lunes, 7 de enero de 2019

Sorolla, en Lisboa por Antonio Muñoz Molina

El pintor valenciano plantaba su caballete en el campo o una playa como un fotógrafo plantaría el trípode de su cámara

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

'Carrera maratón, Nueva York', cuadro de Joaquín Sorolla de 1911.

Joaquín Sorolla plantaba su caballete en medio del campo o contra el viento de una playa como un fotógrafo plantaría el trípode de su cámara. La época en la que Sorolla alcanza su plenitud como pintor es también la del despegue de la fotografía, y la de otro artefacto entonces más aparatoso, que era el de las cámaras de cine. Hay muchas fotos de Sorolla pintando al aire libre, casi todas tomadas por alguno de sus hijos, su hija Elena, sobre todo. Y hay retratos hechos por ese padre que fue sin duda el más familiar de los pintores en los que los hijos aparecen sosteniendo una cámara (que Sorolla fuera un hombre tan familiar sin duda dañó su prestigio como pintor moderno). En la gran exposición de Sorolla que está ahora en el Museu Nacional de Arte Antiga, de Lisboa, una de las obras que más me han impresionado es un gouache sobre papel que parece una instantánea fotográfica, o un plano en contrapicado de la mejor época experimental del cine: muy desde arriba, probablemente desde la ventana de un hotel, se ve una fila de automóviles negros con brillos de charol, una acera llena de gente, corredores con ropas blancas de deporte. Es una imagen del maratón de Nueva York de 1911, esbozada a toda velocidad para captar algo fugitivo que sucede en un momento, con un sentido plástico más propio de la fotografía o del cine que de la pintura de esa época. El valenciano agropecuario al que durante cerca de un siglo trató con tanta condescendencia la crítica de arte española —casi tanta como la que lleva generaciones recibiendo Galdós de la crítica literaria— resulta ser aquí un modernista que se enfrenta con los ojos abiertos y los pinceles alerta al espectáculo inusitado de la ciudad del siglo XX.


Sorolla murió con 60 años extenuado de tanto trabajar y tanto viajar, abrumado por el encargo desmedido del multimillonario Archer P. Huntington, que aspiraba a acumular en su Hispanic Society de Nueva York no solo todas las obras de arte y las piezas de artesanía y todos los manuscritos y los libros que vinieran de España, sino también todas las visiones posibles del país, en un proyecto entre el orientalismo colonial y la antropología. En los salones espectrales de la Hispanic Society los paneles de la Visión de España de Sorolla son un mareo y un sobresalto de trajes regionales, procesiones y romerías, un catafalco enorme en el que se comprende que Sorolla tuviera que dejarse la vida para completarlo. Parece que el millonario Huntington aspiraba al monopolio de las imágenes de España igual que al de los ferrocarriles americanos con los que amasó su fortuna.

A veces la justificación de una obra inmensa son las tentativas y los bocetos preparatorios que llevaron a ella. El artista se dejó la vida queriendo completar algo que nunca iba a ser mejor que su proceso inacabado. En el Decamerón de Pasolini, un pintor del Trecento que se encuentra en la mitad de un gran fresco religioso, rodeado por la agitación de sus ayudantes, subiendo y bajando todo el día de los andamios como un albañil, se queda dormido tras el agotamiento de toda la jornada y ve en un sueño su fresco terminado, resplandeciente de oros y azules. Entonces piensa: “Para qué tomarse el trabajo de hacer toda una obra perfecta cuando es tan hermoso soñarla”.

