jueves, 1 de julio de 2021

La revancha del lápiz


Impulsado por el confinamiento y por el debate social, el dibujo se politiza y se vuelve experimental repiensa su relación con la tecnología, triunfa en el mercado e invade las salas de museos y galerías

POR BEA ESPEJO

Hay veces que el dibujo irrumpe en forma de palo, de brisa, de palabra. Le pasaba a Friederike Mayrocker con sus poemas, que son como acuarelas, justo lo contrario a la prosa, que parece una escultura de piedra. Su fantástica literatura en lengua alemana está en la órbita de la tradición no narrativa de James Joyce y Gertrude Stein, y nace de ese impulso de contar las cosas a tiempo real y sin cicatrices, de manera opaca y escamosa como el grafito. Una escritura incómoda donde abundan dibujos de sueños, soledades y otros dolores cotidianos que ella llama "fantasmitas protectores". Hizo muchos a lo largo de su vida y para todo tipo de situaciones: para ahuyentar la incertidumbre, para luchar contra el miedo, para suplir la pereza de las mañanas e incluso para protegerse de la covid-19, que se la llevó con 96 años el pasado 4 de junio. Los dibujos de Mayröcker son una absoluta rareza, pero ya han saltado al mercado. Hace unos meses, la galería Nächst St. Stephan de Viena abría esa puerta de la mano de Hans Ulrich Obrist, uno de los comisarios más fieles al formato papel hasta en su versión ínfima del post-it. Todo vendido. Al mito contribuye una biografía editada por Public Space Books, The Communicating Vessels (2021), donde salen a flote otros pasajes desconocidos de su vida. Veremos lo que tarda su uso liberal de la mayúscula en ser carne de bienales y documentas.

Muchas veces en el mundo del arte ocurre eso: algo se desarrolla lentamente en la sombra hasta que, de pronto, sale a la luz revolucionándolo todo. Es la innata seducción del descubrimiento y la búsqueda de historias ocultas. Lo raro gusta. En una escala mucho mayor, es lo que ocurre con uno de los dibujos de Leonardo da Vinci, su boceto de Cabeza de un oso, que en julio saldrá a la venta en la sede londinense de Christie's. Se estima que el dibujo llegará a los 12 millones de libras (14 millones de euros), superando el anterior récord del artista, que alcanzó los 8 millones en 2001. Mide 7x7 centímetros y es uno de los ocho dibujos de Da Vinci que se conservan en colecciones privadas. Hay pocos y es difícil verlos en subastas, aunque, si abriéramos el historial de movimientos, veríamos que estos bocetos acumulan muchos cambios de manos. ¿Por qué venderlo ahora? Las orejas de ese oso son la punta del iceberg del valor actual del dibujo.

Pese a que la pandemia ha contraído el mercado del arte un 22%, según datos del estudio The ArtMarket 2021 de la economista Claire McAndrew, publicado por Art Basel y USB, veníamos de años buenos y eso aún se nota. En la última década, las ventas de dibujo se han duplicado, lo que muestra que no solo se demanda más dibujo, sino que su precio también ha subido. Son 20 años de intenso camino. La creación de Art Basel Miami en 2002 y la de Frieze un año después avivaron el coqueteo con el papel. El salón especializado Drawing Now, en París, llegó en 2007, y la Draw Art Fair se lanzó en Londres en 2019. En España, la feria Drawing Room acaba de cerrar en Madrid su sexta edición con satisfacción. Ha sido un año de expandirse en una versión de la feria online y de volver a mirar a Lisboa en otoño. El cliente potencial está claro: el dibujo sigue siendo la opción más asequible, la que sigue abriendo el mercado a coleccionistas más jóvenes y la que conecta mejor con el comprador español, que suele gastar menos dinero. Monografías como Vitamin D3, editada por Phaidon, un completo recopilatorio de las actuales tendencias dentro de este campo, avivan también esa especie de fomo, las siglas de la expresión anglosajona fear of missing out, o, lo que es lo mismo, el miedo a quedarse fuera de onda.


Variaciones de Campos eméticos (1990), de Ida Applebroog

Una de las obras de la serie Campos de texto (2021), de Ignacio Uriarte


No es casualidad que el dibujo sea cada vez más popular. Los artistas están volcados con él, algo que pasó hace unos años con la fotografía. ¿El motivo? La respuesta es múltiple y compleja, y acarrea alguna que otra contradicción. En un momento en el que el rápido flujo de imágenes de la televisión, el cine e internet se acepta como fuente dominante de la cultura visual contemporánea, el dibujo crea otra sensación de intriga visual y presencia material que incita al espectador a detenerse y mirar el trabajo de manera lenta y cuidadosa. A ello han contribuido, sin duda, los meses de confinamiento, donde muchos artistas convirtieron sus libretas en un estudio temporal. Lo hicieron desplegando las propiedades deliberadamente anodinas del dibujo, atraídos por su economía de medios y esa fluidez que permite a cada artista reinventarlo sin fin. Esto no significa que se limiten exclusivamente al papel, ya que muchos creadores trabajan también en pintura, escultura o cine, aunque todos utilizan el dibujo para revitalizar la creación de imágenes. Un edificio de Kazuyo Sejima, una escultura de Nina Canell o una pintura de Julie Mehretu pueden entenderse como dibujo, al igual que una performance de Francis Alys, las instalaciones de Ida Applebroog o un proyecto de internet de Rafael Rozendaal. Lo inmediato y lo espontáneo son ya clichés que no encajan en la mentalidad artística actual, que apuesta por todo lo contrario: invertir tiempo, habilidad y, en ocasiones, una extrema preparación. Hoy en día ya no se cuestiona si el dibujo es una disciplina primaria, secundaria o preparatoria. Por encima de todo, es diversa y abiertamente compleja. La primera piedra se lanzó en los años sesenta, cuando artistas como Sol LeWitt y Mel Bochner lo colocaron en el centro de la práctica artística. En aquel momento chocó, pero décadas más tarde muchos pusieron allí el foco y los grandes museos empezaron a crear departamentos específicos de este medio. Fue en los años noventa, cuando William Kentridge, Raymond Pettibon y muchos artistas aún relativamente jóvenes llevaron el medio a un renovado interés por el expresionismo y la narrativa. Ahí explosionó todo.

