jueves, 18 de enero de 2018

Te conozco de algo

El volumen, editado en rústica, recupera algunas de las páginas más emblemáticas del que fuera uno de los estandartes de la revista 'El Víbora'


JAVIER FERNÁNDEZ
17 Enero, 2018



 "Comprobando la realidad" Mauro Entrialgo /  Javi Rodríguez El Víbora. La Cupula. 22,90€

De los añorados tiempos de El Víbora (1979-2005) nos llegan ahora dos álbumes que son, a su vez, un barómetro de dos épocas bien distintas de la mítica revista. Comprobando la realidad comenzó a publicarse por entregas en octubre de 2000, en los últimos estertores de la cabecera, y se edita por primera vez en un solo volumen, en edición revisada y con la rotulación unificada. Escrito por Mauro Entrialgo, el célebre creador de personajes como Herminio Bolaextra o Ángel Sefija, y dibujado por Javi Rodríguez, más conocido hoy por su trabajo en Marvel, el tebeo es un divertido relato de ciencia ficción, con los sueños lúcidos como motivo principal. En palabras del propio Entrialgo, que firma un estupendo epílogo en el que se explica la génesis de la obra: "desde la redacción [de El Víbora] nos propusieron que nos currásemos una serie larga juntos. Sobre lo que quisiéramos y de la duración que quisiéramos. En entregas de siete páginas, eso sí. Javi y yo intercambiamos varias propuestas por mail, pero enseguida llegamos a la conclusión de que queríamos contar una historia larga de ciencia ficción en un futuro muy cercano. (…) Así que decidí comenzar nuestra historia de ciencia ficción haciendo un listado de asuntos que me interesasen conceptual o estéticamente. La lista, dividida en columnas temáticas, incluía términos como: sueños lúcidos, tribus urbanas, crónicas empresariales, videojuegos, experimentación genética, arte público, realities televisivos, sexo, pasatiempos matemáticos, laberintos, salas de recreativos, palíndromos, cócteles, parques de atracciones, estegosaurios, bares, rock and roll, tecnología… Y añadí a ese caldo muchas ideas y anécdotas que había ido apuntando desde hacía lustros en cuadernos de notas porque me interesaban por algún motivo y que no había podido utilizar nunca en mis historietas de humor". Todas estas cuestiones están, más o menos, presentes en un argumento que Rodríguez resuelve con buen ritmo y un saber hacer que ya anuncia sus posteriores logros.


'Alta tensión'. Alfredo Pons. La Cúpula. 152 páginas. 19 euros.



Alta tensión, por su parte, es un título imprescindible del que fuera uno de los auténticos "estandartes" de El Víbora (usando un término escogido por la propia editorial), el historietista, poeta y escritor Alfredo Pons (1958-2002), desaparecido desafortunadamente antes de tiempo. El trabajo de Pons comenzó muy pronto en revistas contraculturales como Matarratos y Star y encontró el asiento ideal en los primeros compases de El Víbora, cuando esta era un referente del cómix español, y allí firmó series tan recordadas como María Lanuit, Amigas, Internas o Escalera de vecinos. Su obra retrató con carácter propio los bajos fondos de la condición humana, y su desenfado gráfico inicial fue dando paso a un estilo elegantísimo, conforme el autor se fue internando más y más explícitamente en el género negro. El presente volumen, editado ahora en rústica, recupera algunas de las páginas más emblemáticas de Pons, y da cuenta de la fantástica evolución del artista. Un tesoro que nos recuerda que existió otra historieta en nuestro país.

Malaga Hoy


La búsqueda del agua

JAVIER FERNÁNDEZ
17 Enero, 2018



'Sabor a coco'. Renaud Dillies. La Cúpula. 90 páginas. 18,90 euros.

El espíritu del gran George Herriman (¿queda alguien por ahí que no sepa que me refiero al autor de Krazy Kat?) sobrevuela las páginas de Sabor a coco. La sugerente novela gráfica de Renaud Dillies, editada por La Cúpula, versa sobre un par de personajes antropomórficos, Jiri y Polka, que se cuecen al sol en un mundo desértico y un día deciden ponerse en marcha y viajar en busca de agua. En su camino, se cruzarán con todo tipo de criaturas fantásticas, lugares extravagantes y situaciones oníricas, plasmadas por Dillies en páginas de cuidado diseño, con un alarde de inventiva gráfica y una paleta de colores que trae poderosamente a la memoria la citada serie clásica. El gusto por la decoración y la experiencia de Dillies como dibujante de fondos de la revista Spirou se concretan en un libro sorprendente y hermoso que enamora la vista de principio a fin.


