domingo, 8 de abril de 2018

Es un pájaro, es un avión, es… ¡el octogenario Superman!


Publicado por Asier Mensuro


Primera aparición de Superman en Action Comics, de Jerry Siegel y Joe Shuster, vol. 1, núm. 1, 1938. ™D.C. Comics.

Siempre creímos que teníamos algo diferente. Algo que el público se llevaría consigo en su corazón (Jerry Siegel).

El superhéroe más famoso de la historia cumple ochenta años. El escritor Jerry Siegel y el dibujante Joe Shuster crean al mítico personaje en 1938, en el número 1 de la revista Action Comics, dando origen a toda una industria editorial basada en héroes con poderes sobrehumanos que todavía hoy pervive.

El «Hombre de Acero» se ha convertido en un autentico icono pop de fama universal (no hay mejor certificación para demostrarlo que ser el tema central varios lienzos de Andy Warhol), ha protagonizado películas, series de televisión, musicales de Broadway, seriales radiofónicos y se ha convertido en juguete para los niños durante generaciones.

Todos creen conocer bien al personaje de Superman, pero ochenta años de historia dan para mucho, y lo cierto es que esconde un importante número de sorpresas.

La primera de ellas se remonta al origen de este superhombre, ya que sus autores tuvieron que reinventarlo en tres ocasiones, antes de alcanzar el éxito con su encarnación definitiva.

Una idea y tres personajes


El primer Superman. The Reign of the Super-Man, en Sience Fiction: The Advance Guard of Future Civilitation; de Jerry Siegel y Joe Shuster, 1932.

El primer Superman nace en 1932, cuando el escritor Jerry Siegel usa por primera vez dicho término en un relato de ocho páginas, ilustrado por Joe Shuster, cuyo título es «The Reign of the Super-Man», que ve la luz en el tercer número del fanzine Science Fiction: The Advance Guard of Future Civilization. En esta ocasión, el personaje es un villano en vez de un héroe; y, aunque posee habilidades sobrehumanas, poco tienen que ver con el Hombre de Acero que todos conocemos.


Izquierda: boceto de Shuster para el segundo Superman, 1933. Derecha: Conscientes del papel jugado por Popeye, como personaje que inspira la portentosa fuerza del Hombre de Acero, se rinde homenaje al famoso marinero en Action Comics, de Cary Bates y Curt Swan, vol. 1, núm. 421, 1973. ™D.C. Comics.

Un segundo intento se produce un año después. Esta vez, el personaje sí es un héroe, e inspirándose en Popeye, de Elzie C. Segar, se dota a Superman de una fuerza análoga a la del famoso consumidor de espinacas. Por lo demás, es completamente humano, y su indumentaria corresponde a la de un joven de la época, es decir, camiseta y tejanos.

Y por fin, a la tercera, va la vencida. En una noche del verano de 1934, todas las piezas del rompecabezas parecen encajar en la cabeza de Siegel. Superman es el último superviviente enviado a la Tierra desde un planeta moribundo llamado Krypton, y, dado su origen extraterrestre, el personaje goza de increíbles poderes.


Izda. Primeras tentativas para diseñar el uniforme de Superman, y el vestuario de Clark Kent, por Jerry Siegel y Joe Shuster, 1934-135. ™D.C. Comics. Dcha: Contraportada del número 1 de Action Comics, donde se aprecia con claridad la influencia de los «forzudos» de circo en la creación de la vestimenta del Hombre de Acero.

Shuster se entusiasma con la idea y comienza a traducirla en imágenes. Con rapidez, se diseña el icónico traje azul, la capa y botas rojas, así como una insignia amarilla y negra en el pecho. Ambos creadores coinciden en que dicho emblema no es lo suficientemente atractivo, y deciden incluir una gran «S» roja en su interior, inicial del nombre del personaje y del apellido de los padres de la criatura.

Así, se crea una indumentaria que se convierte en el modelo a seguir por los superhéroes posteriores. Su principal fuente de inspiración se encuentra en los forzudos de circo, cuyas vestimentas incluían las mallas ajustadas y pantaloncillos cortos por encima de ellas. Concretamente, es muy probable que Siegel y Shuster tuvieran en mente a Zishe Breitbart, un popular artista cuyo espectáculo pudieron ver en Cleveland durante su infancia. Breitbart doblaba barras de hierro con sus manos y era conocido entre el gran público por apodos tan sonoros como «The Superman of the Ages».

Satisfechos con el resultado gráfico, los creadores del Hombre de Acero imaginan más detalles: una doble identidad Clark Kent/Superman, una novia llamada Lois Lane, enamorada del superhéroe pero que apenas tiene ojos para el anodino Kent, etc. En pocas palabras: ¡Superman acaba de nacer!

Pero, como bien saben ambos autores por desengaños anteriores, una cosa es crear un cómic y otra muy distinta publicarlo. Tras ser rechazado en varias editoriales, el proyecto vuelve a hibernar.   

Por fin, el 10 de enero de 1938, el sueño se hace realidad. Vin Sullivan, editor de Detective Comics (conocida popularmente como DC), ha visto las viejas historias de Superman y decide que el personaje es el adecuado para la nueva revista que tiene en mente.

Encarga a Siegel y Shuster trece páginas del héroe, pero el plazo de entrega es tan corto que los autores deciden reaprovechar lo ya creado, cortando viñetas para adaptarlas al formato de comic-book que tiene la revista.

En junio de 1938 aparece en el mercado el número 1 de la revista Action Comics. El personaje se convierte en un éxito inmediato.

Superman a la conquista de América

Cartas enviadas por los lectores a la editorial confirman la fascinación que América siente por el nuevo personaje, y DC se prepara para dar a todo el país justo lo que demanda: más aventuras del Hombre de Acero.

Así, Superman da el salto a los periódicos en forma de tiras de prensa, se crea una nueva colección que lleva el nombre del personaje y se lanza una auténtica campaña de merchandising, asociando su imagen a todo tipo de productos: desde camisetas a alimentos y golosinas, o juegos y muñecos.

Personajes que imitan a Superman. De izquierda a derecha: Wonder Man, Master Man, y Capitain Marvel.


El éxito de Superman lleva a otras compañías rivales a lanzar sus propias versiones del héroe, que mayoritariamente terminarán ante los tribunales, teniendo que hacer frente a una denuncia por plagio.

Así, Will Eisner, antes de convertirse en el padre del concepto moderno de novela gráfica y de dar vida al detective de cómic Spirit, crea para Fox Publications al personaje de Wonder Man; Harry Fiske hace lo propio para Master Comics con Master Man; y Bill Parker y C. C. Beck crean al Capitán Marvel/Shazam para Fawcett Comics.

De todos ellos, solo este último gozará de amplia popularidad, llegando incluso en algunos momentos a superar en ventas al propio Superman.

Ante semejante proliferación de personajes, DC hacer lo propio y comienza a diseñar nuevos personajes inspirados en su superhéroe más rentable. 

Izquierda: Superboy, de Al Plastino, vol. 1, núm. 8, 1950. Derecha: Superboy, de J. G. Jones, vol. 4, núm. 94, 2002. ™DC Comics.

Así, en 1945 se crea a Superboy para la colección More Fun Comics, que pasa a tener título propio a partir de 1949. Se trata del propio Superman en sus años de adolescente en Smallville.

Krypto, el superperro aparece en las páginas de Adventure Comics en 1955. Su historia es singular: Jor-El, padre de Kal-El (nombre krytoniano de Superman), emula a los cosmonautas rusos con Laika y decide hacer una prueba, lanzando a Krypto al espacio antes de poner en órbita a su propio hijo.

No es el único animal que huye del moribundo planeta natal de Superman, ya que también está Bepoo, un mono que, literalmente, se cuela en la nave que trae a Superman a la Tierra.

Action Comics, de Curt Swan, Al Plastino y Robert Berstein, vol. 1, núm. 252, 1959. ™DC Comics

Otra superviviente del planeta Krypton llegada a la Tierra en otra nave espacial es Kara Zor-El, conocida como Supergirl y prima carnal de Kal-El, cuyas aventuras aparecen de forma regular en Action Comics desde 1959, continuando en su propia colección a partir de 1972.

Por si esto fuera poco, tiene un hermano krytoniano llamado Lerik Zor-El y un gato llamado Streaky que, al estar expuesto a la Kryptonita X, adquiere poderes similares a los de los kryptonianos, sumándose así a la larga lista de las supermascotas.

