domingo, 24 de agosto de 2008

Luz Antigua





Al principio…
Pero claro que nunca vemos el principio. Llegamos a la mitad, cuando ya se han apagado las luces, e intentamos enterarnos de lo que ha pasado hasta entonces. Preguntamos a los vecinos: "¿Quién es él? ¿Quién es ella? ¿Ya se conocían de antes?"
Nos las arreglamos
En este caso, imaginemos que nuestro vecino sea alto, vestido con ropas viejas, como de monje, la cara oculta en la sombra de su capucha. Huele a tiempo y a polvo, sin ser desagradable, y sostiene un libro en la mano. Cuando abre el libro (encuadernado en piel, sin duda, y cada palabra trazada meticulosamente a mano) oímos el clink del metal, y nos damos cuenta de que lleva el libro encadenado a la muñeca.
Da igual. Vemos gente aún más extraña en sueños; y las ficciones son sólo sueños congelados, imágenes unidas con una estructura ilusoria. No hay que confiar en ellas, no más que en la gente que las crea.
¿Soñamos?
Posiblemente.
Pero el hombre de los hábitos habla. Su voz es como el roce de viejos pergaminos en una biblioteca, entrada la noche, cuando la gente se ha ido a casa y los libros empiezan a leerse a sí mismos. Nos esforzamos en escuchar lo que ha pasado hasta entonces…

