lunes, 3 de noviembre de 2008

Roma Vincit!


Fragmento perteneciente al libro de Simon Scarrow -Roma Vincit! (Título original: The Eagle's Conquest):

"Niso asintió con un vigoroso movimiento de la cabeza y volvió a su estofado. Macro alargó la mano para coger uno de los leños mal cortados y lo colocó con cuidado entre las llamas. Una pequeña nube de chispas se elevó en forma de remolino y Cato las siguió con la mirada hacia el cielo aterciopelado hasta que su brillo se apagó y se perdieron contra las deslumbrantes lucecitas de las estrellas. A pesar de haber dormido durante la mayor parte del día, Cato todavía sentía que el agotamiento le pesaba en todos los nervios de su cuerpo y hubiera estado temblando de frío de no ser por la hoguera.

Niso se terminó el estofado, dejó el plato en el suelo y se tumbó de lado, mirando a Cato.

―Bueno, optio. Así que vienes de palacio.

―Sí.

―¿Es cierto que Claudio es tan cruel e incompetente como todos sus predecesores?

Macro soltó un resoplido. ―¿Qué clase de pregunta es ésa para que la haga un buen romano?

―Una bastante razonable ―replicó Niso―. Además, yo no soy romano de nacimiento. Resulta que soy africano, aunque con un poco de sangre griega también. De ahí mi ocupación y mi presencia aquí. El único lugar del que las legiones pueden conseguir experiencia médica decente es de Grecia y las provincias orientales.

―¡Malditos extranjeros! ―exclamó Macro con desdén―. Los vences en la guerra y se aprovechan de nosotros en época de paz.

―Así ha sido siempre, centurión. Las compensaciones por haber sido conquistados.

Pese a la frivolidad de los comentarios, Cato intuyó un dejo de amargura detrás de las palabras del cirujano y tuvo curiosidad.

―¿De dónde eres pues? ―De una pequeña ciudad en la costa africana. Cartago Nova. Supongo que nunca has oído hablar de ella.

―Creo que sí. ¿No es allí donde se encuentra la biblioteca de Arquelónides?

―¡Vaya! Sí. ―El rostro de Niso se iluminó de placer―. ¿La conoces?.

―Sé algo sobre ella. Está construida sobre los cimientos de una ciudad cartaginesa, creo.

―Sí. ―Niso asintió con la cabeza―. Así es. Sobre los cimientos. Todavía se ven las líneas de la antigua muralla de la ciudad y los trazos de algún conjunto de templos y astilleros. Pero eso es todo. La ciudad fue completamente arrasada al final de la segunda guerra púnica.

―El ejército romano no hace las cosas a medias ―dijo Macro con cierto orgullo.

―No, supongo que no.

―¿Y estudiaste medicina allí? ―preguntó Cato, tratando de desviar la discusión hacia un terreno más seguro.

―Sí. Durante unos años. Lo que se puede aprender en una pequeña ciudad comercial es limitado. Así que me fui al este, a Damasco, y trabajé para adquirir práctica ocupándome de la amplia variedad de dolencias que los ricos mercaderes y sus esposas imaginaban sufrir. Bastante lucrativo, pero aburrido. Me hice amigo de un centurión allí acuartelado. Cuando lo trasladaron a la segunda hace unos meses me fui con él.

No puedo decir que no haya sido emocionante, pero echo de menos el estilo de vida de Damasco.

―¿Es tan bueno como dicen? ―preguntó Macro con el entusiasmo propio de los que creen que el paraíso debe de existir en algún lugar en esta vida―. Es decir, las mujeres tienen bastante fama, ¿no es cierto?

―¿Las mujeres? ―Niso arqueó las cejas―. ¿Es lo único en lo que pensáis los soldados? En Damasco hay cosas más importantes que sus mujeres.

―No me cabe duda. ―Macro trató de ser refinado por un momento―. ¿Pero es cierto lo de las mujeres?

El cirujano suspiró. ―Las legiones que guarnecían la ciudad ciertamente así lo creían. Dirías que nunca habían visto una mujer. Montones de babosos borrachos tambaleándose de un burdel a otro. No tanto en busca de la paz romana como a la caza de una pieza para los romanos.

Niso se quedó mirando fijamente al fuego y Cato vio que sus labios se quedaban inmóviles y trazaban una apretada y amarga línea. Macro también tenía la mirada clavada en el fuego, pero las perezosas llamas dejaban ver una sonrisa en su rostro mientras su mente se concentraba en los exóticos placeres de un destino oriental.

