miércoles, 22 de diciembre de 2010

City of Glass por Mazzuchelli revista Slumberland nº25 (agosto 1997)

City of Glass de David Mazzuchelli
por Jaime Rodriguez


En este número, y dentro del apartado de artículos de la revista, hemos de­cidido dar pie a una nueva iniciativa: la de comentar adaptaciones de un medio narrativo a otro: de novela, o de cine, a comic, y viceversa. Así se hará, siempre que la ocasión merezca la pena. En este caso se ha optado por Ciudad de Cristal, primera de las novelas de La Trilogía de Nueva York, de Paul Auster, adaptada al comic por Paul Karasik y David Mazzucchelli.

PAUL AUSTER Y CIUDAD DE CRISTAL

Paul Auster es uno de los escritores americanos más relevantes del mo­mento. Nacido en 1947 en New Jer­sey, y tras realizar estu­dios literarios en la Universidad de Colum­bia, desarrolla varios trabajos (entre los cua­les figura el de traduc­tor) antes de escribir su primera novela: City of Glass (Ciudad de Cristal, 1985), aunque antes ya había escrito otros textos: ensayos, poesía, artículos...

Además, es más cono­cido a nivel popular por su colaboración en las películas Smoke y Blue in the Face (am­bas escritas por él y co-dirigidas con Way­ne Wang).

City of Glass es la pri­mera novela pertene­ciente a La trilogía de Nueva York, seguida por Ghosts (Fantasmas, 1986) y The Locked Room (La habitación cerrada, 1986). Las tres novelas tienen en común el género al que pertenecen (a priori, género negro) y el tema central. Los tres textos de la trilogía deben al género negro las circunstancias en las que se desarrol­la la historia y algún que otro tópico más: en el primero, un escritor de novelas policíacas aprovecha una lla­mada equivocada para hacerse pasar por un detective privado e investigar el caso de un padre que, supuesta­mente, busca dañar a su hijo. En el segundo, se le encarga a un detec­tive privado que vigile "a un hombre y que entregue informes sobre las actividades que éste desarrolla. En el tercero, un crítico literario es nom­brado albacea literario de un viejo amigo suyo que ha desaparecido abandonando a su mujer e hijos y su obra literaria, inédita, en manos de su amigo. Más tarde se descubre que sigue vivo, y el protagonista se ve envuelto en la caza de su amigo desaparecido.

No obstante, la temática de la trilogía abandona rápidamente los tópi­cos del género para dirigirse hacia temas más profundos. Se ha comen­tado que dicho tema es la relación existente entre un au­tor y sus personajes, por un lado, y los lec­tores de su libro, por otro, así como quién detenta el poder en es­ta relación. Así, esta relación se exploraría a través de la compara­ción entre el detective y el crimen que investi­ga, por un lado, y el lector y el libro que es­tá leyendo, por el otro. Sea como fuere, en los tres libros, el protago­nista decide asumir un papel que no le corres­ponde, para acabar viéndose envuelto en situaciones que le su­peran ampliamente.

En City of Glass, los juegos de suplantacio­nes de personalidad llegan al paroxismo: Paul Auster escribe una novela en la que él no es el narrador (ejer­ce como tal un su­puesto amigo cuyo nombre no conoce­mos), sino uno de los personajes. El protagonista de la novela es Daniel Quinn, el cual escribe bajo el seudónimo de William Wilson las novelas del de­tective Max Work. Quinn recibe la llamada telefónica de una persona que pregunta por el detective priva­do Paul Auster, personalidad que Quinn decide asumir, utilizando para ello características de su detective ficticio, Max Work.

Como puede observarse, el juego de nombres, y de suplantaciones de personalidades es extremadamente intrincado. Y, en esa medida se po­dría apoyar la teoría antes señalada acerca de quién controla a quién, ya que el protagonista no se comporta de acuerdo con su personalidad ori­ginal de Quinn, sino de acuerdo con la personalidad asumida: inicialmente, William Wilson, y, posteriormen­te, su idea de Paul Auster unida a su idea (o más bien a la idea de Wilson) de Max Work, el detective fic­ticio. Así, el prota­gonista de la novela, Quinn/Wilson/ Work/ Austera, asiste a la de­sestructuración de su personalidad produci­da por unos acontec­imientos que no puede controlar. Al final de la novela, el protagonista desapa­rece por completo, siendo substitui­do por el desconocido narrador de la novela (el amigo de Auster), otro ál­ter ego del autor.