"No sólo era Roderick Burgess un hombre malvado, sino también orgulloso y presuntuoso. No se conformaba con riquezas, o con el liderazgo de la Orden de los Antiguos Misterios (aunque la orden no era antigua en absoluto, habiendo sido fundada hacía sólo dieciséis años, con el cambio de siglo, por el propio Burgess): deseaba notoriedad entre sus iguales, y ansiaba la inmortalidad física.
El año era 1.916. En el mundo exterior, la Gran Guerra continuaba, y en "Fawney Rig", su casa de Sussex, Roderick Burgess concibió un plan. Capturaría a la muerte, tendría prisionero al Segador.
Con una fórmula de un grimorio robado, realizó el grito de la Invocación. Sospecho que quedó sorprendido cuando la invocación dio fruto, cuando una figura tomó forma en el circulo, en el sótano de la mansión.
No era la Muerte.
El Hombre del círculo vestía de negro. Su cabeza oculta por un yelmo tallado de hueso, y cristal, y metal. Danzaban fuegos en la oscuridad aterciopelada de Sus ropas; alrededor de Su cuello colgaba una piedra preciosa, un rubí; y llevaba al costado una bolsa de cuero, atada firmemente con un cordón.
¿Supo entonces Burgess lo que había capturado? ¿Imaginó que fuerzas habian debilitado a Morfeo, el Señor de los Sueños; que su Canto de Invocación había representado una última gota para Alguien -Algo- que ya se encontraba al límite de sus fuerzas?
Lo dudo. Y si lo sabía, no le importaba.
Burgess despojó a la forma casi sin vida de ropas y objetos, encerrando a su huésped involuntario en una jaula de cristal sin aire, dentro del círculo, y Le dejó allí.
El Rey del Sueño fue capturado y encarcelado.
El impacto se sintió en todo el mundo: hubo niños que se durmieron y no despertaron. Sus vidas fueron canceladas… Unity Kincaid fue uno de ellos, quince años y perdida en un mundo de sueños. Enfermedad del sueño se llamó a la dolencia, y miles de víctimas la sufrieron.
Había cuatro personas que conocían la verdad sobre el Hombre de la jaula: Roderick Burgess mismo; su joven hijo Alexander; Ruthven Sykes, ayudante de Burgess; y Ethel Cripps, la joven amante de Burgess.
Todo lo que Roderick Burgess quería en realidad era vivir eternamente.
En Noviembre de 1.930 las cosas empezaron a irle mal. Se forjó un escándalo: Burgess fue demandado por los hijos de una anciana que legó su considerable fortuna a la Orden. El juicio trajo el caos y el escándalo a la Orden de los Antiguos Misterios. Entonces, Ethel Cripps y Ruthwen Sykes se fugaron juntos, en secreto, llevándose más de 200.000 libras. También se llevaron otras cosas: un Rubí, un Yelmo, una Bolsa…
Los amantes huyeron a San Francisco, donde entregaron el Yelmo a un demonio. Sykes necesitaba protección, y el demonio tomó el Yelmo a cambio de un amuleto, un ojo en una cadena. El Amuleto mantuvo a Sykes a salvo de cualquier mal durante los seis años siguientes. Si Ethel Cripps no le hubiese abandonado - llevándose con ella el Rubí y el Amuleto - le habría protegido por más tiempo.
La muerte de Ruthwen Sykes fue sangrienta, y desagradable, y en algún lugar, Roderick Burgess sonreía.
Burgess vivió otros once años, y luego murió, aún rabiando ante su prisionero, aún suplicando la Vida Eterna. Su hijo Alexander ocupó su lugar. En el sótano, en una jaula de cristal rodeado por un círculo de tiza, la piel pálida y los ojos ardientes como estrellas lejanas, el Prisionero esperaba. Tenía todo el tiempo del mundo.
Alexander Burgess no era el hombre que fue su padre. En sus manos, la Orden de los Misterios Antiguos se secó, se marchitó: el cuerpo murió, pero el espectro subsistía.
Más de setenta años después de que se dibujase el círculo en "Fawney Rig", éste fue roto. Morfeo escapó. Fue así de simple. Los Eternos tienen tiempo. Pueden esperar. Podría haber esperado hasta que todas las piedras de la casa fuesen polvo. Esperó en la oscuridad durante una vida humana, y ahora era libre.
Cuando escapó, la gente que se durmió tantos años atrás despertó… gente cuyas vidas habían sido robadas, arrancadas de la infancia hasta la vejez sin nada entre ambas cosas.
En un sueño, Morfeo llamó a Alexander Burgess y le condenó al Despertar Eterno. Escuchad: cuando Alex despierte de cada sueño, el corazón acelerado, el sudor frío pegado a piel anciana, se encuentra en otra pesadilla, peor que la anterior. En algún lugar, incluso ahora, está perdido en su mente, rezando por que alguien, de alguna manera le despierte. En sus sueños, cada segundo dura una eternidad…
La oscura figura hace una pausa. Intentamos distinguir los rasgos de su rostro, ver algo definido bajo las sombras de la capucha. Inútil. Quizá no hay nada bajo ellas.
Sueño es el hermano más joven de Muerte, volvió a su Reino. Imaginadle, debilitado, sin Sus herramientas, de vuelta a Su castillo.
Morfeo, Sueño -llamadle como queráis- no es la única entidad que vive -vivir, claro, es sólo una expresión- en el Lugar de los Sueños. Hay otros. Otros muchos. Los perdidos y los sin cuerpo, arquetipos y fantasmas y … otros. Son Sus sirvientes, sus criaturas, mientras viven en Su reino; y Él es su señor.
Encontró Su castillo destruido. Sus sirvientes desperdigados. Inició el proceso de restauración. Pero para ello necesitaba cosas que le robaron los Burgess mucho años atrás.
El Señor de los Sueños invocó a las Gracias, la Triple Diosa -Doncella, Madre y Anciana- y le preguntó que se hizo de sus herramientas: la Bolsa, llena de sus inagotables Arenas del tiempo; el Yelmo, símbolo de su cargo en otros Reinos; el Rubí, que creó su propia sustancia, y en el que tanto poder depositó, hace mucho, mucho tiempo.
