domingo, 1 de octubre de 2017

SARA MORANTE Voy a ilustrar un libro


Voy a ilustrar un libro aquí y ahora, delante de ustedes. Bueno, imaginémoslo. Acabo de leer el texto. No solo me ha gustado: me he visto ahí dentro, observando a los personajes sin ser vista. No me pasa con todos los libros. Para decidir ilustrarlo, además, me tiene que sacar de mis casillas y ha de suponer un reto en la parte técnica y en la parte narrativa. También necesito sentir cariño por el proyecto y estar a gusto con las condiciones. Durante la lectura he anotado en los márgenes de las hojas los datos más relevantes que necesitaré más tarde, cuando comience a dibujar, como las descripciones físicas de los personajes, los cambios que pudieran darse en su aspecto físico, el contexto histórico si fuera relevante, los eventos esenciales o el cronograma de la historia y los detalles de los escenarios. He subrayado palabras, he anotado metáforas que se me han ocurrido (no me gusta ser descriptiva). No hago bocetos, escribo las ideas. Los rincones poco iluminados del texto también me interesan, como a cualquier lector: es en esas esquinas oscuras donde fantaseo y reinterpreto la historia. Busco hilos paralelos para contarla con mi propia voz. El escritor es dueño de lo que escribe, pero no de lo que los lectores entendemos, y yo soy una lectora cuya profesión es contar esa historia con su propio lenguaje: las ilustraciones.




Los personajes me interesan mucho y les dedico mucho tiempo a sus retratos. Los dibujo una y otra vez hasta que quedo satisfecha. "Malgasto" mucho papel. Sombreo bajo sus ojos y, mientras lo hago, fabulo sobre su personalidad, sobre su historia. Relleno huecos, las esquinas oscuras que comentaba. Mientras hablamos ya he dibujado todo el dramatis personae. No se crean, esto me lleva cerca de dos meses. El retrato del personaje principal suele ser fiel a la descripción del texto, aunque a veces añado algunos detalles: es obeso, viste de forma impecable y tiene un antojo en la sien. Licencia de ilustradora. Ahora nos toca hacer los escenarios, pero es algo que he estado preparando con tiempo y voy a tiro hecho. Acortemos. Ilustrar es mudarse a un libro durante unas semanas, meses, y este libro será mi morada hasta la fecha de entrega. Claustrofóbico, pero no conozco otra manera de hacerme con una historia. A partir de ahora se termina la calma. Mi proceso creativo será caótico. Me perderé dos o tres veces y tendré que volver a empezar. Odiaré la ilustración. No suelo disfrutar esta parte. Ilustrar es mi profesión y tengo que hacerlo dentro de unos estándares de calidad que yo misma me impongo, y los plazos suelen ser cortos.

Vaya, me he despistado hablando: he hecho más ilustraciones de las que debiera para este capítulo y he dejado el siguiente vacío. El siguiente, entre nosotros, no me dice nada, pero tengo que ilustrarlo igualmente. No sé de dónde salen las ideas. A veces solo comprendo lo que he hecho cuando el trabajo está entregado. ¿Cómo es que no me he dado cuenta de que en esta escena estamos en invierno? He llenado el bosque de brotes y flores. Puedo hacer que parezcan una veladura fantasmal, es perfecto para esa parte de la historia, tres capítulos antes, en la que el personaje se viene abajo. Benditas metáforas, benditas tecnologías. Qué ratos más buenos me da la ilustración. Un momento, esto que acabo de hacer ¿y si lo utilizo como recurso narrativo en el resto de ilustraciones? Bien, volvamos a empezar. Ahora sí que lo tengo.

Han pasado unas semanas desde que entregué. Hoy han llegado los ejemplares justificativos por correo, los envía la editorial. Qué bien huelen a offset. He cobrado. Amo esta profesión, maldita sea. ■

REVISTA MERCURIO JUNIO-JULIO 2017

Comic / Kiko da Silva




Publicado en la revista El Viajero. El Pais. Otoño/2017

Mi primer cómic (I): Álvaro Pons, el niño de Bruguera

"Para mí nunca han sido ni Bruce Wayne (Bruno Díaz) ni el Joker, igual que Daredevil siempre será Dan Defensor y el verde Hulk, La Masa, ¡qué narices!"

