jueves, 11 de enero de 2018

Hergé y las manzanas de Tintín

Publicado por Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay


© Hergé-Moulinsart

¡Odio a Tintín!

Viniendo de Hergé, la frase resulta desconcertante.

¡Odio a Tintín! ¡Usted no sabe hasta qué punto!

La soltó en un arrebato. Eran demasiados años soportando las exigencias de ese hijo mimado. Pero, en realidad, el dibujante era un padrazo. Para el cómic europeo por lo menos. Un adelantado, un virtuoso, un genio, un… «Estoy harto de esos elogios, estoy harto de volver a hacer por enésima vez el mismo gag, harto de hacer reír con chistes fáciles, harto de dar lo mejor de mí, mi esencia, mi vida, en una obra (que no menosprecio ni subestimo, por cierto), harto de ser una máquina de hacer historias…».

Nunca pensó en hacer del dibujo su profesión. «La profesión de dibujante no existía: o eras pintor y llevabas una gran chalina y un gran sombrero… y vivías en la miseria, o eras empleado de banca o de lo que fuera». Su padre trabajaba en un taller de confección; también la madre era sastre (por eso iba él siempre tan elegante), pero apartó su labor al nacer el pequeño Geo (se pronuncia dʒɔ), un 22 de mayo de 1907, en Etterbeek. En casa hablaban el neerlandés y un dialecto local que es el que chapurrean los sildavos y los arumbayas: el marollien. «Soy un bruselense auténtico». Como las coles, los waffles y Audrey Hepburn. «Mi madre hubiera preferido una niña. Por eso me dejaba crecer el pelo…». Tirabuzones rubios. Un bebé insoportablemente mofletudo. «Solo era bueno cuando tenía un lápiz en la mano y un trozo de papel». Hala, para que el niño se distraiga, que entonces no había iPads, a ver si así se calla y no da la tabarra. «Cuando tenía siete, ocho, diez años, en el colegio, dibujaba pequeñas historias en los márgenes de mis cuadernos». Asediaba con cowboys y soldados prusianos la libreta de literatura francesa; el manual de economía política le servía como campo de pruebas para barcos y avionetas; ataque por tierra, mar y aire a David Copperfield; los logaritmos, al paredón. Lo cual no quita que el chaval sacara sus matrículas de honor… Huyó en retirada de las clases de dibujo cuando un profe le puso ante una columna de escayola y, venga, copia. «No me interesaba, ¡yo quería dibujar monigotes, dibujar cosa vivas!».

Las primeras historietas que publicó fueron Las aventuras de Totor, jefe de patrulla de los abejorros. «Como yo era boy scout, me puse a contar la historia de un pequeño boy scout». Salían en la revista de su grupo escultista, donde Georges Remi firmó por primera vez como Hergé, sus iniciales al revés pronunciadas en francés (solía decir que se reservaba su nombre real para más adelante, cuando se sintiera maduro para el Arte en versales). «Aquello todavía no era un cómic de verdad…». Faltaban los bocatas, tan extendidos ya en la prensa norteamericana. «Se trataba de una historia escrita e ilustrada».

Siempre se llevaba los lápices y el bloc de excursión. «Me apasionaba ser scout». Hasta entonces, la infancia de Zorro Curioso (ese era su apodo) había sido monótona y gris. «Es con el escultismo que el mundo empezó a abrirse para mí… Todo era camaradería, deporte y aventura». Aprendió morse y primeros auxilios, a montar una tienda de campaña (que tenía su complicación antes de las 2 Second Easy del Decathlon), el truco del nudo pescador, cómo manejarse con un hacha y a encender una fogata… Además de competencias cinegéticas que a Tintín le servirían para masacrar la fauna congoleña. «Entonces era algo normal…» exterminar gacelas y detonar a un rinoceronte con dinamita en una viñeta. «Si pudiera, hoy lo cambiaría…». Porque Hergé amaba la naturaleza, marcharse de acampada al Tirol, a los Dolomitas. «Los Pirineos fueron el Tíbet de mi juventud». Justo estaba en la Val d’Aran, en Vielha, cuando se dio el culatazo de Primo de Rivera.

Hubiese querido ser un boy scout eterno. Y, si no, pues reportero. «Es posible que en mi niñez me hubiera imaginado en un rol parecido al de Tintín». Con dieciocho años entró a trabajar en Le Vingtième Siècle, un periódico católico ultraconservador de doctrina e información, pero le metieron en el departamento de suscripciones, donde se aburría como una ostra ostandaise copiando nombres y direcciones; así que se alistó en la infantería antes de que le llamaran a filas. Allí también se aburría. Combatía el tedio descargando caricaturas a diestro y siniestro.



© Hergé-Moulinsart

Cuando se reincorporó al diario lo hizo ya como «reportero gráfico, dibujante y fotograbador». «¡Ah, no me hable de eso! Hice dos fotos en total: la de mi gato y la de un amigo que iba en bicicleta, y nadie (ni siquiera yo) ha podido distinguir cuál era el cliché donde aparecía el gato y cuál aquél donde debía figurar mi amigo en bicicleta». Realizaba gráficos, mapas, ilustraciones para el Quijote y Bambi. «De todo, yo hacía absolutamente de todo». Bajo los auspicios canónicos del abate Wallez, su superior, un periodista con sotana que adoraba a san Benito en su despacho (tenía un retrato del Duce dedicado). Bendijo el talento de Hergé y quiso sacarle provecho: ofició su ascenso y le encomendó crear para el suplemento infantil de los jueves un personaje nuevo, un reportero intrépido que viajara al país de los sóviets y diera noticia de cuán malo era el comunismo (Hergé aún recordaba con estupor el asesinato de la familia Romanov).

«La idea de Tintín me vino en cinco minutos… Le di una cara sin rasgos, para que todos los niños pudieran identificarse. Un rostro enmascarado… como si fuera el Zorro». Dicen que se parecía a su hermano Paul, cinco años menor, quien acabó rapándose el pelo, harto de que sus colegas le llamaran «Mayor Tintín» en el ejército. «Sus gestos y su comportamiento físico debieron de inspirarme sin que me diera cuenta». Como debieron de inspirarle su padre y su tío para crear a los Hernández y Fernández: Alexis y Léon Remi eran gemelos (de madre soltera, a Hergé le gustaba sospechar que el esperma incógnito de su abuelo era regio). «Los dos vistieron de manera idéntica hasta el final. Si mi padre tenía un bastón, mi tío corría a comprarse el mismo; si mi padre se regalaba un sombrero de fieltro gris… —estilo Magritte— ¡mi tío corría a por uno igual!». Cada domingo se les veía juntos de paseo. Ahí van los Dupond(t), míralos, uniformados como el típico policía de paisano. Tan clavados eran que, antes de acostarse, la madre de Hergé sometía a su marido a un cuestionario íntimo, no vaya a ser que me hayan dado el cambiazo y me meta en la cama con mi cuñado. Los dos agentes ineptos, en cambio, se diferencian por el mostacho, y no son hermanos: son representantes irrisorios de la autoridad y el funcionariado. Tal es mi opinión y la comparto.

Respecto al Capitán… ¿Hammock…? ¿Paddock…? ¿Bardock…? ¿Harrock… n’roll? «En realidad no conozco a nadie que se parezca al capitán Haddock». El nombre se le ocurrió comiendo merlán al horno… ¿o fue al recordar el musical Le Capitain Craddock? Años más tarde se enteró de que, por una de esas coincidencias, existió un tal Sir Richard Haddock que fue almirante de la Royal Navy en el siglo XVII, y bien pudo ser coetáneo de Francisco de Hadoque.

Por lo que a la Castafiore concierne, Ninie era una tía discordante de Hergé que atormentaba a la familia cual ruiseñor milanés. Por culpa de sus arpegios, el autor le cogió manía al género: «Raramente me he sentido emocionado por una ópera. Me aburre, para mi gran vergüenza… Es más, confieso que a menudo me da risa». Aun así, un aria de Bizet se cuela en La oreja rota y una de Puccini en Los cigarros del faraón. «Me gusta mucho la música, pero no soy nada experto. No recibí ninguna educación musical, algo que siento». Entraba a trabajar silbando jazz; era un incondicional de Django Reinhardt; dibujaba escuchando a Schubert y a Pink Floyd, Chopin y David Bowie, Bob Marley, Jacques Brel, Beethoven. No se perdió el musical Jesucristo Superstar y financió el primer concierto de Keith Jarrett en Bélgica, sobre quien dijo: «Es como si Debussy no hubiese muerto».

Tornasol, por su parte, es un Auguste Piccard surrealista en versión reducida. «Hice un mini-Piccard porque, si no, hubiera tenido que aumentar el tamaño de las viñetas». El suizo medía casi dos metros de altura. «Me lo cruzaba a veces por la calle, y me parecía la encarnación misma de la sabiduría». Ambos científicos acumulaban bajo sus cráneos despejados una mata de pelo distraído y un conocimiento lunático: si uno inventa un balón estratosférico y un batiscafo, el otro inventa un cohete y un submarino tiburón, una máquina de ultrasonidos, un televisor a color, una rosa blanca (Hergé era un jardinero entusiasta), patines motorizados, pastillas contra el alcohol y… ¿Dónde dice usted que ve un halcón? (!) La sonada sordera del profesor es la que aquejaba a un compañero de Hergé en el periódico; el nombre, Tryphon (traducido extrañamente como Arsenio o Silvestre) lo sacó de un carpintero que conoció, y el péndulo, de su propia afición por la radiestesia, muy en boga durante los años veinte y treinta.

© Hergé-Moulinsart

En cuanto a Milú: «Lo elegí porque para un reportero era más fácil viajar con un perro que con una jirafa o con un cocodrilo. Y entonces estaban de moda los fox de pelo duro…» semejante al que tenía el dueño de un café, en el Boulevard Bischoffsheim, donde los redactores del Vingtième Siècle iban a comer. Él, sin embargo, era más de gatos. A Thaïke, una siamesa, la sacaba a pasear con correa, y menudo disgusto cuando Kang-Hi se fugó, ¡nueve meses desesperados buscando al prófugo! Hasta que lo encontró malviviendo en un contenedor. Cierto que tuvo una whippet, pero no se llamaba Milú, sino Leila. Quien se llamaba Milou era su primera novieta. La relación no rindió más porque el suegro le dio calabazas, porque adónde vas, chaval, que solo sirves para llenar las servilletas de dibujos, olvídalo, no tienes ningún futuro.

Hergé no tardó en ganar más pelas que cualquier otro joven de su edad. En 1938 se regala su primer coche, un Opel Olympia beige descapotable (como el que dibuja en El cetro de Ottokar). «¡Oh! Hubo una época en que me encantaban los automóviles… Adoraba conducir». Y fumar. Los cigarrillos más caros del estanco, los Craven A. «No tengo suficiente fuerza de voluntad para dejar de intoxicarme con el tabaco». Un par de paquetes diarios. «Intenté sin éxito dejarlo en dos o tres ocasiones, pero me sentaba tan mal (no se me ocurrían ideas ni conseguía trazar un dibujo) que acabé sucumbiendo de nuevo».

Era el dibujante de historietas mejor pagado de su época. «Es verdad, el dinero entraba con facilidad; pero mi trabajo no ha sido fácil, ya lo sabe… Me ha dado muchas alegrías, pero a menudo el dolor de la creación resulta inhumano… Hay días en que todo el cansancio que debería sentir Tintín se cierne sobre mí». Desaparecen los fines de semana, la Navidad, el Año Nuevo, la Semana Santa… Su jornada laboral se alarga. «Siento salir la fatiga de mi cuerpo como si fuera sudor. Pero más exactamente la siento como un bicho malvado agazapado en mi nuca». Quince horas diarias. «No puedo sufrir el menor contratiempo: ni una gripe, ni la cárcel, ni una teja en la cabeza… La historia DEBE continuar». Porque «quien hace una obra, sea Tintín o La comedia humana, sea Hergé o Balzac, da igual, no piensa en otra cosa que en la obra, se vive para la obra: todo lo demás es tiempo perdido, tiempo robado a la obra. El hombre que crea está hechizado. Hay que estar hechizado para crear».

Padece insomnio y dispepsia. «Acabo atontado, molido, como para recogerme con una cucharita…». No hay quien le aguante de irritable. Teme heredar la psicosis de su madre. «No soporto la soledad ni la sociedad». Le da por llorar y por limpiar el Lancia. «La única cosa que me sienta bien es nadar». Escaparse a Ginebra, comer percas y remar en el lago Léman. «¡Pero no me puedo pasar el día dentro del agua!». Necesita descansar. «Para el creador, el descanso es el trabajo de creación; su relajación llega cuando contempla la obra terminada y juzga que es un trabajo bien hecho». Pero el talento es un anacoluto insatisfecho (¡lepidóptero, cataplasma invertebrado, caníbal vegetariano, oso mal peinado… Mrkrpxzkrmtfrz!). «No digo que no fuera deseable haberse dado un respiro. Digo que era imposible. Para mí, arrancarme de mi trabajo para ir al cine o al teatro era toda una tortura. Mi cine y mi teatro eran mi mesa de trabajo».

