sábado, 7 de octubre de 2017

Entrevistas Benoît Peeters: «Lleva su tiempo aceptar un nuevo tipo de arte, pero al final se acepta»

Publicado por Teresa Galarza y Ángel L. Fernández Recuero
Fotografía: Jorge Quiñoa



Definir es poner límites. En el caso de Benoît Peeters (París, 1956), definir implica recorrer los muchos caminos por los que avanza en la creación de su universo y comprender que son ilimitados. Es teórico y ensayista, profesor, guionista de cómic, novelista, escenógrafo, editor, biógrafo. Publicó su primer trabajo a los veinte años, una novela: la biografía imaginaria de Claude Simon. Ese trabajo le ayudó a confirmar su interés por la biografía, de modo que las siguientes en las que trabajó fueron reales: la de Paul Valéry, la de Hergé y, la última publicada, la de Jacques Derrida. Como la ficción le siguió interesando, continuó escribiendo novelas. Destaca también en lo académico: estudió Filosofía en la Sorbona y ahora es profesor de Ficción Gráfica y Arte del Cómic en la Universidad de Lancaster. Su obra ensayística es extensa, dedicada, sobre todo, a la teoría de la literatura y a la ficción gráfica. Le interesa, además, la narración con imágenes; ha dirigido tres cortos y varios documentales. Pero si por algo es conocido Peeters es por su obra como historietista. Su pasión, el cómic, arranca de su infancia en Bruselas, las aventuras vividas junto a Tintín y su amistad con François Schuiten.

Junto a Schuiten ha conseguido crear un mundo paralelo al nuestro llamado Las ciudades oscuras, una serie de varios álbumes que desplazan al lector en el espacio y le permiten descubrir otro universo. Nos citamos con él en Barcelona, en Norma Editorial, aunque es tal el ajetreo que lleva que no sabe muy bien en qué ciudad está. Ha venido a hablar de Volver a París, obra con la que abre un nuevo ciclo, Las ciudades futuras. Prudente y reflexivo, habla con honestidad no solo sobre su obra, sino también sobre su amistad con Schuiten, la fascinación de ambos por la arquitectura de grandes ciudades como Bruselas y París, y nos da una lección sobre historia del cómic: técnicas, historia, diferencias entre la industria europea, la norteamericana y la japonesa, y, por supuesto, Hergé. 

Naciste en París, pero te criaste en Bruselas, donde conociste a François Schuiten. ¿Qué recuerdas de esa época?

Nací en 1956 y, en 1958, el año de la exposición universal de Bruselas, nos mudamos allí, aunque obviamente no recuerdo nada. Mi padre trabajaba para la Comunidad Europea, así que cuando la idea de la unidad de Europa empezó a extenderse, no fue nada nuevo para mí. Hasta 1973 estuvimos en Bruselas, donde pasé por varias escuelas y en una de ellas creé un periódico, lo que motivó que mis padres pensaran que no me tomaba en serio los estudios y me llevaran a otra, una religiosa donde solo había niños, y en la que el primer día conocí a François Schuiten, que también acababa de llegar. Nos caímos bien desde el principio, se convirtió en mi mejor amigo. François pasaba todo el tiempo dibujando, cosa que a los profesores no les gustaba demasiado. Yo me dedicaba a escribir, que es algo más fácil de disimular. Después de un tiempo decidimos montar un periódico, pero esa vez mis padres renunciaron a cambiarme de escuela otra vez, así que lo tuvieron que aceptar. Yo era buen estudiante, pero no el mejor, y creían que podía llegar a serlo de no perder el tiempo escribiendo. Mi padre murió hace unos años, y la historia que cuenta ahora mi madre es algo distinta de la realidad, diciendo que me empujaban a escribir y que François era una muy buena influencia. Lo dice ahora, pasados unos años, cuando ve que la cosa funciona. Ese periódico fue el inicio de nuestra colaboración. Lo bonito es que no había una división clara entre nuestros trabajos; él dibujaba y yo escribía, pero inventábamos juntos las cosas, imprimíamos con pocos medios.

¿Dibujaste alguna vez?

El padre de François era un arquitecto famoso en Bruselas, pero también era pintor los fines de semana y durante las vacaciones. Era su pasión. Probablemente habría preferido ser pintor antes que arquitecto. Sabía que era bueno, pero no muy bueno. Pero sobre todo era un buen profesor, así que los fines de semana éramos como sus alumnos de clase de dibujo, íbamos a museos, mirábamos libros de arte… y los domingos teníamos que crear nuestra propia obra de arte. Teníamos doce o trece años, y si un día teníamos que hacer algo como Delacroix, nos decía: «No sois tan buenos como Delacroix, pero lo habéis intentado». Con catorce o quince años dejé el dibujo y me dediqué más a la escritura y a filmar, porque vi que no era lo suficientemente bueno para el dibujo, aunque seguí sintiendo pasión por las imágenes. Quizá esto haya influido en que, a diferencia de algunos novelistas, que quieren que su texto se mantenga inalterado, aunque trabajen para un cómic o una película, a mí me parecen bien los cambios, la transformación. Escribo algo, lo hablo con François o algún otro artista y no temo a la transformación de mi texto, porque considero que el guion no es más que una base, y que lo importante es el resultado final. Probablemente esto venga de esa infancia llena de dibujo y pintura. Aún me fascina la pintura, cuando voy a algún sitio y tengo tiempo me gusta visitar museos.

Juntos hicisteis Las ciudades oscuras, ¿qué edad teníais y cómo se os ocurrió la idea?

Hubo un momento en que toda la familia volvimos a Francia. Estudié Filosofía en París y volví a Bruselas en 1978, con veintiún años. Entonces publiqué mi primera novela corta y François publicó sus primeras historias para la revista Heavy Metal. Su trabajo era muy bueno, había mejorado mucho en esos años y estaba interesado en lo que yo escribía. Entonces preparé un artículo sobre sus primeras obras, y lo de trabajar juntos surgió como algo natural. En esa época había una revista que me gustaba mucho, À suivre, así que decidimos escribir y dibujar unas primeras páginas para ellos y, si les gustaba, seguir. Aceptaron la historia, que era Las murallas de Samaris, y se publicó en la revista. El libro salió un año más tarde, cuando ya estábamos con la segunda historia, La fiebre de Urbicanda. Como era distinta a la primera —para empezar, era en blanco y negro— el editor sugirió que buscáramos un título general que las unificara, y se nos ocurrió Las ciudades oscuras. Al principio como título provisional, hasta que encontráramos uno mejor, pero así se quedó. Como tuvo éxito la continuamos y, además, el editor nos dio mucha libertad con vistas al festival de Angulema. Hoy sigue habiendo una amistad, afortunadamente no se ha convertido en solo una colaboración profesional.


¿Tiene influencias del estructuralismo o del surrealismo?

Probablemente tiene influencias de muchas cosas, más de las que podría nombrar. En aquella época yo era un joven intelectual, había estudiado con Roland Barthes, estaba interesado en la filosofía, en el psicoanálisis, en diferentes tipos de literaturas. François tenía una cultura más visual y arquitectónica, pero compartíamos muchas influencias e intereses, por ejemplo, nos gustaban directores de cine como Fritz Lang y Orson Welles, entre muchos otros. Por eso esta extraña serie está construida a partir de muchos elementos e influencias. Hubo un momento en que había nuevos lectores interesados en un nuevo tipo de cómic —en esa época no se hablaba de novelas gráficas, aunque Casterman tenía una colección llamada Le roman a suivre—.

¿En francés habláis de «novela gráfica»?

¿Roman graphique? No, pero bande dessinée no era un mal nombre. De todos modos, el nombre nunca nos supuso un problema. Si es bande dessinée o novela gráfica no lo sé, pero en sentido estricto no es cómic, porque no es cómico.

Podemos entender que la novela gráfica es como un libro.

Es parte de la definición. Hay quien entiende que una novela gráfica es una historia larga y que la bande dessinée es una historia corta… da igual. En los años ochenta, en Francia y Bélgica ya había ciertas consideraciones artísticas y literarias hacia este tipo de trabajo. Yo escribí mucho sobre cómics y sobre historia del cómic, y nunca tuvimos complejo de arte menor o mayor, era una cuestión que no me interesaba demasiado. Me gustaba la literatura, las películas y los buenos cómics. Y no me daba la impresión de que fuera algo menor. Recuerdo que algunos profesores me preguntaban por qué me dedicaba al cómic, dado que tenía talento y había publicado una novela, pero eran una minoría. En Francia y algunos otros países el cómic aún tiene algunos detractores, pero mayoritariamente está considerado como una manifestación respetable. Igual que hay buenas y malas películas y buenas y malas novelas, hay buenos y malos cómics. No se trata del género, del medio, sino de la calidad.

¿No depende un poco del país? En Alemania…

Sí, en Alemania no se lo toman demasiado en serio. En Bélgica ha habido grandes autores —como Hergé y muchos otros—, mientras que en Alemania no hay tantos artistas que puedan ayudar a dar más reconocimiento al mundo del cómic. En Reino Unido está cambiando, tienen a Alan Moore, por ejemplo, pero durante un tiempo fue complicado. En Italia también fue difícil, aunque tenían a grandes artistas y a intelectuales como Umberto Eco que lo apreciaban mucho. Pero en Francia y Bélgica no hay ningún problema. En Estados Unidos la situación está cambiando con las novelas gráficas, yo diría que desde Spiderman. Hemos ganado esta guerra, si es que era una guerra. 

Volviendo a Las ciudades oscuras, probablemente el personaje más destacable de la serie es «la chica inclinada».

Es mi libro preferido. Mira, la «n» de la palabra inclinada está inclinada, ¡la letra inclinada!, ¡qué divertido! No me había dado cuenta antes.

¿Cómo se te ocurrió la idea del personaje?

Este libro no fue fácil. Queríamos hacer algo con un personaje especial, pero la idea de que estuviera inclinada tardó bastante en llegar. Al principio se nos ocurrían cosas más surrealistas y extrañas, pero no nos convencían. Entonces, un día se me ocurrió una cosa muy sencilla, inclinar al personaje unos treinta grados, más o menos. Inmediatamente nos pusimos a trabajar con precisión en la historia y pronto pensamos en contar con tres elementos narrativos, uno de los cuales sería tratado de manera fotográfica, por eso tiene esa parte de fotonovela. Al final, la historia que nos salió fue diferente de las demás porque los elementos fantásticos pertenecen al personaje y no a la ciudad —lo fantástico está en el cuerpo—. Quisimos mantener este concepto tan simple desde el principio hasta el final, trabajar con un método que fuera como el de La fiebre de Urbicanda, es decir, mantener estable una idea muy simple durante toda la historia, pero llevada hasta sus últimas consecuencias. Por eso hay algo científico en nuestra manera de explicar la historia de La chica inclinada: cogimos una idea muy rara, pero la tratamos seriamente y la desarrollamos lentamente, teniendo en cuenta todas las posibilidades, incluidos temas como el desastre, la felicidad, los fenómenos paranormales y, en este caso, ella misma acaba convertida en una especialista en fenómenos extraños. Así que el personaje, que al principio desarrollamos como fenómeno extraño, acaba por convertirse en una especie de detective de ese tipo de casos paranormales, como sucede en otro libro de la serie, La teoría del grano de arena. Como decía, cuando desarrollamos una historia siempre tenemos en cuenta su potencial visual, no solo el narrativo. A veces resulta muy complicado, porque en La chica inclinada ella siempre está inclinada, pero cuando se gira surgen los problemas visuales, o por ejemplo cuando sube escaleras. En cada historia que hacemos, François y yo hablamos mucho de cada uno de los detalles. Yo no me comporto como un narrador puro ni él como solo un ilustrador, sino que durante la preparación siempre hay muchas conexiones entre nosotros. Cuando hacemos el storyboard de cinco o seis páginas nos sentamos juntos en la misma mesa durante horas. Es siempre un trabajo muy cercano.     