Algunas de las ideas artísticas más interesantes de los últimos 50 años se deben al estatus renovado del dibujo. Si tiempo atrás lo que primaba era cierta retórica sobre la globalización, la vida nómada y los dilemas asociados al tránsito por las grandes ciudades, hoy los artistas hablan de nacionalismo, de populismo y de xenofobia. Las cicatrices del Brexit están ahí, así como la beligerancia antiecológica de la era Trump y, por supuesto, los estragos de la pandemia. Hay quien utiliza el dibujo como un arma política o de denuncia de hechos históricos pasados o por venir, una tendencia cada vez más expansiva. Un ejemplo es Rashid Johnson, cabeza de cartel de la actual Bienal de Liverpool, cuya obra refleja las dificultades de ser negro en Estados Unidos, especialmente en un año estremecido por las imágenes de la muerte de George Floyd en Mineápolis y el despertar del movimiento Black Lives Matter. Desde que Thelma Golden, directora del Studio Museum de Harlem, le llamara para una muestra colectiva, con 24 años recién cumplidos, ha alcanzado una carrera meteórica. La galería Hauser & Wirth se ocupa de su promoción a todos los niveles y acaba de editar la mayor monografía de su trabajo.


Arriba, Clickbait (2021), de Abigail Lazkoz. Sobre estas líneas, Anxious Drawing (2018), de Rashid Johnson

Otros muchos artistas trabajan ese mismo reclamo político, de David Hammons a Kara Walker, de Michael Armitage a Claudette Johnson, pasando por Howardena Pindell, una artista con una historia fascinante: de ser asistente de sala en el MoMA ha pasado a ser parte de su colección. Además, fue una de las fundadoras de AIR Gallery, la primera galería dedicada a mujeres artistas en Nueva York. Tras un accidente que la dejó parcialmente sin memoria, cogió una cámara de vídeo, se enfocó a sí misma y grabó Free, White and 21 (1980), un relato inexpresivo del racismo que experimentó en Estados Unidos. Los dibujos llegaron entonces, sobre todo por las noches, como otro medio de desahogo.

Hay quien usa el dibujo como vía de escape o portal de otras realidades más llevaderas. He ahí los cuerpos celestes a los que se acercan Glenda León, Mar Guerrero o Regina Giménez. La evasión invade la obra de la peruana Teresa Burga y una nueva cartografía nace de las obras de Tania Kovats, Juan Carlos Bracho o Gonzalo Elvira. En la repetición se instalan las obras de Matt Mullican e Ignacio Uriarte, gráfica convertida en texto, y viceversa. Volcados en cerámica están los dibujos de Fernando Renes y José Vera Matos. Un capítulo aparte merecería la inmediatez de Nadia Barkate, ahora en Artium, así como la ficción especulativa de Toyin Ojih Odutola. Y sobre la idea de paisaje gravitan las obras de Soledad Sevilla, en todas sus versiones y desde todos sus formatos.

Detalle del mural de Los Bravú en la fachada del Palacio de la Música, en la Gran Vía de Madrid.



La clásica idea del bodegón pervive en la obra de Los Bravú y el mural de azulejo que recorre la fachada del Palacio de la Música en la Gran Vía de Madrid. Es una alegoría sobre la cultura y el medio ambiente realizada a partir de un dibujo de Dea Gómez y Diego Omil y bajo la propuesta de La Casa Encendida. Aunque les separen varias generaciones, apenas hay distancias con los dibujos de Cristino de Vera, Guillermo Pérez Villalta y Xavier Valls. A la vez, ese dibujo académico de Los Bravú conecta con el universo pop de Hannah Quinlan y Rose Hastings; la cotidianidad según Támara Arroyo, Elena Alonso y Sol Calero, o la apertura de miras que tiene el trabajo de Antoni Hervas y Aldo Urbano. Lo minucioso invade el trabajo de José Antonio Suárez Londoño y Ana García Pineda, que mucho conecta con la narración fragmentada cercana al cómic y el cartoon, la influencia más importante del dibujo en los últimos años. Ahí el universo de opciones se desparrama: Robert Crumb, Enver Hadzijaj, Francesc Ruiz, Christina Quarles, Tom Lewis, Iván Navarro, Antón Kannemeyer, Marc Badia... Su versión humorística tiene su máximo exponente en David Shrigley, aunque Honza Zamojski amenaza con ser su relevo.

