sábado, 26 de mayo de 2012

Fantasmas por Carlos Trillo y Horacio Altuna

El realismo mágico de Carlos Trillo y Horacio Altuna

El recurso a la metáfora como forma de expre­sar sensaciones e ideas de Carlos Trillo (1943) y el grafismo realista y detallado de Horacio Altuna (1941) son, en síntesis, las características principa­les de estos autores argentinos. Inicialmente limi­tados por la censura de las juntas militares y la precariedad de la industria editorial de los cómics en su país, Trillo y Altuna han conseguido filtrar en su obra una visión crítica de la condición huma­na, muy próxima al realismo mágico de la literatu­ra sudamericana. El rechazo a las dictaduras políti­cas y la inadaptación del ser humano a su entorno, son tratados de forma alegórica pero no exenta de cotidianeidad y sentido del humor por Trillo y Al-tuna.
Pero ha sido en géneros como la fantasía y la ciencia ficción, donde estos autores han aplicado con más contundencia su angustiosa visión de la so­ciedad moderna. Series como El último recreo (1983) o Imaginario (1989), pero sobre todo Traga­perras (1984), de la que publicamos un capítulo (Fantasmas), son una muestra del recurso a la fan­tasía como medio de evasión ante una realidad agónica e insolidaria.
Mientras Trillo que demuestra que sabe aplicar a estos conceptos una narración ágil y una riqueza dramática apoyada en la verosimilitud de sus per­sonajes, Altuna rompe con el conformismo estético de una industria, la argentina, que favorece la can­tidad por encima de la calidad. Desde que hace más de diez años trasladó su residencia a España, Horacio Altuna ha enriquecido la base realista de su dibujo con su trazo detallista y la dinámica com­posición de sus páginas y viñetas. Su particular concepción del color, de tonos suaves y apastelados muy trabajados, lo ha convertido en uno de los autores argentinos de más consolidado prestigio internacional

VEINTE AÑOS DE COMIC Aula de Literatura Vincens Vives Primera Edición 1993

















jueves, 24 de mayo de 2012

Exposición de Durero

Un hombre se detiene ante una de las instalaciones de la exposición 'El Durero temprano', la muestra más grande hasta ahora de la obra del pintor alemán Alberto Durero, y que acoge el Museo Nacional Germánico, en Nuremberg.


Durero aplica la técnica perfeccionista igualmente en sus retratos y cuadros religiosos realizados al óleo sobre panel de madera.


Esta escultura es un autorretrato del joven Durero, cuando tenía 27 años, que se consagró como uno de los grandes talentos de Alemania alrededor de 1880. La obra se creía destruida durante la segunda guerra Mundial, y fue redescubierta en los jardines de la Academia Americana de Berlín.



El pintor del alto renacimiento imprime un estilo hiper realista cuando reproduce la luz y la sombra, logrando una definición fotográfica en el dibujo y la pintura.


Articulo de El Pais aquí

Calendario 1994 por Michael Kaluta

Gandlaf el Gris llega a Hobbiton.


Elrond rememora las huestes de Gil-galad.


Legolas tensa el arco de Galadriel.


La Cámara de los Ents.


Éowyn frente a las puertas de Meduseld.


El primer relámpago en el abismo de Helm.


La Puerta Negra está cerrada.


El rey coronado de nuevo.


Théoden y la Bandera de la Serpiente.

Éowyn y el Rey Brujo de Angmar.


Arwen y el Rey Elessar.


Meriadoc el Magnífico y los hijos de Samsagaz Hamfast.


Ediciones Minotauro 1993

miércoles, 23 de mayo de 2012

‘Mis ojos, que codician cosas bellas’, de Michelangelo Buonarroti

Fragmento de El profeta Isaías, de Miguel Angel


CVII
Mis ojos, que codician cosas bellas
como mi alma anhela su salud,
no ostentan más virtud
que al cielo aspire, que mirar aquellas.
De las altas estrellas
desciende un esplendor
que incita a ir tras ellas
y aqui se llama amor.
No encuentra el corazón nada mejor
que lo enamore, y arda y aconseje
que  dos ojos que a dos astros semejen.


Articulo de El Pais 22 de mayo de 2012 aquí

La memoria del siglo

Fotografías
para la historia
de España
EDUARDO HARO TECGLEN


1900-1939, un periodo intenso en la vida de España visto a través del objetivo de maestros de la fotografía y recogido en una exposición recopilada por el historiador Publio López Mondéjar en la segunda entrega de `Las fuentes de la memoria'.



