lunes, 2 de julio de 2018

CHUCK JONES

Por Jordi Sanchéz-Navarro


Charles Martin Jones, más conocido como Chuck Jones, pertenece a una larga estirpe de creadores tan arriesgados como efectivos.



Sus mejores películas...

...combinan la eficacia del slapstick clásico —el de Chaplin, Keaton y tantos otros autores menos célebres— con una densidad conceptual pocas veces contemplada en ámbitos ajenos al cine de vocación artística. Si algunos nombres históricos del cartoon —como Bob Clampett o Friz Freleng— indagaron, con excelentes resultados, en la arquitectura lógica y el flujo temporal del gag cómico (como antes habían hecho los mucho más conocidos Charles Chaplin o Buster Keaton), Jones alcanzó la perfección en ese terreno. Si Norman McLaren desarrolló tantas propuestas experimentales como films realizó, en una impecable carrera que debería servir para otorgarle un lugar de privilegio entre los artistas del siglo XX, Chuck Jones supo enmarcar radicales experimentos plásticos y narrativos en el seno del cartoon institucional. Nacido en Spokane (Washington) el 21 de septiembre de 1912, Jones se trasladó a Hollywood acompañando a su familia cuando aún era niño. La casualidad quiso que aquel hogar californiano estuviera a pocos metros de los Chaplin Studios, donde el niño recién llegado tendría la oportunidad de asistir a los rodajes del genial cineasta. Comprobar que Charles Chaplin era capaz de rodar más de cincuenta veces una escena que iba a durar quince segundos en pantalla debería haber tenido efectos devastadores en el cerebro de cualquier niño: en el caso del joven Jones, sólo sirvió para inocularle el virus del cine. Tras verificar en su periodo de formación media que tenía evidentes aptitudes para el dibujo, ingresó, tras su graduación, en el Chouinard Art Institute, donde aprendió las técnicas para desarrollar su prodigioso talento. Al poco, obtuvo su primer empleo en el sector de la animación como ayudante de Ub Iwerks en el estudio Pat Powers' Celebrity Pictures, donde se realizaban cortometrajes para Walt Disney Pictures y Metro-Goldwyn-Mayer. Jones comenzó limpiando acetatos y entintando dibujos, pero no tardó en convertirse en intercalador y animador. 




Chuck Jones, de bebe a leyenda viva

Uno de los primeros trabajos de Jones para la Warner

 A Chuck Jones le encantan los gatos, y abocetar constantemente todo lo que visualiza mentalmente. Aquí tenéis algunos de estos bocetos

En mayo de 1933, Jones ingresó en Termite Terrace, como se conocía internamente a la división de dibujos animados de Warner Bros, donde, durante cinco años, llevó a cabo todo tipo de tareas creativas y técnicas, impresionando al productor León Schlesinger, que le pronosticó una rápida promoción en el estudio. Sus referencias creativas en estos primeros años en Warner fueron su gran amigo Friz Freleng —de quien diría: "En lo que respecta al timing, que es la esencia de la comedia, creo que es la persona más brillante de la historia"— y Tex Avery. Cuando fue promocionado a director en 1938, en parte como consecuencia de la marcha de Friz Freleng a la Metro, Jones se había convertido ya en un perfecto conocedor de aquel timing que maravilló al prestigioso crítico Manny Farber, quien, en 1943 y desde las páginas de The New Republic, proclamó la absoluta superioridad estética de los cortometrajes de animación de la Warner frente a los de Disney. Con todo, las dos series dentro de Merrie Melodies en las que Jones trabajó en aquellos finales de los años treinta ("Two Curious Dogs" y "Sniffles the Mouse") estaban muy próximas, por estilo e intenciones, a las creaciones Disney. En realidad, para hablar con propiedad habría que decir que se hallaban próximas a los cartoons que Hugh Harman y Rudolf Ising estaban produciendo para la Metro, y éstos sí pretendían seguir explícitamente la estela de Disney. Los comienzos como director de Jones estaban aún lejos de alcanzar la excelencia casi sobrenatural que llegaría en los primeros años cincuenta, aunque sirvieron para demostrar que él tenía mucho que decir sobre el arte de la animación. Además de comenzar a trabajar con los personajes clásicos de la compañía, los Pato Lucas, Elmer o Bugs Bunny, a los que, poco a poco, dotaría de una marcada personalidad hasta convertirlos en algo más que simples muñecos, Jones ayudó, con su trabajo práctico, a definir el formato que demostraría una gran eficacia en el seno de la Warner: el cortometraje de 30.000 dólares de presupuesto con una duración de poco más de seis minutos (en 180 metros de película) y un plazo de producción de cinco semanas. A lo largo de los primeros años cuarenta, Jones dirigiría algunos clásicos instantáneos como "To Duck or Not to Duck" (1943), el relato alocado de la cacería del Pato Lucas por parte de Elmer. El Pato Lucas había sido creado en 1937 por Tex Avery y Bob Clampett, pero al caer en manos de Jones sufrió una espectacular transformación: de personaje absurdo, blanco de todos los golpes perdidos, a antihéroe existencialista. De hecho, en muy pocos años Jones acabaría redefiniendo completamente al Pato Lucas y a Bugs Bunny: la insoportable espiral creciente de humillaciones a las que el conejo sometía al pato era fruto de una estrategia calculada por él, con el fin de convertir a Lucas en un muy humano loser, un marginado incapaz de llevar a cabo sus anhelos de alcanzar una vida feliz, siempre obstaculizado por su propia mezquindad. Ese carácter de Lucas destacaría, precisamente, por su contraste con el de Bugs, siempre displicente con los demás. El propio Jones ilustraría la lógica de esta relación: "El Pato Lucas es un reconocimiento lamentado de mis (y nuestras) propias incapacidades. Bugs Bunny es una notoria personificación de nuestros mejores sueños. Queremos a Lucas porque él somos nosotros; queremos a Bugs porque él es como nosotros querríamos ser."



  Algunas de las carátulas de cortos de la Warner dirigidos por Iones. El estilo de estas entradillas ha servido de inspiración a muchos grafistas actuales.

► LOS AÑOS CUARENTA
Durante la primera mitad de los cuarenta, Jones dirigió también "The Dover Boys"(1942), un cortometraje que inauguraba, de un modo extraoficial, el uso de la caricatura humana en la animación. Frente a la representación realista de la figura humana que proponía Disney en sus largometrajes, Jones expuso la máxima de que cuanto menos estilizado era el dibujo de la figura humana, más posibilidades se abrían para la animación. Además, en "The Dover Boys", Jones apostaba por un humor inteligente, tan basado en el aspecto verbal como en la acción del gag (con guión de Ted Pierce). Aunque en un principio el cortometraje fue mal recibido por los responsables de producción de la Warner, que llegaron a amenazar con despedir al director por su visión radical de la animación, las propuestas icónicas de Jones se convirtieron, muy poco después, en el punto de partida de algunas de las formas más novedosas de entender el medio que surgirían entre los cuarenta y los cincuenta, como las de la UPA. Lo cierto es que la visión de Jones sobre la animación era extraordinariamente radical, como demuestra el hecho de que en 1944 el director publicara un artículo en Hollywood Quaterly en el que especulaba sobre la viabilidad de la animación abstracta. Jones compartía con sus compañeros de estudio una pasión por el slapstick clásico, pero sus estímulos intelectuales provenían de la literatura y la filosofía: "Chuck leía la enciclopedia como si fuera el último best-seller", dijo su buen amigo Ray Bradbury, "y nunca tuvo reparos en teorizar sobre la animación". Las reflexiones de Jones, que pueden ser rastreadas en numerosas entrevistas y artículos, nos muestran a un cineasta tan preocupado por los problemas de orden práctico del medio como por sus profundidades teóricas. En el primer aspecto, Jones nos ofrece una explicación de claridad meridiana sobre el oficio de animador: "El animador tiene la misma responsabilidad que un buen actor. Peter Sellers, por ejemplo, es extremadamente versátil y puede moverse en cualquier dirección. Mi animador, Ken Harris, puede hacer lo mismo. Él es un animador, no un dibujante. Y ahí hay una diferencia. Ni siquiera la gente que escribe sobre animación parece comprender del todo que cuando dibujas un personaje, todavía no tienes un personaje." En el territorio teórico, su pensamiento muestra similar profundidad: "La animación es una forma de arte en sí misma, y eso es lo que creo que necesita una clarificación continua. La animación existe sin fondos, sin color, sin sonido. Ni siquiera necesitas una cámara." Durante la Segunda Guerra Mundial, Jones hizo su preceptiva contribución a la causa bélica creando, junto a Theodor Geisel, conocido como Dr. Seuss, la serie Private Snafu, realizada por la división de propaganda dirigida por Frank Capra para ser proyectada en el frente. Los años de posguerra vieron la reunión de Chuck Jones con Michael Maltese. Cuando Ted Pierce se marchó (o más bien regresó) a los estudios Fleischer en 1941, Jones se quedó, por así decirlo, huérfano de guionista. Michael Maltese, un escritor extraordinariamente dotado para la creación de gags y con notables dotes de actor, vino, ya años después, a suplir el vacío, yendo más allá de Pierce y formando junto a Jones un demoledor dúo capaz de sacudir, una y otra vez, los cimientos de la animación.


