El faro del fin del mundo / Jacinto Antón
Una imagen del tanque Tiger I, de Der TigerComo irredento fan de los tanques Tiger -todos tenemos nuestras debilidades, aunque sea por un pesado carro de combate del III Reich: 57 toneladas de leyenda-, me ha gustado muchísimo Der Tiger (El tanque), la pelícbonheur
Der Tiger, que se puede ver en Prime Video, cuenta la historia de un Tiger I y su tripulación enviados a una extraña misión en el frente ruso: tienen que atravesar las líneas enemigas y traer de vuelta a un coronel. La operación te hace alzar la ceja desde el principio: ¿envías a una misión de rescate a un solo tanque (un tanque pesado) y sus cinco tripulantes, sin ningún tipo de apoyo, ni siquiera un pelotón de infantería? Las aparentes incongruencias, sin embargo, y algunas imágenes pesadillescas, tienen explicación al final y no digo más que luego me corren a gorrazos (precisamente).
Hay que señalar que Der Tiger, aunque es aparentemente una película bélica muy canónica -e impecable en su factura, gorra aparte-, es también algo más, con puntos de contacto con Apocalypse Now (la patrulla enviada a localizar al militar perdido en medio de la locura de la guerra, las drogas, LSD y anfetaminas, respectivamente) e, inesperadamente, me ha parecido, con El corazón del ángel, aquella película en la que Mickey Rourke se embarcaba en una pesquisa diabólica que le llevaba hasta un secreto infernal. En el fondo, la misión de los tanquistas de Der Tiger es adentrarse en el corazón de las tinieblas conradiano, las externas y las internas.
Aunque la película puede verse esencialmente como un reverso alemán de Corazones de acero, el filme con Brad Pitt centrado en un tanque estadounidense Sherman, y su tripulación, compuesta también por cinco hombres enviados a una misión (mantener una encrucijada) y que se enfrentan a un Tiger, los alemanes no podían producir un filme épico como aquel, que en última instancia acaba como un canto al valor y el compañerismo. Al hacer cine bélico de la Segunda Guerra Mundial, los alemanes no pueden (y seguramente ni deben) perder de vista que eran los malos y que el Tiger y sus tripulantes no dejaban de ser parte de un régimen asesino de una parte de un régimen asesino de una inaudita violencia criminal, mientras que el Sherman de Pitt aplastaba también gente a su paso, pero estaba liberando Europa.
Ese estigma, y ser los perdedores, hace que las películas bélicas alemanas (desde la pionera El puente, de 1959, a Das Boot: El submarino, Stalingrado, la miniserie Hijos del Tercer Reich y esta misma) tengan un tono muy particular, oscurísimo y desesperanzado: el espanto y la muerte consustanciales a la guerra no pueden hallar nunca la (relativa) redención del coraje y del luchar por una causa justa -derrotar a los nazis y su terrible inhumanidad- como pasa con los filmes de los países que combatieron al III Reich. Con esa premisa no es raro que no les salgan películas muy alegres. No ha de haber nada que parezca que glorifica la guerra o se recree en ella, ni por asomo. Ni que apunte a relativizar o mitigar la culpa alemana.
En Der Tiger, con su curiosísimo (casi extravagante) guión, eso se cumple a rajatabla. Y mira que hay un momento en que el Tiger y sus ocupantes llegan a un pueblo ruso en medio de una sanguinaria acción de un Einsatzgruppen y parece que vayamos a encontrarnos con un discurso tipo los SS eran los malos y el ejército regular, la Wehrmacht, un contingente apolítico que luchaba por su país una guerra limpia. Finalmente la escena cobra un significado absolutamente contrario a esa idea perversa y falsa. Y es muy simbólica y significativa la ilusión última a los hornos como meridiana metáfora de culpabilidad.
El Pais. Sábado 17 de enero de 2026

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