domingo, 18 de enero de 2009
sábado, 17 de enero de 2009
¡A mí, las legiones!
El Ejército romano es el centro de tres estupendas novelas de muy distinto estilo, protagonizadas todas por centuriones
JACINTO ANTÓN 17/01/2009
No se debe soltar una ventosidad en una testudo. La frase no es del gran Vegecio, el autor latino del clásico Compendio de técnica militar (Cátedra), en el que uno puede aprenderlo todo sobre las legiones, incluso el manejo de una carrobalista o dónde colocar a los arqueros novatos -decisión fundamental-. El que formula esa inapelable sentencia sobre lo inapropiado (e insolidario) de la flatulencia en el cerrado ambiente de la tortuga, la célebre formación táctica de los soldados romanos, es un curtido oficial de Centurión (Edhasa), la nueva novela de Simon Scarrow, que transcurre durante las guerras contra los partos en el siglo I, con Claudio de emperador. Ese tono naturalista, cuartelero, de guerra de verdad, vamos, con sangre que salpica, ¡chof!, hasta al lector y gritos como los que pueden resonar en cualquier campo de batalla ("¡vamos, chicos, acabad con esos cabrones partos!"), es el que distingue en buena medida la serie sobre las legiones de Scarrow y el que le ha proporcionado el éxito de que goza. El contraste no puede ser mayor con otra novela de romanos que acaba de aparecer, El águila de la Novena Legión (Plataforma Editorial), de Rosemary Sutcliff, también estupenda y de ágil lectura pero insuflada de un lirismo y una delicadeza notables (el marchitarse de una rosa, el vuelo de un martín pescador), especialmente en lo referente a las relaciones humanas y al paisaje. Una tercera novela del género que merece ser destacada con las otras dos esCésar, las cenizas de la República (Edhasa), en la que un autor veterano como es Gisbert Haefs (el autor de Aníbal), recrea con sus característicos sentido del humor y atención minimalista al detalle las campañas de César en Galia y Egipto desde el punto de vista de un veterano que se reengancha con el gran Julio en funciones de... cocinero.
Centurión
Simon Scarrow.
Traducción de Montserrat Batista.
Edhasa.
Barcelona, 2008.
576 páginas.
28 euros.
Vayamos por orden: primero los manípulos de Scarrow. En Centurión, octava entrega de la serie, encontramos al protagonista, Quinto Licinio Cato, al que hemos seguido desde que era un bisoñooptio hijo de liberto en El águila del Imperio (aquí llega a prefecto interino de la segunda cohorte auxiliar iliria, que ya es cargo), y a su camarada de armas, el doblemente coriáceo centuriónprimipilus Macro, metidos en un notable fregado en Oriente. Deben conducir una avanzadilla casi suicida hasta Palmira para apoyar allí a los sitiados aliados de Roma contra los rebeldes y el ejército parto que los apoya. Dado que los refuerzos los comanda un altivo aristócrata que detesta a nuestros hombres -"sois prescindibles", les espeta en el más característico tono de hazañas bélicas-, las pasan canutas. Las marchas, contramarchas, asedios, asaltos, batallas y escabechinas abundan. Son mucho más frecuentes, como cabe imaginar, que las escenas de amor, que también las hay: Cato vuelve a enamorarse y la cosa va en serio. El realismo bélico, pura escuela Bernard Cornwell, es estremecedor y alcanza límites gorepocas veces vistos en la narrativa histórica. A un soldado se lo sentencia a muerte y sus camaradas lo ejecutan a palos; le rompen todas las extremidades y el cráneo: "Había huesos y sesos desparramados por la arena en un revoltijo de color granate grisáceo". Cato (y el lector) traga bilis ante el espectáculo, pero luego elimina a un enemigo clavándole la espada con gran profesionalidad: "La hoja atravesó diagonalmente el cuello del oficial, le rompió la clavícula y se detuvo al alcanzar su espina dorsal". Es un golpe clásico, pero duele. Las flechas repiquetean con realismo en los escudos o atraviesan la carne con un ruido "sordo y húmedo". La ventaja de meterse con Scarrow en las filas de los legionarios es que se ven cosas que no aparecen en Tácito o Amiano Marcelino: varios romanos caen por fuego amigo, a otros, malheridos, los despacha piadosamente el cirujano de la cohorte abriéndoles una vena -eutanasia sobre el terreno: puro Salvar al soldado Publio- y una chica patricia confiesa que sufría malos tratos de su marido, apellidado justamente Porcino. Técnicamente, Scarrow, un hombre que sin duda ha oído marchar a las legiones, "el crujido sordo de miles de botas claveteadas cruzando el desierto", es intachable. Véase si no cómo describe el funcionamiento del onagro, la carga de los catafractos o la ejecución del "tiro parto", que tanto hace sufrir a las legiones. La acción, además, la borda.