Es muy probable que el encargo de Huntington tuviera para Sorolla algo de pesadilla. Pero había cobrado la suma enorme de 150.000 dólares y no estaba en condiciones de arrepentirse. Y también sucede que una obligación exterior que lo agobia a uno le abre de repente posibilidades de invención que sin ella no se le habrían revelado. Huntington, con un mal gusto inevitable de multimillonario, le había pedido una secuencia de paneles de pinturas históricas al estilo del academicismo del siglo XIX. Fue Sorolla quien tuvo la idea más sensata de proponer un panorama de los paisajes y las vidas populares españolas. Así tenía motivo para dedicarse con método a algo de lo que más le gustaba: ir por ahí observando y pintando, por los caminos españoles que muy pocos artistas habían recorrido desde la época de los viajeros románticos; ir con sus aparejos y su caballete de pintor de campo, de fotógrafo en la estela de Laurent, aunque con una visión más testimonial que arqueológica, con una sensibilidad agudizada al extremo por lo inmediato y lo fugitivo: no por un monumento o un paisaje en sí, sino por el modo en que los transforma la luz de un momento a otro, por los efectos y los espejismos de las lejanías, la sombra fresca de los árboles a la orilla de un río, el blanco de cal y el azul implacable de la fachada de una cueva en las laderas áridas del Sacromonte.

El Museu Nacional de Arte Antiga es más silencioso todavía en estas mañanas primeras del año. En los bocetos y el paisaje, en los apuntes tomados sobre un pequeño rectángulo de madera a una velocidad no muy inferior a la del disparo de una fotografía, es donde Sorolla se concede un máximo de libertad, una rapidez taquigráfica. En tres brochazos sinuosos de morado, de blanco y de azul está resumido el horizonte nevado del Guadarrama. La profusión cromática de una cepa de vid que aún no ha perdido las hojas, rojas y ocres y amarillas en el sol otoñal, posee un vértigo entre de naturalismo y mancha pura que me hace acordarme de las abstracciones florales que pintaba Joan Mitchell. En el intento de captar la mutabilidad incesante de la naturaleza y de la percepción humana, Sorolla se acerca a la abstracción por un camino parecido al del viejo Monet: el cielo en el espejo del agua y las sombras de las nubes en marcha sobre la hierba y los árboles que inclina el viento, la tentativa y la imposibilidad de atrapar lo que fluye y cambia y desaparece en la forma inmóvil de un cuadro. No hay dos blancos de lienzo o de cal o dos ocres de tierra o dos cielos que sean idénticos en los paisajes de Joaquín Sorolla. No parece que se cansara nunca de fijarse en los matices diferentes de cosas muy parecidas entre sí. En los últimos años, abatido por la hemiplejía, miraba el jardín de su casa, las sombras móviles de los árboles y el sol que se filtraba en las hojas, el cielo en el estanque. Sedentario por fin, miraba absorto lo que ya no podía pintar.

Tierra adentro. La España de Joaquín Sorolla. Museu Nacional de Arte Antiga. Lisboa. Hasta el 31 de marzo.


El Pais. Babelia. Nº 1.415. Sabado 5 de enero de 2019

¡¡¡Qué ochenta años son nada!!!

Llega a las librerías una nueva entrega del Integral protagonizado por Spirou, con todas las aventuras creadas entre los años 1952 y 1954 por el inmortal André Franquin


JOSÉ LUIS VIDAL
02 Enero, 2019



Cuando el año está a punto de concluir, los aficionados que seguimos las peripecias de este botones de rojizo cabello podemos sentirnos la mar de contentos, ya que desde que la editorial Dibbuks tomó las riendas de la publicación de sus tebeos, nos hemos llevado una alegría tras otra, contando con tres magníficas líneas que, a lo largo de año, nos van ofreciendo los nuevos álbumes de la serie actual, con Fabien Vehlmann y Yoann en la cabecera.

Sin embargo, Una aventura de Spirou por nos sorprende cada vez con nuevos equipos creativos los cuales, gozando de una libertad total, imaginan nuevas historias protagonizadas por este muchacho que no ha envejecido ni un día desde su creación por Rob-Vel (¡y eso que este año se ha convertido ya en octogenario!).

















Y, finalmente, la línea sobre la que vamos a hablar hoy que, en un viaje a través de tiempo y páginas de aventuras , vamos a conocer las diferentes "etapas" clásicas en las que el destino del protagonista y compañía ha estado regido por diferentes autores, ya que una de las características principales que lo diferencian de otros tebeos francobelgas es precisamente ésta, el cambio de autoría, habiendo tenido la suerte de contar con numerosos "padres" además de su creador original: Jijé, Fournier, Nic y Cauvin, Tome y Janry, Morvan y Munuera...

