Por extraño que parezca, conozco a bastantes aficionados a la historieta que han sido incapaces de leerse un tebeo de Hugo Pratt. Por el contrario, también conozco a quienes, sin ser en absoluto lectores habituales de cómic, son fanáticos seguidores de las aventuras de Corto Maltés. Supongo que entre los miles de eruditos en la vida y milagros del marino de Malta habrá quien tenga respuestas a esta paradoja; yo sólo me espanto al pensar qué hubiera sido de la historieta si Hugo Pratt no hubiera existido.
Y todo a media luz, aparecida originalmente en 1985 de forma seriada en la publicación italiana Corto Maltese, conoce ahora su edición definitiva en España de la mano de Norma, tras una anterior, en forma de fascículos, dentro de la revista Corto Maltés de la editorial New Comic. No es, me parece, el mejor modo de persuadir a los descreídos de lo mucho que se pierden. Tango es un tebeo para iniciados convencidos, para seguidores habituales del ciclo vital y aventurero del marino más famoso que ha cruzado el mar salado. Posiblemente éste sea uno de los episodios de Corto Maltés en el que mayores concesiones hemos de hacer, en el que se nos pide un mayor grado de complicidad, o de condescendencia, hacia algunos de los vicios narrativos de su autor, lo que puede llevar a lectores poco avisados a la desorientación o al aburrimiento. Sin embargo, puedo asegurar que no hay obra de Hugo Pratt que no encierre algunos personajes, frases o secuencias inolvidables, tocadas de la singular belleza con la que el italiano lograba conectar íntimamente con sus lectores. Y este tebeo, a pesar de todo lo dicho, está lleno de muchos de esos momentos impagables.
Quince años después de su anterior aventura por tierras sudamericanas (la que constituía el siguiente episodio previsto dentro del ciclo de La Juventud, que desgraciadamente ya nunca veremos), Corto Maltés regresa a Argentina. Vuelve, como casi siempre, por la llamada de un amigo, en este caso de una mujer, Louise Brookszowyk, personaje que nos enlaza con Fábula de Venecia. La búsqueda de esa mujer y, posteriormente, la de su hija, envolverá a Corto en una sucia trama de redes de prostitución y proxenetismo, de corrupciones. de oscuras luchas de intereses entre las grandes familias de terratenientes, de asesinos a sueldo, de políticos y policías vendidos. Pero también le hará reencontrarse con viejos amigos y antiguas nostalgias. La misma nostalgia, me parece, que debió sentir el propio autor al trazar estas páginas, al dibujar las calles, los tugurios, los ambientes que él mismo conoció en su juventud; en el prólogo de la primera edición argentina de esta obra, Juan Sasturain nos dice que Pratt refleja con gran verosimilitud, y con su acostumbrada erudición, el momento histórico del Buenos Aires de 1923, pero que, sin embargo, la escenografía y la ambientación que nos plasma gráficamente tienen mucho de oníricos y poco de realistas; Pratt prefirió dibujar Buenos Aires como él lo sentía en los años 50, más que como le dictaban las fotos y la documentación de la época.
El episodio comparte muchas de las mejores virtudes distintivas del estilo de Pratt: la abundancia y riqueza de personajes, todos ellos perfectamente definidos y cargados de matices, por pequeña que sea su intervención; la inteligencia y brillantez de los diálogos, plenos de ironía; la presencia de elementos mágicos que se insertan en la historia de forma natural, no para interrumpir o modificar el curso de la acción, sino para aportarle una nueva dimensión, una resonancia onírica y poética (en este caso, las dos lunas que sólo aparecen para Corto). Hay también, como siempre, algunas secuencias antológicas, planificadas con la soltura y brillantez de un narrador y dibujante genial: el asesinato de Kazinsky, el reencuentro de Corto y Butch Cassidy, o toda la escena final en casa de Habban y el asalto a Corto; y, por supuesto, la famosa secuencia del baile de tango y el impagable guiño para los mitómanos: ver al mismísimo Corto engominado al mejor estilo de Gardel.
Pero junto a todos estos momentos de verdadera altura, la peripecia argentina de Corto parece marcada por un tono general de cansancio y abandono. Hay demasiadas páginas en las que su autor no se complica la vida en absoluto y se limita a coleccionar cabezas parlantes con enormes bocadillos y prolijas explicaciones, o a encargarle a Lelle Vianello, su ayudante en cuestión de "maquinarias", que le dibuje coches en diversas posiciones. El exceso de viñetas discursivas, la escasa presencia de escenas de acción y la propia complejidad de la trama, unido a la gran variedad de personajes, hace también que la narración avance menos fluidamente que de costumbre y sea, en ocasiones, difícil de seguir. Pero es evidente que a Hugo Pratt, en el momento de su inmensa carrera en el que dibujó esta obra, todo eso había dejado de importarle. Él seguía cuidando, por encima de todo, el tratamiento de los personajes y de las relaciones humanas, y en esa línea intimista está concebida Tango, con un predominio casi absoluto de la palabra y la reflexión sobre la acción. Esta es, sobre todo, una historia sobre el paso del tiempo y las huellas del pasado. Los personajes principales, incluido el propio Corto, parecen rodeados de un hálito de hastío y derrota. Todos miran al pasado y buscan en él referencias y viejos anhelos. El concepto de aventura, omnipresente en toda la obra de Pratt, se diluye; aquí ya no se encuentran villanos románticos, ni locos soñadores, ni extrañas sociedades secretas, sino una sórdida lucha de intereses económicos entre grupos de poder. Quizá por eso el propio Corto Maltés parece estar fuera de sitio, sin apenas controlar ni intervenir en el desarrollo de los acontecimientos. Como le dice Esmeralda, "es más fácil quedarse románticamente enganchados al pasado". El tiempo de los aventureros empezaba a pasar, y Pratt decidió anunciárnoslo en una Argentina de tonos oscuros, donde el aire melancólico y crepuscular característico de su estilo encontraba el mejor paisaje para desarrollarse.
Enrique Bonet
U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999


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