Todo este extraño juego responde a algo más que a la simple reflexión sobre las suplantaciones de personal­idad e incluso sobre la relación entre autor/ personaje/lector, ya que está ubicada en una reflexión más am­plia sobre el lenguaje y cómo éste ayuda a estructurar no solo el mundo (o nuestra concepción del-- mismo) sino la personalidad misma. Así, por ejemplo, el Paul Auster-escritor no es el mismo que el Paul Auster-per­sonaje o que el Paul Auster-Quinn o que el Paul Auster-detective privado que nunca aparece y al que suplanta Quinn.






A la izquierda portada de la adaptación de City of Glass, por Mazzuchelli. A la derecha portada de la edición española de la Trilogía de Nueva York.



Sirvan como apoyo a esta teo­ría las constantes reflexiones acerca del lenguaje que bañan la obra (desde el fragmento acerca de la construcción de la Torre de Babel, hasta los en­cuentros entre Quinn- Auster y Peter Stillman sr., el padre que regresa para castigar a su hijo, motor de la acción de la novela.

DAVID MAZZUCHELLI Y CIUDAD DE CRISTAL: LA ADAPTACIÓN

La adaptación de City of Glass al comic (1994) responde a una iniacitiva de Art Spiegelman (el autor de Maus) y de Bob Callahan (autor de Who Shot JFK), los cuales querían atraer hacia el comic a lectores no habituales de la historieta adaptando obras literarias más o menos popu­lares. Aunque Mazzucchelli es el nombre fuerte en esta adaptación, según sus propias palabras, no hu­biera sido lo que es sin el guión de Paul Karasik. Por supuesto, la obra tampoco hubiera sido igual sin la co­laboración de Auster, el cual se prestó a leer la adaptación y a sug­erir cambios, enfoques...

Teniendo en cuenta lo que se ha co­mentado más arriba acerca de la uti­lización del lenguaje que hace Aus­ter, la adaptación de City of Glass se hacía más difícil, si cabe, ya que, para poder respetar las intenciones originales, debía conservar importan­tes pasajes de texto imposibles de adaptar al medio visual. Para ello, Karasik y Mazzucchelli optaron por interpretar el contenido simbólico de las reflexiones y, conservando las mismas de forma prácticamente ínte­gra, ampliarlas con una simbología nueva, ésta visual. Y quizás es éste el punto más sorprendente de la adaptación: 1) respeta el texto y las ideas originales; 2) lo hace sin utilizar aburridas "cabezas par­lantes"; y 3) aporta una nueva dimen­sión a las ideas ori­ginales, amplián­dolas e ilustrándo­las, todo ello con un lenguaje pura­mente gráfico.

Por lo demás, la adaptación es im­pecable: tras leer la novela, por un la­do, y el comic, por otro, uno tiene la sensación de haber leído las mismas ideas en diferentes medios. De hecho, la novela y el comic tienen prácticamente el mismo número de páginas, y, en general, los episodios conservan la misma proporción de páginas (a excepción del último capítulo que, en el comic es excepcionalmente largo). Por otra parte, el comíc no queda hiperliteralizado (el peligro más importante), sino que existe un adecuado balance entre textos e imágenes, sin que ello contribuya a banalizar ninguna de las ideas austerianas. Únase a ello el depuradísimo grafismo de Mazzucchelli y el resultado es un comic que (con independencia del texto original) habría de estar la estantería de todo buen lector de comic.

CONCLUSIONES

Las intenciones de Spiegelman y Ca­llahan, por supuesto, se quedaron en eso: en intenciones. De su colección, tan solo llegó a salir un segundo li­bro. Y City of Glass ha quedado en ese extraño limbo en el que están tantas y tantas obras - de una calidad impresionante que, por una razón o por otra, jamás han conseguido el merecido reconocimiento.

En todo caso, desco­nocer una de las prin­cipales obras de Auster, uno de los más importantes narrado­res de la segunda mi­tad de nuestro siglo, comienza a resultar difícilmente excusable ya que, aparte de su edición en libro (en castellano, en Ana­grama) existe la adaptación al comic que, en breve, apare­cerá en castellano, publicada por Ediciones La Cúpula.











