viernes, 29 de mayo de 2020

VIDA MOSTRENCA: El arte de la 'sit down comedy'

EL PAIS DE LAS TENTACIONES
VIERNES 1 DE DICIEMBRE DE 2000

Texto: Jordi Costa Ilustración: Darío Adanti

Hoy cualquiera puede envolver su bocata de anchoas con un papel de periódico estampado de noticias sobre la clonación. La cotidianidad de un concepto como la clonación puede llevarnos al desvarío: a creer que todo es clonable. Que es clonable, por ejemplo, ese arte de la stand up comedy en un país en el que no ha existido ninguna tradición, más allá del excepcional Gila. Soñar en la figura de un humorista español erguido ante su audiencia es creerse que esto es Suiza. O un Broadway tamaño familiar. La postura correcta del humorista español pasa por la leve inclinación del cuerpo acodado en la barra de la tasca. O, en su estado más puro, el perfecto humorista español debería ser una figura sedente: la del tipo que cuenta chascarrillos en la partida de dominó. Se admiten variantes: el cascarrabias sentado en su butacón de orejas, con la mantita tapándole las piernas, mientras despotrica contra el mundo. Como el maestro Joan Capri, cuyo heredero posindustrial es ese vitriólico Caries Flaviá que, en Crónicas marcianas, se sienta ante Sarda para desgranar, sin herniarse, su afinado veneno. El humor español debería ser pura sit down comedy.

2 El arte de la sit down comedy nació en Japón hace 400 años. En la sociedad feudal japonesa de finales del XVI, los señores de la guerra necesitaban tener a su lado a un bufón que, de noche, les entretuviera para no caer dormidos y convertirse en presas de sus enemigos. El humor era -y es-una estrategia de supervivencia. En el siglo XVII, esos cuentahistorias evolucionaron a profesionales: nacía el arte del rakugo, que ha pervivido hasta nuestros días.

El cómico sedente japonés viste traje tradicional, se sienta sobre sus talones y utiliza como únicos accesorios un abanico y una toalla de mano. Sus monólogos cómicos se construyen sólo con los diálogos de los múltiples personajes que aparecen en la historia: la gestualidad, los cambios de voz y las muletillas permiten identificar al instante quién está hablando en la hilarante ficción. El rakugo posee rígidas reglas estructurales: se abre con el makura -introducción que conduce hacia la historia que se va a contar-, prosigue con el hanashi -el relato propiamente dicho- y se cierra con una frase chocante y graciosa, el sage.

La última palabra en humor español es uno de los más extraños maestros que haya encontrado la sit down comedy: el Prisionero. Su precisión formal, su control de la pausa y el silencio como recurso cómico y su hieratismo le asemejan a un descendiente de las tradiciones combinadas del ragoku y el kabuki. Su personalidad de ficción le emparenta, no obstante, a un inclasificable cómico americano: el parapléjico incompleto Chris Sheridan que, tras destrozarse las vértebras lumbares en un accidente de aviación, reparte su buen rollo desde una silla de ruedas. El Prisionero, enigmático humorista enmascarado que encarna a un tetrapléjico de escueto verbo y calamitosa fortuna, se dio a conocer en dos cortos y vivió una fugaz y minoritaria fama televisiva en el seno del programa Red infernal.

Debutó en directo hace unas semanas en la sala de cine independiente madrileña La Enana Marrón: manteniendo a toda la sala en vilo, controlando desde la inmovilidad el estallido de cada carcajada, el cómico bordó un tronchante número de magia mental rematado con un homenaje minusválido al escapismo del gran Houdini. Esa noche nació el futuro de la comedia española.




miércoles, 27 de mayo de 2020

Mutantes, ¡reuníos!

