viernes, 13 de enero de 2023

Doctor Mabuse El titiritero de Metrópolis

Por Barbara Ayuso





Metrópolis sigue donde la dejamos, impasible y escalofriante. Pero esta vez la urbe resurge rectilínea entre las páginas, más futurista, lanzando una perentoria invitación en blanco y negro: entre, visitante, pase la página. Adéntrese en Las Modelos, el local de esta ciudad fría donde todo se conjuga con la tríada del sexo, el juego y el alcohol. Pida una copa, disfrute del espectáculo sin preguntarse por qué todo fluye en un orden tan perfecto. Por qué hay algo demasiado cosmético en esas mesas de hombres grises que observan a la semidiosa egipcia desnudándose en el escenario. Pero sobre todo, no pregunte qué habita en la habitación número seis y por qué solo quienes son alguien en esta ciudad reciben invitación al misterio. O pregúnteselo, y descubra al verdadero protagonista de esta historia, el responsable de que esos hombres abandonen el local transfigurados, confundiéndose con las sombras. Pasen y conozcan al Doctor Mabuse, en el gran teatro de Metrópolis.

Así arranca el cómic de José María Beroy, Doctor Mabuse, como una invitación sórdida e inquietante. La obra remoza el mito del villano popularizado por Fritz Lang (originalmente ideado en la novela de Norbert Jacques) con una estética retrofuturista y una narración que evoca inevitablemente la tradición pulp. Aunque en 1985 encontró cobijo en las páginas de Joyas del Creepy, el Mabuse de Beroy se desenvuelve íntegramente en la ciencia ficción más que en el terror, tomando el expresionismo de Lang como punto de partida para ensamblar las ocho historias del álbum.

Concebidas para publicarse de forma seriada, componen un relato global: el ascenso desde las sombras del enigmático Mabuse. La historia nos sitúa años después del final de Metrópolis, pero sin los espejismos de esperanza que parecían vislumbrarse en la conclusión del clásico cinematográfico. La ciudad vuelve a estar bajo el yugo dictatorial, esta vez de Jo Fredersen, que ha subvertido los ideales de la revolución, coronándose amo y señor de su reino de desfiladeros de hormigón. Pero algo se desliza en la penumbra, algo más poderoso que su mano de hierro, alguien que lleva tiempo fraguando la caída de la tiranía para erigir algo que se adivina aún peor: el Doctor Mabuse.

Su figura despunta entre las sombras, mucho más apabullante que la del mito de Lang. Porque desde el primer instante este Mabuse hace olvidar la mirada estrábica del original, presentándonos un corpulento dandy de impecable y letal aspecto. Circundado por el humo de un sempiterno cigarrillo, apoya las huesudas manos sobre el bastón, emergiendo de la viñeta con una mirada hipnótica y escalofriante. Con un monóculo que recuerda al que lucía el propio Lang, Beroy cincela un villano de capacidades ilimitadas: hipnosis, manipulación, transfiguración, control de las masas… un compendio de virtudes al servicio del Mal. Pero no como redención, sino como fin en sí mismo, porque Mabuse no busca solazarse con las mieles del poder. «El poder directo aburre», escupe. Su objetivo es convertir la ciudad en el imperio del Mal, en el patio de recreo de su perfidia.

Es en el desarrollo de este maquiavélico plan donde radica el genuino placer de Doctor Mabuse, y su más notable aportación a la historia del cómic actual. Porque el universo que dibuja Beroy es sencillamente brillante. Lo fue en los ochenta y continúa siéndolo ahora, con el crujir de unas páginas que conservan intacto el impacto visual. Metrópolis resurge más tenebrosa que nunca, con atrevidas angulaciones que trascienden el cariñoso homenaje al expresionismo alemán de Wiene o Lang. Las influencias de Miller, Quatermass, o incluso los ecos a El Gabinete del Doctor Caligari son evidentes. Pero sobre ellas prima una habilidad desbordante para la creación de ambientes opresivos y gélidos, adelantando en varios años recursos que se aplaudirán en autores posteriores.

Y aun así, si hubiera que escoger, lo mejor de Doctor Mabuse es la profunda sensación de desasosiego que nos inoculan sus ochenta páginas, de la que somos completamente presos al acabar. Porque amén de la poderosísima resolución gráfica, el cómic desprende una sugestión brutal, a fuerza de contar mucho menos de lo que queremos saber. Como un secreto edificado sobre otro secreto, cuánto más nos desvela de la historia, mayor es el ansia por conocer. Si se preguntan quién es realmente el Doctor Mabuse, no se apremien: la duda quedará indeleble hasta el final.