Bocetos para el corto "What's Opera Doc


En la segunda mitad de la década, Jones consiguió varios logros, aunque también tuvo ilustres fracasos. Entre los segundos están sus personajes Inki o Minah Bird, que nadie supo entender, ni siquiera él mismo, y que tuvieron una vida artificialmente Impuesta por los ejecutivos del estudio. Otro relativo fracaso fue el desarrollo del grupo de personajes de Los Tres Osos, para los que Jones pretendía crear una serie en la que explotar sus dotes para la comedia. La idea básica era invertir los estereotipos físicos de los personajes, convirtiendo al hijo en un animal enorme y al padre en un achaparrado oso hiperactivo. Los Tres Osos debutaron en 1944, en "Bugs Bunny and the Three Bears". Jones estaba notablemente orgulloso con el trabajo, pero el mismísimo jefe del estudio, Jack Warner, ordenó la desaparición de los personajes por considerar que "todo el mundo estaba haciendo historias de Los Tres Osos". Entre los hallazgos de Jones en la década de los cuarenta se encuentra el personaje de Pepe Le Pew, la maloliente mofeta necesitada de amor, que debutó en "Odor-Able Kitty" (1945) y cuyos impulsos amatorios eran un argumento del todo novedoso en la tradición del cartoon. Los episodios de Pepe Le Pew tenían un alto componente sicalíptico, presentado siempre en una doble lectura para un público adulto. El propio Jones lo explicaría de este modo: "Es como comerse a alguien. Un asunto de nutrición. Sustento. Supervivencia. Hoy día, si dices que un personaje va a comerse a alguien... bueno, eso tiene un significado diferente. Pero la mofeta Pepe fue un caso único en los cartoons de la época, en el sentido de que iba detrás de la gata para enrollarse con ella." Narcisista y con un vocabulario lleno de clichés románticos, Pepe Le Pew fue un personaje muy querido por Jones: en él pudo reflejar sus propios traumas en el terreno amoroso y su distanciada ironía hacia todo lo que oliera a romántico. Pero su creación más célebre sería la de los personajes del Correcaminos y Wile W. Coyote. Aunque la serie es conocida por el título genérico de El Correcaminos, lo cierto es que el personaje protagonista es el Coyote, un individuo patético cuyos denodados esfuerzos para conseguir atrapar al veloz (y presuntamente sabroso) Correcaminos se saldan con un fracaso permanente. Jones concibió la serie como una parodia de los cartoons de acecho y cacería que monopolizaban los gustos de buena parte del público, un modelo que, con su acostumbrada e insultante facilidad, Jones llevó al límite, demostrando que la única consecuencia lógica del género era su reducción al absurdo. En una suerte de actualización recurrente del mito de Sísifo (el personaje que se veía obligado a subir una enorme roca hasta la cima de una montaña sólo para comprobar que, una y otra vez, la roca volvía a despeñarse), Jones presentó un catálogo de variaciones sobre el mismo tema que tendía virtuosamente al infinito. Los episodios de El Correcaminos no son piezas de siete minutos, sino siete minutos llenos de minicápusulas autoconclusivas que, con todo, presentan una lógica interna a prueba de bombas. Como explicaba el propio Jones: "El Coyote es su propio peor enemigo. Es imposible que atrape al Correcaminos. Pero ése es el asunto: cuanto más frustrado está, mayor ingenio demuestra. El filófoso George Santayana dijo que un fanático es aquél que redobla sus esfuerzos cuando ha olvidado cuál era su meta." Aunque el énfasis de la serie El Correcaminos estuvo siempre en la imagen, objeto material venerado por Jones como principio y final de toda animación (la imagen es la idea), la clave ética que justificaba la serie era la aplastante lógica del personaje del Coyote. Al respecto, Jones afirmaba que la conducta del personaje debía mantenerse en los márgenes de una verosimilitud sensata, por mucho que fuera imposible: "Debemos llegar a creer, de un modo ilógicamente lógico, que todo aquello que le ocurre al personaje podría ocurrirle en un momento dado... Debemos creer que hemos aprendido a conocerlo y a identificarnos con él". Junto al Pato Lucas, el Coyote es, para el propio Jones, el personaje más humano que ha tenido ocasión de crear. Como él mismo explica: "Básicamente hablamos de la dignidad humana. (...) Podemos soportar el amor o el odio de otra persona, pero es imposible sobrevivir a la indiferencia constante, porque eso es lo más humillante. La preservación de la dignidad depende de evitar la humillación. Y cuando el Coyote cae, se levanta y se sacude en un intento por preservar su dignidad. Lo que le preocupa de verdad es acabar convertido en algo parecido a un acordeón. Un coyote puede no ser gran cosa, pero siempre será más que un acordeón."


Imágenes definitivas de "What´s Opera Doc"

► LOS AÑOS CINCUENTA
Los años cincuenta son una década prodigiosa para un Chuck Jones que, como paso previo a su entrega de un ramillete de obras maestras, obtuvo dos Oscar de la Academia consecutivos. El primero, en 1950, por "For Scent-lmental Reasons", un corto de la serie Merrie Melodies protagonizado por Pepe Le Pew; el segundo, un año después, por So Much for So Little, un documental de animación producido por el Servicio de Sanidad Pública. Pero lo mejor llegaría en los años venideros. En su libro sobre los cincuenta mejores cartoons de la historia (elegidos según el criterio de las mil personalidades más influyentes de la animación norteamericana), el historiador Jerry Beck otorga a Chuck Jones los dos primeros puestos. El primero lo ocupa "What's Opera Doc" (1957), un portentoso resumen, con guión de Michael Maltese, de las catorce horas de la tetralogía operística El anillo de los Nibelungos de Richard Wagner en seis minutos de enfebrecido cartoon. Los ciento seis planos de "What's Opera Doc" conforman el que según Jones fue el film más difícil de realizar de toda su carrera, una obra maestra que sintetiza todo aquello que debe ser un cartoon al dotar a los personajes de una aureola mítica sin dejar de mostrarlos como lo que son: dibujos animados. El segundo lugar de la lista de Beck lo ocupa "Duck Amuck" (1953), otro prodigioso corto en el que, combinando teatro del absurdo, existencialismo pop y auto-rreflexión, las convenciones del lenguaje del cine se desmoronan ante la alucinada mirada de Lucas. En "Duck Amuck", tan inmenso que merecería un ensayo aparte, Lucas llega a ser borrado, redibujado, enfrascado en una lucha absurda con el fondo... de su pico emergen sonidos que él jamás pretendió pronunciar (demostrando, de hecho, que él, en realidad, no puede pronunciar nada, puesto que nada es). Al final del film, y en una violación definitiva de los límites del encuadre, de la relación campo/fuera de campo y de la realidad fílmica, se nos muestra, en un imposible viaje, el tablero de dibujo del creador, que no es otro que Bugs Bunny, convertido en representante  del  aparato  de  producción  de

Pepe es una de las creaciones más personales de Chuck Jones, y una de las más logradas.

Warner Bros. He ahí la demostración palpable del inmenso talento de Jones: el sistema de producción Warner, vocacionalmente constrictivo de la creatividad, es utilizado en provecho propio por el creador, para reflexionar sobre él desde la perspectiva del arte moderno. No en vano el crítico Richard Thompson compara los films de Jones realizados en el seno de la Warner con los trabajos de Godard o Resnais, titanes del cine moderno francés, en su tratamiento del tiempo y en la inexistencia reflexiva de la historia. Parangonando a Jones con Ingmar Bergman, Thompson llegaría a decir "Duck Amuck' es el Persona (1966) de los cartoons".

Pero los cortos de Jones situados entre las cincuenta mejores piezas de la historia no se acaban aquí. En esta lista se incluye también "Duck Rogers in the 24 1/2th Century" (1953), una space opera paródica de diseño rabiosamente estilizado y brillantemente escrita por Michael Maltese; "One Froggy Evening"(1956), del que Jones dijo que era su mejor film, y que suponía el estreno de un nuevo personaje, la rana Michigan J. Frog; "Rabbit of Seville" (1950), un experimento sobre las posibilidades cómicas de la música culta gracias al poder de la imagen; o "Rabbit Seasoning" (1952), el segundo capítulo de la trilogía completada con "Rabbit Fire" (1951) y "Duck! Rabbit! Duck!" (1953). En esta trilogía, Jones se propuso llevar al límite su desarrollo de los personajes de Elmer, Bugs Bunny y Pato Lucas, gracias al virtuosismo del duelo verbal desarrollado por Michael Maltese, y a la exploración extrema de una premisa: demostrar el nivel de idiotez al que puede llegar Elmer, el nivel de ingenio que puede desarrollar Bugs y el nivel de sufrimiento que puede llegar a soportar Lucas. Otros cortos de los cincuenta que también habría que considerar obras maestras son "The Scarlet Pumpernickel" (1950), una parodia de La Pimpinela Escarlata, en la que Jones homenajeaba a Michael Curtiz, cineasta extremadamente generoso como director de films de aventuras, convirtiendo, de paso, al Pato Lucas en Errol Flyn, a Porky en Claude Rains y a Silvestre en Basil Rathbone; o "Ali Baba Bunny" (1957) y "Feed the Kitty" (1952), un cartoon que demuestra el talento de Jones como creador de gestos. La larga y fecunda etapa de Jones en Warner Bros, sirvió para que
el director ensayara todas sus inquietudes en un proceso constante de indagación: "Warner Bros, fue un inmenso laboratorio para todo el mundo, pero mucho más para los directores, porque teníamos que hacer de todo incluyendo registrar sonidos y layouts, nada de lo cual se tenía que hacer en Disney. Como no cobrábamos mucho, tendíamos a experimentar. Nunca sabíamos lo que iba a pasar a continuación."

Jones no creó ni a Bugs ni a Lucas, pero les aportó algo especial.

► EL FINAL DE UNA ERA

En 1953 Jack Warner ordenó cerrar la división de animación, que se volvió a abrir un año después, pero ya todo fue inútil. La animación había entrado irremisiblemente en crisis como consecuencia directa de la pérdida del monopolio vertical de los estudios. La producción fue bajando clamorosamente: así, de los doscientos cartoons que se hacían en 1953 se llegó a los ochenta y cinco cortos producidos en 1963. Ese año, la división de animación de la Warner cerró definitivamente. Chuck Jones fundó entonces una compañía junto al productor Les Goldman, desde la que proveyó a MGM de algunos cartoons de Tom y Jerry. Tras la marcha de Joseph Barbera y William Hanna, la Metro había intentado explotar a los personajes con el concurso del animador checo Gene Deitch, pero éste no había conseguido que su visión de los personajes cuajara. A Jones le ocurrió lo mismo. De entrada, y a pesar de la admiración que sentía por Hanna y Barbera, a los que consideraba excelentes técnicos, él ya había mostrado su recelo por el "modelo Tom y Jerry": de hecho, estaba convencido de haber dicho la última palabra sobre el género en sus cartoons del Correcaminos. Años después, Jones no tendría empacho en reconocer que jamás se había sentido cómodo con los personajes de Tom y Jerry. Hanna y Barbera los habían desarrollado en el férreo contexto de la comedia física y violenta, basada en el gag de acción, y no los habían dotado de profundidad alguna. El esquema de Hanna y Barbera era demasido rígido como para que Jones pudiera ejecutar una transformación equiparable a la que hizo con los Looney Toons. Así, el intento se saldó con un fracaso. Con todo, Jones realizó en el seno de la MGM dos excelentes especiales fuera de la serie Tom & Jerry. El primero de ellos fue The Dot and the Line (A Romance In Lower Mathematics) (1965), una imaginativa historia sobre el apasionado romance entre una línea y un punto. La osadía temática y formal fue premiada con un Oscar, tercero en la carrera de Jones. El segundo fue The Bear that Wasn't (1967), adaptación de un libro de Frank Tashlin, genial director de cartoons y de más de veinte films de imagen real, entre ellos varias comedias con Jerry Lewis.

