Un bonito blog con unas preciosas páginas. De gusto encontrar a dibujantes, no importa en que país, con ese cariño por los comics, la ilustración, por contar algo con las imágenes y el texto. Dejo algunas imágenes de muestra. Y es muy curiosa la lista de enlaces.
lunes, 24 de noviembre de 2008
domingo, 23 de noviembre de 2008
Numancia pierde otra guerra
Industrias, hoteles y chalés transformarán el paisaje del cerco de Escipión
TEREIXA CONSTENLA - Soria - 23/11/2008
Cada día, sin fallar, entre el otoño del 134 antes de Cristo y el verano siguiente, Escipión el Africano recorría el perímetro de una muralla levantada en un paisaje de lomas, llanos y bosques cruzado por los ríos Duero y Tera. En el entrecejo del militar que había arrasado Cartago había otra fijación: Numancia, la ciudad celtíbera que humillaba a Roma con su resistencia en una guerra de casi dos décadas. Le costó lo suyo doblegarla. Cuando lo hizo, encontró más muertos que vivos. Los numantinos que habían resistido al hambre se suicidaron como pudieron.
De golpe, surgirán en el horizonte edificios de hasta
"Los restos no sufrirán", afirma el director del Museo Numantino
"Es el paisaje lo que ayuda a imaginar qué pasó", dice Amalio de Marichalar
De vuelta a Roma, en su paseo triunfal, el general exhibió a 50 supervivientes, luego vendidos como esclavos. Escipión devolvió a Roma el orgullo o la petulancia, según se mire, pero los propios romanos, impresionados, metieron a Numancia en la leyenda.
En estos 2.000 años, el paisaje que cabalgó Escipión ha perdido árboles y ha ganado casas, aunque sin profundas alteraciones. Es ahora cuando afronta una drástica transformación urbanística por varios frentes debido a la coincidencia de tres proyectos:
De golpe, irrumpirán en el horizonte industrias, casas, hoteles y edificios de hasta
No parece Jimeno de esos investigadores que desea encapsular la realidad en una urna para proteger la historia. Usa la arqueología para conocer el pasado y favorecer el presente. Cogió el yacimiento abandonado en 1994. Ahora recibe más de 60.000 visitas y ha ayudado a cimentar negocios en Garray. Lo que se avecina, sin embargo, le disgusta. "
Para entender Numancia conviene subirse al cerro y mirar. Se divisan siete columnas blancas que identifican cada uno de los campamentos de Escipión que reforzaban la muralla de nueve kilómetros. Hacia el Soto del Garray, se verán en breve otros hitos arquitectónicos. "Este paisaje permanece inalterado desde hace 2.000 años, ha sido un lugar de pastoreo, caza y recogida de leña, nos parece un despropósito localizar
Paradójicamente es la razón elegida para emplazar ahí el proyecto. "Pretendemos demostrar que el desarrollo puede ser sostenible, es como pasar de las musas al teatro", defiende Carlos de
El paisaje, rebaten otros, no es opinable y está amparado por una convención europea firmada por España. "Llama la atención el estrecho criterio paisajístico que se ha manejado: el paisaje no se circunscribe al hito, incorpora un sistema de vistas, panorámicas e impactos visuales", advirtió
Lo que describieron Bécquer y Machado de la ciudad de Soria peligra para el Icomos, un organismo que asesora a
El manifiesto en defensa de Numancia, avalado por 10.000 firmas, cuenta con rúbricas internacionales de referencia, como el Instituto Arqueológico Alemán, el mismo donde el arqueólogo Adolf Schulten mostró a comienzos del siglo XX los restos que evidenciaban el lugar exacto del cerco de Escipión. "Lo que vale de Numancia no son las piedras, sino el paisaje que permite imaginar lo que allí pasó", aduce Amalio de Marichalar, nieto del aristócrata que cedió el terreno de Numancia al Estado y que ahora batalla contra la expropiación de tierras para el polígono de Soria II: "Litigamos con el objetivo de que el suelo se retrotraiga a la calificación de rústico. Considero un insulto que se nos diga que tenemos intereses de otro tipo. Numancia es un valor universal". Un símbolo que tendrá pronto otro paisaje.
El Pais, Domingo 23 de Noviembre de 2008
lunes, 3 de noviembre de 2008
Roma Vincit!
Fragmento perteneciente al libro de Simon Scarrow -Roma Vincit! (Título original: The Eagle's Conquest):
Niso se terminó el estofado, dejó el plato en el suelo y se tumbó de lado, mirando a Cato.
―Bueno, optio. Así que vienes de palacio.
―Sí.
―¿Es cierto que Claudio es tan cruel e incompetente como todos sus predecesores?
Macro soltó un resoplido. ―¿Qué clase de pregunta es ésa para que la haga un buen romano?
―Una bastante razonable ―replicó Niso―. Además, yo no soy romano de nacimiento. Resulta que soy africano, aunque con un poco de sangre griega también. De ahí mi ocupación y mi presencia aquí. El único lugar del que las legiones pueden conseguir experiencia médica decente es de Grecia y las provincias orientales.
―¡Malditos extranjeros! ―exclamó Macro con desdén―. Los vences en la guerra y se aprovechan de nosotros en época de paz.
―Así ha sido siempre, centurión. Las compensaciones por haber sido conquistados.
