sábado, 31 de diciembre de 2022

‘Historia de Roma’, la pionera obra del historiador y premio Nobel de literatura Theodor Mommsen

El experto alemán trasladó a los cuatro volúmenes de su obra principal los valores del presente al pasado para seducir al gran público y popularizar la disciplina

Detalle del mosaico de Low Ham (350 d. C.), en los baños de una villa romana de Somerset (Inglaterra), que cuenta la historia de Dido y Eneas.

URBANIMAGES / ALAMY STOCK PHOTO (ALAMY STOCK PHOTO)

MANEL GARCÍA

03 DIC 2022


Hace ahora ciento veinte años, en 1902, un historiador alemán, Theodor Mommsen (1817-1903), ganaba el premio Nobel de literatura con su monumental Historia de Roma, según el jurado por ser “el más grandioso maestro con vida del arte de la escritura histórica”. Era la primera vez y la última que la Academia Sueca premiaba a un historiador, salvo que queramos ver en Winston Churchill a un historiador y no tan solo a un político, premiado en 1953 por su dominio de la biografía histórica y brillante oratoria, y que para algunos debería haber sido galardonado acaso con el Nobel de la Paz.

La historiografía iniciaba con Mommsen su culminación como ciencia y, sin saberlo, propiciar un alejamiento del gran público como lector por ese mal necesario de la barbarie del especialismo denunciado por Ortega y Gasset. Si su Historia de Roma todavía permitía al lector culto que no especialista sumergirse en la historia como magistra vitae, el resto de su producción ya iba a ser harina de otro costal, un saber riguroso y científico apto tan solo para especialistas. En el laudatio del Nobel ya se recogía ese giro al hacer referencia a que con él la musa de la historia, Clío, había alzado su vuelo de arte elevado a ciencia rigurosa, algo sorprendente en alguien que, al tomar posesión como rector de la Universidad de Berlín en 1874, había afirmado que el historiador es más un artista que un sabio. Intuía el erudito teutón el debate que recorrería la historiografía durante todo el siglo XX y hasta nuestro días sobre el carácter híbrido de la historia como literatura y como ciencia, una frontera difusa que justificaría sin reparos, por qué no, que de nuevo un historiador optara hoy all Premio Nobel de Literatura.

Mommsen fue tan prolífico en su trabajo como en su matrimonio. Dieciséis hijos no lo distrajeron ni por un momento en su producción de 40.000 páginas de ciencia pura y dura; ni tampoco en autorrealizarse como hombre de acción, combinando el ejercicio de la historia con su participación en política como ferviente patriota defensor de la unificación alemana y como diputado; pasión y compromiso que le valieron la expulsión de la universidad y hubo de trasladarse a la Universidad de Zúrich, en donde redactaría buena parte de su Historia de Roma (1854-1856). Había aprendido antes de excelentes maestros en la Universidad de Kiel, fue discípulo del gran Gustav Droysen, y en la que estudió Derecho entre 1838 y 1843. El derecho romano iba a ser junto a la historia antigua su otra pasión investigadora y pronto se vinculó a la escuela histórica del derecho de Friedrich Karl von Savigny, que intercedió en su favor ante el rey de Dinamarca para ganar una beca para viajar a Italia en 1844. Desde Goethe, el viaje a Italia era la iniciación necesaria en los estudios clásicos y el humanismo, y Mommsen conoció allí al gran epigrafista Bartolomeo Borghesi, contacto que complementaría su trayectoria científica con su pasión con la epigrafía latina. Tras culminar su carrera académica con la cátedra de la Universidad de Berlín en 1861, pudo llevar a buen puerto una titánica obra emprendida unos pocos años antes para la Academia Prusiana de Ciencias: el Corpus Inscriptionum Latinarum (CIL).