Hay que contar también con todos los villanos kryptonianos desterrados en la Zona Fantasma y con los habitantes de la ciudad de Kandor.

Así las cosas, los kryptonianos siguen siendo multitud, y la conocida frase escrita por Siegel en la primera aparición de Superman donde se le describe como el último hijo de Krypton resulta ser, a estas alturas de la historia del personaje, una auténtica falacia.

Pero no todo van a ser seres sobrehumanos de procedencia extraterreste, también hay colecciones protagonizadas por colegas de profesión de Clark Kent, como la intrépida periodista Lois Lane y el simpático fotógrafo Jimmy Olsen.

izquierda: Superman’s Pal, Jimmy Olsen, de Curt Swan y Stan Kaye, vol. 1, núm. 37, 1959. ™DC Comics.
Derecha: Superman’s Pal, Jimmy Olsen, de Curt Swan, vol. 1, núm. 88, 1965. ™DC Comics.

Así, Superman’s Pal, Jimmy Olsen nace en 1954. Se trata de una colección pensada para jóvenes y adolescentes de las décadas de los cincuenta a los setenta, y en ella se ve rejuvenecer al héroe de Krypton, creado en la ya lejana fecha de 1938.

El Hombre de Acero se ha quedado un poco oxidado en lo que a diversión se refiere y para solucionarlo está su mejor amigo, Jimmy Olsen, dispuesto a enseñarle cómo se divierten las nuevas generaciones. Junto a él, Superman baila en fiestas donde suenan las canciones de The Beatles, juega al béisbol o participa en combates de lucha libre. 

Izquierda: Superman’s Girl Friend, Lois Lane, de Georges Klein, vol. 1, núm. 31,1962. ™DC Comics.
Derecha: Superman’s Girl Friend, Lois Lane, de Curt Swan y Ray Burnley, vol. 1, núm. 7,1959. ™DC Comics.

Lois Lane es la protagonista de otra colección titulada Superman’s Girl Friend, Lois Lane, creada en 1958. En ella, la reportera del Daily Planet dedica todos sus esfuerzos a enfrentarse a su «archienemiga» Lana Lang, novia de Superman durante su adolescencia y principal competidora a la hora de lograr el amor del Hombre de Acero.

Hay que decir que, años después de que la colección desaparezca, Lois Lane se lleva finalmente el gato al agua y, tras cincuenta y ocho años de noviazgo, consigue arrastrar al altar al esquivo kryptoniano en Superman: The Wedding Album (1996).


The Wedding Album, de Dan Jurgens, John Byrne y Terry Austin, vol. 1, núm. 1, 1996. ™DC Comics.



Superman en la radio, el cine y la televisión

En apenas un par de décadas, DC había copado el mercado de comic book norteamericano con diversas colecciones en torno al Hombre de Acero, pero lo cierto es que, consciente del potencial del personaje, también apuesta desde el primer momento por darlo a conocer en ámbitos que van más allá del papel impreso.

Así, en febrero de 1940 se estrena el primer serial radiofónico, titulado Adventures of Superman, emisión que comienza con una frase cuya popularidad ha perdurado hasta nuestros días:

¡Más rápido que un avión, más poderoso que una locomotora, invulnerable a las balas! ¡Mira, en el cielo! ¡Es un pájaro! ¡Es un avión! ¡Es SUPERMAN!

Diales para sintonizar el serial radiofónico de Superman. ™DC Comics.

El serial añade personajes nuevos que posteriormente darán el salto a los cómics, como Perry White, el director del Daily Planet, y el fotógrafo Jimmy Olsen.

Otro hallazgo del serial es la famosa kryptonita, aunque en realidad dicho mineral ya existía bajo el nombre de «Metal-K» en el guion y bocetos de una aventura en papel de Superman. En ella se descubre el auténtico talón de Aquiles del superhéroe, y además Lois Lane averigua la identidad secreta del Hombre de Acero. DC considera que el personaje no debe evolucionar tanto, y decide que la historia no se publique.

Sin embargo, el Metal-K va a resultar muy útil en el serial radiofónico. Bud Collyer, el actor que interpreta la voz de Superman, no ha podido tomarse ni el más mínimo descanso desde que ha comenzado la emisión de Adventures of Superman. Productores y patrocinadores no quieren ni oír hablar de la posibilidad de grabar un episodio sin la presencia del Hombre de Acero, por lo que la voz de Collyer resulta imprescindible, o casi…

Con un inteligente giro de guion, el Metal-K reaparece rebautizado como kryptonita. Bajo sus efectos, Superman habla con una voz más gutural, que transmite que el personaje está herido o enfermo; es decir, que puede ser interpretada por un actor distinto a la estrella del programa.

Por supuesto, la idea de la kryptonita cala entre los oyentes y da el salto a los cómics, donde se le saca jugo hasta límites difíciles de imaginar.

Así, existen diversas variedades de kryptonita y cada una de ellas tiene un efecto particular en la fisiología extraterrestre de nuestro héroe. Sin ser exhaustivo, se pueden nombrar unas cuantas. La más común es la verde, que debilita a Superman, pudiendo llegar a matarle en caso de una exposición prolongada. La carmesí resulta ser más selectiva y solo le priva su superfuerza, mientras que la llamada «lenta» elimina su supervelocidad. También está la X que da a los terrestres poderes similares a los del Hombre de Acero; y la dorada, que elimina los superpoderes de los kryptonianos de manera permanente. Incluso existe una variedad rosa, cuyo disparatado efecto consiste en que, por un breve periodo de tiempo, transforma al kryptoniano heterosexual en homosexual.

Pero, probablemente, la más sorprendente de todas ellas, dada la espectacularidad de sus efectos, es la kryptonita roja. Básicamente, posee la capacidad de alterar la forma física y el comportamiento de Superman.

Repaso de algunas de las mutaciones que ha sufrido Superman, al exponerse a la radiación de la kryptonita roja. ™DC Comics.

Bajo sus efectos, el kryptoniano sufre mutaciones tan curiosas como transformarse en un hombre hormiga, en un niño, en un gorila, en un gigante que, emulando a King Kong, trepa a lo alto del Empire State, en un diablo rojo con cuernos, en un obeso Superman de toneladas de peso, etc. 

Tras triunfar en los cómics y la radio, DC se plantea el salto a la gran pantalla y, para ello, contratan a los hermanos Fleischer, creadores de Betty Boop, de las animaciones de Popeye, y autores a partir de este momento de los diecisiete cortometrajes sobre Superman producidos entre 1941 y 1943.

El Superman animado por los hermanos Fleischer. ™Warner Bros.

Un acuerdo con la Paramount garantiza que se estrenen en todos los cines de América. En una inteligente jugada de marketing, Clark Kent y Lois Lane aparecen en una viñeta del número 32 de Action Comics acudiendo a una sala de cine en la que se está proyectando una de estas animaciones.

La misma compañía distribuye posteriormente dos seriales de imagen real sobre el Hombre de Acero titulados Superman (1948) y Atom vs Superman (1950), cuyo papel principal es interpretado por Kirk Alyn.

A dicha saga le sigue Superman and the Mole Men (1951) y la serie de televisión The Adventures of Superman (1952-1958), ambas protagonizadas por George Reeves, hoy tristemente célebre por su muerte acaecida en extrañas circunstancias, tal y como narra el film Hollywoodland (Allen Coulter, 2006).

La pequeña pantalla se convierte en la casa del superhéroe, a través de series de animación de corte infantil como The New Adventures of Superman (1966).

Christopher Reeves como Superman en el filme de Richard Donner (1978).

El personaje vuelve al cine con el filme Superman (Richard Donner, 1978), que cuenta con estrellas de la talla de Marlon Brando, Gene Hackman o Glenn Ford, pero, sobre todo, lanza a la fama a un actor prácticamente desconocido hasta la fecha: Christopher Reeve. La saga cuenta con tres secuelas, cada una de ellas de calidad y éxito comercial inferior al título que la precede.

El Hombre de Acero goza de una renovada popularidad en las últimas décadas gracias a series de televisión como Lois y Clark (1993-1997), Smallville (2001-2011), o Superman la serie animada (1996-2000), pero su regreso a la gran pantalla se hace de rogar, al ser desplazado por Batman, otro personaje de la franquicia que encadena un éxito de taquilla detrás de otro.


Los dos superhéroes más famosos de DC Comics comparten protagonismo en la película Batman v Superman: Dawn of Justice (Zack Snyder, 2016).