Tras su etapa en MGM, y al comprobar que la animación era ya un producto televisivo, Jones fundó su propia compañía, Chuck Jones Enterprises, con el fin de producir animación televisiva con criterios creativos. Desde entonces, Jones ha desarrollado proyectos puntuales, en ocasiones relacionados con los personajes que creó o desarrolló en el seno de Warner Bros. En 1996 ganó un Oscar honorífico por toda su carrera. A lo largo de las tres últimas décadas, Jones ha manifestado explícitamente su interés en desarrollar un nuevo proyecto duradero con los Looney Toons, lo cual, visto el modo en que se están explotando las licencias, parece una perspectiva más que deseable.




El Coyote y el Correcaminos, ambos hijos de jones

CHUCK JONES EN VIDEO



Con el título genérico de Chuck Jones Special, el sello Cartoon, distribuido por Manga Films, editó hace unos años tres videocintas con varias producciones realizadas por Jones, bajo el sello Chuck Jones Enterprises, para la televisión. Siempre crítico con la animación televisiva —los llamados Saturday Morning Cartoons: "Es lo que yo llamo radio ilustrada; es un guión de radio con un número mínimo de dibujos para ilustrarlo; si desconectas la imagen pueden entender perfectamente lo que pasa, porque lo oyes"—, Jones realizó una serie de especiales para televisión luchando por mantener la calidad. En algunos de esos programas, Jones dio rienda suelta a una capacidad de experimentación pocas veces vista en productos realizados expresamente para televisión. La primera de las cintas editadas por Cartoon contiene los programas "Mowgli's Brothers" (1976) y "Rikkl Tikki Tavi" (1975), adaptaciones de relatos de Rudyard Kipling; la segunda contiene el relato ecologista "The White Seal" (1974) y "The Cricket in Times Square" (1973); la tercera incluye "A Very Merry Cricket" (1973) y "Yankee Doodle Cricket" (1974).


Imagenes de varios pasos del proceso de creación del decorado para dos cartoons dirigidos por Chuck Jones

SUPERVISOR

Chuck Jones entendía la dirección de un cartoon desde un enfoque artístico, como un proceso orgánico en el que el director trabajaba estrechamente con el guionista, hacía muchos de los dibujos más importantes, supervisaba los fondos e incluso colaboraba en los efectos de sonido y en la música. Sobre la relación entre el director y el animador, Jones explicó: "El director hace 300 ó 400 dibujos para un corto, layouts de personajes con diversas posiciones etc., a partir de los cuales trabaja el animador. En mi caso, el animador no está obligado a usar ni uno de mis dibujos, ni siquiera tiene que intentarlo. Ken Harri, mi animador, lo cambiará todo. Quizá usará sólo una idea, aunque la animación será suya. 0 las olvidará completamente. Aun así, su animación acabará reflejando lo que yo tenía en mente."


En    la    imagen    superior vemos a Tedd Pierce y Mike Maltese como personajes de un cartoon. Abajo, una caricatura de Tex Avery

SUS AMIGOS

Las diferencias entre Jones y sus compañeros en Warner Bros, eran notables. Todos ellos estaban muy
dotados para el dibujo y el timing, pero su orientación estética, incluso ética, albergaba diferencias. Tex Avery, por ejemplo, consideraba que lo esencial del cartoon era el momento del impacto, de la agresión (las expresiones de los personajes de Avery alcanzan su cénit en ese momento). Para Jones, por contra, lo esencial no es el momento de la agresión, sino la reacción del personaje al impacto. Así, su trabajo se centraba de una manera obsesiva en la expresión facial. Bob Clampett, por su parte, centró sus pesquisas formales en las muchas posibilidades de la transformación a través de la animación, mientras Jones se preocupaba por indagar en los límites gestuales humanos. Si Clampett demolió los límites de la condición humana por medio del movimiento imposible, Jones mostró una enorme simpatía por las limitaciones humanas a través de los pequeños gestos y expresiones.


BIBLIOGRAFÍA SELECTA


Este listado pretende ser una bibliografía esencial para conocer todos los detalles relevantes de la carrera profesional de Chuck Jones, así como de su estética y su contexto industrial.

BARRER, Michael (1999) Hollywood Cartoons. American Animation in the Golden Age, Nueva York, Oxford University Press.

JONES, Chuck (1989) Chuck Amuck: The Life and Times of an Animated Cartoonist, Nueva York, Avon Books.

KANFER, Stefan (1997) Serious Bussiness. The Art and Commerce of Animation in America from Betty Boop to Toy Story, Nueva York, Scribner,

KLEIN, Norman M. (1993) Seven Minutes. The Life and Death oí the American Animated Cartoon, Nueva York,'

LENBURG, Jeff (1993) The Great Cartoons Directors, Nueva York, Da Capo.

SANDLER, Kevin (1998) (ed.) Reading the Rabbit. Explorations in Warner Bros. Animation, Nueva Jersey, Rutgers.

PEARY, Gerald y PEARY, Danny (eds.) The American Animated Cartoon, Nueva York, Dutton.

Documentales:

Chuck Amuck. The Movie(1989) Escrito, producido y dirigido por John Needham.
Chuck Jones: Extremes and In-Betweens. A Life in Animation (2000). Dirigido por Margaret Selby. Emitido el noviembre de 2000 en la PBS, el sistema de televisión pública de los Estados Unidos.



THE GRINCH Y CARTOON NETWORK


El próximo estreno de The Grinch, versión de How The Grinch Stole Christmas protagonizada por Jim Carrey, pondrá de nuevo en boca de todo el público la historia original del Dr. Seuss y, probablemente, hará lo propio con el programa televisivo especial que Chuck Jones realizó en 1966 y que ese mismo año se estrenó en la cadena estadounidense CBS y que este mes podremos ver en España en Cartoon Network, En el programa, narrado en off por Boris Karloff, un protagonista soliviantado por la ruidosa forma de celebrar la Navidad de los habitantes de Whoville, decide sabotear la fiesta. Para llevar a cabo el atentado, se disfraza de Santa Claus y de esa guisa, roba todos los regalos, objetos decorativos y árboles de Navidad, Al final, el Grinch recapacita y decide devolver los objetos navideños, ante la evidencia de que los Whos de Whoville van a celebrar la fiesta con o sin parafernalia navideña. La fábula moral, que en palabras de Chuck Jones "costó trescientos cincuenta mil dólares y ha obtenido millones de dólares a lo largo de los años" (según se cita en el artículo de Jim Korkis "The First Holiday Specials", publicado en Animation Magazine en enero de 1995), fue la confirmación de que el formato de programa especial de Navidad se imponía en la televisión estadounidense; anteriormente se habían emitido especiales como Mr. Magoo's Christmas Carol (1962), producido por la UPA, o Rudolph the Red-Noised Reindeer (1964), de Rankin y Bass, La versión de How the Grinch Stole Christmas realizada por Jones fue uno de los films que Tim Burton (y Henry Selick) tuvo en mente a la hora de proyectar y realizar su Pesadilla antes de Navidad

Revista Pixel Nº2 Diciembre 2000 Norma Editorial





sábado, 30 de junio de 2018

3.000

Tres mil. Una cifra curiosa, 3.000 entradas en el blog, una cifra importante pero algo tramposa.
El blog de El Ojo de Melkart nunca fue algo estrictamente autentico, pero si sincero y veraz, dedicado principalmente al comic con pasión y fervor.

Son muchos años dedicados a propagar y loar a comics, autores, revistas, dibujos, ilustraciones y todo cuanto podía, aparte de nuestras propias historias, y también añadiendo fotografía, pintura, cine.

Las redes sociales, para nada estáticas, oscilan, suben y bajan, y ahora, una de las que mas brilla es instagram, en la cual ahora participo activamente. Mantener abiertas diferentes páginas y lugares (en blogger tengo cuatro blogs, en tumblr e instagram uno) es un esfuerzo sujeto a muchos vaivenes y sin duda no ayudan a pensar y crear, a la pausa necesaria para ordenar ideas. Aún así, me fascinan y disfruto viendo a miles de autores y creadores exponer sus obras. Espero poder seguir manteniendo esta ventana al mundo durante otros tres mil mensajes más.









Entrevista a Jan

Jan: "No lloraré si Superlópez desaparece"

JOSÉ MARÍA ROBLES Barcelona

7 FEB. 2018


Jan posa la semana pasada en Barcelona. JAVIER LUENGO


Sordo desde los seis años, el dibujante Jan apenas concede entrevistas, pero hace una excepción en pleno 'boom' de su personaje más célebre

"Complacer en exceso a los lectores te priva de crear", dice

Por el interminable pasillo del Metro de Barcelona avanza un señor que vive a dos horas de la ciudad, lleva boina, viste todo de negro y luce una barba canosa recortada con mimo. Es mediodía y podría pasar por cualquier jubilado camino del cole de su nieto. O por un payés que acude a Paseo de Gracia a cerrar un negoci. Incluso por un cura. Pero no.

- ¿Le reconocen por la calle?

- Cuando voy a firmar a los salones del cómic...