La Historia de Roma es en rigor una historia de la república romana, desde la monarquía y su abolición hasta la fundación de la monarquía militar por Julio César, completada en 1885 con El mundo de los Césares, una historia de las provincias romanas desde César a Diocleciano, y en la que muestra su gran revolución en la historiografía: el uso junto a las fuentes literarias de fuentes jurídias, inscripciones y monedas, así como de la arqueología, hecho que hacía de Mommsen el primer historiador total de la antigua Roma y uno de los nuestros desde el punto de vista científico y metodológico. No obstante, lo que convierte en apasionante su Historia de Roma es uno de los aspectos que hoy en día la hace más cuestionable desde el punto de visa académico: un ejercicio de presentismo para seducir al gran público, y sin duda lo consiguió, en el que los líderes republicanos de la antigua Roma se presentan como liberales y progresistas, demócratas, conservadores o anarquistas, cuando no se ve en muchos de los protagonistas de la crisis de la república romana a auténticos junkers terratenientes prusianos. No cabe duda de que tras dicha elección había una voluntad de popularizar la historia mediante una divulgación rigurosa; no menos pesaban en su discurso los logros y fracasos de la revolución burguesa de 1848. Su simpatía por la democracia liberal y monárquica traicionaba su debilidad por los hermanos Graco, su crítica implacable a la corrupta nobilitas conservadora o su idealización, muy criticada, de la figura necesaria de Julio César como salvador de la república al instaurar una velada monarquía absoluta.

Este historiador hegeliano contribuyó también a la revolución de la historia del derecho romano con la publicación de Derecho público romano (1871-1888), Derecho penal romano (1899), así como con la edición del Digesto (1867), y la muerte le sobrevino, cómo no, trabajando en el Codex Theodosianus para una nueva edición del Corpus iuris civilis de Justiniano. Por si no fuera poca esta pasión grafómana y laboriosa del historiador alemán, encontró tiempo también para impulsar desde la Academia berlinesa la creación del Instituto Arqueológico Alemán, el Thesaurus Linguae Latinae o la Prosopographia Imperii Romani, dos enciclopédicos compendios sobre la antigua Roma y la lengua latina. Todo ello combinado con un frenético activismo político que igual reivindicaba la anexión de Alsacia o Lorena, criticaba a Bismarck o denunciaba los peligros del antisemitismo en la Alemania del siglo XIX y los males que presagiaba.

Su yerno, Ulrich von Wilamowitz-Moellendorff, otro gigante de las ciencias de la Antigüedad, criticó el cesarismo de Mommsen; quizás un mal perdonable en el César que necesitaba la historia de Roma para ser a la vez ciencia y literatura, una virtud tan solo al alcance de unos pocos.





Historia de Roma

Theodor Mommsen

Prólogo de Luis Alberto Romero y Francisco Fernández y González

Traducción de alejo García Moreno

Turner, 2022. Cuatro volúmenes

524,576,590,664 páginas. 95 euros


El Pais. Babelia nº 1.619 Sábado 3 de diciembre de 2022





viernes, 30 de diciembre de 2022

Gervasio Sánchez Los ojos del mundo



UN HAZ DE LUZ atraviesa la sala destrozada de la Biblioteca de Sarajevo. Es una de mis fotografías más conocidas y queridas. La publiqué por primera vez en agosto de 1993. Desde entonces ha dado la vuelta al mundo y el paso del tiempo la ha convertido en un icono de la barbarie o contra la barbarie. ¿Cómo la definimos? ¿Es fotoperiodismo, documentalismo o arte?

Antes que nada quiero ser honesto y aclarar que esa imagen nació de la casualidad. Unos días antes se me había roto el fotómetro manual. Era el último domingo de junio de 1993. Sobre las nueve y media de la mañana volví a entrar por enésima vez en aquel lugar destruido por el odio. Algunas veces me había protegido allí durante los salvajes bombardeos. Pero la calma era total aquella mañana.

Me coloqué en el lugar apropiado e hice media docena de disparos. Diez minutos después abandoné el lugar. Había caminado unos cien metros cuando me di cuenta de que había errado la exposición. Regresé rápido ya que no quería llegar con retraso a una cita de trabajo. Me recibió esa extraña luminosidad que embellece su terrible atmósfera. Sentí un temblor y comencé a disparar mi cámara.

Aquella fotografía nació para ser publicada en la prensa y así fue como empezó su largo recorrido. Forma parte de un amplio documento que recuerda la tragedia de Bosnia. Aunque algún día cuelgue de las paredes del mejor museo, sea comprada por un coleccionista importante o su valor económico se multiplique por las complejas y manipuladoras leyes del mercado, la imagen seguirá siendo fiel a su origen y pertenecerá al fotoperiodismo, categoría tantas veces considerada el pariente pobre de la Fotografía, menospreciada y dilapidada por los galeristas de moda.

Podrá ser ascendida al cielo del arte, pero la fotografía recordará que los que bombardearon la biblioteca querían acabar con la memoria de un pueblo, que el cerco de Sarajevo duró 1.260 días, entre el 6 de abril de 1992 y el 15 de septiembre de 1995, que 10.600 personas murieron, entre ellos 1.600 niños, y que otras 60.000 sufrieron heridas muy graves.