Te todas formas, nunca le gustó el teatro: «He olvidado el título de la primera obra que me llevaron a ver mis padres. De lo único que me acuerdo es de que alguien en esta obra muere en un duelo. Tras la última frase, el telón cae. ¡Imagínese que el muerto se levanta y viene a saludar al público! Estupefacción: está entre los actores, tan contento, todo sonrisas… ¡el muerto! Yo estaba anonadado. También indignado. ¿Cómo podía ser? Todo era un engaño». Con el cine no se sentía tan estafado. «Ahí los muertos al menos tenían la decencia de no venir a desfilar después de su óbito». Iba con su madre todas las semanas, a la misma sala de las Galeries Royales donde los hermanos Lumière proyectaron sus cortos en 1896. Películas de Max Linder, de Harry Langdon, de Charlot. Una carcajada estallaba en el patio de butacas y una guerra estallaba fuera, la Segunda.

© Hergé-Moulinsart

Tampoco en este caso segundas partes fueron buenas: el teniente de reserva Remi fue movilizado para confiscar bicicletas; le concedían dos días de permiso a la semana para sus planchas. El país del oro negro se estaba publicando por entregas en Le Vingtième Siècle, pero las fuerzas del Eje interrumpieron la historieta, más o menos en la página treinta, cuando Tintín está a punto de ser atrapado por una tormenta de arena. Se avecinaban malos tiempos: las patatas eran tan escasas como el papel; suerte tenía de su editor portugués, que le enviaba por correo sardinas, chocolate, café. «Ya empezaba a pensar seriamente en echarme a cantar a la calle…». Los alemanes solo le censuraron el álbum de La isla negra (¿por la kilt que luce Tintín?) y el de América (con este título ya ni lo abrimos, seguro que es una apología de los Estados Unidos). No debieron de leerse El cetro de Ottokar, o no se dieron cuenta de que el malvado de la trama, Müsstler, es un engendro de Mussolini y Hitler que trata de anexionarse un imaginario país balcánico, a imitación del Anschluss austriaco.

Este cómic tampoco se lo debieron de leer quienes tras la liberación acusaron de colaboracionista a Hergé, a él, que tenía a su hermano preso de guerra en Alemania, sí, a él, que festejó el 4 de septiembre del 44 descorchando una botella de whisky con Edgar Jacobs. «Señor, ¡libéranos de nuestros protectores y protégenos de nuestros libertadores!». El autor es el único que figuraba dos veces en la «Gallerie de traîtres»: una como Hergé y otra como Georges Remi. Los delatores poco sabían acerca de este último: «Imposible obtener ninguna información sobre el individuo» —yo aún diría más, imposible obtener ningún individuo de la información (!)—. Respecto a Hergé, «según algunas fuentes obtenidas, sería rexista, pero no hemos podido obtener confirmación». Da igual, estaba fichado ya, había prestado servicios a un periódico controlado por el ocupante alemán. «Estoy catalogado entre los traidores por haber publicado en Le Soir, así que me fusilarán o me colgarán (aún no está muy claro este punto). Lo peor que podría pasarme es que, habiéndome fusilado (o colgado) por mi colaboración en Le Soir, me refusilen (o me recuelguen) por mi colaboración en Het Laatste Nieuws, y que me requetefusilen (o me requetecuelguen) por mi colaboración en Het Algemeen Nieuws, donde mis Quique y Flupi llevan apareciendo desde septiembre de 1940. La primera vez que te fusilan es la peor. Después parece que uno se acostumbra…» (este humor debe de ser el famoso zwanze bruselense).

Bélgica fue el país donde se ejerció la depuración con mayor crudeza (después de Noruega): se detuvo a cerca de cien mil sospechosos, entre los cuales hubo unos ochenta y siete mil procesados. A Hergé le arrestaron y le soltaron… «Yo pertenezco al bando de los que practican su oficio con la mayor conciencia posible, y saludo a todas las víctimas de la guerra, pertenezcan al bando que pertenezcan». Le arrestaron y le soltaron. «Yo no soy de derechas ni de izquierdas. Trato de ser un hombre de buena fe». Le arrestaron y le soltaron. «Tomar partido por una ideología es lo contrario a lo que soy». Cuatro veces que le arrestaron y cuatro veces que le soltaron. Pasó una noche en prisión. Lo inhabilitaron para ejercer su profesión. «No entendía nada. Fue una experiencia de intolerancia absoluta. ¡Fue terrible, terrible…!». Pero con Tintín, ya se sabe, bien está lo que bien acaba: alguien estimó que «tomarla con el autor de unos inofensivos dibujos para niños dejaría al sistema judicial en total ridículo», así que obtuvo el certificado de civismo requerido para recuperar su vida laboral, sin necesidad de esconderse bajo el seudónimo de Olaf.

© Hergé-Moulinsart

Más tarde se le acusó de antisemita. «En efecto, representé a un financiero antipático con rasgos antisemíticos y nombre judío: el Blumenstein de La estrella misteriosa. Pero ¿eso significa antisemitismo?». La publicación de la tira cómica coincidió con el inicio de la persecución. «Vi a muy pocos judíos con la estrella amarilla, pero alguno vi. Me decían: algunos se han ido, han venido a buscarlos y se los han llevado». De los setenta mil que vivían en Bélgica, treinta y dos mil fueron exterminados. «No quería creerlo… Si hubiera sabido el alcance de ese horror hay dibujos que nunca habría hecho». En cualquier caso… «Me parece que en mi arsenal de tipos infames hay de todo: colonos ingleses maltratando a chinos, vendedores de muerte súbita alemanes, bribones japoneses, espantosos brujos africanos, gánsteres de Chicago, policías corruptos de nacionalidades diversas… Y la caricatura que hago de todos estos tipos clásicos de malvados nunca ha significado que yo fuera en bloque contra los amarillos, los negros o los blancos… Con la edad y la experiencia, cada vez creo menos que los buenos y los malos se encuentren separados por una frontera geográfica».

También se le ha tachado de racista con efecto retroactivo. «Bueno, ¡de acuerdo! Está Tintín en el Congo, lo reconozco. Estábamos en 1930. Lo único que sabía de ese país es lo que la gente contaba en esa época: “los negros son como niños grandes… tienen suerte de que estemos allá, etcétera”. Quizá era racismo, pero entonces no lo sabía… Era una época en que todo el mundo encontraba normal que un país tuviera colonias. En Bélgica teníamos la lotería colonial; un dibujo animado de un negrito anunciaba el paso de la publicidad en las pantallas de cine; la calle de las Colonias; tabernas que se llamaban, por ejemplo, La Colonial; los botones de los hoteles eran principalmente personas negras; un betún llevaba el nombre de Negrita…». En 2007, la biblioteca pública de Brooklyn retiró el libro de sus estanterías por considerarlo ofensivo e inapropiado para los niños. «Fue un pecado de juventud. No es algo de lo que reniegue. Pero en fin, si tuviera que hacerlo de nuevo, lo haría de otra manera, seguro. Y de todos modos, a cualquier pecado, ¡su perdón!».

Hubiera reincidido en El loto azul si no llega a ser por aquel artista chino, Tchang Tchong Yen (el Chang del libro). «Para mí, hasta entonces, China estaba poblada por personas con los ojos rasgados, muy crueles, que comían huevos podridos y nidos de golondrina, llevaban una trenza larga y tiraban bebés al río». Aparte de corregir disparates, su amigo llenó las viñetas de hànzis insurrectos que no sentaron nada bien al embajador nipón en Bélgica: «¡Abajo el imperialismo!». «¡Abolición al trato desigual!». «¡Fuera las mercancías japonesas!». La suya fue una amistad de usted, de domingos con té y creps. «Fue él quien me hizo tomar conciencia de la necesidad de documentarme sobre un país para construir un relato». Tintín se pasó al yoga y Hergé, que se había enganchado al budismo zen y al taoísmo, quiso aprender chino. También se leyó los viajes de Blasco Ibáñez y La condición humana de Malraux.

© Hergé-Moulinsart

«Nadie, créame, salvo los propios dibujantes, se puede imaginar la cantidad de trabajo, de investigación, de inventiva, que exige una historia dibujada… Es una labor de relojero, se lo aseguro. De relojero o de benedictino. O de relojero benedictino». Recortaba ideas de la National Geographic y otras tantas revistas de actualidad y de divulgación (o vulgarización) científica (le fascinaba el esoterismo). «La vida verdadera me parece lo suficientemente rica para que un creador encuentre en ella inspiración». Eso, ver, oír y cantar. Es nuestra divisa (!). Desde los diamantes que le robaron a Sophia Loren (Las joyas de la Castafiore) a la desaparición de Percy Fawcett en el Amazonas (La oreja rota), un accidente aéreo en el Mont Blanc (Tintín en el Tíbet), la guerra del Chaco (Tintín y los Pícaros), el avistamiento de Objetos Volantes No Identificados (Vuelto 714 para Sídney) o el tráfico de esclavos (Stock de coque). Para este último álbum se tiró cuatro días en un carguero sueco, haciendo croquis del ambiente marinero. «A veces tengo la impresión de que para matar a una mosca utilizo un cañón del 75». O un misil balístico intercontinental: se hizo construir una maqueta, mitad galeón francés, mitad fragata inglesa, para dibujar a todo detalle El unicornio (maqueta que se subastó por 39.000 euros hace poco). Al igual que mandó diseñar un cohete (con capacidad para siete personas y un perro), consultando a científicos y técnicos para que Tintín llegara a la Luna de la forma más realista posible ¡y quince años antes que el Apolo XI! «Jules Verne tuvo más suerte que yo… ¡Él pudo hacer de profeta un siglo!». Se compró una tele adrede para ver el espectáculo cosmonáutico, y a Neil Armstrong le envió un cómic dedicado: «By believing in his dreams, man turns them into reality».

Tuvo sueños que le atormentaban. Pesadillas que pintaban su inconsciente de blanco. Blanco asfixia blanco duro blanco náusea blanco espanto. «Todo era blanco, blanco, blanco». También el cómic en el que entonces estaba ocupado. Blanco albedo blanco helado blanco avalancha blanco Himalaya. «Eran muy angustiosos… Tomé nota de ellos, y recuerdo uno en el que…». ¿Era una botella de Borgoña y Haddock le intentaba descorcha la cabeza? «Recuerdo uno en el que me encontraba en una especie de torre. Caían hojas muertas que lo cubrían todo. En cierto momento, aparecía un esqueleto completamente blanco que intentaba cogerme. Y en ese mismo instante, el mundo se volvía blanco, blanco, a mi alrededor. Entonces huía, una huida desesperada…». Acudió a un psicoanalista a que se los interpretara. «Me escuchaba atentamente. Fue…fue… de ninguna ayuda. Me decía: ¡Mate al demonio de la pureza que está en usted!».

Aquel demonio de la pureza es el que le mantenía atado a la mesa de dibujo y a Germaine, su mujer (cuando aún estaba enamorado le llamaba «ma Ginette»). Formaban una cordada matrimonial agotada a esas alturas, tras repetidas caídas de grado sentimental-erótico. «Había en mí una sed de vivir, de vivir intensamente, de descubrir el mundo, los seres, los cuerpos, todo…». Hergé la engañaba con una y con otra. «La vida me era imposible con mi esposa». Pero ser infiel le martirizaba, por esa dichosa máxima que se le quedó grabada desde sus tiempos de explorador: un scout es puro en pensamiento, palabra y acción. «Estaba destrozado por completo». Él mismo se delataba y confesaba y se justificaba. «Es absolutamente normal que tenga una segunda mujer, eso ha existido siempre».

El idilio con Fanny Vlamynck perduró más allá de un calentón de gónadas. Andaban liados en El asunto Tornasol cuando la chica entró como colorista en los Estudios Hergé. Tenían veintiséis años ella, cincuenta y tres él. Decía, ella de él, que era un seductor y un amante ardiente y que un día en el ascensor… «Oiga, está en el orden de cosas que hablemos de mi trabajo, pero no me gusta que se airee mi vida privada». Pocas exclusivas obtendrán los paparazzi del Paris Flash (aparte de las protagonizadas por la soprano de Milán), porque en las historietas no aparecen muchas mujeres más: entre los trescientos personajes indexados en Tintín-Hergé. Una vida del siglo XX (Fórcola, 2011), solo quince (un 5%) son femeninos. «Pero no es por misoginia. Simplemente pienso que no tienen nada que hacer en ese mundo de amistad viril». Fregar la portería, como la Señora Mirlo. O pegar gritos de energúmena, como Peggy Alcázar, basada en una integrante del Ku Klux Klan que el autor vio en un documental. «¡Amo demasiado a la mujer para caricaturizarla!».

