el auge que tuvieron las revistas desde la posguerra. Los quioscos se encontraban llenos de estas publicaciones periódicas y la historieta formaba una gran porción de la tarta del ocio. Cada vez que un lector abría un tebeo, se encontraba de repente con un universo de colores vivos que le permitía vivir aventuras inimaginables. En la España gris de las primeras décadas del franquismo las viñetas fueron compañeras inseparables de muchos niños en cuyas casas no había televisión y que, en muchos casos, no podían permitirse acudir al cine. Personajes como la familia Ulises, las hermanas Gilda, Mortadelo y Filemón, Pumby, o Zipi y Zape se convirtieron en una parte indispensable de la memoria emocional de varias generaciones. Bruguera o Editorial Valenciana fueron responsables de un sinfín de publicaciones con amplias tiradas y ventas. La revista era el vehículo adecuado para una historieta constituida como un verdadero medio de masas. Durante el posfranquismo y la Transición comenzó un auge de las revistas que cristalizó en los ochenta. Fue tan solo comparable al que habían experimentado en la posguerra. Surgieron muchas publicaciones de humor satírico, como El Papus o Hermano Lobo, a las que acompañaron magacines como El Jueves o las propuestas de Nueva Frontera y Toutain Editor. Ambas compañías fueron pioneras en la configuración de lo que luego se conoció como el «boom del cómic adulto». La primera fue la responsable de Totem, Blue Jeans o Bumerang, mientras que Toutain publicó 1984 o Creepy. Todas ellas empezaron a editarse en la segunda mitad de los años setenta. En 1979 Josep María Berenguer sacó a la luz el primer número de El Víbora. La revista aglutinó a numerosos autores procedentes del cómic underground y se convirtió en una verdadera referencia para el medio. Frente a su «línea chunga», Norma Editorial apostó por la «línea clara» de Cairo, que comenzó su andadura bajo la dirección de Joan Navarro.

Muchas otras revistas surgieron en los ochenta al calor del buen recorrido de las pioneras, con alguna experiencia de autogestión editorial, como la que materializó Rambla. Contó en sus inicios con Josep Maria Beà, Alfonso Font, Luis García, Carlos Giménez y Adolfo Usero. Sin embargo, tanto Rambla como el resto de publicaciones del boom se vieron obligadas a bajar la persiana. El formato revista había tenido múltiples variantes que le habían permitido sobrevivir desde comienzos del siglo XX, con puntos álgidos de producción durante la posguerra o la década de los ochenta. Sin embargo, una tormenta perfecta terminó por hacer inviables estos proyectos editoriales.

Las causas fueron múltiples y, seguramente, fue el hecho de que todas coincidieran lo que llevó a la desaparición de los magacines. La inestabilidad económica, el aumento de los precios del papel o la aplicación del IVA supusieron un encarecimiento del coste. Los lectores se encontraron asimismo con una tarta del ocio mucho más repartida que la que habían disfrutado sus padres y abuelos: más canales y horas de emisión o un aumento de la oferta cinematográfica. Se sumó un nuevo actor: el videojuego, primero en forma de máquinas recreativas, y más adelante introducido en los hogares a través de las videoconsolas. ¿Por qué comprar una revista más cara, con tantas opciones de ocio? Además, las editoriales terminaban publicando a la autora o autor que más gustaba a los lectores de la revista en formato álbum. Con esperar unos meses, se podía disfrutar de Jaime Martín o de Max. Los quioscos se vaciaron de revistas, y los lectores fueron perdiendo la idea de la periodicidad en beneficio del concepto de obra única, de novela gráfica.


Hubo algunas publicaciones que se mantuvieron durante los noventa y los dos mil: El Víbora fue una de ellas. A través de Kiss Comix, La Cúpula apostó también por la vertiente pornográfica. Y muchos autores se vieron obligados a autoeditarse. Nosotros Somos Los Muertos, primero fanzine y más adelante revista de vanguardia, constituye un buen ejemplo. Fue impulsada por dos profesionales de la viñeta: Max y Pere Joan. Idiota y Diminuto, Humo o El Manglar han intentado mantener vivo el formato, con distintos planteamientos. Tos terminó tras trece números emulando a Lina Morgan con un «agradecidos y emocionados, solamente podemos decir gracias por venir». Y La Resistencia es, por su nomenclatura, la que más claramente nos muestra la capacidad de muchos autores y editores para conservar el formato pese a todo. En 2019, sin embargo, la iniciativa editada por Dibbuks se despidió con «besos, abrazos y tebeos».