ÁLVARO PONS
Valencia 27 SEP 2017

Cuando se piensa en la máxima autoridad de cómic de España el primero que llega a la mente es Álvaro Pons (Barcelona, 1966). Lo ha leído todo, se lo ha estudiado y, además, ha tenido la consideración de compartir su pasión y conocimiento con todos nosotros. Conocido por sus numerosos artículos, exposiciones y contribución a la divulgación del mundo del tebeo, Pons acaba de recopilar los mejores artículos de su bitacora , un repaso certero a su historia con el cómic, ensayos sobre el séptimo arte y algunos de los mejores trabajos que pasaron por sus manos. Él, como uno de los primeros del movimiento bloguero, ya ha hablado de todo. En esta sección que hoy abrimos en KA-BOOM, Pons se estrena repasando las lecturas con las que comenzó todo, con las que dio sus primeros pasos en un universo que, aunque entonces no lo supiera, se convertiría en su vida y la de sus lectores.

Portada de 'La cárcel de papel', de Álvaro Pons.

Soy de la cosecha del 66. Con tiempo ya para empezar a tener solera o, también, según se mire, para dejar escapar los primeros tufos a rancio. Es una generación que se caracteriza por dos puntos importantes: el primero, bien conocido, que somos los del boom, los del momento de alegre procreación que hace que hoy los cincuentañeros o cincuentones seamos, por número, target suculento de mercadotecnia telefónica… y candidatos ideales a parado de larga duración. El segundo, quizás menos mediático, es que fuimos la generación de niños y niñas de los tebeos de Bruguera.

Cuando yo era pequeño, el quiosco era algo así como un paraíso terrenal, decorado con largas cuerdas que sostenían decenas de tebeos, bien sujetos con pinzas de madera prestas a dejar su marca indeleble. Era la época de decidir entre Mortadelo, Tio Vivo, Pulgarcito, ddt (con minúsculas, luego nos enteramos que la degradación de mayúsculas a minúsculas era todo un símbolo), TBO, Zipi y Zape


Un número de 'ddt' (en minúscula) con Ibáñez en portada.

Eso los niños, porque las niñas tenían las suyas, como bien nos habían enseñado: los niños con los niños y las niñas con las niñas; que los niños tenían el sacrosanto deber de defender a dios, la patria y la familia, y las niñas, de ser doctas amas de casa que proveyeran de muchos descendientes y opíparas comidas. Pero esa era otra historia. Era el momento del dominio absoluto de los personajes de F. Ibáñez, señor al que admirábamos profundamente como un nuevo Velázquez renacido, capaz de conseguir que para nosotros los billetes de cinco mortadelos tuvieran mucha más importancia que una moneda de cinco duros (porque entonces, todavía, contábamos en duros).

En esos tiempos, ponerse malo era una bendición: cierto es que la costumbre del momento era que había que sudar la fiebre, por lo que un resfriado implicaba quedar atado a la cama bajo una tonelada de mantas pero, ay, todo tenía su contraparte, porque además de no ir a clase, que no estaba mal, significaba también que me traían en justa compensación por el sufrimiento una buena montaña de tebeos.


Yo tuve la suerte, además, de que mi padre era un buen aficionado a los tebeos. En mi casa había colecciones de tebeos de Bruguera, del TBO, de las maravillosas ediciones mejicanas de Novaro y de las modernas de Vértice con material británico. Y de la colección DUMBO, que publicaba en España las mejores historias de los personajes de Disney, con las que aprendí a leer. Es difícil concretar el primer recuerdo de una persona, pero yo lo asocio a mirar las viñetas de uno de esos tebeos de DUMBO, quizás con tres años, oyendo la voz de mi padre que leía cada bocadillo y yo ansiando descifrar ese enigmático código de letras que me abriría las puertas de todos los demás tebeos. Recuerdo fascinarme con la malvada estupidez de los golfos apandadores y con la maquiavélica inteligencia de Borrón el encapuchado, el primer villano de mi existencia, que, si mi memoria no me falla, además de enfrentarse a Mickey Mouse, también tuvo sus encontronazos con el primer superhéroe del que soy consciente, Super Goofy.