Otras imágenes han seguido los mismos derroteros y han transitado por caminos parecidos: del anonimato al aplauso general. Espacios de luz y verdad que nacieron con el objeto de documentar y que han abandonado las compactas tiras que forman los negativos para reconvertirse en iconos artísticos. La imagen de Sofía y Alia, de una madre mutilada de ambas piernas durmiendo plácidamente junto a su hijita, no existiría si no se hubiese producido una explosión de una mina quince años antes. El drama y la muerte (María, hermana de Sofía, murió como consecuencia de ese accidente) acompañan todas las fotografías tomadas desde entonces. Una fotografía puede ser bella porque cualquier ser humano, aunque sufra terribles amputaciones, vive situaciones de gran belleza. Pero nunca un documento debe perder su fundamento original.

“El fotoperiodista escribe con imágenes, busca la verdad y sus herramientas le permiten ser los ojos del mundo en todos los acontecimientos”, ha dicho el fotógrafo mexicano Héctor García, de 86 años y con más de sesenta años dedicados a este apasionante oficio. Leyendo esta maravillosa declaración de principios, ¿quién se atreve a decir que Andreas Feininger, Elliot Erwit, Manuel Álvarez Bravo o Henri Cartier Bresson no fueron fotoperiodistas? 

Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959), último premio Nacional de Fotografía y premio Ortega y Gasset 2008 por su imagen Sofía y Alia, es autor de la serie Vidas minadas. www.vidasminadas.com.


El Pais Babelia nº946. Sábado 9 de Enero de 2010




jueves, 29 de diciembre de 2022

Ya está aquí el cuarto viaje de Flavita Banana a la luna

Por Gràffica  06/12/2022 en Ilustración

Archivos lunares: Flavita lunar es el cuarto volumen de la colección con las mejores viñetas de Flavita Banana.




Hace apenas 5 años cuando Flavita Banana decidió que podía viajar a la luna. Con su trazo rotundo e inconfundible y una gran habilidad para retratar las alegrías y miserias del género humano, la ilustradora llevaba varios años haciéndonos llegar sus viñetas a través de las redes sociales y colaborando con medios como Smoda o Mongolia. De la mano de ¡Caramba!, decidió recopilar sus viñetas más populares en Archivos estelares (¡Caramba!, 2017), un primer volumen de 200 páginas que marcaría el rumbo de su trabajo en los próximos años.

Los personajes de Flavita son crónica de nuestro mundo y de nuestra época, pero también, en muchas ocasiones, son del lugar en el que a cualquiera le gustaría vivir. Es por ello que su humor es universal, estelar e incluso cósmico. Con este pensamiento llegó la segunda recopilación de sus ingeniosas viñetas en las que su mujeres de pelo alborotado, hombres despistados, mucha risa y grandes dosis de verdad se fusionaban para formar Archivos cósmicos (¡Caramba!, 2019). El tercer viaje fue accidentado pues estuvo marcado por el Covid-19, que no consiguió ser impedimento para que la ilustradora ejecutara su misión. Y así vio la luz Archivos espæciales (¡Caramba!, 2020), un tercer volumen en el que la vida cotidiana y el coronavirus se funden contra el mundo actual.


Un nuevo viaje astraL

Pero cuando todos pensaban que la trilogía de Flavita Banana estaba completada la ilustradora sorprende con un cuarto viaje astral. Archivos lunares: Flavita lunar es un nuevo volumen de más de 200 páginas, en el que recopila los mejores chistes que ha dibujado en este último par de años. Un nuevo libro dibujado con su característico e inconfundible trazo, plagado de mucha risa y grandes dosis de verdad.

«En realidad este libro contiene solo un 1,5% de viñetas sobre la luna», explica Flavita Banana en el reverso del libro con la ironía que caracteriza su estilo. Con esta forma de hacer viñetas, lleva años logrando hablar de temas tabúes y del común denominados de todos los ciudadanos que, como ella misma describe, es el desamor. En esta selección se aprecia muy bien como consigue cuestionar la política de actualidad, así como su empeño por resaltar las constantes contradicciones de nuestra sociedad contemporánea.