Cínico odioso, egoísta, monstruo, cruel. Así es como le veía su ex. ¿Resentida? Puede: Hergé descubrió que alguien había practicado vudú con un retrato suyo (sobra decir quién era la sospechosa número uno). Víctima de la magia negra o no, el caso es que tardó diez años en conseguir el divorcio de Germaine. Los trámites de separación con Tintín, en cambio, se quedaron en un intento frustrado por iniciarse en el arte abstracto. Tomó clases con Louis Van Lint y se ejercitó pintando unos cuarenta cuadros. «Enseguida me di cuenta de que lo que hacía carecía del menor interés y originalidad. Hubiera tenido que consagrarle toda mi vida. Y al tener solo una, y ya bastante avanzada, tuve que escoger: o la pintura o Tintín. Así que no tardé en volver (sin ningún pesar) a lo que mejor se me daba: la historieta». Repudió los lienzos en el desván, lugar propicio para que cualquier trasto se revalorice: uno de ellos (el que le dio a su criada española como regalo de bodas) se subastó hace unos meses por treinta y cinco mil euros. Según peritaje, su estilo era un simulacro adocenado de Paul Klee, Serge Poliakoff, Kandinski y Miró, por el que le sentía gran admiración. Colgó un cuadro del catalán en su despacho y otro en el camarote de Rastapopoulos, pensando (quizá) que Alfred Sisley pegaba más para las paredes de Moulinsart y Valerius de Saedeleer para el piso de la calle Labrador.

© Hergé-Moulinsart

La renta de Tintín financió la ecléctica colección de arte de Georges Remi. «Te has vuelto un esnob», le recriminaban amistades cercanas, «solo compras porquerías americanas». Si bien no es de extrañar su afinidad con el pop art; al fin y al cabo, fue él quien lo propició con su línea clara: «Hergé ha influido en mi obra tanto como Disney». Palabra de Andy. Conoció a Warhol en la Factory en 1972, quien le serigrafió cual Marilyn Monroe. Al dibujante dibujado le hubiese encantado encontrarse con Lichtenstein durante aquel viaje a Nueva York, pero no se dio la ocasión. Sin embargo, no solo adoraba a los Roberts Rauschenbergs; también a Jan Vermeer y a Brueghel y a Ingres y al Bosco y a Hans Holbein. Le maravillaba igual una estatuilla bambara, una máscara bobo y un vaso canopo que Miguel Berrocal, Alexander Calder o Nicolas Schöffer. Se compró una tela hendida a navaja por Lucio Fontana, y un Picasso y un Mompó y un Dubuffet y un LeWitt y un Smerck y un Herbin y un Dewasne y un Noland y un Stella y un Wyckaert y uno de Karel Appel y otro de Jasper Johns, y hubiera querido ese Rothko, pero nueve millones de francos era ya un abuso presupuestario. «No puedo vivir sin cuadros a mi alrededor». Modeló su sensibilidad estética bajo la tutela de su sastre primero y de Marcel Stal luego, que además de ser el presunto responsable de la expresión «Mille milliards de mille sabords!» («¡Mil millones de mil truenos!», en español) era el propietario de la Galerie Carrefour, donde casi todos los días, a las 12:05, convergía con otros diletantes para hacer el vermut (con ginebra y Noilly seco la abstracción se destila mejor). Hasta que le prohibieron el alcohol.

Ya se lo habían advertido los médicos y ya se lo había advertido una médium, que cambiara el french cocktail por zumo de pomelo (mezclado, no agitado) y el Château Lagune por bicarbonato. El Loch Lomond del capitán Haddock, ni olerlo. Ninguno de sus amigos lo vio nunca borracho; como mucho, achispado; pero sus problemas hepáticos venían de largo, y le dejaban extenuado. Quejándose de una fatiga intensa le diagnosticaron algo parecido a la leucemia, un cáncer parásito (¡mataperros, desalmado, zuavo, antropófago, chafalotodo, especie de semáforo visigodo, brontosaurio escapado de la prehistoria, sietemesino con salsa tártara, tecnócrata!).

Envejecido y demacrado, ya no tenía fuerzas para salir a comer fuera, y el restaurante La Villa Lorraine le enviaba a domicilio su menú tres estrellas. Se tomaba una trasfusión sanguínea cada quince días. Padecía continuas gripes, bronquitis, neumonías. «¿La muerte…? Es solo una dispersión de moléculas». Y Georges Remi sonreía, entubado en el hospital sonreía.

No dejó que Hergé terminara el Arte Alfa. El vigésimo cuarto álbum se quedó en tres planchas a lápiz, cuarenta y dos en borrador y Tintín a punto de morir comprimido en una escultura de César Baldaccini: «¡Tu cadáver figurará en un museo!», le amenaza el malvado de turno en un boceto. Y muy equivocado no andaba el tipejo: en 2007 el Centro Pompidou adquirió la página 12 de El asunto Tornasol para su colección permanente. El precio de los originales también ha adquirido estatus de obra mayor: en 2014, unas guardas alcanzaron la cifra récord de 2,65 millones de euros. ¡Por los bigotes de Pleksy-Gladz!

Tintín está superado. Su éxito no me interesa más. El manzano da sus manzanas, no se pregunta si son agrias o dulces, o secas o jugosas, ni si serán apreciadas. Pasa olímpicamente. Da sus manzanas y punto. Yo también he dado mis manzanas. Incluso he tenido la ventaja sobre el árbol de constatar que han sido apreciadas. Eran buenas, en efecto, me doy cuenta. Pero hay un tiempo para todo.

Conversación de tintinófilos

© Hergé-Moulinsart

Tintinófilo es cualquier persona que disfrute con las aventuras de Tintín (no hace falta saber a qué poeta recita el capitán Haddock en El tesoro de Rackham el Rojo, ni qué marca de tabaco fuman los agentes bordurios, ni el número de teléfono de la charcutería Sanzot). Tintinófilos eran Charles de Gaulle, Claude Lévi-Strauss, André Malraux, Françoise Sagan, David Bowie, la familia real belga (a quien Hergé, súbdito leal, enviaba los libros con dedicatoria)… Tintinófilos son Steven Spielberg, Dustin Hoffman, Sting, Roger Federer, Álex de la Iglesia, Arturo Pérez-Reverte, Josep Rull y Cristina Cifuentes (a juzgar por la decoración de sus despachos)… Y también los abajo parlantes: el filósofo Fernando Savater, la periodista y viajera Cristina Morató, el dibujante Paco Roca y el músico de Siniestro Total Julián Hernández (estos dos últimos homologados con el premio Tintinófilo del Año que entrega la Asociación Mil Rayos).

(Ah, por si alguien se quedaba con las ganas: Haddock recita a Lamartine, en Syldavia fuman cigarrillos Mazedonya y el número de teléfono de la carnicería Sanzot es el 421).

Fernando Savater: «Le debo a Tintín un regalo maravilloso: con sus álbumes aprendí a leer en francés. Y también gracias a él (es decir, a mi afán por poseer cuanto antes sus historias en cuanto aparecían) me decidí a chapurrear en la lengua de Voltaire, ya que mi madre ponía como requisito para comprármelas en alguna librería de Biarritz o Hendaya que yo mismo se las pidiera al dependiente en francés. También salía una revista que se llamaba Tintín, donde se iban publicando tiras antes de que saliera el álbum completo, pero a mí me gustaba más el álbum. Eran mucho más caros que los de Bruguera, pero también eran más largos y te duraban más».

Paco Roca (PR): «Los cómics de Bruguera eran de usar y tirar, mientras que los de Tintín te llegaban solo en cumpleaños o algo así».

Julián Hernández (JH): «Eran caros, realmente caros; no era como colgarte del brazo de tu madre pidiendo el Tío Vivo o el Pumby: en el caso de Tintín la respuesta era no. Recuerdo contemplar fascinado alguna portada en el escaparate de la librería La Rápida de Vigo… Así que los solía leer en casa de amiguitos de esos de familia numerosa donde les compensaba comprar aquello. Me pasé alguna fiesta de cumpleaños sin hablar ni jugar con nadie, solo leyendo alguna aventura que andaba por ahí».

PR: «Yo normalmente los leía en la biblioteca del colegio, pero el único que tenían era Los cigarros del faraón, que debe de ser el cómic que más he leído nunca. Podía pasarme un buen rato en una viñeta, fijándome en cada detalle. Para mí fue un antes y un después. Es un dibujo que no pretende destacar ni busca el virtuosismo que tiene. El rigor, la seriedad y el cariño que mostraba Hergé hacia el lector con cada uno de sus cómics es único. Creó un estudio con coloristas, gente que se dedicaba a trazar los decorados, otros a buscar documentación… Esa forma de trabajar, aún hoy, es una rareza (fuera de los superhéroes en Estados Unidos y de los mangas en Japón)».

Dibujo con el lápiz, y luego tacho, y vuelvo a empezar hasta que esté satisfecho. A veces, hasta agujereo el papel de tanto trabajar sobre un personaje.

Cristina Morató (CM): «Yo debería de tener trece años cuando cayó en mis manos el primer álbum (creo que era La isla negra), y fue un amor a primera vista: me fascinaron los dibujos y los escenarios exóticos donde transcurrían las historias. Su lectura me descubrió horizontes lejanos y despertó en mí la pasión por los viajes. Desde el principio me identifiqué con el intrépido reportero, sobre todo por su enorme curiosidad. También comparto su amor por los perros: a Milú nunca le trató como a una mascota, era su compañero de aventuras, como mi Mac, que también me acompaña de viaje y duerme a mis pies mientras escribo libros y artículos. En este sentido, Tintín tenía poco de reportero, porque yo nunca le veía escribir, ni cargaba con una máquina portátil; era más bien un detective camuflado, un joven valiente, astuto, amable, defensor a ultranza de los débiles y sumamente educado, el amigo que todos queríamos tener».

© Hergé-Moulinsart

El éxito ha venido de ahí, de que los niños, incluso los adultos, lo mejor que hay en los niños y en los adultos, se reconocían y se buscaban en el héroe.

PR: «Pues a mí me parece muy plano y soso; jamás lo tendría como amigo. La poca personalidad que pueda tener me da bastante grima: es como el resabido, siempre parece estar por encima de la situación y no suele mostrar sus sentimientos más allá de ese héroe arquetípico».

FS: «La verdad es que no es un personaje con muchos trasfondos: es asexuado y formal (lo que más detesto en el mundo), y su ideología resulta francamente conservadora. Es más completo el capitán Haddock, y el que más llama la atención. De hecho, apareció como un personaje más del coro en El cangrejo de las pinzas de oro y Hergé se vio forzado a darle más protagonismo porque enganchó al público».

JH: «Para mí es el mejor: por un lado bebe alcohol y, por otro, sus insultos no tienen igual en ningún otro personaje que yo recuerde en la historia del cómic. Luego, en lo musical, la Castafiore es tronchante, con la repetición ad nauseam del aria de Fausto (¿es que no sabe cantar otra cosa?) y el delirio de diva llevado al extremo».

PR: «Para mí, Las joyas de la Castafiore es la cumbre de Tintín. No hay lugares exóticos, todo ocurre en Moulinsart; es la antiaventura, un misterio sin misterio, algo totalmente costumbrista. Me parece de lo más arriesgado y todo un acierto».

JH: «Totalmente de acuerdo: es un misterio digno de Agatha Christie, aparece la prensa sensacionalista, Tornasol inventa la TV en color, están todos los personajes emblemáticos… ¿qué más se puede pedir? Y los gags prolongados de la carnicería Sanzot y el marmolista son imbatibles».

El esfuerzo no merece la pena. Desvivirse por ser ingenioso y divertido, yo, que no soy ni una cosa ni la otra…

FS: «Eran muy divertidos. Pero no sabría decir cuál es mi preferido… Yo es que veo la colección como un continuo… L’affaire Tournesol, por ejemplo, siempre me gustó mucho».

CM: «Yo me quedo con Tintín en el Tíbet, porque se nos muestra a un Tintín más humano, y los dibujos de los paisajes nevados son muy atractivos. Quizá los que menos me gusten sean los primeros álbumes y los más criticados hoy en día, pero fueron el inicio de una gran serie y reflejan la época en que vivió el autor. Tintín en el Congo se publicó en 1930 y presenta una visión muy paternalista de la dominación colonial que resulta infantil y simplista, pero de ahí a tachar a Hergé de racista, creo que es excesivo».