Lo que asoma de él y de sus habilidades difícilmente podría ser más estimulante. Deducimos que lleva años preparando el final de la dinastía, construyendo taimadamente una maquinaria de control impoluta. Nada que ver con los planes frecuentemente chapuceros del personaje original: este intrigador perpetra estrategias rayanas en la perfección, apuntalando la certeza de que, pase lo que pase, la ciudad eterna estará para siempre condenada. Entre los dirigibles, los biplanos y los haces de luz que perforan su eterna noche permanecerá la conspiración.

En esta distopía futurista, Mabuse va tejiendo lentamente un mañana perturbador: el de Metrópolis como un inmenso circo de marionetas autómatas que avanza devorándolo todo. Incluso a su tirano, uno de los pasajes más perturbadores de la obra, donde contemplamos cómo la muchedumbre se rebela enardecida, en lo que parece un genuino deseo de libertad. O de una farsa a la altura, porque él es el único titiritero de la función.

Doctor Mabuse podría glosarse como la ópera prima de un bisoño Beroy que a finales de los ochenta irrumpió en el panorama del cómic con aires prometedores. De hecho, es lícito contemplarla ahora cómo el contenedor primigenio de todo lo que ha depurado el viñetista catalán después: el toque opresivo, el universo oscuro, la endemoniada maravilla de todos y cada uno de los trazos. Pero por encima de eso, merece ser reivindicada como una historia rotunda y adictiva; y sobre todo, aplaudir la creación de un personaje del que casi treinta años después siguen quedando ganas. Y dudas. ¿Quién es el Doctor Mabuse? El Mal, por supuesto.



Jot Down Comics


jueves, 12 de enero de 2023

Una aventura entre todos Twitter + juegos de rol + mapas = cómic

Por Ivan Galiano




A lo largo de la historia del cómic se han ido estableciendo toda una serie de características a partir de su lenguaje único —especialmente en lo referente a lo visual— que permiten elaborar una definición más o menos precisa del medio. Así, podríamos hablar del uso predominante del dibujo por encima del texto como eje director de la narración, el uso de las viñetas para enmarcar secuencias de escenas en el tiempo, el uso de otros elementos visuales como bocadillos, onomatopeyas o símbolos para describir acciones, etc. También podríamos aludir a cuestiones del formato físico, su impresión en papel. Todos estos rasgos y otros tantos más nos permitirían identificar lo que es un cómic. Pero ¿qué pasa cuando una obra prescinde de algunos de estos elementos o incorpora nuevos? ¿Deja de ser un cómic? Después de años y años de industria, con sus convenciones y cánones, personalmente me provocan más interés esas variaciones o mutaciones de «lo normal». Si el cómic durante años ha sido discriminado como un arte menor, no parece coherente que desde dentro restrinjamos con definiciones cerradas y estrictas qué es cómic y qué no. Las vanguardias permiten regenerar y enriquecer el lenguaje. En arte, la libertad creativa debería prevalecer sobre cualquier norma. Pero a veces es incluso más sencillo todavía: los autores exploran otras vías por pura diversión. Y eso es tan legítimo como todo lo demás.


Vayamos al quién. Laurielle Maven —seudónimo de Alicia Güemes— es una dibujante de cómics que lleva años entre publicaciones autoeditadas en papel y webcómic. Su obra más destacada es El Vosque, con guiones de Sergio Sánchez Morán, obra atípica de género medieval fantástico en la que llevan ya once años. De El Vosque han surgido spin offs varios como Arded, maderos, arded o El elfo inhumano. Con Sánchez Morán ha autopublicado también Diccionario de Fantasía. Y en solitario su webcómic más reciente es Nada de Otro Mundo en la plataforma Fanternet de Fandogamia. Como obra editorial, también ha publicado Por Siempre Jamás, un manga de aventuras sobre el bloqueo del escritor con Ediciones Babylon. Como se puede ver, la autora abunda en el género de la fantasía medieval con mucha inspiración rolera, pero también bebe de obras como La Mazmorra, donde se mezclan aventuras y humor.


Vayamos ahora al qué. A principios de mayo Laurielle empezó un proyecto a través de su cuenta de Twitter. La historia comenzaba con una pequeña ilustración que mostraba a una bárbara, Goliath, sentada en una sala de una mazmorra. Acto seguido, la autora preguntaba a sus seguidores, mediante encuesta, qué arma utilizaba dicha bárbara. Aquella encuesta iniciaba una dinámica encadenada mediante la cual Laurielle iba preguntándoles y ofreciendo opciones, y los resultados eran ejecutados por ella en dicha ilustración, ampliándola. El dibujo se expandió más allá de aquella primera sala, subiendo primero hacia arriba, para mostrarnos la taberna bajo la cual estaba la mazmorra. Y luego bajando para adentrarse en las profundidades. Todas las salas se iban conectando para construir un gran espacio arquitectónico abierto en sección isométrica para que el lector pudiera observar lo que sucedía en cada sala. En su descenso a las profundidades, los peligros siempre eran más peligrosos, de la misma forma que en una partida de Dungeons & Dragons —o en un videojuego— adentrarse en una mazmorra conlleva enfrentarse a enemigos cada vez más poderosos hasta llegar su boss final, que en este caso los votantes decidieron que fuera un icónico villano de D&D. Finalmente, Laurielle sometió también a encuesta la paleta de colores con la que se completaría el trabajo y subió la obra a su web para compartirla con todos.