La diferencia entre aquellos dos representantes de la raza dominante y la conquistada preocupaba a Cato. ¿Qué valor tenía un mundo gobernado por zafios mujeriegos que trataban con prepotencia a sus mejor educadas razas sometidas? Macro y Niso no eran un ejemplo característico, por supuesto, y la comparación tal vez fuera injusta, pero, ¿siempre se daba el caso de que la fuerza triunfaba sobre el intelecto? Sin duda los romanos habían triunfado sobre los griegos, sobre toda su ciencia, arte y filosofía. Cato había leído lo suficiente para conocer la gran cantidad de cosas del patrimonio griego de las que se habían apropiado los romanos posteriormente. A decir verdad, el destino de Roma dependía de su habilidad para arrollar sin piedad a otras civilizaciones y subsumirlas. La idea era muy inquietante y Cato dirigió la mirada hacia el río.

No había duda de que los britanos eran unos bárbaros.

Aparte de tener el aspecto adecuado para serlo, la falta de ciudades y la ciencia para proyectarlas, carreteras de grava y las cosechas organizadas en fincas agrícolas evidenciaba claramente una calidad de existencia inferior. Los britanos, decidió Cato, carecían del refinamiento necesario para poder ser considerados civilizados. Si se tenía que dar crédito a las historias traídas de las islas neblinosas por mercaderes y comerciantes, los nativos malvivían encima de enormes yacimientos de plata y oro. Parecía algo típico de la caprichosa naturaleza de los dioses que a las gentes más primitivas se les concediera la posesión de los recursos más valiosos; recursos que ellos poco sabían apreciar y de los que las razas más avanzadas, como los romanos, podían hacer mucho mejor uso.

Además, estaba la siniestra cuestión de los druidas. No se sabía mucho sobre ellos y todo lo que Cato había leído describía el culto en unos términos escabrosos y horripilantes. Se estremeció al recordar el bosquecillo que él y Macro habían descubierto pocos días antes. Aquel lugar era oscuro y frío, y lleno de amenaza. Aunque no sirviera de otra cosa, la conquista de las islas neblinosas conduciría a la destrucción del oscuro culto druídico.

El asco que de pronto sintió hacia los britanos hizo que Cato detuviera esa línea de pensamiento. Como argumentos que justificaban la expansión del Imperio, parecían simples y verosímiles. Tanto era así que Cato no podía evitar desconfiar de ellos. Según su experiencia, aquellas cosas de la vida que se consideraban verdades simples y eternas sólo lo eran debido a una deliberada limitación del pensamiento. Se le ocurrió que todo lo que había leído en latín siempre había presentado a la cultura romana con los mejores términos posibles y como infinitamente superior a todo lo que producía cualquier otra raza, ya fuera «civilizada», como los griegos, o «bárbara», como aquellos britanos. Tenía que haber otro aspecto de las cosas.

Miró a Niso y se fijó en la piel oscura, las facciones morenas, el pelo rizado, grueso y abundante y los amuletos de extraño diseño que llevaba en las muñecas. La ciudadanía romana que se le había otorgado al alistarse a la legión era algo menos que superficial. Era una mera etiqueta legal que le confería una cierta posición social. Aparte de eso, ¿qué clase de persona era?

―¿Niso?

El cirujano levantó la vista de las llamas y sonrió.

―¿Puedo preguntarte algo personal? La sonrisa se desvaneció levemente y las cejas del cirujano se movieron, más cerca una de otra. Asintió con un movimiento de la cabeza.

―¿Cómo es no ser romano? ―La pregunta era delicada y directa y Cato se avergonzó de haberla hecho, pero la suavizó con un intento de explicarse―. Es decir, sé que ahora tú eres ciudadano romano. Pero, ¿cómo era antes? ¿Qué piensan de Roma los demás?

Niso y Macro le estaban mirando fijamente. Niso con el ceño fruncido y con suspicacia, Macro estupefacto sin más. Cato lamentó no haber mantenido la boca cerrada. Pero lo consumía un deseo de saber más, de distanciarse de la visión del mundo que le habían inculcado desde que nació. De no haber sido por los tutores de palacio, era una visión que hubiera aceptado sin dudar, sin la más mínima noción de que era parcial.

