jueves, 16 de noviembre de 2017

El amuleto inca

'El ojo mágico de Kelly' es una obra que cuenta con los guiones de Tom Tully y los dibujos del argentino Francisco Solano López. El protagonista es invulnerable si porta la gema

GERARDO MACÍAS
15 Noviembre, 2017





'El ojo mágico de Kelly nº 1'. Guion: Tom Tully. Dibujos: Francisco Solano López. Planeta DeAgostini Cómics, 2010.

La serie británica de historietas El ojo mágico de Kelly fue creada por Tom Tully a los guiones y Francisco Solano López al dibujo para la revista Knockout de la editorial International Publishing Company el día 21 de julio de 1962. Al año siguiente, pasó a la revista Valiant, donde continuó hasta 1971. Se publicaban dos páginas en cada número, siempre en blanco y negro. Relataba las aventuras de Tim Kelly, un joven inglés dotado con el Ojo de Zoltec, un talismán inca que otorga fantásticos poderes.

En 1964, el Ministerio de Información y Turismo prohibía en España la publicación de los tebeos de Superman, Batman y demás personajes de DC, una prohibición que no sirvió para nada, porque estos cómics nos llegaban desde México de la mano de la editorial católica Ediciones Novaro.

Entonces, los lectores españoles descubrieron a través de la barcelonesa Ediciones Vértice lo que podría llegar a ser un sustituto de los superhéroes norteamericanos, los personajes de la editorial Fleetway británica: Flierman, Zarpa de Acero, Mytek, y Kelly Ojo Mágico.

La serie fue publicada en España en varios formatos: quince tebeos de sesenta y ocho páginas en 1965 y siete libros en rústica de alrededor de trescientas páginas en 1971, ambos por Ediciones Vértice y con la distribución de las viñetas alterada; la de Mundicómics, también de siete números, en 1981, y la de Surco en grapa en 1983.

En esta serie nos encontramos con Tim Kelly, un rico heredero bonachón y fanfarrón que viaja hasta Sudamérica para reclamar la fortuna de su tío. Una vez allí, es capturado por un policía corrupto que pretendía venderle como esclavo. Consigue escapar de sus captores y durante su huida salva la vida a un anciano indígena que en agradecimiento le muestra el templo de Zoltec. Allí encontró una enorme escultura cuyos ojos eran dos gemas, los ojos de Zoltec. Uno de ellos proporcionaba a su poseedor la invulnerabilidad absoluta, mientras llevase el ojo encima nada ni nadie podría hacerle daño.

En 1969 regresaron a España Batman y Superman, y la misma Vértice que nos trajo los personajes de Fleetway, nos traía a los superhéroes de Marvel... pero eso ya es otra historia.

Armado con la mística gema Kelly se dedicó a viajar por el mundo viviendo aventuras al estilo de la época. Luchaba contra cultos selváticos, malvados piratas, monstruos... Entre estos adversarios destaca Diablo, quien posee el otro ojo de Zoltec. Éste, a diferencia del que posee Kelly, otorga a su propietario el poder de controlar las mentes de humanos y animales. Cabe preguntarse por qué el indio que llevó a Kelly hasta la estatua de Zoltec no le advirtió que cogiese los dos ojos…

En octubre de 1966, Tim Kelly conoció al Doctor Diamond, un excéntrico anciano con una peculiar forma de vestirse y que había construido una máquina del tiempo con la que podía viajar tanto por el tiempo como por el espacio y que estaba camuflada como un objeto cotidiano, en este caso un reloj de péndulo. De este modo, Kelly se convirtió en acompañante del Doctor Diamond, viajando por el tiempo para luchar contra todo tipo de amenazas al más puro estilo de lo que se que llevaba haciendo tres años en televisión con bastante éxito en Doctor Who.

Un tebeo de Tom Tully y Francisco Solano López que en estas primeras entregas recopiladas en el volumen editado por Planeta DeAgostini acusa demasiado su espíritu original. Por mucho que se intente contextualizar en su momento de publicación, la serie resultaba en sus inicios tan ingenua que rozaba lo simplón y previsible, a lo que hay que añadirle que la labor del dibujante argentino Francisco Solano López está muy lejos de la que pudimos admirar solamente tres años antes en las páginas de su obra cumbre, El Eternauta.