Aunque esta obra parezca a priori una «simple» ilustración, si contrastamos algunos de sus rasgos con los vistos en otras obras a lo largo de la historia del cómic, entenderemos que estamos ante un cómic. El primero es el uso de la sección de un gran espacio para mostrarnos múltiples escenas, más o menos anecdóticas, que suceden al mismo tiempo pero en diferentes espacios. A nadie se le escapará que esto sucede también en el 13 Rué del Percebe —del que nadie duda que es un cómic— de Francisco Ibáñez. El segundo aspecto es la secuencialidad y el sentido narrativo. A pesar de que no hay continuidad de las acciones de los personajes (cada uno está captado en un solo momento), sí hay un sentido narrativo y una historia global detrás: la de todas las campañas de aventuras en el género de la fantasía medieval. Todas aquellas historias que empiezan en una taberna, siguen en la entrada de una mazmorra y continúan con la exploración de diversas salas, hasta llegar al enemigo final. En el caso de Una aventura entre todos hay incluso caminos alternativos al recorrido principal que se descubren como una suerte de «trama paralela» donde el lector puede descubrir más detalles. Este juego de gran narración global en una sola imagen sucede también en La Gran Guerra de Joe Sacco, una extensa ilustración que, de izquierda a derecha, cuenta el relato global (igualmente sin singularizar en un solo protagonista) de aquel gran conflicto partiendo del punto de reclutamiento, llegando a las trincheras, recorriendo al campo de batalla y volviendo a casa, aquel que hubiera sobrevivido. En ese sentido, no hay diferencia alguna con lo que hace Laurielle en Una aventura entre todos. Mecanismos similares los ha utilizado también Chris Ware del que no hay dudas de que se dedica básicamente a hacer tebeos, experimentando tanto en las formas narrativas como con formatos poco habituales.


Finalmente, a todos estos aspectos podríamos añadir lo interesante de incluir el aspecto interactivo durante la creación del cómic. Conecta la obra, de nuevo, con los juegos de rol, que usan este sistema para construir historias, pero es un mecanismo que hemos visto también en cómics editoriales que dejan a los lectores decidir sobre aspectos del argumento. De esta manera el lector queda implicado en la obra, leyéndola y construyéndola con su dibujante durante su desarrollo.


No me queda más que reivindicar esta iniciativa como un cómic especial y único como no se ha visto a lo largo del año que engloba este anuario. Como un cómic que los divulgadores y críticos deberíamos arropar en nuestras lecturas y comentarios, dado que exploran caminos nuevos o muy poco transitados. Pero por encima de todo eso —que también—, porque Una aventura entre todos es un tebeo que a los lectores nos ha resultado muy divertido leer, y además nos ha resultado tremendamente divertido hacer. Y esta experiencia que nos ha brindado Laurielle debería tener su reconocimiento.


Jot Down Comics



Corto Maltés. Océano negro Un mar salado y oscuro

Por Yexus




Menos el intocable Tintín, no es demasiado extraño que los mitos del cómic europeo sobrevivan a sus creadores, por muy clásicos que sean. Y lo hacen a causa de diversas razones y de distintas maneras. La versión romántica es que los héroes son más grandes que la vida, pero la prosaica realidad concluye que los editores quieren rentabilizar sus propiedades. Los dos motivos no son incompatibles, de todas formas, lo que genera resultados curiosos y a menudo apetecibles. En unos casos, los nuevos autores mimetizan la forma y el contenido del original con bastante acierto, caso de Blake y Mortimer, XIII o el mismísimo Astérix. En otros, se abandonan a interpretaciones más o menos libres, normalmente innovadoras, aunque siempre respetuosas con el título del que proceden. Como el Valerian de Larcenet, el Lucky Luke de Bonhomme o el Blueberry de Sfar y Blain, por ejemplo. Dicho lo cual, cabe constatar que el celebérrimo y carismático Corto Maltés goza de ambos tratamientos. Porque dos maestros como Rubén Pellejero y Juan Díaz Canales siguen con fidelidad y pasión las huellas de Hugo Pratt, mientras que Bastien Vivés y Martin Quenehen se atreven a subir unos peldaños y sitúan al rebelde marinero apátrida en el filo del siglo XXI.

