lunes, 16 de enero de 2012

SketchUp (modelado en 3D) de Google


No queda otra cosa que dibujar, visto lo fácil que lo pone la universalización del conocimiento. Un equipo informático normalito y, hala, ya tiene uno el ojo de la cámara preparado para enseñarle donde y como es cualquier lugar que necesite conocer. En este caso, para nosotros: una campamento romano, muros, fuertes, poblados iberos, movimientos masivos de tropas, pueblos romanos, torres. Por supuesto, la participación masiva de los usuarios a favor del programa de 3D alimenta aún más la base de datos y supongo que con el tiempo llegará a ser indispensable. Menuda biblioteca de imágenes. Me encanta Google.









































domingo, 15 de enero de 2012

Las viñetas de la cruda realidad

Tras su crónica sobre Pyongyang, Guy Delisle firma 'Crónicas de Jerusalén' - El periodismo halla en el tebeo un vehículo de expresión de temas candentes
MAURICIO VICENT - Madrid - 14/01/2012




Palestina, de Joe Sacco.-

Llámese como se le quiera llamar -novela gráfica, historieta de actualidad, tebeo de no ficción...-, la tendencia al cómic serio se consolida frente a las aventuras y temas de toda la vida. Aunque cada vez el género se amplía más y gana adeptos en Estados Unidos y Europa, no se trata de un fenómeno nuevo. El Maus, de Art Spiegelman, sobre el Holocausto, o el Palestina, de Joe Sacco, dos verdaderas biblias dentro de este estilo, han cumplido veinte años. También tiene una década Pyongyang, del dibujante canadiense Guy Delisle, que después de pasar dos meses en la capital de Corea del Norte asesorando el trabajo de unos estudios de animación, destripó al régimen de Kim Jong-Il con gran sentido del humor en un libro de referencia. Su último cómic, Crónicas de Jerusalén, es uno de los lanzamientos de la temporada en España.


Además, la vertiente más seria del género será la protagonista en la gran cita del cómic europeo, el Festival de Angulema. El certamen francés, que el año pasado concedió su gran premio a Spiegelman, dedica una gran exposición al autor estadounidense, que será presidente del jurado de la cita, celebrada entre el 26 y el 29 de enero.

El caso de Guy Delisle es representativo del éxito de la llamada novela gráfica. Crónicas de Jerusalén, que ha visto la luz en diciembre, está funcionando muy bien en Francia y en solo un mes en España casi se ha agotado la primera edición (Astiberri), de 5.000 ejemplares. La editorial ya prepara la segunda y va a reeditar Pyongyang -del que se vendieron 13.000 ejemplares en su momento- aprovechando la vigencia que ha cobrado el libro tras la muerte del dictador coreano. En el caso de Corea del Norte favorecen las circunstancias: el país está igualito y el libro retrata su espíritu totalitario mejor que cualquier documental.

"El cómic ha cambiado, se ha abierto a diferentes formas de hacer, ya no es solo ficción", asegura Delisle desde su casa en Montpellier. "Del mismo modo que con la edad uno cambia y le apetece dibujar otras cosas, la gente hoy se interesa por otras historias que pueden leerse cada día en los periódicos o verse en la televisión". Delisle (Quebec, 1966) no entra en el debate de si lo que hace es novela gráfica u otra cosa, aunque siente más cercano su trabajo a la narración literaria que al reportaje periodístico, que sería el caso de los libros de Sacco sobre la primera Intifada palestina o Gorazde, sobre la guerra de Bosnia.

Las diferencias con el norteamericano son obvias; mientras Sacco va a un lugar buscando investigar una historia y documentarse para luego escribir/dibujar lo visto con toda crudeza, como si se tratara de un gran reportaje en primera persona, Delisle simplemente vive su vida en los lugares que visita y cuenta lo que le sucede de modo subjetivo y siempre con ironía. "Es lo contrario al periodismo: lo que hago es una especie de gran postal, como la que enviaría a mi familia contándoles lo que me ha pasado, lo que me sorprende y me choca, lo que desconozco y aprendo de una realidad", explica.