Rosemary Sutcliff (1920-1992) era hija de un oficial naval británico y ganó un enorme prestigio con sus novelas históricas especialmente las ambientadas en la Britania romana y de la edad oscura (artúrica). El águila de la Novena Legión parte del enigma histórico de la desaparición sin dejar ni rastro de la IX Legión Hispana -perdida, según algunas fuentes, en las nieblas escocesas- para construir con verdaderas gracia y sensibilidad una emocionante, conmovedora y muy romántica ficción (que, curiosamente, ¡está entre las novelas favoritas de Scarrow!). El hallazgo real de una pequeña águila de bronce en Silchester como la que coronaba los estandartes romanos le sirvió a Sutcliff de inspiración para imaginar la aventura de Marco Flavio Aquila (sic), un joven ex centurión de la época de Adriano, inválido por heridas de guerra (la propia escritora padecía una enfermedad crónica que la postró en silla de ruedas), en pos de la preciada insignia de la legión de su padre. Marco sufre la doble humillación de su baja forzosa de las legiones y la deshonra de la unidad de su progenitor, maldecida por Buodica y cuya sagrada águila ha caído 12 años antes en manos de los bárbaros en la frontera más septentrional del imperio. Acompañado por un guerrero brigante ex gladiador con el que ha trabado amistad, el romano (enamorado de una sabidilla muchacha icenia) se interna en el territorio más allá del muro y realiza su peligrosa pesquisa entre las tribus indómitas camuflado de curandero.
El somero argumento -añádase que el romano ha criado un lobo: Sutcliff tenía dos chihuahuas- no hace justicia a esta hermosa novela en la que Sutcliff puede detener la mirada sobre un nido de vencejo en el alero de un fuerte romano o sobre los serbales en flor que llenan el aire de aroma a miel. Hay acción, por supuesto, incluso un ataque de carros britanos y una vertiginosa persecución; también se forma la testudo -aunque aquí la novela está presidida por la nostalgia de la fragancia de las rosas y no por el hedor de los cuerpos en el matadero del combate-. Pero domina un tono pausado, una melancolía que se pega al relato como el musgo a las viejas piedras de Eburacum, donde penan los fantasmas de la legión perdida. En Sutcliff no hay como en Scarrow sangre a espuertas ni heridas atroces; la guerra, el combate, quedan como asuntos evanescentes, espectrales, subordinados a las reglas canónicas del género de aventuras: la búsqueda, el viaje, los peligros, la transformación del protagonista (que, cosa notable, no mata a nadie). En lugar de la moderna imagen brutal de la antigüedad -la de Scarrow, Cornwell, Gladiatoro la serie Roma- El águila de la Novena Legión plasma un mundo lleno de sutileza y humanidad en el que las diferencias entre los pueblos no son mayores que, como argumenta un personaje, las que hay, de diseño, entre la funda de una daga romana y el umbo de un escudo britano.
Si el mundo antiguo de Sutcliff es esencialmente limpio, elemental e inocente, el de Haefs está envuelto en la intriga, el cuchicheo, la violencia, la ambición y la corrupción espesadas por la política. Su César nos presenta una república romana agónica en la que los grandes personajes de la historia medran como peligrosos trileros de lujo. No obstante, el protagonista es un hombre honesto, Quinto Aurelio, un veterano centurión retirado -por lesión como Aquila: un galo le cortó el tendón de Aquiles- que se ha convertido en cocinero (todo un Ferran Adrià con toga que hace maravillas con los lirones) y regenta un restaurante, el Contubernium, en la carretera a Tusculum. A nuestro hombre le meten a la fuerza en una conspiración y le envían a espiar a su antiguo patrono, César, a la Galia. Llega en plena revuelta de Vercingétorix y Julio, que conoce a las personas y necesita profesionales sólidos, pronto cambia sus servicios gastronómicos devolviéndolo a su condición de soldado (evocatus) en calidad de prefecto. Haefs nos hace vivir así, desde la perspectiva del curioso personaje, que lo teme y admira, las vicisitudes de César, y nos cuela en los consejos de guerra o en el baño de Cleopatra, flexible señora de todas las serpientes. La descripción que hace del dictador es fenomenal: vital, inteligente, resolutivo, valiente, con mirada de gavilán; el lector se le rinde no menos que Alesia.