Oye la pregunta que no hemos hecho.
¿Cuánto tiempo?
¿Os habéis preguntado alguna vez qué soñaba el planeta Tierra, al principio, cuando se enfriaba en su estado fundido, mucho antes de que un fino caparazón se formase en su superficie… por no decir una atmósfera? Fue entonces. Hace mucho.
El Señor de los Sueños acabó usando el rubí para las más simples manipulaciones del Mundo de los Sueños. Las herramientas pueden ser las trampas más sutiles.
Preguntó a la Hécate donde estaban Sus herramientas, y Ella le contestó, en cierto modo.
La bolsa se perdió durante años, y al fin fue adquirida por un inglés, John Constantine. El Yelmo estaba en el Infierno, llevado allí por un demonio. El Rubí había pasado de Ethel Cripps a su hijo, John Dee.
Gira una página. Tenemos tiempo de preguntarnos, quizá, donde estamos. Y nos preguntamos qué más hay escrito en el libro de nuestro vecino. Nos sobreviene la convicción irracional de que nuestro nombre está ahí… cada detalle de nuestra vida, todo, no importa lo ínfimoo desagradable que sea; todo nuestro pasado, todo nuestro futuro.
¿Quieres saber cómo vas a morir?
Empieza a hablar de nuevo.
La Bolsa fue robada a Constantine por una antigua amante, una mujer llamada Rachel. La había abierto, y había descubierto los placeres y alegrías de la Arena del Sueño. Nunca se terminaba. Siempre estaba allí para ella. Y tendida en la cama, la comía, la respiraba, la frotaba contra su piel, flotando en sus sueños perfectos.
Rachel ya no comía ni dormía. Pero aún soñaba.
Con la ayuda de Constantine, el Señor de los Sueños encontró a la mujer, y la Bolsa. Y, a petición de Constantine, concedió a la destrozada criatura un sueño para llevarse consigo en la muerte.
Gira otra página. ¿Están hechas de papel? Nos preguntamos si la piel humana, secada y tensada, haría ese sonido, encuadernada en un libro…
Viajó luego al Infierno, la Bolsa a Su lado. Y en el Infierno habló con el Señor Lucifer, antes el más bello y orgulloso de los ángeles, ahora Señor del Mundo Subterráneo, Amo de las Mentiras, Comandante del Triunvirato del Infierno.
El demonio que poseía el Yelmo era Chorozón, una de las criaturas de Belcebú, y el Señor de los Sueños se vió forzado a luchar con Chorozón por el Yelmo.
Venció en la batalla. Morfeo recuperó Su Yelmo, ganándose la enemistad eterna de Lucifer por Sus esfuerzos.
Dicen que se nos conoce por nuestros enemigos. Si es así, entonces Morfeo debe ser altamente considerado.
Recuperado el Yelmo, el pacto terminó, y el poder del amuleto que mantenía viva a Ethel Cripps (ahora Ethel Dee, y tan vieja como el pecado) se esfumó. Ella murió, y el amuleto pasó a su hijo, John.
De alguna manera, conocemos a su hijo, sin que nos hayan contado nada. Loco de atar, completamente chiflado, la piel de su cuerpo tensa sobre sus huesos descarnados. John Dee hacedor de sueños sin sueño alguno, último propietario del Rubí de Morfeo.
Dee escapó de la prisión donde había estado retenido muchos años, y se arrastró por la noche, buscando el Rubí.
Al mismo tiempo, el Rey de los Sueños también buscaba la joya. No sabía que Dee había manipulado su materia.
Al fin, en un almacén que guardaba un tesoro de artefactos perdidos, Morfeo encontró Su Rubí. Pero lo encontró deformado y cambiado: en vez de enfocar y aumentar Sus energías, empezó a absoberlas.
Le dejó débil y -literalmente- agotado. Dee tomó el Rubí de la mano del Señor de los Sueños, e hizo que empezara a destruir la mente de los débiles y los dormidos. Se divirtió a su manera, mientras esperaba.
Nos damos cuenta de que no queremos saber cómo se divirtió John Dee.
Morfeo yacía en el frío suelo del almacén, indefenso y casi insconciente; podía sentir, a lo lejos, las disrupciones en el tiempo de los sueños, la distorsión y el dolor. Le llevó más de un día recuperar alguna fuerza.
Y luego, encarnado, caminó la milla que le separaba del Rubí y su amo, que le esperaban, susurrando su mensaje de dolor y de locura al mundo.
Morfeo luchó en sueños con Dee por el control del Rubí, por su dominio. Pero luchó en vano: el Rubí le robaba Su esencia.
Es perfectamente concebible que Dee hubiese sido capaz de absorber totalmente a Morfeo al interior de la joya y dejarle allí, un fantasma congelado dentro de un cristal, y todo Su poder a disposición del loco. Perfectamente concebible…
Nuestro vecino deja de leer, levanta la cabeza. Bajo la capucha sólo hay sombras, pero sentimos que nos está mirando; y quizá no hay ojos de verdad debajo de ese hábito. Extrañamente, así nos parece que debería ser, y no nos perturba en absoluto.
Si esta parte de la historia tiene moral, y yo desconfío de ella como desconfío de los principios, es simplemente ésta: conoce aquello con lo que tratas.
Dee creyó que destruyando el Rubí administraba el golpe de gracia. Pero el Señor de los Sueños es de los Eternos, la raza que no son Dioses (porque los Dioses mueren, cuando sus creyentes desaparecen, pero los Eternos seguirán aquí cuando el último Dios haya ido más allá del Reino de la Muerte, hacia la no-existencia), y quebrar el Rubí no destruyó a su Creador.
Al contrario, le liberó. Más que eso, quizá. Liberó todas las energías que encerró en el Rubí desde hacía eones.
El Señor Morfeo llevó de vuelta a Dee a su prisión, y le dejó allí.