Hay algunas coincidencias bastante perturbadoras entre Brüsel, la metrópolis de Las ciudades oscuras, y entre la Bruselas creada por políticos y promotores inmobiliarios. ¿Qué conexión hay entre ambas?

El nombre se parece y por tanto evoca a Bruselas, pero hay cosas diferentes. Intentamos crear algo muy parecido, pero a la vez distinto. En cierta manera, es una ciudad imaginaria con algunas cosas de otras ciudades, pero muchos elementos son de Bruselas, ciudad que conocemos muy bien. François siempre ha vivido en Bruselas, y yo lo he hecho durante muchos años. La historia de Bruselas es interesante porque es una locura de modernidad, el deseo de ser como París o Londres durante el siglo XIX y de ser como Nueva York o Chicago durante el XX, una locura. Siempre ha querido ser transformada y se ha autodestruido sin bombas. Algunas ciudades alemanas fueron destruidas por la guerra, pero Bruselas se ha destruido de manera estúpida.

Igual que destruyeron la Maison du Peuple.

¡La Maison du Peuple! Considerada ahora la obra maestra de Victor Horta. Muchos arquitectos de todo el mundo intentaron evitar ese desastre, pero los belgas siguieron adelante. Dos años después se publicó el primer gran libro sobre Horta y la gente se dio cuenta de la gran estupidez cometida. Espero que algún día en ese lugar de Bruselas erijan un monumento que diga «aquí estaba la obra maestra de Horta y no este estúpido edificio». Ha habido muchos otros desastres. Para Las ciudades oscuras escribimos una introducción en la que se traza un puente entre la realidad y la ficción, que causó un gran revuelo en Bélgica. Es la historia de muchas ciudades y su deseo de correr hacia la modernidad olvidándolo todo. Bruselas es una especie de metáfora, por eso se habla de la «bruselización». También hay que tener en cuenta la cuestión europea: cuando las instituciones europeas vinieron al centro de la ciudad, no había ninguna planificación, así que destruyeron una parte importante de la misma. 

Si recrearas Brüsel, ¿aparecería el islamismo radical?

Cuando trabajamos en esta historia, hace mucho tiempo, no lo tuvimos en cuenta porque no era un problema. Durante un tiempo me dio la sensación de que Bélgica solventó mejor que Francia el problema de la inmigración, porque los inmigrantes estaban en el centro de la ciudad y no en unos suburbios determinados. Pero en los últimos años hemos visto el terrorismo, la discriminación, las dificultades para la convivencia —sea en Reino Unido, sea en España, sea en Francia— y no diría ahora que en Bélgica se haya hecho mejor, aunque se luchó con más fuerza para intentar integrarlos que en Francia. En este sentido Francia es más conservadora. La gente venida de otros países, por ejemplo, no puede ser elegida, ni siquiera en elecciones locales. En Bélgica no fue así, pero no ha sido suficiente. En Inglaterra, por ejemplo, la policía era más pacífica que en otros países, y también tienen problemas. Allí la policía no es como en Estados Unidos, donde da miedo preguntarle algo a un policía por si te detiene. En Las ciudades oscuras describimos un mundo imaginario que, pese a tener muchas conexiones con la realidad, no es un espejo, así que no tenemos que hablar directamente de la situación vivencial, como sí hacen Joe Sacco o Art Spiegelman. La cuestión del nacionalismo, por ejemplo, es importante en La frontera invisible, pero de manera indirecta. Algunos aspectos de la confrontación entre dos culturas son importantes en La teoría del grano de arena, pero como metáfora. En resumen: no nos sentimos periodistas y no hacemos reportajes. Volviendo a las diferencias culturales, es curioso cómo nuestro libro La torre, que se acaba de traducir al chino treinta años después de ser publicado por primera vez, se está vendiendo muy bien en China. ¿Por qué, si está lleno de referencias europeas y lo hicimos a mediados de los ochenta, con una situación muy distinta a la de ahora? En China no hay tradición de leer cómics, pero leen la historia y les gusta. Hay algo en ella que les llama, pero como no estamos en sus mentes no sabemos qué exactamente. No sé, quizá solo les gusten los dibujos. Supongo que encuentran en la historia algo que les resulta cercano, lo que es muy importante, porque puedes crear una ciudad o mundo imaginarios, cualquier adolescente lo puede hacer, pero la cuestión es si la gente querrá entrar e interactuar, si les transmitirá algo, si querrán vivir allí mientras lo están leyendo. No sabemos exactamente qué elementos lo hacen atractivo para los lectores, es un misterio, pero nos alegramos mucho cuando en Japón, China o Corea nuevos lectores descubren el libro y lo disfrutan. 

¿Por qué Revoir Paris y no Revoir Pahry? ¿Porque no pertenece a Las ciudades oscuras?   

Sí. En cierto momento nos planteamos algunos proyectos reales. Yo no estaba en París, pero François sí, estaba haciendo algunos trabajos. Nos interesó a los dos el desarrollo de la arquitectura allí, hablamos mucho sobre el tema y quizá por eso decidimos hacer una historia sobre el futuro de la ciudad, pero en el mundo real, algo distinto a lo de los primeros libros. Así que las referencias precisas son más importantes en Revoir Paris, especialmente en el segundo volumen, cuando la heroína llega a la ciudad; si vas a esos lugares verás fácilmente qué es real y qué es una transformación. Probablemente en otras historias no nos interesó llegar tan lejos en el realismo, pero Revoir Paris fue una experiencia interesante y François conoció París mejor de lo que ya la conocía, porque tuvo que caminar mucho y hacer muchas fotos, que fueron la base para sus dibujos. Es curioso cómo pocas veces tenemos una explicación para las decisiones más importantes que tomamos. Cuando tenemos varias ideas para una nueva historia no nos preocupamos por cuál es mejor, sino por cuál será lo bastante interesante como para que no nos aburra al cabo de dos, tres o cuatro años, porque si no estamos realmente interesados y fascinados por nuestro proyecto todo será muy aburrido y se convertirá en simplemente trabajo. En el cine pasa lo mismo. Escribes una historia y entonces te pones a buscar dinero, actores… y si dos años después, cuando empiezas a rodar, ya no te interesa tu idea, es un desastre. Es igual cuando escribo una biografía. Si empiezo a escribirla y al cabo de seis meses o un año me doy cuenta de que esa persona ya no me interesa tanto o he descubierto algo horrible sobre ella, ya no puedo seguir. Esto ya me ha pasado.

¿Cuánto tiempo te costó escribir la biografía de Derrida?

Tres años.

¿Estaba vivo?

No, para mí una biografía se hace de un muerto: vas a los archivos, hablas con gente… Por supuesto que llega un momento en que te gustaría tenerlo delante y preguntarle cosas, pero entonces muchas otras cosas no serían posibles, como leer su correspondencia completa. Además, si tras la muerte se donó su archivo a una universidad es un signo de que quería que alguien lo leyera después de morir. El proceso es muy interesante, lo fue con Derrida y Hergé. Sin embargo, a veces puede ser decepcionante, como me pasó con la biografía de Magritte, el gran pintor. Trabajé en ello durante unos meses, pero la persona me decepcionó. No el artista, sino la persona. No me gustaron sus cartas, la correspondencia con su mujer me pareció muy ordinaria. Tuve la sensación de que lo mejor de él estaba en sus cuadros. Estoy seguro de que otra persona podría escribir una magnífica biografía suya, pero no yo. Me di cuenta de que no quería convivir con esa persona durante tres años, porque escribir una biografía es como una amistad. Póstuma, pero amistad. Si el libro tiene éxito incluso viajas, haces promociones, pero si te parece que la persona no es interesante no tiene mucho sentido hacerlo. Quizá sea una persona con talento, pero si no me atrae en otros aspectos no puedo hacer bien el trabajo.

Fuiste muy afortunado al conocer al teórico de la literatura Roland Barthes en la universidad.

Fui uno de sus últimos estudiantes, porque lamentablemente murió prematuramente y no tuve tiempo de acabar mi trabajo con él. Una persona totalmente irreemplazable, excepcional.

Tu trabajo era sobre Tintín.

Quería hacerlo sobre Tintín, pero en la universidad francesa era imposible porque Hergé estaba vivo y porque los cómics no estaban bien considerados. Pero Barthes era muy abierto de mente y todos los estudiantes que trabajaban con él trataban temas muy diversos. Fue una gran persona; no puedo olvidar la importancia de sus libros, que he leído antes y después de su muerte, así que me ha influido bastante como persona y como profesor. Fue el mejor profesor que pudiera imaginar, muy generoso.

¿Aplicaste su teoría de la estructura para tu análisis de Tintín?

Su análisis de un relato corto de Balzac, S/Z, fue el modelo para mi análisis. Sin embargo, Barthes me motivó para que encontrara mis propias herramientas y métodos dentro del estructuralismo, lo cual era realmente interesante, así que fui un estructuralista de estilo libre. No fui estricto y nunca estuve interesado puramente en la teoría. Cuando conocí a Barthes yo ya había publicado mi primera novela, así que a él le intrigaba la razón por la que yo quería hacer la tesis. Cuando le dije que pensaba que mis padres apreciarían que siguiera con mis estudios, me dijo que lo entendía, aunque le preocupaba que no lo tomara con la suficiente seriedad. Ahora soy yo el profesor, y veo que el trabajo que hice como estudiante no fue completamente absurdo.

¿Lees crítica literaria sobre tu obra de ficción?

Cuando es en francés y es interesante, sí. A veces lo es, en ese caso es necesario encontrar la distancia adecuada. Por eso, cuando escribo sobre otro autor lo hago con mucha seriedad, y cuando leo sobre alguna obra mía lo hago con rapidez. Si es negativo puede ser deprimente, mientras que cuando es muy inteligente y comprende los elementos inconscientes de tu obra, contra los que no puedes luchar, es en cierto modo peligroso. Recuerdo que las primeras veces que hablé de Tintín con Hergé, probablemente mencioné algunos detalles muy precisos y se sonrojó. Y ahora entiendo por qué. Le hice ver cosas de las que no era totalmente consciente. A partir de ese momento es difícil para el escritor escribir con inocencia. Y yo cuando escribo necesito sentir esa inocencia, porque es muy peligroso ser tu propio lector. A veces, hablando con François cuando algo no funciona, uno pide permiso para decir una tontería, como que el personaje muera, o que los dos personajes sean el mismo; una tontería porque sacude todo el argumento, por lo que al principio lo normal es negarse, pero luego se irá trabajando sobre eso. Lo malo de cuando trabajas solo es que nadie pide permiso para decir esa tontería. Considero muy importante, cuando trabajas en colaboración, empezar con un sí en lugar de con un no. Cuando trabajo con François siempre empezamos con un sí. Quizá luego se rechaza la idea, pero la hemos tenido en cuenta. Eso afecta a la relación personal. Es como si hay dos tenistas y uno se niega a devolver la bola, se acaba el partido. Tampoco se debe calcular cuántas propuestas de uno ha aceptado el otro e intentar igualarlo. Cuando te encuentres en una situación así lo mejor es terminar la colaboración, porque lo estás considerando una lucha que quieres ganar, y no se debe trabajar políticamente, sino creativamente.