Con el gran formato que la historia merece, conoceremos mejor a los miembros de uno de los grupos de superhéroes con más carisma en el mundo del cómic




JOSÉ LUIS VIDAL
26 Mayo, 2020

Todas las historias tienen un principio, ¿verdad? Pues bien, en el vasto Universo Marvel, creado como todos sabemos por los insignes Stan Lee, Jack Kirby, Steve Ditko, entre otros, siempre ha habido espacios argumentales en blanco que rellenar. Y uno de ellos es el que está incluido en este enorme formato que Panini puso a la venta hace unos meses y que pretende encerrar entre sus páginas Grandes Tesoros Marvel, como su propio título indica (Estela Plateada: Parábola, Loki).

Como parece que las cosas están volviendo a la normalidad (nueva o no), llega a las librerías La Patrulla – X: Hijos del Átomo, un volumen que recopila la miniserie firmada a finales del pasado siglo por un cuarteto de grandes nombres de la viñeta: Joe Casey, guionista de sobrada reputación, que en aquellos ya lejanos tiempos escribió páginas y páginas protagonizadas por los principales héroes de La casa de las ideas, desde Hulk, Iron Man, Thunderbolts, Capitán América hasta los miembros de la franquicia más exitosa, la mutante, Lobezno, Cable o los mismísimos X-Men.

Y está claro que ante tan especial proyecto como era el de narrar la vida de los que serían primeros estudiantes de la Escuela de Charles Xavier para Jóvenes Talentos tenía que colocar en el apartado gráfico a un gran nombre de las viñetas. Y la elección no pudo ser más acertada.

Steve Rude, dibujante que nos había llevado de la mano de su héroe Nexus a través de mil y un mundos y galaxias, en una aventura espacial, junto a su partenaire creativo, el guionista Mike Baron.

El estilo gráfico de Rude, que es un híbrido, mezcla de Norman Rockwell y Alex Toth, con pinceladas kirbynianas, le viene a la perfección a este relato, y su versión de los protagonistas creo que es una de las más acertadas que nunca se han llevado al papel.

Y es que esta no es una historia de superhéroes, sino un relato que se enmarca dentro de la cotidiana existencia de cinco jóvenes que acuden al instituto...

Scott Summers que, encorvado, trata de pasar desapercibido ente la multitud de compañeros, ocultando su oscura situación, rehén de un criminal que lo está obligando a cometer robos, ayudándose de cierta capacidad especial que este chico posee.

Hank McCoy, grande en estatura y fama, es el héroe deportivo del lugar, admirado a partes iguales por los chicos y las mu- chachas que se disputan sus atenciones. Pero en el fondo hay algo más, otra cara que éste trata de esconder si no quiere ser repudiado.

Bobby Drake, el benjamín del grupo que, sentado al final de la clase, recibe las chanzas y bromas de algunos de los gamberrillos del instituto, mientras en su interior crece un frío imparable, gélido.

Warren Worthington III, joven de padres millonarios que en mitad de la noche surca los cielos de la ciudad con la gracilidad propia de las aves y se ha convertido en el ángel de la guarda de todos aquellos que se encuentran con el crimen de frente.

Y finalmente, Jean Grey, la inocente muchacha que juguetea en su jardín, haciendo levitar las hojas y pétalos de las flores como si esto fuera lo más normal del mundo...

La existencia de este quinteto de protagonistas está a punto de dar un vuelco, ya que la situación ante la posible amenaza que supone la existencia de los mutantes hará que un misterioso hombre en silla de ruedas se convierta, desde las sombras, y con la ayuda de un agente del FBI apellidado Duncan, en su protector.

Mientras, la escalada de odio e incomprensión va subiendo grados gracias al discurso de un hombre, William Metzger, que ha creado la Milicia Anti mutante y que, como todo buen villano, tiene una terrible agenda secreta.

Y como guinda del pastel, un misterioso tipo está observando también la situación, y cada vez que interviene ofrece una clara imagen de que se trata de alguien muy, muy poderoso.