FS: «Hombre, es verdad que los belgas en el Congo hicieron muchas barbaridades, pero en el TBO teníamos a Eustequio Morcillón y Babalí, un explorador que capturaba animales salvajes para circos acompañado de un negrito, al que se le podría criticar lo mismo. Desde luego que a mí, a esas edades, no me causaba ningún problema moral».

CM: «El valor de Tintín es que refleja la historia del siglo XX con sus conflictos políticos y sociales. Una muestra es el poco protagonismo de las mujeres que aparecen en las viñetas: son secretarias, telefonistas, enfermeras, taquígrafas… mujeres casi invisibles, porque en la época ellas no tenían acceso a los puestos de dirección o de poder».

© Hergé-Moulinsart

Todos mis álbumes llevan la marca del momento en que fueron dibujados.

FS: «En la época había algún cómic protagonizado por niñas, como la pequeña Lulú, que a mí me divertía mucho. Pero es cierto que Tintín no era nada feminista, y la Castafiore no es que honre demasiado al género…».

CM: «No. En sus viajes alrededor del mundo bien podría haberse encontrado con alguna célebre aventurera de la historia. Por ejemplo, en el Congo belga yo le hubiera hecho coincidir con la exploradora Mary Kinsgley, una dama de lo más intrépida que, vestida con sus enaguas y corsés, se enfrentó a tribus hostiles y fieras salvajes mientras realizaba importantes estudios de campo. Hergé se habría documentado mucho, pero me temo que no conocía las hazañas de las grandes exploradoras que he rescatado del olvido en mis libros».

PR: «Un Tintín del siglo XXI tendría un punto más social…».

CM: «Desde luego, no podría ser ajeno al drama de los refugiados, por ejemplo. Yo le mandaría a Siria a realizar un reportaje sobre la guerra que azota a este país, y a Turquía para recorrer los campamentos donde viven miles de familias sirias a la espera de regresar algún día a su hogar».

JH: «¿Y al servicio de qué perverso grupo de comunicación global estaría hoy nuestro hombre? A alguien tendría que dorarle la píldora, y para eso tendría que escribir, cosa que lleva muuuuuuuucho tiempo sin hacer. Menos mal que le tocaron en gracia Moulinsart y el tesoro de Rackham el Rojo, que, si no, no tendría dónde caerse muerto».

CM: «De todas formas, sin el talento de su creador no tiene mucho sentido revivir las aventuras de Tintín».

JH: «Sí, en principio rechinan un poco los dientes. Pero no se puede decir nada. No las he leído, pero tengo entendido que las nuevas aventuras de Asterix, ya sin Uderzo, van mejorando un montón».

PR: «El rescatar personajes va un poco en la línea de lo que están haciendo muchos editores franceses para levantar la industria de la BD, por ejemplo con Blake y Mortimer, que además lo están haciendo muy bien, o con Spirou. Si se trata con cariño y respeto puede funcionar. Aunque antes habría que ver si a Hergé le hubiese gustado que otro autor reviviera a su personaje».

Creo que soy el único que puede dar vida a Tintín, a Haddock, a Tornasol, a Hernández y Fernández y a los demás. ¡Tintín (y todos los demás) soy yo! ¡Son mis ojos, mis sentidos, mis pulmones, mis tripas! Es una obra personal, al mismo nivel que la obra de un pintor o de un novelista: ¡no es una industria! Si otros retomaran Tintín, lo harían quizá mejor, o quizá peor. Pero una cosa es segura: lo harían de otra manera y, entonces, ¡ya no sería Tintín! Entiendo que haya dibujantes que traspasen sus personajes a otros… pero yo no podría hacerlo: no sería justo, no estaría bien, no funcionaría. Tintín no puede sobrevivir a Hergé.

FS: «Los devotos de Tintín envejecemos pero no le abandonamos… ¿Cómo logró apoderarse tanto de nuestras almas? La respuesta no es fácil, al menos para mí. Que a un niño de ocho o diez años le guste parece lógico. Lo curioso es que veinte o treinta años después lo releas y sigas encontrándole gracia al asunto».

CM: «Hace unos días, ordenando un armario, me encontré con algunos álbumes antiguos, los volví a leer y sigo pensando que Hergé era un genio».

PR: «Creo que aguanta bien el paso del tiempo. Aunque no sé muy bien a qué tipo de público va dirigido en la actualidad, si al adulto o al infantil. Yo de vez en cuando los ojeo por nostalgia, porque siempre descubres algo nuevo, pero me cuesta leerme uno entero».

JH: «Me temo que ahora es más difícil que un solo personaje consiga la atención que consiguió Tintín en el siglo XX, pero sigue estando ahí, qué demonios. Precisamente ahora me los estoy releyendo por orden cronológico, como también releo a Edgar Allan Poe y Kurt Vonnegut, mira tú. ¿Esto querrá decir que Tintín es un clásico?».

FS: «Es un clásico, uno de los productos inevitables de la cultura popular del siglo XX, en el sentido más artístico del término; no sé, como serían las canciones de Frank Sinatra».

Al final, albergar la ambición de ser un tipo extraordinario en arte, en ciencias o en política es un acto de vanidad (en el sentido de vano, inútil), desde el punto de vista del sentido último de la vida.

Bibliografía para tintinófilos (apta también para otras especies de la familia de los curiosum)

La colección de Las aventuras de Tintín publicada en la editorial Juventud (esa, la de los míticos lomos de tela).

Hergé, hijo de Tintín, de Benoît Peeters (Editorial Confluencias).

Hergé, lignes de vie, de Philippe Goddin (Moulinsart).

Hergé por él mismo, de Dominique Maricq (Zephyrum).

Las aventuras de Hergé, una biografía en formato cómic de Bocquet, Fromental y Stanislas (Norma Ediorial).

Tintín-Hergé. Una vida del siglo XX, de Fernando Castillo (Fórcola Ediciones).

Les personnages de Tintin dans l’Histoire (Le Point Historia).

Tintin et les forces obscures (Le Point Historia).

Les rêves de Tintin: entre métaphore et métamorphoses, de Pierre Fresnault-Deruelle (Georg Éditeur).

Hergé y el arte, de Pierre Sterckx (Zephyrum).

El ilustre Haddock, un recopilatorio de los improperios del Capitán (Norma Editorial).

Y ya, que tampoco es cuestión de nombrar aquí los más de seiscientos libros que hay por ahí sobre Hergé y Tintín.



Jot Down Cultural Magazine




















miércoles, 10 de enero de 2018

El origen de Santa Claus

Grant Morrison garantiza múltiples lecturas de un relato de heroicidad, secretos familiares, épica, magia y lucha contra la tiranía


JAVIER FERNÁNDEZ
10 Enero, 2018



'Klaus'. Grant Morrison, Dan Mora. Panini. 208 páginas. 20,9 euros.

Un fornido comerciante atraviesa las montañas nevadas, tirando de su trineo cargado de carne y pieles, y llega a la ciudad amurallada de Grimsvig. Busca hacer negocio con su mercancía, pero es recibido por un grupo de soldados que le da una paliza, le roba y lo devuelve a la nieve con las manos atadas, avisándole de que los forasteros no son bienvenidos por orden del barón que gobierna la ciudad. Es la festividad de Yule, en pleno solsticio de invierno, y otro mandato del barón ha prohibido los regalos a los niños, pues "todos los juguetes son propiedad del señorito Jonas", el hijo del barón, "para su goce y disfrute". Los soldados persiguen al forastero por la nieve, para rematarlo, pero una enorme loba blanca acude en ayuda del desdichado, ataca a los soldados y lo libera de sus ataduras. Más tarde, en plena noche cerrada en el bosque, el comerciante prepara un caldo sanador de propiedades mágicas y concita con su flauta a los señores de la luz que lo conducen, en medio de un viaje lisérgico, hasta una brillante daga. Al despertar, el hombre está rodeado de juguetes y se pregunta: "¿Qué hice anoche? ¿Y qué se supone que debo hacer ahora?". Así comienza Klaus, la nueva obra del afamado Grant Morrison, siete números dibujados por el ilustrador costarricense Dan Mora, publicados originalmente por Boom! Studios entre 2015 y 2016 y recogidos por Panini en un solo tomo que también incluye las cubiertas alternativas (entre ellas, una estupenda de David Rubín). Morrison ha cimentado su carrera con títulos tan imprescindibles del tebeo de superhéroes como Zenith, Animal Man, Doom Patrol, Flex Mentallo, JLA, New X-Men, All-Star Superman, Final Crisis, El Multiverso o una abultada ristra de trabajos para Batman que incluye la novela gráfica Asilo Arkham, la miniserie Gótico y la prodigiosa reinvención del personaje en diversas series y series limitadas a partir de 2006. Pero el escritor escocés también ha probado otras hebras, de la fantasía a la ciencia ficción, pasando por el terror, la ficción mitológica y territorios inclasificables, con apuestas personales como The New Adventures of Hitler, Los invisibles, We3, Joe the Barbarian,Happy! o Nameless, por citar solo algunas de las más destacadas. En este último grupo se enmarca Klaus, una fábula sobre el origen del mismísimo Santa Claus en clave de espada y brujería.

Como escribe Cels Piñol en el epílogo que cierra la edición de Panini: "¿Un argumento clásico? ¿Una historia inspirada por un origen de Santa Claus influenciado por las tradiciones druidas y del norte de Europa? ¿Una interpretación casi superheroica de Papá Noel? Hay muchas formas de introducirse en Klaus, porque el ingenio de su guionista, Grant Morrison, nos garantiza múltiples lecturas de este relato de heroicidad, secretos familiares, épica, magia y lucha contra la tiranía". Estos son los ingredientes de una lectura que Mora realza con unos dibujos bellos y espectaculares. No en vano, el joven artista ha ganado el premio Russ Manning Promising Newcomer 2016.


Malaga Hoy

Otro clásico de Moore

JAVIER FERNÁNDEZ
10 Enero, 2018



'Providence, 3: Lo innombrable'. Alan Moore, Jacen Burrows. Panini. 168 páginas. 18 euros.

Providence, la impresionante reinterpretación del imaginario de H. P. Lovecraft, es la última historieta importante que ha firmado Alan Moore, y se suma a otros trabajos de similares intenciones (aunque mucho menos ambiciosos) como The Courtyard o Neonomicon. Los doce números de este tour de forcé dibujado por Jacen Burrows fueron publicados originalmente por Avatar Press entre 2015 y 2017 y han aparecido en nuestro idioma en tres estupendos tomos editados por Panini. Lo innombrable es el título del tercero de ellos, que incluye los números 9 a 12, más las portadas correspondientes y el conjunto de portadas alternativas. Perturbadora y fascinante, cargada como está de referencias lovecraftianas, esta serie es una maravilla.


Malaga Hoy


Rumbo a la eternidad

JAVIER FERNÁNDEZ
10 Enero, 2018



'Estela plateada: Poder más que cósmico'. Dan Slott, Michael Allred. Panini. 192 páginas. 17,95 euros.

Con cerca de 50 años a sus espaldas, Mike Allred presume de ser uno de los mejores dibujantes tanto del mainstream como del mercado independiente estadounidense. El artista de Oregón se dio a conocer a comienzos de la década de 1990, con la creación de Madman, que se paseó por las editoriales Caliber y Tundra antes de recabar en Dark Horse y, finalmente, en Image. Madman es un vórtice de referencias pop, una obra personalísima, irredenta y elegante que comenzó como mero divertimento y ha acabado convirtiéndose, por su creciente vocación experimental, en un título imprescindible. Y es que mientras otros coetáneos suyos han ido perdiendo fuelle con el paso del tiempo, la trayectoria de Allred dibuja una rara curva ascendente que alcanza en los diecisiete números de Madman Atomic Comics (2007-09) su máxima expresión.


Madman y Allred son sinónimos, pero el dibujante no se dedica a tiempo completo a su personaje fetiche (cuyo universo se vio enriquecido en 2000 con el debut del delirante supergrupo The Atomics), sino que va alternándolo con otros trabajos, digamos, alimenticios, colaboraciones en otras series independientes o con grandes compañías como Marvel y DC. Estos trabajos supuestamente menores poseen todos una altísima calidad y han permitido una amplia exposición de la estética de Allred, cuya influencia es notoria en el panorama actual. Ciñéndonos a Marvel, el artista firmó con Peter Milligan esa obra maestra que fue X-Force (y su continuación, X-Statix), el mejor título de mutantes del siglo XXI, así como la entretenida FF, con guiones de Matt Fraction, y la sobresaliente Estela Plateada, junto a Dan Slott. En manos de Allred, el superhéroe cósmico ha reverdecido y ha recuperado el sentido de la maravilla, con una mezcla poco habitual (pero que alguna vez estuvo en el ADN del personaje) de grandiosidad e introspección. Poder más que cósmico es el quinto y último volumen recopilatorio de la cierre, y les recomiendo que se hagan con todos ellos. Es lo mejor que ha publicado Marvel recientemente.