Quien lee una historieta suele imaginarse la mano que dibuja, nunca la voz que hay detrás de los bocadillos. Juan López Fernández habla con la timidez de quien se quedó sordo a los seis años. Quizá por la falta de audición -o de confianza en hacerse entender- no ha participado durante años en los festivales de la viñeta. Quizá por esa barrera en la comunicación no ha concedido muchas entrevistas o las ha resuelto por correo electrónico.Quizá por todo ello muy pocos saben que el Juan que se mueve bajo tierra y casi no se deja ver en los medios de comunicación en realidad es Jan, de 78 años, el padre de Superlópez.Cuatro décadas y media cumple en 2018 el superhéroe español con bigote. Lo hace requeteconsagrado como icono de la cultura popular, con nuevos álbumes en el mercado -El trastero infinito, Contra el Papa cósmico y Superlópez menguante integran el próximo recopilatorio de Ediciones B, que se publica mañana- y gran expectación a propósito de su brinco a la gran pantalla. La adaptación protagonizada por Dani Rovira, que se estrena en noviembre, no es (sólo) una película. Es otra prueba más de que el tebeo español clásico es el nuevo filón del cine para padres nostálgicos. O, si se prefiere, la confirmación de que la editorial Bruguera fue nuestra Marvel cañí, tras las entregas de Mortadelo y Filemón (2003, 2008 y 2013), Zipi y Zape (2013 y 2016) y los estrenos de El gran Vázquez (2010) y Anacleto: agente secreto (2015). Faltaba Superlópez. Después de bajar al centro de la Tierra y enfrentarse a los ladrones de ozono, sigue cruzando el cielo de Parchelona haciendo cuernitos con las manos. «Los niños siempre me preguntan por qué, y yo les digo que para dirigir el vuelo», explica Jan.

Ilustración de Jan para 'Papel'


P: ¿Qué sensaciones le provoca tanto acontecimiento?

R: Ninguna en especial. Los aniversarios nunca me han motivado. Sólo me preocupa el trabajo que estoy haciendo ahora. Una historia de Superlópez me lleva cuatro meses y no estoy para vanidades inútiles. La película no tiene nada que ver conmigo. Creo que [el director] Javier Ruiz Caldera y los suyos lo harán bien, pero no es mi terreno.

P: Su personaje nació como parodia de Superman, creció encarnando al español medio, con sus frustraciones de oficinista y deseos de aventura, y maduró hasta convertirse en algo así como un activista que señala conflictos sociales: el consumo de drogas, la explotación infantil, los desahucios... ¿Está satisfecho con la evolución?

R: Sí, nunca he creído que mi trabajo consista en hacer lo que me piden los lectores, que por otro lado es la misma idea que alimenta la telebasura. Además, me habría aburrido mortalmente haciendo siempre lo mismo. Creo en lo que hago y hago lo que creo, mientras me dejen. Tengo incluso derecho al fracaso. El público también ha evolucionado. Los que me leían al principio hoy tienen 40 años, más o menos. Ese público puede que no esté contento con lo que hago ahora, pero los tiempos actuales no tienen nada que ver con los años 80 o 90.

P: Admite que la fuente de inspiración de sus historietas fantástico-costumbristas son sobre todo los periódicos y los informativos de televisión. ¿Le entran ganas de dejar de dibujar al ver el estado de las cosas?

R: ¡Al revés! Tengo bastante vocación docente. Me dirijo a lectores de 12 a 18 años y me interesa mucho hacer reflexionar a los muchachos de ese rango de edad, aportarles algo positivo, fomentar su criterio propio.

P: Aunque conserva sus poderes, su superhéroe ha sufrido el paso del tiempo y ya peina canas. ¿Por qué decidió envejecerlo, a diferencia de otros ilustres del tebeo autóctono que presentan una edad invariable?

R: Porque me ciño a la realidad. La época de las grandes hombreras pasó, la de los pantalones campana también... Como no podía modernizar la indumentaria de López, he ido incorporando personajes jóvenes en cada época.

P: ¿Qué futuro le espera a Superlópez en un mundo en el que prácticamente ya no hay cabinas telefónicas y donde van perdiéndose los lectores de papel?

R: Cada vez uso menos la cabina... Lo que es evidente es que, sin lectores, Superlópez desaparecerá. Si eso sucede, no lloraré por él. Mis personajes son sólo un medio para contar mis historias. Tanto me sirve uno que otro.

P: ¿Cree que las viñetas pueden competir con el entretenimiento digital al que ahora tienen acceso los jóvenes?

R: A la vista está que no.

P: ¿Qué se pierde un niño que no lee tebeos?

R: Nada. Lo importante es que lea, y mejor si son libros. Ahora hay imágenes hasta en la sopa. Los tebeos no son indispensables, y cada vez más devienen en objeto de lujo.

P: ¿Le gustaría que otro autor continuase su trabajo en el futuro, como ha sucedido con Astérix y Corto Maltés?

R: No me importa, no estaré para verlo. Además, esas continuaciones responden a intereses comerciales. Creo que el espíritu de un personaje se diluye cuando pasa de un autor a otro.

Jan es el último mitómano de sí mismo. Desde su refugio en Ripoll, en la Girona interior que le gusta recorrer a pie y tanto le ha inspirado, contempla con distancia el reconocimiento a su trayectoria. Tampoco parece interesarle demasiado la evolución de un género que ha pasado del porrazo y la persecución a reflexionar sobre temas como la Guerra Civil o el Alzheimer, por ejemplo. A lo que sí está dedicando esfuerzos el dibujante y guionista es a recuperar la parte de su catálogo ajena a Superlópez. En 2014, y con la colaboración del editor Jordi Coll, resucitó con nuevos colores a su Pulgarcito ochentero. El año pasado hizo lo propio con Don Talarico (Amaníaco Ediciones), el caballero cristiano con el que caricaturizó la visión franquista de la Reconquista. Y en unos meses, con suerte, republicará las peripecias de la familia pueblerina con la que se adelantó varias décadas al boom del neorruralismo: Los últimos de Villapiñas. Una labor revisionista que tiene mucho que ver con el maltrato que recibió en Bruguera a comienzos de su carrera.

P: ¿Qué lección positiva interiorizó entonces?

R: Cómo no deberían hacerse las cosas. Me editaban tan mal, sobre todo Pulgarcito, que me hicieron consciente de que hay que esforzarse en dar lo mejor de uno mismo. Cuando criticaba el color que me daban me salían con un «bah, los niños no se fijan». Les interesaba más la cantidad que la calidad. Bruguera creó malos lectores de cómic, no como las editoriales francesas, que son un ejemplo.

P: ¿Qué aprendió que no hay que hacer nunca?

R: Que complacer en exceso a los lectores te priva de crear.

P: Siempre ha dejado claro que no se considera humorista, sino contador de historias. ¿Le molesta que haya quienes siguen infravalorando el cómic?

R: En absoluto. Siempre lo he considerado un género menor. Le tengo demasiado respeto a genios como Velázquez, El Greco, Mozart o Cervantes. Ellos sí son indispensables, el cómic es prescindible. Hay muchos países en cuya cultura nunca ha existido y no ha pasado nada.

P: Parece increíble que, parodiando usted a un superhéroe e Ibáñez a dos agentes secretos, siendo los dos grandes referentes del cómic español de los últimos 30 años y teniendo tanto en común (un pasado en Bruguera, haber vivido durante décadas en Barcelona...), no hayan colaborado nunca. ¿Ha habido alguna oportunidad?

R: Lo cierto es que tenemos estilos de dibujo y conceptos de historieta diferentes. Ibáñez plantea gags continuamente, puedes abrir un álbum de Mortadelo por la mitad, que te lo vas a pasar bien igual. En cambio yo planteo historias que tienen un principio y un final. Dicho esto, sé que el público prefiere a Ibáñez.










UN SUPERHÉROE A FAVOR DE LA INDEPENDENCIA

Por su carácter reservado, ajeno a cualquier protagonismo, sorprende el posicionamiento público de Jan en relación a la causa soberanista. El dibujante y guionista, que nació en 1939 en Toral de los Vados (León) y se instaló a principios de los 70 en Barcelona, lleva en la gabardina el lazo amarillo en apoyo a los políticos catalanes encarcelados por el 'procés'.

P: En una entrevista de hace cinco años defendió que «todas las naciones tienen derecho a decidir» y que «Cataluña es una nación con historia, lengua y cultura propias». Hace unos meses apareció en internet un Superlópez con un 'sí' en el pecho a favor de la independencia. ¿Fue obra suya o de un imitador?

R: Es verdad que dije eso, y lo mantengo. El 'Superlópez del sí' es mío. Fue el resultado de lo que pasó el 1-O y los días posteriores. No pretendo ni me interesa politizar los cómics que hago, pero sí que he utilizado dibujos sueltos para expresarme.

P: ¿Un superhéroe que es patrimonio de varias generaciones de lectores puede mostrar sus preferencias políticas?

R: Ese dibujo lo publiqué en mi web y luego circuló por Twitter. Respeto a quienes opinan que no debería hacerse, aunque hasta con Superman pasó algo similar. Yo prefiero hacer pedagogía.

P: ¿Tuvo en cuenta que eso podía influir en las ventas de sus álbumes?

R: No lo pensé, pero tampoco me preocupa. Mientras la editorial no me diga nada... Otra cosa es que hubiera hecho un álbum politizado. Eso habría sido un panfleto.

P: En 2012 rechazó la Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes. ¿Qué haría si le concediesen en un futuro el Premio Nacional del Cómic?

R: Nunca trabajo pensando en los premios, pero los agradezco si vienen del público, de instituciones culturales o de ayuntamientos. Los premios estatales... Depende del Gobierno que los dé. Esa medalla me obligaba a hacerme la foto con un ministro [José Ignacio Wert] que había dicho que quería «españolizar a los niños catalanes». Me pareció aberrante.



El Mundo

Veinte años no son nada






Junio de 1998, servidor, como parte de un ejercicio personal, puro placer en realidad, trata de compilar y resumir en unas páginas toda una vida dedicada al dibujo y la historieta de un buen amigo. Para rizar el rizo, imito la estética de unos fancines que conseguí en Barcelona años atrás dedicados a varios de los mejores autores de comic.

Casualidad o no, este mes hace 20 años de un detalle que hoy se me antoja monumental, y para cuya realización necesitaría una energía y un esfuerzo que no se si podría igualar.

En su día imprimí cuatro ejemplares, creo. A día de hoy me gusta saber que podría hacer muchas más revistas con el material de sus libretas, y trabajos, y seguramente necesitaría imprimir muchos más ejemplares.



viernes, 29 de junio de 2018

Caza y captura

El volumen recopila los episodios en los que uno puede hacerse con las dos caras del universo mutante según Brian Michael Bendis


JAVIER FERNÁNDEZ
27 Junio, 2018

'Marvel Now! Deluxe. La Patrulla-X de Brian Michael Bendis, 2'. Brian Michael Bendis, Chris Bachalo, Frazer Irving. Panini. 388 páginas. 28,95.