En alguna ocasión has destacado la llamada línea clara de Hergé. ¿Fue el pionero?

No fue el primero, pero hizo un sistema de ella. Y el sistema es muy adecuado para los cómics. Una de las especificidades del arte del cómic es que tienes muchas imágenes en la misma página, y la confusión es un riesgo que está muy presente. Por eso Hergé trató de simplificar el estilo para combinar las imágenes de manera que fueran fáciles de leer. Y no solo porque quisiera trabajar para niños, sino porque quería eliminar muchos elementos que no fueran imprescindibles desde el punto de vista estético o narrativo. No había una teoría al respecto, la teoría llegó al final de su vida; explicó su método cuando varios artistas jóvenes vanguardistas encontraron el nombre, la ligne claire, y entonces otros muchos artistas jóvenes de muchas culturas distintas se sintieron atraídos por este estilo y lo usaron para sus pósteres, cómics o ilustraciones. Así pudo sistematizarse la línea clara, que como todo sistema puede ser peligroso, pero no deja de ser muy útil. En cuanto a los antecedentes, no me atrevo a afirmar que Brueghel tenga alguna relación, pero algunos elementos sí. Cuando se usa la línea clara entiendes las páginas al primer vistazo, no hay elementos que las compliquen. Los fondos son muy simples, no necesitamos un fondo. Algunas imágenes pueden ser muy complejas y otras muy simples. Hergé entendió un estilo que era muy bueno para la narración en cómic y muchos artistas lo apreciaron. Chris Ware, por ejemplo, es muy experimental e innovador, pero en cierta manera tiene una línea muy clara. Sus libros son muy complicados, pero cuando te fijas en su estilo… Por ejemplo, usa colores planos en combinación con otros colores y trata de poner la complicación en otros elementos, hacerlo de manera que un niño lo pueda leer. Un trabajo complicado puede tener una línea muy clara, por ejemplo, usando el mismo azul para todos los cielos de la página, lo que le da uniformidad. No sabría decir dónde estaríamos sin Hergé, porque fue muy importante cuando éramos niños y creó parte de nuestro gusto y nuestra tradición. Para los holandeses del XVII Rembrandt fue el maestro y lo sabían todo sobre él, era lo normal. La cuestión es cómo se consigue esto. Por ejemplo, un autor de manga trabaja en blanco y negro, incluso si hace un manga para niños. En Europa, sin embargo, hacemos las historias para niños a todo color, y aun así estoy seguro de que podemos hacer una gran historia para niños en blanco y negro siempre que esté en nuestra tradición. Ahora aquí se lee manga y se acepta el blanco y negro como algo normal. Si a unos niños les pones una película en blanco y negro probablemente te dirán que es muy vieja, pero si la ven y les gusta, es muy probable que acepten el cine en blanco y negro durante el resto de su vida.

Has dicho alguna vez que El loto azul y Tintín en el Tíbet, las dos historias en las que aparece Chang, son las mejores.

Sí, pero me gustan muchos libros de Tintín. Solo hay veinticuatro, y los primeros y los últimos no son los mejores, pero el resto son buenísimos. Cuánto hay de mi infancia y cuánto de objetividad en esta valoración, no lo sé. Si descubres Tintín de adulto nunca tendrás el mismo sentimiento. Pasa lo mismo con la música o con una novela. La primera novela adulta que lees a los catorce años te marca más que cualquiera de las que leíste la semana pasada. Quizá la relees ahora y no te parece tan buena, pero en tu corazón lo seguirá siendo. En estas cuestiones no debemos ser objetivos, no tienen sentido esos listados de «Las diez mejores películas». Lo importante es cuáles han sido tus mejores experiencias con una película. Si lees la mejor novela en el momento equivocado te parecerá aburrida, y quizá la relees diez años más tarde y no te explicas cómo pudo no gustarte. Por eso las escuelas y las universidades son un desastre para la creatividad, piensan que a todo el mundo le debería encantar Marcel Proust o James Joyce en el mismo momento, pero la cosa no funciona así. Y no pasa nada. Entiendo que no te gusten mis novelas, podemos seguir siendo amigos, de hecho, si no fueran mías no creo que las hubiera leído. Quizá Schönberg no escucharía música dodecafonista si no la hubiera inventado él. Entras tan profundamente en un proceso que quedas fascinado de una manera que quizá como espectador no habrías conseguido. Quizá yo escucho una pieza musical y para mí es solo ruido, pero un músico puede apreciar matices y detalles que hacen que la valore. En estos asuntos no existe ninguna obligación, no hay que admirar ciertos cómics y novelas gráficas. No puedes leer y escucharlo todo. Lo intentas y, si no te llama, no pasa nada.

Fuiste la última persona en entrevistar a Hergé. ¿Cómo recuerdas ese día?

Fue una experiencia muy emocionante porque sentí que era la última entrevista que concedía. Probablemente fue más sincero que en entrevistas anteriores. Es interesante que, cuando años más tarde releí esa entrevista de unas veinte páginas, tras haber conocido a muchas personas importantes de su vida, pude entender algunos elementos profundos que había incluido en respuestas muy sencillas. Por ejemplo, su dificultad para hablar de su madre; años después descubrí que su madre murió totalmente loca, incapaz de reconocerles a él, a su hermano o a su padre, así que cuando en la entrevista Hergé dijo que le daba la impresión de que su madre y él nunca llegaron a conocerse bien, lo que es algo poco común de decir sobre una madre, en cierto momento, años más tarde, lo entendí perfectamente. Lo que quería decir es que yo no sabía lo suficiente como para preguntarle más, y probablemente no se habría resistido a hablar más sobre el tema. El hecho de haber conocido un poco a Hergé hizo que lo sintiera como un amable fantasma que flotaba sobre mí cuando me ponía a escribir y me hacía entender cosas. Es solo una impresión, pero cuando trabajas mucho tiempo en un mismo tema puede ser muy importante. Algunos biógrafos se comportan más como jueces, como historiadores que trabajen de una manera fría y científica. Yo soy más empático. Pero no defiendo este método, me limito a decir que yo trabajo así.

Hergé dijo: «Si je vous disais que dans Tintin j’ai mis toute ma vie» [«Si te dijera que en Tintín he puesto toda mi vida»]. Y tu libro se titula Hergé, hijo de Tintín. ¿Hasta qué punto se funde Hergé con Tintín?

Tintín era un avanzado, mostraba el camino a seguir. El ejemplo más claro es la influencia de Chang. Sin Tintín no habría habido contacto con estudiantes chinos ni el descubrimiento de la pintura china, ni de la realidad de otra civilización. Tintín le daba la posibilidad de ir más allá, de salir de su pequeño mundo belga católico. Es fascinante ver que ahora Tintín es muy famoso en China. La amistad de Hergé con Chang fue muy importante, no solo para los lectores europeos, sino también para los chinos. Este es el tipo de elementos que me interesan, porque tradicionalmente en las biografías tienes solo al hombre y su obra, como si sus influencias en su obra no fueran importantes, y aquí tenemos influencias en los dos sentidos, y este es uno de los elementos claves de mi libro. Me pareció más importante intentar mostrar por qué Tintín era como su hijo, porque había un espejo entre ellos.   


Tintín es muy popular en Europa y China. Steven Spielberg y Peter Jackson hicieron El secreto del unicornio, y se ha anunciado una secuela. Pero no hay más Tintín tras Hergé, cosa que no ha sucedido con Lucky Luke, Batman, Superman

Así lo quiso Hergé. Era algo personal, no era una industria estilo Disney. Quizá a los lectores no les guste, pero creo que si hubiera autorizado a que crearan más libros de Tintín ahora tendríamos quince más, probablemente malos, que habrían destruido su imagen. Pasados más de treinta años de su muerte acepto la idea de homenajes a Tintín dibujados por otros artistas con su propio estilo, pero no me gusta la idea de intentar confundir haciendo libros como si fueran hechos por Hergé. Ha habido películas, ha habido videojuegos… ¿por qué no libros? Pero Hergé aún está muy presente en muchos países incluso aunque no haya nuevos libros y eso lo hace singular. Harry Potter es popular porque cada año salía un nuevo libro… Pero si dentro de cincuenta años Harry Potter es aún muy famoso sin que hayan salido nuevos libros —cosa muy complicada cuando se trata de niños— podremos decir que es un clásico. En Europa los lectores de Tintín son sobre todo adultos, pero en China muchos niños lo están descubriendo.

Has trabajado con Boilet en Love Parade y Tokyo es mi jardín. ¿Cómo decidisteis colaborar? ¿Qué te parece el trabajo de Boilet, adaptando fotografía a cómic? ¿Has hecho una novela fotográfica?

Sí, un trabajo muy especial. En Les Éditions de Minuit, tienes Fugues y Le mauvais oeil. Tras la publicación de los primeros volúmenes de Las ciudades oscuras, Boilet me dijo que quería trabajar conmigo, que le escribiera una historia. En esa época él vivía en Estrasburgo y yo en Bruselas, y le dije que no podía escribir para alguien a quien no conocía, que como mucho podía ayudarle con sus historias. Así que fui el primer lector de su siguiente historia. Luego quedamos un par de veces y los dos teníamos ganas de viajar a Japón, así que nos fuimos juntos para hacer una historia. Se enamoró de una japonesa, aprendió japonés y se quedó a vivir allí. Así que en la historia usé muchas de las vivencias personales que me había explicado. Fue una experiencia totalmente distinta del estilo al que estoy acostumbrado, pero fue muy agradable. Y lo continuó él solo, creando, por ejemplo, La espinaca de Yukiko, que es una gran novela gráfica. Este libro lo hizo él solo porque es algo muy personal suyo, incluso le animé a que lo hiciera solo. Me gustan este tipo de experiencias únicas con gente con talento.

En tu editorial Impressions Nouvelles has publicado Aurelia Aurita.

Sí, y te voy a dar una primicia: ahora estoy escribiendo una historia para Aurelia Aurita sobre cocina, que se publicará a principios del año próximo. Cuando estudiaba tenía una cierta pasión por la cocina, y hasta preparaba comida para otros por dinero. Te podría contar anécdotas muy divertidas, porque era muy raro intentar convertir esta pasión privada en un trabajo. Así que esta será una historia cómica, o, al menos, a pesar del estilo serio y gráfico de François, creemos que puede quedar una historia divertida.

No hace mucho falleció Jiro Taniguchi, que también colaboró en Tokyo es mi jardín. ¿Qué significó Taniguchi para el mundo del cómic? ¿Qué opinas de la «nouvelle manga»?