Océano negro encuentra a Corto viajando en pos de un ignoto tesoro por tierra, mar y aire, recorriendo lugares como Japón, México, Perú y la mezquita de Córdoba. Flanqueado o perseguido por personajes de diversa catadura, algunos ambivalentes y otros decididamente execrables, como ladrones, sicarios o miembros de organizaciones fascistas y hasta de la propia CIA. Incluso aparece el entrañable canalla de Rasputín. Sin que falten, por supuesto, personajes femeninos tan sensuales como resolutivos: intrépidas reporteras, inspectoras de policía, feministas psicodélicas, analistas de inteligencia e incluso una princesa india. Todo situado en el crucial año de 2001, cuando cambió el mundo, una dramática circunstancia que los autores eligieron porque los veinte años transcurridos les otorgan la necesaria perspectiva

Quenehen tiene una escasa experiencia en el mundo del cómic, pero demuestra conocer bien al personaje. Profesor de geografía e historia, es locutor de radio y columnista del Huffington Post. También director de documentales y guionista para televisión y podcasts, y en 2011 publicó el libro Días tranquilos de un maestro suburbano. De hecho, este es su segundo trabajo como guionista de historieta, después de la novela gráfica Catorce de julio, tras conocer y convencer a Vives para dibujarla.

Es cierto que en Océano negro el entorno temporal ha cambiado y está muy lejos de las primeras décadas del siglo XX que eligió Pratt para ambientar las aventuras de Corto: ahora aparecen teléfonos móviles, videocámaras, ecologistas o narcotraficantes. Pero la remodelación es solo aparente, la esencia del original está muy presente. Veamos. En el presente álbum de nuevo el personaje tiene el mundo entero como telón de fondo, sean entornos urbanos o naturales, donde se acerca a sus distintas culturas o tradiciones. La búsqueda del tesoro es ya un clásico macguffin, una quimera volátil que condiciona el comportamiento de todos los actores, pero siempre les elude a la vez que genera el misterio. También está presente el elemento esotérico, la violencia inevitable y, por supuesto, esa ironía consustancial al protagonista. El propio Corto se mueve igualmente al borde de la legalidad, solo responde a su sentido de la justicia y normalmente aborrece el autoritarismo y la prepotencia, vengan de donde vengan. Ya que su principal condicionante es, por supuesto, la libertad propia, la independencia por encima de todo: en el plano personal, sociopolítico o sentimental. Aunque no la ausencia de compromiso ético, que es muy distinto. Ello sin olvidar la intervención de féminas atractivas pero con entidad propia, tan habituales en Pratt, que aquí se enfrentan a Corto en igualdad de condiciones y a menudo tienen más seguridad en sí mismas que el voluble aventurero maltés.

En cuanto a Bastién Vivés, mantiene una sólida carrera desde 2007, pero no está ahora el dibujante de best sellers juveniles multimedia ni el minimalista artífice de corrosivas sátiras sobre temas de actualidad. No. En Océano negro se encuentra todo el virtuosismo de sus grandes obras. Es una lección de narrativa y estética ejecutada con un trazo fluido, vivaz y elegante, de figuras estilizadas, en un blanco y negro matizado por suaves grises, con la excepción de una espectacular introducción en color. Algo más sofisticado que el maestro de Rímini y con un mayor protagonismo de la pura imagen, además de una planificación lógicamente más moderna. Eso sí, Vivés también apuesta por la síntesis gráfica y emplea con sabiduría la mancha negra. Por añadidura, es un experto en expresar visualmente la sensualidad, por lo que las mujeres son terriblemente bellas aunque el protagonista masculino siga siendo sexy.

En definitiva, nuevas ideas y nuevos tiempos, pero sin duda el mismo personaje. Es decir, el mito se mantiene en pie, su encanto no se ha marchitado en absoluto. Porque, como bien se dice: todo cambia para que todo siga igual. Y, en este caso, afortunadamente.


Jot Down Comics


miércoles, 11 de enero de 2023

Carta Blanca Un amor pese a todo

Por Diego Garcia Rouco



Aunque Carta blanca es su primera obra larga como autor completo, antes de su publicación, Jordi Lafebre (Barcelona, 1979) ya era un dibujante con una carrera muy consolidada en el mercado francobelga. Un periplo que comenzó en 2009 con el dibujo de un episodio de La anciana que nunca jugó al tenis y otros relatos que sientan bien, que no solo supuso su debut en ese mercado, sino que también marca el comienzo de una fructífera colaboración con Zidrou, el guionista belga afincado en España, que continuó a lo largo de la siguiente década con Lydie, eldíptico La Mondaine y la serie Los buenos veranos, de la que en 2021 ha visto la luz el sexto álbum. Unos trabajos que le han granjeado una popularidad que le ha permitido afrontar una obra de una extensión considerablemente mayor de lo que es habitual y dentro de una grande como Dargaud, convirtiéndose en un éxito de ventas y crítica, y que le ha valido el premio Uderzo al mejor cómic editado en Francia en 2021 y uno de los Premios de Plata que concede el Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón.


