jueves, 10 de marzo de 2022

revista dBD HS09 Homenaje a Moebius

Diez años ya del fallecimiento de un autor de la historieta fundamental, Jean Giraud "Moebius". No encuentro un momento mejor para mostrar el homenaje que en su momento más de 100 autores realizaron para honrar a un autentico monstruo del comic. 100 páginas que se quedan cortas.




























































































 

«Gallardismo» por Álvaro Pons

Por Álvaro Pons  23/02/2022 

Miguel Gallardo, con una curiosidad casi ingenua, volcaba en el dibujo su necesidad de comunicar y expresarse.



¡Qué mal lo han pasado los críticos intentando etiquetar a Miguel Gallardo! La tan asentada manía de etiquetar y crear ismos de supuesta y fundada coherencia chocaba de plano con un creador cuya única máxima a lo largo de su vida era dibujarlo todo. La necesidad de agrupar obligatoriamente bajo supuestas guías invisibles lo convirtió en sus inicios en alma máter de la “línea chunga”, el nombre bajo el que se intentaba dar cobijo a aquellos que no seguían las indicaciones de Hergé de línea clara, concentrados alrededor de la rabiosa diferencia de El Víbora.

El enfrentamiento, que logró ser hasta relevante y mediático aunque no tuviera más consecuencias que las lesiones derivadas del famoso partido de fútbol entre chungueros y clareros, no dejaba de ser paradójico: cierto es que las historietas de Makoki o El niñato que firmaba con Mediavilla eran divertidísimas parodias de esa realidad de una transición recién estrenada en una Barcelona de delincuencia, lumpen, sexo y drogas. Pero ya desde las primeras páginas descubrimos que si bien lo que narraba podía encajar en el adjetivo de “chungo”, difícilmente podía achacársele a la línea de Gallardo.

Miguel Gallardo.

El icónico Makoki es nada más y nada menos que la versión frenopática con bata y cables en la cabeza de Óscar, el amigo de Popeye que creara Segar. Y esa pista nos permite tirar de un hilo que descubre una continua investigación: Gallardo se sumergía en la historia del cómic para ir absorbiendo influencias con una facilidad pasmosa, que irá plasmando en una serie de historias que le llevarán a la práctica de un afortunado pastiche que tendrá en Los sueños del Niñato la apertura de un auténtico y gozoso delirio visual.

Pero la investigación de Gallardo es generosa: el dibujante crea caminos que deja perfectamente asfaltados para que los demás puedan seguirlos, abre puertas que nunca se cierran, sin pedir nada a cambio más que el instantáneo alivio de su inmensa curiosidad. A mediados de los 90, en plena reconversión de un cómic que buscaba identidades y posibilidades ante las dificultades económicas, vuelve a ir contracorriente de todos con Un largo silencio.



La memoria histórica no era ajena al cómic, ahí estaba Carlos Giménez con más de dos décadas de historietas que conformaron y dieron sentido a ese concepto, pero parecía un espacio reservado prácticamente en exclusiva al magisterio del creador de Paracuellos, en el que casi asustaba entrar. Sin embargo, adaptando los diarios de su padre Gallardo no solo logró uno de los relatos más lúcidos de la guerra civil, sino abrir definitivamente un camino que luego sería seguido por muchos más. 

Pero el espíritu de Miguel Gallardo no era el de un aguerrido explorador que hiciera honor a su apellido: su búsqueda nacía de una curiosidad casi ingenua, incansable y abierta, que volcaba en el dibujo una pasión vitalista, una necesidad de comunicar y expresarse usando lo que mejor sabía hacer. Y así, su trazo fue haciéndose cada vez más orgánico, más sencillo, más natural, buscando en la espontaneidad un camino que le permitiera contar con la misma facilidad con la que se tomaba una caña con un amigo.  

Sin perder ni un ápice de su personalidad labrada en una estética que llevó sus ilustraciones a las páginas de las revistas más reconocidas, pero abriendo un espacio que le permitiera un relato personal e íntimo. María y yo necesitaba ese estilo, esa sencillez que se traduce en sinceridad a borbotones para contar a los demás lo que era tener una hija autista. 