Lo cierto es que, a medida que iba avanzando la serie, comenzó a ganar interés: por un lado, el catálogo de enemigos de Kelly se convirtió en una especie de locura a la búsqueda del antagonista más estrafalario e inverosímil. Por otra parte, la invulnerabilidad de Kelly, que en sus inicios se restringía a sobrevivir a balas, caídas y explosiones, fue poniéndose a prueba de las maneras más increíbles, ya que poco a poco, el guionista hizo padecer a su personaje barbaridades y tropelías inimaginables en las primeras entregas.


Malaga Hoy


miércoles, 15 de noviembre de 2017

El espejo del Preste

El dúo formado por Díaz Canales y Pellejero crea un relato emocionante y evocador con todos los ingredientes de la receta original de Hugo Pratt

JAVIER FERNÁNDEZ
08 Noviembre, 2017


'Corto Maltés: Equatoria'. Juan Díaz Canales, Rubén Pellejero. Norma Editorial. 88 páginas. 19,50 euros.


Que Corto Maltés es un viajero incansable lo sabe todo el mundo, y así se declara en Equatoria. "¿Dónde irás en cuanto desembarques?", pregunta la isla de Malta, a lo que el marino responde: "¿Quién sabe? A cualquier lugar menos a Ítaca".

Pero Corto no es un viajero corriente; su movimiento nos mueve. En palabras de François Busnel, que firma el tercero de los tres prólogos del libro de Norma Editorial: "A la vez baúl del tesoro y botiquín, las aventuras de Corto Maltés, por su muda presencia, expandían mi vida. Leí aquellas historias como si fueran la única manera de salir de una antigua existencia. Bajo el cielo bajo y pesado de mi suburbio, donde no había sol ni alegría y todo me parecía confinado en el hastío y la mezquindad, creía estar solo y detestaba el mundo, y de repente, el mundo recobraba sus colores. [Los libros de Corto] engrasaron los engranajes de mi imaginación. (…) Quise descubrir ese mundo del que Corto me había abierto las puertas. Ya no me bastaba con saber que la tierra era enorme, necesitaba experimentarlo".

Dice Benoît Mouchart, por su parte, en el primero de dichos prólogos: "Todos los exégetas de las aventuras de Corto Maltés saben que ese caballero de fortuna es un aficionado a las historias y que estas se alzan sobre el cuento, la fábula o la Historia. Los relatos que le apasionan pertenecen a ese territorio particular de la memoria de los Hombres donde la leyenda y la realidad parecen confundirse para formar los contornos de la dimensión del mito. Su tierra natal, la isla de Malta, ¿no es acaso el lugar en el que Calypso prometió a Ulises la inmortalidad o en el que San Pablo naufragó antes de ser juzgado y decapitado en Roma? Familiarizado con la cábala y curioso respecto a todas las mitologías, Corto se esfuerza en considerar las historias seriamente porque ellas le inspiran, más allá de la propia fantasía, diferentes interpretaciones que le conducen a explorar otros niveles de conocimiento y de consciencia, es decir, de sabiduría. No importa cuál sea el destino al que le conduzcan sus pasos, cuáles sean los paisajes donde se pose su mirada, nuestro aventurero filósofo no ignora que los verdaderos viajes son siempre interiores".

Movimiento perpetuo y viaje interior, estos son los dos polos de la fenomenal creación de Hugo Pratt, y sobre este mismo eje se articula el trabajo de Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero. Como si fuese sencillo, como si tal cosa, el dúo se apropia de las características formales de la serie y nos regala en Equatoria un relato emocionante y evocador con todos los ingredientes de la receta original: la búsqueda del tesoro (el mítico espejo del Preste Juan), los ambientes exóticos (Venecia, Alejandría, Zanzíbar), cameos de personajes históricos (Winston Churchill, Constantin Cavafis, Ferida Schnitzer), un elenco de inolvidables secundarios (que, en Equatoria, son casi todos mujeres: la reportera Aïda, la hermana Lise, la esclava Afra) y, cómo no, Corto Maltés, el testigo curioso, el soñador, el viajero. El que nos invita al viaje.

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Recopilación de joyas



JAVIER FERNÁNDEZ
08 Noviembre, 2017


'Los archivos de The Spirit, 26'. Will Eisner. Norma Editorial. 256 páginas. 38 euros.