Y cómo no hablar de distopía, también aquí. La corriente persiste pese a su carácter escapista: los seres de Qiu Anxiong, el futuro dé Hondartza Fraga o lo ambiguo según Abigail Lazkoz. La mirada a lo concreto y a lo local también se amplifica en estos tiempos. Artistas como Abel Rodríguez, Miriam de Burea o Raúl Artiles reaccionan ante la sobrecarga del mundo globalizado mirando lo cercano de manera minuciosa y con un claro carácter de nostalgia. Abel Rodríguez, cuyo nombre nativo es Mogaje Guihu, nació en pleno Amazonas colombiano y desciende de una larga tradición de sabedores, sabios locales. Durante años trabajó como guía para Tropenbos International, una ONG dedicada a proteger la selva. De ahí salió su primer libro ilustrado y los muchos dibujos que presentan una visión holística con la selva y los animales, y que en 2022 serán expuestos en las bienales de Sídney y Sao Paulo. No está lejos el trabajo de Antonio Bállester Moreno aunque, si tiramos todavía más del mismo hilo, la lista se vuelve infinita.

Como apunte final, una máxima de Peter Handke que bien resume las posibles historias de un lápiz: "Lo imprevisto, cuando no es una catástrofe, trae alegrías".

EXPOSICIONES

Citas con el dibujo

Ida Applebroog. Un ingreso en el Mercy Hospital en 1969 le descubrió una insospechada capacidad de canalizar sus dolencias dibujando. Esa terapia poco convencional derivó en varios cuadernos de extraordinarios dibujos a tinta china, pastel, grafito y acuarela que son el punto de partida de Marginalias, su nueva exposición en el Museo Reina Sofía, en Madrid, donde puede verse hasta el 27 de septiembre. Un dibujo donde se atisba la reivindicación feminista de transformar lo íntimo y lo doméstico en algo político.

Julie Mehretu. Su actual exposición en el Whitney Museum de Nueva York, donde su obra se expone hasta el 8 de agosto, recoge décadas de trabajo de esta artista dedicada a explorar los caminos de la abstracción creando nuevas formas y buscando resonancias inesperadas a partir de la historia del arte y la civilización humana, de las estelas babilónicas a los bocetos arquitectónicos.

Soledad Sevilla. Tras recibir el Premio Velázquez de Artes Plásticas en 2020, la artista presenta una gran selección de dibujos en Ana Mas Projects, en Barcelona, y su última mirada a Pessoa y Lisboa en la galería Malborough de Madrid. Una revisión de su trabajo que se expande a la exposición que le dedica el C3A de Córdoba y a la instalación De la luz del sol y de la luna, en el Museo Patio Herreriano, en Valladolid.
 
Blanco, negro y a veces gris. Bajo este título presenta la galería Fernández-Braso (Madrid) los dibujos de tres de sus artistas, Cristino de Vera, Guillermo Pérez Villalta y Xavier Valls. Una oportunidad para reivindicar no solo el dibujo como expresión artística contemporánea, sino también para recordar, valorar y discutir los puntos de vista y tensiones que se producen en su interior.

Los Bravú. En plena Gran Vía madrileña, en la fachada del. Palacio de la Música, el dúo de artistas formado por Dea Gómez y Diego Omil expande un dibujo bajo técnicas que van desde la acuarela hasta el rotulador al soporte del azulejo.

Sobre estas líneas, una de las obras de la serie Campos de texto (2021), de Ignacio Uriarte. A la derecha, un detalle del mural de Los Bravú en la fachada del, Palacio de la Música, en la Gran Vía de Madrid.

 

 

BABELIA    EL PAlS. SÁBADO 12 DE JUNIO DE 2021 


¿Qué puede matar un niño?

La respuesta a esta cuestión se encuentra en un mundo muerto, donde unos chavales tratan de sobrevivir a toda costa


JOSÉ LUIS VIDAL

28 Junio, 2021 

Sin tiempo para prepararnos, esta historia comienza con una escena que rebosa acción y violencia, protagonizada por el grupo de chicos capitaneado por Brooks, que están dando caza a un escurridizo ser que parece salido de una pesadilla de George A. Romero.



Kidz


Guion: Aurélien Ducoudray

Dibujo: Jocelyn Joret

Tapa dura Color

124 págs.

22,00 euros

Nuevo Nueve

 


Sí amigos, estos son los protagonistas de este cómic: Brooks es el expeditivo líder; Spielberg, que como su propio sobrenombre indica, es un flipado del cine y siempre lleva en la mano su cámara para capturar todos y cada uno de los momentos que vivirán él y sus amigos; Los Gemelos, que una y otra vez repetirán una serie de normas que hasta ahora les han salvado el pescuezo. Parka, Ben y Mickey completan este auténtico grupo de supervivientes. Y no solo porque tienen la suficiente habilidad para escapar de los muertos vivientes en los que se han transformado sus mayores, sino que encima disfrutan rodando vídeos donde plasman sus peripecias.

Y es que al fin y al cabo son niños que lo han perdido todo, tan solo se tienen a ellos mismos, un grupo que comenzará a fraccionarse con la súbita a aparición de Polly y su hermana Sue, que en su camino hacia Pittsburg se cruzaran con ellos.

