domingo, 10 de mayo de 2026

El colmillo de la serpiente Jerome Charyn/Jose Muñoz Norma




El colmillo de la serpiente supone, ante todo, el feliz reencuentro con un autor que llevaba ya demasiado tiempo ausente de nuestros quioscos. Es, además, el primer trabajo de envergadura que José Muñoz realiza sin el guionista Carlos Sampayo, lo que, además de ser toda una novedad, constituye una ocasión inmejorable para valorar en su justa medida las aportaciones realizadas por el talento y la potencia gráfica del dibujante en el universo creativo del tándem argentino. Por si fuera poco, el guionista que le acompaña en esta ocasión, el norteamericano Jerome Charyn, ya estaba suficientemente avalado entre los lectores españoles por el espléndido álbum La mujer del mago, sobre todo, y por el notable Boca de diablo, dibujados ambos por Boucq. Sobre el papel, un bocado más que apetitoso para paladares finos y exigentes.

Pero el resultado, tras un primer acercamiento, es escurridizo y desconcertante: el guión no acaba de ser redondo y el dibujo ofrece una apariencia deslavazada, lejos de los mejores trabajos de Muñoz. Y sin embargo, la obra inquieta y aturde. Y sus últimas páginas golpean sin piedad nuestras conciencias acostumbradas a los finales felices y a los héroes de papel, dejando una extraña desazón, un extraño vacío que nos obliga a retomar la lectura y a sumergirnos de nuevo en la negrura de sus páginas. Tras la segunda dosis, no nos preocupan ni las posibles lagunas del guión ni la apariencia del dibujo; los personajes nos arrastran, las imágenes nos agarran del cuello y la narración nos conduce por caminos que desbordan los límites de lo tangible para instalarnos definitivamente en el mundo de las emociones y las sensaciones.

Esther Madrid es sargento de policía en Nueva York, perseguidora implacable de narcotraficantes; acaba de ser proclamada Miss América del Norte en un concurso de culturismo cuando recibe la noticia de la desaparición de su hermano Félix. Su búsqueda la llevará hasta las montañas de Chile, donde se introducirá en una extraña secta, "El colmillo de la serpiente", en la que su propio hermano oficia de santón y maestro. Todo un montaje creado por el inquietante Coronel O'Hara, que ha hecho de la secta su fortín y su base de operaciones para sus negocios con la coca. Se trata de una historia bastante clásica en su planteamiento y desarrollo, enmarcada en los limites de thriller, pero enfocada con la suficiente dosis de libertad como para dar cancha a las inquietudes y neuras de sus dos autores. Uno de los atractivos de esta obra es, precisamente, ese carácter de punto de encuentro, de mestizaje, de dos personalidades diferentes, procedentes de culturas muy distintas y con distintas visiones del tebeo. Ni Charyn es el típico guionista de historieta ni, por supuesto, Muñoz es un dibujante normal; ambos parecen empeñados en dejar su sello personal en todo lo que tocan. En el caso de Charyn, sus historias siempre inquietan por la presencia de elementos fantásticos y mágicos en medio de ambientes sórdidos y opresivos. De Muñoz poco más podemos decir que no se sepa ya (y si queda algún despistado, no tiene más que remitirse al anterior número de U, el Hijo de Urich). Baste decir que se ha adaptado a las exigencias del guión, pero que ha sabido convertir el proyecto en algo literalmente suyo; ha vampirizado la historia servida por Charyn y la ha retomado con una visión tan absolutamente personal, hay tanta presencia de sus temas y preocupaciones políticas y morales, de su estilo narrativo, de sus experimentos y hallazgos (con el lenguaje con la composición, con el encuadre), y es tanto el peso arrollador de su grafismo, que finalmente es muy difícil saber dónde empieza y dónde acaba su trabajo. Como él mismo dice, agarra la estructura propuesta por Charyn como una excusa para trabajar su propio mundo. Muñoz sigue contándonos sus obsesiones, utilizando, y reforzando incluso, muchos de los recursos habituales en sus trabajos con Sampayo: la multiplicidad de voces, la superposición de textos y bocadillos, la inclusión permanente de pintadas, eslóganes, carteles, frases publicitarias, fragmentos de canciones o discursos, la presencia continua de personajes anónimos y singulares que pueblan las viñetas y nos desgarran la mirada. Todo un arsenal de mensajes "subliminales" que puede parecer gratuito, barroco, entorpecedor del ritmo de lectura y del hilo narrativo. Pero para Muñoz todo eso también forma parte de la historia: ese mundo de sensaciones v emociones al que antes aludía se construye no sólo con las luces sombras de su magistral entintado: también con este tapiz denso, confuso y abigarrado bajo el que se mueven sus personajes, con esta profusión de mensajes escondidos que, como bofetadas, nos obligan continuamente a detenernos, tomar aire y prepararnos para recibir la siguiente (hasta los cielos tienen pintadas escritas y las nubes hablan tomando forma de serpientes). Muñoz no esconde sus intenciones; lanza mensajes cargados de cinismo con una clara vocación ética y política, y lo hace interfiriendo en la historia, interrumpiéndola a veces, emulando las estrategias de la propaganda y el mercado para denunciarlas. Perlas como "Venta de niños enteros o en partes", "Muérase y calle", "Vote a los ladrones porque si no vienen los asesinos" son sólo algunos ejemplos entresacados de las páginas de este álbum.