Después de guiar con paso firme a Los Vengadores durante casi una década, en la que el supergrupo se convirtió en la espina dorsal de Marvel, el guionista Brian Michael Bendis aprovechó en 2012 la revolución editorial conocida como Marvel NOW! para dar el salto al universo mutante. Como explica Julián M. Clemente en su introducción, a Bendis "le gusta contar las dos caras de una misma historia. Lo hizo durante muchos años en la franquicia de Los Vengadores, donde estableció constantes lecturas duales entre los títulos que escribía: Los Nuevos Vengadores con Los Poderosos Vengadores durante la época de La Iniciativa; Vengadores Oscuros con Los Nuevos Vengadores en el tiempo de Reinado Oscuro; y Los Vengadores y Los Nuevos Vengadores a lo largo de La Edad Heroica. La innovadora propuesta de Bendis para los mutantes también tuvo su anverso y reverso: "En un principio, La Casa de las Ideas solo anunció el lanzamiento de la cabecera que estaría en el centro de todo, All-New X-Men: La Nueva Patrulla-X. La presencia de un dibujante de la envergadura de Stuart Immonen se interpretaba como una declaración de intenciones: aquella era la colección que había que leer. ¿Solo aquella? Poco después la editorial desveló que Bendis continuaba repitiendo el esquema de otros tiempos, y puso sobre la mesa otra serie X que también escribiría. Se trataba de la siguiente iteración del que había sido título fundamental de la franquicia: Uncanny X-Men, La Imposible Patrulla-X, que, al igual que como ya ocurrió en la época de Kieron Gillen, estaría protagonizada por Cíclope y compañía".

Redefinido por su papel en el cruce Los Vengadores vs. La Patrulla-X (en donde, poseído por la Fuerza Fénix, llegó a matar al mismísimo Profesor Xavier), Cíclope es un prófugo de la justicia, repudiado por la mayoría de mutantes, que se dispone a reavivar el sueño y liderar la revolución acompañado de un pequeño grupo de compañeros leales. De nuevo en palabras de Clemente: "En la nueva escuela de Cíclope no habría jardín, ni amigables partidos de béisbol, ni reuniones ante la chimenea. Por no haber, no había ni ventanas. De cara a las aulas, Bendis se esforzó en proponer la siguiente generación de mutantes, a través de jóvenes atípicos, con poderes que también se salían de la norma".

Panini ha iniciado la recopilación en tomos de este excitante periodo, reeditando la seminal batalla entre supergrupos y creando la colección específica Marvel NOW! Deluxe, donde ya han asomado Los Vengadores de Jonathan Hickman, el Thor de Jason Aaron o El Capitán América de Rick Remender. Es aquí donde puede uno hacerse con las dos caras del universo mutante según Bendis: el primer tomo de su Patrulla-X en Marvel NOW! Deluxe incluye los 15 primeros números de All-New X-Men, y, el segundo, los 11 primeros del tercer volumen de Uncanny X-Men, ilustrados por artistas de la talla de Chris Bachalo y Frazer Irving, más un montón de extras como una galería de portadas alternativas, diseños de personajes, bocetos páginas y de portadas, etcétera.


Malaga Hoy



El Hollywood más sórdido

JAVIER FERNÁNDEZ
27 Junio, 2018

'The Fade Out'. Ed Brubaker, Sean Phillips. Panini. 400 pág. 40 euros.

Dentro del reciente cómic de género negro, pocos equipos creativos resuenan con tanta fuerza como el formado por el escritor Ed Brubaker (Batman: El hombre que ríe, Capitán América) y el dibujante Sean Phillips (Hellblazer, Wildcats). Juntos han firmado una ristra de títulos imprescindibles como Sleeper, Criminal, Fatale, Incógnito y este The Fade Out, que nos transporta al sórdido mundo de Hollywood a finales de la década de 1940. El grueso volumen integral de Panini recoge la serie al completo, publicada originalmente por Image Comics entre 2012 y 2014, junto con más de cincuenta páginas de material extra, en el que se incluyen portadas, ilustraciones, bocetos, material de documentación y textos explicativos. Una delicia.

Malaga Hoy

El Thor de Buscema

JAVIER FERNÁNDEZ
27 Junio, 2018





'Marvel Gold. El poderoso Thor: ¡El fin del mundo!'. Stan Lee, Gerry Conway, John Buscema. Panini. 592 páginas. 44,95euros.

La recuperación de los episodios clásicos de The Mighty Thor alcanza el volumen cinco con ¡El fin del mundo! Atrás queda la excelsa etapa de Stan Lee y Jack Kirby (de la que aún queda por reeditar el inicio), cubierta por los tomos En mis manos... ¡Este martillo!, Campo de batalla: La Tierra y Y ahora... ¡Galactus! Es tiempo al fin de revisitar los últimos episodios escritos por el co-creador del personaje Stan Lee y los primeros debidos al (por entonces) jovencísimo guionista Gerry Conway. Todos ellos tienen como factor común el dibujo portentoso de John Buscema, embellecido por una miríada de entintadores como Joe Sinnott, Sam Grainger, Jim Mooney o Vince Colletta. Como dice Lee en su introducción: "si quieres espectáculo vertiginoso y majestuosidad alucinante, no hay nada mejor que las impresionantes ilustraciones del Gran John", y también Conway, en otra de las introducciones incluidas en el presente volumen, sentencia: "Allí donde mis diálogos eran a veces (...) excesivamente deshilvanados y floridos, John sugería diálogos (en los márgenes de las páginas) que eran normalmente directos y al grano. y por mucho que yo intentase engrandecer la historia en términos de alcance o drama, John siempre se las apañaba para hacer que todo fuese todavía más grande y dramático. (...) Sus figuras eran soberbias; sus bocetos y narración eran eficientes y generosos, y el modo en que construía los mundos era tan sólido como el suelo bajo nuestros pies".

El poderoso Thor: ¡El fin del mundo! reúne (por primera vez a color y en su tamaño original en nuestro idioma) los números 184 a 209 de The Mighty Thor, lo que abarca el material alumbrado entre comienzos de 1971 y 1973, a lo que se suman textos e ilustraciones complementarias, con especial atención a las cubiertas realizadas en su día por Rafael López Espí para la extinta editorial Vértice. Mangog, Hela, Mefisto, Infinito y Estela Plateada, entre otros, asoman por estas páginas en las que también asistiremos al enésimo Ragnarök de los dioses nórdicos de Marvel.

Malaga Hoy

Una aventura en Japón

JAVIER FERNÁNDEZ
27 Junio, 2018




'James Bond: Felix Letter'. Jamen Robinson, Aaron Campbell. Panini. 160 pág. 16,95 euros.

El siempre estupendo guionista británico James Robinson (Starman, La edad de oro) y el dibujante Aaron Campbell (The Green Hornet, The Shadow) colaboran para ofrecernos las aventuras en solitario del ex-agente de la CIA Felix Leiter, compañero de correrías de James Bond desde su lejana presentación en el libro Casino Royale. Leiter viaja hasta Japón en busca de una espía rusa a la que conoció en otro tiempo, y una vez allí acabará ayudando a los servicios de inteligencia japoneses en la investigación de uno de los peores atentados que se recuerdan en el país nipón. James Bond: Felix Leiter recopila los seis números de la miniserie homónima (2017) y es el cuarto título de la colección de historietas relacionadas con el universo creado por Ian Fleming y publicado por Panini (tras James Bond: Black Box, James Bond: Eidolon y James Bond: Vargr).

Malaga Hoy




Atrapado por su telaraña

El origen del Trepamuros es modernizado por el dúo de artistas Brian Michael Bendis y Mark Bagley

Spiderman, en acción.

JOSÉ LUIS VIDAL
27 Junio, 2018

¿Cuál es vuestro personaje de cómic favorito? Seguro que los más talluditos, rendidos ante la herencia de Bruguera, levantan la mano para decir que Mortadelo y Filemón, los inefables agentes de la TIA ocupan el primer puesto. Otros, con una tendencia más francófila, disfrutaron de sus primeras viñetas con las aventuras de cierto periodista de cabello rubio, Tintín, la genial creación de Hergé, aunque muchos señalarán que como las divertidas peripecias de los galos Asterix y Obelix no hay nada. Claro está, que los más jóvenes de la sala seguro que se decantan por el mundo del manga, en concreto por Son Goku o Naruto, por nombrar solo a dos héroes venidos del País del Sol Naciente…

Pues yo, si os soy sincero, he de confesar que, pese a haber leído cuando era chaval los tebeos que os acabo de nombrar, me quedo con un héroe, un superhéroe que vestido de rojo y azul saltaba con agilidad de tejado a pared en la gran ciudad que nunca duerme, New York: Spiderman.

Aquellos vetustos tomitos de Ediciones Vértice que me dejaba leer mi primo (que poseía una envidiable y envidiada colección) me mostraron al Peter Parker creado por Stan Lee y Steve Ditko (con la intervención de Jack Kirby, aunque de esto me enteré muchos años después…). Aquel chaval canijo y con gafas (con el que me sentí rápidamente identificado, ya que yo también las llevaba desde la más tierna infancia), que era el objetivo de las chanzas de sus compañeros de clase, cuando aún la palabra bulliyng no se había inventado, de pronto, era picado por una ¡araña radiactiva! y adoptaba las características del insecto, convirtiéndose en Spiderman, el Hombre Araña, tal como se le conocía por estos lares.

Muchas, muchísimas aventuras siguieron después… Se enfrentó a toda una colorida galería de villanos que cada vez se lo ponían más difícil al muchacho que, mientras tanto, trataba de tener una vida, aunque el caos era su principal ingrediente. La pérdida de su tío Ben, la responsabilidad que cargaba sobre sus hombros desde que adquirió los poderes arácnidos, la frágil salud de su pobre tía May, los amoríos…

Seguí a su lado durante mucho tiempo, buscando sus aventuras en papelerías, mercadillos… Cosa harto complicada en aquellos tiempos. Y así pasó el tiempo y como nos suele ocurrir a los que amamos al medio, otras lecturas me subyugaron y me apartaron de Peter Parker, dejándolo en el olvido.

Pero hete aquí que en el año 2000, a la todopoderosa editorial norteamericana Marvel se le ocurre crear, o más bien diría recrear, un nuevo universo llamado Ultimate, donde se darían versiones frescas, no sujetas a la continuidad, de sus principales personajes: Los Ultimates (rebautizados Vengadores), X-Men, Los 4 Fantásticos y, claro está, Spiderman.