Y eso por solo hablar de la cabecera principal. Pero si tenemos que nombrar entre todos ellos a uno que realmente definió al personaje, creando inolvidables secundarios y cuyo estilo gráfico se ha convertido en la regla a seguir con el paso de los años, ese es precisamente André Franquín.

Y Dibbuks, en su labor de recuperación de toda la obra del genial autor, trae a las librerías el tercer volumen integral de la colección, que recopila los cómics creados entre los años 1952 y 1954, cuando el autor, perfeccionista al máximo, ya se siente totalmente cómodo en la colección y nos ofrece unos argumentos que, poco a poco, se van a ir acercando temáticamente a los auténticos clásicos que nos regalaría en el futuro y que están en la memoria de todos los fans de Spirou.

Pues bien, ¿qué vamos a encontrar en esta entrega? Emoción, peligros por doquier, misterio, carreras, tropezones, puñetazos, mucho humor, locas invenciones... Todo esto y mucho más van a ser los ingredientes principales de tres álbumes, tres aventuras dirigidas a toda la familia y que, de hecho, pueden se runa magnífica puerta de entrada en la lectura de tebeos para los más jóvenes de la familia, ya que estas historias no han envejecido ni un ápice, conservando la frescura del primer día.


En El cuerno del rinoceronte, pese a su título, los protagonistas, Spirou y su fiel amigo, Fantasio, no van a empezar la peripecia en las lejanas tierras africanas (todo llegará…) sino que comenzará una alocada carrera para encontrar al esquivo Martin, que es el único que conoce el paradero de los planos de una creación tras la que van unos matones la mar de peligrosos. Y ellos no serán los únicos, ya que en este álbum conoceremos a Seccotine, una joven periodista que se las va a hacer pasar canutas a los protagonistas, ya que daría lo que fuera por conseguir la exclusiva.

Todos el reparto terminará viajando a África del Norte donde, no con pocas dificultades, deberán encontrar el "recipiente" donde Martin ha ocultado el secreto de la turbotracción...



En El dictador y el champiñón los protagonistas regresan a ese, en apariencia, tranquilo pueblo llamado Champignac, lugar de residencia del Conde Pacome, que ha inventado una nueva sustancia que convierte en goma todo aquello que toca.

Pero la verdadera razón de la visita al lugar es recoger al Marsupilami, que ha pasado unas plácidas vacaciones en el lugar, y devolverlo a su hábitat natural en la salvaje y lejana Palombia.

Pero claro, los protagonistas, sin pretenderlo, se van a dar de bruces con un régimen militar que ha ocupado el pueblo de Chiquito, y alucinarán cuando vean el rostro del líder, el comandante máximo, que está elaborando un malvado plan de conquista de sus vecinos…




Y para rematar este imprescindible volumen, La máscara, una aventura en la que el pobre Fantasio, que casi siempre se lleva todos los golpes, se convierte en la principal víctima de una banda que utiliza su rostro para cometer robos, convirtiéndolo en el enemigo número uno.

Solo la irrompible amistad que lo une a Spirou hará que el joven se embarque en una frenética persecución cuya única meta es demostrar la inocencia del periodista.Si a estas tres magníficas historias añadimos una sección trufada de textos que nos sitúan en los años cincuenta, además de multitud de ilustraciones y portadas, inéditas para nuestros ojos hasta el momento, nos encontramos con una colección de volúmenes que no debe faltar en la biblioteca de todo buen Spiroufilo, ¡o cómo se diga!



Malaga Hoy


La llegada de Superman

La mítica cabecera causó furor, consolidó el formato cómic-book y dio inicio al género que acabaría por dominar la industria estadounidense



JAVIER FERNÁNDEZ
02 Enero, 2019


'Action Comics: 80 años de Superman'. VVAA. ECC. 384 páginas. 34,50 euros.