1905. Alfonso XIII y la reina regente Maria Cristina. Franzen



1925. Retrato del escritor Valle-Inclán. Moreno

Este es el primer siglo foto­grafiado en España. El arte viene de antes —y el siglo también: puede em­pezar en las caídas de las colo­nias, en las incursiones sobre África y en algunas rupturas ar­tísticas y culturales— sobre todo en el retratismo y, como dicen los especialistas, el pictorialismo como la histórica foto de Ortiz de Echagüe en 1916, que es como un cuadro de Zuloaga; pero su con­solidación como mirada viva estádentro de nuestro siglo. Las fuen­tes de la memoria se titula esta ex­posición de los maestros fotógra­fos, en la que se recogen sus obras hasta 1939, y por esa ex­tensión del primer tercio del siglo puede verse uno mismo, y como éramos. Yo no soy ese niño foto­grafiado junto a una barricada en Barcelona porque mis parape­tos los levanté en Madrid, en no­viembre de 1936, y todavía cierro los ojos y siento en las palmas de la mano la dureza fría del adoquín, la húmeda tierra para los sa­cos. Ni soy ninguno de los perso­najes que empujan o arrastran sus enseres, salvándolos de la inva­sión; pero también lo hice, y tam­bién tengo en la memoria el ruido opaco del cañón, el del aire rasga­do por el obús y el siseo de la me­tralla. Calle de Segovia. Alguien dijo que la escayola trae mala suer­te y dejamos una estatuilla en el quicio de una ventana: la casa voló unos segundos después.
Quizá no sea esto lo que tenga que escribir aquí, pero sí es la prueba de que las fotografías de esta exposición son una memoria que fructifica. Y corrige. El re­cuerdo borra, pero, sobre todo, elabora; idealiza unas veces, otras maltrata la imagen vivida. La pintura también mentía, y por eso cierto realismo no pudo resis­tir después de la llegada de la fo­tografía a la mayoría de edad, y quizá sea esa una de las grandes aportaciones de

1908. Padres capuchinos y funcionarios de prisiones rodean a un preso indultado en Córdoba. Nogales



1905. Miembros del clero y la aristocracia española reunidos en Madrid. Amador.



1933. Euforia durante la botadura del trasatlántico "Magallanes". Anónimo.


 la cámara y el fotógrafo (aunque haya una par­te de la nueva generación foto-pictórica que también imagina); incluso el hiperrealismo es, preci­samente por el otro extremo, un escape del realismo.
Sin embargo, esta realidad que vemos del tercio de siglo no es la de una cámara ni de lo que se lla­mó y se llama, con evidente exa­geración, objetivo. Hay un hom­bre detrás: ese hombre acecha el momento y lo elige, lo sorprende; repite sus fotos para ver si selec­ciona una. En el tiempo referido la dificultad era mayor: los carre­tes más cortos, y la llamarada de magnesio tenía que romper la os­curidad desde muy temprano. El instante era más veloz que ahora para la capacidad de disparo de las máquinas. Puede esta técnica haber dado mayor facilidades al fotógrafo actual sobre el de en­tonces, pero lo que no ha evolu­cionado tanto es el mismo ser.
Viendo las fotos de la guerra, que me son más afines —por la fuerza que el acontecimiento da a la memoria original, a la instantá­nea con que se nos graba—, pien­so que no sólo el oficio fotográfi­co, sino la vida misma, la guerra misma, tenía sus propias caracte­rísticas. Claro que veo Sarajevo en Madrid, o en Málaga, de donde el pueblo huyó a pie hasta Valen­cia, como se ve en la fotografia de Hans Namuth —y yo les vi llegar, exhaustos, pero salvados—, pero veo una "ideología" en la imagen. ¿La pongo yo? ¿Selecciono yo una estética que me hace ver el retrato de Millán Astray ("¡Muera la in­teligencia!") por Gombau de una manera diferente al de las mujeres de los mineros asturianos presos en 1934? Claro que hay una unión otra vez, una abreviatura del tiempo, cuando se piensa que la misma Legión que fundaban, y el mismo Franco, fueron los que aplastaron a esos mineros catorce años después. Y no deja de ser irónico que piense en Sarajevo al ver la guerra civil en la ciudad española y que sea otra vez aquella Legión así fundada la que vaya ahora a entrar en combate —per­dón, en pacificación— en Saraje­vo.. Probablemente, no son más que meras coincidencias, incluso un poco rebuscadas, pero la sen­sación es la de que el tiempo no se agota, no es tanto el continuo que creemos, o la flecha disparada ha­cia lo desconocido que nunca vuelve a pasar por el mismo sitio, sino que tiene vueltas atrás.
Sobre todo, porque no hay tanta evolución humana como técnica. Sí se puede apreciar en las imágenes populares de todo aquel tiempo una cierta diferencia mor­fológica con las de hoy. Quizá unos cambios en la alimentación, quizá unas modas: hay una mejo­ra de raza, o bien creemos que es una mejora porque es la nuestra. No sé si los desnudos —de mujer, naturalmente— que se ven en la exposición son "mejores" que los actuales, desde la estética; ni sé si lo son desde la eugenesia, o desde la misma salud corporal femeni­na: lo que sabemos es que este cambio es una obra de creación que ha hecho la mujer sobre sí misma, y que eso tiene un sentido. También creo que son una crea­ción humana las ventajas sociales de hoy, y que probablemente no todo se perdió en aquella guerra que vemos otra vez, en estas foto­grafías, perder.