Una de las gracias de la historia es que el novelista emplea como personaje al poeta Catulo, que va de pinche de Aurelio. Como es habitual, Haefs adoba su relato con detalles económicos, sociales o sexuales. A Mamurra, oficial de César, lo llaman en la novela, por su promiscuidad, El Rabo: es cierto, Catulo lo denominaba directamente mentula,"polla"; Marco Antonio huele a vino; un aliado galo muestra cómo se limpiaba uno el trasero en los retretes de las legiones con hojas que se disponían al efecto en cestas de mimbre... Pura antigüedad vivida. -
Centurión. Simon Scarrow. Traducción de Montserrat Batista. Edhasa. Barcelona, 2008. 576 páginas. 28 euros. El águila de la Novena Legión. Rosemary Sutcliff. Traducción de Francisco García Lorenzana. Plataforma Editorial. Barcelona, 2008. 300 páginas. 19,95 euros. César, las cenizas de la República. Gisbert Haefs. Traducción de Carlos Fortea. Edhasa. Barcelona, 2008. 576 páginas. 35 euros.
Troya
Uno de los problemas, incomodidades, digamos polémicos, aspectos de la representación de una época antigua en la historieta es la falta de información acerca de todos los detalles que en apariencia no se repara en ellos de forma normal. Es decir, aparte del guión, de unos personajes, y de los paisajes y lugares (esa es otra polémica, con dos mil años por medio) tenemos que vestir a los personajes, hacerlos comer, y en general dibujar aquello que normalmente no viene reflejado en las grandes obras de Apuleyo, por citar a alguien. También es norma habitual que se pueda encontrar algún tratado interesante de una persona sesuda que haya investigado el tema en cuestión, pero es algo, como diría, un pelin árido. Y también por norma, se acude a las grandes superproducciones, sobre todo las de Hollywood. Un intenso trabajo de centenares de profesionales altamente cualificados que a veces ven realizada alguna que otra digna película. Así, una de las películas que encuentro con cierto interés para mi trabajo es Troya de Wolfgang Petersen con Brad Pitt batiéndose a lo macho y marcando paquete. A pesar de que se desarrolla historicamente mucho antes de la acción que pretendemos plasmar, no difieren demasiado en lo básico tanto el armamento como los vestidos, y un largo etcétera de detalles que siempre se agradecen estén disponibles en una pantalla tanto como consulta como discusión acerca de su validez o no.
lunes, 5 de enero de 2009
Atacan los romanos
Antena 3 coproduce la versión televisiva del clásico del cine 'Ben-Hur'
ROCÍO AYUSO - Los Ángeles - 05/01/2009
Tres series y una película inspirada en la superproducción Roma (Canal + y Cuatro) son la mejor muestra de que el género ambientado en el mundo clásico, griego o romano -peplum, según la denominación de los críticos- no está muerto. O por lo menos, en la pequeña pantalla. Espadas, sandalias, togas, mucha acción y buenos pectorales contraatacan.
Aquellos que daban al género por finiquitado tras la desaparición de Roma al final de su segunda temporada estaban equivocados. Su creador, Bruno Heller, ha confirmado su intención de llevar la serie al cine una vez comprobado el error económico que supuso su cancelación. Sam Raimi, por su parte, prepara la versión televisiva de Espartaco, inolvidable filme dirigido por Stanley Kubrick y protagonizado por el no menos inolvidable Kirk Douglas. Jasón y los argonautas es otro ejemplo de esta vuelta al pasado remoto. A esta moda también se sumará la edición remozada de Ben-Hur, una coproducción de Antena 3 con Alchemy, que en Estados Unidos estrenará la NBC.