Ahora sí, con el volumen 26 de Los archivos de The Spirit culmina la recopilación de la obra maestra de Will Eisner, un sueño hecho realidad para cualquier aficionado a la historieta. Este último tomo incluye cómics, bocetos, páginas de guión, portadas, ilustraciones promocionales y otros dibujos de distinta procedencia, algunos inéditos, firmados por Eisner tras el cierre de la cabecera del personaje en 1952 y hasta su fallecimiento en 2005. Es un conjunto soberbio, en el que destacan joyas como el Portafolio de Spirit, diez láminas publicadas por Collector's Press en 1977 que se acompañan del texto introductorio original, las portadas de las reimpresiones de Kitchen Sink, muy especialmente las veinticinco del magacín que vio la luz entre 1977 y 1983, y, claro está, el puñado de historietas dispersas, la última de las cuales está fechada en 2004.



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Un clásico del terror



JAVIER FERNÁNDEZ
08 Noviembre, 2017




'Hellboy. Edición integral, volumen 2'. Mike Mignola y otros. Norma Editorial. 640 páginas. 39,95 euros.

Norma Editorial ha reimpreso en estos días el segundo volumen de la edición integral de Hellboy, clásico moderno del cómic de terror que, en palabras de Alan Moore, "te transporta a un rincón del cielo de los cómics de donde nunca querrás marchar". El grueso tomo compila los libros El gusano vencedor, Lugares extraños, La bruja troll y El hombre retorcido y otras historias, lo que da un total de trece aventuras, unas más largas que otras. Al sensacional trabajo de Mike Mignola, que firma los guiones y la mayoría del dibujo, se suman aquí páginas de figuras como Richard Corben, Duncan Fegredo o P. Craig Russell. Van también introducciones, comentarios sobre las distintas historietas y un nutrido apartado de material extra.


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Martillos y Escudos

Jack Kirby regresa a las librerías con dos magníficos volúmenes que recopilan parte de su trabajo para Marvel


JOSÉ LUIS VIDAL
08 Noviembre, 2017





Estoy casi seguro que a aquel jovencito llamado Jacob, mientras correteaba junto a sus amigos en las calles del Lower East neoyorquino, no se le pasaría por la cabeza que, pasados los años, sería uno de los principales protagonistas de la llamada Edad de Plata de los cómics norteamericanos. Su larga carrera comenzaría en los años treinta y terminaría cincuenta años después, siendo coronado por lectores y profesionales del medio como "El Rey" de los comic-books.

Continuando con la celebración de los cien años de su nacimiento, Panini Comics publica dos nuevos tomos Omnigold con un contenido de lo más interesante y que, curiosamente, nos muestran dos etapas muy diferentes de la obra de Jack Kirby.

El primero de ellos está protagonizado por el rubio Dios del Trueno que estos días estrena nueva película en los cines, El Poderoso Thor. Bajo el ominoso título Y ahora… ¡Galactus!, como podréis suponer, el habitante de Asgard se va a ver metido de cabeza en una aventura espacial.

Todo comienza cuando Tana Nile solicita la ayuda de Thor, debido a la inminente llegada del Devorador de Mundos a su planeta. Y todos sabemos lo que ocurre cuando Galactus tiene hambre…

Un cataclísmico combate con Ego, el planeta viviente y otro en el que gracias al poder del Mjolnir, el martillo de Thor, harán que el ciclópeo y hambriento ser abandone su plan.

Pero como ya sabéis, la vida del héroe es dura y deberá enfrentarse a más retos, entre los cuales estará vencer a las hordas de Plutón junto a su amada Sif; Un peligroso personaje surge de un capullo, y su nombre es "Él"… Y así, páginas tras página, con los guiones de Stan Lee, llegaremos incluso a conocer el secreto origen de Galactus, en una saga imprescindible para los marvelitas de pro.

Mientras, en paralelo, el bravo asgardiano Balder sufrirá mal de amores y no podrá evitar caer en las maléficas redes de la Reina Norna, Karnilla…

Seguro que echáis de menos a Loki, ¿no? Tranquilos, como siempre el taimado hermano de Thor maquina un plan. Y en este caso tiene mucho que ver con el bastón que se transforma en el martillo Mjolnir; Además contemplaremos atónitos la amenaza que supondrá para Occidente la creación de El Hombre Térmico.

Y así, muchas más historias geniales, épicas, en una etapa que supondría la última antes de que Kirby abandonara la editorial Marvel. Era principios de los años setenta y justo en este volumen veremos como otros dos grandes de la viñeta, John Buscema y Neal Adams recogieron el testigo, dejando el pabellón muy alto.