Aún escuchamos la historia, esperando algún tipo de conclusión, cuando nuestro vecino cierra su libro. Las frías cadenas que atan al ciego Destino con Su libro tintinean calladamente.
La historia, claro, no ha terminado en absoluto. Pero sabemos que no averiguaremos nada más de esta fuente, e incómodos, nos vamos. Las brumas se alzan, y es hora de volver.
Llegamos a la mitad, miramos por un tiempo, nos vamos antes de que enciendan las luces. Si no hay principios, no puede haber finales.
Estamos solos en la oscuridad. Cada respuesta provoca otra pregunta, y ocurren cosas a cada momento.
Eso es todo lo que necesitáis saber de momento. Confiad en mí.
La historia hasta aquí. Quizás es todo cuando podemos esperar…
Neil Gaiman en Sandman




miércoles, 20 de agosto de 2008

Dave McKean

Dave McKean


Estos dibujos pertenecen al episodio de Hellblazer nº27 (marzo de 1990), de la edición americana. Yo lo compré en un tomo retapado de Ediciones Zinco, cinco números que vendían como una “obra completa”. Obviamente con el episodio de Dave McKean y Neil Gaiman, titulado “Abrázame” daba por bueno el gasto.



Dave Mckean al considerarlo inabarcable, fuera de los límites de la razón y la lógica me centré en leer su obra y olvidarme de aprender de él, me superaba. Lean “Cages”.






En el prólogo del primero de los artículos dedicados a este autor en la revista “U” nº11 (julio 1998) se resumen perfectamente los motivos para asustarse de este autor:
“Dave McKean es un volcán. El habitual símil, tan empleado en el ámbito artístico para referirse a autores de marcado carácter explosivo, parece inventado para él. Leyendo datos de su biografía, siguiendo la sucesión de sus obras, uno casi puede imaginarse las placas tectónicas desplazándose lentamente, golpeándose con una violencia aparentemente tranquila superficie, sin nada que haga presagiar el estallido desatado de magma creativo que se avecina, que se desbordará en todas direcciones. Música, cine, teatro, pintura, fotografía, diseño, historieta o publicidad, ningún medio de expresión le es ajeno a este verdadero renacentista del siglo XX, y en todos ellos es capaz de encontrar un resquicio que le permita plasmar un estilo personal, inquieto y preñado de ideas.” Por José María Méndez






lunes, 18 de agosto de 2008

Mike Mignola, o como la mesura es una gran virtud.



Mike Mignola

Este autor, uno de mis favoritos (se habrán dado cuenta de que tengo muchos, pero este realmente es uno de mis favoritos) contiene inquietudes gráficas muy interesantes: síntesis casi geométrica, esa extraña elegancia de línea estilizada y volúmenes masivos, ominosas y melancólicas atmósferas, un radical tenebrismo. Ecléctico en su reciclaje de mitologías, deudor de Lovecraft, minimalismo gótico y una lúgubre decadencia, todo ello bañado por el mórbido cromatismo de Matthew Hollingsworth.