Tras ellos, ya como lector ávido, vino una larga y dorada luna de miel con las creaciones de Ibáñez, que se fue combinando con el descubrimiento de los antiguos genios de la historieta española, de Cifré a Vázquez pasando por Conti, Peñarroya y tantos otros, que duraría lo justo para pasarme a los superhéroes de la DC. Mi padre encuadernaba las ediciones de Novaro en unos gruesos volúmenes rojos y tengo la imagen perfectamente grabada en la memoria de la primera vez que me dejó coger uno, quizás con ocho o nueve años. Me quedé prendado de las historias increíbles que aparecían en Titanes Planetarios, Relatos Fabulosos, Mi gran aventura, Batman o Historias Fantásticas. Descubrí a Linterna Verde, Flecha Verde, el Museo del espacio, Batman, Supermán, Aquamán (siempre con acento, sí, que en el cole bien nos decían que las agudas acabadas en n o s llevaban tilde), Escuadrón suicida, los Temerarios, Guardián del Espacio y Rip Robles. Y que Batman era en realidad Bruno Díaz, y que su archienemigo era el Comodín. No, para mí nunca han sido ni Bruce Wayne ni el Joker, igual que Daredevil siempre será Dan Defensor y el verde Hulk, La Masa, ¡qué narices!




Después, pasé de esos héroes a las ediciones de los clásicos británicos: las ambiguas personalidades Zarpa de Acero o Spidermán (no el marveliano, sino el británico The Spider de orejas puntiagudas que luego copiaría el vulcaniano Spock, que cosas de la vida, fueron escritas casi siempre por Jerry Siegel, uno de los creadores de Superman) me atrajeron al lado oscuro de unos fascinantes antihéroes que entonces me parecían lo más osado. ¡Un malo era el protagonista! Comprendan ustedes que cuando cayó en mis manos la primera edición de Spidermán de Vértice, en esos tomos pequeños de grueso lomo y espantoso remontado, las desventuras del jovenzuelo Peter Parker me parecieran chorradas propias de un mindundi desaborido. Pese a todo, caí en algunos de los héroes marvelianos, los que yo pensaba, con 11 o 12 años, que eran más “para mayores”. En la Patrulla-X (¡ni de coña X-Men!), en el juvenil Nova y en el ciborg Deathlock, que recuerdo, pero de forma efímera, porque pasé rápidamente a las historias de terror de la Warren que se publicaban en Vampus, Rufus, Dossier Negro o Vampirella, protagonizada por la bellísima drakuloniana que fue motivo mi primer enamoramiento platónico. De ahí, solo un saltito a las revistas de Toutain, Creepy, 1984, Comix Internacional, a comenzar a sentir curiosidad por saber más de ese mundo que me fascinaba espoleado por los artículos de Javier Coma. Me quedé prendado de TOTEM, de Moebius y Corto Maltés; devoré hasta el empacho la Historia de los cómics que editó Toutain y, más grave, comencé a coleccionar tebeos.

Y en eso sigo…


El Pais

Historias a las que siempre conviene volver


Dos reediciones (un cómic y un reportaje) traen a la mesa de novedades historias propias y comunes que han sobrevivido al paso del tiempo

JORGE MORLA
22 SEP 2017 - 10:47


Ilustración de Fernando Vicente

Las buenas obras, las buenas de verdad, merecen siempre una segunda oportunidad. Se publican ahora en España dos reediciones (un cómic, una crónica), cuyo valor les ha permitido sobrevivir al paso del tiempo, que en el mundo editorial se traduce como escapar de la rueda que condena a los libros al olvido tras abandonar la mesa de novedades.


En primer lugar empezamos por Seth (en realidad, Gregory Gallant), autor de cómic canadiense que apostó en los noventa por la autoficción y su propia biografía como formas de llevar el cómic a un terreno más maduro y adulto y poder expresar otro tipo de emociones a las que el medio nos tenía acostumbrados: el amor por los tiempos pasados, sus dudas sobre el papel del dibujante en el mundo actual o la capacidad del cómic como medio narrativo para expresar la vida.

La vida es buena si no te rindes, su obra maestra, narra la búsqueda de Kalo, un dibujante de The New Yorker ficticio, (aunque algunos creyeran real), con el que el propio Seth se obsesiona. Una búsqueda que en realidad no es más que un McGuffin hitchcockiano que funciona para que el autor plasme en la página sus pensamientos y entrañas.

El libro apareció por primera vez, de modo serializado, entre 1993 y 1996 y cuya versión completa dio a Seth un puesto preminente en el mundo del cómic. Ahora Salamandra Graphic la trae de vuelta al mercado en una edición cuidada y accesible. Una maravilla muy recomendable.