Pese a la frivolidad de los comentarios, Cato intuyó un dejo de amargura detrás de las palabras del cirujano y tuvo curiosidad.
―¿De dónde eres pues? ―De una pequeña ciudad en la costa africana. Cartago Nova. Supongo que nunca has oído hablar de ella.
―Creo que sí. ¿No es allí donde se encuentra la biblioteca de Arquelónides?
―¡Vaya! Sí. ―El rostro de Niso se iluminó de placer―. ¿La conoces?.
―Sé algo sobre ella. Está construida sobre los cimientos de una ciudad cartaginesa, creo.
―Sí. ―Niso asintió con la cabeza―. Así es. Sobre los cimientos. Todavía se ven las líneas de la antigua muralla de la ciudad y los trazos de algún conjunto de templos y astilleros. Pero eso es todo. La ciudad fue completamente arrasada al final de la segunda guerra púnica.
―El ejército romano no hace las cosas a medias ―dijo Macro con cierto orgullo.
―No, supongo que no.
―¿Y estudiaste medicina allí? ―preguntó Cato, tratando de desviar la discusión hacia un terreno más seguro.
―Sí. Durante unos años. Lo que se puede aprender en una pequeña ciudad comercial es limitado. Así que me fui al este, a Damasco, y trabajé para adquirir práctica ocupándome de la amplia variedad de dolencias que los ricos mercaderes y sus esposas imaginaban sufrir. Bastante lucrativo, pero aburrido. Me hice amigo de un centurión allí acuartelado. Cuando lo trasladaron a la segunda hace unos meses me fui con él.
No puedo decir que no haya sido emocionante, pero echo de menos el estilo de vida de Damasco.
―¿Es tan bueno como dicen? ―preguntó Macro con el entusiasmo propio de los que creen que el paraíso debe de existir en algún lugar en esta vida―. Es decir, las mujeres tienen bastante fama, ¿no es cierto?
―¿Las mujeres? ―Niso arqueó las cejas―. ¿Es lo único en lo que pensáis los soldados? En Damasco hay cosas más importantes que sus mujeres.
―No me cabe duda. ―Macro trató de ser refinado por un momento―. ¿Pero es cierto lo de las mujeres?
El cirujano suspiró. ―Las legiones que guarnecían la ciudad ciertamente así lo creían. Dirías que nunca habían visto una mujer. Montones de babosos borrachos tambaleándose de un burdel a otro. No tanto en busca de la paz romana como a la caza de una pieza para los romanos.
Niso se quedó mirando fijamente al fuego y Cato vio que sus labios se quedaban inmóviles y trazaban una apretada y amarga línea. Macro también tenía la mirada clavada en el fuego, pero las perezosas llamas dejaban ver una sonrisa en su rostro mientras su mente se concentraba en los exóticos placeres de un destino oriental.
La diferencia entre aquellos dos representantes de la raza dominante y la conquistada preocupaba a Cato. ¿Qué valor tenía un mundo gobernado por zafios mujeriegos que trataban con prepotencia a sus mejor educadas razas sometidas? Macro y Niso no eran un ejemplo característico, por supuesto, y la comparación tal vez fuera injusta, pero, ¿siempre se daba el caso de que la fuerza triunfaba sobre el intelecto? Sin duda los romanos habían triunfado sobre los griegos, sobre toda su ciencia, arte y filosofía. Cato había leído lo suficiente para conocer la gran cantidad de cosas del patrimonio griego de las que se habían apropiado los romanos posteriormente. A decir verdad, el destino de Roma dependía de su habilidad para arrollar sin piedad a otras civilizaciones y subsumirlas. La idea era muy inquietante y Cato dirigió la mirada hacia el río.
No había duda de que los britanos eran unos bárbaros.
Aparte de tener el aspecto adecuado para serlo, la falta de ciudades y la ciencia para proyectarlas, carreteras de grava y las cosechas organizadas en fincas agrícolas evidenciaba claramente una calidad de existencia inferior. Los britanos, decidió Cato, carecían del refinamiento necesario para poder ser considerados civilizados. Si se tenía que dar crédito a las historias traídas de las islas neblinosas por mercaderes y comerciantes, los nativos malvivían encima de enormes yacimientos de plata y oro. Parecía algo típico de la caprichosa naturaleza de los dioses que a las gentes más primitivas se les concediera la posesión de los recursos más valiosos; recursos que ellos poco sabían apreciar y de los que las razas más avanzadas, como los romanos, podían hacer mucho mejor uso.
Además, estaba la siniestra cuestión de los druidas. No se sabía mucho sobre ellos y todo lo que Cato había leído describía el culto en unos términos escabrosos y horripilantes. Se estremeció al recordar el bosquecillo que él y Macro habían descubierto pocos días antes. Aquel lugar era oscuro y frío, y lleno de amenaza. Aunque no sirviera de otra cosa, la conquista de las islas neblinosas conduciría a la destrucción del oscuro culto druídico.
El asco que de pronto sintió hacia los britanos hizo que Cato detuviera esa línea de pensamiento. Como argumentos que justificaban la expansión del Imperio, parecían simples y verosímiles. Tanto era así que Cato no podía evitar desconfiar de ellos. Según su experiencia, aquellas cosas de la vida que se consideraban verdades simples y eternas sólo lo eran debido a una deliberada limitación del pensamiento. Se le ocurrió que todo lo que había leído en latín siempre había presentado a la cultura romana con los mejores términos posibles y como infinitamente superior a todo lo que producía cualquier otra raza, ya fuera «civilizada», como los griegos, o «bárbara», como aquellos britanos. Tenía que haber otro aspecto de las cosas.