Lo cierto es que cada vez leemos menos revistas. La prensa periódica, en general, se encuentra inmersa en un fuerte proceso de transformación. Pero eso no significa que no existan huecos para el magacine de cómic en papel: el segundo número de Alta Tensión reconocía a todos los lectores el «apoyo brindado al número 1» y hablaba de potenciar «además la idea de coleccionable, cada número como parte de una colección». La publicación nació de la mano de Desfiladero Ediciones en el mismo año en el que había desaparecido La Resistencia. Los fanzines y revistas mencionados tienen poco que ver con la idea, y los contenidos presentes en Cairo o El Víbora, mucho menos con TBO, Jaimito o DDT. Juegan con diferentes tamaños, que las aproximan a la idea de álbum o libro. Alta Tensión incluye presentaciones de los autores o alguna entrevista, pero en general se deja que el espacio lo ocupen principalmente las obras de los historietistas. La amplitud que permite el formato hace que podamos hablar de manera contemporánea de una propuesta como Planeta Manga, que bebe de la idea de revista periódica japonesa. Tiene antecedentes tan señeros como B’s Log o Shonen Mangazine.

Leer una revista supone apostar por una propuesta de lectura única. Diferentes autores con distintas obras que constituyen un recorrido intelectual particular caracterizado por la variedad. Pero los magacines aportan algo más: el sentimiento de pertenencia a un grupo. Esta emoción resulta intrínseca a nuestra forma de vida. Formamos parte de una familia, un grupo de amigos, una ciudad o un país. Podemos tener un equipo de baloncesto, fútbol o voleibol preferido. Lo seguimos de vez en cuando o como un hincha acérrimo, pero siempre nos gusta remarcar que sus colores son los más destacados para nosotros. Algo similar sucede con las revistas periódicas: nos aportan la sensación de que formamos parte de algo. Podemos seguir a nuestros personajes e historias preferidas e intercambiar cartas con la redacción o con otros lectores. Las revistas congregan a un público específico en torno a ellas que se siente identificado con la línea editorial o con lo que supone la publicación. Permiten que los autores aprendan unos de otros mes a mes y que desarrollen historias cortas que serían impensables en otros formatos. Las revistas siguen publicándose, totalmente transformadas desde comienzos del siglo XX y muy lejos de lo que supusieron las del auge más reciente, el boom del cómic adulto. Lo he escrito más de una vez: como lectores, tenemos que propiciar que esa opción de lectura no se pierda y continúe viva. Que ocupe un hueco que siga ampliando los horizontes del universo del cómic. Su presente puede tener un futuro. La fórmula del continuará en papel enriquece el medio, aportando diversidad. No debería aparecer nunca un fin.


Jot Down Comics


martes, 14 de febrero de 2023

El hombre del bate

¡Ten cuidado, porque el golpe definitivo y letal puede llegar en el momento más inesperado!


JOSÉ LUIS VIDAL

11 Febrero, 2023 

Hay comunidades humanas, ciudades y pueblos que, en apariencia, viven con total tranquilidad, sus habitantes se conocen bien y el ambiente es de respeto y total armonía.

Pero en el momento en el que algo inesperado sucede, como en esta historia, esa calma se desdibuja y desaparece como la caída de un castillo de naipes.




Mátalos a todos

Autor: Antoine Maillard

Tapa dura

Blanco y negro

152 págs.

30 euros

ECC Ediciones


El brutal asesinato de una pareja de chicas jóvenes, amigas, y el posterior descubrimiento de los cuerpos, es el inicio de una serie de asesinatos, todos misteriosos, cuyo perpetrador es un tipo que oculta su rostro con una gorra, no pronuncia palabra y transforma las calles del lugar en su particular coto de caza, portando un bate de beisbol con el que golpea sin piedad a todo a aquel que se cruza en su camino.

Pero él no es el protagonista del relato, sino un trío de amigos, Daniel, Ralf, y Pola, una chica bastante adusta, que se caracteriza por relacionarse solamente con estos chicos, y que esconde más de un secreto, algo que le permitirá huir de una vida gris junto a su madre alcohólica.

Y es que, como decía al principio, en esta localidad costera se mueven 'negocios', por llamarlos de alguna manera, relacionados con el trapicheo de drogas. Un tal Regis es la cabeza pensante y tiene una pequeña red de distribución en el lugar, gracias a algunos jóvenes que le sirven de vendedores.