Esa aparente ingenuidad -solo aparente- y esa distancia calculada de lo que habla -sea sobre Birmania, Shenzhen, en China, o Pyongyang- son fundamentales en el hilván de sus libros de viajes y para lograr la cercanía del lector con las historias que trata. En el caso de Crónicas de Jerusalén -"postal" del año que pasó en la ciudad santa acompañando a su esposa, miembro de Médicos sin Fronteras- Delisle utiliza como leit motiv su dedicación a sus hijos pequeños -"no teníamos dinero para nanas", confiesa- y su afán por dibujarlo todo para guiarnos por los entresijos de un conflicto que ocupa las primeras páginas de todo los informativos. El lector descubre las claves profundas del drama a través de sus vagabundeos por la ciudad, de los múltiples ángulos desde donde dibuja el muro vergonzante que divide a árabes de judíos y sobre todo de sus bromas inteligentes. En Gaza, dice, los palestinos "tienen derecho a votar democráticamente, pero deben votar democráticamente al partido que elija Israel".

"La novela gráfica es solo un concepto, una forma de llamarlo, pero sigue siendo cómic. Lo que pasa es que hoy el cómic ha madurado y trata un montón de temas que cada vez interesan a un público más general", asegura Héloïse Guerrier, editora de Astiberri. En su catálogo hay más de 300 obras y día a día se amplía el número de las que tratan asuntos "de actualidad", como los cómic del propio Delisle. Está también Viva la vida. Los sueños de Ciudad Juárez, de Edmond Baudoin, una indagación antropológica sobre la violencia en esa ciudad mexicana, o los tres tomos de Una vida en china, de Li Kunwyu, quien después de 30 años de realizar dibujos de propaganda para el Partido Comunista, ajusta cuentas con la historia de su país.

David Hernando, director editorial de Planeta DeAgostini Cómics, quien lleva en España la obra de Sacco, coincide en que este tipo de historias serias "cada vez tiene mayor aceptación". Gracias a ello, dice, "el cómic poco a poco puede equipararse con la narrativa, donde caben géneros de toda índole". Son temas que tienen tanto gancho, o más, que cualquier aventura de ficción.

Crónicas de Jerusalén, de Guy Delisle.-



El Pais 14/01/2012


Sesion fotografica



Probando una nueva camara de fotos, con algunos de mis dibujos. Me encanta. Fotos, collage, mezclas. Juguetes y dibujos.







La fotógrafa más íntima


Brigitte Lacombe empezó a retratar famosos con 17
años. Desde Julia Roberts hasta Al Pacino, Sharon
Stone o Gérard Depardieu han posado para ella. En
este reportaje cuenta cómo son los famosos ante la
intimidad de su cámara. Por Isabel Piquer


 Al Pacino, 1977. "Esta fotografía la hice en Múnich. Al Pacino acababa de hacer "El Padrino". Me gusta mucho porque es una imagen muy natural. Normalmente de Al Pacino se hacen retratos más oscuros;sin embargo, aquí se le ve despreocupado y sin posar".



Es fácil reconocer un retrato de Bri­gitte Lacombe. Son los mismos famosos, actores y cineastas que saturan las porta­das de las revistas, pero sin glamour pre­fabricado ni artificios. Sólo una increíble sencillez, casi absoluta fragilidad. Perso­nas en vez de personajes. En sus 25 años de carrera, esta fotógrafa francesa, afincada en Nueva York, ha desnudado, en el senti­do más escénico de la palabra, a todos los protagonistas del cine y del teatro. Muy pocos han resistido su mirada intensa y es­crutadora, y todos están en su primer libro retrospectivo que sale ahora en España.
Lacombe es una mujer estricta, que siempre va de negro, no lleva maquillaje yhabla con una densidad y sinceridad des­concertantes. La antítesis de lo que uno es­pera cuando se imagina a un profesional de las estrellas. Es una grata sorpresa. No habla de fiestas ni de saraos. sino de lo que pasa cuando se queda a solas con su mode­lo, con Mel Gibson. Sharon Stone, Susan Sarandon o Julia Roberts.
"La fotografía es una forma de tener relaciones íntimas con alguien. E algo muy personal por ambas partes. Es difícil ocultar algo o jugar en ese momento. Esta intimidad tan concentrada es muy emo­cionante. Es algo que no pasa en la vida co­tidiana, donde hace falta más tiempo. Eso es lo que me impulsa a hacer lo que hago.