Miró a Niso y se fijó en la piel oscura, las facciones morenas, el pelo rizado, grueso y abundante y los amuletos de extraño diseño que llevaba en las muñecas. La ciudadanía romana que se le había otorgado al alistarse a la legión era algo menos que superficial. Era una mera etiqueta legal que le confería una cierta posición social. Aparte de eso, ¿qué clase de persona era?
―¿Niso?
El cirujano levantó la vista de las llamas y sonrió.
―¿Puedo preguntarte algo personal? La sonrisa se desvaneció levemente y las cejas del cirujano se movieron, más cerca una de otra. Asintió con un movimiento de la cabeza.
―¿Cómo es no ser romano? ―La pregunta era delicada y directa y Cato se avergonzó de haberla hecho, pero la suavizó con un intento de explicarse―. Es decir, sé que ahora tú eres ciudadano romano. Pero, ¿cómo era antes? ¿Qué piensan de Roma los demás?
Niso y Macro le estaban mirando fijamente. Niso con el ceño fruncido y con suspicacia, Macro estupefacto sin más. Cato lamentó no haber mantenido la boca cerrada. Pero lo consumía un deseo de saber más, de distanciarse de la visión del mundo que le habían inculcado desde que nació. De no haber sido por los tutores de palacio, era una visión que hubiera aceptado sin dudar, sin la más mínima noción de que era parcial.
―¿Qué piensan de Roma los demás? ―repitió Niso. Consideró la pregunta durante un momento mientras se rascaba suavemente la espesa barba que le cubría el mentón―. Interesante pregunta. No es fácil de responder. Depende en gran medida de quién eres. Si resulta que eres uno de esos reyes clientes que se lo debe todo a Roma y que teme y odia a sus súbditos, entonces Roma es tu única amiga. Si eres un mercader de grano en Egipto que puedes sacar una fortuna de la distribución de trigo al pueblo de Roma, o un gladiador y proveedor de bestias que les facilita a los ciudadanos los medios para malgastar el tiempo, entonces Roma es la fuente de tu riqueza. Los productores de artículos de primera calidad y las fábricas de armas de
Dondequiera que haya dinero que se pueda conseguir gracias al voraz apetito de Roma por los recursos, el entretenimiento y el lujo, entonces allí hay un parásito que alimenta la demanda. Pero en cuanto a todos los demás ―Niso se encogió de hombros―, no sé qué decirte.
―¿No sabes qué decir o no quieres decirlo? ―intervino Macro con enojo.
―Centurión, soy un invitado en tu hoguera y sólo ofrezco mi punto de vista a petición de tu optio.
―¡Estupendo! Entonces dinos cuál es. Dinos qué mierda es lo que piensan.
¿Lo que piensan? ―Niso arqueó una ceja―. Yo no puedo hablar en nombre de los demás. Sé muy poco sobre los productores de grano del Nilo, obligados a renunciar a la mayor parte de su cosecha cada año sin que se tenga en cuenta el rendimiento real. No tengo ni idea de lo que significa ser un esclavo al que han capturado en la guerra y vendido a una cadena de presos de una mina de plomo, y que nunca volverá a ver a su esposa o a sus hijos. o de ser un galo cuya familia ha poseído una tierra durante generaciones y que ve cómo es dividida en centurias y puesta en manos de una muchedumbre de legionarios dados de baja.
―¡Retórica barata! ―dijo Macro bruscamente―. En realidad no lo sabes.
―No, pero puedo imaginarme cómo deben sentirse. Y tú también... si lo intentas.
―¿Por qué tendría que intentarlo? Nosotros ganamos, ellos perdieron y eso demuestra que somos mejores. Si les molesta, entonces pierden el tiempo. No puede molestarte lo que es inevitable.
―Buen aforismo, centurión. ―Niso se rió en señal de apreciación―. Pero no hay nada de inevitable en los impuestos que recauda el Imperio, o el grano, el oro y los esclavos que saca de sus provincias. Todo para mantener a las masas de miserables que viven en Roma. ¿Te extraña que a la gente le embargue la amargura y el resentimiento cuando mira a Roma?
Para un fatalista como Macro, todo aquello no era más que palabrería provocadora, y apretó los dientes. Si hubiera estado bebiendo, simplemente se hubiese hartado de la conversación y le hubiera clavado un puñetazo en toda la cara a ese tipo. Pero estaba sobrio y, en cualquier caso, Niso era su invitado, así que tuvo que soportar la charla.
―Entonces, ¿por qué convertirse en romano? ―le cuestionó al cirujano―. ¿Por qué, si tanto nos odias?
―¿Quién dijo que os odiara? Ahora soy uno de vosotros.
Reconozco que el hecho de ser romano me otorga una categoría especial dentro del Imperio pero, aparte de eso, no siento nada más por Roma.
―¿Y qué hay de nosotros? ―preguntó Cato con calma―.
¿Qué pasa con tus compañeros?