Pero al principio de la reseña os comentaba que los autores de este cómic había sido un cuarteto. Pues bien, tras los tres primeros números de esta miniserie de seis, Steve Rude vino a ser sustituido por otro dibujante cuyo camino también se había cruzado en el pasado con los X-Men. Se trata, claro está, de Paul Smith (Leave is to chance) que, curiosamente, también había ilustrado algunos números de Nexus.

Para rematar la faena, un bisoño ilustrador croata, desconocido hasta el momento, que cumple su labor con profesionalidad y que en un futuro nos dejaría boquiabiertos a los lectores de colecciones pertenecientes a la franquicia mutante o su espectacular trabajo en Thor, entre otras maravillas, Esad Ribic.

Una obra ésta que demuestra que tras esos coloridos uniformes y espectaculares poderes se esconden personas, con sus traumas y problemas propios.


Malaga Hoy


Una casa de locos

'Batman: Arkham Asylum' (2008), de Grant Morrison y Dave McKean, es un cómic de terror psicológico protagonizado por criminales mentalmente enfermos en el manicomio Arkham

GERARDO MACÍAS
26 Mayo, 2020



'Batman: Asilo Arkham Edición Deluxe'. Guion: Grant Morrison. Dibujos: Dave McKean. ECC Ediciones, 2018.

El cómic El retorno de Caballero Oscuro (1986), de Frank Miller, narra la vuelta de un Batman cincuentón a la actividad en un momento indeterminado. Miller vuelve a la carga con Batman: Año Uno (1987), con viñetas de David Mazzucchelli, sentando las bases del nuevo origen de Batman tras Crisis en tierras infinitas, que supuso el reboot de todas las series de DC Comics.

Frank Miller se aproximó a Batman con una sólida caracterización que puso de moda exponer las neurosis de los superhéroes. A rebufo del éxito de Frank Miller, en 1989, se estrena película Batman, dirigida por Tim Burton y protagonizada por Michael Keaton, Jack Nicholson y Kim Bassinger, y surge la moda de la batmanía.

En el mismo año 1989, Grant Morrison, aprovechando ambas modas, exploró la mente de Batman en el cómic Arkham Asylum. Eso no implica que sus posteriores trabajos con el hombre murciélago fuesen semejantes, como demostró en Legends of the Dark Knight: Gothic y en JLA.

Arkham Asylum
es un cómic de terror psicológico protagonizado por Batman y los presos del manicomio Arkham, hogar de los criminales mentalmente enfermos. Durante un 1 de abril (Día de los Inocentes en EE. UU.), los internos se hacen con el control del psiquiátrico. Liderados por el Joker, Dos Caras, el Sombrerero Loco, Killer Croc y Clayface, retienen al personal del sanatorio como rehenes. Los liberarán solamente con una condición: Batman debe entrar enArkham.

Morrison establece que los villanos son reflejo de Batman, y que Batman es el principal síntoma de la locura de todos ellos. Para Morrison, Batman debería estar encerrado con ellos, aunque está por encima, como un ente superior en ese mundo de locura.

Grant Morrison nos introduce en Arkham de manera gradual: primero Batman es informado de la situación, tiene un primer contacto con el Joker por teléfono, traspasa el umbral, es recibido por los internos y comienzan los juegos a su costa…

A partir de aquí, se entrelazan dos tramas que desarrollan las historias de dos hombres que luchan contra la locura. Batman baja a los infiernos para redimir a los muertos allí atrapados. Paralelamente, se muestran flashbacks sobre el fundador del Asilo, Amadeus Arkham, y su tránsito desde la cordura a la demencia. Amadeus y Batman entran en el asilo en sendas escenas que reflejan la una a la otra.

Ambas tramas tienen paralelismos: la niñez de ambos protagonistas sugiere que los traumas partieron con el fallecimiento de sus madres, lo que se refuerza con referencias al filme Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), apareciendo en las viñetas Anthony Perkins.