"Nunca ha habido ningún cómic como Action Comics", dice Paul Levitz en su introducción al volumen Action Comics: 80 años de Superman: "apareció un par de años después de que las historietas se empezaran a recopilar en el formato que reconocemos hoy en día (...) el núm. 1 apareció en los kioscos en 1938 cuando la sección de tebeos era aún diminuta. Tan solo se publicaba una docena de títulos al mes, así que no hacía falta tener mucho espacio. Pero Action lo cambió todo".

Y sí, no cabe duda de que la mítica cabecera lo cambió todo. Con Superman a la cabeza (o mejor dicho, desde la propia portada), el título causó furor, consolidó el formato cómic-book y dio inicio al género que acabaría por dominar la industria estadounidense. De nuevo en palabras de Levitz, fue en Action Comics "donde cristalizó el concepto de superhéroe combinando elementos propios de la ciencia ficción, del pulp e incluso de las novelas históricas (...) creando un medio que invadiría y conquistaría casi todas las formas modernas de los medios populares durante los siguientes 80 años".

Action Comics: 80 años de Superman rinde homenaje a la serie a través de su personaje por excelencia, y lo hace presentando en un solo volumen una cuidada selección de historietas que abarcan las ocho décadas de maridaje entre ambos, comenzando con el proverbial primer número. Van también aventuras completas de los números 2, 64, 241, 242, 252, 285, 309, 419, 484, 554, 584, 655, 662, 800 y 0, lo que suma una nómina espectacular de autores: Jerry Siegel, Joe Shuster, Don Cameron, Ed Dobrotka, Jerry Coleman, Wayne Boring, Otto Binder, Al Plastino, Jim Mooney, Edmon Hamilton, Curt Swan, Len Wein, Carmine Infantino, Cary Bates, Marv Wolfman, Gil Kane, John Byrne, Roger Stern, Kerry Gammill, Bob McLeod, Joe Kelly, Grant Morrison, Ben Oliver, además de la miríada de nombres que participó en el número 800 y la intervención final, como broche, de Levitz y Neal Adams, que firman una historieta especial.

Por si no bastara con eso, el volumen incluye la presentación del mago Zatara, también del viejo número 1, por Fred Guardineer, y de esa auténtica joya de la Edad de Oro que es el Vigilante de Mort Meskin (el guion lo firma Mort Weisinger, quien acabaría siendo el editor definitivo de Superman durante la década de los 50 y 60). Van también la reproducción de las portadas de unos ashcans (versiones preliminares de colecciones impresas en su día para registrar legalmente los títulos) de Action Comics y Double Action Comics, una historieta inédita de 1945 (salvada literalmente de la quema por Wolfman, tal como este mismo relata en un simpático texto) y un sinfín de artículos como los escritos por Laura Siegel Larson (hija de Jerry Siegel), Jules Feiffer, Tom DeHaven o Larry Tye, además de una pequeña galería de portadas y una sección biográfica. Un verdadero festín para conocer y apreciar el legado de una cabecera fundamental en la historia del cómic que, en este mismo año, ha superado la cifra de mil números. Ahí es nada.



Malaga Hoy


Flash y el hipertiempo

JAVIER FERNÁNDEZ
02 Enero, 2019

'Flash: Relámpago expansivo'. Mark Waid y otros. ECC. 568 págs. 46,50 euros.

Relámpago expansivo recoge el último tramo de episodios de la extensa temporada de The Flash escrita por Mark Waid en la última década del pasado siglo, y se suma al resto de tomos recopilatorios publicados ya por ECC bajo el epígrafe Flash de Mark Waid: Nacido para correr, El regreso de Barry Allen, Impulso, Velocidad terminal, Punto muerto y Deudas infernales. El conjunto conforma no solo una de las mejores etapas de la larga trayectoria del velocista escarlata, sino también una de las series regulares más sólidas y entretenidas que dio el género de superhéroes en la convulsa década de 1990. Van aquí los números 142 a 162 de The Flash, así como The Flash 1.000.000 (seguro que muchos de ustedes se acuerdan del evento aquel de Grant Morrison) y The Flash: Secret Files and Origins 2, todos publicados entre 1998 y 2000. Junto a Waid, el también guionista Brian Augustyn (colaborador habitual en la serie) y el dibujante Paul Pelletier firman la mayoría de las páginas.