 Gérard Depardieu, 1975. "Ésta es la primera vez que le fotografié, en 1975, en Cannes. Está con su hijo, que ahora debe tener más de 25 años. Le enseñé esta foto  a Depardieu hace poco y se puso muy triste. La vió como el símbolo de su fallida relación con su hijo".

 Julia Roberts. 1988. "Acababa de rodar Mistyc Pizza y todavía no había salido Pretty woman. Era antes de que fuera una estrella. Es un retrato muy puro, sin pretensiones. Tiene esa increíble sonrisa, aunque también tiene mucho más. Ahora es la reina de Hollywood y ha cambiado un poco".




Sigo buscando esos momentos, pero tienes que entregarte, estar ahí al cien por cien. No busco desestabilizar a la gente ni co­gerlos por sorpresa; al contrario, quiero ponerles en un entorno muy tranquiliza­dor y muy auténtico. No tengo ninguna mala intención. Quiero un momento que a mí me parezca verdadero".
Adam Gopnik, una de las firmas es­trella de la revista The New Yorker lo ex­plica perfectamente en la introducción del libro: 'Aunque desviste a sus modelos, siempre son más conmovedores que sexys. Están en sus camerinos, no en sus dormi­torios. Muestra a Natalie Portman, Cate Blanchett, Gwyneth Paltrow, tan bellas e individualistas como pueden ser las jóve­nes actrices, pero más como potenciales que como personas. (...) Lacombe trans­forma a una generación de estrellas en los actores que intentaron ser".
La fotógrafa explica con un ansia de contraste su interés, dedicación exclusiva, casi obsesión por los que se suben a un es­cenario. "Son el polo opuesto de lo que soy. Yo no me miro nunca. Llevo un uniforme, me visto todos los días igual. Encuentro extraordinario que los actores se expon­gan de esta forma y sean tan vulnerables. Tienen un valor que me conmueve mucho. Me parece muy peligroso y los admiro por ello. Es exponerse constantemente a que todo el mundo tenga una opinión sobre ti. Son riesgos íntimos, emocionales. Y ade­más deben soportar verse a sí mismos todo el tiempo. Creo que de alguna forma quiero protegerlos".
Sentada en una de las pocas banquetas de su estudio de Chelsea, a orillas del río Hudson, revisa las pruebas de lo que le ha costado tres años seleccionar. "Ha sido un arduo proceso. Nunca podrá ser del todo satisfactorio". Se ha puesto las gafas, lleva coleta y no hace caso del calor que despe­jan los enormes ventanales que dan a Man­hattan. Se concentra en lo que dice. "Esto no es un libro comercial, yo no soy tan co­nocida como Annie Leibovitz; mis fotos son más tranquilas, más introspectivas". Acaba de regresar de los estudios Cinecittá Roma, donde Martin Scorsese termina su última película, Gangs of New York. Así empezó, entre cámaras y decorados.
Tenía 17 años cuando Elle la mandó a Carnes en 1975. Había dejado los estudios para dedicarse a lo único que le ha intere­sado. Cayó bien por su aplomo y su suerte. "Allí tuve dos encuentros clave: Dustin Hoffman, que estaba a punto de hacer To­dos los hombres del presidente, y Donald Sutherland, que iba a interpretar El Casa­nova de Fellini. Y los dos me invitaron a ha­cer las fotos del rodaje. En ese momento pensaba que era normal y posible. Ahora me doy cuenta de que fue increíble.


 Kevin Kline.1983. "Es en una habitación de hotel en Francia. Acababa de terminar "The Pirates of Penzance", por el que obtuvo un premio de teatro Tony. Estaba a punto de hacer "La decision de Sophie", con Meryl Streep, y dar su salto al cine. Es alguien que me es muy cercano, soy muy amiga suya y de su familia".


                                               
 Sharon Stone. 1996. "Es un momento de abandono. Esta muy guapa sin ser dura o provocativa. Sensual sin ser sexual. Es la unica vez que la he fotografiado".

 Susan Sarandon.1983. "La he fotografiado varias veces, aunque ahora le he perdido un poco la pista. Siempre sale muy "sexy";  para mi gusto, demasiado. No le hace falta. Tiene mucha fuerza y es muy directa. Es increiblemente bella, tal cual, sin artificios".