La «nouvelle manga» y Jirō Taniguchi no son exactamente lo mismo. Aunque Frédéric Boilet fue el inventor de la nouvelle manga y Taniguchi está relacionado con el movimiento también, hay diferencias: Taniguchi al principio hacía manga clásico, pero a partir de cierto momento intentó desarrollar su propio estilo, sin llegar a ser tan de vanguardia como Boilet. Taniguchi influyó tanto en los autores contemporáneos como en su día lo hizo François Bacon, teníamos ideas equivocadas sobre el manga, ya que el que se publicaba en Europa en esa época era muy infantil y con un estilo pobre. Pero descubrí El caminante, con su tratamiento precioso de la naturaleza y la ciudad, y cuando conocí a Taniguchi simpatizamos, porque sabía mucho de cultura y arte europeos. Estuve una semana en su estudio y resultó ser una persona muy tímida. Sin embargo, aunque yo no hablo japonés y él no hablaba inglés o francés, pudimos entablar conversaciones fructíferas. Tras dos días de trabajo me contó muchas historias sobre política, su familia, el arte del manga… mientras concebíamos L’home qui dessine. Fue una bonita experiencia. Murió muy pronto, una pena, pero como desde los veinte años no había parado de trabajar produjo muchas páginas. No todo fueron obras maestras, pero siempre hizo un trabajo honrado, y por supuesto también algunas obras maestras. L’home qui dessine fue una especie de confrontación entre un escritor europeo y un artista japonés, durante la que tuvimos como referencia común nuestra concepción del arte de explicar historias.

[Al fotógrafo] Estás haciendo muchas fotos. Espero que elijas las buenas, porque no quiero perder mi última oportunidad con las mujeres [Risas]. Cuando trabaja Boilet, dice: «sonríe» o, «ahora muéstrate enfadado», y elige los momentos de transición de un estado al otro, porque lo que le interesa es el proceso de transformación y encontrar momentos bellos. Como está interesado en las historias de amor, nunca escoge malas imágenes, siempre elige imágenes bonitas de los modelos. Tiene el talento de respetar a la persona incluso en situaciones y posiciones extrañas.



El cómic franco-belga es uno de los más destacados. ¿Es cierto que su impulso viene de los católicos y los comunistas, que se querían distanciar de los álbumes estadounidenses tras la Segunda Guerra Mundial?

Sí. Este proteccionismo de los católicos y los comunistas supuso una gran ventaja y oportunidad para los artistas franceses y belgas. Existía el peligro de que los superhéroes coparan todo el cómic, como había pasado en Alemania, destrozando lo local. Cuando haces una exportación y traducción gastas mucho menos que si un autor tiene que partir de cero, por eso la protección fue muy positiva. Naturalmente, cuando lees la ley ves algunas cosas ridículas en el sentido proteccionista, pero en general fue una oportunidad para desarrollar una industria local específica. La historia de los cómics belgas es increíble, porque es un país muy pequeño y más la parte de Bélgica de habla francesa, por eso el tremendo éxito de Hergé resultó ser muy importante. A los católicos —supongo que pasa lo mismo en España e Italia— les gustan las imágenes, creen en las imágenes, mientras que para los protestantes o el islam las imágenes no son importantes. Para estos últimos, el texto es la principal referencia para el significado. En el contexto de crear historietas, no se trata de un tema de contenido religioso, sino de la idea de poder tener una base pedagógica, de que la gente pueda entender significados a través de imágenes. Por supuesto, los historietistas pensaron que tenían que añadir texto para que sus historias fueran inteligibles, porque entendieron que, desde el punto de vista semiótico, tener dos significantes para expresar un significado no era sencillo y debía de hacerse bien, o de lo contrario podrían obtener resultados desastrosos. Así que se lo tomaron en serio y lo hicieron bien. Cuando los artistas vieron que Tintín era tan popular, algunos se animaron a continuar con el desarrollo de Spirou, el personaje iniciado por Rob-Vel, y luego llegaron los cómics para adultos. Pero todo empezó con ese pequeño belga católico, Hergé. Me fascina la libertad de Tintín al principio, con sus sueños, pesadillas, situaciones fantásticas, alcohólicos como el capitán Haddock… Naturalmente, se echa en falta más presencia femenina, pero en esa época era imposible, a los curas les asustaba cualquier representación de una mujer atractiva. Los curas querían contenidos educativos y con más contenido moral, pero como los niños querían cosas divertidas como cohetes, coches, barcos y aventuras en países lejanos, Spirou y Tintín tuvieron éxito. Entonces no tantas cosas eran divertidas, con la crisis económica, la guerra, la posguerra… era una sociedad muy seria, con la religión muy presente, igual que en España. Con los cómics divertidos los niños pudieron viajar al extranjero sin la compañía de ningún adulto, lo cual era muy importante, y vivir todo tipo de aventuras.

Eres profesor de Ficción Gráfica y Arte del Cómic en la Universidad de Lancaster. ¿Existe algo similar en Bélgica, Francia, España…?

No mucho, me parece. Ahora las cosas están cambiando, especialmente en Canadá y Suiza. En cierto modo, me sorprendió que fuera en Reino Unido donde se creó este puesto. Creo que con los cómics pasará como con el cine o la fotografía. Lleva su tiempo aceptar un nuevo tipo de arte, pero al final se acepta. En las escuelas habrá asignaturas de cómics para los niños, igual que de historia de los videojuegos. De momento, Francia no es muy abierta de mente, y a los museos no les gusta demasiado el cómic; el Centro Pompidou, por ejemplo, no compra páginas, ni siquiera de los autores más importantes. En Estados Unidos la situación es algo mejor, y en Japón, aún mejor. Se trata de tiempo.

¿Qué cómic te interesa ahora? ¿Cuál recomendarías a nuestros lectores?

Debo decir que ahora lo que más me atrae son las novelas gráficas. Ya hemos hablado de Jiro Taniguchi, así que diría que Chris Ware, Art Spiegelman, Daniel Clowes, Charles Burns, Richard McGuire… muchos estadounidenses.

¿Y de antes de Maus?

Winston McCay, George Herriman con Krazy Kat, Charles Schulz, Alan Moore y muchos, muchos más. Existe una edad de oro del cómic, y ahora en Estados Unidos son muy creativos en cuanto a cómics, no hay imperialismo, Alison Bechdel, Posy Simmonds, Marc-Antoine Mathieu. La cuestión es tener tiempo para leer y encontrar buenas traducciones. Los cómics son muy creativos y de estilos muy variados, por tanto, todo el mundo puede encontrar el cómic adecuado.


JotDown Cultural Magazine (a traves de El Pais)


















Peligro de extinción

La maxiserie 'Los Inhumanos' es una sofisticada reinvención de la extraña raza de seres creada por Stan Lee y Jack Kirby en 'Los Cuatro Fantásticos'

JAVIER FERNÁNDEZ
04 Octubre, 2017

'Marvel Integral. Los inhumanos de Paul Jenkins y Jae Lee'. Paul Jenkins, Jae Lee. Panini. 304 páginas. 30 euros.

La década de los 90 empezó para Marvel con las ventas millonarias del Spider-Man de Todd McFarlane y los X-Men de Jim Lee. La compañía se veía más fuerte que nunca, pero la crisis financiera que asoló el mercado le acarreó consecuencias nefastas: cientos de despidos, pérdidas anuales cercanas a los 50 millones de dólares y la solicitud de bancarrota a finales de 1996. En lo puramente creativo, el excitante periodo que comenzó a finales de los 70 y que había permitido obras tan innovadoras como La Patrulla-X de Claremont y Byrne, el Daredevil de Frank Miller o el Thor de Walter Simonson, dio paso a una larga etapa de mediocridad. En cambio, DC había alzado el vuelo en 1985 con Crisis en Tierras Infinitas y contaba en su catálogo con luminarias como Alan Moore, Neil Gaiman o Grant Morrison; los artistas de moda, como los propios McFarlane y Lee, se habían emancipado en 1992 de las grandes editoriales y habían fundado un sello propio, Image Comics, que andaba transformando el panorama; y del ámbito independiente llegaban también propuestas del calibre de Madman, de Mike Allred, o Hellboy, de Mike Mignola. En comparación, los mutantes hipertrofiados y los clones del Hombre Araña parecían puro chiste.

Es en este estado de cosas en el que se enmarca Marvel Knights, la inesperada tabla de salvación alumbrada por Marvel en 1998. Con el arrojo del que no tiene nada que perder, y la urgencia por recuperar el terreno perdido, la editorial neoyorkina encargó al estudio Event Comics de Joe Quesada y Jimmy Palmiotti, autores y editores independientes con una abultada agenda de contactos, la creación de una línea de productos que pudiera situarse junto a los títulos más molones de su tiempo sin provocar sonrojo (les recuerdo cinco que llegaban mensualmente a librerías en 1998, para que vean contra qué se enfrentaban: Los Invisibles, Predicador, StormWatch, Astro City, Supreme).

En lugar de apostar por personajes de primera fila o por los autores consagrados de la casa, Quesada y Palmiotti escogieron héroes de bajo perfil como Daredevil, Pantera Negra, Los Inhumanos y El Castigador, y contrataron autores mediáticos como el director cinematográfico Kevin Smith, el rompedor guionista Christopher Priest o el también guionista Paul Jenkins, asociado a Vertigo. Precisamente Jenkins y el dibujante Jae Lee (quien, tras unos lejanos inicios en Marvel, había crecido exponencialmente en Image) produjeron la que considero la mejor obra del lote, la maxiserie de 12 números Los Inhumanos, una sofisticada reinvención de la extraña raza de seres creada por Stan Lee y Jack Kirby en Los Cuatro Fantásticos. Conflictos políticos y generacionales, tensiones raciales, problemas familiares y la amenaza de la extinción integran el cómic con el que Marvel ingresó de golpe en el siglo XXI. Todo adornado con una estética poderosa y bellísima que mantiene vigente la fábula cuando han pasado ya dos décadas de su primera edición. Panini reedita ahora este crucial paso adelante de Marvel en un robusto tomo de la colección Marvel Integral, con diversos extras.


Malaga Hoy



Aquí yace Spiderman

JAVIER FERNÁNDEZ
04 Octubre, 2017



'100% Marvel HC. Spiderman: La última cacería de Kraven'. J. M. DeMatteis, Mike Zeck. Panini. 144 páginas. 16,50 euros.

La última cacería de Kraven es una de las aventuras más famosas de Spiderman. La obra se compone de seis partes, que se fueron publicando entre octubre y noviembre de 1987 en las tres cabeceras que tenía entonces el trepamuros, pasando de una a otra como si se tratase de una sola colección. Son los números 31 y 32 de Web of Spider-Man, 293 y 294 de The Amazing Spider-Man y 131 y 132 de Peter Parker, The Spectacular Spider-Man, todos con guion de J. M. DeMatteis, lápices de Mike Zeck y tintas de Bob McLeod. La historieta tiene lugar en los inicios del matrimonio entre Peter Parker y Mary Jane Watson, cuando el superhéroe lucía el traje negro y blanco en lugar del habitual rojo y azul, y el argumento refleja el estilo literario, la estrategia deconstructiva y el tono sombrío que caracterizaba el género en aquellos años. La cosa va de que Kraven el Cazador, haciendo honor a su nombre, caza a Spiderman, lo "mata", lo entierra y lo suplanta para demostrarse superior. Sale también Alimaña, un villano creado unos años antes por DeMatteis y Zeck en la serie del Capitán América, aunque, como dice Stan Lee en su introducción: "Las descripciones que DeMatteis hace de Peter, Kraven y Alimaña hacen que las palabras héroe y villano parezcan lamentablemente insuficientes. (…) no encontraréis buenos y malos unidimensionales a los que vitorear y repudiar. No, gracias a la habilidad y sensibilidad de DeMatteis, cada personaje está tan delicadamente matizado, tan perspicazmente ajustado que incluso los villanos se harán dueños de vuestras emociones".