Heller ha manifestado su deseo de "completar" la difunta Roma con un filme, ya en preparación, con los mismos personajes que hicieron de la superproducción lo que fue: un despliegue de lujo, sangre y corrupción, ganadora de 11 Emmy, pero cancelada antes de tiempo por su elevado coste. Sus productores no se dieron cuenta de que la serie funcionaba hasta que fue demasiado tarde. Para entonces los decorados construidos con exquisito detalle en los estudios Cinecittá de Roma estaban destruidos y sus actores, liberados de sus contratos.
Son errores que Raimi, el que hizo de Spiderman una de las franquicias más taquilleras del cine, quiere evitar. Conocedor del medio tras éxitos como Xena y Hércules piensa rodar casi la totalidad de Espartaco, basada en el esclavo del mismo nombre que lideró la revolución contra el Imperio Romano, en escenarios digitales. Los actores serán lo único real frente a una pantalla verde que aportará un estilo similar a la estética de filmes como Sin City. "Atraerá a un público joven que ha crecido rodeado de novelas gráficas y videojuegos y acostumbrado a un estilo visual hiperrealista", señala William Hamm, quien ya trabajó con Raimi en Xena y Hércules. Espartaco busca así abaratar el precio de esta serie de 12 entregas desarrollada para la cadena premium de cable Starz, aunque el presupuesto por episodio no baje de los dos millones de dólares (1,43 millones de euros).
Utilizando la misma estética, Jasón y los argonautas se adelantará a Espartaco en su estreno televisivo. Jasón..., además, quiere invadir a la vez la pantalla grande y la pequeña. Así, a la par que la serie existen dos proyectos en marcha para el cine, basados en la misma historia, esa que en 1963 revolucionó los efectos especiales gracias a las animaciones de Ray Harryhausen.
Completando la invasión asoma Ben-Hur. La miniserie, más allá de las connotaciones religiosas del filme o de su majestuosidad en escenas todavía memorables como la carrera de las cuadrigas, quiere apostar por una nueva era de efectos especiales. Según se atreven a confirmar sus responsables, superará con creces al clásico de Charlton Heston.
lunes, 24 de noviembre de 2008
THOMAS VON KUMMANT
Un bonito blog con unas preciosas páginas. De gusto encontrar a dibujantes, no importa en que país, con ese cariño por los comics, la ilustración, por contar algo con las imágenes y el texto. Dejo algunas imágenes de muestra. Y es muy curiosa la lista de enlaces.
domingo, 23 de noviembre de 2008
Numancia pierde otra guerra
Industrias, hoteles y chalés transformarán el paisaje del cerco de Escipión
TEREIXA CONSTENLA - Soria - 23/11/2008
Cada día, sin fallar, entre el otoño del 134 antes de Cristo y el verano siguiente, Escipión el Africano recorría el perímetro de una muralla levantada en un paisaje de lomas, llanos y bosques cruzado por los ríos Duero y Tera. En el entrecejo del militar que había arrasado Cartago había otra fijación: Numancia, la ciudad celtíbera que humillaba a Roma con su resistencia en una guerra de casi dos décadas. Le costó lo suyo doblegarla. Cuando lo hizo, encontró más muertos que vivos. Los numantinos que habían resistido al hambre se suicidaron como pudieron.
De golpe, surgirán en el horizonte edificios de hasta
"Los restos no sufrirán", afirma el director del Museo Numantino
"Es el paisaje lo que ayuda a imaginar qué pasó", dice Amalio de Marichalar
De vuelta a Roma, en su paseo triunfal, el general exhibió a 50 supervivientes, luego vendidos como esclavos. Escipión devolvió a Roma el orgullo o la petulancia, según se mire, pero los propios romanos, impresionados, metieron a Numancia en la leyenda.