Al principio, cuando conocí la noticia, recelé imaginando que aquello sería una nueva vuelta de tuerca en unos personajes que, debido a su periodicidad mensual, mostraban claros signos de agotamiento. Pero nunca me alegré tanto de estar equivocado. Las riendas de la cabecera protagonizada por el Trepamuros iba a estar conducida por un dúo de lujo, el guionista Brian Michael Bendis, que ya había dejado huella y prueba de su talento en multitud de colecciones. Junto a él, un dibujante en el que confiar y que estaría en la colección por mucho tiempo, marcando su estilo gráfico, Mark Bagley.

¿Y qué nos contaba este dúo que ya no supiéramos? Pues, en este primer volumen que reedita Panini Comics, seremos testigos de que el origen de Spiderman no se debe a la casualidad, sino a las maquinaciones del multimillonario Norman Osborn, que inyecta una nueva droga sintética llamada Oz en la araña que después picará al escuálido Peter.

El chico que vive con sus tíos, a los que considera sus verdaderos padres, sufrirán los insultos de Flash Thompson y el gigantesco King Kong en el instituto, pero que se consolará gracias a la amistad de su vecina, la guapa Mary Jane Watson.

Y, sobre todo, el espectacular giro que dará su existencia cuando descubra que puede pegarse a las paredes y posee una fuerza descomunal, aunque todos estos poderes se verán ensombrecidos cuando la tragedia llegue a su vida, producida por su propia actitud…

Pero no esperéis que la labor de Bendis aquí se limita a copiar y actualizar las aventuras de aquel Spiderman creado por Lee y Ditko. Para nada, ya que las cosas se pondrán especialmente peligrosas cuando Osborn se convierta en el conejillo de indias de sus propios experimentos y una inesperada y letal visita aparezca en el instituto donde estudian los protagonistas.

Por su parte, Mark Bagley se suelta el cabello y nos regala unas páginas espectaculares, que resaltan aún más, si cabe, en esta nueva edición con un formato más grande del habitual.

Una lectura ésta de lo más fresca, con giros inesperados, que se consume a una velocidad endiablada y que hizo que muchos lectores, entre ellos un servidor, nos volviéramos a enganchar a las aventuras del Hombre Araña, ¡Spiderman!



Malaga Hoy

El efecto 2000

'Neogénesis Evangelion', creado en los albores del nuevo milenio por Yoshiyuki Sadamoto y Hideaki Anno, anuncia un apocalipsis que no es sólo un cataclismo mundial, es una crisis existencial


GERARDO MACÍAS
27 Junio, 2018


'Neogénesis Evangelion nº 1'. Guion: Gainax. Dibujos: Yoshiyuki Sadamoto. Norma Editorial, 2003.

El género de los mecha consiste en manga y anime de robots, y fue popularizado en 1972, con Mazinger Z, de Go Nagai. En 1995, cuando Neogénesis Evangelion se estrenó, el éxito fue mayor que el de Mazinger Z, porque la cercanía del año 2000 creaba un ambiente propicio para una historia futurista de tintes apocalípticos. En Japón, el clima era de inquietud y no era difícil imaginar una catástrofe en los albores del milenio. El apocalipsis que Neogénesis Evangelion anuncia no es sólo un cataclismo mundial; es una crisis existencial.

En 1974, el protagonista de Gran Mazinger se enfrentaba a robots, dando a entender que eran vidas humanas. En Neogénesis Evangelion, con la sociedad japonesa sensible a la llegada del año 2000, los robots Evangelion están en contacto directo con los protagonistas. Si el prototipo comandado por Shinji pierde un brazo, el piloto no se va a desmembrar, pero sí sufre. Esto le da a Neogénesis Evangelion mayor carga dramática que la de Gran Mazinger.

Según este manga, en el año 2000, una gran explosión habría causado el derretimiento de una gran parte de la Antártida, ocasionando numerosos trastornos que derivarían en la pérdida de la mitad de la población mundial. Estamos en Tokio-3 en el año 2015, la humanidad ha logrado reconstruir lo perdido. Tras sobrevivir al deshielo de los polos, los humanos deben enfrentarse a unos seres llamados Ángeles, que llevan la destrucción por donde pasan. Para frenar esta amenaza, el científico Gendo Ikari ha desarrollado los Evangelion, robots que se convierten en última línea de defensa. Uno de los primeros pilotos escogidos es Shinji Ikari, hijo que Gendo abandonó. Pese a resistirse, accede a subir a la extraordinaria máquina. Shinji consigue derrotar al primer Ángel y a partir de ahí, se enfrentará a su padre y a sucesivos Ángeles, crecerá y madurará. El científico Gendo Ikari construye los robots Evangelion para Nerv, una agencia paramilitar japonesa, dependiente de la Organización de las Naciones Unidas.

Los Ángeles son robots que atacan la ciudad para recuperar a Adán, el primer Ángel que atacó a la población, que está recluso en las instalaciones de Nerv. Este Ángel fue capturado muy poco después del derretimiento de la Antártida.

Neogénesis Evangelion apareció por primera vez en 1995, en la revista Shonen Ace. El mercado japonés suele publicar primero un cómic para luego pasarlo a teleserie de animación. En cambio, Studio Gainax, fundado a mediados de los 80 por Hideaki Anno y Yoshiyuki Sadamoto, empieza sus proyectos por una producción animada, aunque en este caso el manga comienza diez meses antes del estreno del anime, debido a retrasos del mismo.

Rei Ayanami es una chica que está al servicio de Nerv, pilotando el primer robot en solitario hasta la llegada de Shinji. No tiene vida social excepto con Gendo, padre de Shinji. Éste es extremadamente amable con ella, lo que provoca celos en Shinji, que ve que las atenciones de su padre no son para él. Rei va evolucionando a lo largo de la trama, y consigue alejarse del control de Gendo, cuando su mundo se amplía al de Shinji.

Asuka Langley Soryu, de origen alemán, japonés, y norteamericano, es la encargada de pilotar el robot Evangelion 02. Es muy exigente con los demás, pero también consigo misma. Los padres de Asuka son científicos. Asuka es concebida para llenar el vacío de su madre, que no puede tener hijos. Su madre, abandonada por su marido, enloqueció poco después, y Asuka fue adoptada por el propio padre que la había abandonado.

Misato Katsuragi está al mando de las operaciones de Nerv. En el trabajo es metódica, con una responsabilidad muy grande. En cambio, en su vertiente personal es alcohólica, poco ordenada, envidiosa... Ella es la líder de la defensa de Japón, solamente a las órdenes de Gendo y Fuyutsuki. También socializa a Shinji, ya que lo tiene en su casa viviendo con ella. Misato es moderna, símbolo de la integración de la mujer en el trabajo, etc... Misato usa el sexo como medio de relacionarse con los hombres. Dado su complejo de Electra, busca al padre que nunca tuvo por la poca atención que le prestaba. En el anime, se ve cómo se insinúa a Shinji. En el manga, se puede interpretar que quiere mostrarle cómo es ella, pero poco más.


Malaga Hoy


lunes, 25 de junio de 2018

DE LA CUATRICOMÍA A PHOTOSHOP: HACIA EL RECONOCIMIENTO DEL COLOR Bamf!



En una entrevista al colorista Dave Stewart (JLA: La Nueva Frontera, The Umbrella Academy) para Comics Alliance en 2010, el entonces blogger y escritor David Brothers planteaba la siguiente pregunta: «¿qué es lo primero que ves cuando abres un cómic?». Brothers argumentaba que no se trataba de los elementos textuales, ya que requieren un mayor periodo de tiempo para ser procesados. Tampoco el dibujo: para fijarse en los detalles y ver qué representan las líneas impresas sobre la página hay que prestar cierta atención. Lo primero que vemos al abrir un cómic es el color, o la ausencia de él. El color nos permite intuir, con tan sólo un vistazo, el tono de la historia, la ubicación temporal, o el entorno.

Igual que ocurre con otros procesos artísticos de la elaboración de un cómic, como el entintado o la rotulación, el color se da por hecho. Los nombres de guionistas y dibujantes han gozado de un lugar propio en la portada desde hace ya décadas, y, sin embargo, son solo una parte del total de profesionales que construye cualquier cómic moderno producido mediante el modelo norteamericano de cadena de montaje. Relegar el proceso de coloreado a un segundo plano cuando hablamos de épocas pasadas podría ser admisible hasta cierto punto, pero la evolución de la técnica desde los años 80 hasta la actualidad obliga a crítica y público a pararse a valorar el tremendo impacto del
color en el resultado final de una obra de cómic y a conceder a los profesionales del gremio la atención que llevan décadas mereciendo.

El ojo inexperto encuentra grandes dificultades para distinguir entre dibujantes de la edad de plata superheroica. O entre dos autoras de shōjo tradicional. De la tinta, mejor ni hablamos. Pero con el tiempo y la costumbre, la capacidad para diferenciar llega. Por increíble que parezca, lo mismo ocurre con el trabajo de distintos coloristas, y, con la actual especialización del gremio, esta capacidad de distinción se está convirtiendo en una tarea más sencilla para el lector o lectora habitual.

Colorear no es llenar el espacio entre líneas negras. El coloreado es una rama artística compleja, personal, y con distintas formas de acercarse a ella. La paleta de Jordie Bellaire (Caballero Luna, Inyección, Bella Muerte) es versatilidad pura. Es variedad. La artista irlandesa imprime textura y relieve, como de arenisca: sus colores nunca son planos. Matt Wilson (Thor: Diosa del Trueno, The Wicked + The Divine, Paper Girls) es el relámpago. La electricidad, la fluorescencia, el neón. Las viñetas coloreadas por Tamra Bonvillain (Moon Girl y Dinosaurio Diabólico, La Patrulla Condenada, La Increíble Masacre- Gwen) parecen encontrarse frente a una cálida chimenea hogareña, siempre con un resplandor naranja en las mejillas.



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Por supuesto, este tipo de valoraciones son posibles en la era del Photoshop, pero habrían sido impensables en los tiempos de la cuatricromía.