La última cacería de Kraven figura en todas las listas de las mejores historietas de Spiderman, y, desde luego, es la mejor de cuantas se publicaron en el largo periodo que va desde la etapa de Roger Stern hasta la de J. M. Straczynski. Es un tebeo estupendo, y se merecía una edición como esta, con una excelente reproducción y un grueso apartado de extras, que incluye comentarios del guionista, lápices de numerosas páginas y portadas de reediciones anteriores.


Malaga Hoy


Un regalo para los fans


JAVIER FERNÁNDEZ
04 Octubre, 2017


'Marvel Saga, 39. El asombroso Spiderman, 17: Nuevas formas de morir'. Dan Slott, John Romita Jr. Panini. 200 páginas. 18 euros.

Pocos dibujantes están tan asociados a Spiderman como John Romita Jr., y es que el hijo del mítico John Romita dibujó al personaje a lo largo de 30 años, colaborando con escritores cruciales en su desarrollo como Roger Stern, J. M. DeMatteis, J. M. Straczynski o Dan Slott. Este último firma los guiones de Nuevas formas de morir, que contiene los números 568 a 573 de The Amazing Spider-Man (2008), con lápices de Romita Jr. y tintas de Klaus Janson, en los que el protagonista se enfrenta a Norman Osborn y sus Thunderbolts. Slott andaba insuflando nueva vida a Spiderman tras el reinicio de Un nuevo día, y la llegada de Romita Jr. a la colección fue un regalo para los fans. El volumen contiene también las diez páginas escritas por Mark Waid y dibujadas por Adi Granov que complementaron el número 568.

Malaga Hoy

Una aventura trepidante


JAVIER FERNÁNDEZ
04 Octubre, 2017



'Marvel Saga, 40. Daredevil, 12: La edad dorada'. Brian Michael Bendis, Alex Maleev. Panini. 128 páginas. 15 euros.

La edad doradacontiene los números 66 a 70 de Daredevil (2004-05), y, en un alarde estructural, Brian Michael Bendis y Alex Maleev nos ofrecen tres narraciones paralelas, cada una ambientada en una época distinta: la primera, en la década de 1940; la segunda, en los inicios de Daredevil (cuando el héroe lucía el traje amarillo); y la tercera, en la actualidad. Las tres exhiben estilos gráficos diferentes: blanco y negro, el clásico coloreado con tramas y el coloreado moderno tan característico de esta etapa. El resultado es una aventura densa y trepidante, así como una sofisticada reescritura del pasado del superhéroe en la que Bendis introduce elementos propios que sirven al interés de esta larga y fascinante novela-río.


Malaga Hoy


El mejor cómic del mundo

'Fantastic Four' nació en el año 1961, cuando Marvel Comics quiso crear su primer tebeo de supehéroes. Sus artífices fueron el redactor jefe Stan Lee y el dibujante Jack Kirby

JOSÉ LUIS VIDAL
04 Octubre, 2017




Los Cuatro Fantásticos de de John Byrne nº 1'. Guion y dibujos: John Byrne. Panini Cómics, 2015.

En 1961, Marvel Comics decidió crear su primer cómic de superhéroes y se lo pidió a su redactor jefe y guionista Stan Lee, y al dibujante Jack Kirby. Así nació la serie Fantastic Four, que desde su cuarta entrega lleva en sus portadas el eslogan El mejor cómic del mundo.

Simultáneamente a la salida a los quioscos y librerías norteamericanas de este cómic, el soviético Yuri Gagarin se convirtió en el primer ser humano que viajó al espacio en la nave Vostok 1. En plena carrera espacial, Fantastic Four está protagonizado por Reed Richards, un genio científico que inventa una nave para viajar al espacio exterior, acompañado por su prometida, Susan Storm, mujer florero; y por Johnny Storm, escudero juvenil del protagonista y hermano adolescente de Susan. Los tres tienen lazos familiares, seña de identidad de los Cuatro Fantásticos. A ellos se suma el piloto de la nave y mejor amigo de Reed: Ben Grimm, que a consecuencia del viaje se transforma en La Cosa, en homenaje a los cómics de monstruos. Los otros tres también obtuvieron superpoderes.

Para acentuar su humanidad, estos cuatro superhéroes no tienen identidades secretas, aunque pasaron a ser conocidos por nombres relacionados con sus superpoderes, y los uniformes no debutan hasta el número 3. El gran éxito de ventas se fue diluyendo hasta remontar con la llegada de John Byrne en Fantastic Four nº 232 (1981).

John Byrne planeó un regreso a los conceptos básicos, al tiempo que dejaba clara su máxima prioridad: darle más relevancia a Susan Storm, la Chica Invisible. Sue despliega todo su potencial como mujer y como heroína, abandonando el rol sesentero de la damisela en apuros, y cambiando su alias de superheroína por el de la Mujer Invisible.

Los lectores estaban acostumbrados a que La Cosa invocara a su tía Petunia: "¿En nombre de mi tía Petunia, qué pasa aquí?". Pero nadie pensaba que existía hasta que la presentó Byrne. Para romper con la posible imagen que se tuviera de ella como anciana, Byrne la dibujó joven y con la cara de Audrey Hepburn.

Los 4 Fantásticos ayudaron a su archienemigo el Doctor Muerte a recuperar el trono de Latveria, usurpado por Zorba, gobernante peor que el propio Muerte, que había subido los impuestos y declarado la ley marcial.

Muerte falleció posteriormente, pero dejó instrucciones para que trasladasen sus recuerdos a la mente de un niño, y utilizó a éste para destruir el edificio Baxter. Los 4 Fantásticos se mudaron a la mansión de los Vengadores, lo que dio pie a que Roger Stern y John Byrne realizaran cruces de estas dos series durante un tiempo.

El punto de inflexión lo puso la miniserie Secret Wars, escrita por Jim Shooter, en la que muchos héroes y villanos de Marvel se enfrentaban en un planeta lejano. La Cosa descubrió que en aquel planeta podía volver a su forma humana a voluntad y decidió quedarse.

Johnny Storm inició una relación romántica con la escultora ciega Alicia Masters, demostrando la capacidad de Byrne para humanizar a los personajes, pero no gustó a algunos lectores, ya que La Cosa llevaba saliendo con Alicia desde Fantastic Four número 8.

Con La Cosa en otro planeta, Byrne lo sustituyó por la abogada Jennifer Walters, conocida como Hulka, prima de Hulk, consiguiendo la paridad del grupo, que pasa a estar formado por dos hombres y dos mujeres.

La Cosa perdió su capacidad para cambiar de humano a rocoso a voluntad, y regresó a la Tierra. Mientras Ben se hacía a la idea de que su exnovia y su mejor amigo estaban liados, Mephisto torturaba a Reed y a Sue en el Infierno. La Cosa abandona de nuevo los 4F.

Fantastic Four nº 285 tuvo por protagonista a un niño maltratado que soñaba ser como su héroe, la Antorcha Humana. Para ello, se vació un bidón de gasolina encima y se prendió fuego, lo que llevó a Johnny a no querer convertirse más en Antorcha Humana. Sin embargo, cambió de opinión gracias a Beyonder, el ser que se llevó a los superhéroes al planeta de Secret Wars, que le hace ver que la Antorcha fue la única ilusión en la vida del crío.

Los constantes rifirrafes entre John Byrne y el redactor jefe Jim Shooter terminaron con estos cinco años de Los 4 Fantásticos; que concluyeron, ya sin Byrne, con la reincorporación de La Cosa al grupo por su 25 aniversario.



Malaga Hoy




domingo, 1 de octubre de 2017

SARA MORANTE Voy a ilustrar un libro


Voy a ilustrar un libro aquí y ahora, delante de ustedes. Bueno, imaginémoslo. Acabo de leer el texto. No solo me ha gustado: me he visto ahí dentro, observando a los personajes sin ser vista. No me pasa con todos los libros. Para decidir ilustrarlo, además, me tiene que sacar de mis casillas y ha de suponer un reto en la parte técnica y en la parte narrativa. También necesito sentir cariño por el proyecto y estar a gusto con las condiciones. Durante la lectura he anotado en los márgenes de las hojas los datos más relevantes que necesitaré más tarde, cuando comience a dibujar, como las descripciones físicas de los personajes, los cambios que pudieran darse en su aspecto físico, el contexto histórico si fuera relevante, los eventos esenciales o el cronograma de la historia y los detalles de los escenarios. He subrayado palabras, he anotado metáforas que se me han ocurrido (no me gusta ser descriptiva). No hago bocetos, escribo las ideas. Los rincones poco iluminados del texto también me interesan, como a cualquier lector: es en esas esquinas oscuras donde fantaseo y reinterpreto la historia. Busco hilos paralelos para contarla con mi propia voz. El escritor es dueño de lo que escribe, pero no de lo que los lectores entendemos, y yo soy una lectora cuya profesión es contar esa historia con su propio lenguaje: las ilustraciones.




Los personajes me interesan mucho y les dedico mucho tiempo a sus retratos. Los dibujo una y otra vez hasta que quedo satisfecha. "Malgasto" mucho papel. Sombreo bajo sus ojos y, mientras lo hago, fabulo sobre su personalidad, sobre su historia. Relleno huecos, las esquinas oscuras que comentaba. Mientras hablamos ya he dibujado todo el dramatis personae. No se crean, esto me lleva cerca de dos meses. El retrato del personaje principal suele ser fiel a la descripción del texto, aunque a veces añado algunos detalles: es obeso, viste de forma impecable y tiene un antojo en la sien. Licencia de ilustradora. Ahora nos toca hacer los escenarios, pero es algo que he estado preparando con tiempo y voy a tiro hecho. Acortemos. Ilustrar es mudarse a un libro durante unas semanas, meses, y este libro será mi morada hasta la fecha de entrega. Claustrofóbico, pero no conozco otra manera de hacerme con una historia. A partir de ahora se termina la calma. Mi proceso creativo será caótico. Me perderé dos o tres veces y tendré que volver a empezar. Odiaré la ilustración. No suelo disfrutar esta parte. Ilustrar es mi profesión y tengo que hacerlo dentro de unos estándares de calidad que yo misma me impongo, y los plazos suelen ser cortos.