En estos 2.000 años, el paisaje que cabalgó Escipión ha perdido árboles y ha ganado casas, aunque sin profundas alteraciones. Es ahora cuando afronta una drástica transformación urbanística por varios frentes debido a la coincidencia de tres proyectos:
De golpe, irrumpirán en el horizonte industrias, casas, hoteles y edificios de hasta
No parece Jimeno de esos investigadores que desea encapsular la realidad en una urna para proteger la historia. Usa la arqueología para conocer el pasado y favorecer el presente. Cogió el yacimiento abandonado en 1994. Ahora recibe más de 60.000 visitas y ha ayudado a cimentar negocios en Garray. Lo que se avecina, sin embargo, le disgusta. "
Para entender Numancia conviene subirse al cerro y mirar. Se divisan siete columnas blancas que identifican cada uno de los campamentos de Escipión que reforzaban la muralla de nueve kilómetros. Hacia el Soto del Garray, se verán en breve otros hitos arquitectónicos. "Este paisaje permanece inalterado desde hace 2.000 años, ha sido un lugar de pastoreo, caza y recogida de leña, nos parece un despropósito localizar
Paradójicamente es la razón elegida para emplazar ahí el proyecto. "Pretendemos demostrar que el desarrollo puede ser sostenible, es como pasar de las musas al teatro", defiende Carlos de
El paisaje, rebaten otros, no es opinable y está amparado por una convención europea firmada por España. "Llama la atención el estrecho criterio paisajístico que se ha manejado: el paisaje no se circunscribe al hito, incorpora un sistema de vistas, panorámicas e impactos visuales", advirtió
Lo que describieron Bécquer y Machado de la ciudad de Soria peligra para el Icomos, un organismo que asesora a
El manifiesto en defensa de Numancia, avalado por 10.000 firmas, cuenta con rúbricas internacionales de referencia, como el Instituto Arqueológico Alemán, el mismo donde el arqueólogo Adolf Schulten mostró a comienzos del siglo XX los restos que evidenciaban el lugar exacto del cerco de Escipión. "Lo que vale de Numancia no son las piedras, sino el paisaje que permite imaginar lo que allí pasó", aduce Amalio de Marichalar, nieto del aristócrata que cedió el terreno de Numancia al Estado y que ahora batalla contra la expropiación de tierras para el polígono de Soria II: "Litigamos con el objetivo de que el suelo se retrotraiga a la calificación de rústico. Considero un insulto que se nos diga que tenemos intereses de otro tipo. Numancia es un valor universal". Un símbolo que tendrá pronto otro paisaje.
El Pais, Domingo 23 de Noviembre de 2008
lunes, 3 de noviembre de 2008
Roma Vincit!
Fragmento perteneciente al libro de Simon Scarrow -Roma Vincit! (Título original: The Eagle's Conquest):
Niso se terminó el estofado, dejó el plato en el suelo y se tumbó de lado, mirando a Cato.
―Bueno, optio. Así que vienes de palacio.
―Sí.
―¿Es cierto que Claudio es tan cruel e incompetente como todos sus predecesores?
Macro soltó un resoplido. ―¿Qué clase de pregunta es ésa para que la haga un buen romano?
―Una bastante razonable ―replicó Niso―. Además, yo no soy romano de nacimiento. Resulta que soy africano, aunque con un poco de sangre griega también. De ahí mi ocupación y mi presencia aquí. El único lugar del que las legiones pueden conseguir experiencia médica decente es de Grecia y las provincias orientales.
―¡Malditos extranjeros! ―exclamó Macro con desdén―. Los vences en la guerra y se aprovechan de nosotros en época de paz.
―Así ha sido siempre, centurión. Las compensaciones por haber sido conquistados.
Pese a la frivolidad de los comentarios, Cato intuyó un dejo de amargura detrás de las palabras del cirujano y tuvo curiosidad.
―¿De dónde eres pues? ―De una pequeña ciudad en la costa africana. Cartago Nova. Supongo que nunca has oído hablar de ella.
―Creo que sí. ¿No es allí donde se encuentra la biblioteca de Arquelónides?
―¡Vaya! Sí. ―El rostro de Niso se iluminó de placer―. ¿La conoces?.
―Sé algo sobre ella. Está construida sobre los cimientos de una ciudad cartaginesa, creo.
―Sí. ―Niso asintió con la cabeza―. Así es. Sobre los cimientos. Todavía se ven las líneas de la antigua muralla de la ciudad y los trazos de algún conjunto de templos y astilleros. Pero eso es todo. La ciudad fue completamente arrasada al final de la segunda guerra púnica.
―El ejército romano no hace las cosas a medias ―dijo Macro con cierto orgullo.
―No, supongo que no.
―¿Y estudiaste medicina allí? ―preguntó Cato, tratando de desviar la discusión hacia un terreno más seguro.