Finalmente, lo hace de la mano de Bryan Singer con Superman Returns (2006), y otros títulos recientes como Man of Steel (Zack Snyder, 2013), Batman v Superman: Dawn of Justice (Batman y Superman: El amanecer de la justicia, Zack Snyder, 2016), y Justice League (La liga de la Justicia, Zack Snyder, 2017).

Homenajes y plagios en la gran y la pequeña pantalla

No quisiera cerrar el tema de Superman en el cine sin hacer mención a diversas imitaciones, surgidas a la sombra del éxito de las películas del Hombre de Acero.

A Super Ratón, creado por el estudio de animación Terrytoons, le flaqueaban las fuerzas cada vez que no se alimentaba de manera adecuada.

Quizá el más conocido de todos los personajes televisivos que se basan en Superman sea Super Ratón, un dibujo animado creado en 1940 por el estudio Terrytoons. 

Este roedor obtiene sus poderes de una alimentación rica en supernutrientes, y acostumbra a despedir cada programa con la popular frase: «Hasta luego, amigos. No olviden supervitaminarse y mineralizarse».

Cuando Hollywood anuncia a bombo y platillo que está rodando Superman (Richard Donner, 1978), otros productores intentan aprovechar el revuelo mediático de esta superproducción y realizar su propia versión del superhéroe.

Así, el avispado director de cine fantástico de serie B Juan Piquer Simón pone en marcha el rodaje de una de las películas más kitsch de la historia del cine español: Supersonicman (1979). El atuendo del personaje no camufla demasiado el plagio, ya que se limita a invertir los colores del uniforme del Hombre de Acero. Sus poderes también serán muy similares, e incluso tendrá un punto débil que en esta ocasión no es la kryptonita, sino la exposición a determinados ultrasonidos.

Para terminar de relacionar a ambos personajes, en el lanzamiento internacional de la película se utiliza la siguiente variante de la mítica frase del Hombre de Acero: «¿Es un pájaro?, ¿es un avión? ¡No, es Supersonicman!».


Taraka Rama Rao Nandamuri ataviado como Superman.

Aún disimulan menos en Bollywood, que estrena su versión de Superman (V. Madhusudhan Rao, 1980) sin tan siquiera cambiar el título. Como se puede imaginar, esta cinta protagonizada por el galán de cine hindú Taraka Rama Rao Nandamuri es muy poco fidedigna respecto al personaje original creado por Siegel y Shuster, salvo en un aspecto muy concreto: el baile.

En los cómics Clark Kent ha dado muestras en repetidas ocasiones de ser un consumado bailarín, y lo cierto es que en la gran pantalla se ha aprovechado muy poco esta habilidad; con la excepción de esta película, donde se canta y baila a  rabiar. 


Cell del Pato Lucas como Stupor Duck.

Además de los plagios, hay que citar numerosos homenajes y parodias. Bugs Bunny y Daffy Duck (el Pato Lucas) han vestido el uniforme de Superman en algunos de los episodios más divertidos de los Lonney Toons, Goofy ha hecho lo propio para Disney, y el grupo de humor británico Monty Python le dedica un sketch titulado «Bicycle Repair Man» en su popular programa de televisión.

Huelga decir que, con el boom de internet, el número de parodias se dispara entre los internautas, evidenciando que la figura de Superman sigue muy presente en el imaginario popular de nuestro tiempo. 

Superman y otros mitos de norteamerica


Izquierda: Superman, de Wayne Boring, vol. 1, núm. 62, 1950. ™DC Comics. Derecha: Adventures Of Jerry Lewis, de bob Oksner, vol. 1, núm. 105, 1968. ™DC Comics.

Cómics, radio, cine y televisión convierten a Superman en uno de los iconos más queridos del país, y DC decide hacerle coincidir en sus aventuras con otros mitos de la época. Así, en las páginas de Superman aparecen stars invitadas tan conocidas como el cineasta Orson Welles, el cómico Jerry Lewis, o el cantante y actor Pat Boone.

Pero sobre todos ellos destacan dos personalidades cuya implicación en las aventuras de Superman es mucho más estrecha: el presidente John F. Kennedy y el boxeador Muhammad Ali.


Superman, de E. Nelson Bridwell y Al Plastino, vol. 1, núm. 170, 1964. ™DC Comics.

Respecto al primero, se inician contactos entre DC y la Casa Blanca para que Superman se sume al Programa de Aptitud Física del presidente Kennedy, cuyo objetivo principal es (cito textualmente el texto de las páginas del cómic): «ayudar a inspirar a los niños de América a estar en mejores condiciones físicas».

Con el trabajo acabado y listo para entrar a imprenta, el país se paraliza conmocionado con la noticia del asesinato de JFK. Lyndon Johnson decide seguir adelante con la idea como homenaje póstumo a su antecesor en el cargo y, así, Superman’s Mission for President Kennedy se publica en el número 170 de Superman.

Superman vs. Muhammad Ali, de Neal Adams, All-New Collectors’ Edition vol. 1 C-56, 1978. ™DC Comics.

Pero si existe una aventura mítica del Hombre de Acero junto a una personalidad norteamericana es, sin duda, el número especial Superman vs. Muhammad Ali que se publica en 1978.

DC ha entrado en contacto con Ali, que se muestra dispuesto a participar en el proyecto con solo dos condiciones: ocuparse personalmente de escribir los diálogos de su personaje y que este, en algún punto de la historia, debe deducir que Superman y Clark Kent son la misma persona.

La editorial acepta y encarga el trabajo a uno de los autores más en boga de la época: Neal Adams, que realiza un espléndido trabajo y la que es, sin duda alguna, una de las mejores portadas que jamás ha tenido un comic-book.

En ella se muestra un ring de boxeo con ambos púgiles (Superman y Ali), y al público que abarrota las gradas ante tan portentoso evento. Entre los asistentes muchas caras famosas como The Jackson Five, Frank Sinatra, The Beatles (junto a Yoko Ono y Linda McCartney), Andy Wharhol, Peter Falk (muy popular en aquellos años por su papel del teniente Colombo) o Raquel Welch.

Algunos artistas como Woody Allen o John Wayne quieren recibir una compensación económica por el uso de su imagen en dicha portada. La solución de la editorial para no pagar y evitar problemas judiciales consiste, simplemente, en colocarles un poblado bigote que camufle ligeramente su identidad.

También aparecen políticos como los presidentes Gerald Ford y Jimmy Carter; figuras del deporte como Don King, Pelé o Jim Bouton; y una autentica troupe de dibujantes de DC, con nombres tan conocidos como el propio Neal Adams, Gil Kane, Sergio Aragonés, Joe Kubert, Wallace Wood o Bernie Wrightson. 

Actualmente DC ha lanzado otros proyectos especiales relacionados con el deporte, aunque ninguno ha tenido la relevancia de este. Entre estas nuevas propuestas destaca el especial The Justice League Goes Inside the NBA All Star 2014, núm. 1 (2015), en cuyas páginas Superman y otros miembros de la LJA coinciden con los jugadores de baloncesto Ernie Johnson, Charles Barkley, Kenny Smith y Shaquille O’Neal.

Superman en España

No quisiera terminar estas líneas dedicadas a la historia de Superman sin hacer un somero repaso a algunos aspectos curiosos relacionados con la recepción del personaje en nuestro país.

En la actualidad ECC Ediciones ha dado el relevo a Planeta DeAgostini, que editaba las colecciones de Superman desde 2005. Con anterioridad lo habían hecho Norma, Zinco, e incluso las míticas Editorial valenciana y Bruguera. 

Pero las ediciones más curiosas del Hombre de Acero son las más antiguas. Aparece por primera vez en 1940 de la mano de  Hispano-Americana de Ediciones S. A., bajo el confuso título de Ciclón, el superhombre.



Ciclón, el superhombre es la primera edición de Superman en España.

Las traducciones de los nombres de los personajes protagonistas tampoco ayudan a identificar esta edición con el cómic norteamericano creado por Siegel y Shuster. Así, se puede leer que Ciclón es un ser dotado de poderes sobrehumanos que procede del planeta Cryptón. Llega a la Tierra en una nave enviada por sus progenitores Aldaberán y Liama. Se  esconde bajo una doble personalidad como el periodista Carlos Sanz del diario La Jornada, que dirige Jorge Martín; y finalmente, en dicho trabajo, conoce al amor de su vida, la reportera Luisa Lane.