Como decía antes, uno de mis autores favoritos.























domingo, 17 de agosto de 2008

Bob Deler por Cava & Keko







Hace un par de años (o puede que tres) un amigo fue a ARCO, esa magnifica fiesta del dinero, perdón, del ARTE, así con mayúsculas, y en una de las revistas que me trajo (EXIT) venía esta tira, inmensa, de dos de los autores más grandes que tenemos, así de sencillo. La acabo de encontrar ahora, al hacer un poco de limpieza.

He buscado en la red y me encuentro un comentario en la Carcel de Papel, aqui: http://www.lacarceldepapel.com/2008/02/23/%c2%bfarte-contemporaneo/ y los datos técnicos, aquí: Título: BOB DELER Autores: Cava & Keko Edita: EXIT Publicaciones Año: 2008 Idioma: Español Dimensiones: 28,5 x 23, 5 cm Formato: 57 páginas en color / Tapa dura ISBN: 978-84-934639-4-6 Precio: 20 € + Gastos de envío Pedidos: CATACLISMO. Tel. 91 404 97 40. E-mail: circulacion@exitmedia.net

La de cosas que se pierde uno a poco que te descuides.

El nacimiento de una revista






Páginas aparecidas en la revista Krazy comics nº9, junio 1990. Obra de Jordi Sempere y F. Perez Navarro. Las páginas tienen historia, pero a mi me encantan como construyen en tan poco espacio historias enormes. Humor del bueno.

sábado, 16 de agosto de 2008

El sueño de la Atlántida

El sueño de la Atlántida

CARLOS GARCÍA GUAL

El País Sabado 16/08/2008


La soberbia de un imperio despótico frente a la valentía de una ciudad heroica. Platón no imaginó la fascinación que su ficción suscitaría en la edad moderna. Varios libros rastrean este maravilloso espejismo
Hubo una vez hace mucho (hace casi diez mil años) una gran isla, próspera y bien poblada, que los griegos llamaron Atlántida, porque estaba en el océano occidental, más allá de las Columnas de Hércules, frente al Atlas africano. Y también porque su primer rey se llamó Atlas, primogénito del dios Poseidón y de la bella Clito. De la estirpe del prolífico dios marino fueron sus diez primeros reyes, cinco pares de gemelos. Ellos y sus descendientes afirmaron el poder monárquico y dieron leyes a un extenso imperio. En el llano central de la gran isla -más extensa que Libia y Asia Menor unidas- se alzaba una colina y en ella la espléndida ciudad de los atlantes. Estaba rodeada de varios anillos de tierra y mar -tres canales acuáticos y dos anillos terrestres- , que en un principio sirvieron de defensa a la población, pero luego se enlazaron mediante pasajes subterráneos y puentes. Y en sus puertos y astilleros albergaron una magnífica flota para su formidable talasocracia. Pues pronto los atlantes lograron grandes progresos técnicos y crearon un numeroso ejército.

El esplendor urbano y la riqueza de la ciudad de los atlantes evoca las maravillas de ciudades como Babilonia y Susa

Con apoyo divino la estirpe de los atlantes se multiplicó y logró inmenso poderío. Nunca una dinastía regia dispuso de tantas riquezas. La isla era extraordinariamente rica en metales: oro, plata, hierro, además del fabuloso oricalco, y en su flora y fauna. Con su variedad inagotable de plantas, fértiles cosechas y animales de todo tipo, incluidos los elefantes, ofrecía recursos y maravillas en cantidad ilimitada. La arquitectura y la ingeniería rivalizaban en mostrar su esplendor: las murallas refulgían recubiertas de hierro, plata y oro; marfil y oricalco se añadían al oro en los templos, rodeados de estatuas espléndidas; las animadas dársenas y amplios puertos, el gran hipódromo, los verdes parques y las piscinas completaban un espectáculo magnífico. Pero ese esplendor impulsaba también la ambición imperial de los atlantes que, embriagados de lujo y soberbia, se lanzaron con sus muchos miles de guerreros y navíos a someter a todos los países del Mediterráneo. Y casi lo habían conseguido ya cuando chocaron con los atenienses de entonces, dispuestos a luchar en defensa de la libertad.