―Sí. Durante unos años. Lo que se puede aprender en una pequeña ciudad comercial es limitado. Así que me fui al este, a Damasco, y trabajé para adquirir práctica ocupándome de la amplia variedad de dolencias que los ricos mercaderes y sus esposas imaginaban sufrir. Bastante lucrativo, pero aburrido. Me hice amigo de un centurión allí acuartelado. Cuando lo trasladaron a la segunda hace unos meses me fui con él.
No puedo decir que no haya sido emocionante, pero echo de menos el estilo de vida de Damasco.
―¿Es tan bueno como dicen? ―preguntó Macro con el entusiasmo propio de los que creen que el paraíso debe de existir en algún lugar en esta vida―. Es decir, las mujeres tienen bastante fama, ¿no es cierto?
―¿Las mujeres? ―Niso arqueó las cejas―. ¿Es lo único en lo que pensáis los soldados? En Damasco hay cosas más importantes que sus mujeres.
―No me cabe duda. ―Macro trató de ser refinado por un momento―. ¿Pero es cierto lo de las mujeres?
El cirujano suspiró. ―Las legiones que guarnecían la ciudad ciertamente así lo creían. Dirías que nunca habían visto una mujer. Montones de babosos borrachos tambaleándose de un burdel a otro. No tanto en busca de la paz romana como a la caza de una pieza para los romanos.
Niso se quedó mirando fijamente al fuego y Cato vio que sus labios se quedaban inmóviles y trazaban una apretada y amarga línea. Macro también tenía la mirada clavada en el fuego, pero las perezosas llamas dejaban ver una sonrisa en su rostro mientras su mente se concentraba en los exóticos placeres de un destino oriental.
La diferencia entre aquellos dos representantes de la raza dominante y la conquistada preocupaba a Cato. ¿Qué valor tenía un mundo gobernado por zafios mujeriegos que trataban con prepotencia a sus mejor educadas razas sometidas? Macro y Niso no eran un ejemplo característico, por supuesto, y la comparación tal vez fuera injusta, pero, ¿siempre se daba el caso de que la fuerza triunfaba sobre el intelecto? Sin duda los romanos habían triunfado sobre los griegos, sobre toda su ciencia, arte y filosofía. Cato había leído lo suficiente para conocer la gran cantidad de cosas del patrimonio griego de las que se habían apropiado los romanos posteriormente. A decir verdad, el destino de Roma dependía de su habilidad para arrollar sin piedad a otras civilizaciones y subsumirlas. La idea era muy inquietante y Cato dirigió la mirada hacia el río.
No había duda de que los britanos eran unos bárbaros.
Aparte de tener el aspecto adecuado para serlo, la falta de ciudades y la ciencia para proyectarlas, carreteras de grava y las cosechas organizadas en fincas agrícolas evidenciaba claramente una calidad de existencia inferior. Los britanos, decidió Cato, carecían del refinamiento necesario para poder ser considerados civilizados. Si se tenía que dar crédito a las historias traídas de las islas neblinosas por mercaderes y comerciantes, los nativos malvivían encima de enormes yacimientos de plata y oro. Parecía algo típico de la caprichosa naturaleza de los dioses que a las gentes más primitivas se les concediera la posesión de los recursos más valiosos; recursos que ellos poco sabían apreciar y de los que las razas más avanzadas, como los romanos, podían hacer mucho mejor uso.
Además, estaba la siniestra cuestión de los druidas. No se sabía mucho sobre ellos y todo lo que Cato había leído describía el culto en unos términos escabrosos y horripilantes. Se estremeció al recordar el bosquecillo que él y Macro habían descubierto pocos días antes. Aquel lugar era oscuro y frío, y lleno de amenaza. Aunque no sirviera de otra cosa, la conquista de las islas neblinosas conduciría a la destrucción del oscuro culto druídico.
El asco que de pronto sintió hacia los britanos hizo que Cato detuviera esa línea de pensamiento. Como argumentos que justificaban la expansión del Imperio, parecían simples y verosímiles. Tanto era así que Cato no podía evitar desconfiar de ellos. Según su experiencia, aquellas cosas de la vida que se consideraban verdades simples y eternas sólo lo eran debido a una deliberada limitación del pensamiento. Se le ocurrió que todo lo que había leído en latín siempre había presentado a la cultura romana con los mejores términos posibles y como infinitamente superior a todo lo que producía cualquier otra raza, ya fuera «civilizada», como los griegos, o «bárbara», como aquellos britanos. Tenía que haber otro aspecto de las cosas.