―Es distinto. Vivo con vosotros y lucho codo a codo con vosotros cuando es necesario. Eso crea un vínculo especial entre nosotros. Pero, si dejas mi ciudadanía y mi nombre romanos a un lado, soy otra persona. Alguien que lleva los recuerdos de Cartago arraigados en su sangre.
―¿Tienes otro nombre? ―Aquello era algo que Cato no había considerado.
―Claro que sí ―dijo Macro―. Todo aquel que se une a las águilas y adopta la ciudadanía debe tomar un nombre romano.
―¿Y cuál era el tuyo antes de que te convirtieras en Niso?
―Mi nombre completo es Marco Casio Niso ―le dijo a Cato con una sonrisa―. Así es como se me conoce en el ejército y en cualquier documento legal y profesional. Pero antes de eso, antes de convertirme en romano, yo era Gisgo, de la saga de los Barca.
Cato alzó las cejas y un frío dedo le hizo cosquillas en los pelos de la nuca. Se quedó mirando fijamente al cirujano un momento antes de atreverse a hablar.
―¿Eres un pariente suyo?
―Un descendiente directo.
―Ya veo ―murmuró Cato mientras trataba aún de asimilar las implicaciones de esa afirmación. Miró al cartaginés―. Interesante.
Macro echó otro leño al fuego y rompió el hechizo.
―¿Os importaría decirme qué demonios es tan interesante? ¿Que Niso tuviera un nombre curioso?
Antes de que Cato pudiera explicárselo, los interrumpieron. De la oscuridad surgió un oficial, con el bruñido peto reflejando la luz de la hoguera.
―Cirujano, ¿tú eres el que se llama Niso? Niso y Macro se levantaron de un salto y se pusieron en rígida posición de firmes ante el tribuno Vitelio. Cato fue más lento y se estremeció con el doloroso esfuerzo de ponerse en pie.
―Sí, señor. ―Pues ven conmigo. Tengo una herida de la que necesito que te ocupes.
Sin decir una palabra más, el tribuno se dio la vuelta y salió dando grandes zancadas y apenas le dejó tiempo al cirujano para tirar los restos de su estofado, limpiar la cuchara en la hierba y volvérselo a sujetar todo al cinturón antes de salir corriendo para alcanzar al tribuno. Cato se dejó caer en el suelo mientras Macro se quedaba mirando cómo Niso desaparecía entre una hilera de tiendas.
―Un tipo extraño, ese Niso. No estoy del todo seguro de qué pensar de él, excepto que todavía no me gusta. Habrá que ver cómo nos llevamos tras unas cuantas copas.
―Si es que bebe ―añadió Cato.
―¿Qué?
―Hay algunas religiones orientales que lo prohíben.
―¿Por qué diablos van a querer perderse el vino? Cato se encogió de hombros. Estaba demasiado cansado para la especulación teológica.
―¿Y qué eran todas esas gilipolleces sobre su nombre? Cato se apoyó para recostarse y miró por encima de la hoguera hacia Macro.
―Su familia desciende de los Barca.
―Sí, eso ya lo he oído ―dijo Macro con marcado énfasis―, Barca. ¿Y?
―¿Le dice algo el nombre de Aníbal Barca, señor? Macro se quedó callado un momento.
―¿El mismísimo Aníbal Barca? ―El mismo. Macro se puso en cuclillas junto al fuego y soltó un silbido.
―Bueno, eso contribuye en cierta medida a explicar su actitud hacia Roma. ¿Quién hubiera pensado que tendríamos a un heredero de Aníbal luchando con el ejército romano? ―Se rió ante aquella ironía.
―Sí ―dijo Cato en voz baja―. ¿Quién lo hubiera pensado?"
miércoles, 22 de octubre de 2008
La profecía
La profecía siempre está allí, como las aguas de un negro secreto. Por lo general, se ocultan en profundidades desconocidas.
Buscas con desesperación el aire fresco del exterior. Pero sólo encuentras un aire reseco que abrasa tu garganta. El agua y la sed; el frío y el calor. Cuando buscas una voz solo encuentras un silencio profundo. Pero cuando buscas el silencio, sólo encuentras una voz que te va repitiendo incesantemente la profecía. Tu corazón es como un gran río crecido tras un largo periodo de lluvias “sí, justo. Ese es mi corazón”
Del libro "Kafka en la orilla" de Hakura Murakami, Tusquests Editores.
martes, 30 de septiembre de 2008
Toppi "Funghi" (Setas) 1983
sábado, 27 de septiembre de 2008
Laberintos de Enric Sió
sábado, 30 de agosto de 2008
Cuento del regreso
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
Un hombre de mediana edad vuelve a su tierra natal después de una larga ausencia; un muchacho abandona la seguridad de su casa y la protección excesiva de su madre para viajar por el mundo en busca del padre ausente al que no recuerda; una mujer espera el regreso del marido que se marchó hace mucho tiempo aunque no sabe si está vivo o si ha muerto. El cuento de Ulises no es el más antiguo de todos, pero es tal vez el que se ha contado y se cuenta más veces, el cuento de nunca acabar de la imaginación humana. Más antiguo todavía, y en cierto modo emparentado con él, es el cuento del héroe que viaja para enfrentarse al monstruo cuya sombra maléfica se proyecta sobre el mundo; viaja armado pero frágil, resuelto pero también lleno de incertidumbre, y en su victoria después de un combate en el que está a punto de sucumbir hay siempre algo muy precario, porque ha vencido al monstruo pero no erradicado su linaje, y la amenaza, al cabo de un tiempo, habrá surgido otra vez.
