sábado, 2 de febrero de 2013

Mondo Lirondo por Jose Miguel Alvarez, Ismael Ferrer, Alex Fito y Albert Monteys


 Portadas y reticromos pertenecientes a los siete números de la revista Mondo Lirondo publicados entre septiembre de 1993 y mayo de 1997 por LA PENYA bajo el sello de Camaleon Ediciones, incluyo la portada de la segunda edición del número 0 y las cuatro páginas donde contaban como nació la revista. Además el editorial del numero 0 (septiembre 1993) de uno de mis personajes favoritos el editor Bosko Steinhein: "Bosko Steinhein, presidente de la afamada editorial Fondo Universal de Obras Maestras Inéditas, os remite unas tiernas y emocionadas palabras para éste, el primer número Mondo Lirondo.
Imaginaos la importancia y la extrema responsabilidad que conlleva esta tarea. ¿Que tarea, os preguntareis? La malsana y dura tarea de crear un producto popular y actual que retrate la realidad social de la Gran Ciudad y del Valle de las Zarzamoras.
Historias que descubriremos cada dos meses, eso sí, de un modo absolutamente objetivo y riguroso. De vosotros depende el que logremos (o no) nuestros objetivos. Gracias, gracias de nuevo."

A lo largo de Mondo Lirondo encontraremos la portada del nº3 es de Daspastoras, las contraportadas de los nºs 5 y 6 de Pere Joan, y la contraportada del nº7 un reticromo de Enrique Jimenez Corominas.

Analizar a fondo la obra de Mondo Lirondo requiere un esfuerzo superior a mi. Lo cierto es que fue un lujo y una sorpresa continua encontrar en las tiendas de comics la revista Mondo Lirondo.

























Primitivos por Antonio Muñoz Molina


Quizás un país de tan grandes distancias y tan propenso a las grandes soledades como Estados Unidos favorece más que surjan esos talentos insulares que no se parecen a nadie, que viven como eremitas y crean más o menos en secreto obras de una orginalidad alimentada por el aislamiento. En las ferias de antigüedades, en los mercadillos de los fines de semana, de vez en cuando se encuentran piezas de eso que llaman Folk Art que lo atraen a uno desde lejos en medio de la sobreabundancia desordenada de objetos en venta: paisajes de bosques, de ríos, de cabañas de troncos, pintados con una tiesa solvencia sobre paneles de madera; figuras policromadas de patos que sirvieron como reclamos para la caza; cerdos o vacas de madera que adornaron el escaparate de una carnicería; jefes indios tallados que se ponían en las puertas de los estancos; ballenas, salmones, caballos, cabezones de sombrererías, maniquíes de mejillas rojas y sonrisas heladas. Muchas veces son obras de artesanos que atendían a una demanda comercial; tienen una especie de rudeza jovial, una simpleza contundente de formas que hace palidecer por comparación muchos de los atrevimientos del pop: un teléfono de madera del tamaño de una maleta, un zapato enorme de color azul cobalto, un sacacorchos de dos metros de alto, todos ellos reclamos comerciales, parecen anticipar los objetos cotidianos agigantados de Claes Oldenburg.

Uno de los dibujos de Bill Traylor, el hombre que nació esclavo en una plantación de Alabama. / THE PARDEE COLLECTION.



Otras veces esas figuras poseen la fuerza plástica de un empeño sin otra finalidad que la satisfacción de un impulso: alguien en una granja aislada durante meses por la nieve se entretuvo en tallar un bloque de madera hasta darle la forma de un gran pájaro o de una cabeza humana, los ojos muy abiertos y fijos en el vacío; alguien aprovechó un libro de contabilidad en blanco para dibujar con lápices de colores recuerdos de su juventud. Los medios son primitivos, y la educación formal inexistente: como si al ponerse a tallar o a dibujar estuviera comenzando la historia del arte. Con frecuencia se aprovecha lo que se tiene más a mano, se saca partido de las formas dictadas por la naturaleza o por el azar: un pájaro hecho con tablas recortadas tiene el color azul de la pintura industrial del cajón del que procede y el ojo es el agujero rojizo por el óxido de un clavo arrancado; un guijarro casi cilíndrico necesita pocas incisiones para convertirse en el huevo que un pollo todavía encogido ha empezado a romper desde dentro; la astilla curva al final de una rama desgajada de un árbol servirá para que el bastón que se ha hecho con ella termine en una cabeza de gaviota o en delgado hocico sensitivo de un perro.