La Lupa: André Franquin 1924-1997 Revista Slumberland nº19 (enero de 1997)


El dibujante y guionista belga André Franquin murió el pasado 5 de enero de 1997 en St-Laurent-du-Var (Francia) a causa de un infarto. Nacido el 3 de enero de 1924, André Franquin sintió una temprana vocación por el dibujo. Tras sus es­tudios secundarios, ingresa en el Institut Saint-Luc, una de las escuelas de arte más prestigiosas de Bélgica.







Permanece en ella durante un año y medio, antes de ingresar en un estudio de dibujo animado, para después suministrar ilustraciones a la revista Spirou, el semanario infantil de la ediltoral Dupuis.

El dibujante Fijé (Foseph Gi­llain) se da cuenta del talento del joven Franquin y le propone trabajar en su estudio. Así es como aprenderá su trabajo el joven, en compañía de 1os otros dos futuros grandes nombres de la revista Spirou: Morris y Will.

En 1946, Fijé, quien da vida al personaje de Spirou (cre­ado en 1938 por el francés Rob­Vel), tiene que marcharse a Ita­lia. Franquin toma las riendas de la serie estrella de la revista. Tan solo tiene 22 años. Dará vida a las aventuras del botones Spirou, de la ardilla Spip y del fantasioso Fantasio hasta 1968. Franquin creó varios personajes secundarios para la serie: el conde de Cham­pignac, viejo sabio un tanto loco aunque genial, el Marsupilami, animal imaginario de la jungla de Palombia, etc. Las aventuras de Spirou son la serie estrella del semanario: por tanto tienen que aparecer todas las semanas. Es por eso que Franquin colaboró con guionistas tales como Greg u otros dibujantes como Will, Jidéhem o Roba, ocupándose estos últimos de los fondos.

A partir de 1955, y durante cuatro años, Franquin dio vida también a Modeste et Pompon en el semanario de la competen­cia, Tintin. Esta serie de gags de una página es una de las prime­ras family-strips francobelgas.



Dibujos realizados a la memoria de Franquin por, Manel Fontdevila (encima), Pep Brocal (debajo), y Sempere (último)






En 1957, Franquin crea el perso­naje de Gaston (Tomás el Gafe), que utiliza inicialmente como re­lleno para las páginas de Spirou. Muy pronto, este "héroe sin empleo" entra a trabajar como em­pleado de las oficinas de la edi­torial Dupuis y se le otorga un gag semanal, de media página (que pasará a ser una página completa a partir de 1966). To­más el Gafe se presenta rápida­mente como un torpe de cuida­do, capaz de provocar las peores catástrofes con la mejor voluntad del mundo. Franquin creó el per­sonaje con la intención de pasar-solo a su asistente, Fidéhem. Fi­nalmente, se quedaría con él, al haber creado Fidéhem su propia serie.

Fatigado por el ritmo semanal de las aventuras y hastiado de un personaje que él no había crea­do, Franquin abandona la serie en 1968. Continúa con las aven­turas de Tomás y, de tanto en cuanto, realiza un gag del Mar­supilami o una historia corta del Petit Noél, un muchachito que vive aventuras cargadas de fan­tasía. Fue el primer dibujante que recibió el gran premio del festival de Angouléme, en 1974. En 1977, Franquin y Yvan Delporte (guionista y antiguo redactor en jefe de Spirou) lanzan un " suplemento clandestino" para Spi­rou, el Trombone Ilustré. Este inten­to de renovación de la envejecida revista belga dura treinta números Franquin da vida a la página del título y crea la serie Ideas Negras. Dichos gags de humor –muy negro proseguirían en el mensual Fluide Glacial dando lugar a dos álbums.

Se descubre en ellos un Franquin pesimista y desespera­do, en chocante con­traste con el amable soñador que creíamos conocer.

Durante los años 80, la actividad de Fraquin se ve ralentizada. Crea unos personajes para una serie de dibujos animados, Les Tifous, y hace de consejero para una nueva serie de aventuras del Marsupilami, dibujada por Ba­tem. Los estudios Disney reali­zan una adaptación en dibujos animados del Marsupilami, pero el resultado no es muy convin­cente.