―¿Qué piensan de Roma los demás? ―repitió Niso. Consideró la pregunta durante un momento mientras se rascaba suavemente la espesa barba que le cubría el mentón―. Interesante pregunta. No es fácil de responder. Depende en gran medida de quién eres. Si resulta que eres uno de esos reyes clientes que se lo debe todo a Roma y que teme y odia a sus súbditos, entonces Roma es tu única amiga. Si eres un mercader de grano en Egipto que puedes sacar una fortuna de la distribución de trigo al pueblo de Roma, o un gladiador y proveedor de bestias que les facilita a los ciudadanos los medios para malgastar el tiempo, entonces Roma es la fuente de tu riqueza. Los productores de artículos de primera calidad y las fábricas de armas de la Galia, los comerciantes de especias, sedas y antigüedades, todos ellos obtienen su sustento de Roma.

Dondequiera que haya dinero que se pueda conseguir gracias al voraz apetito de Roma por los recursos, el entretenimiento y el lujo, entonces allí hay un parásito que alimenta la demanda. Pero en cuanto a todos los demás ―Niso se encogió de hombros―, no sé qué decirte.

―¿No sabes qué decir o no quieres decirlo? ―intervino Macro con enojo.

―Centurión, soy un invitado en tu hoguera y sólo ofrezco mi punto de vista a petición de tu optio.

―¡Estupendo! Entonces dinos cuál es. Dinos qué mierda es lo que piensan.

¿Lo que piensan? ―Niso arqueó una ceja―. Yo no puedo hablar en nombre de los demás. Sé muy poco sobre los productores de grano del Nilo, obligados a renunciar a la mayor parte de su cosecha cada año sin que se tenga en cuenta el rendimiento real. No tengo ni idea de lo que significa ser un esclavo al que han capturado en la guerra y vendido a una cadena de presos de una mina de plomo, y que nunca volverá a ver a su esposa o a sus hijos. o de ser un galo cuya familia ha poseído una tierra durante generaciones y que ve cómo es dividida en centurias y puesta en manos de una muchedumbre de legionarios dados de baja.

―¡Retórica barata! ―dijo Macro bruscamente―. En realidad no lo sabes.

―No, pero puedo imaginarme cómo deben sentirse. Y tú también... si lo intentas.

―¿Por qué tendría que intentarlo? Nosotros ganamos, ellos perdieron y eso demuestra que somos mejores. Si les molesta, entonces pierden el tiempo. No puede molestarte lo que es inevitable.

―Buen aforismo, centurión. ―Niso se rió en señal de apreciación―. Pero no hay nada de inevitable en los impuestos que recauda el Imperio, o el grano, el oro y los esclavos que saca de sus provincias. Todo para mantener a las masas de miserables que viven en Roma. ¿Te extraña que a la gente le embargue la amargura y el resentimiento cuando mira a Roma?

Para un fatalista como Macro, todo aquello no era más que palabrería provocadora, y apretó los dientes. Si hubiera estado bebiendo, simplemente se hubiese hartado de la conversación y le hubiera clavado un puñetazo en toda la cara a ese tipo. Pero estaba sobrio y, en cualquier caso, Niso era su invitado, así que tuvo que soportar la charla.

―Entonces, ¿por qué convertirse en romano? ―le cuestionó al cirujano―. ¿Por qué, si tanto nos odias?

―¿Quién dijo que os odiara? Ahora soy uno de vosotros.

Reconozco que el hecho de ser romano me otorga una categoría especial dentro del Imperio pero, aparte de eso, no siento nada más por Roma.

―¿Y qué hay de nosotros? ―preguntó Cato con calma―.

¿Qué pasa con tus compañeros?

―Es distinto. Vivo con vosotros y lucho codo a codo con vosotros cuando es necesario. Eso crea un vínculo especial entre nosotros. Pero, si dejas mi ciudadanía y mi nombre romanos a un lado, soy otra persona. Alguien que lleva los recuerdos de Cartago arraigados en su sangre.

―¿Tienes otro nombre? ―Aquello era algo que Cato no había considerado.

―Claro que sí ―dijo Macro―. Todo aquel que se une a las águilas y adopta la ciudadanía debe tomar un nombre romano.

―¿Y cuál era el tuyo antes de que te convirtieras en Niso?

―Mi nombre completo es Marco Casio Niso ―le dijo a Cato con una sonrisa―. Así es como se me conoce en el ejército y en cualquier documento legal y profesional. Pero antes de eso, antes de convertirme en romano, yo era Gisgo, de la saga de los Barca.

Cato alzó las cejas y un frío dedo le hizo cosquillas en los pelos de la nuca. Se quedó mirando fijamente al cirujano un momento antes de atreverse a hablar.