El material más pobre o más crudo se transmuta en el oro del talento, un talento que no se sabe de dónde procede, que no ha recibido el beneficio de ninguna educación formal y que pudo surgir en la marginalidad y la miseria. Hacia 1880, en las reservas en las que malvivían los supervivientes de las tribus vencidas de las praderas, nació lo que ahora se llama Ledger Art, literalmente el arte de los libros de registro o de contabilidad, los que usaban los administradores de los almacenes del gobierno. Algunos de ellos, dejados en blanco, les sirvieron a los artistas indios para dibujar imágenes que en tiempos mejores habían pintado en pieles alisadas de búfalos: cabalgadas, escenas de batallas, danzas de celebración o de guerra. Las rayas impresas en las páginas les servían para indicar la línea de la tierra o la del horizonte; su forma apaisada permitía un ritmo narrativo de friso. Mirando de cerca se advierte la pobre calidad de los lápices, pero el efecto es de una belleza intemporal, y esos caballos de cuerpos fornidos y cabezas pequeñas, esos guerreros de siluetas sumarias que unas veces manejan arcos y flechas y otras fusiles, suspendidos en un espacio abstracto, le hacen a uno acordarse de las figuras cazadoras o guerreras de la pintura neolítica y también de las escenas mitológicas en las ánforas griegas más antiguas. Tienen en común la exaltación de las proezas masculinas. Quién sabe qué poemas épicos, que ilíadas y cantos de Mío Cid están representados en las páginas de esos libros de contabilidad en los que durante mucho tiempo no reparó nadie y que ahora se separan una por una y se enmarcan para venderlas a precios más altos.

Lo que antes no valió nada ahora es prohibitivo. Jim Traylor nació esclavo en una plantación de Alabama y siguió trabajando en ella después de la emancipación, sin duda porque no tenía otro sitio a dónde ir. En 1928, a los 74 años, demasiado viejo para seguir trabajando, se trasladó a Montgomery, la capital del estado, y vivió más o menos como un mendigo, pasándose el día entero en la calle, durmiendo en el trastero de una funeraria, y luego en el portal de un zapatero. Era analfabeto y no es probable que hubiera sostenido jamás un lápiz. Pero un día tomó un trozo cualquiera de cartón y empezó a dibujar sobre él y ya no se detuvo nunca. Dibujaba animales, escenas de la vida en la plantación, bocetos de lo que veía en la calle, composiciones con criaturas fantásticas que volaban por los aires. Regalaba sus dibujos a los que paraban a charlar con él o los cambiaba por comida. Algún admirador le traía un cuaderno intacto, pero él prefería lo usado, el papel recio de los envoltorios, el cartón de las cajas. Dibujaba sobre esos materiales como en la pared cóncava de una cueva. Sus lechuzas, sus caballos, sus vacas, tienen una simplicidad y un misterio de animales totémicos.

Mirando de cerca se advierte la pobre calidad de los lápices, pero el efecto es de una belleza intemporal
Pero el más raro de esos artistas sin duda es James Castle. Era sordo de nacimiento y probablemente autista. Pasó la vida en una granja de Idaho. Como su padre era cartero, usó con frecuencia para dibujar sobres, cartones de embalaje, reversos de formularios. No aprendió nunca a leer. Dibujaba y hacía collages con trozos de cartón doblados y pegados. Usaba hollín de chimenea humedecido con saliva. En Jim Traylor hay una energía expansiva que agita lo mismo a las figuras humanas que a las de animales, en un universo de gravedad tan incierta como la de los cuadros de Chagall. James Castle dibuja mínimos paisajes sombríos, habitaciones o graneros en los que puede no haber nadie y sin embargo se percibe la presencia opresiva de algo, una negrura de interiores con las ventanas condenadas en los que se filtran hilos de luz, un oscurecimiento de cielos bajos de tormenta.

