lunes, 6 de junio de 2011

Venantius dixit!






Calvin y Hobbes- Bill Watterson



¿Cómo se convierte en un éxito una tira de prensa que apenas llega a los diez años y que le da la espalda al merchandising? La pregunta del millón.
Watterson era uno de esos cientos de dibujantes de prensa en busca no de la gloria, pero sí de la publicación (que en muchos casos es la gloria), hasta que un día propuso una idea que le fue rechazada a medias; no a los personajes principales, sí a los secundarios. Y así nació el mundo de un niño, Calvin, y de un tigre de peluche, Hobbes, que apenas necesitó de secundarios (al contrario que otras series de prensa) para convertirse en una, llamémosle, serie de culto. Por supuesto que en cuanto a longevidad e incluso popularidad, Calvin y Hobbes no tiene mucho o nada que ver con dos precedentes tan raros a Watterson como Peanuts o Pogo. La tira diaria y la página dominical se publicó en muchos periódicos del mundo, pero cuando podía haber cruzado la línea que separa el reconocimiento de cierta parte el público y de toda la crítica de la que marca el oropel de la popularidad en el sentido más amplio de palabra (ésa que reconoce hasta el hombre más gris de la calle), Watterson decide que no tiene nada más que contar. Curioso personaje Watterson, que prohíbe utilizar a sus creaciones para que se transformen en objetos de papelería y juguetería, rechazando una importante pecunia, y luego nos comuni­ca que la vida de sus personajes ha finalizado. Si Calvin y Hobbes ya era una serie de culto, ahora lo será por la eternidad.
Pero volvamos al principio, a la pregunta. Watterson es un buen dibujante, un artista que controla el movimiento, la expresión y la dinámica de los personajes. Un tipo que dibuja en estilo caricaturesco y sencillo. Watterson es un escritor que sabe dotar de personalidad propia a sus personajes, hasta el punto de que toman conciencia de que lo son y lo transmiten al lector, que sencillamente se los cree. Watterson es un autor que con una idea básica sencilla y manida explota el mundo infantil, miedos, ansiedades y esperanzas incluidos, confrontándolo al de los adultos, marcando la diferencia, y denun­ciando la zafiedad y vulgaridad de la cotidianía más que delirante que nos invade.
En definitiva, es posible que el éxito de Calvin y Hobbes resida en que todos hemos querido alguna vez en nuestra vida tener un compañero de juegos como Hobbes; alguien a quien sólo nosotros podemos ver y que ejemplifica la sagrada libertad que la sociedad nos niega por unos supuestos principios de con­vivencia que no tienen sentido
ANTONI GUIRAL
U#20 junio 2000








domingo, 5 de junio de 2011

Libros en pintura ENRIQUE VILA-MATAS 04/06/2011


REPORTAJE: 70ª FERIA DEL LIBRO DE MADRID - EN PORTADA



En el principio fue el dibujo y luego las letras, después todo se invirtió. Ahora esta fórmula de los libros clásicos ilustrados vuelve como una de las estrategias para fomentar la lectura y reducir la crisis del sector. A los dibujos de Doré o Beardsley se suman los de artistas actuales que iluminan el ingenio de Hawthorne, Wilde, Brecht, Kipling o Schnitzler.

Existe la creencia de que en las novelas que van ilustradas los grabados, los dibujos, se basaron siempre en los textos escritos. Y, sin embargo, no siempre fue así. Hubo una época en la que los narradores que escribían novelas por entregas para los periódicos se ponían al servicio de famosos y prestigiosos dibujantes; primero, entregaban éstos sus ilustraciones, y después venían los narradores y se acoplaban a los dibujos de las estrellas de los grabados. Es el caso célebre del periódico londinense Evening Chronicle,que en 1836 le encargó al joven Dickens de 24 años que escribiese una serie de textos de carácter costumbrista para las ilustraciones del famoso dibujante Robert Seymour, gran estrella del momento. O sea que Seymour hacía las ilustraciones y a éstas las acompañaba posteriormente un texto adicional. La trama de las historias, por tanto, se subordinaba al dibujo. En el caso que nos ocupa, pronto surgieron las desavenencias entre la estrella Seymour y el genio -entonces desconocido- de Dickens. La obra concebida por el dibujante proponía, a través de sus grabados, un relato acerca de un club de cazadores llamado Nimrod, una sociedad de perdigueros cómicamente inexpertos...

Ilustración de Aubrey Beardsley en Salomé, de Óscar Wilde (Libros del Zorro Rojo).