En un libro extraordinario y también algo delirante, The seven basic plots, Christopher Booker compara el primero de todos los relatos de ficción de los que tenemos noticia con uno de los más recientes, y concluye que los dos, a pesar de diferencias superficiales, son idénticos. El Poema de Gilgamesh fue escrito sobre tablillas de barro en la ciudad de Nínive hace unos cinco mil años; la película James Bond contra el doctor No se estrenó en 1962. El monstruo Humbaba y el doctor No habitan en remotas cuevas subterráneas. Antes del viaje, Gilgamesh se provee para el combate con armas especiales, un gran arco y un hacha: el trámite de las armas de última tecnología es uno que se repite siempre en las películas de James Bond. El valor solitario del héroe salva al mundo. Que el doctor No, a diferencia del monstruo Humbaba, amenace al mundo con bombas atómicas es sólo un matiz de su ambición apocalíptica: el sobrecogimiento que la historia despertaría en un espectador de cine en 1962 no era muy distinto del que experimentaban cinco mil años atrás los habitantes de Nínive cuando escucharan el canto o el recitado monótono del poema de Gilgamesh.
Necesitamos historias de ficción para entender el mundo. Más allá de las vaguedades que suelen improvisar los escritores acerca del valor de la literatura está la evidencia científica de que la mente humana sólo puede dar sentido al flujo caótico de la experiencia sometiéndolo a la disciplina de modelos narrativos estables. Después de casi cuarenta años leyendo novelas, tratados de mitología, colecciones de cuentos populares, viejos folletines por entregas, y viendo películas y series de televisión, Christopher Booker escribió un tomo de setecientas páginas de letra diminuta enumerando y analizando los siete relatos que todos nos pasamos la vida escuchando y contando: la victoria sobre el monstruo, la exaltación del postergado, la búsqueda, el viaje y su regreso, la comedia, en la que las cosas parece que acabarán mal y acaban bien, la tragedia, en la que lo que pudo acabar bien acaba desastrosamente, el renacer. Probablemente, escribiendo tanto de arquetipos, eligió el siete para ajustarse a un arquetipo numérico. El cuento de la búsqueda difícilmente se puede separar del cuento del viaje, y los dos se enredan con el de la victoria sobre el monstruo. Y todos están contenidos en la leyenda magnífica de Ulises.
En un libro recién aparecido, The return of Ulysses, la profesora británica Edith Hall examina la presencia incesante del héroe en la imaginación occidental, el regreso continuo del viajero extraviado que tarda tanto en volver, que naufraga, que sufre la hostilidad vengativa de los dioses, que conoce la tentación de la animalidad en la bruja Circe y de la ternura hospitalaria en la ninfa Calypso, que ve a una muchacha bañándose en una playa y no sabe si es una mujer o una diosa, que pide a sus compañeros que lo aten al mástil de su barco para oír la canción de las sirenas y no ser arrastrado a la muerte por su hechizo, que se conmueve al ver a lo lejos el humo que sube de la chimenea de su casa: que cuando vuelve por fin ha cambiado tanto que nadie lo reconoce salvo el perro que husmea su olor al cabo de veinte años. Uniendo dos virtudes que entre nosotros parecen tristemente incompatibles, la erudición rigurosa y el gusto de contar, Edith Hall emprende ella misma un viaje de viajes, que la lleva de Virgilio y de Dante a 2001, una odisea espacial, a Primo Levi, a Monteverdi y esa ópera tan delicada como una fantasía de Mozart, Il ritorno di Ulisse in patria, al Ulises de Joyce, a la novela que sólo hace tres años dedicó Margaret Atwood a la misteriosa Penélope. Leyendo el libro, apropiadamente, a la orilla del mar, uno confirma una antigua sospecha: no es que la Odisea haya sido una obra literaria más o menos influyente, sino que no hay historia que pueda o merezca contarse que no esté incluida en la Odisea. Como el paisaje marítimo que miro mientras estoy leyendo, imaginando las cóncavas naves griegas, los elementos de la historia de Ulises varían siempre y permanecen siempre idénticos, como un cuento que nadie cuenta con las mismas palabras y sin embargo nunca cambia.
La vida se le pasa a uno leyendo la Odisea, aunque no lo sepa, aunque no haya abierto nunca ese libro, o ningún otro libro. Mucho antes de saber de su existencia yo vi maravillado, en uno de aquellos cines de verano que se parecen tanto en el recuerdo al paraíso terrenal, Las aventuras de Ulises, en aquel tecnicolor que emocionaba tanto a Terenci Moix, con Kirk Douglas y la esplendorosa Silvana Mangano, y quizás me entusiasmó más aún porque para mí era una película de aventuras y porque en mi tierra de secano interior sólo había visto los mares del cine, las tempestades falsas de los estudios de Hollywood. Tampoco sabía, cuando me sumergí como nunca antes en el misterio de una novela y de un personaje literario, que el capitán Nemo o Nadie de Julio Verne se llamaba así en recuerdo del nombre que se da a sí mismo Ulises para escapar de Polifemo. Hubo un verano de hace unos años en el que terminé de leer la Odisea en un tren que me llevaba a la sierra de Madrid, sobrecogido por la brutalidad de su final sanguinario, y otro mucho más cercano en el que leí por primera vez el Ulises de Joyce con tanta felicidad que después de la última página regresé sin pausa a la primera para empezar de nuevo. Pero cuando más compañía me hizo Ulises fue en un campamento militar de Vitoria, en un noviembre helado de desconsuelo cuartelario en el que me consolaba por las noches aprendiéndome sonetos de Borges. El único que todavía recuerdo entero de memoria es el que invoca el final de la Odisea: "Ya la espada de hierro ha ejecutado / la debida labor de la venganza...". Una historia no duraría tanto si no ayudara de verdad a resistir, a vivir.