«Flavita Banana parece que lleva toda la vida en el oficio», comenta Andreu Buenafuente en el prólogo de este volumen. Asegura que «los fogonazos de Flavita (espero que no le moleste que los denomine así) son bengalas de socorro lanzadas al cielo para seguir mandando señales de inteligencia en un mundo ensimismado y decadente. Perdonen el pesimismo, pero lo veo así… Será la edad».

Buenafuente continúa diciendo que «este estilo intemporal de su trabajo la sitúa fuera de modas y tendencias, le otorga por méritos propios un estatus de única, inimitable y me atrevería a decir que clásica. Podrías leer estas colecciones dentro de muchos años y seguirás pensando que hablan de ti». Sin duda, esta atemporalidad es una virtud que no todos los creativos tienen y que demuestra que estamos ante una de las más grandes viñetistas de la época actual.





Sobre flavita bananA


Flavita Banana (Flavia Álvarez-Pedrosa) nació en 1987 en Oviedo. Estudió Artes y Diseño y el ciclo de Ilustración, ambos en la Escola Massana de Barcelona. A los 26 años y tras rendirse con cualquier otro estilo, empezó a dibujar viñetas de humor, con una línea sencilla y el humor de quien ya no espera nada. Ha realizado colaboraciones en S Moda, Orgullo y Satisfacción, Revista Mongolia y El País.

Nunca ha dejado de dibujar y prueba de ello es que publica diariamente en su Instagram. En 2018 ganó el Premio Internacional de Humor Gat Perich. A lo largo de su carrera ha publicado Las cosas del querer (Lumen, 2017), Archivos Estelares (¡Caramba!, 2017), Archivos Cósmicos (¡Caramba!, 2019) y Archivos espæciales (¡Caramba!, 2020). Archivos lunares (¡Caramba!, 2022), es su último libro.


Gràffica


miércoles, 28 de diciembre de 2022

Arte Unas pinceladas de feminismo

Por Jordi T. Pardo





Tenemos muy interiorizada socialmente esa premisa que asevera que «la excepción confirma la regla». Pero lo cierto es que si la regla no niega la excepción y se puede verificar mediante el estudio y la observación estamos incurriendo en una falacia. En esos términos se expresó en 1965 el físico teórico estadounidense y Premio Nobel de Física, Richard Feynman. Lo hizo en una de sus conferencias en el Instituto de Tecnología de California, donde aseguró que «la excepción confirma que la regla es mentira». Y si lo pensamos bien, más allá del mundo de la física y las matemáticas, esto también se puede aplicar en cualquier otro campo, incluido el de la disciplina histórica que —como es sabido— siempre ha estado en manos de los vencedores y ha negado —en gran medida— la excepción.


Haciendo un somero repaso al papel de la mujer en el devenir histórico a lo largo de los siglos queda clara la invisibilización a la que esta ha sido historia ha sido un único, homogéneo y masculino punto de vista sobre realidades pasadas hasta muy recientemente. Y si hablamos de historias, en plural, las que definen el pensamiento y la cultura popular a través del arte, veremos que pocas obras clásicas contaban con la mujer en la ecuación. Pero esto está cambiando, y en las últimas décadas se han empezado a producir productos que se molestan en acercarse al público femenino y a su realidad. Esto ha alimentado un cambio de perspectiva y la aparición de historias desde enfoques que antes eran ignorados y/o desconocidos.


Este fenómeno también está tomando al asalto el mundo del cómic. Dando la vuelta a los arquetipos de toda la vida, apostando por nuevas creaciones y dando voz a una nueva generación de autoras con sus propios problemas e ideas. En este punto, el cómic japonés lleva algunas décadas de ventaja, ya que sus autoras siempre han tenido un espacio —habitualmente bajo la categoría shōjo— en el que contar sus historias, al contrario de lo que ha ocurrido tradicionalmente con el cómic americano y europeo. Pero aun así, el manga también ha dado un paso adelante en los últimos años con propuestas más incisivas, críticas y personales.


En relación a esto último, y ligando todo ello con esa negación por parte de la disciplina histórica de la excepción que comentábamos al principio, Arte, de Kei Ohkubo, resulta ser uno de los mangas más estimulantes y sorprendentes de los que se han publicado recientemente en nuestro país. Esta obra asume no pocos e interesantes riesgos en su concepción. El primero de ellos, y más notorio, es el hecho de que su autora sitúa la acción en una época y cultura tan alejada del radio japonés como la Florencia renacentista del siglo XVI. Además, lo hace con una protagonista cuyo nombre da título al mismo tiempo a la obra y que representa una atractiva excepción histórica.