Para aumentar aún más la confusión, el cómic se publica íntegramente en blanco y negro, salvo sus portadas, que están impresas a todo color. En ellas, el traje de Superman cambia de tonalidad de un número a otro, pasando por todas la combinaciones imaginables menos la correcta. Así, en los dos primeros números luce traje amarillo y capa roja en su cara exterior y azul en la interna, y en los siguientes lleva el traje blanco, botas rojas, anagrama rojo y amarillo, calzón unas veces verde, otras negro o azul, y la capa roja por fuera y azul por dentro.

El segundo contacto de los españoles con Superman llega en 1952, de la mano de la editorial mexicana Novaro, que comienza a exportar sus ediciones a otros países hispanohablantes.

Gracias a ello, los lectores españoles conocieron al Hombre de Acero con su nombre original (tanto el de Superman como el de Clark Kent), así como los colores de su uniforme; pero poco más.

Por un lado, los textos se traducen con excesiva libertad respecto al original, los diálogos están plagados de modismos y expresiones propias del país hispanoamericano —que para un español resultan bastante extrañas—, y, además, salvo la ya nombrada excepción del personaje protagonista, los nombres de los personajes secundarios y topónimos se siguen traduciendo de su lengua original.


Los nombres de los personajes también se traducen al español en las ediciones de Novaro.

Así, Smallville aparece rebautizada como Villachica, Jimmy Olsen y Lois Lane se llaman Jaime y Luisa respectivamente, y Supergirl es conocida como Superniña.

Una última anécdota que me gustaría destacar es que, en marzo de 1964, la Dirección General de Prensa prohíbe la entrada de estas revistas en el país, al considerarlas perniciosas para la juventud.

Esta decisión resulta sorprendente y hay quien ha postulado que los censores estaban muy preocupados por la popularidad del personaje, que, dotado de tan magníficos poderes, era poco menos que la encarnación contemporánea de Hércules, el semidiós pagano. Bajo este retorcido prisma, permitir la difusión de las aventuras de Superman era  casi como favorecer el pecado de idolatría.

El próximo mes de junio Superman cumplirá exactamente ochenta años y Action Comics, la revista que le vio nacer, alcanzará su número mil. Sin duda, un récord imposible de igualar en el panorama actual de comic-books de superhéroes y la prueba definitiva de que el personaje goza de una auténtica salud de hierro (¿o será de acero?). 



Revista Jot Down

sábado, 7 de abril de 2018

Muere el cineasta Isao Takahata, creador de ‘Heidi’ y cofundador del estudio Ghibli

El artista japonés, director de obras maestras como ‘La tumba de las luciérnagas’ o 'El cuento de la princesa Kaguya', tenía 82 años

GREGORIO BELINCHÓN

Madrid 6 ABR 2018


El director japonés Isao Takahata, en febrero de 2015.  SHIZUO KAMBAYASHI (AP)

Ha sido uno de los más grandes. Y aunque su nombre no sea tan famoso como su compañero de estudio Ghibli Hayao Miyazaki -ambos fundaron juntos la empresa- la obra de Isao Takahata ha marcado varias generaciones y es un referente mundial para legiones de animadores. Ayer jueves Takahata falleció en un hospital de Tokio a los 82 años víctima de un cáncer de pulmón, según anunció un portavoz del estudio Ghibli; su salud había empezado a declinar desde el pasado verano. Miles de niños españoles en los años setenta y ochenta no conocían su nombre, pero vivieron con pasión y dolor dos de las series de dibujos de televisión más famosas de la época: Heidi y Marco, de los Apeninos a los Andes. Ambas fueron dirigidas por Takahata.


En puridad, Takahata no era animador, pero ha dejado huella en la animación mundial por su capacidad de liderar equipos, por su pasión por la innovación tecnológica, su apuesta por una aproximación artística a la hora de contar historias y su defensa de la emoción como motor narrativo. Todo eso se puede ver en su última película, El cuento de la princesa Kaguya, con la que compitió al Oscar a mejor largo de animación en 2014.

Nacido en Ise, en la prefectura de Mie (centro de Japón) en 1935, y por tanto superviviente a los bombardeos estadounidenses en esta zona durante la Segunda Guerra Mundial, Takahata estudió filología y literatura francesa en la Universidad de Tokio, antes de entrar en el estudio Toei Animation, donde dirigió su primer largometraje animado, La princesa encantada, en 1968. Tres años más tarde, junto con Hayao Miyazaki y Yoichi Kotabe, se pasó al estuido Shin-Ei, aunque sus grandes éxitos, las series Heidi (1974) y Marco (1976), y la película Heidi en la ciudad (1982), fueron producidas por Nippon Animation. Produjo en 1984 para Miyazaki Nausicaä del Valle del viento antes de fundar los dos, junto con el productor Toshio Suzuki, al año siguiente el estudio Ghibli, inaugurando una época dorada de la animación japonesa y mundial, gracias a su apuesta por las historias inspiradas en leyendas y fantasías japonesas, y a su innegable mensaje ecologista. Los tres querían hacer obras más personales, centrarse en la expresión artística, y lo lograron. Vaya si lo lograron.


Takahata logró el reconocimiento internacional en 1988 con su La tumba de las luciérnagas, basada en una novela homónima de Akiyuki Nosaka sobre dos pequeños hermanos que tratan de salir adelante en Kobe, una ciudad al oeste de Japón que quedó completamente devastada durante los últimos meses de la II Guerra Mundial. Posteriormente dirigió filmes como Pompoko (1994) -que fue seleccionada por Japón para representar al país en la categoría de los Oscar de mejor filme de habla extranjera-, Recuerdos del ayer (1991) o Mis vecinos los Yamada (1999). Su último filme como productor fue La tortuga roja (2016), de Michael Dudok de Wit, el primero del estudio Ghibli dirigido por un realizador no japonés y en coproducción con Europa.



Desde entonces, Takahata redujo sus actividades profesionales sin llegar a anunciar que se retiraba, aunque el realizador desveló el año pasado que volvería a dirigir una película de animación. Su trayectoria ha sido reconocida con, entre otros galardones, el premio del Festival de Cine Infantil de Chicago (Estados Unidos), el premio del Festival de Animación de Annecy (Francia) o la Orden de las Artes y las Letras de este país por su trayectoria cinematográfica y por sus traducciones al japonés de poesía francesa.



El Pais



sábado, 31 de marzo de 2018

Aproximación a Gaudí en Capadocia


El siguiente reportaje expresa la fascinación del escritor Juan Goytisolo por el paisaje de Capadocia. La espectacular arquitectura de esta región turca sorprende al viajero catalán como algo familiar. El punto de contacto es la obra de Gaudí.
Fotos: Bernardo Pérez



El escritor se ve inducido a sospechar que Gaudí no ha muerto y que, tras su fingido accidente tranviario, lleva una vida de troglodita al otro lado del Mediterráneo.
Capadocia sería así su obra de madurez, en la que el arquitecto catalán desarrolla a escala paisajística
toda la potencialidad formal apuntada en la Sagrada Familia, el parque Güell y su demás obra de juventud.



























El viajero barcelonés que en el trayecto de Nevsehir a Urgüp se desvíe a la izquierda hacia el valle de Avcilar, camino de las célebres iglesias rupestres de Göreme y Zelve, se interna en un paisaje en el que lo asombroso e insólito no borran del todo una difusa y tenaz impresión de familiaridad. Pasado Uchisar, conforme la carretera zigzaguea y se desboca pendiente abajo, el fascinador panorama que abarca le evoca imágenes conocidas. La modulación y estructuración del espacio volcánico parecen sutilmente elaboradas por el genio de un paisajista. Tras ribazos y estratos esculpidos, blanco oleaje sinusoidal, masas corpóreas de volúmenes contundentes y opacos y escarpas asoladas de páramo lunar, el valle en el que aterriza le enfrenta de súbito a una audaz verticalidad compositiva, concatenación de elementos de bella y onírica plasticidad: torres cilindricas de remate curvilíneo escamoso, agujas coronadas de espigas o cubiertas cónicas, cirios con cristalizaciones de roca eruptiva, pilares de sombrerillo fungiforme, jardineras y sólidos angulares con voladizos. El visitante, empequeñecido por las dimensiones del bosque, reconoce poco a poco las peonzas inmóviles, chimeneas gigantes y rústicas, megalitos en raro equilibrio, arbotantes naturales, columnas ramificadas o truncas. Los diversos elementos del conjunto parecen trabarse como espinas dorsales, osamentas y músculos de seres orgánicos, y el contemplador asiste a una especie de apoteosis de la ficción o ilusión naturalistas en la que la deformación de volúmenes, compensación de escorzos, arborescencia estructural, le en-vuelven en un aura de trompe l'oeil, encanto e irrealidad. Ligero, sonámbulo, proyectado al recuerdo de otros tiempos, otros ámbitos, buscará instintivamente, en la extrafieza y rigor del cuadro, armaduras parabólicas, bóvedas con estalactitas mudejares, formas lobuladas o labiadas, follajes, admocárabes, motivos geométricos florales, valvas, pétalos. Las rocas encapuchadas, como un desfile petrificado de nazarenos, ¿no serán cupulinos, linternas o torrecillas de ventilación hechos de azulejos, cerámica y trencadís? De modo imperceptible, la distancia de Capadocia a Barcelona se anula: el espacio mirítico en el que se mueve le conduce insoslayablemente a la creación auroral de Gaudí.