La antigua Atenas, protegida por Atenea y Hefesto, era entonces una ciudad austera y organizada según severas leyes cívicas como las que Platón describió en sus proyectos de la ciudad ideal. Y sucedió que en una sola batalla, su ejército ciudadano derrotó al muchísimo más numeroso de los invasores atlánticos, con el mismo coraje heroico que empleó muchos siglos después contra el inmenso ejército de los persas de Jerjes. La derrota puso fin al afán imperial de la orgullosa Atlántida. Y poco después la isla entera desapareció. En un violento terremoto y un diluvio extraordinario, en un día y una noche, Atlántida acabó sumergida bajo las aguas del océano. La inmensa catástrofe fue, al parecer, un castigo de los dioses, un golpe del justiciero Zeus, a su soberbio esplendor y desmedida arrogancia.

Todo el relato mítico sobre la Atlántida es una fantasía del viejo Platón, que nos lo cuenta en dos diálogos tardíos: el Timeo y en el Critias. La intención del filósofo era oponer la desmedida soberbia de un imperio despótico a la valentía de su ciudad ideal, sencilla y heroica combatiente por la libertad. El esplendor urbano y la riqueza de la ciudad de los atlantes evoca las maravillas de ciudades orientales como Babilonia y Susa; la talasocracia atlántica, el legendario poderío naval de la minoica Creta. La arcaica Atenas que Platón describe tiene, como la ciudad de sus Leyes, reflejos espartanos. Por lo demás, el desmedido imperialismo atlántico evoca el empeño imperial de la Atenas demagógica, que se lanzó un día a la conquista de Sicilia de trágico final. Platón opone a la Atenas democrática y ambiciosa de su tiempo esa primitiva y virtuosa Atenas, educada según sus diseños utópicos. Para su lección juega con la trama mítica. La introduce, con hábil ironía, como una narración que un sacerdote egipcio (pues los egipcios conservan memoria de un pasado milenario frente a los griegos que, para los sabios egipcios, suelen ser como niños) refirió a Solón, el sagaz viajero, quien lo contó luego a Critias, el abuelo del Critias que, a su vez, lo relata en el Timeo. Al viejo Platón, un tanto melancólico, le encantaban los mitos, y en el Critias, que dejó inacabado, se deleita contando las maravillas de la Atlántida, un espejismo que él mismo creó y destruyó. (Esa destrucción mediante una catástrofe natural pudo inspirarse en diluvios de relatos míticos. Algún arqueólogo moderno sospecha que el cataclismo es un eco del gran terremoto que casi hundió en el Egeo la isla de Tera, en Santorini, y destruyó los palacios de Creta en el segundo milenio antes de Cristo).

Ni en sueños imaginó Platón la fascinación perdurable que su ejemplar ficción suscitaría desde el comienzo de la edad moderna, unos dos mil años más tarde de su invención. La Nueva Atlántida, de Roger Bacon (publicada tras su muerte, en 1627), y la famosa novela La Atlántida, de Pierre Benoit (1919), son sólo los dos ejemplos literarios más conocidos de los cientos y cientos de escritos sobre la isla fantasmal. En esos textos se han prodigado los mensajes exotéricos y las novelas utópicas y la ciencia-ficción. Incontables son los mapas que tiene la Atlántida dibujada en medio del océano entre Europa y América, desde el siglo XVII, y los ecos del mito y las sombras de los atlantes resurgen en las discusiones y fantasías sobre el Nuevo Mundo ya en el anterior. Desde luego, al mito no le faltaban ingredientes de enorme seducción: la Edad de Oro, la isla del paraíso (que combina la más pródiga naturaleza con la más refinada arquitectura), el fulgor de su perfecta geometría urbana, una monarquía de origen divino y el dominio de los mares, y, para culminar su fantasmagoría, la sorprendente y misteriosa catástrofe final. Sobre esa prodigiosa deriva imaginaria de la isla oceánica tenemos ahora el reciente libro de Pierre. Vidal-Naquet, La Atlántida. Pequeña historia de un mito platónico (Akal), que rastrea su estela inagotable y analiza la bibliografía de los últimos siglos. Es, sin duda, el mejor estudio crítico sobre el tema, y une su clara amenidad a su admirable erudición. -