En noviembre de 1996 apareció (en Francia) el 15º álbum de To­más, retomando gags viejos y recientes, aparecidos en su tota­lidad en Spirou pero hasta ahora inéditos en álbum.

André Franquin era el mejor re­presentante de la llamada "école de Marcinelle" o "école Spirou". Su estilo ha influenciado a varias generaciones de dibujantes.

Por Jean-Paul Jennequin

martes, 21 de diciembre de 2010

Albert Monteys en la revista Slumberland (1995-1996)















Daniel Torres - Babylone




Babylone es un porfolio con ocho imágenes realizado en 1984. Tiene un comienzo, un desarrollo y un final; o sea, cuenta una historia. Pero es también una especie de Babel que nos enseña lo divertidas y ricas que son la confusión y la mezcla. Babylone es como nuestra casa: allá donde te dejas caer hay un hueco que te acoge. En cualquiera de estas imágenes, sin atender a su orden, el ojo reconoce su entorno. La mirada puede extraviarse en Babylone pero nunca perderse.










Javier Olivares en Krazy Comics (1990-1991)





















jueves, 16 de diciembre de 2010

Frank Miller - Krazy Comics Nº11-12 Agosto- Septiembre 1990




La etapa de Daredevil realizada por Frank Miller fue uno de los tra­bajos que coadyuvaron a la crea­ción del mito que hoy envuelve al celebérrimo artista; por las pági­nas de la serie danzaron un buen puñado de personajes que confi­guraron un peculiar universo que no tardó demasiado tiempo en calar hondo en el ánimo de los afi­cionados. De estos personajes, uno alcanzó con celeridad aquella categoría reservada a pocos de los protagonistas habituales en el comic-book: la de leyenda; me refiero, por supuesto, a Elektra, la fría finja mercenaria que causó estragos entre los lectores exhi­biendo sus letales artes.

ELEKTRA SAGA


Fue tan notable el éxito de la trayectoria de Elektra en la serie de Daredevil que el mismo artífice, algún tiempo después, llevó a cabo un nuevo trabajo con el fin de reorganizar toda la saga de forma autoconclusiva; recopi­lando de nuevo las páginas de la colección del Hombre sin Miedo, más algún material relacionado con Elektra procedente de otras ediciones, y añadiendo produc­ción realizada expresamente pa­ra esta obra, Miller creó Elevara Saga: una serie limitada de cua­tro números, que ahora, bastan­tes años más tarde, nos ofrece Comics Forum.

Miller, guionista todo-terreno donde los haya, estructura la his­toria en torno al personaje de Elektra Natchios, una ex-novia de Matt Murdock, que, tras la absurda muerte de su padre, ve sus vínculos con la sociedad fatí­dicamente fragmentados. Elektra huye a Japón, y allí es entrenada por un sensei en el uso de las artes mortales del ninjutsu al verse rechazada por la severa orden de Stick, Elektra ingresa en La Mano, una organización de asesinos a sueldo con ciertas connotaciones esotéricas, que completará su formación como implacable mercenaria. Sus con­tactos con la mafia de New York –como todos sabemos encabe­zada por Kingpin–, la llevarán al enfrentamiento directo con Dare­devil, su antiguo amor...

A simple vista, el guión de Miller surge como consecuencia lógica de la difícil mezcolanza de comic de superhéroes, cine ne­gro de la yakuza o mafia japo­nesa, y los devaneos argumenta-les de las más execrables pelícu­las de artes marciales «madre in Hong-Kong» y, en efecto. tales tendencias convergen en el sto­rytelling del autor, aunque no lo hacen sin introducir importantes variaciones y transgresiones en el campo argumental: renuncia abierta al maniqueísmo propio del género superheroico –Miller parece querer hacer válida la expresión: Elevara no es buena ni mala, sino todo lo contrario-, irrupción de los sentimientos in­ternos de los personajes –hito del cual la etapa actual de Ann No­centi es heredera incontestable, y una leve pero certera introduc­ción de elementos intelectuali­zantes en el discurso –las cone­xiones con la tragedia griega van más allá del explícito título-. La puesta en escena de Elektra Saga bastaría para justificar la aureola de genio que rodea a su creador; en mi opinión, los logros narrativos más importantes e interesantes de la saga no se centran en la narración propia­mente dicha, con excesivo uso de la elipsis y algunas explicacio­nes absurdas, sino en una prodi­giosa visión cinematográfica en el modo de contar la historia: cada una de las viñetas es abso­lutamente imprescindible en la página. y cada una de éstas es necesaria para el desarrollo de las secuencias en la que se divi­de la obra. La amenaza de Elek­tra a Ben Urích en el cine, con el asesinato de su confidente, la fuga de Bullseye, o la muerte de Elektra a manos de éste, son ejemplos de la extraordinaria capacidad de Miller para la narra­tiva en el ámbito del comic-book, capacidad que se manifiesta también en el dibujo de carácter eminentemente funcional, con trazos rápidos y austeros, en clara concomitancia con la temá­tica violenta del relato.
n Jordi Sánchez