Cuatricromía y fotolitos

El color del comic-book mainstream norteamericano, en consonancia con su limitada variedad temática durante las primeras décadas de vida –humor, romance, superhéroes, misterio y leves variaciones de estos temas–, no buscaba el realismo, sino atraer la atención del ojo humano. Los trajes de los personajes eran básicos, pero de colores vibrantes. Sus combinaciones eran difíciles de encontrar en el mundo real, algo que alcanzaba su máximo ex- ponente en los trajes superheroicos. Los fondos de la viñeta eran monocromos y planos, habitual- mente anodinos —y ocasionalmente absurdos—, para no desviar la atención de la acción principal que el héroe o heroína estaba llevando a cabo. Hay que tener en cuenta la falta de tiempo por parte de los equipos creativos para desarrollar el color en el cómic como arte profesional, debido a la multitud de tareas que habitualmente llevaba a cabo una misma persona. Para muestra, la titánica labor de Marie Severin como colorista de todos los títulos de EC Comics durante los años cincuenta. No era algo fuera de lo común, además, que un miembro del equipo administrativo de una editorial echara una mano en algún apartado artístico de manera puntual.

Otro factor esencial para entender el color clásico son las limitaciones técnicas de la época. Hoy, la cuatricromía es pura nostalgia pop, y el coloreado actual, un proceso futurista que poco tiene que ver con la época anterior a los ordenadores. Entre los años treinta y ochenta apenas hubo evolución en este campo, y es difícil encontrar variaciones en el proceso de coloreado entre las décadas de los años treinta a sesenta. Durante este periodo, coloristas como Severin realizaban guías de color sobre la página entintada, señalando a mano, en notas al margen, un código alfanumérico para indicar la tinta de color y el porcentaje de intensidad utilizado. Por ejemplo: Y2R2 —una mezcla de amarillo y rojo, ambos al 25 % de intensidad— indicaría el color para la piel de un personaje caucásico; mientras que Y2R3 —igual que el anterior, pero con el tinte rojo al 50% de intensidad— se utilizaría, en aquel entonces, para la piel de un personaje nativo-americano.

El problema era que el color que aplicaban a la página no se correspondía con el aspecto final que la página tendría al salir de la imprenta, y los profesionales debían trabajar teniendo esto en cuenta. Por una parte, había colores que las imprentas de la época sencillamente no podían reproducir, o no podían reproducir de manera correcta. Por otra parte estaba el factor humano, ya que las guías de color debían ser interpretadas a posteriori por operarios de imprenta: una especie de antecesores de los actuales separadores de color o flatters. Las guías de color iniciales estaban basadas en el modelo tradicional RYB (red, yellow, blue), mientras que los separadores de color debían traducir esas guías al modelo de cuatricromía fotomecánica CMYK (cyan, magenta, amarillo, negro) usando fotolitos, unas películas fotográficas que recogían las variaciones de intensidad mediante tramas. Los eslabones que podían fallar en esta cadena eran muchos, y de ahí la cantidad de casos de coloreado extravagante durante las épocas clásicas del cómic. Tampoco debe olvidarse, sobre todo en las primeras décadas, el escaso nivel de exigencia del público lector, siendo el cómic un producto todavía considerado para niños y adolescentes. Recordemos que no fue hasta la década de los sesenta, tiempo después de la eclosión del Universo Marvel, cuando el sector comenzó a darse cuenta de que el cómic había llegado a la universidad, como si hubiera crecido junto a Peter Parker.

A principios de los ochenta el cambio llegaba de la mano de la empresa Olyoptics, de Steve Oliffe. Olyoptics fue pionera en el uso de separaciones de color por ordenador, y Oliffe cosecharía premios por su coloreado del Akira de Katsuhiro Otomo (1989). Los títulos independientes de calidad flore- cían en blanco y negro, pero las grandes editoriales no podían dar ese paso atrás, así que intentaron evolucionar reforzando el lado técnico del colorea- do, consiguiendo variaciones de color más sutiles. Nombres como los de Lynn Varley (Elektra Lives Again, 300) comenzaron a despuntar. En 1992 se inauguraba la categoría de Mejor Colorista en los premios Eisner, galardón que recibiría Steve Oliffe sin mucha competencia durante los tres primeros años. Y también en 1992 se fundaba Image Comics.

Cuando se habla de Image Comics suele tratarse de forma frívola. Se habla de economía, de ban- carrotas, de fuga de cerebros, de revoluciones, de cambio de statu quo estético, de modas, de hot ar- tists... pero no se habla del impacto que supuso sobre las costumbres de coloreado en la industria. Si en los años ochenta Olyoptics había sido pionera en el uso de separaciones de color por ordenador, en los años noventa Image Comics fue pionera en el uso de empresas externas como Olyoptics para colorear íntegramente toda su producción. Sus cómics, además, se imprimirían en papel satinado, permitiendo un color final mucho mejor que el que obtenían las grandes como Marvel o DC con su papel, todavía poroso. Por supuesto, no todos los integrantes de estudios de coloreado de los años noventa estaban formados por artistas o profesionales del color. Muchos de ellos todavía no habían llegado a comulgar con el ordenador hasta un punto en el que pudiera llamársele «arte» al oficio que desempeñaban, pero el salto tecnológico no tenía precedentes, y supuso el comienzo de un veloz proceso evolutivo que llega hasta el día de hoy.

La era Photoshop

«Una de las cosas curiosas de los cómics», me explica Jamie McKelvie, dibujante de The Wicked + The Divine, «es que hay muchas técnicas que existen gracias a las limitaciones de la imprenta. Cosas como los entramados y los métodos que indican luces y sombras. Existen porque eran las técnicas de coloreado de entonces. Tenías cuatro colores, así que tenías que ingeniártelas. Ahora hemos pasado a una imprenta donde el color puede hacer mucho más. Hay cosas que puede hacer el coloreado que no podían hacerse hace 50 años». Cuando McKelvie dibuja un relámpago, Matt Wilson no tiene que colorear encima: simplemente selecciona la línea que el dibujante ha creado con el programa Manga Studio y cambia el color negro por otro. Esta simplificación de las partes tediosas del proceso, estas comodidades para los coloristas, permiten que se puedan realizar grandes avances en otros aspectos, como los efectos, las transiciones, o simplemente, un mayor nivel de detalle en el resultado final.




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Es curioso, porque el proceso de colorear un cómic de manera digital es en realidad muy similar a las veladuras en el dibujo coloreado de manera tradicional: son capas. En el coloreado manual, primero se hacen los colores base, y a partir de ahí se van añadiendo capas de sombras y de detalle. La gran diferencia es que en papel no se puede eliminar, tan solo añadir, con lo que se debe planificar la página y los espacios reservados para las luces, mientras se siguen añadiendo capas hasta completar todas las zonas más oscuras. Similar al coloreado manual en su concepción y muy variado en sus herramientas: «Las herramientas tangibles de un colorista son buenas aptitudes para el color, un ordenador aceptablemente resistente y una tablet», enumera Sarah Stern (Goldie Vance, Mighty Morphin Power Rangers: Pink, Star Wars-Forces of Destiny: Leia), «y las herramientas intangibles son la disciplina, la capacidad para resolver problemas y la comunicación». Stern dice esto último a sabiendas. Su gremio se encuentra al final de la cadena de montaje y no es de extrañar que sea la colorista la que tenga que dar el esprint final para compensar los retrasos en eslabones previos: «las aptitudes artísticas y nociones sólidas de diseño y teoría del color son importantes, pero también lo es la capacidad de comprender la página y tomar decisiones ágiles sobre el diseño y la paleta».


Arte y oficio: asistentes de color y flatters

Actualmente, Dee Cunniffe (Redneck, Sonitus, Gravetrancers) es el separador de color habitual
de Matt Wilson en Paper Girls y The Wicked + The Divine, con el que ha trabajado en más de 5.000 páginas. A su vez, Wilson (ganador del Eisner 2017 al mejor colorista), fue separador de colores para Lee Loughridge (Clase Letal, Fábulas, By Chance or Providence). Al igual que en los oficios de antaño, en el mundo del color podemos observar el progreso de aprendices a maestros. La profesionalización y perfeccionamiento del proceso de coloreado tiene como consecuencia que los grandes nombres requieran de cierta asistencia en forma de asistentes de color (colour assistants) y/o separadores de color (flatters). Estos términos son problemáticos. En muchas ocasiones, el gran público los desconoce. En otras, los confunde.

La separación de color es un proceso muy habitual en los comic books. Consiste en separar las líneas del dibujo base de la página en elementos planos de color, pero no es una tarea con intención artística: es un punto de comienzo. Es habitual pensar que la separación de color consiste simplemente en rellenar áreas, pero no es tan sencillo. Lo habitual en el flatting es colorear pasando de elementos más grandes a más pequeños; como cuando trabajábamos con el punzón en el parvulario, pero rellenando con un bloque sólido para que el colorista pueda seleccionar áreas rápidamente a posteriori. Estos bloques de color tienen que encajar entre sí perfectamente debajo de la línea del dibujo, sin rebasarla y sin dejar espacios en blanco. Es un proceso tedioso que el colorista suele delegar, y que no requiere que los colores sean realistas o que se parezcan a la paleta final.

Todas las imágenes de esta página: TM & © DC COMICS. All Rights Reserved.

«Hacer la separación de colores de otra gente es un proceso de aprendizaje genial para mí», me cuenta Cunniffe, «puedo jugar con distintas paletas mientras lo hago, y después veo lo que el colorista hace en realidad, y lo utilizo para mejorar mi trabajo». Respecto a la diferencia entre separadores y asistentes, «un asistente de color está un escalón por encima del separador de color: ajusta los colores previamente seleccionados, separa los planos, etc. Luego, el colorista dedicará un montón de tiempo a elegir los colores y tonos finales, iluminación, texturas, efectos y acabado final».
¿Cómo se llega a colorista siendo un outsider? ¿Es fácil ser colorista siendo ajeno al mercado americano? Cuando en junio de 2017 compré el número 1 americano de Colossi (Vault Comics), sorprendido por ver a todo el equipo creativo compartiendo protagonismo en la portada, no sabía que estaba coloreado por una española, ni que acabaría haciéndole esta pregunta directamente a ella. Stelladia (colorista de Colossi, asistente de color de Tamra Bonvillain en Firebug, separadora de color de Jordan Gibson en Peter Parker: The Spectacular Spider-Man) llegó al mercado americano, como tantas otras artistas, gracias al hashtag #VisibleWomen que la compañía Milkfed Criminal Mastermids, Inc. —dirigida por el matrimonio de guionistas Kelly Sue DeConnick y Matt Fraction— promueve desde 2016: «gracias a #VisibleWomen conocí a Adrian Wassel, el editor de Vault Comics, que en aquel momento todavía se estaba forman- do. [...] Él me ofreció una prueba para colorear Colossi, ya que yo había coloreado alguna historia corta mía que él había visto y le había gustado, aunque yo no había llegado a trabajar coloreando un cómic ajeno nunca. Así fue como me introduje en el mundo del coloreado y el flatting, y yo no sabía que había un proceso tan metódico detrás.»