Sin drama ni estridencias, sin traumas ni catarsis, simplemente el relato de la relación con María, de su cotidianeidad, desmontando con la realidad los mitos del autismo pero sin triunfalismos ni mentiras, contando los miedos, los buenos y los malos momentos.

De nuevo, pionero sin proponérselo, solo buscando cómo contar lo que sentía para que otros supieran qué es el autismo, y descubriendo que esa manera de dibujar sin pensar era la etiqueta perfecta de sus dibujos en las entonces incipientes redes sociales.

La actividad del “Capitán Gallardo”, el nombre que decidió poner a su perfil de Instagram, fue un reflejo de su reflexión sobre lo cotidiano, de esa honestidad aplastante de quien mira sin juzgar, solo preguntándose.

Y durante unos años, los dibujos de Gallardo se convirtieron en compañía cercana y diaria, en editoriales de vida en los que un día presentó al boniato, el glioma que le fue detectado en 2020.

En apenas unos meses, una pandemia llegó al mundo y un tumor a su vida, quizás razones más que sobradas para que cualquiera se hundiera, pero para Gallardo fueron acicates para seguir dibujando sus sensaciones y sentimientos, para seguir creando impulsivamente y trasladar a los lectores lo que le salía de dentro.

Tras el primer combate victorioso, recopiló su experiencia en Algo extraño me pasó camino de casa, un testimonio nacido de las vísceras, que hablaba de la muerte, del miedo, de la confianza en la medicina, de la amistad y del amor sin perder nunca el sentido del humor.



Pero, durante el último año, desde las redes nos fue contando que el boniato se resistía a dejar su cabeza, que volvía y volvía a martirizarle. Y nos contaba igual la lucha, la resistencia…Hasta que hace unos meses el Miguelito dibujado nos anunciaba que se iba a la Luna, que de mayor sería astronauta, que ya estaba en la Luna.

En ese momento no quisimos entender que era el anuncio de que el pérfido boniato le había ganado la partida a su cuerpo, pero lo que si comprendemos ahora es que nunca sojuzgó su mente. Que pese a invadir su cerebro, sus pensamientos nunca abandonaron esa mirada ingenua y curiosa al mundo, incluso hacia ese incómodo pasajero que le acompañaba.

Gallardo está ahora en una luna, quién sabe cuál, pero seguro que estará dibujándola de arriba abajo, cambiándola, preguntando y riendo.


Gráffica


Trascendiendo el dolor

Gian Alfonso Pacinotti es uno de los historietistas europeos más talentosos e influyentes de la actualidad con su mirada incisiva y poética


JAVIER FERNÁNDEZ

04 Marzo, 2022 


El local

Gipi. ECC. 208 páginas. 22 euros


Gipi (seudónimo de Gian Alfonso Pacinotti, Pisa, 1963) es uno de los historietistas europeos más talentosos e influyentes de la actualidad. Tiene una mirada incisiva y poética, que suele dirigir hacia temas dolorosos, con la rara capacidad de trascenderlos y hacerlos universales, a lo que suma una narrativa personalísima, marcada por esa línea suelta tan característica, su hermosa forma de aplicar las acuarelas, una permanente voluntad de experimentación y un ingrediente propio, imposible de clonar, por más que lo hayan intentado sus numerosos epígonos. Verán que hablo de él con pasión, como también lo haría de otras luminarias contemporáneas como David B., Frederik Peeters o Joann Sfar, nombres que revolucionaron la escena del viejo continente en el cambio de siglo con propuestas idiosincráticas y poderosísimas, capaces de abrir caminos sin dejar de conectar con los lectores.

Títulos como La ascensión del Gran Mal, Lupus, El gato del rabino o S. son clásicos contemporáneos que renuevan la fe en la historieta de autor, frente al ruido insistente y vacío de la producción en serie, una especie de equivalente en viñetas a la nouvelle vague cinematográfica, en la que forma y contenido fueron llevados a nuevos límites para recordarnos que ver, mirar y observar son verbos distintos.