viernes, 29 de agosto de 2008
Masamune Shirow
Masamune Shirow
Planeta-DeAgostini
Además del más sugestivo cultivador actual de la ficción especulativa en terreno viñetero, Masamune Shirow resulta uno de los autores más iconoclastas y libres al afrontar el medio de todo el panorama mundial. Rara avis de la fabulación cuya compleja y poco digestiva obra se ubica en la Antípodas de la fluidez propia del tebeo nipón, grafista portentoso y narrador rudimentario, Shirow es un mangaka condenado por la incomprensión de aquellos lectores renuentes a asimilar tanto su tendencia a la desmesura conceptual como su desinterés por la manipulación dramática con vistas al impacto emocional.
Pese a volcarse (como siempre) en la construcción de un tapiz teórico levemente narrativo sobrealimentado de datos e ideas, al autor insufló en Patrulla Especial Ghost (obra que, para mí, constituye su trabajo más depurado, por delante de tebeos más “ligeros” y agradecidos como Orion o Dominion e incluso de su monumental Appleseed) un aliento de genuina melancolía, de sombría languidez, de apagada tragedia que provocó en sus seguidores el descubrimiento de un Shirow inusualmente circunspecto, autoconscientemente grave… gélidamente emotivo.
Antonio Trashorras
U, el hijo de Urich #3 abril 1997
martes, 26 de agosto de 2008
domingo, 24 de agosto de 2008
Luz Antigua
Al principio…
Pero claro que nunca vemos el principio. Llegamos a la mitad, cuando ya se han apagado las luces, e intentamos enterarnos de lo que ha pasado hasta entonces. Preguntamos a los vecinos: "¿Quién es él? ¿Quién es ella? ¿Ya se conocían de antes?"
Nos las arreglamos
En este caso, imaginemos que nuestro vecino sea alto, vestido con ropas viejas, como de monje, la cara oculta en la sombra de su capucha. Huele a tiempo y a polvo, sin ser desagradable, y sostiene un libro en la mano. Cuando abre el libro (encuadernado en piel, sin duda, y cada palabra trazada meticulosamente a mano) oímos el clink del metal, y nos damos cuenta de que lleva el libro encadenado a la muñeca.
Da igual. Vemos gente aún más extraña en sueños; y las ficciones son sólo sueños congelados, imágenes unidas con una estructura ilusoria. No hay que confiar en ellas, no más que en la gente que las crea.
¿Soñamos?
Posiblemente.
Pero el hombre de los hábitos habla. Su voz es como el roce de viejos pergaminos en una biblioteca, entrada la noche, cuando la gente se ha ido a casa y los libros empiezan a leerse a sí mismos. Nos esforzamos en escuchar lo que ha pasado hasta entonces…
"No sólo era Roderick Burgess un hombre malvado, sino también orgulloso y presuntuoso. No se conformaba con riquezas, o con el liderazgo de la Orden de los Antiguos Misterios (aunque la orden no era antigua en absoluto, habiendo sido fundada hacía sólo dieciséis años, con el cambio de siglo, por el propio Burgess): deseaba notoriedad entre sus iguales, y ansiaba la inmortalidad física.
El año era 1.916. En el mundo exterior, la Gran Guerra continuaba, y en "Fawney Rig", su casa de Sussex, Roderick Burgess concibió un plan. Capturaría a la muerte, tendría prisionero al Segador.
Con una fórmula de un grimorio robado, realizó el grito de la Invocación. Sospecho que quedó sorprendido cuando la invocación dio fruto, cuando una figura tomó forma en el circulo, en el sótano de la mansión.
No era la Muerte.
El Hombre del círculo vestía de negro. Su cabeza oculta por un yelmo tallado de hueso, y cristal, y metal. Danzaban fuegos en la oscuridad aterciopelada de Sus ropas; alrededor de Su cuello colgaba una piedra preciosa, un rubí; y llevaba al costado una bolsa de cuero, atada firmemente con un cordón.
¿Supo entonces Burgess lo que había capturado? ¿Imaginó que fuerzas habian debilitado a Morfeo, el Señor de los Sueños; que su Canto de Invocación había representado una última gota para Alguien -Algo- que ya se encontraba al límite de sus fuerzas?
Lo dudo. Y si lo sabía, no le importaba.
Burgess despojó a la forma casi sin vida de ropas y objetos, encerrando a su huésped involuntario en una jaula de cristal sin aire, dentro del círculo, y Le dejó allí.
El Rey del Sueño fue capturado y encarcelado.