La atracción del pasado




El País Sabado 16/08/2008



TRIBUNA: ROBERT HARRIS
En el verano de 2000 leí un artículo que me cambió la vida. Apareció en The Daily Telegraph, se titulaba ?Nuevas investigaciones sobre la destrucción de Pompeya? y contaba que la erupción del Vesubio en el año 79 después de Cristo estuvo precedida durante varios días por terremotos y por la interrupción del suministro de agua, y que la erupción en sí duró casi 24 horas y no terminó hasta que un viento huracanado de gas ardiente barrió una ciudad enterrada casi por completo bajo la piedra pómez y las cenizas.

Hasta ese momento, nunca se me había ocurrido escribir una novela situada en el mundo antiguo. Al contrario: había pasado más de un año intentando, sin éxito, escribir una novela situada en Estados Unidos en un futuro cercano. Pero entonces me pregunté si podía trasladar mi idea? sobre una comunidad estadounidense utópica que se ve amenazada? a la bahía de Nápoles y utilizar Roma como alegoría de Washington.

Pocas semanas después de leer el artículo del Telegraph, me encontraba en Pompeya, en una sofocante tarde de agosto, mirando hacia el perfil gris azulado del Vesubio, con el calor del sol en la espalda y un olor a humedad en la piedra polvorienta. Vi que el olor de agua procedía de un pequeño edificio junto a la puerta norte de la ciudad. Era el punto por el que el acueducto entraba en Pompeya; desde allí, se repartía el agua a través de tuberías a los 10.000 habitantes. Sabía que debió de secarse un poco antes de la erupción e imaginé a un hombre? un hombre práctico, algún tipo de ingeniero? subiendo al Vesubio a averiguar por qué?

Escribo sobre el mundo antiguo, no para destacar sus diferencias, sino lo que tiene de familiar. Pompeya es una novela sobre las cosas que, como el romano corriente de la antigüedad, damos por descontadas: soportales, túneles, tuberías, grifos, baños, duchas, retretes con cadena, piscinas, cemento impermeable. Igual que nosotros ignoramos alegremente las advertencias sobre el cambio climático y seguimos viviendo nuestras vidas, los ciudadanos de Pompeya ignoraron las señales en el verano de 79 después de Cristo. Mis personajes son, en su mayor parte, modernos y reconocibles: un ingeniero hidráulico, la cuadrilla de operarios que trabaja para él, un promotor inmobiliario, los cargos electos que gobiernan la ciudad. No me interesan los gladiadores, los sacerdotes ni los emperadores: lo que me fascina es lo que hacía que funcionara Roma.

Normalmente, cuando acabo un libro, estoy deseando pasar a un tema distinto. Pero los romanos me cautivaron de tal forma que me embarqué en un inmenso proyecto de ficción: describir la destrucción de la república romana a través de la política cotidiana de la ciudad y utilizando como hilo narrativo la ascensión y caída de Cicerón. Mi principal interés, una vez más, son los detalles prácticos. ¿Cómo funcionaban las elecciones romanas? ¿Cuántos hombres había en el Senado? ¿Cómo se recogían los votos? ¿Cómo conseguía un orador que le oyese un público de miles de personas sin la ventaja de la amplificación electrónica?

Cuando uno empieza a estudiar Roma de esa forma, las diferencias entre nosotros y los antiguos se desvanecen y nos da la impresión de haber atravesado un espejo en el que nos vemos a nosotros mismos. La novela histórica tiene la capacidad de ir donde no pueden llegar los estudios especializados? por muy brillantes que sean? y de dar al lector, mediante la invención de personajes, una empatía imaginativa con el pasado. ?Desconocer lo que ocurrió antes de nuestro nacimiento?, escribió Cicerón en Orator, ?es seguir siendo siempre un niño. Porque ¿cuál es el valor de la vida humana si no se relaciona con las vidas de nuestros antepasados a través de lo que nos cuenta la historia??. Ése es el atractivo del mundo antiguo. 


Robert Harris (Reino Unido, 1957) es autor de Pompeya e Imperium (ambas en Grijalbo). Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.