Vaya, me he despistado hablando: he hecho más ilustraciones de las que debiera para este capítulo y he dejado el siguiente vacío. El siguiente, entre nosotros, no me dice nada, pero tengo que ilustrarlo igualmente. No sé de dónde salen las ideas. A veces solo comprendo lo que he hecho cuando el trabajo está entregado. ¿Cómo es que no me he dado cuenta de que en esta escena estamos en invierno? He llenado el bosque de brotes y flores. Puedo hacer que parezcan una veladura fantasmal, es perfecto para esa parte de la historia, tres capítulos antes, en la que el personaje se viene abajo. Benditas metáforas, benditas tecnologías. Qué ratos más buenos me da la ilustración. Un momento, esto que acabo de hacer ¿y si lo utilizo como recurso narrativo en el resto de ilustraciones? Bien, volvamos a empezar. Ahora sí que lo tengo.

Han pasado unas semanas desde que entregué. Hoy han llegado los ejemplares justificativos por correo, los envía la editorial. Qué bien huelen a offset. He cobrado. Amo esta profesión, maldita sea. ■

REVISTA MERCURIO JUNIO-JULIO 2017

Comic / Kiko da Silva




Publicado en la revista El Viajero. El Pais. Otoño/2017

Mi primer cómic (I): Álvaro Pons, el niño de Bruguera

"Para mí nunca han sido ni Bruce Wayne (Bruno Díaz) ni el Joker, igual que Daredevil siempre será Dan Defensor y el verde Hulk, La Masa, ¡qué narices!"

ÁLVARO PONS
Valencia 27 SEP 2017

Cuando se piensa en la máxima autoridad de cómic de España el primero que llega a la mente es Álvaro Pons (Barcelona, 1966). Lo ha leído todo, se lo ha estudiado y, además, ha tenido la consideración de compartir su pasión y conocimiento con todos nosotros. Conocido por sus numerosos artículos, exposiciones y contribución a la divulgación del mundo del tebeo, Pons acaba de recopilar los mejores artículos de su bitacora , un repaso certero a su historia con el cómic, ensayos sobre el séptimo arte y algunos de los mejores trabajos que pasaron por sus manos. Él, como uno de los primeros del movimiento bloguero, ya ha hablado de todo. En esta sección que hoy abrimos en KA-BOOM, Pons se estrena repasando las lecturas con las que comenzó todo, con las que dio sus primeros pasos en un universo que, aunque entonces no lo supiera, se convertiría en su vida y la de sus lectores.

Portada de 'La cárcel de papel', de Álvaro Pons.

Soy de la cosecha del 66. Con tiempo ya para empezar a tener solera o, también, según se mire, para dejar escapar los primeros tufos a rancio. Es una generación que se caracteriza por dos puntos importantes: el primero, bien conocido, que somos los del boom, los del momento de alegre procreación que hace que hoy los cincuentañeros o cincuentones seamos, por número, target suculento de mercadotecnia telefónica… y candidatos ideales a parado de larga duración. El segundo, quizás menos mediático, es que fuimos la generación de niños y niñas de los tebeos de Bruguera.

Cuando yo era pequeño, el quiosco era algo así como un paraíso terrenal, decorado con largas cuerdas que sostenían decenas de tebeos, bien sujetos con pinzas de madera prestas a dejar su marca indeleble. Era la época de decidir entre Mortadelo, Tio Vivo, Pulgarcito, ddt (con minúsculas, luego nos enteramos que la degradación de mayúsculas a minúsculas era todo un símbolo), TBO, Zipi y Zape


Un número de 'ddt' (en minúscula) con Ibáñez en portada.

Eso los niños, porque las niñas tenían las suyas, como bien nos habían enseñado: los niños con los niños y las niñas con las niñas; que los niños tenían el sacrosanto deber de defender a dios, la patria y la familia, y las niñas, de ser doctas amas de casa que proveyeran de muchos descendientes y opíparas comidas. Pero esa era otra historia. Era el momento del dominio absoluto de los personajes de F. Ibáñez, señor al que admirábamos profundamente como un nuevo Velázquez renacido, capaz de conseguir que para nosotros los billetes de cinco mortadelos tuvieran mucha más importancia que una moneda de cinco duros (porque entonces, todavía, contábamos en duros).

En esos tiempos, ponerse malo era una bendición: cierto es que la costumbre del momento era que había que sudar la fiebre, por lo que un resfriado implicaba quedar atado a la cama bajo una tonelada de mantas pero, ay, todo tenía su contraparte, porque además de no ir a clase, que no estaba mal, significaba también que me traían en justa compensación por el sufrimiento una buena montaña de tebeos.


Yo tuve la suerte, además, de que mi padre era un buen aficionado a los tebeos. En mi casa había colecciones de tebeos de Bruguera, del TBO, de las maravillosas ediciones mejicanas de Novaro y de las modernas de Vértice con material británico. Y de la colección DUMBO, que publicaba en España las mejores historias de los personajes de Disney, con las que aprendí a leer. Es difícil concretar el primer recuerdo de una persona, pero yo lo asocio a mirar las viñetas de uno de esos tebeos de DUMBO, quizás con tres años, oyendo la voz de mi padre que leía cada bocadillo y yo ansiando descifrar ese enigmático código de letras que me abriría las puertas de todos los demás tebeos. Recuerdo fascinarme con la malvada estupidez de los golfos apandadores y con la maquiavélica inteligencia de Borrón el encapuchado, el primer villano de mi existencia, que, si mi memoria no me falla, además de enfrentarse a Mickey Mouse, también tuvo sus encontronazos con el primer superhéroe del que soy consciente, Super Goofy.

Tras ellos, ya como lector ávido, vino una larga y dorada luna de miel con las creaciones de Ibáñez, que se fue combinando con el descubrimiento de los antiguos genios de la historieta española, de Cifré a Vázquez pasando por Conti, Peñarroya y tantos otros, que duraría lo justo para pasarme a los superhéroes de la DC. Mi padre encuadernaba las ediciones de Novaro en unos gruesos volúmenes rojos y tengo la imagen perfectamente grabada en la memoria de la primera vez que me dejó coger uno, quizás con ocho o nueve años. Me quedé prendado de las historias increíbles que aparecían en Titanes Planetarios, Relatos Fabulosos, Mi gran aventura, Batman o Historias Fantásticas. Descubrí a Linterna Verde, Flecha Verde, el Museo del espacio, Batman, Supermán, Aquamán (siempre con acento, sí, que en el cole bien nos decían que las agudas acabadas en n o s llevaban tilde), Escuadrón suicida, los Temerarios, Guardián del Espacio y Rip Robles. Y que Batman era en realidad Bruno Díaz, y que su archienemigo era el Comodín. No, para mí nunca han sido ni Bruce Wayne ni el Joker, igual que Daredevil siempre será Dan Defensor y el verde Hulk, La Masa, ¡qué narices!




Después, pasé de esos héroes a las ediciones de los clásicos británicos: las ambiguas personalidades Zarpa de Acero o Spidermán (no el marveliano, sino el británico The Spider de orejas puntiagudas que luego copiaría el vulcaniano Spock, que cosas de la vida, fueron escritas casi siempre por Jerry Siegel, uno de los creadores de Superman) me atrajeron al lado oscuro de unos fascinantes antihéroes que entonces me parecían lo más osado. ¡Un malo era el protagonista! Comprendan ustedes que cuando cayó en mis manos la primera edición de Spidermán de Vértice, en esos tomos pequeños de grueso lomo y espantoso remontado, las desventuras del jovenzuelo Peter Parker me parecieran chorradas propias de un mindundi desaborido. Pese a todo, caí en algunos de los héroes marvelianos, los que yo pensaba, con 11 o 12 años, que eran más “para mayores”. En la Patrulla-X (¡ni de coña X-Men!), en el juvenil Nova y en el ciborg Deathlock, que recuerdo, pero de forma efímera, porque pasé rápidamente a las historias de terror de la Warren que se publicaban en Vampus, Rufus, Dossier Negro o Vampirella, protagonizada por la bellísima drakuloniana que fue motivo mi primer enamoramiento platónico. De ahí, solo un saltito a las revistas de Toutain, Creepy, 1984, Comix Internacional, a comenzar a sentir curiosidad por saber más de ese mundo que me fascinaba espoleado por los artículos de Javier Coma. Me quedé prendado de TOTEM, de Moebius y Corto Maltés; devoré hasta el empacho la Historia de los cómics que editó Toutain y, más grave, comencé a coleccionar tebeos.

Y en eso sigo…


El Pais

Historias a las que siempre conviene volver


Dos reediciones (un cómic y un reportaje) traen a la mesa de novedades historias propias y comunes que han sobrevivido al paso del tiempo

JORGE MORLA
22 SEP 2017 - 10:47


Ilustración de Fernando Vicente

Las buenas obras, las buenas de verdad, merecen siempre una segunda oportunidad. Se publican ahora en España dos reediciones (un cómic, una crónica), cuyo valor les ha permitido sobrevivir al paso del tiempo, que en el mundo editorial se traduce como escapar de la rueda que condena a los libros al olvido tras abandonar la mesa de novedades.


En primer lugar empezamos por Seth (en realidad, Gregory Gallant), autor de cómic canadiense que apostó en los noventa por la autoficción y su propia biografía como formas de llevar el cómic a un terreno más maduro y adulto y poder expresar otro tipo de emociones a las que el medio nos tenía acostumbrados: el amor por los tiempos pasados, sus dudas sobre el papel del dibujante en el mundo actual o la capacidad del cómic como medio narrativo para expresar la vida.

La vida es buena si no te rindes, su obra maestra, narra la búsqueda de Kalo, un dibujante de The New Yorker ficticio, (aunque algunos creyeran real), con el que el propio Seth se obsesiona. Una búsqueda que en realidad no es más que un McGuffin hitchcockiano que funciona para que el autor plasme en la página sus pensamientos y entrañas.

El libro apareció por primera vez, de modo serializado, entre 1993 y 1996 y cuya versión completa dio a Seth un puesto preminente en el mundo del cómic. Ahora Salamandra Graphic la trae de vuelta al mercado en una edición cuidada y accesible. Una maravilla muy recomendable.


“He leído con el máximo interés el libro de John Reed, y lo recomiendo a los trabajadores del mundo. Es un libro que me gustaría ver publicado por millones de ejemplares, traducido a todas las lenguas”. No es un crítico el que dice estas palabras, sino un tal Vladímir Ilich Uliánov, más conocido como Lenin.

Diez días que sacudieron al mundo (eso traduce Íñigo Jáuregui, aunque en algunas traducciones el título es Diez días que estremecieron al mundo, o Diez días que conmovieron al mundo, en cualquier caso, Ten Days that Shook the World), fue el libro que en 1919 el periodista estadounidense John Reed (el mejor cronista de la revolución rusa, en palabras de Vázquez Montalbán), publicó narrando los acontecimientos de la soviética Revolución de Octubre. Un trabajo polifónico que abarca testimonios de protagonistas de todos los estratos, de la calle a los despachos pasando por el ejército, y que recoge el pulso y el devenir de esos días que tan gran impacto causaron en el devenir no ya de Rusia, sino de todo el mundo en el siglo XX.

Reed, que ya acompañó a Pancho Villa en su propia revolución, narra aquí, desde Petrogrado, el ascenso al poder de Lenin y los suyos en poco más de una semana. Un libro que estrena una nueva forma de narrar y que va formando (junto a otros libros como el Hiroshima de John Hersey) la sopa primigenia de la que después saldría el llamado Nuevo Periodismo.