Viene todo esto al hilo de la reedición por parte de ECC de El local (Questa è la stanza, 2005), el tercer álbum de un Gipi que empezó más tarde lo habitual su carrera como historietista. El italiano había cursado formación artística en la década de los ochenta y había hecho sus pinitos como ilustrador y caricaturista en los noventa, firmando alguna que otra historieta, aunque no se decidiría a empezar una primera novela gráfica hasta 2001. Su álbum de debut se tituló Exterior de noche (Esterno notte, 2003), y allí volcó el gusto experimental que mencioné más arriba. Le siguió un título memorable, Apuntes para una Historia de Guerra (Appunti per una storia di guerra, 2004), publicado, como el anterior y todos los que han venido después, por la editorial boloñesa Coconico Press, y luego Los Inocentes (Gli innocenti, 2005), con una hechura más descuidada. En esas estaba cuando murió su padre, y el dolor como material creativo acabaría por inundar su poética. Fruto de la tormenta emocional, trasladada al papel no como tema, sino como deseo de escapar de ella, contemplando la pérdida y asumiendo que es parte de la vida misma, dibujó esta historieta de un grupo de amigos apasionados por la música y sus ensayos en la habitación de una vieja granja.

Una excusa, o, mejor, una metáfora que le permitió plasmar temas personales de distinta índole y en la que el propio espacio se convierte en un protagonista más. Dice Gipi que quizá sea su álbum "más débil" porque refleja la propia debilidad que sentía, pero gustó mucho, por su ternura y su honestidad y por la afortunada decisión de abandonar el bitono de sus anteriores obras y dar el salto al color. Su siguiente paso sería S., pero esa es otra historia.


Malaga Hoy


El asesinato de Dios

JAVIER FERNÁNDEZ

04 Marzo, 2022 


EL MISTERIO RELIGIOSO

Grant Morrison, John J. Muth ECC. 88. 14,95 euros


La Biblioteca Grant Morrison de ECC recupera un viejo tebeo del guionista escocés, El misterio religioso, publicado originalmente en 1994 por el entonces recién creado sello Vertigo. Pertenece, pues, a esa etapa intermedia entre La Patrulla Condenada y Los Invisibles, en la que aún no había terminado de definirse como el salvador de los superhéroes.

Acompañado por un magnífico John J. Muth, nos presenta aquí un thriller con la religión, el teatro, las pequeñas comunidades y las miserias humanas en primer plano.

Y es que una localidad rural inglesa es sacudida cuando una representación cristiana termina con la muerte del actor que interpreta a Dios y la convivencia se envenena con acusaciones, sospechas y viejas rencillas.


Malaga Hoy


martes, 8 de marzo de 2022

El Green Lantern de Morrison

JAVIER FERNÁNDEZ

04 Marzo, 2022 


GREEN LANTERN: AGENTE INTERGALÁCTICO

Grant Morrison, Liam Shapr ECC. 176 páginas. 19,95 euros


Después de pasar una década obcecado en redefinir la naturaleza del universo DC (desde 7 Soldados de la Victoria hasta El Multiverso), Morrison se tomó un respiro, en lo que a superhéroes se refiere y volvió en 2018 con El Green Lantern, su versión del célebre policía espacial. Claro está que, siendo Morrison, la propuesta tiene elementos metaliterarios por los cuatro costados, pero quizá lo más llamativo de esta peculiar serie es cuanto la han disfrutado aquellos que suelen quejarse de la densidad del trabajo del guionista.

Personalmente, me parece lo mejor que se ha hecho con el personaje desde hace décadas (ya ven que Geoff Johns no es lo mío), un tebeo imaginativo, sorprendente, sofisticado y sobresaliente. Agente Intergaláctico es el título del volumen que recopila las primeras seis grapas. Ah, y dibuja, y de qué manera, Liam Sharp.


Malaga Hoy


lunes, 7 de marzo de 2022

The Batman: el detective y la máscara

Publicado por Juanma Ruiz

The Batman. Imagen: Warner Bros.

En mayo de 1939, aparecía en los quioscos estadounidenses el número 27 del tebeo Detective Comics, publicado por la editorial homónima. Contenía en su interior, como era costumbre en la época, un puñado de historias cortas vinculadas entre sí únicamente por el tema especificado en su cabecera, en este caso el género detectivesco, generalmente con un toque noir e inevitablemente pulp. Por ejemplo, entre la decena de aventuras que componían aquel número, se podía encontrar la undécima entrega de un serial sobre Fu Manchú, un caso para el sabueso privado Sam Bradley y la primera aparición de una figura curiosa, un tipo que se disfrazaba de murciélago para perseguir y combatir a los más variopintos criminales. Surgido de la pluma del nunca suficientemente reconocido Bill Finger y de los lápices de Bob Kane, Batman pronto se convirtió en la estrella de la revista Detective Comics, cuya editorial pronto sería conocida tan solo por sus iniciales.