Malaga Hoy

Vuelve 'The Punisher'

JAVIER FERNÁNDEZ
10 Enero, 2018



'Marvel Saga. El castigador, 9: Hombre de piedra'. Garth Ennis, Leandro Fernández. Panini. 152 páginas. 16 euros.

El guionista Garth Ennis comenzó su espectacular trabajo con el Castigador en 2000, en el entonces efervescente sello Marvel Knights. Tres años más tarde, Ennis trasladó al personaje al sello MAX, diseñado para lectores adultos, eliminando por el camino los elementos puramente superheroicos para componer un tebeo harboiled, tan violento como alucinante. Para muchos lectores, entre los que me cuento, esta segunda interpretación es la mejor versión que ha existido nunca del personaje y, por suerte, Panini la anda recuperando en atractivos tomos de la colección Marvel Saga, que se benefician de contener arcos argumentales cerrados. El noveno contiene el titulado Hombre de piedra, con dibujos de Leandro Fernández, en el que nuestro querido Frank Castle se las verá de nuevo con el sanguinario general Nikolai Zakharov.

Malaga Hoy


Antihéroe por enchufe

El protagonista de 'Zarpa de Acero' es Louis Crandell, un hombre que pierde la mano derecha en un accidente. La serie está inspirada en la novela 'El hombre invisible' de Wells


GERARDO MACÍAS
10 Enero, 2018



'Zarpa de acero nº 1'. Guion: Ken Bulner y Tom Tully. Dibujos: Jesús Blasco. Planeta DeAgostini Cómics, 2010.

Antes de comenzar a editar los tebeos de superhéroes estadounidenses de Marvel como Spider-Man o Los 4 fantásticos, la popular editorial barcelonesa Vértice obtuvo sus primeros triunfos, en el año 1965, con los cómics ingleses, con Zarpa de Acero a la cabeza.


Las historietas de Zarpa de Acero aparecieron publicadas por primera vez en el año 1962, en la revista británica Valiant, publicada por la editorial IPC Magazines. El protagonista de la trama es Louis Crandell, un hombre cuya mano derecha había perdido en un accidente, previo al comienzo de la serie, siendo sustituida por una mano de acero. Louis Crandell es el ayudante de laboratorio del profesor Barringer.


En medio de un importante descubrimiento junto a su jefe, el profesor Barringer, Louis Crandell sufre un nuevo accidente, quedando solamente visible su mano de acero; involuntariamente consigue hacerse invisible temporalmente ante los ojos de todo el mundo, gracias a una descarga eléctrica de un enorme voltaje. Desde ese momento, Louis sufre un gran trastorno psicológico, que le llevará de cabeza hacia una carrera criminal, en busca de dinero y riquezas, en una persecución continua por parte de la policía por atraparle. Su único propósito es chantajear al mundo, con amenazas como destruir la ciudad de Nueva York, para lo que necesita una gran cantidad de energía eléctrica, por lo cual siempre mete sus dedos metálicos en tomas de enchufes o en cualquier otra fuente válida de corriente eléctrica. Mientras, el profesor Barringer intentará reconducir para el bien la vida de su ayudante, no sin antes encontrar numerosas trabas en el camino.

Pronto, entra en escena la Policía Metropolitana de Londres, el famoso Scotland Yard, encabezado por el inspector Lynch, que persigue al protagonista, y también Terry Gray, sobrina del profesor Barringer, que ayuda a su tío a proteger a Louis Crandell.

El proceso de redención de Louis Crandell comienza en este mismo primer tomo publicado por Planeta DeAgostini Cómics, cuando el profesor Barringer decide poner a Louis Crandell en manos de otro científico, el doctor Deutz, para que lo sane. Esta curación no llega a tener lugar, sino que el doctor Deutz trata de arrebatar sus poderes a Crandell en provecho propio, aunque sin éxito.

En lugar de eso, Deutz se ve transformado en un monstruo criminal a lo Doctor Jekyll y Mister Hyde, que se pinta la mano de color metalizado para que lo confundan con Zarpa de Acero. Por error, Deutz se pinta la mano izquierda, y Crandell, al tratar de demostrar su inocencia se convierte, si no en héroe, al menos en antihéroe, teniendo aún como adversario a Scotland Yard, pero teniendo a favor a Barringer, su sobrina Terry, y sobre todo, a los lectores.

Zarpa de Acero está inspirado en la novela El hombre invisible, de H. G. Wells, cuyo protagonista también empieza siendo un criminal, aprovechando su invisibilidad. Louis Crandell se convierte enseguida en una especie de agente secreto, añadiendo gadgets a su Zarpa de Acero, como una pistola en el dedo índice o un transmisor de radio.

Lo que comienza como un relato sobre un megalómano, termina siendo una historia de superhéroes, no sin antes abordar las invasiones extraterrestres, el remedo de James Bond, el terror subacuático inspirado en H. P. Lovecraft, y la lucha contra el malvado del Este. Bajo todos estos temas subyace la Guerra Fría.

La serie se publicaría hasta 1973 y el personaje se hizo muy popular en países como Alemania, España, la ex Yugoslavia, la India y Suecia, siendo publicada en algunos de estos países mucho después de su última aparición en el Reino Unido.

Zarpa de acero fue dibujado durante diez años por el genial artista español Jesús Blasco, y es uno de los mejores trabajos del creador de Cuto y Anita Diminuta. Con el tiempo se añadieron también a la serie otros dibujantes del clan Blasco: sus hermanos Adriano y Alejandro.

El guionista inicial de la serie fue Ken Bulmer, pero tras los primeros tres capítulos, Bulmer dejó el título, siendo reemplazado por Tom Tully hasta el final del mismo. Tom Tully fue el guionista fetiche de Valiant, con series como Mytek, el Poderoso y El Ojo Mágico de Kelly. Ken Bulmer y Tom Tully plantearon en esta obra una gran dosis de aventura y acción.

Malaga Hoy


Revista MondoSonoro - Mejores comics nacionales 2017



Texto: Redacción | Fotos: David Sánchez (imagen de "Un millón de años") | 29 diciembre, 2017

Nivel alto
Tomen nuestra lista de diez títulos como referencia de imprescindibles, pero sepan que hay más, muchísimo más, que se nos queda fuera pese a su calidad e interés. Nos quedamos cortos, pero ya les decía lo mismo el mes pasado. Lo que sorprende es que la cosecha nacional tenga, una vez más, tanto y tan interesante. Así que vanagloriémonos de ello.

Podríamos empezar con algunos autores imprescindibles año tras año que, por diversos motivos, al final se quedan fuera de la lista definitiva. David Rubín, junto a Matt Kindt, con Ether; nuestro admirado Paco Roca que deja dos obras más que atractivas a tener muy en cuenta (La encrucijada y Confesiones de un hombre en pijama); Nazario, con la compilación de Anarcoma de Nazario; Beá con la reedición de Siete vidas; Tyto Alba con el precioso Fellini en Roma, Daniel Torres con Roco Vargas. Jupiter, por citar algunos. Y podríamos continuar con otras obras que no debemos dejar de lado. Apunten y así nuestra lista de diez cómics no se les quedará tan corta. Fragmentos seleccionados de Andrés Magán, El ruido secreto de Roberto Massó (autor también de Zona hadal), Carvalho. Tatuaje de Hernán Migoya y Bartolomé Seguí, Cuerda de presas, Monet, Carlitos Fax, La balada de Jolene Blackcountry o Conociendo a Jari, entre otros. Joan S. Luna


1.- Un millón de años
David Sánchez
(Astiberri)

Un millón de años es un trabajo maduro, bizarro y simbólico en el que Sánchez se rige ya por sus propias normas. Obviamente, la obra no es apta para todos los públicos, pero quienes hayan aceptado firmar un contrato imaginario con el autor pueden estar contentos, porque Un millón de años posiblemente sea su creación más inquietante, y eso hablando de él es mucho decir. Joan S. Luna


2.- Atraco a mano alzada
Lundi/Javier Ara
(Drakul)
 Animador, autor del fantástico cortometraje Dreaming A Whole Life y de diversos cómics digitales, Javier Ara se ha sacado de la manga una obra imaginativa que juega con la metaficción combinando el mundo del cómic con el thriller. El resultado atrapa desde el primer momento, jugando con el lector y dando como resultado una de las sorpresas de la temporada. Joan S. Luna


3.- Febrero para galgos 
Peter Jojaio
(Entrecómics)
Con ecos de Drnaso o del último Tomine, el albaceteño Peter Jojaio golpea nuestro cerebro bienpensante con un perturbador cómic no apto para gente feliz o amantes del escapismo ligero. Aquí brotan la violencia doméstica y la fantasía criminal mientras un escalofrío recorre cada viñeta y salta a cada una de las vértebras de tu espina dorsal. Poca broma. Magistral. Demoledor. Durísimo. Octavio Botana


4.- Cosmonauta
Pep Brocal
(Astiberri)
Héctor es un astronauta solitario a quien acompaña NIC, su particular HAL 9000, con quien interactúa durante toda la obra. A través de una narrativa fluída y un dibujo muy personal, Pep Brocal nos va explicando el destino de este viaje por el espacio. Humor, nihilismo y filosofía existencial se dan cita en un título interesante y, sobre todo, muy inquietante. Eduard Tuset

5.- Pinturas de guerra
Ángel de la Calle
(Reino de Cordelia)
El autor del reverenciado Modotti, firma una obra poblada de personajes diversos, momentos crudos y una planificación en la que todo ello encaja. Lo que empieza como el interés de un periodista por una actriz estadounidense acaba virando hacia una historia de represión, política latinoamericana y aquello que llaman las cloacas del sistema. Enrique Gijón


6.- Estamos todas bien 
Ana Penyas
(Salamandra Graphic)
Lo que nació como un homenaje de la autora a sus dos abuelas, acabó convirtiéndose -Premio Internacional de Novela Gráfica Fnac-Salamandra Graphic mediante-, en un diálogo con su pasado. Como consecuencia de esa conversación tenemos entre manos una auténtica historia cotidiana de nuestro país y una reivindicación necesaria de toda una generación. Óscar Gual


7.- La deuda   
Martín Romero
(La Cúpula)
Los efectos de la crisis son todavía muy visibles y lo serán durante mucho tiempo: sueños frustrados, renuncias obligadas, créditos impagados y deudas de por vida. Siguiendo el vagabundeo por la ciudad de un par de perdedores, un humorista fracasado y un cobrador del frac novato, experimentaremos un retorno a los orígenes que derivará en una tarde de perros. Óscar Gual


8.- Encuentros cercanos 
Anabel Colazo
(La Cúpula)
Anabel Colazo da un paso adelante con Encuentros cercanos, y lo hace con firmeza, por mucho que haya aspectos que, sin duda, pulirá en obras venideras. Si ya apuntaba maneras con El cristal imposible, aquí firma una obra divertida, simpática y con personajes bien definidos que gira alrededor de los contactos extraterrestres combinando humor y suspense. Enrique Gijón

9.- Disparen al humorista
Dario Adanti
(Astiberri)
 Adanti se ha posicionado como uno de los autores de 2017 con un trabajo en torno a límites y esencias de esto del hacernos partir la caja. La suya es una novela gráfica concienzuda que hibrida a Scott McCloud, el Gato Félix y Jim Woodring desde ese estilo único y reconocible que lleva practicando décadas. Octavio Beares



10.- Nuevas estructuras
Begoña García-Alén
(Apa-Apa Cómics)
Nuevas estructuras es la obra cumbre de una autora de discurso apasionante que, hasta la fecha, no ha hecho más que crecer. Abstracción y simbología cobran un nuevo sentido de narrativa libre y embriagadora plasticidad, una experiencia tan difícil de explicar con palabras como sublime cuando la disfrutamos con la vista. Alex Serrano



MondoSonoro












martes, 9 de enero de 2018

CARLOS NINE El patito Saubón




Edita: Reservoir Books
Por D. Foz | 13 diciembre, 2017


Carlos Nine (1944-2016), creador Argentino multidisciplinar, en su faceta de autor de historietas nos regaló trabajos personalísimos que vieron la luz en revistas como Fierro, L’Écho des Savanes o Playboy, entre otras.

Claro homenaje estético a Herriman y su Krazy Kat -aunque aquí nuestro protagonista no es apedreado con ladrillos por su amor platónico sino con migas de pan por todo Dios-, las historias que componen “El patito Saubón” se publicaron en blanco y negro en la primera época de la revista Argentina Fierro a partir de 1989, para posteriormente reunirse en un tomo a todo color a cargo de la editorial francesa Albin. Finalmente, Reservoir Books lo edita por primera vez en España en un bonito volumen de tapa dura.

Aunque catalogada como obra erótica, “El patito Saubón” es un tebeo surrealista poblado de personajes antropomórficos y situaciones disparatadas a lo largo del que el lector acompaña a un ave, hijo de un ganso y una oca, en sus patéticas conquistas y humillaciones amorosas.