Nórdica, en colaboración con Capitán Swing, reedita ahora el texto en el centenario de la Revolución Rusa, en una estupenda edición generosamente ilustrada por el gran Fernado Vicente.


Dos revisiones, o revisitaciones, de textos imprescindibles, a los que conviene echar un ojo. Para conocer nuestra historia, y para conocernos a nosotros mismos, que viene siendo lo mismo.


El Pais

Contra las dictaduras

JAVIER FERNÁNDEZ
27 Septiembre, 2017



'QRN en Bretzelburg'. André Franquin. Dibbuks. 136 páginas. 25 euros.

Pocos cómics alcanzan la excelencia del Spirou de André Franquin, obra maestra del tebeo francobelga, que, como los buenos vinos, mejora y mejora con el paso del tiempo. La popular serie ha conocido distintas ediciones, pero ninguna tan espléndida como esta que figura en el catálogo de Dibbuks: en blanco y negro, tapa dura con sobrecubiertas, formato apaisado (a razón de dos tiras por página, lo que aumenta considerablemente el tamaño en que se reproducen) y comentarios a pie de página a cargo del especialista Hugues Dayez. Con estas mismas características, Dibbuks nos había ofrecido previamente el álbum La máscara, fechado en 1954, y le toca el turno ahora a otra maravilla: QRN en Bretzelburg, de 1963.

Tal como explica la nota incluida en la contraportada: "QRN en Bretzelburg es la obra más monumental de Franquin: ¡nada menos que 65 páginas! (…) Franquin, disminuido por problemas de salud, tardaría más de dos años y medio (entre mayo de 1961 y diciembre de 1963) en llevar a término esta aventura de Spirou y Fantasio. Secundado por el guionista Greg en la cumbre de su talento, Franquin entregaría finalmente una formidable tragicomedia sobre los absurdos generados por las dictaduras". Las 65 páginas antes mencionadas excedían la longitud estándar de los álbumes de Dupuis, de modo que se suprimieron 17 tiras, que aquí se recuperan para gozo de los lectores.

Franquin alardea de un excepcional dominio del medio, e incorpora nuevas soluciones cuando le es necesario. En palabras del propio dibujante, citadas por Dayez en sus comentarios: "Nos hemos beneficiado de haber heredado todo un sistema útil, procedente sobre todo del cine y del dibujo animado: Disney, Tex Avery, Laurel y Hardy, Buster Keaton, Harold Lloyd, etc. Es decir, todo un conjunto de chiste y gestos humorísticos con el que hemos engrosado considerablemente nuestro diccionario de eficacia gráfica". Absorbente, inquietante y divertidísima, de enorme densidad visual, QRN en Bretzelburg es tan buena que no debería faltar en ninguna biblioteca que se precie.


Malaga Hoy

Maestro del medio

JAVIER FERNÁNDEZ
27 Septiembre, 2017




'Flash Gordon & Jim de la Jungla 1934-1935'. Alex Raymond. Dolmen Editorial. 120 páginas. 34,90 euros.

Dolmen recupera uno de los cómics más importantes de la historia, el Flash Gordon de Alex Raymond. O mejor dicho, dos, porque la presente edición ofrece las páginas tal como se publicaron en los periódicos, es decir, conjuntamente con Jungle Jim, otra virguería de Raymond. Ambas se realizaron por encargo para competir con Buck Rogers y Tarzán, que eran las sensaciones allá por 1934, y, con el tiempo, Flash Gordon ha acabado sobrepasando a Buck Rogers en popularidad. Con su gran tamaño, el libro de Dolmen es una auténtica gozada y sirve para desechar las anteriores ediciones de este mismo material. Van recopiladas las páginas dominicales fechadas entre el 7 de enero de 1934 y el 1 de diciembre de 1935, en las que la calidad artística aumenta exponencialmente conforme Raymond pasa de ser un dibujante prometedor a uno de los grandes maestros del medio.


Malaga Hoy


Más que imágenes

'Invencible' se acerca a su anunciada conclusión: ha rayado siempre el sobresaliente con su estupendo elenco de personajes y sus sorpresas

JAVIER FERNÁNDEZ
27 Septiembre, 2017



'Invencible. Ultimate Collection, 7'. Robert Kirkman, Ryan Ottley. Aleta. 312 páginas. 34,95 euros.

Image Comics irrumpió en el panorama allá por 1992, cuando Jim Lee, Todd McFarlane, Rob Liefeld, Erik Larsen y compañía decidieron apostar por sus propias creaciones, al margen de las grandes compañías. Fue un terremoto editorial, y es cierto que al principio la cosa se caracterizó por un protagonismo de lo visual frente a lo literario (salvo la excepcional The Maxx, que triunfa en ambos aspectos), pero muy pronto los dibujantes complementaron su apuesta con guiones de figuras renombradas como Alan Moore, Neil Gaiman, Grant Morrison o Frank Miller. Más aún, el enorme éxito cosechado permitió que el catálogo de Image se enriqueciera con títulos sólidos como Astro City y apuestas radicales como la etapa de Stormwatch escrita por Warren Ellis, germen de otras dos series emblemáticas, The Authority y Planetary, que figuran en cualquier lista de los tebeos de superhéroes más influyentes de los últimos tiempos. Hacia el final de la década, los conflictos entre los fundadores de Image provocaron la ruptura parcial de los estudios artísticos que componían la editorial y la creación de sellos como WildStorm o Awesome, unos más afortunados que otros.

Bajo el paraguas de Image, se han seguido alumbrando tebeos significativos: Powers, la genial fusión de superhéroes y género negro debida a Brian Michael Bendis y Michael Avon Oeming; The Walking Dead, la popular serie de zombis escrita por Robert Kirkman y dibujada (mayormente) por Charlie Adlard; o la prestigiosa Saga, de Brian K. Vaughan y Fiona Staples, una space opera que ha acaparado los principales premios durante los últimos años, por citar solo tres. En Image han recalado también títulos con solera como Madman, de Michael Allred, quien ha firmado para este sello las entregas más experimentales de su personaje en la cabecera Madman Atomic Comics. Lejos de debilitarse, Image no ha dejado de crecer para convertirse en una de las principales editoriales estadounidenses de la actualidad.

He citado algunos superhéroes de Image, y qué duda cabe que la aportación más importante de Image al género en lo que llevamos de siglo es Invencible, creación de Kirkman y Cory Walker, a la que muy pronto se sumó el dibujante Ryan Ottley (en sustitución de Walker). El primer número de Invencible se publicó con fecha de portada de enero de 2003, pero la serie contó el año anterior con un adelanto en otras cabeceras, empezando por Savage Dragon en lo que considero una especie de relevo perfecto. Con cerca de 140 números a su espalda, Invencible se acerca a su anunciada conclusión, y ha rayado siempre el sobresaliente, con su estupendo elenco de personajes, sus continuas sorpresas argumentales, su tono desenfadado, su peculiar tratamiento de la violencia y su poderoso apartado gráfico.

En España, la serie la publica Aleta, en tomitos y en la imprescindible Ulimate Collection, compuesta de tomos recopilatorios de gran formato, tapa dura y numerosos extras. De estos últimos van siete (el último llega al número 84 original), y cada uno de ellos vale su peso en oro.


Malaga Hoy

Poesía y viñetas

JAVIER FERNÁNDEZ
27 Septiembre, 2017

'Viñetas de plata'. Laura Pérez Vernetti, Luis Alberto de Cuenca. Reino de Cordelia. 120 páginas. 17,95 euros.

Nombre propio del tebeo español, Laura Pérez Vernetti ha construido su carrera al margen de las modas, apostando siempre por la experimentación gráfica, la rebeldía y la belleza. Laura es una pionera de la fusión del cómic y la poesía, género que viene a llamarse poesía gráfica y que cuenta, por parte de la catalana, con títulos tan apreciables como Pessoa & Cía, El caso Maiakovski o Yo, Rilke. Reino de Cordelia publica ahora Viñetas de plata, una imprescindible colección de poemas de Luis Alberto de Cuenca interpretados en viñetas por Laura. De Cuenca tiene una larga vinculación con la cultura popular, de modo que su elección resulta de lo más lógico, y el resultado de la suma de estos dos genios es todo un espectáculo.


Malaga Hoy


'Tu quoque, fili mi?'

Julio César es el principal antagonista de Astérix pero en este álbum cede su papel a su hijo Brutus, un militar romano caracterizado como un joven envidioso, desagradecido y rencoroso

GERARDO MACÍAS
27 Septiembre, 2017



'El hijo de Astérix'. Guion y dibujos: Albert Uderzo. Editorial Salvat, 2014.

La célebre frase latina Tu quoque, fili mi? (¿Tú también, hijo mío?) fue pronunciada por Julio César el día 15 de marzo del año 44 a.C., cuando vio que, entre los conjurados contra él, estaba Bruto, su hijo adoptivo, que sostenía un puñal para asesinarlo. Eran los famosos idus de marzo, que en el calendario romano supuestamente eran días de buenos augurios, pero no se cumplieron para Julio César…

Julio César es el principal antagonista de Astérix pero, en este álbum, César cede su papel a su hijo adoptivo Brutus, militar romano caricaturizado como un joven envidioso, desagradecido y rencoroso. Brutus participa también en los álbumes Astérix Gladiador, La Cizaña, y El Adivino, en los que aparece jugando con un puñal, en referencia al parricidio. Una escena similar aparece en el film Las doce pruebas de Astérix. En El hijo de Astérix, Brutus trata de asesinar al pequeño Cesarión, hijo de Cleopatra y Julio César, futuro faraón Ptolomeo XV (no Ptolomeo XVI, como dice erróneamente la traducción española).

A finales del año 34 a.C., Cleopatra se proclamó reina de Egipto, Chipre, Libia y la parte sur de Siria. Cesarión fue proclamado corregente de dichos países, rey de reyes, y heredero legítimo de César, pese a que César no lo había reconocido así.

En la historia real, fue Octavio, verdadero heredero de César y primer emperador romano, quien invadió Egipto para derrocar a Cleopatra y a Marco Antonio, y quien hizo matar al joven Cesarión el año 30 a.C. para eliminar dudas sobre la herencia. Uderzo mezcla ambos personajes para contar la traición de Brutus a su padre adoptivo.

La historia que nos ocupa va de hijos, ya que este álbum narra cómo Astérix se encuentra con que ha aparecido un bebé en la puerta de su casa, y se extienden chismes en la aldea sobre que pueda ser hijo del propio Astérix. Uderzo refleja algo de moda en 1983: los padres solteros (dos años más tarde se estrenaría en Francia la taquillera película Tres solteros y un biberón). Obélix paga al ganadero Lesiondelmenix con menhires a cambio de leche para el bebé, y el ganadero alude a un futuro campo de menhires, en referencia al yacimiento de Carnac, en Bretaña, que sigue siendo un misterio.

Los galos intentan descubrir quiénes son los padres del bebé, notando que los romanos hacen muchas preguntas sobre él, y quieren capturarlo. Los galos deciden tomar medidas para proteger al bebé. Mientras, el bebé toma una buena cantidad de poción mágica, lo que le convierte en una pesadilla para los enviados a capturarlo, incluidos un legionario vestido de buhonero vendiendo sonajeros, y un centurión disfrazado de niñera, que en castellano versiona canciones republicanas de la Guerra Civil Española. Lógico, traduciendo Víctor Mora.