―¿Eres un pariente suyo?

―Un descendiente directo.

―Ya veo ―murmuró Cato mientras trataba aún de asimilar las implicaciones de esa afirmación. Miró al cartaginés―. Interesante.

Macro echó otro leño al fuego y rompió el hechizo.

―¿Os importaría decirme qué demonios es tan interesante? ¿Que Niso tuviera un nombre curioso?

Antes de que Cato pudiera explicárselo, los interrumpieron. De la oscuridad surgió un oficial, con el bruñido peto reflejando la luz de la hoguera.

―Cirujano, ¿tú eres el que se llama Niso? Niso y Macro se levantaron de un salto y se pusieron en rígida posición de firmes ante el tribuno Vitelio. Cato fue más lento y se estremeció con el doloroso esfuerzo de ponerse en pie.

―Sí, señor. ―Pues ven conmigo. Tengo una herida de la que necesito que te ocupes.

Sin decir una palabra más, el tribuno se dio la vuelta y salió dando grandes zancadas y apenas le dejó tiempo al cirujano para tirar los restos de su estofado, limpiar la cuchara en la hierba y volvérselo a sujetar todo al cinturón antes de salir corriendo para alcanzar al tribuno. Cato se dejó caer en el suelo mientras Macro se quedaba mirando cómo Niso desaparecía entre una hilera de tiendas.

―Un tipo extraño, ese Niso. No estoy del todo seguro de qué pensar de él, excepto que todavía no me gusta. Habrá que ver cómo nos llevamos tras unas cuantas copas.

―Si es que bebe ―añadió Cato.

―¿Qué?

―Hay algunas religiones orientales que lo prohíben.

―¿Por qué diablos van a querer perderse el vino? Cato se encogió de hombros. Estaba demasiado cansado para la especulación teológica.

―¿Y qué eran todas esas gilipolleces sobre su nombre? Cato se apoyó para recostarse y miró por encima de la hoguera hacia Macro.

―Su familia desciende de los Barca.

―Sí, eso ya lo he oído ―dijo Macro con marcado énfasis―, Barca. ¿Y?

―¿Le dice algo el nombre de Aníbal Barca, señor? Macro se quedó callado un momento.

―¿El mismísimo Aníbal Barca? ―El mismo. Macro se puso en cuclillas junto al fuego y soltó un silbido.

―Bueno, eso contribuye en cierta medida a explicar su actitud hacia Roma. ¿Quién hubiera pensado que tendríamos a un heredero de Aníbal luchando con el ejército romano? ―Se rió ante aquella ironía.

―Sí ―dijo Cato en voz baja―. ¿Quién lo hubiera pensado?"



miércoles, 22 de octubre de 2008

La profecía

La profecía siempre está allí, como las aguas de un negro secreto. Por lo general, se ocultan en profundidades desconocidas.

Buscas con desesperación el aire fresco del exterior. Pero sólo encuentras un aire reseco que abrasa tu garganta. El agua y la sed; el frío y el calor. Cuando buscas una voz solo encuentras un silencio profundo. Pero cuando buscas el silencio, sólo encuentras una voz que te va repitiendo incesantemente la profecía. Tu corazón es como un gran río crecido tras un largo periodo de lluvias “sí, justo. Ese es mi corazón”


Del libro "Kafka en la orilla" de Hakura Murakami, Tusquests Editores.


martes, 30 de septiembre de 2008

Toppi "Funghi" (Setas) 1983


Sergio Toppi, otro de los autores increibles a tener en cuenta en el mundo de la historieta. Normalmente es dificil obtener ciertos conocimientos si ni tan siquiera puedes leer la obra de los autores. Este autor italiano nació en 1932, y sus obras más destacadas se encuentran en las decadas de los 70 y los 80. Su publicación en España, erratica y fundamentalmente en las revistas de comics de hace unos bastantes años.
Aquí una historia publicada en la revista de Enric Sió "La Oca".









sábado, 27 de septiembre de 2008

Laberintos de Enric Sió












Parte de una historieta de Enric Sió de 1980 publicada en la revista "La Oca" en 1985.
Continuo con mi busqueda de información para nuestra propia historieta de "El Ojo de Melkart". Como contaba Antonio Muñoz Molina hace dos semanas : "... A los historiadores les bastan sobriamente los hechos. El adicto al pasado quiere llegar mucho más lejos. Quiere rozar la textura del tiempo. Quiere respirar el aire, saber a qué olía el interior de un café cuando se llegaba de la calle empujando la puerta giratoria. Daría no sabe qué simplemente por pasearse durante unos minutos por la calle cuyos pormenores estudia con tanto detenimiento en las fotos." Ese seria realmente la meta, una atmosfera creible con personajes reales.