Por él desfilan personajes tales como una rosquilla capaz de encender la libido de nuestro protagonista, una pollita que vende claveles por no vender su cuerpo, una muñeca Pepona que esconde terribles secretos en su interior, otras presas amorosas e incluso un maltratador autoconsciente que sucumbe al discurso político de nuestro antihéroe.

El circo de secundarios se acompaña de una suerte de lugares recurrentes: el Club Roxy, el Bar de Víctor en el que mojar en alcohol las derrotas, las casas de sus amantes… poéticos elementos de arquitectura urbana que dibujan un universo coherente y definido donde Nine va integrando sus historias con maestría.

Aunque al principio cueste arrancar debido a lo marciano de la propuesta, no se desanime el lector exigente con las primeras planchas del álbum; al cerrarlo, aflora esa sonrisa: viajar con Saubón en su autito a tracción pedestre merece la pena.


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Bellas Artes de Sevilla inaugura una de las primeras 'fanzinotecas' de España (12 de julio de 1998)

SANTIAGO BELAUESTEGUIGOTIA, Sevilla

Cada generación es un mundo. El corte de las edades tiene más fuerza que un maremoto. Muchos jóvenes tienen como una de sus divisas los fanzines, unas publicaciones a medio camino entre los semanarios tradicionales y las revistas de estudiantes hechas con fotocopias grapadas. "Los fanzines son una expresión de las inquietudes juveniles", resume Fidel Martínez, estudiante de Bellas Artes de
19 años y, además, uno de los responsables de una de las primeras fanzinotecas que hay en España: la
de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla.



Estudiantes de Bellas Artes que participan en el proyecto de la fanzinoteca.
Un equipo de 30 estudiantes lleva adelante el proyecto

Padres e hijos son dos continentes temporales tau distantes como Oriente y Occidente en los versos de Kipling. Nunca se encontrarán y una expresión pueden ser estas publicaciones. Hay fanzines especializados en el cómic, en la literatura de género, en el cine... Cualquier asunto es válido para que un grupo de jóvenes plasmen su fuerza e ilusión.

Entrar en la biblioteca de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla y toparse con las habituales cajas de madera donde se guardan las fichas de los libros guarda una sorpresa refrescante. Junto a las sempiternas cajas de títulos de libros y revistas hay una novedosa: la destinada a los fanzines.

La Facultad de Bellas Artes cuenta en su fanzinoteca con más de 100 publicaciones distintas. Y es como una marea que no ha hecho sino empezar porque la fanzinoteca se inauguró el pasado mayo. La facultad recibe cada día un promedio de dos fanzines. Amanecemos en Hawai, de la localidad valenciana de Xátiva, Amaniaco, de Barcelona, Craneo-grafia, de A Coruña, Cuchara y paso atrás, de Sevilla, y Morón suburbio, de Buenos Aires, son algunos de los ejemplos de fanzines que nutren esta biblioteca.

Contenido surrealista

Pero la facultad no se queda ahí. Una treintena de estudiantes de Bellas Artes edita varias publicaciones de este tipo. El primer número de Planeta nimbus salió a la calle en marzo de 1997. Uno de los responsables de este equipo de estudiantes, José Manuel Escribano, lo define como un fanzine "con un contenido surrealista y dadaísta". Lleva ya cuatro números publicados. El niño acuarelable surgió también en marzo de 1997. "Sus contenidos van más en la línea del cómic de autor", indica Escribano. Esta iniciativa cuenta ya con dos números publicados.

Comunicarte surgió en el otoño de 1997 y es la iniciativa más pujante de este equipo. Sus dos números son ya palabras mayores del cómic con una clara voluntad de calidad que se advierte,
 incluso, en lo costoso del papel. Es un fanzine comparable a los mejores que se hacen en España.
"Comunicarte tiene una temática ecléctica", manifiesta Fidel Martínez.

Recientemente este equipo de la Facultad de Bellas Artes sevillana ha sacado también dos monográficos dedicados a El Bute y al Doctor Metz, dibu-jados ambos por el cordobés Pepe Farruqo.

Estas publicaciones se venden fundamentalmente en el mundo universitario, aunque, como no, también en esto hay clases. "Los estudiantes de Derecho no suelen comprar porque dicen que no tienen tiempo. Los de Arquitectura y Aparejadores sí que compran. Les interesa mucho el dibujo", explica Óscar Carámbano, otro de los integrantes del equipo. Los estudiantes de Ciencias Exactas compran también muchos fanzines. Nadie ofrece una explicación convincente de esta querencia, pero es un hecho que muchos futuros especialistas en matemáticas devoran los fanzines.
 
La magia celta y 'El sulfato atómico' de Mortadelo
 
s. B., Sevilla El grupo de jóvenes devotos del cómic que publica fanzines en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla tiene sus pasiones y sus maestros en este campo. Óscar Carámbano cita a Richard Corben. Escribano tiene una deuda con Simón Bisley. Escribano explica las razones de su respeto hacia la obra de Bisley. "Tiene muchos recursos gráficos. Slaine es una serie sobre el mundo celta mágico escrita por Pat Mills y con dibujos de Bisley. La serie mezcla realidad y ficción del mundo celta", señala Escribano. "Es muy elástico a la hora de dibujar. Aplica muchas técnicas", puntualiza Carámbano sobre Bisley.

Fidel Martínez apuesta por la obra de Frank Miller, uno de los dibujantes que pergeñó la figura de Batman, el hombre murciélago. "Frank Miller empezó con el cómic estadounidense más comercial. Esto no le dejaba desarrollarse como artista. Cuando cogió fama, se adentró en una temática más propia. De ahí surge Sin City, una combinación fabulosa del uso de blancos y negros", manifiesta Fidel Martínez.

Muy lejos se sitúa Carlos Peña, otro de los componentes del equipo, quien destaca como uno de sus maestros al dibujante Francisco Ibáñez, el padre de Mortadelo, Filemón, Rompetechos, el botones Sacarino y la familia Trapisonda.

Peña fija su atención en la perfección de un álbum como El sulfato atómico, protagonizado por los históricos Mortadelo y Filemón.


El Pais, domingo 12 de julio de 1998

 

Carmen seduce al dibujante de los dos millones de libros

Benjamin Lacombe expone en el Museo Abc el personaje poderoso y oscuro que ha creado para la novela de Prosper Mérimée

TEREIXA CONSTENLA

Madrid 8 ENE 2018



Ilustración de Benjamin Lacombe para la novela 'Carmen'.

Un día de otoño de 1831 Prosper Mérimée se sentó en Madrid a escribir una extensa carta al director de La Revue de Paris. Regresaba de una búsqueda por Andalucía tras el rastro de bandoleros, que había resultado un fracaso. “Casi siento vergüenza”, confesaba. Le acompañaba, sin embargo, todo el material que vertería en una novela corta, de título más corto aún, destinada a forjar uno de los arquetipos femeninos más largos: Carmen, la cigarrera de fatal final, que se popularizó masivamente tras convertirse en una ópera de Georges Bizet.


En otro día de otoño también se sentó en Madrid el dibujante Benjamin Lacombe (París, 1982). Provisto de rotuladores, empezó a perfilar el rostro de Carmen, atrapado en una mantilla-telaraña, mientras contestaba a algunas cuestiones. A su alrededor se asomaban 23 ilustraciones originales que ha realizado con tinta china, gouache y óleo para la obra de Mérimée y que estarán expuestas hasta el 4 de marzo en el Museo Abc. Su Carmen es todo ojos y cabello, todo oscuridad y desafío. “Es una figura feminista, que defiende la igualdad y se rebela. No considerarse un ser inferior es lo que la lleva al destino final”, expone. “Y se ha convertido en un icono del feminismo contra la voluntad de Mérimée, que le tenía miedo. Él era un hombre del siglo XIX, y habla de ella como si fuera una bruja”, añade.



El ilustrador Benjamin Lacombe. INMA FLORES

Los estereotipos decimonónicos están presentes en toda la obra, en especial en el capítulo cuarto, cuajado de prejuicios hacia los gitanos. “Hay que situar el libro en su contexto”, puntualiza Lacombe, “muchos podrían considerar racista al escritor, pero era alguien formado, que había viajado, que tenía pasión por España y que, simplemente, era un hombre de su tiempo”.



Para su versión de Carmen, publicada por Edelvives, Lacombe ha ideado una atmósfera entre melancólica y tenebrista, acorde con el espíritu romántico de la época en que se desarrolla la ficción que envuelve al triángulo formado alrededor de la cigarrera sevillana. Como en sus álbumes anteriores, Lacombe ha elegido todos los aspectos, desde la tipografía blanca sobre páginas negras hasta una portada cubierta en tela y parcialmente bordada que transforma el libro en un objeto preciosista. Junto a la singularidad artística –la telaraña de la gitana engarza unas páginas con otras-, se ofrece la versión de la obra traducida por Mauro Armiño y material adicional de gran interés como una de las cartas que el novelista Mérimée envía a La Revue de Paris, donde se anticipan algunos de los personajes que luego poblarán Carmen, publicada en 1845.



Ilustración de Benjamin Lacombe para 'Carmen'.

Es la segunda gitana que protagoniza un libro de Lacombe. Antes ilustró Nuestra señora de París, de Víctor Hugo, donde tiene un papel esencial la zíngara Esmeralda. “Aunque son gitanas y espíritus libres, son personajes diferentes. Carmen no es una víctima como Esmeralda. La andaluza es plenamente consciente del arma de seducción que tiene y defiende su libertad a costa de todo”, compara.

Hay personajes ojipláticos, uno de los rasgos característicos de este ilustrador francés que se está comiendo el mundo: ha vendido dos millones de ejemplares y ha publicado casi 40 obras, entre ilustraciones de clásicos como Alicia en el país de las maravillas, álbumes propios como el cómic El espíritu del tiempo o creaciones compartidas con los textos de Sebastien Pérez como el dedicado a Frida Kahlo o El herbario de las hadas. Aunque todos sus trabajos tienen personalidad propia, se puede rastrear el ADN de Lacombe en casi todos ellos. “Para mí lo interesante es la interpretación de la realidad. Para retratar lo real ya están la fotografía y el vídeo”, explica el dibujante, un inusual ejemplo de éxito precoz y talento prolífico.

Su primera obra, elaborada como proyecto de fin de carrera para la Escuela de Artes Decorativas de París, se publicó en marzo de 2006. Elegido al año siguiente como uno de los mejores libros juveniles editado en EE UU por Time Magazine, se convirtió en seguida en un superventas. Desde entonces, Lacombe vive una escalada de ventas y proyectos. Muchos de ellos protagonizados por mujeres icónicas, ya fueran reales como María Antonieta o ficticias como Blancanieves. Siempre con un punto oscuro, incluso cuando se trata de proyectos infantiles, porque sostiene que los niños no quieren ser tratados como tontos.

ICONOS FEMENINOS REALES Y FICTICIOS

Frida (2017). Con textos de Sébastien Pérez, el álbum abraza el universo colorido de la pintora mexicana a través de flores, joyas, calaveras o piezas ortopédicas.

Alicia en el país de las maravillas (2016). Lacombe va más allá de la ilustración: juega con la tipografía y apuntala el libro con material adicional como las cartas de Lewis Carroll.

María Antonieta. Diario secreto de una reina (2015). Una explosión rococó que evoca en ocasiones las composiciones florales y frutales de Giuseppe Arcimboldo. Usa cartas reales para tratar de armar un retrato íntimo de la reina que perdió su cabeza.

Blancanieves (2011). Su protagonista es una joven demacrada de ojos saltones perseguida por pérfidos cuervos. Sus revisiones sitúan a los protagonistas de cuentos infantiles en escenarios desasosegantes y tenebrosos.

Nuestra Señora de París (2010). Editado por Mondadori, fue su primera incursión en un clásico, a la que luego seguirían Cuentos macabros, de Edgar Allan Poe, en la traducción de Julio Cortázar.

El Pais


JORDI SOCÍAS NATURALISMO COSMOPOLITA

 JORDI SOCÍAS

HA RETRATADO UN PAÍS A LO LARGO DE MÁS DE 40 AÑOS. AL FRENTE DE LA AGENCIA COVER QUE FUNDÓ EN 1979, 0 EN SUS 13 AÑOS COMO EDITOR GRÁFICO DE "EL PAÍS SEMANAL", DEFINIÓ UNA FORMA DE MIRAR LA FOTOGRAFÍA. UN LIBRO Y UNA EXPOSICIÓN ITINERANTE POR EUROPA REVELAN EL PAISAJE DE ESTE FOTÓGRAFO QUE SE DEFINE ENTRE EL NATURALISMO Y SU VISIÓN COSMOPOLITA ARTISTA CIUDADANO, HIJO DE BARCELONA y AMANTE DE MADRID, HA PENETRADO COMO POCOS EN EL ARTE Y EN LA CALLE. ÉSTE ES EL PRIMERO DE UNA SERIE DE CUATRO "PORTFOLIOS" QUE EL PAÍS SEMANAL'OFRECERÁ DE SU TRABAJO ESTE AÑO.