Pero sucedió que el texto no tardó en imponerse a su ilustración, es decir, que el escritor desconocido se impuso al afamado dibujante. Leer el siguiente capítulo de Los papeles póstumos del Club Pickwick, la brillante y divertidísima historia de Dickens, se convirtió en una pasión tan grande en Londres que en unos meses provocó el aumento de la tirada del periódico desde los 400 ejemplares a los 400.000. Tras la quinta entrega, Seymour se suicidó. Nunca se había ilustrado de esa forma tan trágica la derrota de un ilustrador. A partir de ese momento, fue Hablot Knight Browne, alias Phiz,quien se encargó de los dibujos y quien permitió que Los papeles... se invirtieran y pasara Dickens a escribir el texto y, a partir de lo que dictaba la trama del narrador, se hacía la ilustración.

Hace unos años, Jordi Llovet cedió por unas semanas los grabados de su ejemplar de 1837 de la edición original de Los papeles póstumos del Club Pickwick para que Mondadori, en su colección de Grandes Clásicos, traducción de José María Valverde (2004), remedara aquella primera edición en la que la unión entre Dickens y Phiz configuró uno de los libros ilustrados más extraordinarios de la literatura inglesa y también de la universal de todos los tiempos.

Esa edición original de Los papeles... es uno de los faros que todavía hoy guían el espíritu de los esforzados impresores y empresarios de vocación literaria que tratan de hacer brillantes libros ilustrados, concentrándose, últimamente más que nunca, en la edición de clásicos de la literatura, lo que de algún modo facilita la lectura de algunos libros que absurdamente imponen respeto cuando en realidad los clásicos son los libros más contemporáneos que existen, quiero decir que son una fiesta de lo moderno, como se ve perfectamente en algunos de los libros que he seleccionado para estas páginas.

Un día tendremos que ocuparnos del divertido tema de los escritores que dibujan. Como es sabido, con el romanticismo, en Francia, los escritores empezaron a dibujar. La pluma corría por la hoja, se detenía, vacilaba, distraída o nerviosamente... A comienzos del XIX, comenzaron a aparecer escritores como Victor Hugo que demostraron ser, encima de grandes narradores, buenos pintores. Pero es que Victor Hugo era excesivo en todo y de hecho fue la excepción en la malévola regla que dice que los malos escritores dibujan bien, y viceversa.


Ilustración de Carme Solé Vendrell en La cruzada de los niños, de Bertolt Brecht.

Me acuerdo ahora de los casos de Stendhal o de Balzac, que lo intentaron, pero se vio que eran dibujantes ridículos, infantiles, patéticos. El caso más interesante, que quedó al descubierto ante la nueva moda, fue el de los escritores que sabían dibujar demasiado bien (Mérimée, Alfred de Vigny, Théophile Gautier, los Goncourt, siempre los Goncourt) y que precisamente a causa de esto escribían rematadamente mal.

De esa época llama la atención especialmente Alfred de Musset, precursor de los cómics; componía para diversión suya y de amigos y familiares, historietas con conocidos personajes caricaturizados... Pero para terminar volvamos ya a los inefables hermanos Goncourt, los reyes del dibujo. De ellos son estas sabias palabras: "¡Dichoso oficio el del pintor comparado con el del hombre de letras! A la actividad feliz de la mano y del ojo en el primero, corresponde el suplicio del cerebro en el segundo. Y el trabajo que para uno es un goce para el otro es un completo sufrimiento...".

Ni qué decir tiene que los Goncourt sufrieron toda la vida y todavía hoy su cerebro padece en la eternidad.

Carteles de cine

Siempre he sentido fascinación por los carteles de cine. Un trabajo que reune imagen y tipografía en un intento por publicitar y mostrar toda una película. No son pocos los ilustradores y dibujantes que han tomado "prestado" ideas de esos carteles de cine, algunos de ellos míticos. Algunos de estos carteles se usaron en su dia en cines.














Jam session fotografica

Hace unos meses apareció una carpeta con posters y láminas de tamaño mediano y decidí realizar una sesión fotográfica. Intentaba guardar las imagenes de manera más accesible y ahorrar tiempo con escaners y demás, no se si el resultado es interesante pero al menos las tengo más cerca. Los pasteles son míos excepto la imagen de Matrix que pertenece a Venantius, fue un pequeño ejemplo para aprender las bases del pastel.























martes, 24 de mayo de 2011

NUEVE AUTORES (11 de agosto de 2000)



Daniel Torres(Valencia, 1958) es uno de nuestros autores más internacionales, gracias a títulos como Roco Vargas o El octavo día. En la actualidad, está trabajando en la adaptación a los dibujos animados de su personaje infantil, el dinosaurio Tom. Tentaciones. ¿Cómo se traslada un personaje como Tom de la historieta a la animación? Daniel Torres. Lo primero que hay que hacer es olvidar que lo que vas a ver en pantalla es tu personaje, porque ha pasado por muchas manos y está en un medio distinto. Si no tienes en cuenta eso, te puedes llevar muchas sorpresas. Teniéndolo en cuenta, de momento el aspecto que tiene Tom está muy bien. Puede que lo que acabemos consiguiendo sea un retrato inmenso de un personaje que tiene muchas caras. De momento, ya existen tres caras de Tom. Una, la que aparece en los cuentos ilustrados que protagoniza; otra, la que aparecía en las historietas de El Pequeño País, y la tercera, la de las historietas que están apareciendo ahora mismo en la revista Dibus. La de la animación va a ser la cuarta, y todas son diferentes pero a la vez complementarias. 