Toca recordar esto porque, entre las muchas versiones, visiones y reescrituras del Hombre Murciélago —la gran mayoría perfectamente válidas e interesantes, no me malinterpreten—, a menudo tiende a olvidarse ese origen policíaco de un superhéroe que, al menos en las viñetas, suele ser descrito por sus amigos y enemigos como «el mejor detective del mundo», Holmes nos perdone. Y no es solo una cuestión de oscuridad, como muchos se aprestan a reclamar a cualquier nueva adaptación del héroe enmascarado, sino, por encima de todo, de procedimiento: el del personaje y el de quien se sienta tras la cámara. El Batman detective es aquel que trabaja con su cerebro antes que con sus puños y batcachivaches, y de eso hemos visto muy poco hasta ahora en el cine; apenas unos instantes en la primera cinta de Tim Burton nos mostraban a Bruce Wayne desentrañando la mortal trampa químico-cosmética del Joker interpretado por Jack Nicholson. En el cómic, por suerte, hemos visto aflorar esa faceta mucho más a menudo, en alguna etapa particularmente afortunada como la escrita por Greg Rucka a principios de este siglo, y que tuvo una cierta continuidad espiritual en el spin-off Gotham Central, donde Rucka y otra pluma afín al género negro, Ed Brubaker, se dedicaron a contar el día a día del departamento de policía de Gotham City liderado por el comisario Gordon.


The Batman. Imagen: Warner Bros.

Y se diría que son aquellos números los que anidaban en la cabeza de Matt Reeves a la hora de concebir su mastodóntica visión del Caballero Oscuro. Porque The Batman es, ante todo y por encima de todo, un monumental film noir donde el estilo policíaco de Rucka y Brubaker sirve para plantear una historia de caza al asesino más cercana tonalmente a los thrillers de David Fincher que a los Burton, Schumacher (¡gracias a Dios!), Nolan o Snyder (ídem) que han desfilado tras la cámara en las películas previas del murciélago. Aquí no hay batplano, batarang ni bat-repelente de tiburones. Por no haber, apenas hay batcueva ni batmóvil: el coche que utiliza el héroe es más funcional que vistoso y, salvo por su turbina trasera, no desentonaría en cualquier garaje. Y, hasta que el tramo final la cinta acaba por ceder a las convenciones del género (y aun así consigue elevarse por encima de estas gracias a un puñado de ideas visuales y argumentales), tampoco hay una sobredimensión innecesaria del relato de misterio.

Pero lo más sorprendente de todo es la forma en que Reeves consigue hacer que convivan una extremada estilización visual —la plasticidad de la luz y el color de algunas escenas es arrebatadora— y un insólito poso realista, que es probablemente el mayor y más improbable rasgo distintivo de la cinta. Es un verismo que tiene que ver en parte con el guion y en parte con el diseño de producción, pero también, y esto es más interesante, con el trabajo de cámara. Porque el cineasta filma a su Batman no como un dios —Snyder—, ni siquiera como un superhéroe —Burton y Nolan—, sino sencillamente como un hombre. Un hombre que camina entre los policías como uno más, que no se eleva en la composición del plano por encima de nadie, que llama a las puertas y camina por las estancias sin aspavientos. A la vista de esta película, parece como si todos los directores previos hubieran eludido mostrar las acciones más prosaicas del personaje para incidir en su dimensión mítica, mientras que Reeves se recrea en filmar su parte mundana. Y así, a fuerza de encuadrar, uno casi llega a creerse la existencia de este tipo disfrazado, no especialmente corpulento, ni siquiera demasiado alto, que colabora con un inspector de policía para resolver un caso de asesinato. Batman vuelve a ser, sin más, un detective.