Arte es una joven de origen noble perteneciente a una familia empobrecida y cuya principal afición es la pintura y el dibujo. Su sueño es dedicarse profesionalmente a esta disciplina y aprender de los grandes maestros, pero su condición de mujer supone un obstáculo para ello, ya que este es un oficio que se considera en manos de hombres. Pero después de la muerte de su padre, su principal benefactor, y ante la insistencia de su madre de casarla y obligarla a dedicar su vida a su esposo y sus futuros hijos, Arte escapa del hogar familiar para acabar convirtiéndose en aprendiz en el taller de un joven pintor llamado Leo.


Esta sinopsis podría darnos a entender erróneamente que estamos ante una mera historia de autosuperación como tantas hemos leído en el cómic japonés. Pero la recreación histórica de esta obra, su fresco punto de vista y el calado feminista que atesoran sus páginas la hacen prácticamente una propuesta única en su especie. La manera en la que su personaje protagonista pone sobre la mesa diversas cuestiones de género nos invita a reflexionar desde el pasado hasta nuestro presente y a establecer paralelismos con el manga, el oficio de mangaka y el papel de la mujer en el medio en la actualidad.


En lo relativo al rigor histórico, Ohkubo realiza una cuidada ambientación que nos adentra en las calles de Florencia, moviéndonos desde los opulentos palacios de la nobleza al interior de los talleres y gremios artísticos por los que se mueve su protagonista buscando el respeto de los que considera son (o deberían ser) sus iguales. Además, Arte realiza un acercamiento realmente divulgativo y didáctico sobre el trabajo, los utensilios y técnicas de los artistas renacentistas. Tanto como el que hace respecto a la misoginia y machismo propia de la época y las circunstancias de la mujer en la misma, planteando en clave de «ficción herstórica» cuestiones aún vigentes en el mundo contemporáneo.


Por suerte, propuestas como Arte demuestran que algo está cambiando en la actualidad y cada día somos más conscientes y empáticos con situaciones y realidades que no son las nuestras. Hoy, aunque sea a base de unas pocas pinceladas feministas, tenemos un futuro por delante para reflexionar sobre nuestro pasado y construir un presente más prometedor. En este contexto, las viñetas no deben ser la excepción, pero sí pueden ser parte de la nueva regla que construyamos juntos.



Jot Down Comics



martes, 27 de diciembre de 2022

Banana Fish I want to be a part of it… New York, New York

Por Jose Andres Santiago





Dice el refrán que nunca es tarde si la dicha es buena, y un título como Banana Fish bien merecía la espera. Panini se ha decidido a editar en España el manga de culto de Akimi Yoshida, 35 años después del inicio de su publicación en Japón en la revista Bessatsu Shōjo Comic (Shōgakukan). Durante nueve años (1985-1994) y en un total de 19 tomos recopilatorios, la por entonces joven mangaka —ahora sexagenaria— narró las trágicas aventuras de Ash Lynx, un brillante y temerario adolescente, líder de una conflictiva banda en los barrios de Nueva York, y Eiji Okumura, el joven asistente de un periodista japonés, que viaja a Estados Unidos para realizar un reportaje sobre las violentas pandillas callejeras que pueblan la ciudad que nunca duerme. El curioso nombre de la obra —y que constituye, a su vez, uno de los grandes misterios durante los primeros volúmenes, «¿Qué es banana fish?»— es un homenaje al relato de Salinger de 1948, A Perfect Day for Bananafish (Un día perfecto para el pez plátano); un animal que, en la mitología salingeriana, es considerado un heraldo de infortunio.


Banana Fish es uno de esos títulos de la década de los ochenta que todo aficionado al manga conoce pero pocos han leído. Es una obra atípica, que debe gran parte de su estatus de culto a su elaborada historia y brillante narrativa, pero también a su difícil encaje dentro del —a menudo— rígido sistema de demografías que gobierna el mundo editorial japonés. El manga de Yoshida fue publicado en una revista shojo (y así lo categoriza Panini), pero con tintes de shonen —por el tipo de humor, o el modo en el que usa diferentes recursos gráficos como las líneas cinéticas o las grandes onomatopeyas— y que por su contenido adulto y escabroso (violencia explícita, abusos y pederastia, lenguaje malsonante o el consumo de drogas) y sus ejes temáticos (un thriller de acción centrado en el mundo del crimen, la mafia y las conspiraciones gubernamentales) está más próxima a lo que habitualmente se espera de un seinen. Sin embargo, la mitología que envuelve a la obra se debe, sobre todo, a la controvertida relación entre los dos personajes protagonistas, que provocó que en ocasiones se calificase erróneamente como un manga yaoi, por el subtexto sutilmente homoerótico. Lo cierto es que Banana Fish es un drama que sigue muchos de los patrones clásicos del género BL (boys love): dos efebos, con trasfondos personales y culturales opuestos y aparentemente irreconciliables, inmersos en una historia que solo puede terminar en tragedia. Sin embargo, el romance se insinúa, no se explicita, y —al contrario de lo que suele suceder en ese tipo de publicaciones— jamás eclipsa a la historia principal.