sábado, 30 de agosto de 2008

Cuento del regreso

CRÓNICA: IDA Y VUELTA

Cuento del regreso

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 

El País, Babelia 30/08/2008

Un hombre de mediana edad vuelve a su tierra natal después de una larga ausencia; un muchacho abandona la seguridad de su casa y la protección excesiva de su madre para viajar por el mundo en busca del padre ausente al que no recuerda; una mujer espera el regreso del marido que se marchó hace mucho tiempo aunque no sabe si está vivo o si ha muerto. El cuento de Ulises no es el más antiguo de todos, pero es tal vez el que se ha contado y se cuenta más veces, el cuento de nunca acabar de la imaginación humana. Más antiguo todavía, y en cierto modo emparentado con él, es el cuento del héroe que viaja para enfrentarse al monstruo cuya sombra maléfica se proyecta sobre el mundo; viaja armado pero frágil, resuelto pero también lleno de incertidumbre, y en su victoria después de un combate en el que está a punto de sucumbir hay siempre algo muy precario, porque ha vencido al monstruo pero no erradicado su linaje, y la amenaza, al cabo de un tiempo, habrá surgido otra vez.

En un libro extraordinario y también algo delirante, The seven basic plots, Christopher Booker compara el primero de todos los relatos de ficción de los que tenemos noticia con uno de los más recientes, y concluye que los dos, a pesar de diferencias superficiales, son idénticos. El Poema de Gilgamesh fue escrito sobre tablillas de barro en la ciudad de Nínive hace unos cinco mil años; la película James Bond contra el doctor No se estrenó en 1962. El monstruo Humbaba y el doctor No habitan en remotas cuevas subterráneas. Antes del viaje, Gilgamesh se provee para el combate con armas especiales, un gran arco y un hacha: el trámite de las armas de última tecnología es uno que se repite siempre en las películas de James Bond. El valor solitario del héroe salva al mundo. Que el doctor No, a diferencia del monstruo Humbaba, amenace al mundo con bombas atómicas es sólo un matiz de su ambición apocalíptica: el sobrecogimiento que la historia despertaría en un espectador de cine en 1962 no era muy distinto del que experimentaban cinco mil años atrás los habitantes de Nínive cuando escucharan el canto o el recitado monótono del poema de Gilgamesh.

Necesitamos historias de ficción para entender el mundo. Más allá de las vaguedades que suelen improvisar los escritores acerca del valor de la literatura está la evidencia científica de que la mente humana sólo puede dar sentido al flujo caótico de la experiencia sometiéndolo a la disciplina de modelos narrativos estables. Después de casi cuarenta años leyendo novelas, tratados de mitología, colecciones de cuentos populares, viejos folletines por entregas, y viendo películas y series de televisión, Christopher Booker escribió un tomo de setecientas páginas de letra diminuta enumerando y analizando los siete relatos que todos nos pasamos la vida escuchando y contando: la victoria sobre el monstruo, la exaltación del postergado, la búsqueda, el viaje y su regreso, la comedia, en la que las cosas parece que acabarán mal y acaban bien, la tragedia, en la que lo que pudo acabar bien acaba desastrosamente, el renacer. Probablemente, escribiendo tanto de arquetipos, eligió el siete para ajustarse a un arquetipo numérico. El cuento de la búsqueda difícilmente se puede separar del cuento del viaje, y los dos se enredan con el de la victoria sobre el monstruo. Y todos están contenidos en la leyenda magnífica de Ulises.