La camaradería que hasta entonces existía entre el grupo irá dejando a confesiones muy oscuras, traumas que afloran y que necesitan ser contados, como la manera en la que Ben perdió a su familia, o el vacío que dejó en Brooks la pérdida de su único hermano, Andy.

Pero alguien en esta historia miente, y guarda un secreto que desencadenará el drama final… ¿Quién será?

Y es que pese al trazo cartoon de su dibujante, Jocelyn Joret, no esperéis encontraros con una historia ñoña. Más bien todo lo contrario, ya que tras las sonrisas cómplices, los juegos, las persecuciones o la caza de zombies se esconde el dolor de unos protagonistas que han tenido que crecer demasiado rápido si quieren sobrevivir en este letal mundo que les rodea, en el que de la esquina menos esperada puede surgir un ser hambriento que te transforme en un muerto viviente. Una auténtica pesadilla.

Afortunadamente, Aurélien Ducoudray, su guionista, ha sabido mezclan en su justa medida los componentes de una muy buena historia destinada a todos los públicos, jóvenes y mayores. Un argumento con el que vamos a sonreír en muchas ocasiones y en otras nos pondrá los vellos de punta, ya que hay algunos personajes de la trama no son lo que parecen, guardando hechos terribles que hasta ahora han permanecido desconocidos por el resto del grupo, y una vez vean la luz, la vida ya dejará de ser la misma para estos Kidz.

Pero este volumen publicado por Nuevo Nueve guarda alguna que otra agradable sorpresa más. Y es que para todos aquellos a los que os chiflan los juegos de mesa, ahora podréis meteros en el pellejo de los protagonistas y huir o cazar a los zombies que tratan de convertiros en un suculento primer plato. Tan solo debéis escanear un código QR y, ¡a jugar se ha dicho!

Y antes de que baje el telón, una serie de portadas que a los más talluditos de la casa les van a trasladar a esos ya lejanos años ochenta, produciéndoles un súbito ataque de nostalgia aguda, con numerosos homenajes a películas, auténticos clásicos de la gran pantalla, que en este caso vienen protagonizadas por los chavales de este magnífico cómic.


Malaga Hoy


miércoles, 30 de junio de 2021

Los productos exclusivos por Paco Roca

 

El Pais Semanal Nº 1.977 Domingo 17 de agosto 2.014

El tiempo de las personas libres por Paco Roca

 



El Pais Semanal Nº 1.975 Domingo 3 de agosto 2.014

La torre del Elefante

El relato es una auténtica obra maestra del género fantástico y ha cautivado la imaginación de los lectores desde hace nueve décadas


JAVIER FERNÁNDEZ

23 Junio, 2021 


'Biblioteca Conan. La espada salvaje de Conan, 8'. Roy Thomas, John Buscema y otros. Panini. 248 páginas. 20 euros.


De todos los relatos de Conan el cimerio escritos por Robert E. Howard, La torre del elefante es uno de los más apreciados por los aficionados a la fantasía. Su argumento, en muy pocas palabras, es el siguiente: siendo apenas un joven ladronzuelo, Conan asalta la misteriosa torre que da título a la historia para robar una joya legendaria y acaba inmiscuido, por casualidad, en el cruel destino de un extraterrestre apresado y torturado por un oscuro nigromante.

Con su inicio trepidante, la densa atmósfera que rodea a la fortaleza, las inquietantes peripecias del asalto, la singular cosmogonía narrada por el preso, la sorprendente resolución del conflicto sobrenatural y su final abrupto, es una auténtica obra maestra del género fantástico y ha cautivado la imaginación de los lectores desde hace nueve décadas. Fue el cuarto cuento de Conan escrito por Howard, y el tercero que logró ser publicado (en el número de marzo de 1933 de la revista Weird Tales).

Y, tal como escribí en las notas textuales de mi traducción y edición del texto literario en el volumen La reina de la Costa Negra y otros relatos (Cátedra, 2012): "Es el relato de Conan con más adaptaciones al cómic; ha sido llevado cuatro veces a viñetas: Conan the Barbarian, 4 (Marvel, abril de 1971), con guion de Roy Thomas, dibujos de Barry Smith y entintado de Sal Buscema; The Savage Sword of Conan, 24 (Marvel, noviembre de 1977), con guion de Roy Thomas, dibujos de John Buscema y entintado de Alfredo Alcalá; Conan the Barbarian, tiras de prensa (20 de octubre de 1980 al 3 de enero de 1981), con guion de Roy Thomas y Doug Moench y dibujos de Rudy Nebres, Alfredo Alcalá, Pablo Marcos y Alan Kupperberg; y Conan, 20-22 (Dark Horse, septiembre-noviembre de 2005), con guion de Kurt Busiek y dibujos de Cary Nord y Michael Wm. Kaluta, con espectaculares colores de Dave Stewart". Cada una de estas versiones resulta interesante al conocedor de La torre del Elefante, aunque, sin duda, la más impresionante es la segunda. Thomas ya había firmado una adaptación en la cabecera a color del bárbaro, comprimiendo la historia en apenas 20 páginas, y no había quedado del todo satisfecho, así que probó de nuevo, con el doble de extensión y en blanco y negro, en la revista La espada salvaje.