Y en este enfoque novedoso (¡resulta que tal cosa era posible, incluso con un personaje tan trillado!) el director no se olvida de lo que verdaderamente le importa: ahondar en las implicaciones que alguien como el Hombre Murciélago tendría si existiera en una sociedad de carne y hueso. Nolan ya lo apuntó en su trilogía, y Frank Miller lo plasmó mucho antes en la viñeta: es delicado, por no decir cuestionable, lo de convertirse en modelo de conducta cuando uno va por ahí disfrazado de rata voladora tomándose la justicia por su mano. Quizá por eso la película no se corta a la hora de trazar una geometría variable de paralelismos, visuales y narrativos, entre el protagonista y muchos de sus personajes: Batman y Enigma, Batman y Catwoman, Batman y un casi inexistente Bruce Wayne.

Porque esta es, además, la primera película que no habla apenas sobre el multimillonario huérfano, sino de forma casi exclusiva sobre su alter ego nocturno. Robert Pattinson domina la función en todo momento, pero apenas le vemos sin máscara unos pocos minutos de entre las tres horas de metraje. Lo deja muy claro él mismo, por medio de una voz en off, en los compases iniciales del film: tras dos años como vigilante y justiciero, el hombre ha sido engullido por el murciélago, y es a este último a quien vemos y acompañamos. Y eso, que podría haber sido una de las mayores debilidades de la película —¿alguien se imagina a un Spider-Man sin su correspondiente Peter Parker?—, es lo que acaba por redondear la apuesta de un director que ha entendido que, en lugar de tratar a las dos caras del héroe como entidades separadas, era más interesante entenderlas como un solo ser, y ahondar en las emociones del hombre que se esconde tras la máscara… o que quizá, después de tanto tiempo, ya resulta indistinguible de ella.


The Batman. Imagen: Warner Bros.


Jot Down



El mundo al revés

JAVIER FERNÁNDEZ

04 Marzo, 2022


BATMAN: CABALLERO BLANCO (BIBLIOTECA DC BLACK LABEL)

Sean Murphy. ECC. 224 páginas. 26 euros.


Recuerdo como si fuera ayer aquel día de la navidad de 1984 en que leí por primera vez el número 22 del Daredevil editado por Cómics Forum. Los viejos roqueros ya sabrán que se trata de un tebeo de Frank Miller, y los que tengan buena memoria habrán caído en que es el último de su primera etapa al frente de la serie, Ruleta, ese en que el héroe se sienta junto a la cama de hospital del villano, juega con él a la ruleta rusa y acaba concluyendo que uno y otro no son sino dos caras de una misma moneda.

El mismo tema fue explorado por Alan Moore, lector y estudioso en su juventud de aquellos episodios clásicos del Hombre sin Miedo, en su famosa La broma asesina, considerada por muchos la mejor historieta del Jóker jamás contada. Con un tono perverso, Moore trasladó la reflexión al universo de Batman y nos convenció de que la línea que separa a Batman de su némesis es más delgada de lo que aparenta. (O aparentaba, porque no sé la de veces que se ha insistido en esta cuestión desde entonces, yo diría que hasta el hartazgo.)

Sin embargo, siempre queda margen para la sorpresa, o, al menos, el interés, cuando se trabaja con tópicos. Véase, si no, el Spiderman Superior, de Dan Slott, Ryan Stegman y compañía, que tuvieron la ocurrencia de "matar" al Hombre Araña y hacer que su némesis, el Doctor Octopus, usurpara su cuerpo y su identidad, difuminando las fronteras morales entre ambos. Y también Sean Murphy se sumó a la fiesta con la miniserie de ocho números Batman: Caballero Blanco (2017-2018), cuya recopilación sirvió a DC para inaugurar la línea Black Label, que propone versiones alternativas de su universo dirigidas a una audiencia madura.

La idea de partida aquí es que el Jóker se ha curado de su locura, se ha pasado a la política y se postula como un héroe ciudadano, teniendo como principal meta la caída de Batman, a quien considera el mayor villano de Gotham. Murphy escribe bien y dibuja como los ángeles, así que Caballero Blanco se ha convertido en todo un hit, con múltiples ediciones en tiempo récord.


Malaga Hoy


domingo, 6 de marzo de 2022

Tras un gran escritor, solo hay un hombre

¿Qué es el éxito, las alabanzas, el reconocimiento mundial si tras una irónica máscara se esconde una persona a las que las dudas acucian?