Por JESÚS RUIZ MANTILLA

'COSMOPOLITA'. Joaquín Gran, Dodot, en 1985.


"PARA MI, EL OJO ES LA FOTOGRAFÍA SIN CÁMARA"
'EN EL NOMBRE DEL PADRE'. Lourdes, 1977.

A Jordi Socías le pasa un poco como a Josep Pla. Si el sabio escritor catalán era un punto de vista andante con boina, como lo definió Manuel Vázquez Montalbán, este fotógrafo barcelonés de los Madriles camina entre la gente como un voyeur con bufanda y una cámara nunca aparatosa. Mirar es su vicio; de eso ha hecho virtud y arte. Una forma de vida.

Los ojos de Jordi apenas mienten. Lo justo para un cuatrero de la imagen, como es él. Parpadea lento y pisa fuerte la calle. Come siempre fuera de casa y viaja con su cartera de cuero negro raída y sus manías. Trata de hacer su santa voluntad, que siempre tiene que ver con disfrutar lo que le dejen cada día. Huye de la M-30, se mete en los atascos del centro y reza para que los semáforos se le pongan en rojo. ¿Para qué? Para mirar. Para poder mirar. "El ojo es la fotografía sin cámara", comenta mientras se toma un cafetito y enseña parte de las fotos que mueve estos meses por Europa en una exposición itinerante que le ha llevado de Tirana a Viena, y ahora a Roma, Cracovia y Belgrado.

EN ELLA MUESTRA FOTOS que publicará en un libro la editorial La Fábrica, en su colección Biblioteca de Fotógrafos Españoles, y que se deslizan por nuestras pupilas como ajenas al tiempo y al espacio. Entre neones, alquitrán y piel, en blanco y negro. "Es un tono más expresivo. Hallo más emoción ahí que en el color. Lo encuentro entre la historia y la poesía, como un tiempo detenido".
Un tiempo que muestra en estas fotografías, colgado en la enigmática gabardina de ese ciudadano Dodot que ha titulado Cosmopolita, pululando por el ordenado azar probablemente divino que halló en la piadosa Lourdes para captar En el nombre del padre, en la oscuridad iluminada de su Gran Vía o en ese crudo y paródico autorretrato con cicatriz que ha llamado My way.

Son ejemplos del "naturalismo cosmopolita" que ha convertido en marca quien ha retratado la historia de España a lo largo de las últimas cinco décadas desde la agencia Cover, que fundó en 1979, y desde publicaciones como El Europeo, Madrid Me Mata, La Calle, Cambio 16 y en su última etapa a través de El País Semanal.

Aprendió a fotografiar con un curso por correspondencia. Una manera de buscar salida a la venta ambulante de relojes en la que andaba metido entonces. Una forma de acercarse y meterse en el ajo de la España antifranquista, cuando pasar a Perpiñán era algo así como viajar a Ítaca. Fue activista y rebelde. Pronto se metió en los círculos radicales barceloneses, donde hizo amigos de por vida y fotografías a los escritores del barrio chino, las figuras de la nova cançó y al Barca de Cruyff.

DESPUÉS, A COMIENZOS de la transición democrática, aterrizó en Madrid. Cuarenta años más tarde, no ha habido manera de que pierda el acento catalán ni visitando a menudo Segovia, la ciudad de su familia materna. Pero en cuestión de progenitores, Socías es claro: "Barcelona es mi madre, y Madrid, mi amante".

En la capital siguió metido en política activa. Pero descubrió otro mundo que le fascinó mucho más: el de la movida, el cine, la música. Eran tiempos de agitación que él se bebió a lingotazos en buenas y malas compañías. Tiempos de búsqueda e influencias. Cuando la modernidad se vomitaba en los bares y el mejor escenario era una calle de crestas de colores, motos y tachuelas. En ese ambiente, Socías seguía formándose a sí mismo: "Siempre he tenido muy presente la responsabilidad del aprendizaje, la lucha por un conocimiento que me impida conformarme. Amor propio: es el problema que tengo...".

Amor propio y alergia al aburrimiento. "Eso también...". Así ha ido construyendo un mundo de referencias personales que va desde Cartier-Bresson y Robert Doisneau hasta Eugéne Atget, Richard Avedon o William Klein, que bebe mucho del cine de Truffaut y toda la nouvelle vague, pero también del neorrealismo italiano.

Aunque sin huir nunca del escenario principal. "La calle", comenta Jordi. Entre la calle y el cuerpo de todos los hombres y las mujeres que se ha topado en vida, Socías ha compuesto a estas alturas de su carrera, con 64 años, una sinfonía de actitudes y credos, toda una coreografía vital por la que se encuentran en un cruce de caminos España, Europa o Cuba, China y Nueva York. La ciudad y la vida en dimensiones compartimentadas: de sus egregios salones a las alcantarillas, de los tiovivos a las mesas de los restaurantes, de las sábanas donde ha captado intimidad a la feria y las manifestaciones de la Transición.

NO HAY NADA DIGNO de ser captado que repudie el ojo de Jordi Socías. Pero si en algo pone mimo es en el retrato. Ese magno momento en el que rapta a la actriz de turno y le dice: "Nena, ahora, tú tranquila. Mírame a los ojos". Y le dan siempre lo que pide. "El retrato es un encuentro que generalmente se produce con alguien desconocido. Frente al fotógrafo siempre tenemos reservas, y es normal porque, a diferencia del cine, en el que la imagen está en movimiento, un fotógrafo va a congelar un momento, a detenerlo. Por eso la fotografía parte de un concepto que tiene que ver con la eternidad".

Si alguien piensa así, demuestra su responsabilidad. Pero eso no debe impedir que afloren otras cosas. "La fotografía es también pulso e impulso. Lo decía Roland Barthes: lo más interesante es cuando no sabes qué te ha llevado a tomarla, a apretar el botón". Esa reacción inconsciente, ese no saber muy bien por qué se ha hecho, le ha ayudado a conformar una obra llena de matices. Un fresco en el que habla la calle y brilla una alegría tamizada por cierto surrealismo, por una ironía buscada como bálsamo, sabia y poco conformista, carnosa y viva, profunda y amable. •




















"ROCK AND ROLL"
Santiago Auserón, 1996

"MY WAY"
Autorretrato, 2005

LA CLASE OBRERA VA AL PARAISO
Entierro de los abogados de Atocha asesinados, 1977






DECÓ
La Coupole de París, 2002


BELLE DE JOUR
Penélope Cruz, 1993

domingo, 7 de enero de 2018

Los artistas alegres

La Bauhaus fue la institución artística alemana más influyente desde 1919 hasta 1933. Por ella pasaron los mejores arquitectos y pintores de la época. Una exposición en Barcelona muestra el modo de vida y las fiestas que organizaban los profesores (Mies van der Rohe, Gropius, Kandisky, Paul Klee...) y sus alumnos. Por Ignacio Vidal-Folch 

Diplomas y disfraces. Estudiantes del taller textil de la Bauhaus muestran los diplomas humorísticos entregados por su profesora Guta Stölz (la segunda por la derecha en la fila de atrás) en septiembre de 1930.

Invitaciones a fiestas, carteles, disfraces, cometas, decorados, tiques de entradas, tarjetas, fotografías, adornos, paquetes de regalos artísticos: estos pecios de una travesía fenomenal, en los cuales se advierte el talento a raudales de la tripulación, se reúnen en una exposición titulada La Bauhaus se divierte, en la sala Caixaforum de Barcelona. Son un testimonio de la vida que llevaban en las horas de recreo, y de la creatividad que aplicaban a toda ocasión, los miembros de la institución artística más influyente del siglo XX.

La Bauhaus (Casa de Construcción), la escuela oficial de artes y oficios de Weimar, vino a sustituir, después de la I Guerra Mundial, a la Academia de Artes del Gran Ducado Sajón y a la Academia de Artes y Oficios del Gran Ducado Sajón, y reunió -primero en esa ciudad, luego en la de Dessau y por fin, muy fugazmente, en Berlín- a algunos de los más destacados arquitectos, artistas y artesanos de Europa central. Habían crecido en la estética recargada, el biedermeier, el art déco y el modern style, pero estaban convencidos de que todo eso merecía ser arrumbado en el desván de los trastos viejos y los baúles de la abuelita. Fue una escuela decisiva en la ruptura de la jerarquía que separaba las artes de las artes aplicadas, y en proponer un arte y un diseño funcionales, proporcionados y accesibles para una sociedad de masas crecientemente industrializada. Inventó lo que hoy entendemos por diseño moderno.

Su breve, precaria historia se extiende a lo largo de la República de Weimar, desde 1919 hasta 1933; o sea, desde su institución hasta que cerró bajo presión del nuevo régimen nacionalsocialista, pese a las concesiones y garantías de apoliticismo y pureza de sangre que el fundador, Walter Gropius, y su último director, Mies van der Rohe, ofrecieron alguna vez a las autoridades políticas en aras de un posibilismo inoperante para retrasar lo inevitable; inevitable no porque el nuevo régimen no defendiese a ratos, abandonando sus primeros postulados kitsch, una estética industria "absolutamente moderna", sino por el olor a azufre que los segmentos más reaccionarios de la sociedad alemana creían percibir en las inmediaciones de la escuela, y por las tendencias izquierdosas y comunistas de algunos de sus miembros, como el segundo director de la Bauhaus, Hannes Meyer. Pero cuando la Bauhaus cerró, Gropius llevó sus ideas a Harvard; Mies van der Rohe, a Chicago, y el fotógrafo Moholy-Nahy fundó la New Bauhaus, luego Institute of Design, en Chicago.

Cuando Gropius fundó la escuela, Alemania acababa de ser catastróficamente derrotada y mutilada en la I Guerra Mundial, estaba endeudada con las potencias vencedoras y sumida en un clima de guerra civil; pero las experiencias del campo de batalla habían revelado a muchos que la renovación, la redención y el porvenir del país estaban en la técnica, la industria, la ingeniería...

De aquellos años desbordantes de conflictos sociales nos han quedado, como ilustración canónica, los dibujos y pinturas de Grosz y de Dix, llenos de soldados lisiados, de amputados, de mendigos y de oficiales porcinos en la víspera de la apoplejía. En cuanto a las ideas artísticas, las academias tradicionales estaban siendo amenazadas por una pléyade de movimientos -el expresionismo (Alemania), el futurismo (Italia), el cubismo y el constructivismo (por todas partes)- que se consideraban más acordes con los tiempos modernos. Gropius y su formidable elenco de profesores (Paul Klee, para la clase de pintura y cristal; Kandinsky, para el taller de murales; Moholy-Nagy, para el de fotografía; Herbert Bayer, para tipografía y anuncios; Lionel Feininger, para artes gráficas, etcétera) opinaban que en el fondo todos estos movimientos prolongaban de hecho los mitos del romanticismo, el enfrentamiento del artista heroico e individualista con la academia; esa clase de conflictos estaban obsoletos. Según escribió Gropius en 1923, "el espíritu dominante de nuestra época ya es reconocible, aunque su forma aún no está claramente definida. El viejo concepto universal dualista que contempla el ego en oposición al universo está perdiendo terreno rápidamente. En su lugar crece la idea de una unidad universal en la que todas las fuerzas opuestas coexisten en un estado de absoluto equilibrio". El verdadero desafío era otro: ofrecer a las masas los objetos de calidad que antaño se ofrecían a las clases más favorecidas.

La Bauhaus se presentaba como una revolución espiritual y al mismo tiempo como un vehículo de investigación práctica, especialmente para la construcción de viviendas, el interiorismo, el desarrollo de prototipos para la industria y la artesanía. En beneficio de la cooperación y armonía entre artistas, artesanos, comerciantes y fabricantes, cada taller contaba con un profesor artista y otro artesano, uno para la enseñanza práctica y otro para la teórica.



LA MÚSICA DE LA BAUHAUS. La orquesta de la Bauhaus, formada por los alumnos del taller de música, tocaba en las celebraciones.


 Cartel de Wolfgang Tümpel para la última fiesta en Weimar, el 29 de abril de 1925.