Morrison muestra sus conocimientos en teología, haciendo que Amadeus elija a San Miguel como imagen del sanatorio, y que Batman use dicha estatua como arma contra Killer Croc, representando al dragón al que se enfrenta San Miguel. Morrison recurre también a Alicia en el País de las Maravillas, a la mitología egipcia, al Apocalipsis de San Juan y al chamanismo.

Dave McKean trabaja con escenas oníricas. Su terrorífica ambientación hace ver que más que las vivencias de Amadeus Arkham y de Batman, el responsable de la locura es el edificio. Dave McKean compone impresionantes páginas que acompañan perfectamente a las ideas de Morrison, llegando a hacer de la escena en el exterior de Arkham casi un boceto, convirtiendo el interior en lo real. Cuando entran al Asilo de Arkham, se llenan las paredes de motivos demenciales. A través de sus acuarelas, óleos, fotografías y maquetas, Dave McKean impregna de esa locura única a sus ilustraciones.

Los diseños de Dave McKean rompen con la tradición de varios villanos: su Clayface parece un leproso; Maxie Zeus es un decadente dios tecnológico; Killer Croc es un ser animal; el Doctor Destino rompe radicalmente con su imagen tradicional y fue la que Neil Gaiman empleó en The Sandman. Mención aparte merece su Joker, que evoca terror con la mirada.

Otro aspecto a destacar es el uso de una tipografía particular para cada personaje. Los diálogos del Joker carecen de globos y su letra es caótica. Batman tiene globos de diálogos negros con letras blancas. Actualmente es más normal; no lo era en 1989.


Malaga Hoy



Castillo de naipes

Cuatro amigos. Un secreto y varias mentiras. Una agencia de investigación… Piezas de un absorbente puzzle de temática criminal

JOSÉ LUIS VIDAL
18 Mayo, 2020

Para los amantes de los relatos noir, novela negra, sería un auténtico shock si al principio de su lectura se encontraran, de golpe y porrazo, con que personajes tan emblemáticos de este género, detectives, murieran en las primeras páginas. Sam Spade, Philip Marlowe, Mike Hammer morderían el polvo sin poder hincarle el diente a un nuevo caso que se abría ante ellos…

Máxima discreción
Guion: Andreu Martín
Dibujo: Alfonso López
Tomo con solapas
112 págs.
Color
15 euros
Panini – Evolution Comics

Pues precisamente la trama de Máxima discreción se abre así. En medio de un hogar español de lo más normal, la familia de Daniel, el detective en cuestión, se prepara para pasar una tarde de cine. Y sin previo aviso se inicia el drama. Una pieza de dominó que empujará a las otras, en una caída imposible de controlar.

El remordimiento es la piedra más pesada que puede soportar una persona, y en el caso de Antonio, uno de los amigos más cercanos, será su vía de escape, una manera de pedir perdón, ahora que ya es demasiado tarde para él y todos.

Y con todos me refiero a sus socios en la exitosa empresa de importación ABCSA, Bernardo y Carlos que, como perros acorralados, se van a revolver, intentando encontrar una solución al problema que ellos mismos han creado ocultando un secreto que puede acabar con todos los sueños de grandeza del trío de, hasta entonces, amigos.

El reloj corre en su contra y la desconfianza hará que la tragedia se amplíe, salpicando a todas las piezas de este oscuro juego.

Y será precisamente uno de los peones sobre el tablero, Gloria, la viuda de Daniel, la que tenga que calzarse una imaginaria y bisoña gabardina de detective, tirando de valor y algo de suerte, acompañada por Fanny, policía con la que tiene alguna cosa en común, tal vez demasiadas e intentar averiguar qué hay tras la muerte de su marido. Un frágil castillo de naipes que se derrumba por momentos y amenaza con enterrarlos a todos.
Hablar de Andreu Martín, para mí como lector, es dirigir la mirada hacia la estantería de mi biblioteca donde atesoro gran parte de su obra como escritor, como uno de los 'padres' de la novela negra, criminal en nuestro país, cosa que no voy a descubrir a estas alturas, claro está.