Fueron dos amistades profundas y determinan­tes. Empecé en la cumbre. Luego, en Los Ángeles me presentaron a Steven Spiel­berg, que acababa de terminar Tiburón. Entonces nadie sabía que iba a tener esa increíble carrera. Y también nos hici­mos amigos, me presentó a mucha gen­te del cine y me ayudó a conseguir un permiso de trabajo (la codiciada Green Card). Al final acabé instalándome en Nueva York, en un apartamento que aún tengo, a principios de los ochenta".
Estaba, como dicen los norteame­ricanos, en el sitio adecuado en el mo­mento justo. "Cuando Lacombe llegó a EE UU a mediados de los setenta. coin­cidió con la primera nueva generación innovadora de cineastas y actores desde los años veinte", dice Gopnik.
Al poco tiempo. Lacombe conoció al escritor David Mamet, que sigue siendo uno de sus mejores amigos. "Estaba a punto de estrenar en Chicago Glengarry Glen Ross, bajo la dirección de Gregory Mosher. Cuando a Gregory le ofrecieron reabrir el teatro Vivianne Beaumont del Lincoln Center, que había tenido una
Tengo un contrato con Condé Nast Tra­veller desde su primer número, hace 12 años, y para ellos he recorrido el mun­do. Será el tema de mi próximo libro. en el que ya he empezado a trabajar. Todo esto me abstrae completamente de la realidad y de la vida cotidiana. No sé qué es la rutina. Siempre estoy viajan­do. Vivo en un mundo de ilusión".
En ese mundo pocas cosas han cam­biado. Los rostros son distintos, las si­tuaciones diferentes, pero el punto de vista permanece. "Siempre he tenido la misma visión de la gente. La única dife­rencia es que ahora, en vez de llegar sola con mi pequeña cámara de 35 mm, vengo con más material y ayudantes. Trabajo en un formato más grande, pero no utilizo accesorios. Eso envejece las fotos. Se adivina la fecha de mis re­tratos porque la gente cambia con los años, pero no por el maquillaje o el pei­nado. Siempre prefiero a la gente depu­rada. Me acuerdo muy bien, por ejem­plo. de Julia Roberts. Acababa de empe­zar. Tenía un encanto increíble. Luego, las actrices, que en el fondo sueñan con ser modelos, pasan por las manos dedo una serie de contactos que hice para Time Magazine sobre los rodajes de To­dos los hombres del presidente y En­cuentros en la tercera fase. Es lo único que queda, el resto se ha perdido, y es una pena porque son mis primeros tra­bajos. Luego vuelves a encontrar cosas que no te esperabas. Las fotos para mí son como un cuaderno de notas porque no tengo ningún diario".
Reconoce que algunos modelos han escapado a su mirada. "Glen Close. Nunca he sentido que se acercaba a mí. Y la he fotografiado muchas veces. Pero nunca te mira. A lo mejor es algo perso­nal. También me ha pasado con Mel Gibson. Tiene que ponerse en escena. Él sienta las reglas. Y no hay nada que yo pueda hacer. A veces puede ser intere­sante que no quieran entregarse".
Otros momentos fueron más inten­sos. "Jeanne Moreau me sedujo mucho. La conocí ya mayor (hace cinco años), pero en los pocos minutos que pasé con ella me acordé de esa increíble seduc­ción, tiene los mismos gestos, la misma voz, una increíble presencia".