Miró a Niso y se fijó en la piel oscura, las facciones morenas, el pelo rizado, grueso y abundante y los amuletos de extraño diseño que llevaba en las muñecas. La ciudadanía romana que se le había otorgado al alistarse a la legión era algo menos que superficial. Era una mera etiqueta legal que le confería una cierta posición social. Aparte de eso, ¿qué clase de persona era?
―¿Niso?
El cirujano levantó la vista de las llamas y sonrió.
―¿Puedo preguntarte algo personal? La sonrisa se desvaneció levemente y las cejas del cirujano se movieron, más cerca una de otra. Asintió con un movimiento de la cabeza.
―¿Cómo es no ser romano? ―La pregunta era delicada y directa y Cato se avergonzó de haberla hecho, pero la suavizó con un intento de explicarse―. Es decir, sé que ahora tú eres ciudadano romano. Pero, ¿cómo era antes? ¿Qué piensan de Roma los demás?
Niso y Macro le estaban mirando fijamente. Niso con el ceño fruncido y con suspicacia, Macro estupefacto sin más. Cato lamentó no haber mantenido la boca cerrada. Pero lo consumía un deseo de saber más, de distanciarse de la visión del mundo que le habían inculcado desde que nació. De no haber sido por los tutores de palacio, era una visión que hubiera aceptado sin dudar, sin la más mínima noción de que era parcial.
―¿Qué piensan de Roma los demás? ―repitió Niso. Consideró la pregunta durante un momento mientras se rascaba suavemente la espesa barba que le cubría el mentón―. Interesante pregunta. No es fácil de responder. Depende en gran medida de quién eres. Si resulta que eres uno de esos reyes clientes que se lo debe todo a Roma y que teme y odia a sus súbditos, entonces Roma es tu única amiga. Si eres un mercader de grano en Egipto que puedes sacar una fortuna de la distribución de trigo al pueblo de Roma, o un gladiador y proveedor de bestias que les facilita a los ciudadanos los medios para malgastar el tiempo, entonces Roma es la fuente de tu riqueza. Los productores de artículos de primera calidad y las fábricas de armas de
Dondequiera que haya dinero que se pueda conseguir gracias al voraz apetito de Roma por los recursos, el entretenimiento y el lujo, entonces allí hay un parásito que alimenta la demanda. Pero en cuanto a todos los demás ―Niso se encogió de hombros―, no sé qué decirte.
―¿No sabes qué decir o no quieres decirlo? ―intervino Macro con enojo.
―Centurión, soy un invitado en tu hoguera y sólo ofrezco mi punto de vista a petición de tu optio.
―¡Estupendo! Entonces dinos cuál es. Dinos qué mierda es lo que piensan.
¿Lo que piensan? ―Niso arqueó una ceja―. Yo no puedo hablar en nombre de los demás. Sé muy poco sobre los productores de grano del Nilo, obligados a renunciar a la mayor parte de su cosecha cada año sin que se tenga en cuenta el rendimiento real. No tengo ni idea de lo que significa ser un esclavo al que han capturado en la guerra y vendido a una cadena de presos de una mina de plomo, y que nunca volverá a ver a su esposa o a sus hijos. o de ser un galo cuya familia ha poseído una tierra durante generaciones y que ve cómo es dividida en centurias y puesta en manos de una muchedumbre de legionarios dados de baja.
―¡Retórica barata! ―dijo Macro bruscamente―. En realidad no lo sabes.
―No, pero puedo imaginarme cómo deben sentirse. Y tú también... si lo intentas.
―¿Por qué tendría que intentarlo? Nosotros ganamos, ellos perdieron y eso demuestra que somos mejores. Si les molesta, entonces pierden el tiempo. No puede molestarte lo que es inevitable.
―Buen aforismo, centurión. ―Niso se rió en señal de apreciación―. Pero no hay nada de inevitable en los impuestos que recauda el Imperio, o el grano, el oro y los esclavos que saca de sus provincias. Todo para mantener a las masas de miserables que viven en Roma. ¿Te extraña que a la gente le embargue la amargura y el resentimiento cuando mira a Roma?
Para un fatalista como Macro, todo aquello no era más que palabrería provocadora, y apretó los dientes. Si hubiera estado bebiendo, simplemente se hubiese hartado de la conversación y le hubiera clavado un puñetazo en toda la cara a ese tipo. Pero estaba sobrio y, en cualquier caso, Niso era su invitado, así que tuvo que soportar la charla.