El contenido gira en torno al concepto de hipertiempo, inventado por el propio Waid, quien posee un enciclopédico conocimiento del Universo DC, en su miniserie The Kingdom. Citando el epílogo de Jorge García: "Se trata de una red de líneas temporales interconectadas que abarca todas las historias pasadas, presentes y futuras del Universo DC. (...) Tenía la virtud de permitir la convivencia de historias encontradas: el Superman de Jerry Siegel y Joe Shuster era tan válido como el de John Byrne, y el porvenir permitía la coexistencia de futuros contradictorios (como los que habitan Kamandi y la Legión de Superhéroes, por ejemplo). Cualquier versión ya impresa es válida, cualquier encarnación ya publicada de los personajes es cierta".

Esta idea sirve a Waid para tejer un entretenidísimo tapiz de paradojas temporales y viajes a través de distintas dimensiones en el largo arco narrativo que ocupa la primera parte del tomo, en la que el héroe se enfrentará al mismísimo Anti-Monitor, en un hermoso homenaje a Crisis en tierras infinitas.


Malaga Hoy



Celebración milenaria

JAVIER FERNÁNDEZ
02 Enero, 2019



'Superman: Especial Action Comics nº 1.000'. VVAA. ECC. 152 págs. 16,95 euros.

Action Comics, la cabecera en la que debutaron Superman y el género de superhéroes allá por 1938, ha alcanzado en 2018 nada menos que la increíble cifra de mil números. Para celebrarlo, ECC nos ofrece una edición especial en pasta dura que recoge el tebeo en cuestión y unos cuantos extras como las portadas alternativas (muy bonita, por cierto, la de Curt Swan), un repaso por las distintas etapas de la serie desde su inicio hasta hoy, a cargo de Fran San Rafael, y una estupenda introducción del director y productor cinematográfico J. A. Bayona. Como cabía esperar, se trata de un número coral, y, entre los artistas implicados, figuran nombres propios de la trayectoria del superhéroe como Dan Jurgens, Marv Wolfman, Geoff Johns, Richard Donner, Scott Snyder, Tom King, Louise Simonson, Paul Dini, Jerry Ordway, José Luis García-López o el ya citado Swan.


Malaga Hoy


El final de una etapa

JAVIER FERNÁNDEZ
02 Enero, 2019

'Batman: Epílogo'. Scott Snider, Greg Capullo y otros. ECC. 120 págs. 14,95 euros.

La fenomenal etapa de Batman firmada por el guionista Scott Snyder y el dibujante Greg Capullo (entre otros) llega a su fin con el tomo Batman: Epílogo, que compila los números 51 y 52 de Batman, el Annual 4 y el Batman: Futures End 1. Además de los artistas citados, colaboran aquí los escritores James Tynion IV y Ray Fawkes y los dibujantes Aco, Roge Antonio y Riley Rossmo. Ha empezado con buenas sensaciones la siguiente etapa del Hombre Murciélago, a cargo de Tom King, pero realmente vamos a echar de menos la excitación que ha provocado durante estos años la lectura de las páginas de Snyder y Capullo, un trabajo sofisticado y lleno de sorpresas que ha cumplido con creces el reto de continuar la labor de Grant Morrison.


Malaga Hoy


domingo, 6 de enero de 2019

Una familia no tan grande

'La familia Cebolleta' (1951), del historietista madrileño Manuel Vázquez, se burla del concepto tradicional pregonado por el régimen franquista en la España de la posguerra


GERARDO MACÍAS
02 Enero, 2019




'Magos del humor nº 142: La familia Cebolleta'. Guión y dibujos: Manuel Vázquez. Ediciones B, 2011.

La película española La gran familia (Fernando Palacios, 1962) interpretada en sus principales papeles por Alberto Closas, Pepe Isbert y José Luis López Vázquez, entre otros, obtuvo un gran éxito de taquilla e incluso fue reconocida en el Festival de Cannes, a pesar de ser de los principales exponentes de la ideología franquista.