Aquí ha construido una trama que funciona a la perfección, como un reloj suizo recién comprado, y que nos habla de temas muy actuales, que por desgracia no pasan de moda. La ambición, el ansia por acumular riqueza a costa de lo ilegal. Los secretos, los grandes y los pequeños, los de andar por casa. Ambos igual de reprochables, y peligrosos.

Junto a Martín, Alfonso López, un dibujante con una larguísima trayectoria, una profunda convicción social que ha reflejado en muchas de sus obras. En esta, su trazo se vuelve rápido, muy suelto, como la velocidad a la que se desarrolla la absorbente trama, transformando metafóricamente en ocasiones a sus personajes en lo que son en el fondo, lobos atrapados en su propia trampa, un cepo del que no van a poder escapar.


Malaga Hoy


Diario dibujado de un genio maldito

Se edita en español ‘Pompeo’, el testamento artístico de Andrea Pazienza, creador de culto que murió a los 32 años

TOMMASO KOCH
Madrid - 24 MAY 2020


Con 12 años, Andrea Pazienza dibujó su funeral. Retrató los rostros de sus padres, excavados por el dolor. Esbozó un ataúd llevado a hombros, mientras varios cuervos y un buitre lo sobrevolaban. Y añadió un mensaje inequívoco: “Andrea ha muerto”. Aunque, entre la multitud desesperada, también diseñó más de una cara sonriente. Su madre, confusa, le preguntó por qué.

—Mamá, siempre hay alguien que se alegra.

Cuando Giuliana Di Cretico confesó aquel recuerdo al semanario Il Venerdì, en 2013, aseguró que era “un dibujo profético”. En efecto, ayuda a explicar quién fue Andrea Pazienza: ahí están el talento innato, la ironía, la fe en sí mismo o el destino sentenciado. Sin embargo, no hay marco que encierre un retrato completo del artista. Entre otras cosas, porque dedicó su carrera a superar cualquier límite: se mantuvo fiel solo a su canon, mientras demolía todos los demás. “Desbordante”, lo define al teléfono la que fue su esposa, Marina Comandini. Junto con el trabajo artístico, los viajes o la pasión por los animales, ambos compartían el día de nacimiento: 23 de mayo. Ayer sábado, pues, Pazienza hubiera cumplido 64 años. La vida, sin embargo, solo le concedió la mitad. La heroína se lo llevó una noche de junio de 1988. Sus tebeos y su figura crearon un mito, un culto que resiste y se refuerza. Aunque también queda una duda: a saber qué habría hecho Paz con algo más de tiempo.

“Representa una mezcla de genio superior, excesivo, total, con una expresividad verbal, visual y poética de una fuerza sobrenatural”, sostiene César Sánchez, responsable de la editorial Fulgencio Pimentel y difusor de la obra de Pazienza en España. Tras Zanardi y Corre, Zanardi, centrados en su personaje más célebre, un estudiante tan salvaje y violento como libre, publica ahora Pompeo, considerado el testamento artístico del creador. “Andrea era uno de esos casos raros en los que la figura pública coincide mucho con la privada. Le gustaba provocar cada vez más, sin miedo a quien le pudiera juzgar. Arriesgaba siempre, y esta es la obra más importante que haya hecho”, aclara Comandini. Ella estaba ahí cuando su marido la dibujaba y ponía sus “entrañas encima de la mesa”, como dijo una vez. “A Marina”, reza la primera página.