La visibilidad del color

Durante la última década, el gremio de coloristas ha pasado del ostracismo —presencia nula en portadas—, a un punto en el que la aparición del apellido de una determinada colorista en portada puede significar el aumento del interés por parte del público. El hecho de abrir un número de Paper Girls hace unos meses y ver a Cunniffe acreditado como flatter supuso una gran sorpresa para el que firma este artículo. Pero la visibilidad es un proceso colaborativo, y el propio Cunniffe lo tiene claro: «Creo que los lectores se están empezando a dar cuenta del gran esfuerzo de equipo que es la creación de un cómic, y son los medios los que están fallando a la hora de ver ese proceso colaborativo. [...] Es terrible ver en prensa e Internet reseñas de cómics que fracasan estrepitosamente a la hora de reconocer a los artistas, pero que alaban al guionista».

Es cierto que hay autores reputados que se esmeran en llamar la atención cuando un profesional del medio no reconoce la autoría artística de sus compañeros y compañeras de forma adecuada. Hay también movimientos centrados en generar visibilidad para los coloristas, como el Colorist Appreciation Day del 24 de enero, iniciado por Jordie Bellaire tras la exasperación generada por el escaso reconocimiento que recibía su gremio durante una convención en 2013. Dicho reconocimiento, por supuesto, es más fácil de obtener sobre el papel en las obras de carácter independiente, donde los artistas se preocupan unos por otros y la maquinaria empresarial y de marketing no es tan agresiva. Cunniffe sabe bien que tiene que pasar por muchos aros y rellenar muchos impresos para que, con suerte, se incluya su nombre en una sección de agradecimientos: «dar crédito a los creadores que trabajan en sus cómics no debería suponer una dificultad tan enorme para las Dos Grandes [Marvel y DC], pero creo que todavía hay mucho que pelear en lo que a reconocimiento de los coloristas se refiere... ¡No hablemos ya de los separadores de color!».

Agradecimientos

Gracias a Sarah Stern, Dee Cunniffe y Matt Wilson —que lo intentó, pero no llegó— por su tiempo y valiosos comentarios. Gracias a Prado Rivero por sus lecciones exprés sobre pintura. Gracias a Stelladia: sin ella no existiría este artículo. Y por encima de todo, gracias a la silenciosa legión de coloristas, colour assistants y flatters que iluminan nuestras páginas.

Lecturas recomendadas

Colorists on Color: the Introduction, Marissa Louise.
Disponible en:
http://womenwriteaboutcomics.com/2016/ 03/04/colorists-on-color-the-introduction/.

The Evolution of Colour in American Comic Book,
Robert Lupton. Disponible en:
http://www.people.vcu.edu/~djbromle/color- theory/color01/Four-Color-World-The-Evolution- Of-Colour-In-American-Comic-Books.html.

RGB or not to RGB, Nathan Fairbairn. Disponible en:
http://nathanfairbairn.tumblr.com/post/
110099391474/rgb-or-not-to-rgb.

The DC Comics Guide to Colouring and Lettering, Todd Klein y Mark Chiarello.


COMICS ESENCIALES 2017
Un anuario de ACDCOMIC & JOT DOWN


domingo, 24 de junio de 2018

El arte de hacer reír en serio

El heredero del dibujante Enrique Herreros deposita en el Reina Sofía una colección de ‘collages’ para ‘La Codorniz’ y aguafuertes

TEREIXA CONSTENLA

Madrid 24 JUN 2018

Portada de Enrique Herreros para 'La Codorniz'.

El hombre que habla con voz cavernosa tiene una tumba con su nombre tallado esperando en Potes (Cantabria): Enrique Herreros. “La compré hace años, está al lado de la de mi padre”. Un día escuchó un comentario:

—Mira aquí está enterrado el dibujante Herreros y al lado está su hijo.

El hijo no habló entonces, pero sí lo hace ahora, sentado en una habitación repleta de fotos en blanco y negro de glorias del cine de otro tiempo: “La tumba está lista. Solo falta poner la fecha del viaje”.



Antes de ejecutar “ese viaje”, Enrique Herreros hijo (Madrid, 1927) quiere dejarlo todo ordenado: “Me queda poca vida, y no quiero que la obra de mi padre acabe entre la Cuesta de Moyano y los puestos del Retiro”. Así que mañana firmará con el Museo Reina Sofía la entrega en un “depósito con promesa de legado” de 15 aguafuertes de Tauromaquia de la muerte y 30 collages para la portada de La Codorniz creados por su padre entre 1945 y 1951. Una cesión justificada por el museo para apuntalar su línea de investigación sobre el humorismo gráfico en la posguerra y también ante “la práctica inexistencia en el mercado de los materiales originales de las portadas de la revista”.

Son buena parte de las creaciones que hace unos meses recuperó Herreros después de una larga pelea con el Ayuntamiento de Madrid, al que había donado en 1993 medio centenar de obras de su padre para que estuvieran expuestas en el Museo Municipal. El cierre del espacio por reformas y su transformación en el Museo de Historia de Madrid dejaron sin acomodo los aguafuertes goyescos y los montajes para La Codorniz. Herreros lamenta que las obras hayan permanecido en un almacén durante 16 años, hasta que la actual alcaldesa, Manuela Carmena, autorizó la devolución.


Enrique Herreros padre (Madrid, 1903-Santander, 1977) fue ilustrador, cineasta, dibujante y humorista, un creador total capaz de producir grabados goyescos como su serie taurina, Quijotes cubistas —hizo también una versión expresionista y otra codornicesca— y portadas surrealistas. Un vanguardista que siguió haciendo vanguardia incluso en tiempos en los que la experimentación y la aventura artística estaba en caída libre. Pero Herreros, al igual que sus compañeros de semanario, poseía un demoledor cóctel de talento, finura y coraje. Solo así se explica que una portada inspirada en la estatua de la Libertad de Nueva York y flanqueada por la frase “¡La libertad, en reparación!” saliese impoluta de la censura en pleno 1948, aún en lo crudo de la posguerra.

Aunque Herreros había estado al lado de los vencedores, no encajaba en aquella moralidad estrecha que se impuso a partir del 39. Durante la guerra contribuyó a la propaganda del ejército sublevado desde la revista La Ametralladora, donde se habían parapetado varios integrantes de la conocida como la otra Generación del 27: Miguel Mihura, Tono, López Rubio o Edgar Neville.



Después navegó felizmente entre la incipiente industria del cine de la dictadura y el humor gráfico tolerado. “En mi opinión se ha exagerado mucho el papel de la crítica antifranquista de La Codorniz, tuvieron tres o cuatro problemillas con la censura pero el primero que hacía la siega, que se autocensuraba, era Álvaro de Laiglesia [director desde 1944 hasta su cierre en 1978]”, sostiene Herreros hijo para poner las cosas en su sitio.

Uno de esos problemillas llevó a Antonio Mingote ante el juez para responder de un delito de “ultraje a la nación” por haber añadido una coletilla a una de las expresiones favoritas de la dictadura: la reserva espiritual de Occidente “con tapón y rellenable”. Otra se dio en 1952: tras parodiar al periódico Arriba, recibieron la visita en la redacción de unos cuantos falangistas que no buscaban precisamente discutir sobre los límites del humor gráfico.

Así como se magnificó la militancia contra el régimen de “la revista más audaz para el lector más inteligente”, puede que en democracia se ninguneara su relevancia creativa. Pero el Reina Sofía ya le abrió sus puertas en 2010, tras reacomodar su colección e integrar a La Codorniz en la planta dedicada al arte de la posguerra, aunque hasta ahora con poca representación de Herreros, a pesar de su trascendencia en la historia del semanario. Fue el autor de 807 portadas, 45 contraportadas y 2.303 dibujos desde 1941 hasta que falleció en 1977, un año antes del cierre de la revista, tras un accidente en los Picos de Europa.



Junto a humoristas como Rafael Azcona, Chumy Chúmez, Xaquín Marín, Sir Cámara o Miguel Gila, entre otros, idearon un estilo que practicaba la irreverencia desde lo absurdo, el disparate o la alegoría, que llegó a conectar con 200.000 lectores en su mejor momento (1968). Disidencia bajo control, humor para iniciados. En sus páginas estaban prohibidos por una ley no escrita “lo vulgar, lo chabacano, lo pornográfico, lo escatológico y los lugares comunes”, recordaba hace años el crítico taurino Joaquín Vidal, que tenía una sección propia en la revista titulada “Las vacas mueren a las cinco”.

Ejemplo de humor codornicesco: cuando el marqués de Villaverde acompañó al shah de Irán durante su visita a Madrid, se publicó un extraño anuncio. “Cambio marquesina vieja por persiana de segunda mano”.

LA PUGNA DE DIONISIO RIDRUEJO Y MIGUEL MIHURA POR LA SÁTIRA
T. C.

En el último número de la revista Litoral, dedicado al humor, el periodista Luis Conde Martín revive una curiosa carrera de aves galliformes protagonizada por Dionisio Ridruejo —abrazado aún al mesianismo falangista— y Miguel Mihura, afiliado también a la Falange desde 1938. El proyecto de revista satírica que Ridruejo defendía de despacho en despacho se titulaba La Perdiz. Triunfó, como ya se sabe, La Codorniz, que apareció en el verano de 1941. “En esta competición cinegética ganó quien consiguió más influencias y además había colaborado en la beligerante La Ametralladora, algo que le aportaba currículo”, cuenta Luis Conde. Mihura permaneció al frente del semanario hasta 1946, cuando le sustituyó Álvaro de Laiglesia. El dramaturgo murió siendo fiel al estilo codornicesco. Sobre su tumba habría escrito: “Ya decía yo que ese médico no valía mucho”.

El Pais