Por otra parte, una de las víctimas colaterales del primer, y doble asesinato, será la hija de uno de los profesores del instituto, Laurie. La muchacha trata de recuperarse del terrible trauma que para ella ha sido descubrir los cadáveres de las chicas, aunque éste no va a ser el único golpe que reciba a lo largo de la historia, que a cada vuelta de página se va tornando más y más oscura, desvelándonos actitudes de ciertos personajes que para nada esperábamos. Un ejemplo claro será el tímido Daniel, cuya posesiva madre trata de proteger bajo su ala, y que esconde algún que otro secreto en su dormitorio…

Seguro que muchos de vosotros, sobre todo los aficionados al cine, conocéis un subgénero que fue bautizado como slasher, en el que un hombre (salvo excepciones), una fuerza imparable, se dedica a masacrar todo aquel que se le ponga por delante, la mayoría de las ocasiones suelen ser jóvenes con las hormonas algo descontroladas.

Heredero del sutil y sangriento giallo italiano, buenos y conocidísimos ejemplos de este tipo de producciones pueden ser la mítica Halloween, La matanza de Texas, Viernes 13 o Scream.

Pues bien, el autor de este cómic, Antoine Maillard, premiado en el prestigioso Festival de Angouleme del año 2022, utiliza en su talentosa ópera prima la figura del misterioso, violento asesino, y la mezcla con un argumento de género criminal, noir, aunque en esta ocasión protagonizado por un elenco de jóvenes, la mayoría inadaptados, provenientes de hogares desestructurados, resultando de todo ello un relato que en lo gráfico tampoco es lo habitual en este género, otorgándole aún más originalidad si cabe.

Como en una imaginaria lista, todos los protagonistas de esta novela gráfica se verán las caras, tarde o temprano, con el psicópata asesino. Nos toca averiguar quién le sobrevivirá y quién caerá bajo el golpe de su letal bate de beisbol…


Malaga Hoy



lunes, 13 de febrero de 2023

Watchmen: perfecta asimetría

Por Diego Matos Agudo





El fin está cerca. «Diario de Rorschach. 12 de octubre de 1985: esta mañana me he encontrado un cadáver de perro en un callejón, sobre su estómago reventado había huellas de neumático. Esta ciudad me teme. He visto su verdadero rostro. Las calles son unas alcantarillas enormes y dichas alcantarillas están llenas de sangre, y cuando el alcantarillado por fin forme una costra, todas las alimañas se ahogarán. La mugre acumulada de todo el sexo que practican y de todos los asesinatos que cometen, les llegará a la altura de la cintura y todas las putas y los políticos alzarán la vista y gritarán: «¡Sálvanos!»… Y yo miraré hacia abajo y susurraré: «no»». Así comienza Watchmen, una de las obras clave del género superheroico, con Alan Moore y Dave Gibbons en estado de gracia, que vino a darle una vuelta a todo, cogiendo los tópicos y subvirtiéndolos.

En 1983 la editorial estadounidense Charlton Comics estaba dando sus últimos coletazos. La compañía se quedaba obsoleta y era incapaz de seguir compitiendo en el mercado con las más grandes. Su modelo de negocio y sus tarifas ya no daban para más. Entonces, se vio obligada a vender varias de sus propiedades más valiosas, que tenían forma de personajes, por supuesto, como suele pasar en estos casos. Fue DC la que aprovechó el momento para comprar los derechos de sus superhéroes más conocidos.

Alan Moore estaba por ahí. Venía de hacer, con éxito, el relanzamiento de La Cosa del Pantano y Miracleman, y tenía interés por encontrar otras viejas glorias olvidadas a las que insuflar nueva vida. Estos personajes recién adquiridos supusieron la oportunidad perfecta. Esbozó un guion titulado ¿Quién mató al Pacificador? y se lo envió a Dick Giordano, editor jefe de DC por aquel entonces. Lo leyó y le llamó la atención la idea, pero se negó a que usara esos personajes, dándole pie a que recreara sus propias versiones. Así nacieron el Doctor Manhattan, Espectro de Seda, Búho Nocturno, Rorschach, Ozymandias y el Comediante. Jugó con ellos con pasión, pero sin remordimientos; los mató, retorció, alegró e hizo sufrir, como bien sabe hacer el bardo de Northampton, en una intrincada historia que supuso un antes y un después en el género, demostrando que aún se podían contar buenas tramas con héroes disfrazados pudiendo llegar a un amplio público, incluso a lectores adultos.