“He leído con el máximo interés el libro de John Reed, y lo recomiendo a los trabajadores del mundo. Es un libro que me gustaría ver publicado por millones de ejemplares, traducido a todas las lenguas”. No es un crítico el que dice estas palabras, sino un tal Vladímir Ilich Uliánov, más conocido como Lenin.

Diez días que sacudieron al mundo (eso traduce Íñigo Jáuregui, aunque en algunas traducciones el título es Diez días que estremecieron al mundo, o Diez días que conmovieron al mundo, en cualquier caso, Ten Days that Shook the World), fue el libro que en 1919 el periodista estadounidense John Reed (el mejor cronista de la revolución rusa, en palabras de Vázquez Montalbán), publicó narrando los acontecimientos de la soviética Revolución de Octubre. Un trabajo polifónico que abarca testimonios de protagonistas de todos los estratos, de la calle a los despachos pasando por el ejército, y que recoge el pulso y el devenir de esos días que tan gran impacto causaron en el devenir no ya de Rusia, sino de todo el mundo en el siglo XX.

Reed, que ya acompañó a Pancho Villa en su propia revolución, narra aquí, desde Petrogrado, el ascenso al poder de Lenin y los suyos en poco más de una semana. Un libro que estrena una nueva forma de narrar y que va formando (junto a otros libros como el Hiroshima de John Hersey) la sopa primigenia de la que después saldría el llamado Nuevo Periodismo.

Nórdica, en colaboración con Capitán Swing, reedita ahora el texto en el centenario de la Revolución Rusa, en una estupenda edición generosamente ilustrada por el gran Fernado Vicente.


Dos revisiones, o revisitaciones, de textos imprescindibles, a los que conviene echar un ojo. Para conocer nuestra historia, y para conocernos a nosotros mismos, que viene siendo lo mismo.


El Pais

Contra las dictaduras

JAVIER FERNÁNDEZ
27 Septiembre, 2017



'QRN en Bretzelburg'. André Franquin. Dibbuks. 136 páginas. 25 euros.

Pocos cómics alcanzan la excelencia del Spirou de André Franquin, obra maestra del tebeo francobelga, que, como los buenos vinos, mejora y mejora con el paso del tiempo. La popular serie ha conocido distintas ediciones, pero ninguna tan espléndida como esta que figura en el catálogo de Dibbuks: en blanco y negro, tapa dura con sobrecubiertas, formato apaisado (a razón de dos tiras por página, lo que aumenta considerablemente el tamaño en que se reproducen) y comentarios a pie de página a cargo del especialista Hugues Dayez. Con estas mismas características, Dibbuks nos había ofrecido previamente el álbum La máscara, fechado en 1954, y le toca el turno ahora a otra maravilla: QRN en Bretzelburg, de 1963.

Tal como explica la nota incluida en la contraportada: "QRN en Bretzelburg es la obra más monumental de Franquin: ¡nada menos que 65 páginas! (…) Franquin, disminuido por problemas de salud, tardaría más de dos años y medio (entre mayo de 1961 y diciembre de 1963) en llevar a término esta aventura de Spirou y Fantasio. Secundado por el guionista Greg en la cumbre de su talento, Franquin entregaría finalmente una formidable tragicomedia sobre los absurdos generados por las dictaduras". Las 65 páginas antes mencionadas excedían la longitud estándar de los álbumes de Dupuis, de modo que se suprimieron 17 tiras, que aquí se recuperan para gozo de los lectores.

Franquin alardea de un excepcional dominio del medio, e incorpora nuevas soluciones cuando le es necesario. En palabras del propio dibujante, citadas por Dayez en sus comentarios: "Nos hemos beneficiado de haber heredado todo un sistema útil, procedente sobre todo del cine y del dibujo animado: Disney, Tex Avery, Laurel y Hardy, Buster Keaton, Harold Lloyd, etc. Es decir, todo un conjunto de chiste y gestos humorísticos con el que hemos engrosado considerablemente nuestro diccionario de eficacia gráfica". Absorbente, inquietante y divertidísima, de enorme densidad visual, QRN en Bretzelburg es tan buena que no debería faltar en ninguna biblioteca que se precie.


Malaga Hoy

Maestro del medio

JAVIER FERNÁNDEZ
27 Septiembre, 2017




'Flash Gordon & Jim de la Jungla 1934-1935'. Alex Raymond. Dolmen Editorial. 120 páginas. 34,90 euros.