Como os decía anteriormente, estos dos tomos recopilan dos etapas muy diferenciadas de la obra de Kirby en Marvel, y el segundo de ellos del que quiero hablaros, protagonizado por El Centinela de la Libertad, el Capitán América, es buena prueba de ello: Mediados de los setenta, tras una temporada en la distinguida competencia (léase DC Comics), Kirby regresa a Marvel y solo lo hace bajo una serie de condiciones. La principal de ellas es que él mismo se escribirá los guiones. Los gerifaltes de La Casa de las Ideas le abren los brazos y aceptan. Y de ese acuerdo nace la saga incluida en este nuevo tomo Omnigold. La era de la bomba loca es su título y, además de ésta, se abre con un anual en el que Jim Hendricks alerta al Capi de la presencia de un OVNI cerca de su granja. Cuando el héroe llega al lugar se va a encontrar con algo que no esperaba, un prisionero que tal vez no sea lo que parece…




Pero la importancia del contenido de este volumen empieza justo al terminar esta aventura. Y es que, a raíz de la celebración del Bicentenario del nacimiento de los Estados Unidos, en Marvel decidieron hacerlo a su manera y para ello, Kirby hace que el camino del Capitán America se cruce con un curioso y místico personaje, Mister Buda (¡Vaya nombrecito!). Gracias a éste y una arcana marca en su mano, comenzará un viaje en el tiempo que lo va a llevar a través de la historia de su país: Desde la Segunda Guerra Mundial y Hitler, conocerá a Benjamin Franklin, observará atónito la pobreza de los años 30, junto al nativo Gerónimo contemplará un ataque del ejército yanqui, volará en un biplano de la primera gran contienda… Y así seguirá en un alucinante viaje que le enseñará los valores del pueblo norteamericano.

Y ya en la otra saga incluida, la de la Bomba loca, Steve Rogers y su compañero de fatigas, El Halcón, deberán desbaratar los temibles planes de un grupo de terroristas que pretenden extender la locura por todo el país y regresar a una época lejana, cuando aún los británicos eran los dueños de aquellas tierras. Una aventura apasionante que solo es el comienzo de muchas otras, en las que el protagonista se cruzará con multitud de villanos como Arnim Zola, el regreso de Cráneo Rojo y el Amo del Magnetismo, Magneto.

Dos magníficos tomos estos, trufados de extras e interesantes textos. Dos velas más que añadir a la celebración del centenario del nacimiento de este genio de las viñetas, ¡el Rey Jack Kirby!


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Antes de Drácula

El guionista Robin Wood y el dibujante Alberto Salinas muestran a un personaje que narra su propia historia dentro de un mundo en el que las atrocidades son moneda corriente

GERARDO MACÍAS
08 Noviembre, 2017


'Biblioteca Robin Wood: Drácula'. Guion: Robin Wood. Dibujos: Alberto Salinas. ECC Ediciones, 2012.

Vlad Tepes III (1428-1476), príncipe valaco, fue conocido en vida por dos apodos. Se le llamó El Empalador, por su manía de atravesar con un palo -desde el coxis hasta la nuca-, a sus enemigos y a quienes él consideró culpables de algún delito. También se le llamó Drácula, en rumano "hijo de Dracul". El origen de este término es el emblema de su blasón familiar, ya que su padre Vlad II pertenecía a la Orden del Dragón, fundada en el siglo XV para luchar contra el invasor turco. Pero dado que drac en rumano significa "diablo", también podría ser "hijo del demonio", ya que su padre se ganó el sobrenombre de "diablo" por sus maniobras políticas.

Consiguió reinar tres veces en Valaquia, un pequeño estado al sur de Rumanía, independiente hasta la invasión turca. Fueron éstos quienes consiguieron abatirle al fin en una emboscada a finales del mes de diciembre de 1476.

A pesar de las atrocidades que cometió, en vida jamás se le asoció al vampirismo. Ese dudoso honor se lo debe al escritor irlandés Bram Stoker, que en 1897 le convirtió en protagonista de su novela Drácula. Y aquí empieza la leyenda.

Pudo influir en Stoker la existencia de Elizabeth Bathóry, una pariente lejana de Vlad que vivió en el siglo XVII y recibió el apodo de la condesa sangrienta porque, al parecer, acostumbraba a degollar a muchachas vírgenes para bañarse en su sangre, en la creencia de que así prolongaría su vida y juventud eternamente.