Malaga Hoy

Los viejos rockeros...

JAVIER FERNÁNDEZ
17 Enero, 2018


'El último Zap Comix'. VV. AA. La Cúpula. 114 páginas. 18 euros.

Entre las últimas novedades de La Cúpula sobresale El último Zap Comix, un maravilloso volumen de ciento y pico páginas que reúne, como si de un concierto homenaje se tratase, a los ocho colosos que alumbraron en los años sesenta la cabecera por excelencia del tebeo underground y una de las publicaciones más importantes de la historia del cómic. Robert Crumb, Spain Rodríguez, Robert Williams, Paul Mavrides, Víctor Moscoso, S. Clay Wilson, Rick Griffin y Gilbert Shelton (el solo listado ya lo deja a uno sin habla) alumbran este inesperado y esperadísimo número 16 de Zap Comix (el décimo séptimo, contando el número 0) con el que se pone punto final a la trayectoria de una revista irrepetible. Pero que nadie se equivoque, más allá de su valor histórico, el presente volumen es una lectura arrebatadora y fresca que hace buena la proverbial máxima de que los viejos rockeros nunca mueren, y es que hay mucho talento aquí reunido. Talento al servicio de la libertad creativa. Claro está que el contexto ha cambiado, pero el trabajo de estos genios sigue siendo un oasis en el desierto. Por cierto, a la fiesta se suma también Aline Kominsky-Crumb, que firma, como en otras ocasiones, diversas páginas con su marido. El volumen se completa con una amplia introducción de David Lardín, ilustrada además con las portadas de todos los números anteriores y con un estupendo epílogo en el que se repasa la trayectoria de cada uno de los artistas. En definitiva, una joya que nadie debería pasar por alto.


Y ya que he citado a Robert Crumb, aprovecho para recordar que La Cúpula ha editado también el libro American Splendor. Los cómics de Bob y Harv, que recoge la totalidad de las páginas que Crumb dibujó para la conocida serie de Harvey Pekar, una de las pocas ocasiones en que el primero trabajó con guión ajeno. El tomo se abre con un par de páginas a color y se cierra con la reproducción, también a color, de cinco portadas; entre ambas cosas, un festín confesional y autobiográfico. Otra compra obligada para lectores avispados.


Malaga Hoy



El relato ilustrado

Cris Ortega es la autora de la trilogía 'Forgotten', formada por álbumes con historias protagonizados por jóvenes muy bellas y muy desdichadas que tienen finales trágicos


GERARDO MACÍAS
17 Enero, 2018


'Forgotten nº1'. Cris Ortega. Norma Editorial, 2007.

Norma Editorial usualmente publica cómics. Pero a veces hace excepciones, como ocurre con la trilogía Forgotten, creada por Cris Ortega, autora de cómics, pero que en este caso nos presenta una colección de relatos ilustrados. Un relato ilustrado no es exactamente un cómic, porque en él se pierde una característica esencial del cómic: la secuencia.

El cómic y el cine tienen en común, entre otros rasgos, que ambos son artes secuenciales. El relato ilustrado converge con el cómic en el uso de texto e ilustraciones aunque dicho uso se lleve a cabo de diferente forma.

Cris Ortega, nacida en la capital de Valladolid en el año 1980, se aficionó desde muy pequeña al dibujo y a la literatura, mostrando especial predilección por el género de terror para sus textos y por la estética gótica para sus ilustraciones. A pesar de su interés por el dibujo, Ortega entró en la rama de ciencias puras con la intención de estudiar Aeronáutica o Astronomía, algo que de momento no ha llevado a cabo. En el año 1999 realizó su primer cómic y a partir de ese momento comenzó a plantearse en serio trabajar en esta profesión.

Mientras realizaba sus estudios como Técnico Superior en Ilustración en la Escuela de Arte de Valladolid, empezó a publicar sus obras en fanzines, revistas y editoriales extranjeras, ademas de realizar varias exposiciones e impartir clases de dibujo.

Al término de sus estudios, trabajó durante varios años como directora de Arte en una agencia de publicidad y dedicó su tiempo libre a la realización de trabajos por encargo, portadas de libros o la edición de la antología de cómic Shade.

Sus trabajos más recientes han aparecido también en prestigiosos libros de ilustraciones, como Exotique o Spectrum, en productos de merchandising y juegos de mesa, y han sido exhibidos en numerosas exposiciones.