Lacombe asegura que es cada vez trayectoria muy difícil, me pidió que fuera la fotógrafa oficial. Y allí me que­dé durante siete años". En el prólogo, Mamet cuenta aquellos momentos: "Los primeros días, Brigitte estuvo mirando los ensayos desde la platea. Y luego se quedó entre bastidores. Al rato se aven­turó hasta el escenario, mientras los ac­tores ensayaban, y se movió entre ellos. Al final se trajo la cámara".
Lacombe nació en el sur de Fran­cia hace algo más de 40 años. Su padre, arquitecto de formación, estaba obse­sionado con la fotografía. "Eso me in­fluenció mucho, nos hacía fotos todo el tiempo. Me contagió su obsesión. Dejé de ir a clase muy joven y entré de aprendiz con 17 años en el laboratorio de Elle. Así fue como me mandaron al festival de Cannes". Y desde entonces no ha parado. "Mi vida está completa­mente ligada a mi trabajo, lo que me ha obligado a tomar decisiones bastante drásticas, como no tener familia. Ésta ha sido y sigue siendo mi pasión. Y lo decidí siendo muy joven. Fue la prime­ra cosa que quise hacer y se ha conver­tido en todo. Excluyo todo el resto. Lo único que me gusta casi tanto es viajar.todo tipo de estilistas y pierden su ori­ginalidad, se vuelven más uniformes. Y eso me interesa mucho menos".
Es una cuestión de química. La que se establece entre el fotógrafo y el foto­grafiado. "Lo que sale depende tanto del momento, a solas, como de mi persona­lidad. Intento establecer una relación muy directa. Cuando tenía 25 años uti­lizaba mucho la seducción, sobre todo con los hombres. Y conseguía ese mo­mento que ando buscando, en el que re­conozco la auténtica belleza de la per­sona, algo que no es ni edulcorado ni perfecto. Lo reconozco enseguida. A ve­ces los actores tardan en relajarse, se re­sisten. Se ganan la vida siendo otras personas, escondiéndose bajo el maqui­llaje, rodeados de admiradores. No les gusta cuando pido que todo el mundo se vaya. Pero no puedo evitarlo. Si hay otra mirada que la mía, se me escapa la ima­gen; entonces el retrato ya no es perso­nal, es una imagen bonita y comercial. Sé hacerlo, pero no es lo que quiero".
"¿Ha tenido sorpresas al revivir sus 25 años de fotografía?". "Sí. Buenas y malas. Al principio del libro he inclui­más dcil fotografiar famosos. No tan­to porque no se dejen, sino. al contrario, porque están en todas partes. La satu­ración quita contenido a las imágenes. "Quizá mi libro pase inadvertido. Hay tantas que ya se centran en las celebri­dades... pero no me da miedo. Confío mucho en lo que hago. Aunque reco­nozco que es cada más dificil hacer algo interesante para una revista. Hace 10 años te pedían cosas más originales. Ahora todo parece bastante ordinario, intercambiable. Ya no hay revistas vi­suales que tengan un contenido. Sólo quieren algo brillante y superficial".
Todo lo que Lacombe no es. O como resalta David Mamet: "Como tiene un gusto perfecto y simple, siempre me he referido a ella como el árbitro de la ele­gancia. (...) Una vez le traje una nueva cámara que me había comprado. Le en­señé todo lo que se podía hacer con ella. Se limitó a reír, porque la diferencia no está en la cámara". •
*
Las fotografias de este reportaje son del libro: Lacombe. Cinema/ theatre' (Schi­mer/Mosel). En España sale a la venta a partir de mañana. También se puede encargar en: www.shimer-mosel.com.