Esta obra nos cuenta la historia de Zeno, un antiguo marinero que ha recorrido medio mundo mientras acaba su doctorado en física, y Ana, la alcaldesa de una pequeña ciudad costera. Ambos son una pareja que a lo largo de los años han estado platónicamente enamorados, pero que, por diversas circunstancias relacionadas con sus trabajos, sueños y ambiciones, nunca han podido encontrar ni el momento ni el lugar para iniciar el romance. A lo largo de la historia vemos cómo los protagonistas son como la luna y el sol, en una irresistible atracción que les hace compartir momentos tan intensos como efímeros, pero sin llegar nunca a colisionar del todo, de manera que han pasado casi cuarenta años orbitando uno alrededor del otro. Una trama que no sería particularmente original si no fuera porque Lafebre nos cuenta la historia comenzando desde el final y cada capítulo se va remontando en el tiempo hasta llegar a su primer encuentro, creando una obra con una estructura circular que nos recuerda que los principios son tan importantes como los finales, sobre todo si, como es el caso, la historia está muy bien planeada y todo funciona como un mecanismo de relojería perfectamente engrasado.


Pese a lo que pueda parecer, no estamos ante una historia almibarada que nos lleva por una trama de amor épica con vocación de ser más grande que la vida, repleta de los clichés del amor tóxico propia de otras épocas, sino que se trata de una historia íntima, dulce y emotiva, de esas que se quedan guardadas en la memoria durante años soportando a la perfección el paso del tiempo y que gana con cada relectura. A lo largo de los años vemos cómo ambos, a través de llamadas telefónicas y cartas, van contándose cómo transcurren sus vidas, hablando de sus buenos momentos, pero también de los malos, demostrándose que se quieren de una forma nada egoísta, en la que la felicidad del otro está por encima de la propia. Algo que debería definir cualquier tipo de relación y que dota de verosimilitud a los protagonistas y a su historia.


Pero Lafebre no nos cuenta únicamente su relación, ya que también somos testigos de las relaciones tanto personales como profesionales que ambos establecen a lo largo de los años. Así, a través de Ana vemos las dificultades que tiene la ciudad para acometer los cambios urbanísticos necesarios para hacer la vida más cómoda a sus habitantes y que juegan una importancia capital en la obra, en particular un puente que sirve como metáfora sobre la relación entre ambos, al igual que sucede con el tema del doctorado en Física de Zeno, que además es de crucial importancia para dar sentido a la estructura de la obra.


Cuando se anunció este proyecto existían algunas dudas acerca del desempeño de Lafebre como guionista, pero donde no había ninguna duda es sobre su capacidad como dibujante y narrador, ampliamente probada con anterioridad. Se puede afirmar que este es su mejor trabajo hasta la fecha, ha compuesto una historia en la que sabe manejar los ritmos de lectura en cada momento y da una lección de narrativa en el magistral capítulo que cierra el cómic. Como es habitual, gracias a su estilo realista, aunque ligeramente caricaturesco en los rostros, con- sigue que los personajes sean de lo más expresivo, transmitiéndonos en todo momento sus emociones, pero también hay que destacar lo bien que consigue reflejar el paso del tiempo por ellos, logrando que siempre sean reconocibles. Quizás lo que más destaca en esta obra con respecto a sus anteriores trabajos es el color, del que también se encarga el autor catalán, con la colaboración de Clémence Sapin, que gracias a una paleta de tonos cálidos y luminosos potencian la intimidad, emoción y optimismo que esconde la obra.


Con Carta Blanca Jordi Lafebre ha realizado un sorprendente debut como guionista con una obra que desde las convenciones del género se atreve a ofrecernos algo diferente, y eso nos habla de un autor valiente que prefiere arriesgar en lugar de refugiarse en lo cómodo y sencillo.


Jot Down Comics


martes, 10 de enero de 2023

Giganta: La historia de aquella que recorrió el mundo en busca de la libertad El camino de la heroína

Por Mery Cuesta




Giganta es una novela gráfica excepcional en diversos sentidos: su propuesta es transgeneracional, provechosa tanto para el público infantil como para el lector adulto; también ofrece un enfoque novedoso y burbujeante de los relatos tradicionales, pero, por encima de todo, está excelentemente escrita y dibujada. Del ingenio del guionista francés Jean-Christophe Deveney y de los pinceles de la castellonense Núria Tamarit, emerge Giganta, una historia de superación, un viaje iniciático tan hondo y completo que consigue que, en alguna ráfaga, todos y cada uno de nosotros nos sintamos reflejados.