―Entonces, ¿por qué convertirse en romano? ―le cuestionó al cirujano―. ¿Por qué, si tanto nos odias?
―¿Quién dijo que os odiara? Ahora soy uno de vosotros.
Reconozco que el hecho de ser romano me otorga una categoría especial dentro del Imperio pero, aparte de eso, no siento nada más por Roma.
―¿Y qué hay de nosotros? ―preguntó Cato con calma―.
¿Qué pasa con tus compañeros?
―Es distinto. Vivo con vosotros y lucho codo a codo con vosotros cuando es necesario. Eso crea un vínculo especial entre nosotros. Pero, si dejas mi ciudadanía y mi nombre romanos a un lado, soy otra persona. Alguien que lleva los recuerdos de Cartago arraigados en su sangre.
―¿Tienes otro nombre? ―Aquello era algo que Cato no había considerado.
―Claro que sí ―dijo Macro―. Todo aquel que se une a las águilas y adopta la ciudadanía debe tomar un nombre romano.
―¿Y cuál era el tuyo antes de que te convirtieras en Niso?
―Mi nombre completo es Marco Casio Niso ―le dijo a Cato con una sonrisa―. Así es como se me conoce en el ejército y en cualquier documento legal y profesional. Pero antes de eso, antes de convertirme en romano, yo era Gisgo, de la saga de los Barca.
Cato alzó las cejas y un frío dedo le hizo cosquillas en los pelos de la nuca. Se quedó mirando fijamente al cirujano un momento antes de atreverse a hablar.
―¿Eres un pariente suyo?
―Un descendiente directo.
―Ya veo ―murmuró Cato mientras trataba aún de asimilar las implicaciones de esa afirmación. Miró al cartaginés―. Interesante.
Macro echó otro leño al fuego y rompió el hechizo.
―¿Os importaría decirme qué demonios es tan interesante? ¿Que Niso tuviera un nombre curioso?
Antes de que Cato pudiera explicárselo, los interrumpieron. De la oscuridad surgió un oficial, con el bruñido peto reflejando la luz de la hoguera.
―Cirujano, ¿tú eres el que se llama Niso? Niso y Macro se levantaron de un salto y se pusieron en rígida posición de firmes ante el tribuno Vitelio. Cato fue más lento y se estremeció con el doloroso esfuerzo de ponerse en pie.
―Sí, señor. ―Pues ven conmigo. Tengo una herida de la que necesito que te ocupes.
Sin decir una palabra más, el tribuno se dio la vuelta y salió dando grandes zancadas y apenas le dejó tiempo al cirujano para tirar los restos de su estofado, limpiar la cuchara en la hierba y volvérselo a sujetar todo al cinturón antes de salir corriendo para alcanzar al tribuno. Cato se dejó caer en el suelo mientras Macro se quedaba mirando cómo Niso desaparecía entre una hilera de tiendas.
―Un tipo extraño, ese Niso. No estoy del todo seguro de qué pensar de él, excepto que todavía no me gusta. Habrá que ver cómo nos llevamos tras unas cuantas copas.
―Si es que bebe ―añadió Cato.
―¿Qué?
―Hay algunas religiones orientales que lo prohíben.
―¿Por qué diablos van a querer perderse el vino? Cato se encogió de hombros. Estaba demasiado cansado para la especulación teológica.
―¿Y qué eran todas esas gilipolleces sobre su nombre? Cato se apoyó para recostarse y miró por encima de la hoguera hacia Macro.
―Su familia desciende de los Barca.
―Sí, eso ya lo he oído ―dijo Macro con marcado énfasis―, Barca. ¿Y?
―¿Le dice algo el nombre de Aníbal Barca, señor? Macro se quedó callado un momento.
―¿El mismísimo Aníbal Barca? ―El mismo. Macro se puso en cuclillas junto al fuego y soltó un silbido.
―Bueno, eso contribuye en cierta medida a explicar su actitud hacia Roma. ¿Quién hubiera pensado que tendríamos a un heredero de Aníbal luchando con el ejército romano? ―Se rió ante aquella ironía.
―Sí ―dijo Cato en voz baja―. ¿Quién lo hubiera pensado?"
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