Pero decíamos también que la apariencia del trabajo de Muñoz es más descuidada que en otras ocasiones, menos plástico, visualmente menos atractivo; el grafismo es más duro, el entintado más rígido y áspero, los rostros más desnudos que nunca. Es fácil encontrar cuerpos y figuras dibujadas imperfectamente o apenas esbozadas fondos resueltos con mancha inconexas o con unas pocas líneas carentes de detalle, y escenas interiores faltas de profundidad o sin diferenciación de planos. Personalmente creo que no se trata de desinterés o descuido; considero que Muñoz sigue evolucionando en su dibujo, profundizando cada vez más en su intento de desnudar la viñeta, de simplificar los elementos y de componer con lo mínimo imprescindible, con la rotundidad de la mancha, con el contraste, con la modulación de la línea, con la gestualidad de la pincelada. En definitiva, de hacerse menos descriptivo y más expresivo, abstracto si se quiere, y adoptando, además, soluciones distintas para ambientes y situaciones distintas. La economía del dibujo se une a una elección de encuadres y planos muy original que enfatiza siempre el lado íntimo de los personajes; pocas veces habremos vistos unos ojos y unas miradas tan estremecedoras dibujadas con tan pocas líneas.

El dibujo acompaña a un guión igualmente austero, plagado de silencios, de diálogos breves y precisos, de un lenguaje afilado y seco. Desde un punto de vista meramente técnico, y dado que se trata, a fin de cuentas, de un cómic policíaco, el guión flojea en su desarrollo dramático: ni el progreso de la investigación ni la resolución de los problemas y las situaciones comprometidas resultan creíbles (a esta sensación de incredulidad contribuye también la puesta en escena de José Muñoz, que en ocasiones, fundamentalmente en alguna pelea, renuncia descaradamente a la verosimilitud, permitiéndose incluso un tono irónico). Pero está claro también que a Charyn eso le preocupa poco; le importan, fundamentalmente, los personajes y sus relaciones; o mejor dicho, la imposibilidad de relacionarse entre unos y otros, la imposibilidad de conocerse entre sí y la dificultad de conocerse a sí mismos. De ahí que los personajes actúen de manera imprevista para el propio lector, que en realidad sabe bien poco de ellos. Esther Madrid, finalmente, es capaz de derramar lágrimas a pesar de su máscara dura e impasible; el Coronel O'Hara, el tirano de la coca, desfallece emocionado ante la simple visión de un amasijo de músculos; Félix se mira al espejo con la mirada perdida tras haber regresado de los límites de la locura y sin saber cuándo estuvo más loco, cuándo más muerto; pero sobre todo, Silverio, el extraño brujo con cara de ángel aniñado, el personaje que sirve de nexo entre todos los personajes, que juega con unos y otros, que sirve a todos y a ninguno, que engaña con la ingenuidad aparente de quien lo hace todo por amor o cariño sin ser consciente del daño que provoca. Silverio, un personaje con un extraño poder sobre los animales y con una inmensa capacidad de fascinación sobre los humanos y, supongo, sobre todos los lectores sensibles, es, realmente, el personaje que le otorga al álbum su dimensión mágica y turbadora. Por eso el final resulta particularmente amargo y emotivo, capaz de hacer derramar un par de lágrimas a la mismísima Miss América del Norte.

Afortunadamente, hay autores que siguen empeñados en buscar nuevas posibilidades para la historieta, nuevas capacidades expresivas. La historieta seguirá creciendo gracias a ellos, por más que para algunos este criterio se aleje de su canónico modo de elegir a los mejores autores de todos los tiempos. Para concluir, y aunque sea una guerra que queda ya algo lejana, no me quedaría a gusto si no lo digo: un canon de los comics que deja fuera (¡que ni siquiera cita!) a historietistas de la talla de José Muñoz (¡hijo del mismísimo Alberto Breccia!) es, para mí, un canon inservible y aberrante.

Enrique Bonet


U, el hijo de Urich #14 enero 1999



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