Juan Giménez(Mendoza, Argentina, 1943) se ha labrado un reputación como uno de los más brillantes dibujantes mundiales de la ciencia-ficción, género que sigue explorando en la actualidad con La casta de los Metabarones, escrita por el guionista chileno Alejandro Jodorowsky. Tentaciones. ¿Cómo ha cambiado el cómic en España desde que tú llegaste? Juan Giménez. Yo llegué a España en 1978, cuando se vivía el resurgimiento del cómic, con la aparición de las primeras revistas contemporáneas. Era una época fantástica, que coincidía con la agitación cultural de la movida. Duró poco, para mi gusto, ya que empezó a languidecer a finales de los años 80. En la actualidad, para las editoriales no es rentable producir cómics sólo para España. Hay que vender el producto en Italia, Francia, Estados Unidos..., de manera que se desvirtúa la imagen del cómic nacional. Esto es porque ha desaparecido el público local, y esto es consecuencia de la evolución natural. Los jóvenes tienen otro tipo de tentaciones, especialmente a través del ordenador. Podríamos decir que el cómic ha quedado un poco obsoleto, pero no desaparecerá.





Horacio Altuna (Córdoba, Argentina, 1941) ha dibujado todo tipo de cómics, y siempre de categoría excepcional, tanto en su Argentina natal como en España, donde llegó hace 20 años. Lo último que acaba de presentar es Hot L.A., una aproximación casi documental a los conflictos raciales de Los Ángeles provocados por el apaleamiento de Rodney King. Tentaciones. ¿El cómic se presta a tratar cuestiones periodísticas o de actualidad? Horacio Altuna. El cómic se presta para cualquier temática. Lo que pasa es que en la actualidad hay una preponderancia de lo infanto-juvenil y de la evasión. Lamentablemente, Hot L.A. corresponde más a lo que se hacía en los años setenta y ochenta. Es increíble que del franquismo, por ejemplo, no exista más que lo que ha hecho Carlos Giménez. Tendría que haber editores y autores que abordaran estas temáticas. En realidad, es un problema general. En todas partes se está bajando el listón: el cine, la música, las revistas... En España se vive un periodo de falsas vacas gordas, y la juventud no cuestiona absolutamente nada. En Latinoamérica, sin embargo, y obligada por las circunstancias, la juventud está mucho más politizada.


Carlos Giménez(Madrid, 1941) se ha convertido en uno de los autores más importantes del cómic español mediante álbumes que revisan desde la posguerra hasta la transición, a través de sus recuerdos personales y generacionales: Paracuellos, Barrio, Los profesionales... Actualmente su obra está siendo reeditada por Glénat. Tentaciones. ¿Tiene memoria el cómic español? Carlos Giménez. El cómic español tiene la misma memoria que cualquier otro medio. La industria del tebeo es reciente, no tiene más de cien años, y en ese tiempo se ha desarrollado lo suficiente como para ofrecer obras capaces de recordar a cualquiera que los tebeos son un gran medio de expresión. Además, se reeditan constantemente, de manera que cualquiera puede comprobarlo. Mis propios tebeos siempre han estado ahí. Lo que sí es verdad es que cada cierto tiempo se produce un relevo generacional que hace que los nuevos lectores descubran autores que ya existían. En mi obra, la memoria tiene gran importancia. La memoria es un filón si tu concepción de las historias va por ahí. Detrás de la mayoría de las obras, casi siempre hay una vivencia propia del autor.


José Luis Ágreda(Sevilla, 1971) se ha consolidado como uno de los grandes valores jóvenes de la historieta española, y de los pocos capaces de llegar asiduamente al gran público, en especial a través de una serie infantil, Zoé, con guión de Bernardo Vergara, que aparece mensualmente en Dibus; de su serie Los Chapas (también escrita por Vergara), que aparece cada semana en El Jueves, y del álbum que ha ilustrado sobre guión de Gomaespuma, Raúl y Andrea, a la fuerza ahorcan. Tentaciones. ¿El humor es el último refugio del éxito para el cómic? José Luis Ágreda. Es posible que sea el último refugio del cómic español, como ha sido también el salvavidas del cine español. El humor es algo más general que otros géneros y admite un público más amplio. No creo que el cómic pueda tener nunca mucho éxito, pero es cierto que en este país, por la tradición de humoristas, y porque el humor entra en la idea que tiene la gente de lo que es un tebeo, es mucho más aceptado. Además, el humor tiene otra cosa, y es que es más dificil engañar a nadie. Si te lo lees y no te ríes, es un mal tebeo de humor. Y con los cómics en España tienes muchas posibilidades de reírte.