Visité por primera vez Capadocia en 1979, unas semanas después del golpe militar que remató a la malherida democracia turca. El día siguiente de mi llegada a Urgüp, las autoridades procedían al empadrona-miento masivo de la población, y 40 millones de ciudadanos debían permanecer en sus casas: sólo las fuerzas del orden y agentes del censo tenían derecho a circular. Al querer salir del hotel, me encontré con la desagradable sorpresa de que un centinela con bayoneta me lo impedía. Atrapado con una cincuentena de alemanes, con quienes evitaba todo contacto, decidí no resignarme a su suerte y tentar la aventura atravesé corriendo la calle, sin atender a los gritos del áscari, y me metí de rondón en la vecina comisaría de policía. A voces reivindiqué mi libertad natural, el derecho inalienable del turista a moverse y curiosear. Mi cólera resultó convincente, pues el oficial de turno me concedió a regañadientes el usufructo precario de un territorio absolutamente despoblado. Durante varias horas, sin otra compañía que la de un camarada autorizado igualmente a salir conmigo, recorrí a pie varias docenas de kilómetros de un paisaje eruptivo y yermo en el que no tropecé con ningún ser vivo fuera de insectos, avecillas, lagartos y los perros de un troglodita al que luego me referiré. En un silencio y vacío de campana neumática, la Capadocia de piedra volcánica esculpida y forjada por la erosión eólica aparecía a los dos supervivientes indultados por el cataclismo o explosión atómica evanescente y hermosa como un espejismo.

Sucesión de recuerdos e imágenes pugnaces: beatitud serena del orbe después del apocalipsis; impresión de ser los últimos ejemplares del extinto homo sapiens; captación intensa, con los cinco sentidos, de manifestaciones y signos de vida orgánica posteriores a la catástrofe; trayecto a monte traviesa siguiendo atajos minúsculos, sendas dudosas, pistas que no llevan a sitio alguno y bruscamente se borran. Después de la meseta abrupta y austera, el alucinador escenario creado por la conjunción de los elementos me arrebató de nuevo a Gaudí: columnas tocadas con gorros o cucuruchos, alineadas como lápices emblemáticos, alfabetizadores; bosques de conos, agujas, flechas, obeliscos, medusas fósiles; imprevistas va¬riaciones cromáticas; ruptura de la funcionalidad normativa; incandescencia mística; puro, racional delirio arquitectónico. En el valle de Göreme, y más allá, camino de Zelve, nuestra mirada abarcaría aún iglesias sin fieles agujereadas en escarpas fragosas o insertas en el interior de los conos, monasterios abandonados, celdas de ermitaños, paredes con cruces pintadas o esculpidas, vestigios de vida eremítica de anacoretas fugitivos del furor de los iconoclastas, enormes colmenas rupestres con ventanas, pasadizos, escaleras, linternas, en las que Cristo, la Virgen y apóstoles alternan con san Jorge y el dragón, santa Catalina y santa Bárbara. Inscripciones helénicas, trazadas por los monjes, rememoraban también las que adornan monumentos gaudianos.

En el curso de esa impregnadora e irreal caminata, al trepar una cuesta algo quebrada en busca del pueblo, nos sorprendió el ladrido o, por mejor decir, el concierto de ladridos de una jauría de perros, cancerberos de alguna de las grutas o capillas solitarias. A medida que ascendíamos, su violencia arreció. La cautela aconsejaba alejarnos de ellos; con todo, la curiosidad fue más fuerte. La vereda conducía, sin duda, a una cueva habitada, y tras una jornada peregrina en un ámbito asolado y desierto, el deseo de comunicar con el prójimo barrió nuestro miedo. Llegados a la vivienda rupestre advertimos que no corríamos peligro alguno: los perros estaban bien sujetos y callaron de pronto, dóciles al chasquido del látigo que empuñaba el amo. Éste, el troglodita, vivía en una oquedad rectangular abierta a un metro de altura en la pared de la caverna que le servía de zaguán: una recámara convertida en alcoba, con jergón y almohadillas, aislable del resto por una cortina medio descorrida. La disposición fantástica del lugar y su decorado heteróclito me cautivaron, y gracias a una instantánea que saqué de ellos, los puedo describir con exactitud: retrato en color de Atatürk, cromos religiosos, grabados ingenuos, fotografías de una antigua peña de excursionistas; pieles de cordero y cojines tapizados de tela chillona cubren el poyo de obra en el que se acuestan los perros. El dueño, de barba silvana y blanca, leía sentado en el lecho, y se limitó a contestar a mi saludo con una inclinación de cabeza. De cuando en cuando, siempre sumido en la lectura, hacía restallar el látigo para amansar la inquietud de los guardianes. Fotografié a éstos, tendidos en sus pieles de cordero, y antes de despedirme del anfitrión mudo di una última ojeada al cuadro. Fue entonces, mientras inspeccionaba el pequeño escenario compuesto por la gruta y su recámara, cuando reparé en una frase garabateada en el hueco lateral: "Ahir, senyor; avui, pastor" (1) ("Ayer, señor; hoy, pastor"). ¿No había dicho o escrito Gaudí algo parecido? A riesgo de pasar por impertinente, la retraté. Pero el carrete se había atascado o estaba mal sujeto: la foto, en cualquier caso, se veló.

Me fui de Turquía sin saber si había soñado o el grafito existió de verdad.




De vuelta a Capadocia seis años después, mi objetivo primordial es dar con el viejo. Recuerdo bien mi anterior trayecto por la montaña y estoy seguro de localizarle con facilidad. No obstante, mientras me apercibo para el encuentro, las dudas me asaltan. ¿Seguirá recluido en el mismo lugar? ¿Cómo lograré forzar su silencio? ¿Alcanzaré a sonsacarle lo que quiero saber con mi vocabulario vacilante y modesto? ¿Qué vía debo tomar para abrirme a él y ganar de algún modo su confianza? Como medida prudencial, y a fin de favorecer nuestro acercamiento, decido prescindir de la cámara fotográfica. Iré a verle como antiguo amigo, agradecerle su breve y fortuita hospitalidad. La idea de ofrecerle algún presente me tienta, pero la desecho: ¿no tendría quizá el aire sospechoso de una torpe tentativa de comprar sus informes y conocimientos? Mejor aparecer tranquilo y despreocupado, en los antípodas de ese greek bearing gifts, cuyos obsequios, lejos de predisponer a su favor, suscitan el recelo instintivo del destinatario: presentarse en la cueva sin más, inmune a la ferocidad de los perros, como buen conocedor de los parajes y la indómita personalidad del amo.

Después de alquilar un taxi hasta las cercanías, me oriento en seguida entre los conos y rocas volcánicas y me planto en unos minutos en la vivienda del viejo. Una radio de pilas transmite música gregoriana, y en los arbustos próximos a la gruta diviso toallas y prendas puestas a secar. Los perros, esta vez, no me ladran: dormitan al sol y me miran con indiferencia. El viejo continúa acomodado en el jergón de su recámara, con la cortina descorrida, en la misma postura en que le había dejado al término de mi anterior visita: todo se halla exactamente igual que antes, y parecería natural que iniciase la plática con un sosegado "decíamos ayer..."