La primera vez había contado con un principiante Smith, que ya apuntaba maneras, y, en el segundo intento, dispuso del poderío de un Buscema a plena potencia, asistido en las tintas por el hiperdetallista Alcalá. El resultado es para enmarcarlo.

La presente edición de Panini reproduce este inolvidable episodio de la bibliografía de Conan, publicado originalmente en el número 24 de The Savage Sword of Conan (1977), junto con el material de los números 25 a 27. O sea, que van también las adaptaciones de Las joyas de Gwhalur y de Más allá del Río Negro (otra de las que figura en el podio de las mejores aventuras de Conan).

Es el tebeo perfecto para el que quiera acercarse al bárbaro por primera vez, y una compra obligada para el que ya esté enganchado a la serie.


Malaga Hoy


Una historia sobresaliente

JAVIER FERNÁNDEZ

23 Junio, 2021 

'Thor de Jason Aaron, 4: El trueno en las venas'. Jason Aaron, Russell Dauterman y otros. Panini. 296 págs. 30 euros.


Con fecha de portada de enero de 2016, recién terminadas las Secret Wars, arrancó un nuevo volumen de The Mighty Thor, con la doctora Jane Foster convertida en el dios del trueno. Lo que, en un principio, se percibió como una decisión sensacionalista por parte de Jason Aaron, resultó ser uno de los giros argumentales más interesantes de la historia del personaje, y los escépticos acabaron pronto convencidos de que tenían entre su manos un cómic sobresaliente. Una parte del mérito hay que atribuirlo al estupendo trabajo gráfico de Russell Dauterman, acompañado aquí por Rafa Garrés y Frazer Irving. El trueno en la venas, cuarto tomo de la recopilación del Thor de Aaron, recopila los números 1 a 12 de esta memorable etapa.


Malaga Hoy


martes, 29 de junio de 2021

¡Oh, diabólica ficción! por Max

 



El Pais Semanal Nº 1.974 Domingo 27 de julio 2.014

Todo lo que puede tener adentro un lápiz

Publicado por Diego Cuevas


© Joaquín Salvador Lavado, QUINO. Lumen. lápiz

Existen dos personajes en nuestra historia cuyas lenguas han demostrado ser tan afiladas, y tan certeras en sus tajos, como para convertir a sus dueños en las principales víctimas de la cita apócrifa. Hay dos eminencias, consideradas manantiales de frases para tatuarse, a quienes la desinformada era de internet se emperra en atribuir falsamente todo tipo de declaraciones por una razón evidente: cualquier ocurrencia tiene mucho más lustre si ha salido de aquellas bocas. La primera de dichas figuras fue un británico capaz de comandar al Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, un caballero apellidado Churchill. La segunda, una pequeña argentina de pelo encrespado y constitución de garabato acostumbrada a guerrear con el mundo, una niña sin apellido conocido, pero con nombre mundialmente famoso: Mafalda.

A pesar de lo que aseguran las viñetas estampadas a lo largo de cientos de muros en las redes sociales, Mafalda nunca gritó: «¡Paren el mundo que me quiero bajar!». Aquella frase, que la cultura popular se atreve a suponer de Groucho Marx, fue tan solo una más de la infinidad de falsas proclamas que la gente menos lúcida quiso poner en boca de una niña a la que todos siempre han prestado atención. Una muchacha nacida hace cincuenta y seis años en algún lugar de Argentina.

¿Justo a mí tenía que tocarme ser como yo?

Los papeles oficiales dictan que Joaquín Salvador Lavado Tejón llegó a este mundo durante un 17 de agosto de 1932, y las revistas sesenteras acotaron el alumbramiento de Mafalda al 15 de marzo de 1962. Ambos documentos erraban, porque aquel hombre nació un mes antes y aquella niña dos años más tarde. Él lo hizo en la provincia argentina de Mendoza al son de las nanas de dos padres andaluces, y ella entre páginas de la publicación Primera Plana tras una gestación extraña como imposible producto de marketing. A él comenzaron a llamarlo «Quino» para distinguirlo de un tío ilustrador con quien compartía nombre, y ella recibió el bautizo formal en una sala de cine durante la caza y captura de una consonante.

El pequeño Quino descubrió desde edades tempranas que el mundo era un lugar agitado, repleto de adultos obsesionados con trazar líneas entre los buenos y los malos, y decidió que, ante dicho panorama, resultaría mucho más sencillo dibujar en silencio que opinar en voz alta. Empuñó el lápiz cuando solo sumaba tres veranos, y a base de pintarrajear las paredes del hogar encauzó su futuro hacia la academia de Bellas Artes, una escuela de cuyas aulas saldría espantado y sin diploma alguno, hastiado de dibujar «ánforas y yesos». Con una abultada carpeta de dibujos acomodada bajo el brazo y muy cerca de un estómago vacío, un Quino huérfano y adolescente se mudó a Buenos Aires para deambular durante años por las oficinas de revistas en busca de editores interesados en su obra. Hasta que, en 1954, sus trazos se estamparon por primera vez sobre el semanario Esto Es, lo que marcó el inicio de su carrera profesional como artesano del humor gráfico e ilustrador publicitario.