En un libro recién aparecido, The return of Ulysses, la profesora británica Edith Hall examina la presencia incesante del héroe en la imaginación occidental, el regreso continuo del viajero extraviado que tarda tanto en volver, que naufraga, que sufre la hostilidad vengativa de los dioses, que conoce la tentación de la animalidad en la bruja Circe y de la ternura hospitalaria en la ninfa Calypso, que ve a una muchacha bañándose en una playa y no sabe si es una mujer o una diosa, que pide a sus compañeros que lo aten al mástil de su barco para oír la canción de las sirenas y no ser arrastrado a la muerte por su hechizo, que se conmueve al ver a lo lejos el humo que sube de la chimenea de su casa: que cuando vuelve por fin ha cambiado tanto que nadie lo reconoce salvo el perro que husmea su olor al cabo de veinte años. Uniendo dos virtudes que entre nosotros parecen tristemente incompatibles, la erudición rigurosa y el gusto de contar, Edith Hall emprende ella misma un viaje de viajes, que la lleva de Virgilio y de Dante a 2001, una odisea espacial, a Primo Levi, a Monteverdi y esa ópera tan delicada como una fantasía de Mozart, Il ritorno di Ulisse in patria, al Ulises de Joyce, a la novela que sólo hace tres años dedicó Margaret Atwood a la misteriosa Penélope. Leyendo el libro, apropiadamente, a la orilla del mar, uno confirma una antigua sospecha: no es que la Odisea haya sido una obra literaria más o menos influyente, sino que no hay historia que pueda o merezca contarse que no esté incluida en la Odisea. Como el paisaje marítimo que miro mientras estoy leyendo, imaginando las cóncavas naves griegas, los elementos de la historia de Ulises varían siempre y permanecen siempre idénticos, como un cuento que nadie cuenta con las mismas palabras y sin embargo nunca cambia.

La vida se le pasa a uno leyendo la Odisea, aunque no lo sepa, aunque no haya abierto nunca ese libro, o ningún otro libro. Mucho antes de saber de su existencia yo vi maravillado, en uno de aquellos cines de verano que se parecen tanto en el recuerdo al paraíso terrenal, Las aventuras de Ulises, en aquel tecnicolor que emocionaba tanto a Terenci Moix, con Kirk Douglas y la esplendorosa Silvana Mangano, y quizás me entusiasmó más aún porque para mí era una película de aventuras y porque en mi tierra de secano interior sólo había visto los mares del cine, las tempestades falsas de los estudios de Hollywood. Tampoco sabía, cuando me sumergí como nunca antes en el misterio de una novela y de un personaje literario, que el capitán Nemo o Nadie de Julio Verne se llamaba así en recuerdo del nombre que se da a sí mismo Ulises para escapar de Polifemo. Hubo un verano de hace unos años en el que terminé de leer la Odisea en un tren que me llevaba a la sierra de Madrid, sobrecogido por la brutalidad de su final sanguinario, y otro mucho más cercano en el que leí por primera vez el Ulises de Joyce con tanta felicidad que después de la última página regresé sin pausa a la primera para empezar de nuevo. Pero cuando más compañía me hizo Ulises fue en un campamento militar de Vitoria, en un noviembre helado de desconsuelo cuartelario en el que me consolaba por las noches aprendiéndome sonetos de Borges. El único que todavía recuerdo entero de memoria es el que invoca el final de la Odisea: "Ya la espada de hierro ha ejecutado / la debida labor de la venganza...". Una historia no duraría tanto si no ayudara de verdad a resistir, a vivir.





viernes, 29 de agosto de 2008

Masamune Shirow



Manga es igual a cómics. Otra denominación, otro nombre de otro lugar para definir lo mismo. Y con el manga me ocurre lo mismo que con los demás cómics, elijo a los autores que me gustan. Y el premio gordo se lo lleva Masamune Shirow. Os dejo un comentario sobre una de sus obras.


Patrulla especial ghost
Masamune Shirow
Planeta-DeAgostini

Además del más sugestivo cultivador actual de la ficción especulativa en terreno viñetero, Masamune Shirow resulta uno de los autores más iconoclastas y libres al afrontar el medio de todo el panorama mundial. Rara avis de la fabulación cuya compleja y poco digestiva obra se ubica en la Antípodas de la fluidez propia del tebeo nipón, grafista portentoso y narrador rudimentario, Shirow es un mangaka condenado por la incomprensión de aquellos lectores renuentes a asimilar tanto su tendencia a la desmesura conceptual como su desinterés por la manipulación dramática con vistas al impacto emocional.
Pese a volcarse (como siempre) en la construcción de un tapiz teórico levemente narrativo sobrealimentado de datos e ideas, al autor insufló en Patrulla Especial Ghost (obra que, para mí, constituye su trabajo más depurado, por delante de tebeos más “ligeros” y agradecidos como Orion o Dominion e incluso de su monumental Appleseed) un aliento de genuina melancolía, de sombría languidez, de apagada tragedia que provocó en sus seguidores el descubrimiento de un Shirow inusualmente circunspecto, autoconscientemente grave… gélidamente emotivo.
Antonio Trashorras
U, el hijo de Urich #3 abril 1997










Los dibujos son míos, copia de los de Shirow