Una maxiserie de doce números, repleta de capas de lectura, con un dibujo soberbio de Dave Gibbons, que hizo gala de la precisión de un relojero para construir unas páginas de estructura clásica, de extraordinaria belleza, donde trazo y texto se conjugan a la perfección. Juntos construyeron un mundo más fuerte y hermoso donde, a veces, el abismo podía devolverte la mirada.


Antes y después

El fin estaba cerca. Ya lo decía Walter Kovacs en su sempiterna pancarta desde la primera página del número uno del Watchmen original, que comenzaba con unas partes de monólogo interior de Rorschach escritas en su diario. Puede que en 1986 Moore y Gibbons tan solo intuyesen el impacto que su obra crepuscular iba a tener, y que, en lugar de terminar, continuaría. Seguro que nadie imaginaba que más de treinta años después llegaría una secuela tardía. Nadie se lo terminaba de creer, a pesar de que en los últimos años, tras Flashpoint (2011), Renacimiento (2016) y La Chapa (2017), especialmente, con las referencias al famosísimo «smile» amarillo (y rojo) que termina en poder de Batman, las pistas estaban sobre la mesa. Era una jugada arriesgada. La sombra de los autores originales es alargada y, además, el guionista de V de Vendetta siempre ha mostrado malestar con movimientos así, mercantilistas, de la editorial. Aunque tampoco era la primera vez.

En 2012 surgió Antes de Watchmen con una colección de series centradas en los personajes principales (Doctor Manhattan, Búho Nocturno, Espectro de Seda, Rorschach, Ozymandias y el Comediante), además de otras sobre los Minutemen, Moloch o Dollar Bill. Precuelas, historias de origen… que llegaron envueltas en la controversia. ¿Eran necesarias? Quizás no. Pero, en mayor o menor medida, fueron disfrutables. Igual que lo es El reloj del juicio final (título que, por cierto, también ha traído polémica por su traducción, ya que algunos deseaban que se hubiera mantenido el original, Doomsday Clock).

«22 de noviembre de 1992. O quizá sea el 23… Las calles se hallaban cubiertas de cadáveres, los cerebros rebosantes de grotescas pesadillas relacionadas con un invasor ficticio. El reloj empezó de nuevo. Teníamos una oportunidad. Pero la desperdiciaron. Todos ellos». Así comienza el primer número de esta serie limitada (de nuevo doce, como en la original) que vuelve a jugar con la aterradora simetría de la que hacían gala Moore y Gibbons. Vuelve a estar narrada por Rorschach en su diario, y también aparece la pancarta (desde la portada, en realidad), pero el mensaje ha cambiado: «El fin está aquí».

Geoff Johns, uno de los principales artífices de DC en los últimos años, que se atrevió a colocar la sonriente chapa del Comediante en la Batcueva, se pone al frente de este nuevo acercamiento al universo de los vigilantes vigilados. Junto a él, uno de sus colaboradores habituales, Gary Frank (¡Shazam!, Batman: Tierra Uno), cuyo dibujo se amolda a la perfección al clasicismo y la sobriedad del trazo de Gibbons, así como a la estructura de nueve viñetas por página (aunque en alguna ocasión se permita alguna licencia). Uno de los cómics más esperados en años. Un sueño para muchos lectores en el que, según prometían, iban a dar respuestas a preguntas como si el Doctor Manhattan había estado trastocando el Universo DC tal y como estaba ahora.

El regreso de personajes icónicos muy queridos, con alguna incorporación nueva muy interesante: como La Marioneta y El Mimo (dos añadidos estupendos que interactúan fenomenal con villanos clásicos como el Joker), en forma de homenaje, de alguna manera; tratados con respeto (por ellos, por los personajes) y veneración (por sus creadores). Un canto de cisne que puede no terminar nunca. Una pieza más en un engranaje que funciona como un reloj y en el que comienzan a encajar, también, Batman, Flash, Superman, el Joker y compañía. En un ejercicio de estilo curioso y llamativo. Además de los enganches con esos primigenios personajes de la Charlton, como The Question, por ejemplo, que también aparecen…

Mención aparte, lo muy interesante que es el uso que hacen Johns y Frank de las «versiones» de Manhattan que se encuentran en el Universo DC, como el Capitán Átomo (sobre el que se basó Moore en el inicio) o Firestorm (con poderes similares y un origen parejo). Sobre todo este último tiene una importancia capital en la trama de los metahumanos que se va desarrollando y en la que, como no podía ser de otra forma, Ozymandias tiene mucho que decir. Superman también. Y Batman, por supuesto.