Ricard Castells(Barcelona, 1955) ha sido el más importante dibujante inédito en España durante varios años. Descubierto por los japoneses antes que por nuestro propios editores, la reciente publicación de los libros Lope de Aguirre. La expiación y Poco por fin le ha permitido llegar hasta su público. Tentaciones. ¿Cómo fue la experiencia de trabajar para los japoneses? Ricard Castells. Muy agradable. Lo más notable de mi relación con los japoneses es que allí la palabra dada tiene un valor sagrado, cosa que se ha perdido aquí. En realidad, resultaron más abiertos que los editores occidentales. Ellos buscaban proyectos, sin importarles el nombre; aquí nos guiamos más por el nombre. Mi trabajo es minoritario, pero allí tuvo su hueco porque en Japón hay todo tipo de manga, y aceptan muchísimas más cosas, además de que a los occidentales nos dieron más libertad que a los autores de allí. Últimamente nos han cerrado las puertas, coincidiendo en parte con su crisis económica. Al menos, después de aquello he conseguido publicar aquí, y ahora se observa una pequeña apertura a cosas que no son comerciales, sin ser tampoco un desastre económico. 


Paul Karasik es un caso extraño dentro del fenómeno del cómic. Es un experto, a la par que dotado, "mixer" de lenguajes: mezcla con soltura y de manera lúdica e inteligente imágenes, textos y un sinfín de recursos narrativos y comunicativos. Estrecho colaborador en labores editoriales de Art Spiegelman, el autor de "Maus", en la revista experimental "Raw", una de las publicaciones más importantes de los años ochenta y noventa. En "Raw" se publicaron trabajos de autores como Crumb, Mattoti, Tardi, Panter o Deitch. Ejerció también como editor en "Bad News Magazine". Premiado en el Salón de Barcelona ´99 por su adaptación gráfica de "La ciudad de cristal", novela homónima de Paul Auster, en colaboración con el ilustrador David Mazzuccheli. Es colaborador del "The New York Times", "New Yorker" y "Nickelodeon Magazine". Docente en la School of Visual Arts neoyorquina y en la International School of Comics de Florencia.



Don Rosa(Louisville, 1951) ha transcendido el clásico universo Disney y su parroquia de patos con un meticuloso trabajo de investigación y reajuste. Su pasión por los patos le condujo a afirmar que era el único americano capaz de dibujar y escribir la vida y milagros del Tío Gilito. Rosa llegó a propiciar incluso conatos de relación amorosa en el mundo prácticamente asexuado de Disney. Su primer trabajo, "El hijo del sol", para la Editorial Glasdstone(1986), proveedora de Disney, es una aventura sobre el imperio inca y el templo de Mango Capac y nominada incluso para el Premio Harvey, el Oscar del cómic. Sus últimos trabajos son "Attaaaaaack!" y "1902-in Panama". Ostenta el Premio Eisner a la mejor serie (1995), y el Premio Eisner al mejor escritor y artista de humor (1997). Alterna la producción de álbumes de historietas de ilustraciones con su pasión por el coleccionismo de cómics y figuras del Pato Donald: posee más de setecientas diferentes.




Extremadamente meticuloso en su trabajo, Jason Lutes (New Jersey, 1967) es quizá uno de los dibujantes más valorados del cómic alternativo norteamericano y el más europeo, cualidad que adquirió durante su infancia de la mano de Tintín en visitas a Francia. En Seattle, su lugar de residencia, ejerció como friegaplatos hasta su ingreso en Fantagraphics Books. Es autor de "Jar of fools", un libro autopublicado tras su paso como becario por la Fundación Xeric, institución creada por Peter Laird, cocreador de las Tortugas Ninja. Se consagra con la publicación de dos magnas novelas gráficas: "Juegos de manos", un universo de corazones rotos tras un atisbo de magia, y "Berlín", un extenso e inacabado relato de peripecias en el Berlín de entreguerras, ambos títulos publicados en España por Ediciones La Cúpula. "Berlín" es un trabajo de unas seiscientas páginas, que dan idea de su necesidad convulsa de hacer cómic. Aun así, volvería a fregar platos.