Casi una década más tarde, y ya con cierto renombre acumulado a la espalda, el dibujante recibió la propuesta de facturar unas viñetas tramposas. Una tira cómica nacida a la sombra de éxitos como Snoopy o Blondie, pero ideada para deslizar publicidad encubierta de electrodomésticos de la marca Mansfield entre las páginas de un periódico nacional. El encargo demandaba confeccionar una familia de tinta, cuyos miembros poseyeran nombres que comenzasen por la letra eme, para colar en sus aventuras cómicas los diferentes productos patrocinados. Quino ideó un matrimonio con dos hijos, niño y niña, y localizó la inspiración para bautizar a la chiquilla en las butacas de un teatro, al sentarse ante la película Dar la cara de José Martínez Suárez. En la pantalla, uno de los personajes se interesaba por conocer el nombre de cierto bebé que sollozaba en una cuna; «Mafalda» le contestaba la madre de ficción. «Es nombre de princesa» remataba el contertuliano, invocando a la realeza italiana de Saboya. Ante aquella escena, en la cabeza del dibujante tuvo lugar otra coronación: Mafalda era el nombre perfecto para su niña de cómic.

Las viñetas resultantes de toda esta empresa no llegaron a publicarse según el plan, supuestamente porque los editores del diario descubrieron la treta publicitaria ninja, pero Quino se aseguró de conservar una docena de dichas tiras cómicas a mano, intuyendo que aquella niña, todavía abocetada, apuntaba maneras. Meses más tarde, un 29 de septiembre de 1964, el artista rescató las historietas para estrenarlas en la revista Primera Plana, despojándolas del capitalismo en más de un sentido: Mafalda no solo había dejado de ser un publirreportaje, sino que se había convertido en un icono inconformista de la clase media, uno con el aspecto de una niña argentina que no podía evitar descojonarse tras leer la definición de la palabra democracia en un diccionario.


© Joaquín Salvador Lavado (QUINO), Toda Mafalda, Lumen.

El reparto que rodearía a la protagonista se caracterizó por demostrar una humanidad inusual en la ficción de tebeo. Una virtud que nació como consecuencia de la admiración que Quino sentía por Charles M. Schulz, el creador de Charlie Brown. En una época donde los habitantes de los tebeos populares eran seres unidimensionales, a Quino le maravilló descubrir que Schulz presentaba a sus personajes como criaturas imperfectas y contradictorias. En el universo de Snoopy, los niños protagonistas podían ser simpáticos, desagradables, envidiosos, cordiales, gamberros o benévolos sin que dichos rasgos se convirtiesen en su única identidad, perfilando siluetas más humanas que las caricaturas habituales. Al modelar al elenco de Mafalda, Quino imitó conscientemente la fórmula utilizada por Schulz para esculpir a los personajes, pero trasladándola a la sociedad argentina.

Cuando Mafalda aterrizó en tierras italianas, el mismísimo Umberto Eco presentó a la chica en sociedad comparando sus desventuras con las tropelías de la historieta estadounidense. El escritor de El nombre de la rosa sentenciaba que mientras Charlie Brown —un rapaz norteamericano— vivía en un país próspero en donde ansiaba integrarse, el personaje de Mafalda —una nena sudamericana— rechazaba pertenecer a una nación de contrastes sociales que intentaba hacerle feliz e integrarla. Charlie Brown era un niño atrapado en un mundo de niños que aspiraba a ser adulto. Mafalda era una niña atrapada en un mundo de adultos que vivía encarando a sus mayores y no queriendo convertirse en uno de ellos. Según Eco, Charlie Brown parecía haber leído a los revisionistas de Freud y andar a la caza de una armonía perdida, pero Mafalda tenía toda la pinta de haber devorado los escritos del Che.

Las primeras tiras de la serie tan solo contaban con tres personajes: Mafalda, su madre y su padre. Un trío que se bastaba para apuntalar el espíritu de la historieta: en las viñetas, la hija ametrallaba a sus progenitores con preguntas que aquellos no sabían, o no querían, responder. Más tarde, y para burlar el tedio en el lector, Quino incorporó en el cómic a un amigo de la chiquilla llamado Felipe. Un niño soñador e ingenuo, fan de los Beatles de Liverpool y del Llanero Solitario de Texas, con apariencia delgaducha, morro largo y dientes de conejo. Poco después de que aquel nene se estrenase en los tebeos, un periodista argentino llamado Jorge Timossi, conocido de Quino y poseedor de una dentadura prominente, ojeó las páginas de Mafalda con la extraña sensación de adivinar algo demasiado familiar en el nuevo personaje. Convencido de que Quino lo había caricaturizado para crear a Felipe, el reportero remitió por correo al artista una de sus tarjetas de presentación en la que escribió un muy tierno: «Quino, confiesa, hijo de puta». A modo de contestación, recibió un dibujo de Felipe suspirando un: «Justo a mí me toca ser como yo».