La heroína de esta gesta es Celeste, una giganta que es abandonada con pocos días de vida en un valle. El bebé es encontrado por una pareja de campesinos que la criará como su propia hija. A partir de esta premisa, asistimos a la transformación de Celeste de niña a jovencita y, finalmente, a mujer. Giganta narra el crecimiento de Celeste y sus progresivos enfrentamientos con la realidad, una realidad en la que ella resulta dramáticamente diferente. Aquí reside la primera clave de este gran cómic: es una fábula sobre la diferencia y cómo sobrevivir a la dictadura de la normalidad. Una vez abandona el hogar familiar, el periplo de Celeste pasa por todos y cada uno de los episodios que comprende la vida en sociedad: el primer beso, la confianza traicionada (Celeste es embaucada como Pinocho), la sed de justicia, los celos… En muchos sentidos, Giganta recuerda a la narrativa interna del mazo de cartas del tarot. Se dice que en la secuencia de sus veintidós arcanos mayores se despliegan todos los episodios que forman parte de la vida de una persona; situaciones como el triunfo, la muerte, la justicia o la fuerza son trances que experimentamos en diversas ocasiones en nuestras vidas, trances que moldean lo que llamamos condición humana. El periplo de Celeste es una secuencia de episodios que conducen al crecimiento personal, a la individuación junguiana, al naipe 22 que es El Mundo: a la realización total. Por ello, es natural que todo lector o lectora encuentre continuos destellos de empatía y autorreconocimiento en Giganta.


Hablamos de Giganta como relato secuencial de la condición humana, pero debemos matizar esta última aseveración refiriéndonos en concreto a la condición femenina. El tema principal del cómic, más allá de reflejar el camino de una heroína, es el de ahondar en las dificultades que el hecho de ser mujer implica en el paso por la vida. Giganta se sitúa en una época que recuerda al mundo medieval de las leyendas artúricas, con lapsos que nos trasladan a las cazas de brujas del siglo XVII. El cómic consigue que los prejuicios que había frente a las mujeres en estos contextos temporales pretéritos se revelen, sin embargo, de plena actualidad. Celeste se plantea si merece la pena ser la musa de un caballero melifluo, hasta qué punto debe mantenerse la libertad en el matrimonio, o si en un mundo de mujeres no se viviría mejor. La emancipación, la sexualidad libre o los pros y contras del feminismo radical son los dilemas que somatizan el sensual cuerpo de esta giganta que, en un contexto de cuento tradicional, pone en tela de juicio los estereotipos sobre los que estos relatos se han construido. Por lo tanto, la subversión de los cuentos infantiles tradicionales (La Cenicienta, La Bella durmiente, Blancanieves…), con sus príncipes, castillos y brujas malvadas, es uno de los grandes valores de Giganta, y es lo que permite que su lectura sea provechosa a diversos niveles y para diferentes edades.


Disfrutamos, por tanto, con Celeste y su deconstrucción del género en la tradición del cuento infantil, pero hay otro importante disfrute que trae consigo Giganta y es el del dibujo. El trabajo de Núria Tamarit es simplemente soberbio. Sus líneas recuerdan a dos grandes maestros de la ilustración juvenil de este país, como José Ramón Sánchez y, sobre todo, el gran Miguel Calatayud. Su mítico álbum de 1973 Los doce trabajos de Hércules establece paralelismos gráficos con Giganta, además de evidentes vínculos narrativos, puesto que ambos libros desarrollan el viaje del héroe y de la heroína, respectivamente. De las maneras de Calatayud de componer las figuras y de comprender el movimiento en las escenas de acción algo se vislumbra en el trabajo de Tamarit. Ignoro si esta influencia se ha producido de manera consciente en la dibujante, pero confío en que las formas que se han cocinado en maestros de la ilustración infantil y juvenil de este país afloran por alguna mágica vía en los nuevos talentos. No sería justo dejar de mencionar el trabajo del guionista, J. C. Deveney, que tiene en Giganta su primer trabajo publicado en España, pero que demuestra su solvencia desarrollando una historia perfectamente engrasada, que culmina con el alma de punta, abierta al cosmos.


Jot Down Comics



domingo, 1 de enero de 2023

El fin del gran arte Sobre lo sublime en la realeza

Por Julio Gracia Lana




Cuando Cécile de Brunhoff narraba cada noche a sus hijos las historias del elefante Babar, nunca pudo imaginar que el personaje se presentaría como una suerte de terrible tirano. Menos aún, que se trataría de un paquidermo más que obsesionado con el arte (al margen de un posible interés didáctico). Concretamente, con una serie de lienzos constituidos como símbolo de su aislamiento y de una especie de precaria sensibilidad sobre la que Julio César Pérez arroja un sinfín de mofas.