'Las fuentes de la memoria II' se expo­ne en Madrid, en el Museo Español de Arte Contemporáneo, del 1 de octubre al 30 de noviembre.

1915. Retrato del torero Marcial Lalanda con miembros de su cuadrilla. Baldomero



1916. Un grupo de hombres regresan andando hacia la ciudad. Echagüe.



1936. Detención de civiles durante la jornada del 19 de julio. Diaz Casariego.



1937. Millán Astray y jefes falangistas en el estudio de Gombau, en Salamanca. Gombau.




1937. Refugiados huyen de la castigada ciudad de Málaga durante la guerra civil. H. Namuth.



1939. Un grupo de ciudadanos aclaman con el brazo en alto la entrada de los "nacionales" en Madrid. Alfonso.



1934. Mujeres y compañeros de los mineros detenidos en Asturias durante la revolución. Diaz Casariego.




1920. Retrato de un obrero del astillero de Puerto Real. Fernández Trujillo.



1915. Clase de dibujo en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. F. Goñi.




1925. Prostitutas bebiendo y jugando a las cartas en un burdel de Albacete. Luis Escobar.


1905. El desnudo en esta época era un genero cultivado con reparos. Una forma de suavizarlo: rodear a la mujer de un halo mitológico. Anónimo.


El Pais Semanal





martes, 15 de mayo de 2012

Pasión por el dibujo




 Me muevo despacio por el vertigo de la red, un nuevo colega me informa y yo soy muy lento. El pasado 11 de mayo falleció un autentico maestro del comic, Tony de Zuñiga, a los 80 años. Siempre me pareció curioso, allá en mi juventud, ver esos apellidos castellanos en los nombres de los autores de comics norteamericanos, y es que eran filipinos. Unos pocos llegaron de la mano de de Zuñiga a las editoriales americanas: Alfredo Alcalá, Alex Niño. Descanse en paz. Su biografía en la wikipedia aquí.







Probablemente el nombre de este autor filipino será un desconocido para la gran mayoría, pero la editorial Marvel Comics arrasa en el cine ahora mismo con la película de Los Vengadores, en veinte días ha recaudado en el mundo más de 1.000 millones de dolares, artículos aquí y aquí.


Otra página interesante, magnífico trabajo de RTVE en su cobertura del 30 Salón del Comic de Barcelona.


Y para terminar un enlace a un blog de El Pais: Sin título dedicado a la pasión por el dibujo y leonardo davinci.

Porque en el fondo todo lo que me mueve es la pasión por el dibujo, no como complemento a la pintura, sino el dibujo en sí mismo y sus posibilidades como narrador.

Madera fundacional de la novela gráfica

Frans Masereel fue un caricaturista político, pacifista y antifascista, experto grabador y sin vínculos con el comic industrial de su época. La reedición de La ciudad (1925) deja ver su enorme influencia en la eclosión del género de los últimos años.