El impacto se sintió en todo el mundo: hubo niños que se durmieron y no despertaron. Sus vidas fueron canceladas… Unity Kincaid fue uno de ellos, quince años y perdida en un mundo de sueños. Enfermedad del sueño se llamó a la dolencia, y miles de víctimas la sufrieron.
Había cuatro personas que conocían la verdad sobre el Hombre de la jaula: Roderick Burgess mismo; su joven hijo Alexander; Ruthven Sykes, ayudante de Burgess; y Ethel Cripps, la joven amante de Burgess.
Todo lo que Roderick Burgess quería en realidad era vivir eternamente.
En Noviembre de 1.930 las cosas empezaron a irle mal. Se forjó un escándalo: Burgess fue demandado por los hijos de una anciana que legó su considerable fortuna a la Orden. El juicio trajo el caos y el escándalo a la Orden de los Antiguos Misterios. Entonces, Ethel Cripps y Ruthwen Sykes se fugaron juntos, en secreto, llevándose más de 200.000 libras. También se llevaron otras cosas: un Rubí, un Yelmo, una Bolsa…
Los amantes huyeron a San Francisco, donde entregaron el Yelmo a un demonio. Sykes necesitaba protección, y el demonio tomó el Yelmo a cambio de un amuleto, un ojo en una cadena. El Amuleto mantuvo a Sykes a salvo de cualquier mal durante los seis años siguientes. Si Ethel Cripps no le hubiese abandonado - llevándose con ella el Rubí y el Amuleto - le habría protegido por más tiempo.
La muerte de Ruthwen Sykes fue sangrienta, y desagradable, y en algún lugar, Roderick Burgess sonreía.
Burgess vivió otros once años, y luego murió, aún rabiando ante su prisionero, aún suplicando la Vida Eterna. Su hijo Alexander ocupó su lugar. En el sótano, en una jaula de cristal rodeado por un círculo de tiza, la piel pálida y los ojos ardientes como estrellas lejanas, el Prisionero esperaba. Tenía todo el tiempo del mundo.
Alexander Burgess no era el hombre que fue su padre. En sus manos, la Orden de los Misterios Antiguos se secó, se marchitó: el cuerpo murió, pero el espectro subsistía.
Más de setenta años después de que se dibujase el círculo en "Fawney Rig", éste fue roto. Morfeo escapó. Fue así de simple. Los Eternos tienen tiempo. Pueden esperar. Podría haber esperado hasta que todas las piedras de la casa fuesen polvo. Esperó en la oscuridad durante una vida humana, y ahora era libre.
Cuando escapó, la gente que se durmió tantos años atrás despertó… gente cuyas vidas habían sido robadas, arrancadas de la infancia hasta la vejez sin nada entre ambas cosas.
En un sueño, Morfeo llamó a Alexander Burgess y le condenó al Despertar Eterno. Escuchad: cuando Alex despierte de cada sueño, el corazón acelerado, el sudor frío pegado a piel anciana, se encuentra en otra pesadilla, peor que la anterior. En algún lugar, incluso ahora, está perdido en su mente, rezando por que alguien, de alguna manera le despierte. En sus sueños, cada segundo dura una eternidad…
La oscura figura hace una pausa. Intentamos distinguir los rasgos de su rostro, ver algo definido bajo las sombras de la capucha. Inútil. Quizá no hay nada bajo ellas.
Sueño es el hermano más joven de Muerte, volvió a su Reino. Imaginadle, debilitado, sin Sus herramientas, de vuelta a Su castillo.
Morfeo, Sueño -llamadle como queráis- no es la única entidad que vive -vivir, claro, es sólo una expresión- en el Lugar de los Sueños. Hay otros. Otros muchos. Los perdidos y los sin cuerpo, arquetipos y fantasmas y … otros. Son Sus sirvientes, sus criaturas, mientras viven en Su reino; y Él es su señor.
Encontró Su castillo destruido. Sus sirvientes desperdigados. Inició el proceso de restauración. Pero para ello necesitaba cosas que le robaron los Burgess mucho años atrás.
El Señor de los Sueños invocó a las Gracias, la Triple Diosa -Doncella, Madre y Anciana- y le preguntó que se hizo de sus herramientas: la Bolsa, llena de sus inagotables Arenas del tiempo; el Yelmo, símbolo de su cargo en otros Reinos; el Rubí, que creó su propia sustancia, y en el que tanto poder depositó, hace mucho, mucho tiempo.
Oye la pregunta que no hemos hecho.
¿Cuánto tiempo?
¿Os habéis preguntado alguna vez qué soñaba el planeta Tierra, al principio, cuando se enfriaba en su estado fundido, mucho antes de que un fino caparazón se formase en su superficie… por no decir una atmósfera? Fue entonces. Hace mucho.
El Señor de los Sueños acabó usando el rubí para las más simples manipulaciones del Mundo de los Sueños. Las herramientas pueden ser las trampas más sutiles.
Preguntó a la Hécate donde estaban Sus herramientas, y Ella le contestó, en cierto modo.
La bolsa se perdió durante años, y al fin fue adquirida por un inglés, John Constantine. El Yelmo estaba en el Infierno, llevado allí por un demonio. El Rubí había pasado de Ethel Cripps a su hijo, John Dee.
