martes, 7 de julio de 2026

La zona sombría de la moral y el cruel anhelo del bien


El buen samaritano (1647), de Balthasar van Cortbemde. Wikipedia

La nueva edición de Etica de la compasión reúne muchas obsesiones de Joan-Carles Mèlich: la finitud, la gramática heredada, el deseo y la ambigüedad de las decisiones

Por Use Lahoz

Hay una frase de Joan-Carles Melich, incluida en el prólogo de esta edición de Etica de la compasión, que podría resumir buena parte de su trayectoria filosófica: "Para un ser finito no hay posibilidad de existir en una calma total sin desprenderse de un pasado que nunca esta definitivamente cancelado, de un presente que no se reduce a la actualidad ni de un futuro que se vislumbra borroso en el horizonte. Ninguna existencia puede evitar la extraña sensación de la disonancia". Este ensayo, publicado originalmente hace más de una década en la editorial Herder, regresa hoy en una edición revisada para afirmarse como una de las obras filosóficas más singulares del pensamiento español contemporáneo. Desde La lección de Auschwitz, donde la barbarie del siglo XX se convertía en punto de partida para pensar los límites de toda pedagogía moral, hasta Filosofía de la finitud, La sabiduría de lo incierto, Lógica de la crueldad o La fragilidad del mundo (Premio Nacional de Ensayo 2022), Melich lleva décadas construyendo una filosofía de la vulnerabilidad, de la contingencia y de la sospecha frente a cualquier sistema moral demasiado seguro de sí mismo. Lo humano no comienza en la autonomía, sino en la dependencia, y Ética de la compasión condensa esa intuición. Ya en el prólogo, Melich afirma que toda ética que sitúe la finitud en su centro requiere necesariamente de compasión.

Para el filósofo catalán, la ética no tiene que ver con el qué, sino con el cómo, el cuándo, el dónde, el quizá. La distinción entre ética y moral aparece enseguida con la claridad que caracteriza su obra. Si la moral está formada por normas, códigos, hábitos, mandamientos, reglas de decencia y gestos propios de una cultura concreta en un momento determinado, la ética, en cambio, nace de las situaciones irrepetibles de la vida ordinaria; depende de la imprevisibilidad, de las relaciones, del encuentro con un otro cuya demanda nos obliga a responder sin saber nunca del todo qué responder.

No es casual que dos de los grandes interlocutores filosóficos del libro sean Arthur Schopenhauer y Emmanuel Levinas. Del primero hereda la compasión como reconocimiento del sufrimiento compartido; del segundo, la idea de que el otro comparece antes como exigencia que como concepto.

Pero Mèlich no se limita a la filosofía. Como en libros anteriores, vuelve a la literatura, a la poesía y al relato bíblico. En este caso, al episodio del buen samaritano del Evangelio de san Lucas. Lo revolucionario de la parábola no es solo que alguien ayude a un desconocido herido al borde del camino, sino que el prójimo deja de ser una categoría previa -definida por raza, religión o nación— para convertirse en aquel que se acerca y responde al sufrimiento concreto. De los tres caminantes, solo uno responde. Y lo hace sin cálculo, sin garantía de reciprocidad. Ser ético, para Mèlich, no consiste en actuar bien, sino en actuar sabiendo que nunca actuamos del todo bien".

Uno de los conceptos más sugerentes del ensayo es el de "gramática". La gramática heredada designa el conjunto de palabras, hábitos, sim-bolos y estructuras que recibimos antes incluso de elegir. Nadie comienza de cero. Pero vivir, para Mèlich, significa también desertar parcialmente de esa gramática. Aquí aparece la extraordinaria cita de Paul Celan: "Solo si soy desertor soy fiel". Desertar de lo heredado puede ser, paradójicamente, la única forma de honrarlo.

Otro gran tema del libro es el deseo. Somos seres finitos con deseos infinitos. El deseo está siempre a favor de la vida. No hay hombre que viva sin soñar despierto. En esa tensión entre realidad y deseo, entre lo heredado y lo posible, entre la gramática y su ruptura, se juega buena parte de la existencia.

No menos luminoso resulta el diálogo con Rainer Maria Rilke. Al comienzo de la cuarta de sus Elegías de Duino, Rilke escribe: "Somos conscientes a la vez del florecer y el marchitarse...". El pasaje le sirve a Mèlich para distinguir entre experimento y experiencia. El experimento pertenece al ámbito del control: cuando todo sucede como estaba previsto, en realidad no sucede nada. La experiencia, por el contrario, pertenece a lo imprevisible, a aquello que interrumpe nuestros cálculos y nos transtorma.

Apoyado también en pensadores como Ernst Bloch, Helmuth Plessner, René Descartes e Immanuel Kant, y acompañado siempre por escritores como Franz Kafka, Samuel Beckett o el propio Rilke, Melich argumenta brillantemente que toda moral posee siempre una zona sombría, que los decálogos crean inevitables espacios de exclusión y que el anhelo del bien puede adquirir formas de crueldad. La ética de la compasión que defiende Melich se aleja de las morales tranquilizadoras y nos obliga a cuestionar nuestras convicciones, nuestros prejuicios, nuestra idea misma del bien. Acechados por la inhumanidad y el dolor, la ética aparece allí donde una demanda ajena nos desestabiliza y nos obliga a responder. Decía Ludwig Wittgenstein que si un hombre pudiera escribir un libro de ética verdaderamente ético, ese libro destruiría como una explosión todos los demás libros del mundo. Es un debate sin tregua en el que Etica de la compasión nos recuerda que, antes de cualquier teoría, fuimos - y seguimos siendo-seres heridos en manos de otros. Y lo hace, además, con una rara claridad, sin exhibición erudita, sin solemnidad académica, con esa prosa limpia y melancólica que distingue a Mèlich y que convierte la lectura en un ejercicio casi compulsivo de subrayado.


Ética de la compasión

Joan-Carles Melich

Tusquets, 2026

320 páginas. 21,90 euros



Babelia Núm. 1.803 Sábado 13 de junio de 2026



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