Mientras recurro a mi florilegio de saludos y fórmulas de cortesía turcos se contenta con acariciar el lomo de uno de los perros tendido en el poyo con la punta flexible del látigo. Yo permanezco de pie, un tanto embarazado, en el abovedado zaguán de la gruta; pero se encara finalmente conmigo y me mira con curiosidad.
"¿Es usted catalán?".
"No; es decir, sí".
Sus ojos azules me observan fijamente, y concluyo:
"Bueno, en realidad, no".
Su buen manejo del idioma me ha pillado desprevenido. Astuta¬mente, me esfuerzo en ocultarlo y me abstengo de preguntarle cómo y cuándo...
"El maestro huye especialmente de los catalanes", aclara. "Tampoco quiere saber nada de los españoles ni de los extranjeros que se interesan por su obra y escriben disparates sobre ella. Pero los catalanes le molestan más".
Hay una larga pausa, durante la que me examina de arriba abajo, como para establecer mis coordenadas auténticas.
"Al menos, esta vez no ha venido usted con su Nikon", comenta aprobadoramente.
"Sí, he preferido dejarla. Pensaba que...".
"Ya conoce usted su vieja manía contra los fotógrafos. Fuera de la época en la que se hizo retratar por Audouart y la de las pocas instantáneas que le sacaron de excursión con su padre y sobrina, todas las fotos se las hicieron siempre a hurtadillas, aprovechando una ceremonia o su profunda devoción religiosa, como la de la procesión del Corpus en Barcelona... ¿La recuerda?".
Le digo que sí: no el joven arquitecto pelirrojo, de tez blanca, ojos brillantes de iris azul claro, nariz de puente elevado y frente alta, sino un anciano de cabello y barba blancos, con un cirio en la mano y el canotier bajo el brazo, calzado de unos zapatos burdos...
"Con la edad, su fobia se ha agravado. Si descubre la presencia de algún turista rondando con su máquina por las cercanías del lugar en el que trabaja, se esconde inmediatamente en el laberinto de iglesias rupestres y no se le vuelve a ver durante mucho tiempo".
Los nuevos datos, añadidos a su empleo continuo del presente verbal, me dejan literalmente confuso: le oigo sin escucharle, mientras, mentalmente, procedo a unos cálculos elementales y paso revista a mis sólidas certidumbres.
"Si le he entendido bien", digo al fin, "habla usted de él como si todavía estuviera vivo".
El viejo aprueba con la cabeza, y pregunto fríamente, evitando todo amago de ironía o humor:
"¿Se trata de una resurrección o cree usted en la transmigración de las almas?".
"Ni una cosa ni otra", responde. "Sigue vivo, eso es todo, y, lo que es más importante, trabaja noche y día, como nunca, completando y corrigiendo su inmensa obra. ¿No ha visto usted sus últimas chimeneas y torres en el valle de Göreme? ¡Es lo más acabado y perfecto salido hasta hoy de sus manos!".
"Veamos", le digo. "Según usted, si las reglas de aritmética no me fallan, rozaría ahora los 134 años, ¿no es cierto?".
"¿Qué tendría eso de particular? ¡Una minucia comparada con la edad de los antiguos patriarcas de la Biblia! ¿Debo recordarle que estos santos varones vivieron justamente en estas montañas? Acá la longevidad es muy común, y puede tropezar usted en Capadocia con muchísimos centenarios: la mayoría de ellos ignora su edad real, y la cuentan a partir de la que figura tardíamente en sus documentos. Gaudí, como usted sabe, procede de una familia en la que abundan los ancianos. Si su padre vivió 93 años en una ciudad contaminada por toda clase de desechos morales e industriales, puede imaginarse fácilmente qué edad habría alcanzado en estas tierras en las que el clima y frugalidad conservan".
Mi interlocutor arroja unos mendrugos a los perros y aprovecha mi silencio para escrutarme de nuevo, estimulado aparentemente por mi aire de abrupta incredulidad. Las evidencias históricas que puedo oponer a sus argumentos son, en efecto, de peso: el atropello de Gaudí el 7 de junio de 1926 por un tranvía de la línea 30 en el cruce de las calles de Bailen y Gran Vía; la vilipendiada actitud de los tres chóferes de taxi que, en vista de su mísero atuendo, rehusaron transportarle; la intervención del guardia civil Ramón Pérez para conducirle al puesto de socorro desde el que fue trasladado al hospital de la Santa Cruz; su célebre y simbólica agonía entre los pobres conforme a sus píos deseos...
"¡Leyendas, nada más que leyendas fruto del remordimiento y culpabilidad colectivos! ¡Estampas ejemplares para la hagiografía oficial!".
Sin dejarme impresionar por la seguridad con la que se expresa, aporto inmediatamente nuevas pruebas contra su impávida sinrazón: las numerosas instantáneas del paso de la comitiva de su entierro por la plaza de Cataluña, las Ramblas, calle de Fernando, la catedral. Me acuerdo incluso del nombre del fotógrafo, Segarra, y de la inclusión de aquéllas en los archivos de la catedral Gaudí. Como la firmeza del viejo parece inconmovible, recurriré, de guerre lasse, al argumento supremo.
"Entonces, ¿quién fue enterrado en la cripta de la Sagrada Familia, en la capilla de la Virgen del Carmelo?".
El viejo aguarda unos instantes con la vista baja y, al topar de nuevo con mi mirada, se limita a preguntar suavemente:
"¿Cree usted de verdad que el cadáver de Santiago Apóstol se halla en su tumba de Compostela?".