Yoshida bebe mucho de la estética de Akira (1982-1990). El dibujo es, por momentos, demasiado rígido, y carece del virtuosismo técnico o de los fondos meticulosos y profusamente decorados de ese gran manga, pero tanto el diseño de personajes como el uso de las líneas cinéticas recuerda, con frecuencia, a la obra cumbre de Katsuhiro Ōtomo. Además, a medida que el manga avanza, los diseños se vuelven más esbeltos y, con ello, más acordes a lo que cabía esperar de un título shojo de la década de los 80.


Recientemente adaptada a un anime de gran calidad (2018), Banana Fish está disponible en todo el mundo gracias a una gran plataforma de streaming (Prime Video). Es frecuente ver cómo algunas series de manga adquieren una gran popularidad a raíz de su adaptación a anime y su consecuente difusión internacional, especialmente cuando se trata de títulos mainstream dirigidos a un público juvenil. Sin embargo, el caso de Banana Fish vuelve a ser atípico por el hecho de que esta versión llegue después de tres décadas, permitiendo que goce de una segunda juventud y —especialmente— alcance a un nuevo público. Banana Fish es una obra que, a pesar del tiempo, se siente fresca y actual, gracias a su capacidad para diluir etiquetas, por abordar temas duros y sórdidos con elegancia y sin caer en clichés, pero, sobre todo, por lo rotundo de su historia y personajes, y la singular dinámica interpersonal que surge entre el intrépido Ash y el romántico Eiji.


Jot Down Comics




Blacksad 6. Todo cae. Primera parte Todo está en Shakespeare

Por Jose Valenzuela



Lo que antes fueron castillos, guerras y reyes ahora son obras públicas, corrupción y altos cargos empresariales y políticos. Resulta innegable reconocer la anticipación de los temas, recursos y tramas del género negro en las tragedias clásicas de Shakespeare. Asesinatos llevados a cabo por celos, venganza u oscuros intereses. Tramas de poder y ambición. Traiciones a tutiplén. Same shit, different century, si me permiten el parafraseo de la popular expresión. Tal vez por eso mismo, que el sexto álbum de Blacksad, la primera parte de Todo cae, arranque con su protagonista disfrutando junto con Weekly, su fiel escudero, de una puesta en escena del Shakespeare in the Park es toda una declaración de intenciones.


Será durante (y tras) la representación de esa Tempestad cuando John conocerá a Iris Allen, y Weekly a Rachel Zucco, realizándose los dos primeros movimientos de una partida aparentemente trivial que, sin embargo, llevarán a terribles consecuencias que harán bajar a la tragedia desde el artificio del escenario a la verdad del asfalto neoyorquino. Por un lado, John será contratado por Kenneth Clarke, presidente del sindicato de trabajadores del metro, para encontrar a un sicario de la mafia de las comadrejas. Por el otro, Weekly se verá impelido a realizar un reportaje sobre la figura de Solomon, poderoso «servidor público» (sic) interesado en que los coches inunden la ciudad y desaparezca el transporte público. Teniendo el dos más dos, ustedes mismos podrán hacer el cuatro resultante en esta Nueva York en construcción.


Sí, Nueva York. Porque tras un periplo por distintos y variados escenarios a lo largo de los últimos álbumes, John Blacksad vuelve a las calles que le vieron nacer. A sus calles. Una vuelta a los orígenes no solo geográfica, sino también, como apreciará el lector a medida que devore las páginas, en el propio tono de la historia. Blacksad recupera así su esencia más chandleriana en la Gran Manzana, el ambiente urbano por antonomasia, llevándonos por lujosos rascacielos, animadas calles, puentes en construcción, peligrosos túneles y clásicos bajos fondos en una trama que hará las delicias de los amantes de novelas como El sueño eterno o películas como Chinatown, pero también de las tragedias del Bardo.