La novela de Stoker está ambientada en los Cárpatos de Transilvania, territorio en el que durante la Edad Media se propagó la leyenda sobre seres capaces de sobrevivir a la muerte a base de succionar la sangre de los vivos durante la noche. Allí, el único personaje histórico con un perfil que le convertía en candidato natural al vampirismo era Vlad Tepes.

Stoker también pudo inspirarse en El vampiro (1816), de John William Polidori, que se basa en una antigua creencia griega -citada por Esquilo y Eurípides-, según la cual los espíritus de personas muertas de forma violenta regresaban para causar daño a los vivos. Por tanto, no es casual que Polidori situara la acción de sus vampiros en Grecia.

En 1991, se publicó originalmente el cómic Drácula, de Robin Wood y Alberto Salinas, en la revista italiana Skorpio. El paraguayo Robin Wood fue durante años el principal escritor de la editorial argentina Columba, hasta el punto de que tuvo que surtirse de seudónimos para ocultar que la misma persona escribía la mayoría de los guiones. Entre sus series: Nippur de Lagash (1967), Jackaroe (1968), Gilgamesh el inmortal (1969), Dax (1978) y Dago (1981). En 2016, Robin Wood anunció su retirada profesional por problemas de salud.

Wood se centra en el protagonista y a él supedita todo lo demás, la única voz de la historia es la de Vlad contándonos su vida, de hecho la está narrando a un escribano ante su previsible derrota y muerte. Wood pretende proporcionarnos una visión neutra del personaje. Nos cuenta sus atroces crímenes sin tratar de infravalorarlos, pero también nos muestra que vive en un mundo donde esas atrocidades son moneda corriente y pretende presentárnoslo como un personaje que las utiliza como arma a falta de otras mejores.

El Vlad Tepes de Robin Wood es leal a quienes le son fieles hasta extremos inusuales en la época y siente un sincero amor hacia su familia, que incluye incluso a su hermano Radu, su eterno rival. Este amor sólo es superado por el que siente hacia su propia patria, a la que sueña con ver unida y libre de injerencias extranjeras. El problema de Vlad es que ama a su tierra pero no siente simpatía por sus moradores, a los que ve como un estorbo.

No sólo el personaje de Vlad Tepes está bien construido, sino que Wood se esmera en los secundarios. Su hermano Radu, su fiel criado y consejero Vasili, su esposa, inicialmente atraída sólo por morbo y luego enamorada de él, y todo un largo plantel de personajes históricos. Wood rehúye el elemento fantástico y lo reduce a pequeños detalles anecdóticos.

Y llegamos a la parte gráfica. El dibujante argentino Alberto Salinas (fallecido en 2004) es hijo del gran José Luis Salinas. Alberto Salinas realiza un trabajo más que correcto, con una buena caracterización de los personajes y una convincente recreación histórica.


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jueves, 9 de noviembre de 2017

MÚSICA SALVAJE ENTRE MAGNOLIAS Y COYOTES Por Iñigo Domínguez


La música ya es como la ropa, un hábito adquirido, y es difícil abstraerse de la rutina para recordar que, en su origen y en esencia, es un tipo arrancando sonidos a un objeto con un sentido inesperado. Algo muy primitivo. Basta pasar de escucharla en casa o con los cascos a un concierto en vivo, pero pequeñito, o simplemente mirar a alguien que sepa tocar algo y es una experiencia completamente distinta. El vértigo ya es antropológico, de emoción arqueológica, si se excava en las más viejas grabaciones norteamericanas, donde nacen las raíces del rock. Y no es lo mismo que escuchar un disco de Mozart, porque no es el propio Mozart quien toca y descubre en ese momento, contigo, lo que sale. Es difícil de explicar, y por eso me pongo. Produce unas sensaciones profundas, conmovedoras, y comprendo muy bien al dibujante Robert Crumb, a quien le dio por dibujar retratos de aquellos pioneros, inspirándose en las escasas fotografías conocidas, en un libro editado en España por Nórdica Cómic. Se llama Héroes del blues, el jazz y el country.