JOSÉ LUIS VIDAL

02 Marzo, 2022 

¿Creéis en las casualidades? Yo cada vez más, y la última en sucederme me reafirma en mi convicción, ya que tras abrir el buzón y recibir el contenido de este sobre pienso en mis años mozos, cuando mis ansias lectoras exigían una salto de aquellas bisoñas novelas juveniles, o los whodonits de la Sra. Christie, a otros terrenos literarios aún desconocidos para un servidor.


El Diablo y el señor Twain


Guion: Koldo Azpitarte

Dibujo: Mikel Bao

Tapa dura

Color

192 páginas

19.90 euros

Dolmen Editorial


Resulta que un buen amigo poseía una colección dirigida, en principio, a los jóvenes. Publicada por la editorial Anaya, aquellos 'Tus libros' me abrieron las puertas a textos maravillosos, clásicos inmortales la mayoría, de los que destacaría un par: La terrorífica novela epistolar escrita por Bram Stoker (que, y vuelvo al tema de las casualidades, tiene un papel en esta nueva obra) y un librito escrito por Mark Twain, autor al que conocía, y no me enrojece reconocer, por la versión animada de las aventuras de sus personajes más conocidos, Tom Sawyer y Huck Finn.

Aquel volumen era, como podéis suponer, El forastero misterioso…

Y volvemos al presente, y a la flamante edición que la editorial Dolmen pone en nuestras manos, y tras disfrutar de su lectura pienso que si tuviéramos que ponerla como ejemplo en un diccionario sobre Noveno Arte, el lugar más apropiado sería para ilustrar a la perfección lo que muchos eruditos del medio han calificado como 'Novela Gráfica'.

Este no es el lugar ni el momento para extenderme en consideraciones de formato, extensión, etc. Pero sí comentar que en muchas acaloradas discusiones se ha intentado definir este formato, y creo que en este caso los autores han dado totalmente en el clavo, ya que tanto la utilización del texto y los diálogos, medidos al centímetro, como el soporte gráfico, componen un todo indisoluble que, sumado a la extensión de ésta, le aporta una cualidad novelada.

En El Diablo y el señor Twain nos encontramos, sobre todo, con ese otro nombre, el verdadero, de este autor universal, Samuel Clemens. Pese a esa imagen que él mismo creó de personaje de verbo ágil, cuya principal arma fue la ironía, aquí se nos presenta, en sus momentos más íntimos, como una persona agobiada por multitud de problemas personales, ya fueran los referidos a la nula gestión de su patrimonio, que casi lo llevó a la ruina total; sumando estos a una maldición que parecía perseguir a sus más allegados, la enfermedad.

El éxito no lo es todo, y aunque vamos a convertirnos en un invitado más a cenas, estrenos e inauguraciones de postín, esa cara de Twain es, precisamente eso, una máscara que él mismo moldeó y que tan solo se quita en soledad o junto a su familia.

Pero claro, en este relato hay otro protagonista, aquel que, portando siempre un sardónico gesto, llegará a la vida del escritor para, bajo la piel del magnate Henry Huttleston Rogers acude para auxiliarle en sus momentos más oscuros, ofreciéndole una salvadora mano.

Aunque ya todos sabemos lo que ocurre cuando uno se relaciona con El Diablo…

A lo largo de un periplo casi inacabable, Twain recorrió el mundo, tal vez huyendo de sí mismo, incapaz de regresar a su tierra, los Estados Unidos de América. Y a lo largo de este tiempo en su mente se irá gestando la trama de esa novela de la que os hablaba al principio de este texto, El forastero misterioso.

Esta novela gráfica, que tiene como autores a Koldo Azpitarte al guion y Mikel Bao al dibujo, merece que uno se siente y la disfrute con tranquilidad, sorbo a sorbo, capítulo a capítulo (que nacieron precisamente como historias cortas en la revista La Resistencia, siendo la génesis de la obra) seguiremos a Twain, que va a conocer a infinidad de personajes que nos van a resultar más que conocidos (Stoker, Tesla, Freud…), luchará contra sus miedos, fantasmas, y finalmente hará un 'viaje' (dickensiano, diría yo) muy especial junto a ése que le acompaña en el título de esta singular y recomendable obra.


Malaga Hoy