Se saben sólo unos pocos nombres de los artistas indios que dibujaban en los libros de contabilidad de las reservas. Jim Traylor y James Castle murieron en la misma oscuridad en la que habían vivido. Lo que hay en ellos es el caudal misterioso de la gran cultura popular, la maestría a la vez sofisticada y despojada que hay en los romances antiguos, en el flamenco o en los blues, en las músicas de tradición oral de casi cualquier parte del mundo. Algunos de los artistas mayores del siglo pasado —Picasso, Klee, Dubuffet, Bártok— quisieron desaprender una parte de lo que sabían para beber de esos orígenes.

www.antoniomuñozmolina.es

El Pais Babelia 02.02.2013

viernes, 25 de enero de 2013

"Los Increibles" por Robert McGinnis




El director de cine, Brad Bird nos enseña el poster de una de sus películas "Los Increibles", realizado por Robert McGinnis, veterano artista que realizó miles de ilustraciones. Para espias, como Matt Helm y James Bond ( Thunderball, You Only Live Twice), posters como el icónico Desayuno en Tiffanys y Barbarella, y unas 1200 novelas. McGinnis comenzó su carrera como aprendiz en los Estudios Disney.


















miércoles, 23 de enero de 2013

Creative Comic 26/27 de enero de 2013

Este fin de semana encuentro en la Caja Blanca, entre otros con nuestro querido amigo Javi Mena que participará y seguro que será algo impresionante. Nos vemos allí.


CAFE TEATRO LA CAJA BLANCA

En esta ocasión, tenemos el honor de presentaros nuestro primer gran evento.... CREATIVE CÓMIC.

Que se celebrará los días 26 y 27 de Enero, en la Caja Blanca (Avenida Editor Ángel Caffarena nº8, situado por la Colonia Santa Ines), el horario es de 11:30 a 19:30 y la entrada será gratuita.

Dedicamos este evento al mundo del cómic, la ilustración, novela y cine, por lo cual ofrecemos conferencias y talleres formativos impartidos por ilustradores, autores y dibujantes de cómic de primer nivel.

Entre charla y charla podéis disfrutar de una gran gama de actividades:
concursos de cosplay y karaoke, exhibiciones, presentaciones, talleres de manualidades, proyecciones, partidas de juegos de mesa, etc..

Cada semana iremos actualizando este evento y comunicándoos todas las novedades existentes.

Invitados:
Javier Mena
Agustín Padilla
Irene Art
Álex Ogalla
Patxi Mejías
Fran Kapilla
Raul Guerra
Miriam Jordán
El Torres
Pachi e Idígoras
Enmanuel Lafont
Omar Janaan
Pepe Valencia
Antonio Mendoza
Jose Carlos Gallardo
Jose Sedano

Medio de comunicación:
Neko Nyah
http://nekonyah.blogspot.com.es/


Blog: creativecomicmalaga.blogspot.com
Correo de contacto: asociacion.ginkgo@gmail.com


En Facebook: aquí , y Glinko

martes, 22 de enero de 2013

Ramiro integral de William Vance

Ramiro nace del deseo de Vance de realizar un cómic localizado en España dado que este es su país de adopción ya que lleva desde los años setenta viviendo en Santander. De este modo, surgió Ramiro en 1977, una serie ambientada en el siglo XII que a través de los nueve álbumes publicados hasta la fecha narra las aventuras de un caballero castellano y sus aventuras contra los musulmanes que ocupaban buena parte de la Península al tiempo que se van desvelando poco a poco los misterios sobre su origen que le convierten en blanco de las intrigas de los poderosos reyes de León y Castilla.



lunes, 21 de enero de 2013

Amor al arte por Antonio Muñoz Molina


A algunos expertos en arte o en literatura rara vez deja de notárseles la ausencia de familiaridad inmediata y material con las obras que estudian.
'Nada es bello sin el azar, una colección de quince ensayos', de Artur Ramon, transita volublemente entre las épocas históricas, entre la erudición y el ojo clínico
ANTONIO MUÑOZ MOLINA 12 ENE 2013 



Cuadro 'San Francisco de Asís en el desierto', de Giovanni Bellini.