Otro libro de ilustraciones, Nocturna, fue publicado en 2011 por Imagica Ediciones. A finales de 2016 publicó su obra más reciente, La sombra del cuervo rojo, una novela de temática fantástica en dos volúmenes.

Cris Ortega ha publicado en las siguientes revistas y editoriales de todo el mundo: Anaya, AST Rusia, CS Libri, Educa, Future Publishing, Ibersoni, Mundos Épicos, Norma Editorial, Salleck Publications, Underwood Books, Antartic Press, AudioText, Daulton Books, Egmont, Heavy Metal, Imagica Ediciones, Mylady Graphics, Pyramid Posters, Schiffer Publishing, Vajra Enterprises, Applibot, Ballistic Publishing, Dibbuks, Flame Tree Publishing, Heye Verlag, Imagine Publishing, Myths and Magic, Rage Publising, SM Ediciones, ZPR International, Ares Informática, Calvedo, Editorial Planeta, Flammèche Éditions, High Five Games, Johnson Publication, Nigth Owl / Asylum Press, Rizzoli Lizard y SQP Artbooks entre otras.

Forgotten es una trilogía que está formada por los siguientes álbumes: Forgotten (2007), Forgotten 2: El Portal de los Destinos (2008) y Forgotten 3: Las Colinas del Silencio (2010). Son relatos ilustrados que contienen romanticismo, ambientes góticos, terror y mucho sentimiento.

El primer álbum contiene las siguientes historias: El alma de la araña, Rosa salvaje, La caja de música y El canto de Lorelei. Cada relato se ve introducido por breves composiciones poéticas. Este libro está disponible en español, inglés, francés, italiano y alemán.

Estos relatos están protagonizados por jóvenes muy bellas, pero también muy desdichadas, que tienen finales trágicos. El hilo conductor de estas historias es Clover, la joven que las relata al pie de un misterioso árbol al viajero soñador (personaje que representa al lector), que se ve guiado hacia allí por sus propios deseos inconscientes.

Cada relato, aunque cuenta con finales bastante cerrados, vuelve a reabrirse en sus últimas líneas, argumentando que otros supuestos personajes han vuelto a caer presas de ese mismo hechizo, por ejemplo. Eso da una cierta homogeneidad a las obras, pues cada relato termina de esa manera. No obstante, ese truco deja con ganas de saber qué ocurrió después, algo que sin duda funcionaría muy bien comercialmente si la autora volviese a retomar esas historias en publicaciones posteriores, pero, dado que no lo hace, la curiosidad del lector se ve frustrada.


Malaga Hoy

Conflicto en el mundo rural

JAVIER FERNÁNDEZ
17 Enero, 2018

'Rural'. Étienne Davodeau. La Cúpula. 146 páginas. 14,50 euros.

La bibliografía de Étienne Davodeau es amplia y variada, pero el autor de Los ignorantes, La mala gente o Ha muerto un hombre se ha hecho un nombre con obras apegadas a la realidad, especie de documentales o reportajes en viñetas, que le han servido para acercar al lector temas como los movimientos obreros franceses, la producción agraria o el conflicto entre el mundo tradicional y la modernidad. En esta hebra, La Cúpula rescata ahora Rural. Crónica de un conflicto (2001), novela gráfica sobre un grupo de jóvenes campesinos que apuestan por la agricultura biológica y deben hacer frente a la amenaza de la construcción de una nueva autopista. Con un intenso trabajo de documentación, el resultado es una historieta apasionante.

Malaga Hoy


lunes, 15 de enero de 2018

Dibujar y no pensar

Trazar garabatos es algo natural para los niños. Retomar ese sencillo acto como adultos abre un interesante camino para la meditación

POR WENDY ANN GREENHALGH



 La adoración de los magos, de Leonardo da Vinci.
ART MEDIA/PRINT COLLECTOR(GETTY)

Como personas modernas de sociedades industrializadas y altamente tecnológicas no existe duda de que nuestra mente está expuesta a la hiperactividad: salta de una cosa a otra, estimulada de forma constante (incluso sobreestimulada) por una lluvia torrencial formada por los medios de comunicación, las redes sociales, la televisión, Internet, el tráfico, aglomeraciones, el trabajo y las activas vidas sociales y familiares.