Viejos fantasmas

2019 fue sin duda el nuevo año de Watchmen, al comienzo de la publicación en España de El reloj del juicio final, de cadencia mensual, que terminará en 2020. Se sumó la décima edición en rústica y la tercera en cartoné de la obra original, demostrando la buena forma que sigue teniendo. A los amigos ausentes se les echa de menos; por suerte, Watchmen siempre está ahí para volver a revisitarla de vez en cuando.

Al mismo tiempo, a finales de año salió a la venta una nueva propuesta: una edición limitada en blanco y negro, ideal para disfrutar al máximo de la labor del dibujante a los lápices y las tintas. Y eso no fue lo único, también llegó un coleccionable muy especial, desde ECC, orientado a aquellos lectores que aún no se habían adentrado en la obra. Lo diferente de esta última propuesta es que está ordenado de manera cronológica, alternando las series en función del momento en el que ocurrían las tramas. Una nueva manera de leer un clásico en todo su conjunto, con lo que ocurrirá antes… y lo que ocurrirá después. Veinte tomos que incluyen todo Watchmen y que comenzaron a publicarse cuando se estrenó la nueva serie de televisión.


El juez de toda la Tierra

En 2009, diez años antes, Zack Snyder, que venía de adaptar 300 (2006), aceptó el reto de enfrentarse a otra adaptación que parecía, como poco, complicada. Antes, otros como el ex Monty Python Terry Gilliam, Darren Aronofsky o Paul Greengrass ya lo habían intentado sin éxito. Con Jackie Earle Haley, Patrick Wilson, Malin Akerman, Billy Crudup, Jeffrey Dean Morgan, Matthew Goode, Stephen McHattie y Carla Gugino, en los papeles principales, y con algunos cambios de guion para hacer la historieta más asequible en cuanto a trama, Watchmen supuso un dignísimo producto y una adaptación acertada.

En 2019, diez años después, Damon Lindelof estrena su serie para HBO basada en este universo, continuando, en cierta forma, lo contado por Moore y Gibbons en el cómic, pero sin olvidar (en la parte estética, mayoritariamente) la herencia de la película. Nueve capítulos con una trama río muy inteligente en la que se cogen elementos del cómic en forma de guiños, referencias y gags, para dar continuidad a los personajes principales, contando qué les pasó después de Watchmen pero en ese mismo universo.

Aparecen versiones posteriores de Laurie, Adrian Veidt, el Doctor Manhattan… pero también se da profundidad a la historia de los Minutemen y, en especial, a Justicia Encapuchada (de una importancia capital, como el precursor e inspirador de los dos grupos de justicieros). Creando una aterradora simetría con el original y respetando el espíritu de las viñetas. Asimismo, Lindelof y su equipo presentan personajes nuevos y originales, como el Séptimo de Kaballería, que han recogido el testigo de Rorschach pero llevando sus ideales hacia el totalitarismo más absoluto; la detective Angela Abar, Hermana Noche, que es la protagonista principal, interpretada por Regina King; o algunos secundarios de lujo como El Espejo (Tim Blake Nelson), Yahya Abdul-Mateen II, como Calvin Abar, el marido de Angela, o Louis Gosset Jr, como Will Reeves. Completan el reparto principal actores de la talla de Jeremy Irons (que interpreta a un maduro Ozymandias), Don Johnson (como el jefe de policía de Tulsa, Judd Crawford) y Jean Smart (como Laurie Blake, en un giro de los acontecimientos muy lógico, pero no por ello menos interesante). Tras la capucha de todos ellos, centrándose en lo metafísico de la propuesta, con la reflexión por bandera, y la lucha contra los mensajes de odio hacia lo diferente.