Porque son dos obras de Shakespeare las que acompañan a Blacksad al inicio y final de esta primera parte de Todo cae. Dos piezas, La Tempestad y Macbeth, que gracias al buen oficio de Juan Díaz Canales no quedan en meros telones de fondo de la historia principal. El lector interesado podrá reconstruir en segunda lectura un concienzudo juego de espejos entre lo que se cuenta sobre el escenario y lo que acontece fuera de él, recurso llevado a la excelencia en el desenlace de este cómic con un juego de alternancia entre la tragedia shakesperiana y la blacksadiana. Contrapuntos que, más allá de dotar de gran dramatismo a lo que sucede con los destinos de John, Weekly o Iris, apuntalan lo que promete ser una segunda parte cargada de intensidad emocional.


¿Segunda parte? El lector habitual de los casos de nuestro detective felino tal vez se sorprenda ante la primera ocasión en que, al pasar la última página de su Blacksad, no conozca el desenlace de la historia. Sin embargo, la solidez del guión a manos de Canales no da pie a ningún decaimiento en la trama ni, por supuesto, a fórmulas baratas para estirar el chicle más de lo necesario. Todo cae, como cualquier otro álbum de la serie, serviría perfectamente como modelo de guion que estudiar en cualquier clase de narrativa. Su manera de introducir los nuevos personajes es sutil y nada forzada, las tramas fluyen con la elegancia habitual (se agradece esa profundización en los intereses e inquietudes de Weekly) y los giros, revelaciones y sorpresas están justo donde tienen que estar. Ni una viñeta antes ni una después: justo en su lugar.


Y qué decir del reconocible estilo de un artista de la talla de Juanjo Guarnido. Cada página es un pequeño homenaje al dibujo y el uso del color a la hora de plasmar un documentadísimo mapa del Nueva York de la época. Cada página, por qué no decirlo, vuelve a ser por sí sola un auténtico objeto de coleccionista para el aficionado al virtuosismo, sin que por ello desencaje con la historia a la que acompaña, convirtiendo la lectura de esta obra en un auténtico goce sensorial. No cuesta nada entender que Blacksad sea una de esas obras que convierten a los nuevos lectores en lectores habituales de cómic. El rey está muy vivo. Larga vida al rey.


Jot Down Comics




domingo, 25 de diciembre de 2022

The Spirit El antifaz más ilustre del mundo

Por Diego Cuevas





Alguien podría decir que Will Eisner inventó la historieta y no sería estrictamente cierto, pero tampoco sería del todo falso. Si ese americano alcanzó la divinidad en el mundo de las viñetas fue a base de demostrar que su ingenio tenía un caudal inagotable y que su imaginación saludaba a su época a través del espejo retrovisor. Lo realmente importante de todo esto es que a Eisner le bastaban siete páginas para conseguir lo que millones de autores no eran (ni serán) capaces de alcanzar a lo largo de cientos de hojas y millares de viñetas: contar buenas historias.


En 1939 los tebeos invadían las habitaciones estadounidenses en un boom que hacía temblar a unos periódicos preocupados por la posible competencia que representaban las páginas cargadas de bocadillos. Everett M. Arnold se reunió con Eisner para plantearle la posibilidad de orquestar un suplemento en forma de tebeo que hiciese compañía a los rotativos y el autor se sacó del sombrero The Spirit, una serie creada evitando de manera premeditada la endogamia del género. Eisner no tenía simpatía por los superhéroes y se dedicó a juguetear con las demandas de los editores: cuando le fue requerido un protagonista disfrazado al estilo de sus contemporáneos el dibujante regateó el asunto planchándole en la cara un escueto antifaz y consiguiendo el mejor y más elegante disfraz de superhéroe de la historia, aquel compuesto por una máscara escasa, un par de guantes, unos zapatos impecables, un sombrero, una corbata y un traje. También aprovechó la inercia para sortear el tópico, el héroe no hacía gala de superpoderes de ningún tipo y la esencia del personaje le sacaba la lengua a los vengadores de tebeo: Spirit era en realidad Denny Colt, un detective que la sociedad daba por muerto durante las primeras páginas de la obra, pero su alumbramiento no venía acompañado de la preocupación por endosarle una doble vida social al estilo de los binomios del tipo Clark Kent/Superman tan frecuentes en el cómic, sino que prefería dejar que el justiciero asimilara su destino con total naturaleza. Colt se ponía el antifaz y nunca más volvería a quitárselo, Spirit sería Spirit hasta el final de sus aventuras. Y sobre todo sería un personaje que rompería el mito del héroe invulnerable: es difícil encontrar a otra estrella del cómic que llegase al final de sus historias tan vapuleado, aplastado, desarrapado o hecho trizas como lo hacía la criatura de Eisner dignificando por el camino el concepto de antihéroe al convertirlo en un punching ball al que le llovían tormentas de hostias.