BORN AGAIN

CRUCE DE CAMINOS

«Todavía pienso a menudo en Daredevil. He vuelto a cogerle cariño al personaje. Siento como si mi primer contacto con él hubiera sido los dos primeros actos de una obra de teatro, y ahora venga el tercero.»
Frank Miller1'

Mucho se ha hablado de la revolución que ha provocado el Dark Knight de Miller, Janson y Varley, y el Watchmen de Moore y Gibbons, sin embargo parece haberse olvidado la trascendencia de Batman: Vear One y sobre todo de Born Again, ambos del tándem Miller y Mazzucchelli.
«Estoy enfocando mi trabajo en la definición de lo que es un héroe.»
Frank Miller1


Quizá pueda ser ésta la premisa sobre la cual se asienta la saga de Daredevil bautizada como Born Again. Pero, ¿por qué esta obsesión por la creación de un héroe? La respuesta se nos antoja, en principio, obvia, pues nos hallamos en el género de superhéroes y éstos, al estar sometidos a tal epígrafe, deben serlo. ¿O no?

¿Qué se esconde detrás de esta aparente revitalización de género que teóricamente busca el autor? Algo muy sencillo: el man­tenimiento o, mejor dicho, la reac­tualización de los mitos prefabri­cados por la sociedad norteameri­cana, debido principalmente a la ausencia de éstos por la carencia de historia como nación, a través de su más poderosa arma: los Mass Media.

El autor, independientemente de su más que demostrada capa­cidad como narrador, siempre se ha caracterizado por una nada encubierta actitud reaccionaria hacia la realidad circundante, eso sí, tamizada de observación com­prometida; hecho corroborado por el mismo argumento de Born Again, que a grades rasgos, y simplificándolo un poco, vendría a ser el siguiente: Un hombre ve desmoronarse su vida y su entor­no de la noche a la mañana sin que pueda hacer nada para evi­tarlo. Una vez descubierto quién está detrás de la degeneración de su entorno y de haber caído hasta lo más profundo, mental y física­mente, iniciará el camino de ascenso mediante la venganza y la redefinición, tratando de solven­tar todas las contradicciones de su anterior vida que, merced a la tragedia, ha sido capaz de cono­cer y asumir en toda su magnitud.

Frank Miller nos devuelve el sueño americano actualizado: «l'm loyal to nothing general... except the Dream»3 nos dice un Capitán América pseudoexcéptico en el último capítulo de la saga, cuando poco antes y hablando con Murdock sobre Nuke comentaba «He wears the Flag» - «In hadn't notice con­testaba Murdock. Esta aparente contradicción no es tal. Recorde­mos que el mensaje que durante años se nos ha enviado del otro lado del Atlántico ha sido más o menos éste: «El sistema no es perfecto, tiene fallos, pero funcio­na». El mensaje de Miller es el que, si bien las instituciones pue­den fallar, el individuo aún puede hacer algo, el Sueño Americano sigue estando ahí, como una meta a la que debemos tender y podemos llegar a alcanzar. Y así lo corrobora su editor Ralph Mac­chio en la introducción al libro recopilatorio de la saga:

«I say Murdock is our hero –and not Daredevil, his alter-ego– because in this brilliantly tolda sequence of stories, the Kingpin strips away everything from this good and honorable man: his home; his job; his friends; his identity; his very sanity. But the core of him remains. The fighter. The man who will not surrender or die. The Man Without Fear!»5.