En Barcelona, en el último invierno de la Guerra Civil, un pintor joven encuentra por la calle a un desconocido que se ofrece a venderle una pequeña tabla renacentista con un eccehomo. El vendedor va muy mal vestido y se le nota que está pasando mucha necesidad. El pintor consigue el cuadro por 25 pesetas. Lo pintó a finales del siglo XV Antonello da Messina y en pocos años valdrá muchísimo más dinero. En 2006, el hombre joven que compró por nada esa obra maestra, y que la vendió con dolor unos años más tarde para poder casarse con la mujer a la que amaba pasionalmente, es un anciano de 90 años que hace frente al calor insufrible del verano de Roma con el propósito de ver de nuevo en una exposición el cuadro del que se separó hace medio siglo. El encuentro es una despedida. En la maestría de la pintura el hombre confirma su gratitud por haberla poseído y por haber logrado gracias a ella el arranque de una vida en común que ha durado todo ese tiempo.

La historia del arte está hecha de azares, de descubrimientos y desapariciones, de corrientes y conexiones escondidas. En 2004, al poco de ser nombrado director del Instituto Cervantes, el escritor César Antonio Molina ve en uno de los despachos abarrotados y destartalados de la sede de entonces, el palacete de la Trinidad, un cuadro viejo que intuye valioso, al que nadie había prestado atención. En el reverso hay una etiqueta borrosa del siglo XIX que lo atribuye a Zurbarán. Pero un experto de mirada certera, el profesor José Milicua, lo identifica como una obra del gran Georges de La Tour, uno de esos pintores misteriosos que por los cambios del gusto y los vaivenes de la moda se vuelven invisibles durante varios siglos, y emergen entonces con toda su originalidad íntegra.

La Tour o Caravaggio o El Greco no han estado desde siempre sacralizados e inmóviles en las salas de los museos. Después de una gloria casi tan fulgurante y transitoria como una estrella del pop, Caravaggio quedó arrinconado por las nuevas modas fastuosas del Barroco, oscureciéndose y apagándose como tantos de sus cuadros olvidados en capillas sombrías que no visitaba nadie. Hizo falta la gran ruptura moderna iniciada por Édouard Manet para que hubiera miradas que apreciaran otra vez el despojamiento y la intensidad expresiva de Caravaggio, igual que sólo después del Impresionismo y del Simbolismo se apreció a El Greco. Y fue en la crisis de los años treinta cuando Caravaggio y La Tour quedaron inscritos definitivamente en los repertorios oficiales del arte: justo al mismo tiempo que las convulsiones de la economía y de la política forzaban por igual a los artistas y a los escritores a mirar lo real con ojos bien abiertos. Uno de los pintores del realismo americano de entonces, Thomas Hart Benton, era muy aficionado a El Greco, y transmitió su entusiasmo a su discípulo más brillante, Jackson Pollock.