Pero donde realmente destacaba Eisner era en la forma de utilizar a su hijo enmascarado como mecanismo. Sobre el papel la figura de Spirit no era el fin pero sí el medio, era la excusa para contar todo tipo de cuentos, desde los centrados en la serie negra de crímenes y castigo, obvios por el propio cigoto de la creación de su personaje (el fantasma de un detective asesinado), hasta los más fantásticos, experimentales o temáticos. Su obra aprovechaba la brevedad para saltar alegremente del género negro a la ciencia ficción, de la magia a la comedia de gag puro, del slapstick de dibujo animado al drama justiciero y lo envolvía todo con un certero sentido del humor. Eisner había creado un laboratorio cuyos resultados eran sorprendentes, la osadía le llevaba a convertir al propio personaje principal en un invitado de sus propias historias, a menudo Spirit aparecía al final o al principio de la historia pero la miga corría a cargo de otros. También sus recursos se la jugaban para innovar y reinventarse: tan pronto se atrevía a presentar la acción desde el interior de la cabeza del asesino (de manera totalmente literal, lo que es más asombroso) como a extender las viñetas al tamaño completo de la página, a narrar un delito a través de una proyección de diapositivas que contemplan terceros, a enmudecer totalmente una historia privándola de bocadillos y describiéndola mediante una serie de postales escritas, a reformular los cuentos navideños o a trasladar al cómic técnicas de naturaleza cinematográfica como el plano fijo o el flashback. Y es que Eisner también señalaba directamente al séptimo arte para componer una de las banderas más celebradas de la obra: aquellos impresionantes títulos de crédito. Las primeras viñetas de cada peripecia eran una obra de arte en sí mismas al camuflar las letras que anunciaban el título de la serie y la firma del autor en elementos del decorado. La tipografía dejaba de ser un mero trámite para convertirse en parte del escenario: palabras gigantescas con forma de edificios, deslizándose como papeles desperdigados hacia las alcantarillas, alumbradas brevemente por la luz de un coche misterioso, anunciadas en neones en segundo plano, enredadas en metafóricas telas de araña o haciendo las veces de epitafios de tumbas en cementerios. Su puesta en escena resultaba tan asombrosa que a día de hoy nadie ha ideado una manera más espectacular de introducir un tebeo.


Asomarse a las desventuras de Spirit es asomarse al antihéroe del costumbrismo pulp americano de los cuarenta y primeros cincuenta. Y también contemplar las muy cuestionables decisiones de convertir el papel de la mujer en el de víbora con alma de urraca (cuando no simple interés romántico) y la de adjudicar unos rasgos en los que se leía «estereotipo racial» en luces de neón al físico del compañero negro de aventuras de Spirit, un Ebony White que hasta en su nombre tenía una cruz. El propio Eisner lamentaría más adelante aquellas decisiones y las achacaría a la mentalidad de la sociedad en esa época.


Al conjunto de la serie se le puede incluso perdonar que una pequeña parte de las historias de The Spirit fueran obra de autores fantasma que cubrían al auténtico creador. Eisner fue requerido por el ejército durante la Segunda Guerra Mundial y los periódicos utilizaron a William Woolfolk, Manly Wade Wellman o Lou Fine para no detener la producción. Decían que Eisner agarró a ese equipo de trabajo y señalándoles la colección de Terry y los piratas sentenció: «No os fijéis en mi trabajo. Repasad esa biblia. Ahí está todo lo que tenéis que saber para contar con huevos una historia». Lo gracioso del asunto es que The Spirit acabaría convirtiéndose en una Biblia del cómic por derecho propio. A los miles de héroes con los que DC y Marvel nos inundarían hasta la actualidad Spirit les pasa la mano, una mano elegantemente enguantada, por la cara sin quitarse el sombrero. Ni, por supuesto, el antifaz.



Jot Down Comics