Con el paso de los años, la pandilla de Mafalda sumó nuevos miembros que ejercieron como espejo del país: un niño llamado Manolito, hijo de los inmigrantes españoles que toda Argentina creía fabricados en Galicia, un mocoso tan usurero y capitalista como para ser capaz de oler el dinero, vender caramelos con intereses o afrontar su existencia ejerciendo de relaciones públicas del establecimiento familiar. Susanita, una muchacha frívola, clasista, racista, chismosa y egoísta hasta el punto de considerar el altruismo como una enfermedad, que a pesar de todo ello alimentaba una amistad sincera y cordial con Mafalda. Miguelito, un chico de pelo lechuguino y descendiente de italianos exiliados, cuya fachada de criatura cándida e inocente escondía trazas sociópatas y una admiración ciega, heredada de su familia, por la efigie de Benito Mussolini. Libertad, una niña, hija de una traductora de francés —«El último pollo que comimos lo escribió Sartre»—, cuyo nombre y escasa altura la convirtieron en diana de chistes con segundas intenciones políticas. Y Guille, el hermano pequeño y travieso de la protagonista, un eterno enamorado de Brigitte Bardot que protagonizó una de las tiras más brillantes de Quino: la que muestra todas las paredes y suelos de la vivienda familiar pintarrajeadas por completo mientras en una esquina la madre contempla la catástrofe horrorizada. Frente a ella, Guille empuña un lápiz y espeta a su progenitora: «¿No ez increíble todo lo que puede tened adentro un lápiz?».


© Joaquín Salvador Lavado (QUINO), Toda Mafalda, Lumen.

«¡Sunescán! ¡Dalúna búso!»

Lo de Mafalda fueron palabras mayores pronunciadas desde alturas menudas. Una niña no debería sonar más coherente que hordas de políticos, y un cómic no tendría que ser más transcendente que centenares de manifiestos, pero aquellos dibujos lograban todo lo anterior sin dejar de ser descacharrantes. Acostumbrados como estábamos a que las tiras cómicas se rematasen con slapsticks de trompazos y punchlines facilonas, la obra de Quino era una patada de realidad asestada de la manera más elegante. Un hermoso dominio del sarcasmo capaz de presentar el humor más ácido del modo más dulce. Mafalda no se desentendió del mundo, se sentó frente a un globo terráqueo y le aseguró a su osito de peluche que aquel objeto parecía lindo porque se trataba de una maqueta y en realidad el original estaba hecho un desastre. Confundió borrascas anunciadas en el parte meteorológico con la actualidad política. Reveló que su madre utilizaba un dialecto propio —«¡Sunescán! ¡Dalúna búso!»— cada vez que salía a hacer la compra. Sintonizó una radio para escuchar las noticias y acabó culpando a su padre de haberle puesto al aparato unas pilas cargadas de amargura. Adoptó una tortuga extremadamente lenta, amiga de esconderse en su caparazón a las horas más inoportunas, y la bautizó «Burocracia». Se negó a comer la sopa una y otra vez, convirtiendo aquel rechazo en un conflicto monumental, porque en un mundo de tebeo la forma más sincera de representar el militarismo y la imposición política era servirlos en un plato poco apetecible que te obligaban a engullir.

Mafalda nunca chilló: «¡Paren el mundo que me quiero bajar!», pero su creador se vio obligado a desmentir la veracidad de aquel famoso equívoco, aclarando que su hija era de alma emprendedora, y que jamás se hubiese planteado abandonar el planeta por muy desastrada que se le antojase su facha. Groucho Marx tampoco pronunció en ningún momento aquella frase, aunque existan libros que aseguren con sangre lo contrario. El mundo es un lugar confuso y lleno de falsedades, de injusticias, de oportunistas, de sopas difíciles de digerir y de verdades cocinadas a medias. Los embustes digitales también anudaron pañuelos antiaborto al cuello de Mafalda en contra de su voluntad, e incluso alimentaron la leyenda urbana de que la pequeña contestataria había fallecido en su propia tira, atropellada por un camión cisterna que transportaba sopa. Mafalda sobrevivió a todo ello y por el camino se volvió eterna. Erigió un discurso que sigue siendo válido y certero hoy en día a pesar de haberse declamado hace cincuenta años, porque ella siempre ha sido más moderna que la propia actualidad. Demostró que era bueno ser mordazmente político cuando los templados todavía no se habían convertido en apolíticos para evitar mojarse el culo y los extremistas aún no anunciaban «equidistancia». Defendió a las mujeres décadas antes de que medio planeta gruñese que el feminismo era una moda pasajera de los esejotauvedobles. Y fue mucho más colosal de lo que aparentaba su estatura: la simpática imagen de esa jovenzuela despeinada, legañosa y en pijama que adorna hoy miles de tazas y agendas es la misma que la de aquella revolucionaria que una vez señaló la porra de un policía para sentenciar: «Este es el palito de abollar ideologías».

A pesar de lo que pueda parecer, la vida de la serie no fue especialmente longeva. Su creador decidió dejar de dibujarla en 1973 tras muchos vaivenes, brincos entre distintas publicaciones y paréntesis inciertos. Quino siguió dedicándose con brillantez al humor gráfico, pero decidió que su Mafalda se merecía un descanso. Al hombre siempre le costó aceptar que era un genio virtuoso, se quejaba de pintar mal —«Uno dibuja como puede y no como quiere»— y aseguraba no entender por qué la gente consideraba a su pequeña contestataria como un ser de carne y hueso.