En un mundo que se ha movido. Donde Manhattan se marchó a Marte y no volvió. Donde los calamares interdimensionales siguieron llegando en forma de lluvia, y donde millones de personas perecieron después de un ataque que, según creían, era extraterrestre. Todo cambió. Es un mundo similar al nuestro, pero visiblemente diferente. De tono pausado y un gran regusto pulp, con unas cabeceras al comienzo de cada capítulo, todas diferentes de enmarcar, el Watchmen televisivo se transforma en algo más canónico que lo canónico. Con las consecuencias lógicas de un lugar en el que los enmascarados volvieron. Una rara avis donde todo funciona con la precisión de un relojero, como si Jon Osterman lo hubiera orquestado. Como si hubiera vuelto para juzgar y reformular aquella conocida pregunta que vuelve a estar de plena actualidad: «¿quién vigila a los vigilantes?».



Jot Down Comics


Cara, cruz o… ¡Muerte!

¿Puede el infierno estar contenido en un simple trozo de metal?



JOSÉ LUIS VIDAL

10 Febrero, 2023 

Como en la famosa copla, la moneda que da título a esta magnífica antología cuyos relatos se interconectan, pasa de mano en mano y, aunque sus propietarios tienen el propósito de quedársela, el oscuro destino que les aguarda hace que este tiempo no sea demasiado largo.




The Silver Coin. La moneda de plata. Vol.2

VV.AA.

Tapa dura

Color

128 págs.

22 euros

Panini Cómics


Pero antes de comenzar a bucear dentro del contenido de este segundo volumen de The Silver Coin me gustaría proponeros un juego, un reto visual: Los que ya hayáis disfrutado de la primera entrega deberéis buscar en las viñetas de las diferentes historias guiños pertenecientes a este particular y terrorífico universo.

Y es que el horror puede esconderse en un salón de videojuegos y la obsesión de un chaval por poder ganar en su máquina preferida, donde siempre juega con el mismo personaje, el Segador, que una y otra vez es masacrado de mil y una maneras por sus oponentes.

Pero claro, todo cambiará en el momento en el que en sus manos caiga la fatídica moneda.

Y seguimos con el juego, en este caso nos trasladamos a la capital de éste, la mítica ciudad de Las Vegas, donde se alza un casino con un diseño arquitectónico bastante inusual, ya que imita a una pirámide azteca.

En su interior, el coro de las máquinas de jackpot nos conduce hacia un tipo que, gracias a los susurrantes consejos de la moneda, gana y gana cada vez más.

Lo que él no sospecha es que en la última planta del edificio le espera alguien, un inesperado narrador, que nos abre los ojos a unos ancestrales ritos.

Y es que si hay un sentimiento que una a todas estas historias es el deseo. Como el que comenzará a nacer en los obsesivos ojos de un hombre, limpiador de un edificio de oficinas que, desde el momento que vea la moneda, padecerá una incontenible fiebre que le lleva a cometer lo impensable, caiga quien caiga.

Hay ocasiones en las que la moneda llega a manos de personas de moral dudosa, como un detective que, además de su labor policial, se dedica a quemar edificios en el Bronx. Son los años setenta y la especulación tomó este particular método para echar a los vecinos de sus casas y comprar los terrenos a precio de saldo.

Pero el fuego no solo surgirá por su mano, sino que la moneda tendrá algo que decir en su destino final.

En Juramento: Abominación, una de las historias contenidas en el volumen, vamos a reencontrarnos con conocidas presencias, la mujer que fue ajusticiada, quemada como bruja y que inició la maldición de la moneda de plata. Ella se dirige a una joven, Aud, cuyo destino y el de su grupo de amigos estará marcado cuando un torbellino de horror y violencia los alcance.

De ahí a leer la transcripción de una grabación policial, en la que se relata un extraño suceso, un capítulo más de este oscuro argumento.

Y como colofón, un breve cómic en el que un grupo de jóvenes scouts hace su ruta por el bosque y están cerca, muy cerca, de la maldita moneda. ¿Podrán sostenerla entre sus inocentes manos?

El terror es un género en el que a estas alturas es complicado encontrar las originalidad, un resquicio no explorado en el que los escalofríos estén asegurados. Pero esta colección lo consigue. Y lo hace por dos motivos, en primer lugar los increíbles trabajos de un grupo de guionistas que se pasan el relevo, y con talento nos introducen en estos relatos en los que el miedo es el principal ingrediente. En esta ocasión, ellos y ellas reúnen en su curriculum vitae buena parte de la producción de los últimos años en las principales editoriales norteamericanas, ya sean Marvel, DC, Image o Dark Horse.