Solamente nueve años antes, en 1951, y con ideología totalmente opuesta a La gran familia, Manuel Vázquez publica su primera historieta de La familia Cebolleta en la revista semanal de humor El DDT contra las penas, de Editorial Bruguera. Se trataba de una publicación para adultos, aunque con el tiempo se infantilizó.

La serie era una burla al concepto tradicional de la familia, en un hogar que distaba mucho del que el franquismo pregonaba como ideal de la España de la posguerra.

El ingenio de Manuel Vázquez navega entre el costumbrismo (que en este caso implica crítica social) y el absurdo (mucho más demoledor, si cabe, a causa del anarquismo del autor). La familia Cebolleta es una de las cumbres del humor del siglo XX.

Este núcleo familiar está formado por Rosendo, el cabeza de familia, calvo, con bigote y pajarita; Leonor, madre y ama de casa; el hijo Diógenes, que cambió de sabiondo con gafas a un gamberro a lo Zipi y Zape; la hija Pocholita; el loro Jeremías; y Argimiro de la Fosa (en referencia a las fosas comunes), más conocido como el abuelo Cebolleta.

El protagonista es Rosendo, un desgraciado que siempre tiene problemas con su jefe en la oficina, donde trabaja de administrativo. También destaca el abuelo Cebolleta, el padre de Leonor, con barba, bufanda, bastón y un pie vendado, cuyo único afán es relatar hasta el infinito sus supuestas batallas en diversas guerras.

Uno de los mecanismos humorísticos de esta serie es el intento de salir de golpe de los agobios económicos. Vázquez se centra en la figura de Rosendo, el cabeza de familia, que se mata a trabajar y hacerle la pelota al jefe.



En 1951, cuando la serie salió a la calle, en España no había ninguna legislación sobre lo que se podía publicar o no en los tebeos. A partir de 1955, La familia Cebolleta debía pasar por las oficinas de la Dirección General de Prensa. Desde entonces, puesta en solfa de una de las sacrosantas instituciones del franquismo (familia, municipio, sindicato) llegaba hasta donde la censura permitía, pero lo que Vázquez perdió en crítica mordaz lo ganó en ritmo, maestría y dominio del gag. A pesar de todo, los guiones hilaban tan fino que la censura no captaba todos los detalles...

Fue también la censura la que acabó con su hija Pocholita y sus continuas alusiones a sus novios. La guapa joven desapareció a causa de sus voluptuosas curvas y por ser demasiado casquivana para cumplir con la figura de la mujer impuesta por el franquismo.

En estas circunstancias, el loro Jeremías, de plumas verdes y un espíritu muy socarrón, resultó ser un recurso muy interesante, porque tenía pensamiento propio y podía decir las cosas que la censura le tenía vetadas a los humanos. Era la voz crítica de la familia.

La familia Cebolleta fue también víctima de la indisciplina del propio autor, ya que Manuel Vázquez era muy irregular en las fechas de entrega de sus trabajos. Por eso, muchas de las historietas de esta serie publicadas entre 1962 y 1965 en El DDT fueron escritas y dibujadas por autores que no firmaban, desapareciendo finalmente La familia Cebolleta de la cabecera en 1965. Vázquez realizó nuevas entregas, publicadas en Pulgarcito, pero la serie no reapareció totalmente hasta el año 1967, con el nacimiento de la tercera etapa de DDT (ahora ya sin el artículo). La familia Cebolleta continuó publicándose en los años setenta en Tío Vivo, y se convirtió en una presencia habitual en casi todas las cabeceras, pero la mayoría de las páginas eran reediciones.

La impronta de La familia Cebolleta ha permanecido hasta nuestros días en el lenguaje popular: cuando alguien habla mucho, se dice que cuenta más batallitas que el abuelo Cebolleta. Esto mismo ha ocurrido con muchos personajes de Editorial Bruguera: una finca destartalada es un 13, rúe del Percebe, una señora vieja y agria es doña Urraca, unos chavales revoltosos son unos Zipi y Zape...



Malaga Hoy