Es increíble todo lo que puede tener adentro un lápiz

Quino, ese niño de ochenta y ocho años, falleció el 30 de septiembre de 2020 cuando la ceguera ya le había devorado la vista y requisado los lápices. La mañana siguiente, una estatua de Mafalda, esa niña de cincuenta y seis años, amaneció en el parque San Francisco de Oviedo rodeada de ramos de flores. Entre un hecho y el otro, alguien tuvo la mala idea de mancillar la escultura dibujando una lágrima sobre la mejilla del personaje. Mafalda nunca necesitó que los adultos le dijesen qué tenía que decir, cuándo tenía que apearse del mundo o cómo debía sentirse. Ella estaba acostumbrada a lidiar con quienes pretendían imponerle las ideas y siempre fue más humana que la mayoría de los habitantes del mundo real. Reacio a las entrevistas, a Quino nunca le hizo falta hablar para explicar cómo se sentía porque prefería dibujar sobre un papel. Una vez, Mafalda sujetó una tirita en la mano y se preguntó cómo se pegaba eso en el alma. Es increíble todo lo que puede tener adentro un lápiz.

© Joaquín Salvador Lavado (QUINO), Toda Mafalda, Lumen. 


Jot Down



¡Oh, diabólica ficción! por Max

 




El Pais Semanal Nº 1.970 Domingo 29 de junio 2.014

El conductor errante por Paco Roca

 



El Pais Semanal Nº 1.969 Domingo 22 de junio 2.014

lunes, 28 de junio de 2021

Un cómic absorbente

JAVIER FERNÁNDEZ

23 Junio, 2021 


'Bad Weekend'. Ed Brubaker, Sean Phillips. Panini. 72 págs. 15 euros.


Panini coloca en la mesa de novedades otro título más de Ed Brubaker y Sean Phillips, de los que lleva ya publicado un ciento (se los recomiendo todos, pero especialmente Criminal), y yo no puedo estar más contento, porque cualquier cosa de estos dos me parece una pasada. El presente librito se titula Bad Weekend y es la versión ampliada de los números dos y tres del enésimo volumen de la serie Criminal, publicado por Image entre 2019 y 2020. Como cabe esperar en Brubaker y Phillips, se trata de un absorbente cómic de género negro, ambientado en el entorno de una convención de cómic y lleno de referencias a nombres reales de la escena tebeística estadounidense (como Julius Schwartz, Gerry Conway o el propio Stan Lee), no en vano, uno de los protagonistas es un historietista de incierto pasado que acude al evento para recibir un premio a su trayectoria.


Malaga Hoy


MORTADELO Y FILEMON 25 ANIVERSARIO : BAILE DE DISFRACES

 























Editorial Bruguera, S.A. 
Barcelona - España
1ª Edición - Año 1983

domingo, 27 de junio de 2021

La voz del autor por Paco Roca

 



El Pais Semanal Nº 1.973 Domingo 20 de julio 2.014

¡Oh, diabólica ficción! por Max

 

El Pais Semanal Nº 1.972 Domingo 13 de julio 2.014 

El otro Hickman


Una ilustración de la obra.


JAVIER FERNÁNDEZ

23 Junio, 2021 


'Los mundos posibles de Jonathan Hickman'. Jonathan Hickman y otros. Panini. 592 páginas. 40 euros.


A Jonathan Hickman se lo conoce, sobre todo, por su larga asociación con Marvel. De Guerreros Secretos a La Patrulla-X, pasando por Los 4 Fantásticos, SHIELD, Los Vengadores y eventos del calibre de Secret Wars y Dinastía de X, Hickman ha sido el principal arquitecto de la compañía en esta última década, tomando, de alguna forma, la antorcha de Brian Michael Bendis. En todos sus trabajos ha dado muestras de una gran ambición creativa, una visión de conjunto y paciencia para desarrollarla.

Grant Morrison sería uno de sus referentes, aunque Hickman es bastante menos elíptico y complejo (vendría a ser una versión blockbuster del escocés), y es justo reconocer que ha desarrollado un sabor propio, que encanta a unos y molesta a otros. A lo mejor, su intervención en Los 4 Fantásticos es lo más redondo y fácilmente disfrutable de su bibliografía superheroica, y se dice que las miniseries de SHIELD son lo más idiosincrático del conjunto, queriendo denotar, con esto, que es lo que más se acerca al otro Hickman, al que se ha desarrollado fuera de Marvel.

Y es que el guionista de Carolina del Sur ha firmado títulos interesantísimos para editoriales independientes como Avatar, IDW o Image. Entre estos últimos, destacan especialmente los cuatro que recoge el tomo Los mundos posibles de Jonathan Hickman, recientemente editado en español por Panini.

El tomo recoge las miniseries The Nightly News (2006-2007, seis números escritos, dibujados, coloreados y rotulados por Hickman), Pax Romana (2007-2008, cuatro números en los que se encarga igualmente de todo); Red Mass for Mars (2008-2010, cuatro números en colaboración con el dibujante Ryan Bodenheim) y The Red Wing (2011, cuatro números con el dibujante Nick Pitarra). Son ejercicios de ciencia ficción apreciables y muy imaginativos (especialmente densos los que firma en solitario), en los que usa los medios de comunicación, la historia y la ucronía, las invasiones alienígenas y los viajes en el tiempo para excitar la imaginación y el intelecto del lector.



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