He aquí uno de los últimos trabajos de Pazienza y el único que su madre nunca se atrevió a leer, como relató a Il Venerdì. No es de extrañar: Pompeo puede verse como el diario desnudo de un hombre y sus tormentos. Aunque, como siempre en Pazienza, cada viñeta es un océano donde bucear en busca de más significados. Hay referencias a Maiakovski y Borges, guiños a la vida y la obra de Paz y sus habituales juegos lingüísticos. Todo, en un estilo crudo y sencillo, en blanco y negro, a veces incluso sobre folios cuadriculados. Para Sánchez, Pompeo resuena como una larga y melancólica canción.

“Es un poema, puede recordar el Ulises de Joyce. Son fuegos artificiales de imaginación, y un puñetazo en el estómago. Lo que cuenta, en realidad, es el malestar del artista”, considera Comandini. “Es emblemático”, añade, “que sea muy requerido en el extranjero a pesar de que su complejidad lo hace prácticamente intraducible”. Tanto que el traslado al castellano generó un conflicto entre esposa y editor: finalmente, Pompeo se publica en España con una pegatina que avisa de que “la traducción [de César Palma] no fue aprobada ni revisada” por Comandini, que hoy retiene los derechos sobre la mayoría del legado de su marido. Los dos hermanos de Pazienza, Michele y Mariella, gestionan otra parte.

Doble página de 'Corre, Zanardi', una de las obras de Andrea Pazienza.

“Nunca he pensado en la pasta, al menos mientras dibujaba. Si acaso antes, o después, nunca durante. Quiero decir que al final he hecho siempre lo que me dio la gana”, escribe Paz en Pompeo, que lanzó por entregas en 1985 en la revista Alter alter, hasta que el auge del sida recomendó a los editores apartar aquel material explosivo. A esas alturas, estaba acostumbrado a que su obra sembrara el caos. Finalmente, se publicó en Editori del Grifo, en 1987, un año antes de su muerte.

A la sazón, Pazienza era un gigante. Aunque las sombras empezaban a apagar su existencia deslumbrante. “Era un hombre solar, alegre. Y luego tenía su parte negra del alma, que se puede encontrar en Zanardi. Uno con esa energía no muere a 90 años. De alguna forma, ya preanunciaba malamente su futuro”, afirma Comandini.

Nacido en San Benedetto del Tronto, en el centro de Italia, en 1956, hijo de dos profesores, su madre contaba que se estrenó con 18 meses, dibujando un oso. De niño prodigio, quemó las etapas hasta artista celebrado: todavía adolescente, ya exponía en una galería, y a los 21 publicó su debut en el cómic, Las extraordinarias aventuras de Pentothal. “Empezó como pintor, pero se dio cuenta de que no quería que su obra terminara en el salón de un dentista”, explica Comandini. El tebeo le ofrecía un vehículo más libre para sus ideas. Y Pazienza las volcó sobre la realidad a la que se había mudado, una Bolonia convulsa por los choques entre estudiantes y policía y la muerte del joven Francesco Lorusso en las protestas, en 1977.

La apuesta por el cómic y por la izquierda le costó conflictos con su padre. Y le alejó de una universidad que nunca terminó. Pero, a cambio, le abrió el camino hacia el triunfo: protagonizó revistas que revolucionaron el cómic italiano y europeo, de Frigidaire a Il male, y creó a Zanardi, álter ego tan rebelde que en una viñeta hasta masacraba a su autor. Se convirtió, así, en el cantor de una generación atrapada entre el nihilismo y la utopía. Daba clases de ilustración, pintaba, realizaba dibujos animados, diseñó el cartel de La ciudad de las mujeres para Fellini. En sus últimos días, fantaseaba con rodar una película. Aunque el cine terminaría homenajeándole en 2002, con Paz!, de Renato de Maria. “Es el Caravaggio de nuestros días”, afirmó Milo Manara. “Soy el mejor dibujante vivo”, escribió él. Quizás la enésima provocación. O una constatación sincera.