La verdad es que para la mayoría, a no ser que hagamos un esfuerzo extra, hay muy pocos momentos de silencio, tranquilidad o paz en el día a día. Es más difícil que nunca encontrar un espacio en el que calmar y acallar la mente, para ser sin más; y, sin embargo, quizá tengamos más necesidad de lograrlo que en ningún otro momento anterior de la historia.

Mihály Csíkszentmihályi, un catedrático húngaro de Psicología conocido por sus trabajos sobre la creatividad y la felicidad, propuso por primera vez la idea del fluir (que a veces se llama zona) hace más de 20 años, y lleva mucho tiempo investigándolo y escribiendo sobre ello. Pero el concepto de Csíkszentmihályi de ser uno (estar completamente absorto en una actividad) es algo que los artistas y quienes practican la meditación conocen desde hace muchos cientos e incluso miles de años. Y la atención plena en el dibujo ha sido la actividad meditativa que a mí personalmente me permite acceder a este estado de la manera más fácil. Cuando estoy en ese fluir no habito ya mi mente que piensa; de hecho, en gran medida pierdo mi sentido del yo. Me descubro, en cambio, abriéndome a la sencillez de solo ser, de solo dibujar.

¿Qué es lo que pasa cuando dibujamos? ¿Y cómo y por qué tiene el sencillo acto de dibujar tanto impacto sobre nosotros? Durante mucho tiempo no obtuve respuestas, ni tampoco las busqué especialmente. Me satisfacía tan solo ser creativa y disfrutar de dejar trazos sobre el papel; pero en la veintena, tras varios años dibujando, e incluso después de trabajar un breve periodo de tiempo como ilustradora, descubrí la meditación y el mindfulness, y poco a poco lo que había sido un misterio se fue aclarando.

Lo que descubrí fue que la práctica de la meditación con atención plena evocaba en mí las mismas respuestas que dibujar. El estado mental en el que entraba durante la meditación no difería en nada, desde un punto de vista cualitativo, del estado en el que me encontraba cuando estaba absorta en el dibujo.





Portada del libro la meditación y el arte de dibujar.  

La práctica de la atención plena y de la meditación, como muchas otras tradiciones meditativas, proporciona a los meditadores un punto de atención donde concentrar la mente. En la práctica de atención plena este centro lo suelen constituir las sensaciones corporales y el movimiento de la respiración que fluye hacia dentro y hacia fuera. En otras tradiciones meditativas tal vez usen un mantra, la llama de una vela o una imagen. Lo que hacen todos estos puntos de atención es darle a nuestra atareada mente pensante algo sobre lo que posarse, un espacio que habitar, algo a lo que volver cuando el flujo de pensamientos, recuerdos, fantasías, asuntos del futuro o del pasado, emociones, atracciones, aversiones o deseos amenace con llevarnos lejos del aquí y el ahora.

Ser creativo y dibujar es algo que nos resulta natural a todos. Sin condicionamientos ni instrucciones, en cuanto somos capaces de sostener una cera, empezamos a explorar el trazar líneas, queremos expresarnos y disfrutar del acto.de dibujar. No hay ni que pensárselo. El problema aparece cuando interviene la mente que piensa.

En el budismo zen existe un término, shoshin, que se traduce como "mente de principiante". Cuando practicamos esta mente de principiante vivimos siempre la experiencia como si fuera la primera vez. Cuando dibujamos con mente de principiante podemos permitir que el proceso de dibujo sea nuestro amigo, nuestra guía, nuestro compañero de juegos. Cuando dibujamos con mente de principiante no tenemos la expectativa de ser competentes, de ser un Miguel Ángel o un Leonardo da Vinci; no somos más que principiantes; solo estamos, dibujando. La mente de principiante nos permite centrarnos en el proceso de dibujar y dejar de preocuparnos por el resultado final. Cuando digo "resultado" me refiero a algo terminado. Me refiero a esos dibujos que se supone que han de compararse favorablemente con otros que hayamos hecho, o que cualquiera que haya en la sala haya hecho, o incluso que cualquier persona del mundo haya hecho nunca. El resultado: ¿quién lo necesita? Cuánta presión del todo innecesaria y absolutamente falta de alegría.

Los pensamientos no son más que hábitos. Los pensamientos habituales crean caminos neuronales en el cerebro. Los pensamientos que pensamos con frecuencia son como gran¬des autopistas. Si tienes un crítico interior fuerte, los pensamientos asociados con él recorren esos caminos de tu cerebro a toda velocidad, como si fueran autovías de cuatro carriles. Pero, gracias a algo que los científicos llaman neuroplasticidad, podemos, de forma literal, cambiar de ideas.