El personaje pertenece (y es especialmente conocido) en el ámbito de la ilustración y la ficción infantil-juvenil. Se ha plasmado en las obras desarrolladas inicialmente por Jean de Brunhoff y ha tenido una trayectoria no exenta de ciertas críticas contemporáneas. Su presencia resulta una elección capital para El fin del gran arte, un libro que, en verdad, se constituye como la con- fluencia de muchos otros. De forma transversal, se trata de una obra en la que podemos ver continuas referencias a las manifestaciones artísticas, el sistema en el que se organizan, sus límites e imposiciones. Algunas viñetas son fáciles de vincular con obras como El arte. Conversaciones imaginarias con mi madre, de Juanjo Sáez.

Pero si por algo se caracteriza la propuesta es, sobre todo y al igual que en el caso del libro de Sáez, por ser una lúcida reflexión acerca de la libertad del autor y el acto creativo. Julio César Pérez maneja diferentes códigos que se plasman en un formato que podríamos unificar bajo el marco general del dibujo, en el que utiliza el lenguaje propio de la viñeta a su antojo. Llega en ocasiones a propuestas que se aproximan al álbum ilustrado o, incluso, a la pintura, ámbito del que procede el dibujante. El díptico narrativo y visual de El fin del gran arte delimita por un lado el reino de Babar, organizado de acuerdo a una estructura teatral, una representación en directo. El lector sigue las fábulas del déspota antropomorfo con cierto placer. Es una delicia observar las actuaciones de un monarca tan terriblemente humano, que se deja llevar por el peloteo y el mangoneo. La mezcla de palabras como libertad, sartén, sensualidad o museo en pocas páginas encaja a la perfección. Por otro, el libro narra las reflexiones y problemas que han llevado a la conceptualización de la comentada selva de rasgos humanos.

El humor, que parte del absurdo, es el eje en torno al que se estructura toda la obra. Hilarante resulta el «¡A la mierda el marco teórico! ¡Acción!» de uno de los personajes, doble sátira irónica sobre el statement artístico y las propuestas de análisis de la historia del arte. Desde Babar enfrentándose a una entrevista televisiva hasta el chihuahua de tintes goyescos que supone el «perro de las ideas nocturnas», todos los habitantes de la gran farsa (en el plano ficcional y en el supuestamente real) que crea Julio César Pérez se alían. El objetivo es llevar al lector por un camino en el que la risa sirve como salvavidas ante los concatenados dramas cotidianos que resultan necesarios para sacar adelante cualquier producto cultural. La creación, que debería ser fuente de disfrute y placer, se convierte en el peor enemigo a batir ante las imposiciones externas. En un verdadero camino a los infiernos en el que los tópicos se subvierten. El «fin» del arte es, más bien, su «comienzo». El dibujo se constituye como la mejor herramienta para exorcizar a los demonios personales y empezar a crear. Lograr la comunicación con un lenguaje propio y personal. Dejar que el arte surja. Y volver de nuevo al folio en blanco, a la añorada y a la vez maldita casilla de salida. El juego de la creatividad siempre estará listo para una nueva partida.


Jot Down Comics



Obra teórica y divulgativa sobre cómic publicada en 2020


Por JD Comics




Monografías


Alberto Breccia. Sombras de la razón (Grafikalismos, n.º 9), de Yexus (Serv. de Publicaciones de la Univ. de León / EOLAS Ed.).


Astérix. Las verdades históricas explicadas, de B. P. Molin (Salvat).


Atelier n.º 1. Miguelanxo Prado, de K. Da Silva (Retranca Ed.).


Batman. La historia del caballero oscuro en el cómic, el cine y más allá, de A. Farago y G. McIntyre (Norma Ed.).


Blacksad. Vigencia y revitalización del género negro en las viñetas (Colección Delta, n.º 1), de J. Santamaría (Fund. Cine+Cómics / Ed. Idea).


Caballero Luna (Biografía no desautorizada), de O. Alarcia Mena (Libritos Jenkins).


Carlos Giménez. De la denuncia a la transmisión de la memoria, de P. A. De Bois (Ed. Marmotilla).


Cómics para comprender el mundo (y disfrutar). Diez años de crítica de novela gráfica en Le Monde diplomatique en español, 2010-2020 (digital), de M. Pastor Sanz (Autoeditado).


Cuando Daredevil se llamaba Dan Defensor. Historia de Ediciones Vértice, de A. Moliné (Diábolo Ed.).


Cultura manga, de O. Estrada (Ma Non Troppo Ed.).


El barrufet gramàtic. Homenatge a Albert Jané (Base Històrica), de J. Manent (coord.) y VV. AA. (Ed. Base).


El guion de cómic II (Converses, n.º 3), de VV. AA. (Diminuta Ed.).


Fer. L’humor amable, de J. Capdevila y M. Darias (Museu Abelló).


Frank Miller. Honor y furia, de J. J. Rodríguez (Dolmen Ed.).