Vanessa Redgrave. 1996. "Estaba interpretando "Antonio y Cleopatra". Hice la fotografia para "The New Yorker". Encuentro su blancura muy bella. Tiene una personalidad increiblemente fuerte".




El Pais Semanal numero 1.302 Domingo 9 de septiembre de 2001

La maestría revelada de Cecilio Pla




"La mosca", "Autorretrato" y "Playa de las Arenas", de Cecilio Pla.

FRANCISCO CALVO SERRALLER
Del 18 de noviembre del presente año al 17 de enero de 1999, se podrá visitar, en la sala madrileña de la Fundación Mapfre-Vida (avenida del General Perón, 40), la exposición antológica dedicada al pintor Cecilio Pla (Valencia, 1860-Madrid, 1934). Se trata de una muestra ambiciosa, que consta de casi ochenta obras, entre las que hay ejemplares tempranos de la década de 1880 y otros de la etapa final de los años veinte. Con ello, el comisario, Javier Pérez Rojas, ha logrado proporcionarnos una revisión retrospectiva bastante completa, que es, además, la primera de esta natura­leza que se exhibe en Madrid.
Por otra parte, hay que subrayar el mo­mento oportuno en que se presenta esta muestra de Pla, cuando nos hallamos aún en el año conmemorativo del centenario de 1898, el de la generación de pintores que maduraron a fines del siglo pasado. Esta fue, sin duda, la generación de Pla, aunque no es una figura que se haya teni­do demasiado en cuenta a este respecto, pero no tanto sólo porque sea uno más de esos artistas comparativamente preteridos, que llenan los almacenes de la historia, si­no porque, siendo uno de esos pintores va­lencianos, de paleta luminosa, que no ca­ben en el esquema de la "España Negra", ha quedado un poco como en el limbo, más esquinado que otra cosa. No obstan­te, una de las cosas que las exposiciones y estudios llevados a cabo el presente año ha puesto en evidencia ha sido precisamente que la pintura española del 98 no fue ho­mogénea, ni sólo cortada por el patrón de lo negro. Esto ha permitido no ignorar, por ejemplo, al también valenciano Joaquín Sorolla, pero, además, hay que rescatar a otras figuras, como Cecilio Pla,a través de cuya exposición se comprobará que fue un excelente pintor, dotado con una interesante personalidad propia.
¿Acaso estamos hablando de un simple académico que pintaba bien? Cecilio Pla fue académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, ocupando la plaza que estaba destinada a Joaquín Sorolla, y que éste no pudo ocupar por su enfermedad final y consiguiente fallecimiento, así como de la de San Carlos de Valencia. Más aún: en 1901 fue nombrado profesor en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, y, años después, en 1910, a la muerte de su maes­tro Emilio Sala, ocupó la cátedra de estéti­ca del color en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, de Madrid. Mas obtener honores académicos y ejercer la docencia académica no significan nece­sariamente ser un académico, en el sentido peyorativo del término. No lo fue su pin­tura, ni sus ideas, ni, sobre todo, su acti­tud, lo que explica que, entre sus alumnos, se encontraran algunos de los más señala­dos vanguardistas españoles. En 1914 pu­blicó una célebre Cartilla de arte pictórico, donde se manifiestan los problemas e in­quietudes de un artista profesor que se to­maba muy en serio su labor docente.
Cuando se contempla un buen cuadro de la madurez de Pla se descubren todas las mejores cualidades que prodigaron los excelentes pintores valencianos de la se­gunda mitad del XIX y primer tercio del XX, como los ya citados Sala y Sorolla, pero también los Pinazo, Francisco Domingo, Muñoz Degrain, José Benlliure, etcétera. Me refiero a la brillan­te paleta cromática, el sentido de la luz, la factura suelta y el gesto expresivo. Son las cualidades, en definitiva, de un buen picto­ricista. pero, además, Pla era un pintorcon enorme brío y un soberbio talento pa­ra tratar con acierto los grandes formatos. Alguien superdotado para lo decorativo y, de hecho, nos dejó excelentes pruebas al respecto en algunos palacios madrileños. De todas formas, lo asombroso en Pla no fue sólo su capacidad para enfrentarse con paneles y techos, sino los cuadros de enor­me tamaño, en los que representaba todo tipo de historias, a veces, de género. Esto significa que era capaz de trasladar a lien­zos descomunales anécdotas domésticas triviales en el más exigente estilo naturalis­ta, como en su momento hizo Courbet.
Precisamente, fue el naturalismo lo que mejor define el estilo maduro de Pla. Llegó a este estilo a partir de unos comien­zos más convencionales de paisaje y pintu­ra regionalista al modo valenciano. Pero supo transformar esa luminosidad esplen­dente en otra, más matizada, donde la luz se agrisaba con sorprendentes matices y ri­quísimos efectos interiores de contraluz. Pla coqueteó con otras tendencias finise­culares, como el simbolismo, lo que enri­queció con extrañas tonalidades mórbidas su siempre maravilloso sentido cromático, pero, en el fondo, más allá de temas y co­rrientes de moda, fue un superdotado de la pintura que se recreaba en serlo, sin por eso incurrir en facilidades al uso, pues pin­taba con el mismo amor un interior doméstico, de intención social, que un san Isidro Labrador, donde un fortísimo senti­do realista se enlazaba sin problema con fugas imaginativas del más preciosista acerbo simbolista.
Creo, por tanto, que esta exposición descubrirá la verdadera talla artística de Pla, pero, sobre todo, entusiasmará a los amantes de la pintura, que se quedarán deslumbrados con los efectos de este estu­pendo maestro valenciano.


El Pais, 14 de noviembre de 1998