“Me considero buena en lo mío. Él, sin embargo, era otra cosa: yo podría haber sido incluso Frida Kahlo, pero Andrea era Picasso”, recuerda Comandini. La mujer lleva tres décadas cuidando la memoria de Paz, aunque la herencia de tamaño personaje también tiene un coste: entre muestras y nuevas ediciones, a Comandini le resulta más difícil centrarse en sus propios dibujos. “Hemos compartido un viaje increíble. Pero me he impuesto una disciplina durante 30 años para no pensar demasiado en él, para defenderme”, reconoce.

Los lápices de Pazienza repelían y escandalizaban, asombraban y enamoraban. Una vez retrató al papa Juan Pablo II mirando al cielo con un cóctel y soltando: “Imagínate si existiera de verdad”. Diseñó incestos, violaciones y asesinatos, pero también poesía, risas y esperanzas. Y vivía como dibujaba: podía marcharse al bosque con arco y flechas, anunciando que iba a cazar jabalíes. Aunque siempre volvía con las manos vacías. Y también se entregaba a fondo con sus amigos, incluso económicamente. “Nuestra casa parecía la corte de los milagros”, se ríe Comandini.

Habitaban en Montepulciano, en la Toscana. Y confiaban en que, tal vez, el campo curaría las toxinas de la ciudad. Para entonces, el artista había vivido tanto que le apodaban “el viejo Paz”. Y eso que tenía 29 años. “Andrea sintió una gran pasión por la heroína y en esa época se puso de moda. Te aisla, no necesitas a nadie ni nada: al principio es todo bonito; después, terrible. Él se arriesgó muchas veces con la droga, intentó incluso suicidarse. Y, en cambio, le sucedió en una noche cualquiera. No te puedes descuidar, y él murió así. La heroína lo cogió de rebote, como la última bala de una guerra ya terminada”, defiende Comandini. Paz siempre vivió adelantado. Tal vez por eso también llegó antes al epílogo.



Andrea Pazienza, en una imagen sin datar. ISABELLA DAMIANI


El Pais

martes, 26 de mayo de 2020

Guía insólita de Nueva York

Una Gran Manzana inesperada, a veces desaparecida, y poco trillada se despliega en el cómic 'Barrios, bloques y basura', de Julia Wertz

El teatro Earl del Bronx tal como era en 1941 y, a la derecha, hoy convertido en restaurante. JULIA WERTZ

ANATXU ZABALBEASCOA
26 MAY 2020

En Manhattan hay una estación de tren fantasma. Está en el sur de la isla, junto al Ayuntamiento. Fue construida en 1904 y se cerró en 1945. Desde entonces, uno puede verla si, viajando en la línea 6, no desciende en la última parada (Brooklyn Bridge-City Hall) y permanece en el vagón mientras el tren da la vuelta. “No está recomendado llegar hasta allí explorando las vías porque hay que ser gilipollas para caminar por las vías de un metro en funcionamiento”. La que habla con una refrescante mezcla de asombro y desparpajo es Julia Wertz, una inquieta ilustradora de San Francisco, de 38 años, que vivió entre los 24 y los 34 en Nueva York, sin dinero pero con tiempo. Su libro Barrios, bloques y basura (Errata Naturae) es el resultado de los paseos interminables que dio entre su minipiso en la zona de Greenpoint, en Brooklyn, y Central Park pasando por el Soho, Bowery, Greenwich Village, Union Square o el Upper West Side. “Paseando no ahorras tiempo, pero es la mejor manera de vivir la ciudad. También de recordar cuál es tu lugar en ella”.


Cuando Wertz no caminaba 25 kilómetros diarios, se sentaba en su sótano sin baño a dibujar lo que había visto, a anotar las historias sobre los inventos neoyorquinos que había ido descubriendo — el papel higiénico (el estadounidense Joseph Gayetty es reconocido como el creador del papel higiénico moderno disponible comercialmente), la tarjeta de crédito, la ensalada Waldorf, el Bloody Mary o el Señor Patata— o a beber whisky a solas y escribir cómics autobiográficos. Así dibujó Whisky & Nueva York o The Infinite Wait and Other Stories hasta que, con el tiempo, comenzó a vender sus dibujos de la ciudad a la revista New Yorker y a The New York Times. También compuso este libro de ilustraciones que viaja —más a lo hondo que a lo largo— por el pasado y el presente de la Gran Manzana.