Si nuestra práctica se extiende en el tiempo, la atención plena nos permitirá interrumpir el flujo habitual de pensamientos negativos de tal forma que vayamos abandonando poco a poco esas autopistas mentales hasta que, por el poco uso, se degraden, se vayan convirtiendo en senderos campestres llenos de maleza de un solo carril y finalmente, esperemos, en pleno campo. Y si mientras todo esto ocurre, mientras permitimos que esos pensamientos críticos se disuelvan hasta la nada, seguimos dibujando, estaremos desarrollando nuevas habilidades, permitiéndonos a nosotros mismos descubrir que en realidad dibujar está bien, y que está bien tener atención plena y conectar de esta manera. Cambiaremos.

En su hermoso libro La magia de los sentidos, el filósofo y fenomenólogo David Abram escribe sobre la reciprocidad como algo del cuerpo, de la mano y del ojo, y no solo del cerebro. "Mi mano", escribe, "es capaz de tocar cosas solo porque mi mano es en sí misma una cosa tocable. De manera parecida, los ojos, con los que veo las cosas, son en sí mismos visibles".

Cuando estamos dibujando y viendo con atención plena, pues, nos estamos encontrando con el mundo de una forma íntima que tal vez nunca experimentemos en ningún otro sitio, o de la misma manera. La conexión que formamos con lo que estamos viendo, lo que estamos dibujando y dónde lo estamos dibujando va más allá de lo intelectual, más allá de las palabras y el lenguaje, o incluso de las marcas. Va más allá incluso de la mente pensante. Es la relación de dos cuerpos en el espacio, una relación intuitiva del espíritu, en la que empezamos a percibir la naturaleza de las cosas, su mismidad, su ser. Y cuando esto ocurre podemos, sencillamente, ser con ellas en nuestra propia finitud.

Wendy Ann Greenhalgh es escritora, artista y profesora de meditación. Este extracto está tomado de 'La meditación y el arte de dibujar', que será publicado por la editorial Siruela el 15 de enero.
Traducción de Eva Cruz García.


El Pais, Ideas. Domingo 14 de enero de 2018


domingo, 14 de enero de 2018

Fortuny contra Fortuny por Antonio Muñoz Molina

Cioran habla en sus cuadernos de la "melancolía de ser comprendido". Alan Bennett, en el último volumen de sus diarios, anota con resignación que cualquier cosa que escriba va a ser aceptada respetuosamente por sus lectores, que nadie está dispuesto a enfadarse con él por una afirmación suya, por muy radical que a él le parezca. Hay una pesadumbre y hasta una amargura del artista que no es reconocido, que se sabe o se siente rechazado, y que a veces convierte en orgullo su propia marginalidad, porque le permite incluirse en el catálogo de los que sufrieron en vida un rechazo que so¬lo se convirtió en admiración después de su muerte. Y sin embargo el exceso de admiración también alarma a algunos espíritus angustiados. A lo largo de las páginas de sus Cahiers Cioran anota, con grados diversos de estoicismo, el poco caso que le hacen en el mundo literario de París, y se queja de la superficialidad de los lectores. Pero de pronto recibe unos cuantos elogios, o es agasajado, y le da miedo que esa aceptación sea un indicio de falta de talento.

El escritor se queja de no ser comprendido, pero se queja también de que lo comprendan. Alan Bennett disfruta, con todo merecimiento, del favor de los espectadores y de los lectores, y cada nuevo volumen de sus diarios que se publica es recibido con aprecio y hasta entusiasmo por los críticos en el mundo literario anglosajón. Se siente halagado, pero también, en el fondo, inquieto. ¿Y si lo aprecian simplemente porque no molesta, porque hace algo que se corresponde con el tono medio, con la mediocridad de lo ya muy manido? También hay precedentes históricos, en todas las artes: justo aquello que más celebran en un artista sus contemporáneos suele ser lo que lo desacredita ante los que vienen después. La posteridad, si se fija en algo, se fija en cosas inesperadas, en méritos que casi nadie vio a tiempo, ni siquiera su autor.



Fraile mendigando (1862-1867), acuarela de Mariano Fortuny expuesta en el Prado.