Se siente una fuerte empatía con este librito, una simple sucesión de retratos acompañados de pequeños textos de tres expertos, breves pero punzantes semblanzas de músicos, casi todos muy olvidados. Fueron los primeros intérpretes de blues, jazz y country que se conocen, que no quiere decir que fueran los primeros, porque la historia se hace muy borrosa antes de los documentos sonoros. Eran juglares que vagaban por los caminos o eran populares en su condado, pero desaparecieron sin dejar rastro. Muchos eran famosos sin haber grabado nada, una clase de fama, popular, de renombre, sin imagen, que hoy nos resulta difícil de imaginar. Tommy Johnson, por ejemplo, «era un personaje muy conocido en todo el delta del río Mississippi», dice el texto. Luego añade lacónicamente: «Entre 1928 y 1930 grabó once temas». De Peg Leg Howell se lee esto: «Fue uno de los primeros músicos de country blues en ser grabados ». Casi nada, y lo dice así. Cada minúscula biografía, de poco más de diez líneas, tiene frases que podrían hacer arrancar una novela. Howell nació en 1888 y murió en 1966. ¿Cómo vio cambiar el mundo esta gente? Sus padres, sus abuelos, vivieron la esclavitud y la guerra de Secesión, que acabó en 1865. Las cosas que vemos en las películas de vaqueros: la victoria de Caballo Loco en Little Big Horn fue en 1876. Luego conoció dos guerras mundiales, los Beatles. Tres años después de su muerte el hombre llegó a la Luna.
Enseguida aparecen ciegos en esta historia. Un negro ciego tocando blues, quizá junto al río y bajo unas magnolias, tiene algo de misterio insondable en la oscuridad. Como Blind Blake, que «entre 1926 y 1932 grabó casi ochenta temas, para después desaparecer en el anonimato». Vivió y murió en Jacksonville, Florida, quizá nunca saliera de su pueblo. Su página termina así: «Tuvo muchos imitadores, pero nunca llegaron a igualarle». Un genio local que murió sin saber que un siglo después el mundo sabría quién era y lamentaría no saber más. Blind Lemon Jefferson es el más célebre de aquellos negros ciegos, porque fue uno de los grandes, pero su muerte, el 29 de diciembre de 1929, encierra todo ese misterio del que hablo. Miocarditis aguda, dijo el certificado médico, pero nunca se supo bien qué pasó. Se ha dicho que una amante celosa le envenenó el café, que se desorientó en una tempestad de nieve y murió de frío, que le atacó un perro en medio de la noche. También que le asesinó un guía malvado que le acompañó a la estación de tren y le mató para quitarle un cheque que había cobrado.




 El ritmo saltarín de algunos blues es el del vagabundo que recorre los caminos y se topa con aventuras y gente curiosa. A menudo la vitalidad que transmiten supera el dolor que cuentan. Letras que hablan de serpientes y piedras, trenes y bolsillos, de Dios y del diablo, de tumbas y de noches, y casi siempre de dinero, de un dólar, de dos, de tres, pocas monedas, la obsesión por llegar al día siguiente. Lo genuino de estos artistas es que lo eran verdaderamente, algo mucho más difícil hoy, y me explico: no tocaban para ser famosos, tener dinero o pasar a la posteridad, como mucho para ganarse la vida. Hoy es casi imposible que alguien que se dedique a eso no tenga al menos como fantasía convertirse en una estrella. Incluso renegar de eso requiere un esfuerzo deliberado, si no una pose. El mundo ya es de otra manera y no es posible ser inocente. Aquellos pioneros ni en sus mejores sueños habrían imaginado ser millonarios, llenar estadios o que lo que dijeran tuviera la más mínima repercusión. Lo hacían realmente porque les gustaba, y nada más. Ese nada más constituye su pureza. No tenían otras pretensiones que las expresivas, expresar lo que sentían, y con un material que estaban inventando, con muy poco heredado. Las músicas y canciones familiares.

Otro detalle encantador de estos grupos es lo artesanal. Hacían música con lo que tenían a mano: silbaban, tarareaban, soplaban en botellas y construían sus instrumentos con palos, calabazas, peines... ideas heredadas de las costumbres africanas. Whistler and His Jug Band fue la primera jug band que grabó un disco. ¿Pero qué demonios es una jug band? En el dibujo salen unos tipos soplando unas garrafas de vidrio. El prodigio de saltar en el tiempo ya no requiere pasar media vida buscando un disco, basta mirar en Spotify. Lo curioso es que siguen sepultados en el olvido y se puede vivir la misma experiencia exótica y recóndita: he mirado y este canal tiene setenta oyentes mensuales.