De hecho se produce un cruce inequívoco en las intenciones de Miller; él desea fabricar un héroe, pero hasta cierto punto lo que construye es un antihéroe que se acerca por momentos y de forma algo tangencial a los presupues­tos de lo que se ha dado en llamar Comic Poético, eso sí, parece que sin tener conciencia de ello. Así podemos referirnos a las palabras de A. Altarriba: «... El personaje no es extraordinario, no se cons­truye según criterios de diferencia­ción. Al no depender de lo que hace sino de lo que piensa o sien­te al no estar construido a partir de una toma en consideración de su capacidad de incidencia externa sino en función de su dimensión interna, no se presenta con con­notaciones heroicas"6. En resu­men, Miller pretende una cosa y consigue, más o menos, otra distinta, lo cual resulta paradójico, aún más si nos percatamos de que «devuelve a su entorno al personaje, más cerca de la calle, como uno más de nosotros» reite­rando lo que hace ya tiempo afir­maba A. Meraviglia-Crivelli Roche: «... el mundo de los héroes va a ser espejo del mundo de los humanos, mediante un mecanis­mo muy similar al que definía la relación entre el mundo épico de la antigüedad y el de los humanos''7.
Por todo esto el análisis, aun­que somero, de esta obra resulta sumamente atractivo; ya que nos sitúa en una doble línea que representa, por un lado una de las directrices básicas del comic-book actual, basada en la asimila­ción de funciones hasta entonces del ámbito de los secundarios por parte del protagonista-superhé­roe y por otra parte un acerca­miento a las tesis narrativas euro­peas en el sentido de que la narración avanza más y hace más hincapié en la evolución interna del personaje que en el avance forzado por el desarrollo de la acción. Y no nos olvidemos de la carga ideológica que subya­ce, y que hace de Miller el más representativo de los autores de comic-book nacidos como profe­sionales con peso en la Era Rea­gan. Me refiero, claro está, a la estética de la violencia, la recupe­ración de los valores tradicionales en su vertiente más pura y dura de retorno a los orígenes y el renacimiento del orgullo de ser americano, fruto de una nueva conciencia nacida de las cenizas de un país que define su identi­dad por oposición a la de otros.

El discurso de Miller es a ratos confuso y contradictorio, que no la forma de exponerlo, que resulta ser francamente clara y realizada de manera virtuosa, debido a lo cual he basado este pequeño apunte en torno a esta etapa de la serie en tentar de desentramar lo que podríamos llamar conciencia de la serie, ya que hablar a estas alturas del modo en que este autor realiza la puesta en escena no sólo resultaría superfluo sino que me atrevería a decir gratuito, ya que es de sobra conocido.

Sólo lamento una cosa: el modo en que esta magnífica y significativa obra ha sido dada a conocer en nuestro país. Hubiera sido mucho mejor esperar a que se pudiese publicar de una mane­ra digna y no como se hizo, de forma atropellada y prácticamen­te ilegible, deshaciendo totalmen­te su estructura y su ritmo. Como se ha hecho otras veces, en este caso, habría valido la pena retra­sar su difusión en aras de un justo reconocimiento a su magnitud y a la espera de un soporte apropia­do a la misma. n Carlos Portela

NOTAS:
James Van Hise, entrevista a Frank Miller en Comics Feature, N. 43, Abril 1986.
Id. bid.
Daredevil N.° 233, pág. 16.
Daredevil N. 233, pág. 15.
Ralph Macchio. Murdock Agonistes. Introducción a la recopilación en libro de Born Again. Julio 1987. Pág. 3.
Antonio Altarriba. La Poesía en el Comic. Takadetinta segunda época N. 1. Pág. 99.
Alejandro Meraviglia-Crivelli Roche. La Nueva Clase Social de los Superhéro­es. Urich N.º 12. Agosto-Septiembre 1987. Pág. 9.


FRANK MILLER
LAS COMPLEJIDADES DE ELEKTRA
Sabemos tanto de la nueva novela gráfica de Elektra como, realmente, sobre su protagonista, parafraseando a Bill Sienkiewicz, «Creo que cuanto más hablamos de Elektra, menos comprensible es su figura», y cuanto más buscamos en las palabras de Frank Miller, éste, emulan­do a esos directores de cine misteriosos, que se rodean de una mítica que a veces deviene en mística por parte de sus seguidores —por ejemplo, Kubrick, McBride o Ridley Scott—, se muestra más oscuro.