La exposición de Mariano Fortuny en el Prado es un buen sitio para divagar sobre estos caprichos de la sensibilidad y la fama. También sobre los peligros del talento. Fortuny es uno de esos artistas de facultades naturales prodigiosas que tienen la suerte de encontrar el mejor ambiente posible para educarlas. Con 20 años es-taba aprendiendo en Roma toda la disciplina del dibujo y la pintura académica, con un virtuosismo infalible, arraigado en la contemplación y el estudio de los mejores maestros del pasado. Fortuny aprendió en Roma toda la artesanía formidable de la representación visual, y cuando vino al Prado años después absorbió a Velázquez, a Goya y a Ribera con una especie de apasionada codicia, una voluntad de percibir y hacer suyo cada uno de los rasgos de las maestrías que admiraba. Velázquez, Goya y Ribera corrigen en el aprendizaje de Fortuny el peligro de asepsia del academicismo italiano. Cuanto más limitados los medios que usa, más parece que acierta: en la rapidez forzosa de la acuarela, en la casi taquigrafía del dibujo que aprende de Goya.

Un talento así tiene sus recompensas inmediatas, pero también sus peligros. Hay obras que se malogran porque no se hacen bien del todo, y otras porque se han hecho demasiado bien. Más allá de un cierto punto el virtuosismo puede derivar en sobreabundancia, en exhibición amanerada. Nada despierta más entusiasmo que la maestría evidente: halagado por él, un artista se complace en sus méritos más visibles, que son también los que le cuestan menos trabajo. Es el momento en que la destreza se convierte en malabarismo y pirotecnia y el público rompe a aplaudir puesto en pie y el pianista regresa al piano y ofrece un bis todavía más arrebatador.

En las fotos, Mariano Fortuny tiene una apostura como de concertista arrebatado de la escuela de Liszt o de Paganini, una melena rizada que favorecería mayores elocuencias escénicas. Su extrema fluidez técnica, su propensión a la sobreabundancia se correspondían, peligrosamente para él, con el gusto oficial y popular de la época, que propendía a la acumulación y a la opulencia. Los interiores de algunos cuadros de Fortuny están tan llenos de cosas como esos salones burgueses del siglo XIX que aterraban a Walter Benjamín, que veía en ellos escenarios para cometer crímenes. El atractivo de lo exótico en las artes de ese tiempo es un efecto secundario del gran saqueo colonial. Los artistas viajan a lo que llaman o imaginan el Oriente llevando sus cuadernos, sus cámaras fotográficas y sus cajas de pinturas en la comitiva de los ejércitos europeos invasores. Los ejércitos y los comerciantes vuelven cargados de botín y los artistas vuelven con sus cuadernos llenos de apuntes del natural que les servirán más tarde para sus cuadros de batallas. La pobreza cobra un colorido de exotismo. Los nativos ataviados con sus ropajes o sus harapos pintorescos atraen la curiosidad y avivan la imaginación al mismo tiempo que justifican con su primitivismo y su penuria la ocupación colonial en nombre del progreso.

Fortuny es coetáneo de Manet, pero no lo parece. Su cuadro más célebre, La vicaría, es siete años posterior a Olympia. A Manet Olympia le costó disgustos tremendos. La vicaría confirmó el éxito social de Fortuny. Las mismas razones que en 1870 explicaban la aceptación de ese cuadro —el detallismo, el decorado dieciochesco, la variedad de anécdotas amables— a nosotros nos lo vuelven de un kitsch irremediable, por muy alta que sea su factura técnica. Las comparaciones son injustas, desde luego: nuestro juicio de ahora tiene un valor tan relativo como el que tendría el de un espectador de 1870. Y además Fortuny murió tan joven que pudo no haber dado la mejor medida de su talento. Cuando más nos gusta, cuando es, o nos parece, más original, es cuando se contiene, o cuando no se esfuerza demasiado. Qué superstición creer que cuanto mayor sea la complicación, el formato, el empeño, mejor será la obra. Con mucha frecuencia ocurre lo contrario. Una acuarela de una duna en la que se ve una franja de mar, un boceto a lápiz de un zaguán en Tánger, el empedrado de un callejón en Granada, el verde umbrío de un jardín, son obras memorables precisamente porque Fortuny no pondría demasiado esfuerzo en ellas. La última pieza de la exposición es una vista de una playa, una vela recortada contra el mar. Quizás murió cuando empezaba a descubrir una forma de pintar que llevaba años insinuándose sin que él se diera mucha cuenta, con la originalidad secreta que puede estar alentando justo a un paso del esfuerzo consciente, de la rutinaria maestría.

'Fortuny (1838-1874)'. Museo del Prado. Madrid. Hasta el 18 de marzo.


El Pais. Babelia. Nº 1.364. Sabado 13 de enero de 2018