Por Valentín Vañó
ESTE HERMOSO y extraño artefacto gráfico llamado La ciudad, que Nórdica ha recuperado en for­mato de miniatura fascinante, era en 1925 un libro cargado de futuro, aunque han sido necesarios noventa años para entenderlo y encajarlo real­mente en un contexto teórico e históri­co. Su autor, Frans Masereel (1889­1972), no fue en absoluto un dibujante de tebeos, sino un artista camarada de intelectuales como Stefan Zweig y Geor­ge Grosz. La consideración de sus nove­las en imágenes como antecedentes de la actual historieta artística, de la llama­da novela gráfica, tiene que ver con la revelación y consolidación de una "histo­ria secreta de los cómics", en palabras de Art Spiegelman:
Frans Masereel (Blankenberge, Bélgi­ca, 1889-Aviñón, Francia, 1972) fue un caricaturista político, sin vínculos con el cómic industrial de su época. Militante pacifista y antifascista, era un experto en la técnica del grabado en madera o xilo­grafía, que utilizó para realizar sus nove­las en imágenes: historias gráficas sin diálogos formadas por reproducciones de grabados a página completa. Así desa­rrolló libros visuales y narrativos como Mon Livre d'heures (1919) o Un fait di­vers (1920), hasta completar cincuenta títulos a lo largo de su vida. La ciudad (La vine, 1925) supone una hermosa ano­malía en la trayectoria de Masereel, por su desafección de las convenciones na­rrativas: del argumento, nudo y desenla­ce. Este libro es como un gran edificio con múltiples puertas de acceso, tantas como las 110 ilustraciones que lo compo­nen. En La ciudad, Masereel traslada al lector a las calles, centros de trabajo, hos­pitales, escuelas, iglesias, teatros, salo­nes de baile o prostíbulos de la metrópo­li, dando cuenta de la cotidianidad, ocio, desesperación o intimidad sexual de sus habitantes. Un retrato integral de un per­sonaje, la urbe moderna, que se muestra arquitectónicamente amenazante, abiga­rrada de elementos, abarrotada de seres.
El expresionismo no reconocido de Frans Masereel alcanza en La ciudad su máxima intensidad. Belga de nacimien­to, el artista no quiso vincularse a ese movimiento de vanguardia, esencialmen­te alemán, aunque ya en 1927 el escritor Lothar Lang le incluyó en un índice de autores. Si bien la tortuosa tensión vi­sual de películas como El gabinete del doctor Caligari (1920) se siente en la obra de Masereel, su gran vínculo con el expresionismo lo proporciona el uso del grabado sobre madera. El cruce de ca­minos donde el artista desarrolla su obra resulta hoy especialmente atrayente. Con
la actual perspectiva, podemos relacio nar a Masereel con un modo diferente de hacer cómic, pero en su momento
sus libros gráficos sin palabras y sin pá­ginas divididas en viñetas, recordaban sobre todo al cine mudo. Hay corrientes comunicantes entre las novelas en imá­genes y la sinfonía urbana, un primi­genio género cinematográfico, que se caracterizaba por su frecuente falta de argumento y amplia ambición descripti­va de la ciudad moderna. También, pues, en películas como Berlin. Die Sinfo­- nie der Grosstadt (Walther Ruttmann, 1927) o Á propos de Nice (Jean Vigo, 1930) pudiera rastrearse la influencia de Frans Masereel.
Stefan Zweig dijo que sería posible "reconstruir el mundo contemporáneo",si "tan solo quedaran los grabados que ha creado Masereel". Así de honda era la admiración por la obra del artista en su época. La admiración por el hombre la define bien Thomas Mann, quien le des­cribió en el prólogo para uno de sus li­bros como el "artista verdaderamente moderno, auténtico habitante de las me­trópolis, niño ávido de novedades, de entusiasmo fácil, hambriento siempre y siempre receptivo", entre otras lindezas.

Explorador del arte secuencial
PARA CONTEXTUALIZAR el valor renovado de Masereel y La ciudad en el nuevo cómic, es necesario considerar las salu­dables tensiones que se están producien­do en el ámbito de su estudio teórico. He aquí una paradoja: en 1978, Will Eisner realizó su novela gráfica esencial, Contra­to con Dios, según confesión pública pos­terior, tratando de imitar la riqueza ex­presiva de los libros de Masereel y otros creadores de novelas en grabados como Lynd Ward u Otto Nückel. Pero, durante décadas, las obras históricas convencio­nales sobre cómic, como la española La historia de los cómics (Toutain Editor, 1983-1984), ni siquiera referenciaban a Masereel en su índice de autores. Ha sido en los últimos años, con ensayos como Wordless Books. The Original Graphic No­vels, de David A. Beronä (Abrams, 2008), o La novela gráfica, de Santiago García (Astiberri, 2010), cuando empezamos a vislumbrar la labor de pionero que Mase­reel llevó a cabo. Scott McCloud, dibujan­te ' y teórico, ha descrito a Masereel y Ward como "enlaces perdidos" en el de­sarrollo de los cómics.
La tesis que Spiegelman sugiere al ha­blar de "historia secreta,", y que Santiago García explicita en La novela gráfica, ar­gumenta la existencia de una tradición subterránea de narradores gráficos que han elaborado su obra al margen del sis­tema convencional del cómic. Y que, aun­que no de forma directa ni voluntaria, sino lateral y en perspectiva, su influen­cia puede vincularse a la eclosión de la novela gráfica contemporánea. En ese contexto, Masereel es un artista esencial.-Casi un siglo más tarde, hemos podido entender el poderío de sus marcas en la madera, de ese grafismo crudo y huma­nista que está moldeando la historieta del presente. Su trascendencia está, pues, vinculada también a las reedicio­nes actuales de otras novelas en graba­dos u obras relacionadas: Six Novels in Woodcuts, de Lynd Ward (The Library of America, 2010); y en España, las Tres no­velas en imágenes, de Max Ernst (Atalan­ta, 2008), y El fue malo con ella, de Milt Gross (Libros de Papel, 2011).

La ciudad Frans Masereel. Nórdica Libros. Ma­drid. 2012. 120 páginas. 15 euros.