1.- OSCURlDAD
Sabemos que el gurú del co­mic-book de superhéroes para adultos se siente «contento, por­que con la novela gráfica de Elektra, he tenido licencia para ser ambiguo en todo lo que he queri­do», gozando de esa libertad que tanto estima y tan rara es en el mundo del comic.

Y cuando ya está prácticamen­te acabada, es imposible dudar de que nos encontraremos con un producto, como mínimo, tan pen­sado como puede deducirse del hecho de que Miller haya «rees­crito completamente las últimas veinte páginas del libro después de haberlo dibujado ya a lápiz». Pero lo más atractivo es que esta prometedora Graphic Novel, en la que el re/creador de personajes tan fundamentales como Darede­vil o Batman ha colaborado una vez más con la gran colorista Lynn Varley, será una nueva vuel­ta de tuerca a uno de los arqueti­pos femeninos más originales, enigmáticos y queridos de la his­toria del comic: Elektra Natchios, asesina profesional, y último ava­tar de uno de los mitos primige­nios de mayor impacto, mito sur­gido de un sofisticado género popular de la Antigüedad –la tra­gedia griega– que al cabo de los siglos ha «retornado» a través de un sofisticado medio popular de hoy: la historieta.

Para mayor tortura de los miles de fans enamorados de Elektra, sólo se sabe de esta nueva aven­tura que, según Miller, no tendrá nada que ver con sus anteriores apariciones, sino que será más bien «una historia de horror. En ella el lector nunca podrá intimar con Elevara. Se trata de una histo­ria de Matt Murdock». Lo demás, son sólo palos de ciego en la oscuridad.

2.- LUZ Y COLOR
Lo demás hay que intentar de­ducirlo, con un 90% de posibili­dades de error, del inmediato pro­cedente «eléktrico». Esto es, !a serie «Elektra Assassin», ya a punto de aparecer en su edición española, que Miller escribió para la línea Epic de Marvel, y que Bill Sienkiewicz se encargó de plas­mar en imágenes.

Poco sería lo que sabríamos sobre Elektra de no ser por lo que ella misma nos cuenta en esta se­rie, y por las declaraciones de Sienkiewicz. Frank Miller, para variar, parece hacerle un comple­to vacío a su personaje más fasci­nante. A lo largo de entrevistas y entrevistas nos ha explicado con pelos y señales la personalidad de Bruce Wayne o la de Matt Murdock... pero sobre Elektra, nada.

Sin embargo, Elevara Assassin comienza con la más clara con­fesión posible de que el persona­je proviene de la directa reelabo­ración del arquetipo griego –que había renacido ya anteriormente, desde sus primitivas apariciones en el teatro de Esquilo, Sófocles y Eurípides. en la pluma de Jean Giradoux o de nuestro castizo Pérez Galdós–, cuando éste re­cuerda a sus propios padres: «Ella es Clitemnestra. El, Aga­menón. Creo que he escrito mal su nombre, pero no importa. No es un nombre auténtico. Yo les di esos nombres... los saqué de un cuento que me leyó papi». A par­tir de aquí, el mito se funde con el complejo definido por la psiquia­tría freudiana, y una sucesión de deformes figuras paternas desfila por la vida de Elektra: Papi, que es brutalmente asesinado; el Sensei, al que da muerte por error; Stick, que la rechaza...

Con Elektra Assassin, Miller di­buja claramente un personaje que pertenece al mundo del comic adulto, lleno de referencias cultu­rales y literarias –que Sienkiewicz definirá, quizá en un exagerado arrebato de pasión, como «Mucho más que un libro New Wave. Es realmente un libro Punk. Es con­tracultura editorial. Muy político»–, obligando al lector y al enamorado revisar toda su imagen prefigu­rada de Elektra. Ahora debe acep­tar plenamente, gracias también a la sofisticada labor artística de Sienkiewicz –según Miller, «la se­rie de Elevara fue convirtiéndose cada vez más en un extraordinario trabajo de una relectura del personaje que oscila entre la paro­dia, el horror Kafkiano, la crítica política y el thriller ultraviolento. Habían sucedido muchas cosas desde la primera aparición de, Elektra: Blade Runner, Dark Knight, David Lynch, Watchmen, Terry Gilliam..., y la obra de Sien­kiewicz y Miller reflejaba un nuevo mundo de caos, luz y color, en el que Elektra seguía siendo una esfinge enigmática con el rostro de una escultura griega, un sím­bolo sexual y de muerte, pero también una caricatura, un carto­on cuyas relaciones con el prota­gonista masculino de la serie, el agente Will Garrett, eran definidas por Sienkiewicz como las mismas que se dan entre el Correcaminos y el Coyote.