En las fichas de muchos artistas impresiona ver lo que pone en el apartado Nacimiento (N) o Muerte (M). Hay muchos así: «N: desconocido» o «M: desconocido», o ambas cosas. Caso extremo es Buddy Boy Hawkins, que no tiene ni fechas ni nada. El texto es melancólico. «Se sabe muy poco de su vida», dice. Cuenta que tuvo un estilo impecable, grabó doce títulos entre 1927 y 1929, «pero sus discos se vendieron mal y desapareció en el anonimato». Te lanzas a Spotify y, como en muchas de estas grabaciones, lo primero que se oye, antes que cualquier nota, es ruido, ese ruido de fondo, que no estorba, sino que es como el sonido de viajar hacia atrás en el tiempo o sumergirse en las profundidades. Le da densidad, suciedad, como una moneda romana manchada de tierra.




Varios de estos músicos, como Ed Bell, o Rubin «Rube» Lacey, dejaron la música para hacerse sacerdotes, lo que da una idea del componente espiritual que tenía lo que tocaban. También hay que decir que algunos hacían el camino inverso —lo cual no hace más que reforzar esta idea—, pues dejaban los hábitos para hacerse músicos, como Son House. Había que buscarse la vida como fuera. Blind Willie McTell «debutó en las grabaciones en 1927 después de haber trabajado como cantante callejero y en espectáculos itinerantes de medicina». La primera mujer que aparece es Memphis Minnie, nacida en 1897, «guitarrista consumada», que con diecinueve años ya hacía giras.

Con todo, esta parte negra de la música norteamericana es algo más conocida entre nosotros, estamos mínimamente familiarizados con su mitología. La otra parte del libro, la blanca, el country —en el jazz se mezclan las dos—, nos resulta mucho más ajena y esconde historias fascinantes. El primer artista que aparece, Andy Palmer, que solo hizo ocho grabaciones en 1932, ni existe en Spotify. Para sentir el primer impacto ancestral de esta música se puede buscar a Eck Robertson, nacido en 1887, que sí se encuentra. Pinchen Sally Gooden, de 1922, considerada la primera grabación de música tradicional norteamericana. Es salvaje, rústica, animal, desbocada. Te imaginas perfectamente que la tocaran en la noche para ahuyentar a los coyotes. A diferencia del blues, nocturno y taciturno, parte de la más remota música tradicional blanca tiene una veta de aventura, de excitación, de gente que está un poco loca en medio de la naturaleza infinita. De Earl Johnson, nacido en 1886 en Georgia, el libro dice: «Puede considerarse el violinista más salvaje que jamás haya grabado». Y eso que, aclara, no era ni una gran violinista ni un gran cantante. En el dibujo, en las fotos, aparece un señor serio con traje y corbata que bien podría ser un empleado de la oficina de telégrafos. Despierta la curiosidad inmediatamente, claro, pero apenas se encuentra nada en Spotify. Pero escuchen «Little Rabbit / Rabbit Where's your Mammy», de los Crockett's Kentucky Mountaineers, y les parecerá ver mapaches corriendo por el salón. O el inquietante violín, un sonido que tiene algo siniestro o de psiquiátrico, de «Indian War Whoop», de Hoyt Ming and his Pep Steppers.



Hay dos grupitos por los que tengo debilidad, solo de mirar sus retratos y lo poco que he leído de su historia. Uno es Burnett & Rutherford. Dick Burnett tenía veinticuatro años cuando empezó a tocar el banjo en serio después de quedarse ciego por un balazo. Poco después tomó bajo su protección a un chaval de catorce años, Leonard Rutherford, que era un genio del violín. El texto termina así: «Pasaron los siguientes treinta y cinco años viajando sin parar y tocando por todo el sur». El otro es Carter Brothers and Son. Se ve a un señor de traje, pero con botas, con un violín y a un niño muy serio de pantalones cortos, sentados en dos sillas en medio del campo. El niño, Jimmie, era «un guitarrista extraordinario», y con el violín alocado de su padre, George, poseían «una desenfrenada exuberancia y un abandono temerario y salvaje». Todo ello se puede comprobar en su glorioso tema «Give the Fiddler a Dram», en el que da la sensación de que al final pueden coger el violín y tirarlo por la ventana. Colofón de su breve semblanza: «En los meses que no se dedicaban a cultivar algodón, los Cárter eran músicos profesionales en barcos de vapor el Mississippi».