Gutiérrez (1927-1934). Un semanario del humor nuevo español (Textos de política social, n.º 42), de F. A. Martínez (Hacer Editorial).


Homenaje a Manuel Gago (Cuadernos de la historieta española, nº 21), de F. Bernabón (Vallatebeo Ed.).


La guerra de la independencia en los tebeos, de J. Maroto (autoeditado).


La guerra de los cómics. Más allá de Novaro y La Prensa…, de J. Gard (Autoeditado).


La industria de la historieta en España en 2019 (Informe Tebeosfera, n.º 7), de F. López, Los Tebeditores y M. Barreiro (Asoc. Cultural Tebeosfera).


La secuencia gráfica. El cómic y la evolución de su lenguaje, de R. Bartual (Ed. Marmotilla).


Las creadoras ante lo fantástico. Visiones desde la narrativa, el cine y el cómic (Biblioteca Filológica Hispánica, n.º 241), de A. Massoni y D. Roas (Bibl. Filológica Hispánica).


Las portadas de El Jueves (2014-2020). De la coronación al coronavirus, de J. Riera Pujal (RBA Libros).


Los cómics de La Prensa. Aquellos viejos amigos…, de J. Gard (Autoeditado).


Los cómics de las galaxias. La era Marvel 1977-1986, de E. Serradilla y J. Gracia (Ed. Idea / Fund. Cine + Cómics).


Marvel en los 70-80. Mantlo: Una vida en cómics (digital), de D. Yurkovich y M. Mantlo (Autoeditado/Admiradores de Bill Mantlo [trad.]).


Narrativa gráfica de la Guerra Civil. Perspectivas globales y particulares (Grafikalismos, n.º 8), de M. Matly, V. Alary (coords.) y VV. AA. (Serv. de Publicaciones de la Univ. de León/EOLAS Ed.).


Perich (1941-1955). Humor amb ulls de gat (Transferències, n.º 5), de J. Capdevila (El Born Centre de Cultura i Memòria).


Peter Parker, Spiderman. Cronología arácnida. Vol 1 (1962-1988), de A. J. Sánchez y F. Martínez (Autoeditado).


Secret Origin. Historia y evolución de los superhéroes (Crossover), de A. Montfort (Héroes de papel).


Ensayo


Cómics. Almas de lo invisible, de G. Frezza (Ed. Marmotilla).


Escribir con viñetas, pensar en bocadillo. Manual de guion de cómic, de D. Muñoz (Es Pop Ed.).


La función del cómic (Tebeoteca, n.º 3), de M. Matly (ACYT Ed.).


Revista académica


CuCo. Cuadernos de Cómic n.º 14-15 (digital), de G. Vilches y K. Saez de Adana (coords.) (CuCo).


Revista Tebeosfera. Tercera época, n.º 13. «La nueva industria del tebeo» (digital), de F. López (coord.) y VV. AA. (Asociación Cultural Tebeosfera).


Revista Tebeosfera. Tercera época n.º 14. «Cómic y filosofía» (digital), de J. Gisbert (coord.) y VV. AA. (Asociación Cultural Tebeosfera).


Revista Tebeosfera. Tercera época n.º 15. «Cómic y cine» (digital), de H. Tarancón, K. Sáez de Adana (coords.) y VV. AA. (Asociación Cultural Tebeosfera).


Revista divulgativa


CLIJ. Cuadernos de literatura infantil y juvenil, n.º 294. «Especial Cómic», de VV. AA. (Ed. Torre de papel).


Comicmanía, n.º 5-9, de VV. AA. (Panini España)


Cómics Esenciales 2019. Un anuario de ACDCómic & Jot Down & GP Ediciones, de I. Galiano (coords.) y VV. AA. (Jot Down Books/GP Ed.).


Dolmen, n.º 296-300, de VV. AA. (Dolmen Ed.). Dolmen, n.º 301 (1). «Especial Carlos Pacheco», de VV. AA. (Dolmen Ed.).


Dolmen, n.º 302 (2). «Especial Chris Claremont», de VV. AA. (Dolmen Ed.).


Dolmen, n.º 303 (3). «Especial Denny O’neil», de VV. AA. (Dolmen Ed.).


Dolmen, n.º 304 (4). «Todo sobre Peter David», de VV. AA. (Dolmen Ed.).


Dolmen, n.º 305 (5). «George Perez en los 80», de VV. AA. (Dolmen Ed.).


Dolmen, n.º 306 (6). «Grandes Sagas», de VV. AA. (Dolmen Ed.).


Premio de la Asociación de Críticos y Divulgadores de Cómic 2019, de VV. AA. (ACDCómic).


Tomos y grapas Magazine n.º 8, de VV. AA. (Illuminatis de Hydra).


Z, n.º 82-90, de VV. AA. (Laukatu Ed.)



Jot Down Comics