3.- ORlGEN
Cuando Elektra aparece por vez primera en la serie de Dare­devil, se produce un auténtico acontecimiento. Hasta ese mo­mento las heroínas de comic se ciñen a constantes muy estereo­tipadas, incluso cuando apare­cen como supuestamente femi­nistas. Al contrario que todasellas, Elektra no es sexy, al menos en el sentido tradicional; no va a ser ni una típica buena ni tampo­co una malvada vamp, y contiene una dimensión épica que procede de su condición de «víctima cons­tante de las asechanzas de cuan­tos la rodean, un sino trágico y sangriento que preside, desde la juventud, su vida» (J.A. Pérez-Rioja, sobre la Elektra griega en su Diccionario de Símbolos y Mitos), y de su capacidad para superarla.


Gracias a estas característi­cas, Elektra va a dar un giro a las aventuras de Matt Murdock, aportando por una parte un desa­forado romanticismo, que se va a reflejar en un gótico urbano de rascacielos con azoteas inclina­das en picados y contrapicados, lluvias torrenciales sobre la ciu­dad, vendavales y nevadas, con las que enmarcar el trágico desti­no de Daredevil y su amada ene­miga. Y por otra, Miller va a apro­vechar para profundizar en el mis­ticismo de esta etapa de la serie, mezclando al aire byroniano un ritmo de cine de artes marciales, contaminado progresivamente de más y más espiritualismo zen, esoterismo y filosofía oriental. Y, más aún, con la conversión de Elektra en asesina profesional, conversión sobre la que hasta cierto punto Miller se reserva una opinión moral, un ambiente de violencia inusual, y muy criticado en su día, iba a penetrar en el comic-book de superhéroes.

Estaba aún lejos la sofistica­ción y el artificio de Elevara As­sassin, la locura caótica del final de los 80 aún no había hecho su aparición, y aunque Elektra no era todavía ese ensayo freudiano en que llegaría a convertirse, y si bien la presencia del mito griego era clara ya desde un principio, a Miller no se le habría ocurrido –ni permitido– insinuar siquiera que Elektra hubiera sido violada por su padre, ella iba a aportar ya, con su mezcla de fuentes inusuales en el comic americano –tragedia griega, misticismo oriental, saga nórdica y novela romántica– y ca­racterísticas mitómanas –Vícti­ma del Destino, Señora de las Ar­tes Marciales, y Walkiria resucita­da de su sueño de muerte para desencadenar el Gótterdame­rung–, una auténtica avanzada en el camino de la madurez del género de superhéroes, que se anotaba con ella uno de los per­sonajes femeninos más fascinan­tes jamás creados.


4.- EPlLOGO
De Frank Miller sabemos que le gusta el comic europeo, por ejem­plo Corto Maltés, las películas de Harry el Sucio, las novelas ro­mánticas de Ann Raynd y Marga­ret Mitchell, y cosas aún más ra­ras. De Elektra, que puede pasar de la tragedia a la parodia y de ésta al cuento de terror, sin dejar de ser nunca la Elektra que quie­re vengar la muerte de su(s) pa­dre(s), la guerra casi sin escrúpu­los que ha fascinado a Matt Murdock y a Will Garrett y abandona­do a ambos, quizá porque a quien busca no es al amante obsesivo y fiel, sino a un Orestes que la ayu­de en su implacable venganza, sin plantearse dilemas morales ni lazos carnales. Tal vez la historia de amor de Matt Murdock y Elek­tra Natchios sea la de un incesto entre hermanos, un pecado que ambos han de purgar con la imposibilidad de consumar su amor. Aunque «creo que cuanto más hablamos de Elektra menos comprensible es».

 Jesús Palacios







Frank´s Miller notes




















Krazy Comics Nº11-12 Agosto-Septiembre 1990