OBRAS DE RECUERDO.
01. Tarjeta pintada por Paul Klee para la Fiesta de los Farolillos (1922). 02. Esta entrada de 3,50 marcos fue diseñada por Johan Niegemann para la Fiesta Metálica de 1929. Reproduce la silueta del edificio de la Bauhaus y el plano para llegar a ella. 03. Desplegable para celebrar el 44° cumpleaños de Walter Gropius (1927). Este 'collage' lo realizó Herbert Bayer en papel con textos recortados de periódicos y otros con firmas y con los labios de alumnos y profesores de la Bauhaus. 04. Cuando Gropius se despidió de la escuela, en 1928, los profesores y estudiantes le regalaron un libro hecho por todos y titulado '9 años Bauhaus, una crónica'.  05. Obra de Georg Muche incluida en el libro.

 REGALO PARA GROPIUS.
El pintor Vasili Kandisky realizó esta acuarela-pintura, titulada "Weimar", 18 de mayo e 1924, para Walter Gropius, director de la Bauhaus.

DIVERTIDOS.
Miembros de la Bauhaus en Weimar. El pintor Carl Schelmmer, en primer término. Tras él, a la derecha, el también pintor y diseñador Josef Albers, y a la izquierda, Werner Gilles. El pintor Oskar Schlemmer aparece el primero por la izquierda en la segunda fila por atrás.



Uno de sus primeros estudiantes explicaba en una carta la poderosa impresión que le causó leer la primera declaración de intenciones de la nueva escuela: "Cuando vi el manifiesto fundacional de la Bauhaus, ornamentado con el grabado en madera de Feininger, pregunté a todo el mundo qué era aquello en realidad. Me dijeron que durante el examen de ingreso cada aspirante era encerrado en un cuarto oscuro. Se le arrojaban truenos y luces para sumirlo en un estado de intensa agitación. Su aceptación dependería de lo bien que supiese describir sus reacciones. Este informe, aunque exageraba la realidad, encendió mi entusiasmo. Mi futuro económico estaba lejos de estar asegurado, pero no me lo pensé dos veces y decidí unirme a la Bauhaus. Esto fue durante los años de la posguerra, y hoy todavía me pregunto de qué vivía la mayoría de los miembros de la Bauhaus. Pero la alegría y la satisfacción de esos años nos hacían olvidar nuestra pobreza. Los miembros de la Bauhaus venían de todas las clases sociales. Ofrecían una apariencia de lo más vivido: algunos todavía en uniforme, otros descalzos o en sandalias, otros con largas barbas de artistas o ascetas".

¿Qué decía, que fuese tan revolucionario y excitante, esa primera proclama? Entre otras cosas, lo siguiente: "Arquitectos, escultores, pintores: todos debemos volvernos hacia las artesanías. El arte no es una profesión. No hay una diferencia esencial entre el artista y el artesano. El artista es un artesano exaltado. En raros momentos de inspiración, momentos que están más allá del control de su propia voluntad, la gracia del cielo puede hacer que su trabajo florezca en arte. Pero la profesionalidad en su artesanía es esencial para todo artista. Ahí radica una fuente de imaginación creativa. Formemos una nueva corporación de artesanos sin distinciones de clase que levanten la arrogante barrera entre artesanos y artistas. Concibamos y creemos juntos el nuevo edificio del futuro, que reunirá arquitectura, escultura y pintura en una unidad, y que un día subirá hacia el cielo desde las manos de un millón de trabajadores como el símbolo cristalino de una nueva fe".

Gropius aspiraba a formar en la escuela una comunidad armoniosa, inspirada en los gremios medievales; una de las normas de la Bauhaus era promover la convivencia y la amistad entre profesores y alumnos. Trabajaban juntos, vivían cerca y se divertían juntos también. El programa de festejos tenía una doble finalidad: por una parte, intentaba fomentar el contacto entre la escuela y la población, para aplacar los recelos de ésta hacia la institución; por otra, reforzaban el espíritu corporativo y servían para aliviar las tensiones y conflictos entre los profesores y los alumnos. El programa era asombrosamente denso, y cuajaba en numerosas fiestas, bailes, mascaradas, conciertos, representaciones teatrales; en celebraciones de aniversarios, de matrimonios, del nacimiento de los hijos. En todos estos casos tenía ocasión de manifestarse el talento de los diferentes talleres.

Cuatro veces al año, la ciudad de Weimar se convertía en escenario de otros tantos happenings que los estudiantes preparaban obsesivamente durante semanas. El 18 de mayo se celebraba el cumpleaños de Gropius y la Fiesta de las Linternas: después de la caída de la noche, cada estudiante, portando la linterna más bonita que hubiera podido diseñar, recorría la ciudad desde el río hasta la escuela y de la casa de unos profesores a otros; la procesión de las linternas parecía una migración de luciérnagas que por fin cruzaba el parque hasta el Ilmschlóschen, el "pequeño castillo sobre el Ilm", donde se celebraba una fiesta amenizada por los virtuosos del taller de música, con disfraces, máscaras y marionetas de los respectivos talleres... En verano se celebraba la Fiesta Pagana del Solsticio, con representaciones, hogueras, etcétera. En octubre, el nuevo semestre comenzaba con la Fiesta de las Cometas, algunas tan elaboradas que no podían levantar el vuelo, pero eran llevadas orgullosamente en procesión hasta la colina elegida entre las que dominan la ciudad para hacerlas volar al viento otoñal. Y las navidades se festejaban con un intercambio de regalos.

Además de estas cuatro fiestas oficiales, que solían terminar con discursos cómicamente pomposos, cada mes se celebraba un baile de máscaras. Y cada sábado había la posibilidad de participar en una excursión, a la que se invitaba con las palabras "¡habrá música!". También la conclusión de cualquier obra especialmente laboriosa, difícil, complicada o hermosa merecía ser rubricada con una fiesta en el taller. Lotear Schreyer cuenta cómo se desarrollaba una de estas celebraciones: "Cuando Ida Kerkovius completó su primera gran alfombra en el taller de tejeduría celebramos el acontecimiento en mi pequeño apartamento en la vieja casa de la señora Von Stein, junto al parque. La hermosa alfombra, que medía cuatro metros cuadrados, ocupaba casi toda la habitación; la enmarcamos con velas encendidas y nos distribuimos alrededor, hablando tranquila y alegremente, con el murmullo de la fuente tras la ventana".

Se organizaban además, en la escuela y fuera de ella, lecturas, conferencias, recitales y soirées, a las que seguían reuniones relajadas e informales en las que no faltaban los músicos con sus instrumentos. Los carnavales y los bailes de máscaras se hicieron progresivamente complejos y organizados. La más recordada luego por sus participantes fue la Fiesta Metálica del 9 de febrero de 1929: los invitados entraban en el edificio de la escuela, espléndidamente iluminado, a través de una alfombra metálica; eran recibidos por un trompeteo de la banda, y se reflejaban, distorsionados, en las paredes cubiertas con láminas de metal brillante, en las fuentes metálicas para fruta colgadas del techo y en una enorme cantidad de bolas de cristal; por todas partes resonaba ruido de campanillas y las notas que sonaban al pisar cada escalón de una escalera musical...

Aún se oye el eco de esa música de pisadas. •

'La Bauhaus se divierte. Fiestas y vida  cotidiana 'puede verse desde el día 28 hasta finales de septiembre en Caixaforum, de la Fundación La Caixa. Barcelona.





ARQUITECTURA. Moholy-Nagy, pintor y profesor de la Bauhaus, se interesaba por la fotografía y la escenografía. Esta foto de los balcones de la Bauhaus la tomó en Dessau en 1927. Moholy-Nagy dirigió la nueva Bauhaus en Chicago en 1937.


El Pais Semanal Nº 1.500. Domingo 26 de junio de 2005

sábado, 6 de enero de 2018

La Magia está en el aire…

Panini Comics recoge, en un tomo integral, la colección que reunió a todos los magos del universo marvelita




JOSÉ LUIS VIDAL
05 Enero, 2018

Si comparamos al comic mainstream norteamericano (léase las editoriales Marvel y DC, aunque nos centremos hoy en la primera) con un inmenso y profundo océano donde los lectores acudimos a "pescar" piezas que nos deleiten, tendríamos que conformarnos con el hallazgo, de vez en cuando, de una ostra que contiene una impresionante perla.

En resumidas cuentas, la periodicidad de las publicaciones (mensuales, quincenales y, en ocasiones, hasta semanales) hace que la mayoría de títulos, sus personajes y, claro está, sus autores, sufran de un agotamiento incurable. ¿Qué queda por contar de todos esos personajes a los que ya hemos visto morir, renacer, casarse, formar una familia para, inmediatamente después perderla…?

En los últimos años, la Casa de las Ideas, bajo la batuta de cierto ratón, publica docenas de colecciones, miniseries. Cómic-books de todos los formatos imaginables y de un solo personaje o grupo, se editan no una, sino varias colecciones. Pero, hete aquí, que, como decía al principio, algo reluce, destaca, de vez en cuando entre todas estas olvidables obras. Y precisamente me gustaría hablaros de uno de esos cómics con los que te lo pasas pipa. Se trata de Doctor Extraño y los Hechiceros Supremos: Nacida a raíz del "renacimiento" del personaje (gracias, sobre todo, a su versión fílmica) y de la calidad de la colección que protagoniza en solitario (Jason Aaron y Chris Bachalo han sido los principales "culpables…).

En ella, sus creadores, el guionista Robbie Thompson y el dibujante Javier Rodríguez nos proponen un tour de force mágico en el que, como si de una versión mística del "Grupo Salvaje" de Peckinpah se tratara, el anciano mago Merlín reúne en un grupo a los diferentes y más poderoso magos de las diferentes épocas: Stephen Strange, al que ya todos conocemos; Wiccan, un mago que viene del futuro y al que los fans de los X-Men conocerán muy bien; ¿Isaac Newton? Sí, ése Isaac Newton… Kushala, una nativa india, que lleva en su interior a cierto "espíritu de la venganza" que igual os suena de algo; Nina la Maga, una hechicera que proviene de los años 50; Conmente, un ser artificial creado por Newton, pero que posee unos sentimientos muy humanos y, finalmente el joven Yao, que es, ni más ni menos, que la versión juvenil de El Anciano, el maestro que formó a Stephen Strange en las artes místicas…

Todos ellos van a iniciar un vertiginoso viaje que los llevará de un lugar a otro, diferentes épocas, dimensiones… Para luchar contra el poderoso Olvidado, un ser que contiene en su interior mucho, mucho más de lo que aparenta y que está buscando un objeto mágico, pero muy peligroso. Y esta, por desgracia, no será la única amenaza…

Pero, por si esto no fuera suficiente, Stephen Strange tiene un "pequeño" problemilla. Como sabréis los que seguís su colección en solitario, el Empirikul eliminó la magia en el presente, por lo que va a sentirse bastante desvalido y en desventaja ante los peligros que habrá de enfrentarse junto al resto de los magos.

Místicos a los que iremos conociendo mejor a los largo de los diferentes episodios de esta espectacular historia. Y es que resulta que todos tienen algo que ocultar, unas pesadas cadenas que arrastrar, secretos inconfesables…

¿Y qué decir del tándem de autores que insuflan vida a esta colección? El guionista Robbie Thompson, proveniente del mundo de la televisión (Sobrenatural, Jericho, Human Target…) se movió, desde su entrada en Marvel, en los alrededores del universo arácnido, concretamente escribiendo las series y miniseries de personajes como Silk, Venom o Spidey. Esta ha sido su primera "salida" de entre tanta tela de araña y cumple con una nota alta, regalándonos una trama que te atrapa desde el primer momento, manteniéndote en vilo hasta que disfrutas de la última página.

Pero nada de esto podría haber sido posible sin la presencia del dibujante español Javier Rodriguez en ella. Autor que, con una ya reconocida trayectoria en nuestro páis (Love Gun, Wake up, Miedo, Comprobando al realidad…) decidió dar el salto a otros mercados (como el francés, con Lolita HR) y recalando finalmente en el norteamericano (formando parte de esa "segunda generación" de artistas españoles en la que se incluye Marcos Martín, Javier Pulido, David Aja, entre otros…) como, en un principio, colorista (Batgirl: Año Uno) y ya más tarde, en Marvel, como dibujante de colecciones como la dedicada al Lanzarredes o Daredevil y, sobre todo, la protagonizada por Jessica Drew, Spider-Woman, donde se ha revelado como un dibujante espectacular, maestro de la narración gráfica, dejándonos boquiabiertos con la composición de sus páginas.

Y lo vuelve a hacer, aún mejor si cabe, en este integral que recoge la serie completa, donde os lo vais a pasar realmente bien. Si no ya veréis, en el sexto número se nos plantea un auténtico juego que rememora aquellas divertidas "Crea tu propia aventura" en el que nosotros, los lectores, decidiremos el destino de los protagonistas. Genial.

El también dibujante Nathan Stockman completa la nómina de creadores de esta joya en doce capítulos que no debe faltar entre vuestras lecturas. Os aseguro que volveréis a creer en la Magia. La de la viñeta, claro.


Malaga Hoy