Sus nombres son Joshua Williamson, Ram V, Vita Ayala, Salomé Luce-Antoinette, Mathew Rosenberg y el encargado de ser el hilo conductor gráfico de la serie, el magnífico dibujante Michael Walsh, que también adopta la tarea de escritor en este volumen.

Ya sabéis, si os encontráis con una moneda como la de estos cómics, soltadla y corred, corred sin mirar atrás.



Malaga Hoy



jueves, 9 de febrero de 2023

Dilbert «Así es mi empresa»

Por Javier Bilbao




En sus primeros años Scott Adams, como tantos otros niños, desarrolló un gran interés por los cómics. Tan intensa fue esta afición que intentó estudiar en una escuela de arte, pero tras ser rechazado decidió que ya iba siendo hora de dejarse crecer la corbata y se pasó a una facultad de derecho. No contento con ello, tras licenciarse y en su empeño por ser el yerno ideal comenzó a trabajar en un banco de San Francisco. Pero por más que lo intentaba no conseguía convertirse en un zombi de clase media, no había manera de matar a esa vocecilla interior, observadora y maliciosa, que siempre está dispuesta a señalar al rey desnudo. Y si hay un lugar donde abundan los trajes invisibles es en el ámbito empresarial. No hay oficinista que no pueda desgranar media docena de anécdotas sobre el absurdo burocrático que no habría podido idear ni Kafka tras caerse en una marmita de LSD. Así que Adams, pacientemente, fue tomando nota de lo que veía con el paso de los años, dejando crecer a esa bestia interior hasta que publicó su primera tira cómica en 1989, dibujando por las noches mientras que por el día seguía trabajando en la muy respetable compañía telefónica Pacific Bell. El éxito fue inmediato.

Esta sátira sobre el mundo de los empleados de cuello blanco y los seres que lo habitan tiene por protagonistas a un grupo de personajes arquetípicos. Como el jefe al que le encanta pontificar sobre aquello que desconoce, el compañero de trabajo parásito y por supuesto el propio Dilbert, un ingeniero eficaz y reservado, cuyo epónimo, El Principio de Dilbert, establece que: «Los trabajadores más ineptos pasan sistemáticamente a ocupar cargos donde pueden causar el menor daño: la dirección de la empresa». No importaba lo lejos que llegara en la caricatura, cuánto exagerara en su descripción de este microcosmos, que Adams siempre recibía por respuesta de su creciente número de lectores: «Así es mi empresa». Y le mandaban ejemplos reales, a cada cual más delirante, como proporcionar ordenadores portátiles a los empleados para que puedan usarlos en sus desplazamientos y, ante el riesgo de que pudieran ser robados, fijarlos en las mesas. O el caso de otra compañía, cuyo departamento de recursos humanos lanzó dos programas simultáneos: uno de exámenes al azar para detectar el consumo de drogas y otro para promover «la dignificación de la persona». Así que con lo que él vio en su experiencia personal, con lo que le cuentan y con lo que imagina ha ido conformando, viñeta tras viñeta, un hilarante aunque dolorosamente reconocible compendio de despropósitos.

Están ahí, los hemos vivido muchos de nosotros: ya sea redactar informes, muchos informes, lo suficientemente largos como para que nadie los lea o los recuerde. O establecer pomposas «visiones», «misiones» y «objetivos», como dice Adams, «una frase larga y torpe que expresa la incapacidad de la dirección de pensar con claridad». Pero el peligro no acaba ahí, dicha sustitución de palabras de uso corriente por jerga incomprensible puede extenderse al resto de comunicaciones dentro de la empresa. Recuerdo a un jefe que en cierta ocasión me pedía enfáticamente que potenciara la lateralización de mi cerebro, mientras yo mirándole a los ojos asentía y me preguntaba para mis adentros qué cojones significaba eso. En nuestro país, desde hace ya unos años, tampoco falta el uso de cualquier término en inglés para bautizar departamentos, cargos, procedimientos y prácticamente cualquier cosa que se ponga por delante, que así adquiere un aire de profesionalidad y rigor que no vaya usted a comparar. Horror. O salir siempre más tarde del horario establecido para impresionar al jefe con lo mucho que se trabaja y de paso dejar en mal lugar al resto de compañeros que sí tienen una vida personal ahí fuera. Espanto. Y qué decir del PowerPoint. Rechinar de dientes.