La Tercera Avenida de Manhattan, entre las calles 21 y 22, descubre la resistencia de algunos propietarios a vender, lo que obliga a los arquitectos a diseñar rodeándolos. JULIA WERTZ

El singular cómic de Wertz detiene el tiempo, algo parecido a lo que sucede en el bar Fraunces Tavern, en el 54 de Pearl Street, por la zona del Distrito Financiero. Abierto desde 1762, es el más antiguo de Nueva York, muy anterior a la ley seca de 1920, cuando muchos locales servían alcohol de tapadillo u ofrecían “casi cerveza”, rebajada con agua. Eso sí, cuando la prohibición se eliminó, los bares brotaron como setas: hoy hay más de 2.000, incluidos algunos locales clandestinos como The Back Room (102 Norfolk St.) o Attaboy (134 Eldridge St.), al que se accede llamando a la puerta que reza Taylor M&H Alterations.

Importante: este libro no es una guía al uso. No busca lo último en la ciudad, sino más bien lo primero. O lo más extraño. Por eso habla de las barras del McSorley’s —en la calle Siete del East Village — o del Old Town —en la 45 Este, cerca del icónico edificio Flatiron —, que están entre las centenarias y favoritas. Y de Argosy, fundada en 1925, la librería independiente más antigua de la ciudad —en la calle 59 Este — o McNally Jackson, que imprime sus propios libros — ; 52 Prince St.—. Dos visitas obligadas para lectores independientes. ¿Qué será eso? Los que no buscan novedades. El mismo repaso que da a estaciones, bares y librerías, Wertz lo aplica a quioscos, cines, teatros, panaderías, farmacias y hasta vertederos: la intrépida ilustradora incluso cuenta cómo llegar al cementerio de barcos de Staten Island.


Barrios, bloques y basura no está construido solo con fachadas y nostalgia. Recoge la transformación de los rótulos y los carritos que venden pretzels, pero también la de la red de metro o la limpieza de la ciudad: durante casi todo el siglo XIX, hasta que se creó el departamento de limpieza en 1881, Nueva York fue un vertedero. El libro recupera además historias vitales como la de Matt Marello, un músico fan del cine independiente que construyó el catálogo de la mítica tienda Kim’s Video; la de la intrépida periodista Nellie Bly, que se coló en un manicomio para denunciar las sórdidas condiciones de los enfermos y dio la vuelta al mundo en 72 días, o la de Madame Restell, la millonaria abortista de la Quinta Avenida en el siglo XIX. También descubre cuál de los locales de Ray’s Pizza es el original (el de Prince Street). E ilustra la locura de los minipisos; desde el proceso de búsqueda, los altísimos costes y las pésimas condiciones hasta el dibujo de su baño fuera del propio apartamento. Puede que sea el precio a pagar si uno quiere quedarse en Nueva York.


Ilustración de Julia Wertz de la estación fantasma de City Hall, en Nueva York.

Donde Julia Wertz vivió durante una década, en Greenpoint, casi nada ha cambiado en 80 años o… eso parece: los locales de recambios de automóviles han sido sustituidos por panaderías. Antes los comercios de una calle pertenecían a un gremio, hoy reina la diversidad y, seguramente, la precariedad. Por eso lo mejor del libro es que va más allá de lo que sabemos o esperamos. “Hasta que no me puse a dibujar Nueva York como una obsesa no la vi realmente”. Eso que vio es el paseo en el espacio y en el tiempo que cuenta el libro.


El Pais