A mí jamás se me habría ocurrido conectar a Pollock con El Greco, pero el vínculo está documentado: alentado por su maestro, el joven Pollock hizo dibujos bajados en ángeles, santos y cielos de El Greco, y es inevitable adivinar en esas líneas agitadas los trazos convulsos y los chorreones de pintura del expresionismo abstracto. Descubro ese vínculo, como tantos otros, en un libro de Artur Ramon, Nada es bello sin el azar, una colección de quince ensayos —“episodios sobre la pintura”, les llama su autor— que transita volublemente entre las épocas históricas, entre la erudición y el ojo clínico, examinando cuadros casi siempre poco conocidos, o bien obras menores de maestros, contando peripecias de sus apariciones y sus desapariciones, aventuras de los que los coleccionaron o los tuvieron y los perdieron o los supieron reconocer con un golpe de vista que tenía tanto de rigor académico como de revelación estética.
El historiador, el crítico, ve las obras estáticas en la pared del museo, cuando no en la lámina de un libro o en una imagen de Internet. El galerista, el anticuario, las observa mucho más de cerca, convive con ellas
A algunos expertos en arte o en literatura rara vez deja de notárseles la ausencia de familiaridad inmediata y material con las obras que estudian. Será en parte porque creen que la investigación excluye el entusiasmo, y también por un prejuicio intelectual que valora lo abstracto por encima de lo concreto, y que en el fondo, y a veces en la superficie, concede mucha menor seriedad a las obras de arte o de literatura que a los discursos teóricos que se elaboran sobre ellas.



'San Jerónimo', de George de La Tour.

También hay algo más triste, una sequedad de espíritu, una falta de amor, y hasta de curiosidad, que se disfrazan de suficiencia. No sé si se podrán estudiar las rocas o las bacterias o las partículas subatómicas sin una disposición entusiasta, sin la convicción de que vale la pena consagrar la vida a ese conocimiento, pero estoy bastante seguro de que si no hay entrega y fervor y voluntad de asombro cualquier aproximación a las artes es perfectamente estéril. Sin amar la literatura y sin disfrutar de ella difícilmente habrá descubrimientos valiosos, y menos todavía transmisión de las obras, esa militancia contagiosa de la que depende su supervivencia en el porvenir. Como en las artes la sensualidad de lo visible y lo tangible es mucho mayor que en la literatura, choca todavía más la aridez de mucho de lo que se dice o se especula sobre ellas.
Sin amar la literatura y sin disfrutar de ella difícilmente habrá descubrimientos valiosos
Artur Ramon es historiador del arte, pero también anticuario y galerista. Estos ensayos aparecieron originariamente en La Vanguardia, y se nota en ellos una vocación franca y cordial de acercar la pintura al lector común, sin banalizarla ni simplificarla, usando la escritura casi como un instrumento óptico, apuntando hacia lo que siendo visible podría no advertirse, con ese afán de compartir lo que se sabe y de contagiar el propio disfrute que es el reverso de la pedantería. El historiador, el crítico, ve las obras estáticas en la pared del museo, cuando no en la lámina de un libro o en una imagen de Internet. El galerista, el anticuario, las observa mucho más de cerca, convive con ellas, está atento a los episodios complicados de su transmisión, puede apreciar lo que el tiempo, las restauraciones toscas, han ido añadiendo a la superficie de un lienzo, las huellas literales de muchas manos por las que pasó. En Nueva York, un restaurador de la Frick Collection le explica a Ramon que ha descubierto la huella de un dedo de Giovanni Bellini en ese cuadro suyo que hay en el museo, un San Francisco de Asís en trance de recibir los estigmas. Bellini, acostumbrado a pintar en témpera, estaba experimentando con la nueva técnica del óleo, recién llegada desde Flandes a Italia. Probablemente no se fiaba de cómo secaría ese material poco conocido, y tocó suavemente la pintura fresca para comprobarlo.

Tantas veces he visitado la Frick, y nunca he prestado verdadera atención a ese cuadro, quizás porque está entre dos tizianos hacia los que la mirada se me va siempre, el retrato de un hombre desconocido con un tocado rojo y el de Pietro Aretino, con su barba y su ropón suntuoso. Ahora tengo un motivo para volver cuanto antes: para ver ese conejo medio escondido y ese jarro de agua en los que se ha fijado Artur Ramon, para preguntarme dónde estará la huella de Giovanni Bellini.
Nada es bello sin el azar. Quince episodios sobre pintura. Artur Ramon. Elba. Barcelona, 2012. 148 páginas. 21 euros

www.antoniomuñozmolina.es



El Pais Babelia 12 de enero de 2013