Siguiendo las orientaciones escritas del viejo, irás a visitar los conos y chimeneas fungiformes en donde, según él, trabaja últimamente el maestro. Aunque convencido de que hurtará el cuerpo y eludirá tu vecindad indiscreta, no llevarás cámara fotográfica, ni siquiera un cuaderno o papel para tomar apuntes: su misantropía podría exacerbarse, te ha dicho, e inducirle a ocultarse hasta tu partida en el laberinto de cuevas. Vestido de ocre como el suelo que pisas, procurando fundirte camaleónicamente con el medio, llegarás al lugar indicado en el plano. La insólita unidad compositiva de los peones, torres y alfiles del juego de ajedrez desplegado en el valle te transportará a la visión de las cúpulas, chimeneas y cajas de escalera de Can Milá. Zócalos pétreos, cuyo relieve y rugosidad acentúan el uso de piedras de forja y prismas naturales de basalto, salvan los desniveles entre los conos rocosos, y descubrirás, excitado, la presencia disimulada de ladrillos de fábrica manual y piezas vidriadas. Como en la Pedrera o en el parque Güell, el contemplador asiste a una simbiosis gradual de las diferentes estructuras del paisaje: materiales cerámicos, cuidadosamente adaptados a la topografía del lugar, se articulan con suavidad en el oleaje sinusoidal del cercano ribazo y el azul purísimo del cielo. La rudeza de la manipostería de piedras salientes se compensa, como es frecuente en Gaudí, con la introducción de componentes decorativos y naturalización orgánica de los remates: conchas crustáceas, avecillas de talla policromada, nidos de trencadís. Como podrás comprobar de visu, la mano invisible del arquitecto ha pulido y acendrado la prodigiosa creación de los cuatro elementos: en la peonza monumental señalada con exactitud por el viejo hallarás una delicada combinación de cerámicas, verdugadas de ladrillo y azulejos trocea¬dos cuidadosamente dispuestos. Cuando penetres en la gruta excavada en el interior del cono, te situarás de golpe en el espacio ideal de Gaudí: la luz se esfumina a través de lucernas cilindricas, de aberturas trapezoidales, y la escalera construida hace siglos por los monjes sigue el trazado serpenteante del muro y se enrosca en helicoide hasta desembocar en una especie de mirador armado sobre arcos parabólicos naturales, astutamente solapado por un paramento exterior de granito. Apenas llegado a la cima, observarás diversos signos de una presencia humana: fogoncillos de pedruscos, rústico cuenco de barro en cuyo fondo hay residuos ya secos de una cocción de hierbas, cubiertos y enseres a medio fabricar. Su dueño ha abandonado el lugar recientemente, quizá de forma precipitada, pues no ha llevado consigo en la huida la talega en la que compendia la prueba de sus aficiones de micólogo y botanista. ¿Habrá aplicado la oreja al suelo, como los indios, y adivinado tu irrupción en el bosque encantado? El grafito trazado junto a la albardilla vidriada del muro te sobrecogerá de júbilo: "De la llar al foc, visca el foc de l'amor" ("Del hogar al fuego, viva el fuego del amor"). Tu intuición de escudriñar la fábrica abigarrada del muro en busca de un posible mensaje ha dado en el blanco. ¿Quién diablos puede haberlo escrito, sino el mismísimo Gaudí?
En días sucesivos, mientras registrarás minuciosamente conos y megalitos o husmearás las iglesias rupestres de Góreme, acumularás nuevos e irrefutables signos de su inmediatez esquiva: fogones, mazos de hierba seca conocía quizá a través de algún grabado o fotografía? ¿Hay testimonio o pruebas de que se refiriera alguna vez a ella?".
"Podría haber venido simplemente en busca de la misteriosa Satalia descrita en L'Atlantida, y que el bueno de mosén Jacinto sitúa en el Asia Menor, ¿no le parece?".
"Confieso que no se me había ocurrido la idea. Con todo, no deja de ser una hipótesis".
"Mire usted, joven, porque, aunque cincuentón, para mí todavía lo es: el espacio físico y cultural del islam le fascinaba. Su único viaje de juventud fuera de España no fue a París, ni siquiera a Italia, sino a Marruecos. En los archivos de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, en la que estudió, había fotografías de templos hindúes y alminares cairotas. También le atraían las formas esbeltas de las mezquitas del Sahara y Sudán. Su inspiración no fue nunca renacentista ni neoclásica: él buscaba, como Cervantes y Goya, la España profunda, y la halló en los estratos ocultos del enjundioso mestizaje mudejar. El rechazo absoluto del sistema y criterios de la época le condujo a la afirmación de los valores propios frente a los universalmente acatados. Su aprendizaje de la soledad fue duro, pero fecundo. Conforme entraba en posesión de su verdad, rechazó y se alejó de la de sus paisanos. El bon seny y avara povertá de los burgueses chocaban con la incandescencia de su fulgor místico. Paso a paso, el mudejarismo juvenil asimiló el gótico y el barroco, se explayó en una visión descondicionada de la proliferante geometría de la naturaleza. El hombre ha de sumarse constantemente, día a día, explicaba, porque la inspiración no basta. Europa no podía aportarle ya nada: por eso se vino aquí".
"Todo esto es, en efecto, muy plausible", le digo. "No obstante, los historiadores exigen pruebas, y, fuera de una serie de presunciones bastante turbadoras, el caso es que carecemos de ellas. Si no me equivoco, en la cripta de la capilla en donde está su tumba...".
"¡No me hable usted de lápidas ni placas conmemorativas! Basta que lea 'aquí nació, vivió o murió fulano de tal' para que la distancia insalvable entre realidad y escritura me llene de dudas. ¿Quién me garantiza que aquello es cierto? ¿No serán datos y elementos forjados para reforzar el supuesto relato histórico y las leyes de la verosimilitud? Acuérdese de Herodoto y de la frase lapidaria de Vives: 'Mendaciorum pater!'. Si todas las biografías son ficciones, ¿por qué habría de ser verdadera la de Gaudí? La única inscripción convincente la leí hace muchísimos años en una hermosa mansión de madera del barrio francés de Nueva Orleáns: 'Napoleón fue invitado a vivir en esta casa después de su derrota en Waterloo'. ¡Por fin me encontraba frente a una evidencia incontestable! Fue invitado, seguro que fue invitado, pero no fue".
"Entonces, según usted...".
"¡Deje de acumular pruebas dudosas y abandónese a la inteligencia del corazón! Gaudí se ha retirado del mundo como los novicios de clausura después de pronunciar sus votos, y prosigue solitario, inmune a la reprobación como al elogio, su obra magistral. El panorama que puede abarcar en Capadocia muestra la apoteosis de su genio. Con paciencia y modestia podrá seguir usted a solas los pasos de su itinerario místico y creativo. Pero debe prepararse espiritualmente a ese encuentro y merecerlo; en corto, hacerse digno de él".
El viejo ha acabado de hervir su infusión y vuelca el contenido del cazo en dos cuencos de barro. La pócima es amarga: curiosamente, sabe igual que la dispuesta por el troglodita invisible en los laberintos subterráneos de Avcilar. Como entonces, mis sentidos parecen agudizarse al bebería, y simultáneamente me invade una grata sensación de paz.
Las llamas de la fogata, huidizas, cambiantes, colorean y ensombrecen a brochadas el cuerpo inmóvil de los tres perros, agarrotados por el rigor mortis.
A fin de purificarse y alquitarar tus sentidos e ideas, comenzarás por despojarte de tus bienes y los criterios egoístas de utilidad: venderás la máquina fotográfica a un precio irrisorio y entregarás éste a un pordiosero acurrucado junto a la puerta de la mezquita; abonarás la cuenta del hotel y repartirás tus posesiones entre los mozos y camareros; vestido pobremente, como el arquitecto el día de su atropello, dejarás el confort de Urgüp y te encaminarás con un simple talego a los conos y chimeneas gaudianos del asolado esplendor de Avcilar. Tu presencia en el lugar será leve, discreta y errátil como la del maestro. Aprenderás a buscar cobijo en las cuevas e iglesias abandonadas, dormir con el estómago vacío, prescindir del reloj, alimentarte de infusiones de hierba seca, saborear la plenitud diáfana del paisaje, afinar y pulir día tras día tu inteligencia y sensibilidad. Elusivo y atento, inaccesible y cercano, Gaudí vigila tus pasos y te manifiesta de cuando en cuando su amable solicitud: en la capilla de un cenobio rupestre, cuyas columnas de arco parabólico sostienen un arquitrabe ornado de medallones circulares idénticos a los del parque Güell, hallarás una página impresa con los versos de Verdaguer sobre el jardín de las Hespérides; en el remate de uno de los conos, horadado de lucernas y alveolos como una gigantesca colmena, darás con el grafito de una cita de Góngora —"Extraño todo: el designio, la fábrica y el modo"— que no sabrás si alude a su singular aventura creativa o al delirio suntuoso de Capadocia. A veces, al acogerte a la sombra de alguna gruta, descubrirás listo, humeante, expresamente preparado para ti, el perol o la olla en los que suele hervir sus pócimas; sediento, desfallecido, beberás la infusión con sorbos cautelosos y verificarás al punto que tu cuerpo se agiliza y levita ajeno a las restricciones del tiempo y espacio: un paseo iniciado entre las columnas fungiformes y peonzas inamovibles de Zelve se prolonga sin transición a la azotea y remates de mosaico de la Pedrera o los caminos flanqueados de jardineras del parque Güell. Artificio y creación se confunden: el aparente caos del paisaje subraya en realidad la sutil trabazón de sus elementos, la mano secreta del trujamán. De noche, volúmenes y masas corpóreas cobran una forma animada, la silueta de los conos encapuchados se alarga, y asistirás desde tu madriguera a una procesión solemne de nazarenos, entre megalitos y antorchas, camino del ribazo de su montaña urbana, de la modulada verticalidad de las torres del templo. Gaudí, no obstante las reiteradas pruebas de tacto y benevolencia, rehuirá, el encuentro. En vano clamarás a grito herido, después de haber apurado su amable infusión de hierbas, que nada tienes que ver con los Calvet, Batlló, Milá de tu mezquina tierra; que aborreces como él a esa burguesía rapaz que utilizó su genio sin comprenderlo; que tú también has roto con ella y vagabundeas apatrida por los lugares y tierras que le fascinan: tu voz se perderá en los valles corroídos por la erosión eólica, entre las fisuras y grietas de las piedras sujetas a lenta, milenaria tortura. El día en que creas divisarle al fin, enmedallado en una especie de camafeo, pálido, pelirrojo, barbudo, nariz recta, frente despejada, como en la fotografía de Audouard, te percatarás de que tienes los ojos cerrados y sueñas despierto. Pese a tu consumo regular de hierbas con virtudes alucinógenas, el milagro o visión no se producirán.

En el transcurso de las semanas de mi frustrado asedio a Gaudí k tiré por la borda numerosas costumbres y hábitos, me sometí a abstinencias y ayunos, mortifiqué los sentidos, acampé en un presente sereno, hice voto temporal de pobreza, perdí varios kilos, envejecí con una barba grisácea, abracé mi condición de ermitaño con exaltación y rigor. No conseguí la aventura acechada, pero el ardor de la búsqueda me consumió.

Débil, descaecido, abandoné el universo gaudiano de Avcilar y Göreme y, antes de volver a mi punto de partida, me acerqué a despedirme del viejo. Un sol obsesivo, despótico, calcinaba el sufrido paisaje de piedra, y hasta lagartos e insectos parecían ocultarse de él. A pocos metros de la gruta, me sorprendió la palpable densidad del silencio. No había nadie, y el interior del habitáculo —poyo, recámara, alacenas— ofrecía un aspecto de desolación y pillaje. Los escasos muebles y enseres se habían esfumado con el amo y alguien había quemado con saña los últimos vestigios de su presencia.
Las hierbas empleadas en las infusiones y pócimas que bebí durante el período que abarca el relato y el de su posterior escritura crecen silvestres en las zonas montañosas de la cuenca mediterránea, tanto en Anatolia como en Cataluña. Gaudí solía buscarlas en sus frecuentes excursiones al monte, pero nunca reveló la receta de su preparación. Si murió, como pretende la historia oficial, se llevó el secreto a la tumba.