Si en el blues el instrumento central es la guitarra, emparentada con sus primas africanas, aquí es el violín, traído en las maletas desde Europa y de pasado celta. Los primeros colonos británicos que llegaron a América llevaron consigo seis o siete tradiciones de violín distintas, explica el libro, que en cada lugar se desarrollaron a su vez de forma propia y acabaron generando centenares de estilos diversos en tres o cuatro generaciones. Si el blues es más bien solitario, tiene algo de monólogo y consuelo, el country nace en familia, en la comunidad. Eck Robertson, por ejemplo, que no salió en su vida de Amarillo, Texas, grabó muchas de sus canciones con su mujer y sus hijos. En muchas de estas biografías emerge esa cosa americana de que en cualquier casa hay un instrumento y todo el mundo sabe tocar algo. Por eso estas bandas suenan tan compenetradas, son padres e hijos, primos y cuñados. Abundan retratos encantadores de matrimonios, muy formales en el porche de su casa. Uno se topa con frases que producen vértigo, como que hoy en día nadie es capaz de reproducir algunos de aquellos increíbles sonidos, porque eran virtuosos autodidactas con manías propias y genialidades inimitables fuera de los cánones.

El primer disco de country fue Little Old Log Cabin, de 1922, de Fiddlin' John Carson, uno de los grandes pioneros. Leamos: «Están entre las interpretaciones más emocionantes y deliciosas de la época. Hay unas cuantas grabaciones en las que Carson parece ir bastante borracho, y escucharlas en esos casos resulta gracioso, o triste, según se vea». Creo haberlo detectado en algunas, y al menos para mí es entrañable. Esta gente cantaba porque se lo pasaba bien, está claro, y en algunos casos había encontrado una manera de no trabajar tanto, no deslomarse en los campos o en la fábrica, y eso supongo que proporciona una enorme felicidad. Son composiciones de una fuerza torrencial, y no se debe olvidar que en su mayor parte era música de baile, para correrse juergas o ligar. Tienen un componente rural, vecinal. Era una costumbre familiar y de pueblo, se juntaban los vecinos, de todas las edades, y aliviaban la dureza de la jornada o las penas de la vida con la música. En esos viejos discos se oye lo que tocaban frente a la chimenea o en las sobremesas de los domingos, melodías arrastradas generaciones atrás desde Escocia o Austria, golpeadas y moldeadas por el uso. En los años veinte hubo una auténtica explosión de bandas rurales, formadas por gente muy joven: era el pop del momento, solo que apenas dejaron rastro, fue una diversión adolescente que dejaron para hacer algo de provecho, pocos grabaron discos.

Da Costa Woltz's Southern Broadcasters grabaron dieciocho temas en una sola sesión, el libro los define como magistrales, pero su frase final es lapidaria: «La banda nunca apareció en la radio y estuvieron poco tiempo juntos». Más que los discos, la radio, donde se tocaba en vivo, era el principal medio de difusión musical. Quién sabe si aquel día que pasaron en el estudio les pareció que hacían algo decente, que aquello podía ser arte, una música imperecedera o que caería en el olvido. Seguramente pensarían esto último. En la ficha de los cuatro músicos pone «M: desconocido». Uno de los miembros del cuarteto era un niño de doce años que tocaba la armónica, el ukelele y cantaba. Aparecen otros niños en los dibujos, sentados como uno más entre los adultos. Otro de la misma edad, un tal Mumford Bean, era incluso el líder de su grupo, los Itawambians, con su violín.

En los retratos de Crumb se ve que estas personas se ponían guapas para la foto, de domingo, porque en realidad eran granjeros. Es más, en algunos casos aparecen directamente con el mono azul de trabajar o camisas de cuadros de leñadores. Dock Boggs, que tocaba solo con su banjo y que suena asombrosamente bien, como una especie de blues blanco de rara intensidad, era minero del carbón. Wilmer Watts trabajó casi toda su vida en molinos textiles. Es decir, la mayoría no eran profesionales, la música era esa parte que dedicaban a ser ellos mismos, sin ninguna otra pretensión, y se nota como algo único.

Paradigma y referencia de estos artistas es la familia Carter, origen de una saga y pilar de la música tradicional norteamericana, que dejó casi trescientos títulos y vendió millones de discos de los años veinte a los cuarenta. Es una música más hogareña y pausada, seria y lastimera, de salmo y reunión familiar, con una fuerte impronta coral y femenina, pues, además de las voces, uno de los genios de los Cárter era la guitarrista, Maybelle. Frank M. Young y David Lasky han contado su historia en una novela gráfica, publicada por Impedimenta, donde se relata espléndidamente su pasión por la música mientras sacaban adelante su granja.


El Pais Smart Jot Down Noviembre 2017 número 26