Al final muchos de esos sinsentidos provienen de la necesidad de aparentar que se trabaja —lo que paradójicamente acaba perjudicando la productividad— y también de la falta de sentido crítico y humor, que hace a jefes y trabajadores tomarse tan terriblemente en serio las cosas absurdas que deberían haber sido descartadas desde el primer momento. En esa tarea, el libro en el que Scott Adams recopiló parte de sus viñetas, El principio de Dilbert, además de muy divertido puede resultar extraordinariamente útil. Este debería ser el libro de cabecera de cualquier directivo, de cualquier empleado de oficina, antes que ¿Quién se ha llevado mi queso? y demás cháchara de autoayuda.


Jot Down Comics


miércoles, 8 de febrero de 2023

Frank Un cómic mudo


Por Raquel Blanco




Jim Woodring nació en Los Ángeles en 1952. Pasó su infancia entre alucinaciones y paranoias de todo tipo, lo ha contado él mismo en varias ocasiones cuando se le ha preguntado por cuál pudo ser el germen de su creación, el porqué. Podrían estas visiones explicar —no del todo— lo raro, lo anormal del universo que ha conseguido crear en torno a Frank, esta suerte de ¿castor? medio ardilla medio gato o perro de enormes pies y mirada no sabría si decir que de genuina sorpresa frente al desquiciado mundo por el que campa a sus anchas, o directamente de atontao. No sabría tampoco, a estas alturas, una vez leídos y remirados cada uno de los Franks qué sé yo la de veces, si me gusta o me disgusta o si me he enterado de un pimiento. Y aquí estamos.

Son cuatro los volúmenes que ha publicado —el primero en el 2011 hasta el último el año pasado— Fulgencio Pimentel. La editorial, a cuya cabeza está un señor editor como lo es César Sánchez, seguramente uno de los mejores de este país —y me quedaré corta; no quiero sonar groupie— es lo mejor que podía haberle pasado a este cómic: cada uno de los ejemplares ha sido editado con un amor y un mimo como para haberse ganado la categoría de Monumento a Cómo Debe Hacerse; desde la elección del papel, que es la decisión más obvia, pasando por cada una de las cubiertas —espectaculares— o los homenajes a los diseños en que está «inspirado» cada uno de los cuatro tomos.

La historieta original, que data de 1990, nace con diálogos, por cierto. Diálogos que fueron eliminados por el autor casi de inmediato, lo cuenta el propio Woodring en el epílogo del primero de los volúmenes, el que la recoge al final, «¿Qué es aún peor que encontrarte un gusano dentro de la manzana? Encontrarte medio gusano». Esta decisión, la de que nadie hable, que no haga falta, la total eliminación del texto más allá de algún cartel —«Se ofrece empleo» y algún otro de la misma guisa— de manera muy puntual, contribuye, sin duda, a la sensación de sinsentido, al regusto onírico y extraño de todo el asunto. Es uno de sus aciertos.

Aparece también ya en esas primerísimas viñetas Manhog, «decidí que debía tener un antagonista», uno de los caracteres más repulsivos e inquietantes con los que servidora se ha tropezado dentro de un libro. Otra vez no sabemos si es hombre o cerdo o qué carajo. Es asqueroso, eso sí. En un grado superlativo. Para conocer al resto de los personajes —todos inclasificables, innombrables, inasibles— hay que seguir; es decir, abrir por el principio el primero: Frank. Volumen 1.

Tengo más que claro, voy a ir acabando y me pongo para ello en plan aún más vehemente, si cabe, que es una obra importante; por eso la he traído. Para mí lo es, sin reparo alguno; de esos títulos a los que acudo una y otra vez, un clásico, hipnótico, atrayente, un chute que te permite desconectar, que subyuga de ese modo, donde nada es lo que parece porque nada dentro de Frank se parece a algo conocido o sabido; hay que mirar un par de veces o tres para tomar una decisión de ese tipo, para poder aventurarse y decidir —equivocarte— qué son sus protagonistas o de qué están hechos los edificios, qué tipo de animales pululan por los estanques, por los bosques (si es que en puridad son estanques y bosques, que tampoco); forma de qué tiene esto y aquello, qué coño es lo que comen; si cayera un alud, ¿lo haría hacia arriba? Es tan endiabladamente original y, al mismo tiempo, tan coherente, tan sólido. Pero no, ni la menor idea de qué trata o de qué va; tienen que olvidarse de tales convenciones; hay tiras que son otra cosa; Frank es una de ellas.


Jot Down Comics