1. La frase verdadera de Gaudí reza: "Ahir, pastor; avui, senyor" ("Ayer, pastor; hoy, señor"), en una referencia a las vicisitudes de su comanditario, el ennoblecido conde de Güell.
2. En realidad, tras escuchar los coros de Clavé, comentó: "Al cel, tots en serem d'orfeonistes" ("En el cielo, todos seremos orfeonistas").



El Pais Semanal 1990


Aventuras en azul

JAVIER FERNÁNDEZ
30 Marzo, 2018




'Los Pitufos, Integral 3'. Peyo. Norma Editorial. 244 páginas. 32 euros.

El tercer volumen integral de Los Pitufos reúne aventuras publicadas originalmente entre 1971 y 1990 en las revistas Spirou y Schtroumpf! y recopiladas más tarde en los álbumes Sopa de Pitufos, Los Pifufos olímpicos, El bebé pitufo, Los Pitufos y los Pitufitos y El Aeropitufo, casi todas realizadas por Peyo en solitario (le ayuda al inicio el guionista Yvan Delporte y lo sustituye puntualmente el dibujante Bernard Swysen). La excelente edición de este material por parte de Norma Editorial se complementa con una introducción a cargo de Antoni Guiral, quien repasa meticulosamente la procedencia y los créditos artísticos de cada una de las historietas que componen el tomo, informando al lector del final de la larga relación laboral de Peyo con Éditions Dupuis y su intento de establecerse con una editorial propia, Cartoon, que apenas duraría tres años.


Malaga Hoy

Bolonia negra

JAVIER FERNÁNDEZ
30 Marzo, 2018


'Sam Pesso. Un detective, una ciudad'. Vittorio Giardino. Norma Editorial. 272 páginas. 26 euros.

De Vittorio Giardino (Bolonia, 1946) siempre he admirado su elegancia. Y no me refiero solo a la elegancia de su trazo, que salta a la vista en cada viñeta, sino también a esa especie de refinamiento literario que caracteriza sus mejores historietas. Lo primero que leí suyo fue Rapsodia húngara (1982), el debut del personaje Max Friedman y una obra maestra que puso en órbita a Giardino. Recuerdo que lo sofisticado del argumento (con su irónico y sorpresivo giro final) y la poderosa caracterización de los personajes me enamoraron tanto o más que la pulcritud visual de la obra. He vuelto de vez en cuando a Giardino, a sus Little Ego, Jonas Fink y al resto de peripecias de Friedman, pero ninguna me ha arrebatado tanto como lo hizo la Rapsodia. Miento, me cautivó Shit City, una aventura larga del detective Sam Pezzo, que estaba firmada también en 1982 (aquí no la leímos hasta 1990) y que puede colocarse sin sonrojo junto a otras joyas del género negro, como las que, por ejemplo, nos ha regalado Jacques Tardi. Ya sabía que Giardino había hecho más cosas de Pezzo, pero no he tenido ocasión de hincarles el diente hasta ahora que Norma Editorial se ha decidido afortunadamente a recuperarlas todas ellas en un solo volumen, con diversos paratextos y una bonita sección de extras a color.

Sam Pezzo. Un detective, una ciudad recoge las ocho piezas que componen la bibliografía del protagonista: Plomo de propina, Nadie la echará de menos, Amargo despertar, La trampa, Merry Christmas, El último golpe, Night fire y la antes citada Shit City, publicadas originalmente en las cabeceras Il Mago y Orient Express entre 1979 y 1983. En ellas se aprecia una rápida evolución artística, la afirmación de un talento inmenso que se va depurando en el juego de luces y sombras del hermoso blanco y negro, y en el ambiente enrarecido de una Bolonia tormentosa, observada desde el interior de los callejones. El comienzo es inexperto, pero prometedor. Cuando se alcanza el final, Giardino ya se ha convertido en una estrella.


Malaga Hoy



Monstruos modernos

El tomo recoge las aventuras inmediatamente posteriores a 'Una plaga de ranas' y refleja una verdadera edad dorada para este 'spin-off'


JAVIER FERNÁNDEZ
30 Marzo, 2018




'AIDP Integral, 2'. Mike Mignola, John Arcudi, Guy Davis y otros. Norma Editorial. 480 páginas. 29,95 euros.

Desde su fundación en 1986, la editorial Dark Horse ha animado el panorama estadounidense con una apuesta por la variedad de géneros, mimando el trabajo de los creadores. Dark Horse abrió fuego con joyas como el Concrete de Paul Chadwick, se consolidó con licencias tan célebres como Star Wars, Aliens, Predator, Conan o Indiana Jones y supo enriquecer su catálogo adquiriendo series emblemáticas como Nexus, Grendel o Madman. En el efervescente mercado de la década de 1990, probó a crear su propio universo superheroico, la línea conocida como Comics' Greatest World, pero tuvo mayor acierto cuando se decantó por propuestas de autor, como las alumbradas dentro del sello Legend, que acogió a artistas del calibre de Art Adams (Monkeyman & O'Brien), John Byrne (Next Men) o Frank Miller (Sin City). Pero si hay un punto de inflexión en la trayectoria de la editorial de Milwaukie, este seguramente sea la aparición de Hellboy, el investigador de lo paranormal creado por Mike Mignola.

La primera historieta de Hellboy vio la luz en el número 2 de San Diego Comic Con (1993), una revista promocional repartida gratuitamente en la convención de cómics por excelencia y que hoy se cotiza por las nubes. Fueron solo cuatro páginas en blanco y negro, dibujadas por Mignola a partir de un argumento propio y con ayuda de Byrne en los diálogos, pero sirvieron para despertar el interés de los lectores, de modo que el antihéroe regresó enseguida con su propia miniserie: Semilla de destrucción (1994), y su universo no ha dejado de crecer desde entonces. La serie de Hellboy mezcla el folclore, el horror lovecraftiano y la aventura de tono pulp con ciertos toques (a veces en el fondo, a veces en la forma) del género de superhéroes. Una fórmula que se ha demostrado muy exitosa e influyente, y que alcanzó su momento de mayor audiencia con las dos adaptaciones cinematográficas dirigidas por Guillermo del Toro.

En sus primeras aventuras, Hellboy es miembro de la Agencia de Investigación y Defensa Paranormal (AIDP), pero finalmente dimite y comienza su periplo en solitario a partir de El gusano vencedor (2001), y este punto de fractura sirvió a Mignola para lanzar un spin-off protagonizado por el resto de miembros de la Agencia, con Abe Sapiens y Liz Sherman a la cabeza. AIDP: Las tierras huecas (2002) es el primer capítulo de una serie que tendría unos comienzos indecisos, pero que alcanzaría voz propia dos años más tarde, con el arco argumental titulado Una plaga de ranas (2004), esto es, coincidiendo con la llegada del dibujante Guy Davis. El segundo integral de AIDP publicado por Norma Editorial contiene las aventuras inmediatamente posteriores a Una plaga de ranas (Los muertos, La guerra contra las ranas y La llama negra), en las que colabora el guionista John Arcudi, tercer bastión de la serie junto con Mignola y Davis, y un puñado de dibujantes invitados. Son tebeos bellos, imaginativos y muy adictivos, una verdadera edad dorada para este sofisticado spin-off que posee, al menos, tanta calidad como el propio Hellboy.


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Viaje hasta la América del XVI

JAVIER FERNÁNDEZ
30 Marzo, 2018





'Conquistador. Edición completa'. Jean Dufaus, Xavier. Norma Editorial. 248 páginas. 35 euros.

Como sugiere su título, Conquistador está ambientado en los tiempos de la conquista de América, más concretamente en el México de principios del siglo XVI. La ciudad de Tenochtitlán ha acogido a Hernán Cortés con una mezcla de veneración y recelo, pero el conquistador debe marcharse hacia Veracruz para enfrentar las acusaciones de rebeldía por parte de la Corona española. Cortés reúne entonces a un grupo de sus hombres y los deja atrás con la misión de robar el mítico tesoro de Moctezuma, lo que dará pie a una serie de episodios sangrientos, con los guerreros aztecas y oscuros elementos sobrenaturales persiguiendo a los ladrones por la jungla. Esta nueva edición reúne los cuatro álbumes originales en un imponente volumen.


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