Dolmen recupera uno de los cómics más importantes de la historia, el Flash Gordon de Alex Raymond. O mejor dicho, dos, porque la presente edición ofrece las páginas tal como se publicaron en los periódicos, es decir, conjuntamente con Jungle Jim, otra virguería de Raymond. Ambas se realizaron por encargo para competir con Buck Rogers y Tarzán, que eran las sensaciones allá por 1934, y, con el tiempo, Flash Gordon ha acabado sobrepasando a Buck Rogers en popularidad. Con su gran tamaño, el libro de Dolmen es una auténtica gozada y sirve para desechar las anteriores ediciones de este mismo material. Van recopiladas las páginas dominicales fechadas entre el 7 de enero de 1934 y el 1 de diciembre de 1935, en las que la calidad artística aumenta exponencialmente conforme Raymond pasa de ser un dibujante prometedor a uno de los grandes maestros del medio.


Malaga Hoy


Más que imágenes

'Invencible' se acerca a su anunciada conclusión: ha rayado siempre el sobresaliente con su estupendo elenco de personajes y sus sorpresas

JAVIER FERNÁNDEZ
27 Septiembre, 2017



'Invencible. Ultimate Collection, 7'. Robert Kirkman, Ryan Ottley. Aleta. 312 páginas. 34,95 euros.

Image Comics irrumpió en el panorama allá por 1992, cuando Jim Lee, Todd McFarlane, Rob Liefeld, Erik Larsen y compañía decidieron apostar por sus propias creaciones, al margen de las grandes compañías. Fue un terremoto editorial, y es cierto que al principio la cosa se caracterizó por un protagonismo de lo visual frente a lo literario (salvo la excepcional The Maxx, que triunfa en ambos aspectos), pero muy pronto los dibujantes complementaron su apuesta con guiones de figuras renombradas como Alan Moore, Neil Gaiman, Grant Morrison o Frank Miller. Más aún, el enorme éxito cosechado permitió que el catálogo de Image se enriqueciera con títulos sólidos como Astro City y apuestas radicales como la etapa de Stormwatch escrita por Warren Ellis, germen de otras dos series emblemáticas, The Authority y Planetary, que figuran en cualquier lista de los tebeos de superhéroes más influyentes de los últimos tiempos. Hacia el final de la década, los conflictos entre los fundadores de Image provocaron la ruptura parcial de los estudios artísticos que componían la editorial y la creación de sellos como WildStorm o Awesome, unos más afortunados que otros.

Bajo el paraguas de Image, se han seguido alumbrando tebeos significativos: Powers, la genial fusión de superhéroes y género negro debida a Brian Michael Bendis y Michael Avon Oeming; The Walking Dead, la popular serie de zombis escrita por Robert Kirkman y dibujada (mayormente) por Charlie Adlard; o la prestigiosa Saga, de Brian K. Vaughan y Fiona Staples, una space opera que ha acaparado los principales premios durante los últimos años, por citar solo tres. En Image han recalado también títulos con solera como Madman, de Michael Allred, quien ha firmado para este sello las entregas más experimentales de su personaje en la cabecera Madman Atomic Comics. Lejos de debilitarse, Image no ha dejado de crecer para convertirse en una de las principales editoriales estadounidenses de la actualidad.

He citado algunos superhéroes de Image, y qué duda cabe que la aportación más importante de Image al género en lo que llevamos de siglo es Invencible, creación de Kirkman y Cory Walker, a la que muy pronto se sumó el dibujante Ryan Ottley (en sustitución de Walker). El primer número de Invencible se publicó con fecha de portada de enero de 2003, pero la serie contó el año anterior con un adelanto en otras cabeceras, empezando por Savage Dragon en lo que considero una especie de relevo perfecto. Con cerca de 140 números a su espalda, Invencible se acerca a su anunciada conclusión, y ha rayado siempre el sobresaliente, con su estupendo elenco de personajes, sus continuas sorpresas argumentales, su tono desenfadado, su peculiar tratamiento de la violencia y su poderoso apartado gráfico.

En España, la serie la publica Aleta, en tomitos y en la imprescindible Ulimate Collection, compuesta de tomos recopilatorios de gran formato, tapa dura y numerosos extras. De estos últimos van siete (el último llega al número 84 original), y cada uno de ellos vale su peso en oro.


Malaga Hoy