Finalmente, Brutus, que mantiene su presencia en secreto, decide ocuparse del asunto en persona, atacando la aldea con sus legiones y quemándola entera, mientras él mismo va tras el niño. Exige a las mujeres galas que le entreguen el bebé. Todo el mundo piensa que el niño todavía conserva fuerza sobrehumana, pero Brutus consigue secuestrarlo temporalmente al agotarse los efectos de la poción mágica. Astérix y Obélix no tardan en interceptarlo.

Cuando los galos intentan hacer que Brutus revele la verdad, Julio César llega inesperadamente, y tras él, llega Cleopatra, que resuelve el misterio del niño: es el hijo de César y ella misma. Brutus, para garantizar su acceso al trono, había estado intentado matar el bebé. Aunque en estos cómics se trata a Julio César como Emperador, este título no llegó a ostentarlo históricamente. Julio César llegó a acumular mucho poder en la República Romana, fue un dictador, pero no Emperador, a pesar de haber dado nombre a los césares.

Volviendo a la sinopsis, mientras César se encontraba en campaña, Cleopatra mandó a su hijo a la aldea gala: el único lugar donde podía garantizar la seguridad del niño frente a Brutus, que es finalmente despachado por Julio César. La trama termina con el banquete en la galera real de Cleopatra, al cual sea une el mismo César, habiendo prometido reconstruir la aldea como compensación a los esfuerzos de los galos para proteger a su hijo. Este final atípico le granjeó algunas críticas al autor Uderzo.


Malaga Hoy

Héroes de autor

 Panini Comics publica dos obras imprescindibles para todo buen 'marvelómano'

JOSÉ LUIS VIDAL
27 Septiembre, 2017



Antes que nada, queridos lectores, hagamos un ejercicio de autodesengaño y, poniendo los pies en la tierra, démonos cuenta de que (hablando de comics de superhéroes) la propiedad de todos esos enmascarados que visten mallas y capa es de una onmipresente compañía, en el caso concreto de Marvel y DC Comics, Disney y Warner, respectivamente.

Toda esta introducción viene a cuento de que, aunque un autor deje su huella en una de las colecciones en las que trabaja, mostrando su talento como guionista o dibujante, siempre puede venir otro detrás que mate, resucite o transporte en el tiempo a ese personaje (¿tengo que citar, por ejemplo, el caso de Frank Miller y SU Elektra?)

Es por ello que, con la imaginación que se nos ha otorgado, vislumbremos una enorme biblioteca donde se guardan esas etapas de autores. Sagas, miniseries, one-shots, novelas gráficas que merecen estar entre lo mejor que se ha producido en, concretamente, la Casa de la Ideas.

Y resulta que en este mes de septiembre, Panini Comics nos deleita editando dos volúmenes que pertenecen, por derecho propio, a esa imaginaria colección.




En primer lugar, a mi modesto parecer, una de las mejores historias que se ha escrito nunca sobre el trepamuros, Spiderman: La última cacería de Kraven, como su propio título indica nos presenta al cazador de cazadores como nunca. Desquiciado, obsesionado con su pasado familiar y sobre todo por obtener su última y más codiciada presa, el hombre araña.

El guionista de tan simpar obra, J.M. DeMatteis, nos lleva de la mano con unos textos que ilustran a la perfección la locura, el miedo, la furia, que se apoderan de los protagonistas, donde encontraremos a un Peter Parker que se va a enfrentar a uno de su peores enemigos, pero esta vez no habrá ocasión para los chistes fáciles ni las acrobacias. Kraven quiere matar a la araña. ¿Lo conseguirá?

Y el tercer vértice del triángulo de esta historia lo protagoniza un ser desvalido, perdido en las cloacas de la ciudad, Alimaña.

Estos son los tres actores de esta función, magníficamente ilustrada por uno de los grandes dibujantes del medio, Mike Zeck. Nunca vimos a un Kraven tan fiero, tan loco, poseído por una obsesión.

En el tomo se incluyen, tanto las portadas, como varias páginas a lápiz que demuestran la maestría de Zeck y, cómo no, el maravilloso acabado final del entintador Bob McLeod.

La jungla urbana puede ser la más peligrosa de todas, y uno de los tres personajes no saldrá con vida de ella…




Tanto ésta como las aventuras de Los Vengadores de la Costa Oeste, recopiladas en otro tomo, se realizaron en la década de los ochenta, unos años en los que en la editorial Marvel hubo una maravillosa 'revolución creativa'. Nuevos autores, algunos de ellos muy jóvenes, habían cogido las riendas de las colecciones y estaban dándole peso, personalidad y dramatismo a los personajes creados por los 'padres fundadores', Stan Lee y Jack Kirby.

John Byrne fue uno de ellos, que en la cúspide de su fama (ya había pasado por los X-Men y 4F, entre otras) puso su talento en los nueve números que se incluyen en el volumen titulado La búsqueda de La Visión. En ellos, usando sus vastos conocimientos sobre el Universo Marvel, Byrne vuelve a contar la historia del sintezoide que tan de moda está en los últimos tiempos (gracias, claro está, a la magnífica miniserie firmada por Tom King y Gabriel Hernández Walta).

Esta división de Los Vengadores, formada por Ojo de Halcón, recibirá un fuerte golpe cuando uno de sus miembros, la citada Visión, desaparezca. Su esposa, la Bruja Escarlata, se encuentra al borde de la locura al desconocer qué ha ocurrido con su marido.

Byrne, con pulso firme va plantando líneas argumentales que, poco a poco, se irán resolviendo. Una de ellas es el extraño comportamiento de Tygra, la aparente traición de Pájaro Burlón, el misterio con los hijos gemelos de La Visión y Wanda, la llegada de un nuevo líder que no va a ser recibido con los brazos abiertos, la presentación de un nuevo grupo de 'héroes'…

Todo esto y mucho más podréis encontrar en una lectura que te atrapa de principio a fin, en la que su autor, John Byrne, dejó patente muestra de su increíble capacidad, tanto como dibujante, como en la labor de guionista, sabiendo mezclar a la perfección momentos dramáticos con alguna pizca de humor y, como no podía ser menos, unas trama espectacular.

Dos obras dos, que una vez más muestran las maravillosas historias que se han narrado en el Universo Marvel. Nuff Said!


Malaga Hoy



lunes, 25 de septiembre de 2017

La gran aventura del pintor de aves Audubon, en cómic

‘Sobre las alas del mundo’ recrea la vida del célebre ornitólogo

JACINTO ANTÓN
Barcelona 21 SEP 2017

Una ilustración de 'Sobre las alas del mundo, Audubon' (Norma Editorial)

El ornitólogo más famoso que ha existido, J. J. Audubon (1785-1821) , naturalista y artista en la época de la frontera y la colonización del Oeste en los Estados Unidos (de origen francés se llamaba Jean Jacques, pero como estadounidense se le conoce como John James), afrontó el inmenso reto de dibujar todas las aves del nuevo país en formación recorriéndolo lápiz, pinceles y cuaderno en mano como un pionero y explorador más y viviendo las mismas grandes aventuras y peligros (en la otra mano llevaba el rifle).

Tras una vida de esfuerzos y penalidades en la que el birder se mezclaba con el trampero, Julian Huxley con Daniel Boone, la realidad con el mito, Audubon produjo el asombroso The birds of America, un libro colosal en el que se dejó prácticamente la vida, consistente en 435 grandes láminas (el tamaño se denominó folio “elefante”) con dibujos de pájaros a escala natural coloreadas a mano. Es la obra ornitológica más famosa que se ha hecho jamás: de la primera edición, publicada por partes entre 1827 y 1838 y de la que se realizaron solo 200 ejemplares, algunos incompletos, se vendió uno en 2010 por la friolera de 12 millones de euros. Las láminas muestran 497 especies de aves de Norteamérica, incluidas seis actualmente extintas, como la cotorra de Carolina, la paloma migratoria y el alca gigante. Audubon bautizó 91 especies de pájaros (es verdad que en algún caso hasta cinco veces la misma).

El Audubon real, en un retrato de la época.

Ahora, el guionista Fabien Grolleau y el dibujante Jérémie Royer han acometido otro reto aparentemente igual de descabellado que es el de llevar la vida y la empresa de Audubon al cómic. Y lo han hecho maravillosamente en una novela gráfica, Audubon, sobre las alas del mundo (Norma editorial) cuya publicación coincide muy pertinentemente (y ahí se celebrará) con el Delta Birding Festival, la gran cita ornitológica que abre hoy viernes sus puertas en el Delta del Ebro (hasta el domingo), con numerosas propuestas científicas y de ocio.

Dibujar la biografía de Audubon no implica solo reconstruir y plasmar su compleja personalidad, (con aspectos de visionario) y su época y los grandiosos paisajes naturales en los que se adentró buscando sus aves, sino dibujar los propios pájaros, y, para complicarlo aún más, las láminas que Audubon pintó. Someterse a la comparación con la maestría artística de Audubon es meterse en un buen embolado.Añadamos que la vida del naturalista, sembrada de leyendas, es de todo menos fácil de reconstruir y ha sido tradicionalmente un quebradero de cabeza para sus biógrafos.

Nacido en la entonces colonia francesa de Saint-Domingue, hoy Haití, como resultado de la relación entre un capitán de la marina francesa y una criada que murió al poco de nacer él, Jean-Jacques fue llevado a Francia y a los 18 enviado a Pensilvania, donde su padre tenía una plantación, para evitar que lo reclutaran en los ejércitos napoleónicos. El chico sin embargo tenía la cabeza llena de pájaros (no lo podríamos decir mejor) y se consagró a realizar dibujos de aves, su gran obsesión.

Una página de 'Sobre las alas del mundo, Audubon'.

El cómic, que mezcla el realismo con algunas imágenes de tinte surrealista como alucinaciones de la mente de Audubon, nos muestra parajes virginales, los vapores de palas de Nueva Orleans, indios, osos, bisontes, y sobre todo, claro, pájaros, con momentos sublimes.

El relato sigue a Audubon en varios momentos de su vida y flash backs arrancando con una expedición ornitológica al Misisipi en 1820. Lo primero que vemos, incluso antes que a él, es una bandada de gansos del Canadá. Su tesón aparece muy bien retratado, así como su entusiasmo, su valor y su testarudez en conseguir su propósito, aún a costa de su vida familiar, y en lograr que la comunidad científica se interese por su trabajo considerado demasiado artístico.. Asistimos a momentos que dieron pie a algunas de sus grandes estampas, como el de los cuitlacoches rechazando el ataque de una cascabel a su nido o los halcones peregrinos despedazando a una presa,. Aparece también el famoso flamenco. Las viñetas plasman toda la complejidad y la ambiguedad de Audubon, un hombre que no solo no dudaba en matar las aves que le fascinaban para dibujarlas (era lo lógico en una época en la que no existían cámaras de fotos capaces de captarlas al natural) sino que opinaba que cuantos más ejemplares cazaras mejor. El pasaje del cómic en que dispara sobre una pareja de carpinteros reales (picamaderos picomarfil) y luego los exhibe muertos pone los pelos de punta a cualquier birdwatcher con corazón....Pero, en fin, es el santo patrono, era Audubon.


El Pais