Gira una página. Tenemos tiempo de preguntarnos, quizá, donde estamos. Y nos preguntamos qué más hay escrito en el libro de nuestro vecino. Nos sobreviene la convicción irracional de que nuestro nombre está ahí… cada detalle de nuestra vida, todo, no importa lo ínfimoo desagradable que sea; todo nuestro pasado, todo nuestro futuro.
¿Quieres saber cómo vas a morir?
Empieza a hablar de nuevo.
La Bolsa fue robada a Constantine por una antigua amante, una mujer llamada Rachel. La había abierto, y había descubierto los placeres y alegrías de la Arena del Sueño. Nunca se terminaba. Siempre estaba allí para ella. Y tendida en la cama, la comía, la respiraba, la frotaba contra su piel, flotando en sus sueños perfectos.
Rachel ya no comía ni dormía. Pero aún soñaba.
Con la ayuda de Constantine, el Señor de los Sueños encontró a la mujer, y la Bolsa. Y, a petición de Constantine, concedió a la destrozada criatura un sueño para llevarse consigo en la muerte.
Gira otra página. ¿Están hechas de papel? Nos preguntamos si la piel humana, secada y tensada, haría ese sonido, encuadernada en un libro…
Viajó luego al Infierno, la Bolsa a Su lado. Y en el Infierno habló con el Señor Lucifer, antes el más bello y orgulloso de los ángeles, ahora Señor del Mundo Subterráneo, Amo de las Mentiras, Comandante del Triunvirato del Infierno.
El demonio que poseía el Yelmo era Chorozón, una de las criaturas de Belcebú, y el Señor de los Sueños se vió forzado a luchar con Chorozón por el Yelmo.
Venció en la batalla. Morfeo recuperó Su Yelmo, ganándose la enemistad eterna de Lucifer por Sus esfuerzos.
Dicen que se nos conoce por nuestros enemigos. Si es así, entonces Morfeo debe ser altamente considerado.
Recuperado el Yelmo, el pacto terminó, y el poder del amuleto que mantenía viva a Ethel Cripps (ahora Ethel Dee, y tan vieja como el pecado) se esfumó. Ella murió, y el amuleto pasó a su hijo, John.
De alguna manera, conocemos a su hijo, sin que nos hayan contado nada. Loco de atar, completamente chiflado, la piel de su cuerpo tensa sobre sus huesos descarnados. John Dee hacedor de sueños sin sueño alguno, último propietario del Rubí de Morfeo.
Dee escapó de la prisión donde había estado retenido muchos años, y se arrastró por la noche, buscando el Rubí.
Al mismo tiempo, el Rey de los Sueños también buscaba la joya. No sabía que Dee había manipulado su materia.
Al fin, en un almacén que guardaba un tesoro de artefactos perdidos, Morfeo encontró Su Rubí. Pero lo encontró deformado y cambiado: en vez de enfocar y aumentar Sus energías, empezó a absoberlas.
Le dejó débil y -literalmente- agotado. Dee tomó el Rubí de la mano del Señor de los Sueños, e hizo que empezara a destruir la mente de los débiles y los dormidos. Se divirtió a su manera, mientras esperaba.
Nos damos cuenta de que no queremos saber cómo se divirtió John Dee.
Morfeo yacía en el frío suelo del almacén, indefenso y casi insconciente; podía sentir, a lo lejos, las disrupciones en el tiempo de los sueños, la distorsión y el dolor. Le llevó más de un día recuperar alguna fuerza.
Y luego, encarnado, caminó la milla que le separaba del Rubí y su amo, que le esperaban, susurrando su mensaje de dolor y de locura al mundo.
Morfeo luchó en sueños con Dee por el control del Rubí, por su dominio. Pero luchó en vano: el Rubí le robaba Su esencia.
Es perfectamente concebible que Dee hubiese sido capaz de absorber totalmente a Morfeo al interior de la joya y dejarle allí, un fantasma congelado dentro de un cristal, y todo Su poder a disposición del loco. Perfectamente concebible…
Nuestro vecino deja de leer, levanta la cabeza. Bajo la capucha sólo hay sombras, pero sentimos que nos está mirando; y quizá no hay ojos de verdad debajo de ese hábito. Extrañamente, así nos parece que debería ser, y no nos perturba en absoluto.
Si esta parte de la historia tiene moral, y yo desconfío de ella como desconfío de los principios, es simplemente ésta: conoce aquello con lo que tratas.
Dee creyó que destruyando el Rubí administraba el golpe de gracia. Pero el Señor de los Sueños es de los Eternos, la raza que no son Dioses (porque los Dioses mueren, cuando sus creyentes desaparecen, pero los Eternos seguirán aquí cuando el último Dios haya ido más allá del Reino de la Muerte, hacia la no-existencia), y quebrar el Rubí no destruyó a su Creador.
Al contrario, le liberó. Más que eso, quizá. Liberó todas las energías que encerró en el Rubí desde hacía eones.
El Señor Morfeo llevó de vuelta a Dee a su prisión, y le dejó allí.
Aún escuchamos la historia, esperando algún tipo de conclusión, cuando nuestro vecino cierra su libro. Las frías cadenas que atan al ciego Destino con Su libro tintinean calladamente.
La historia, claro, no ha terminado en absoluto. Pero sabemos que no averiguaremos nada más de esta fuente, e incómodos, nos vamos. Las brumas se alzan, y es hora de volver.
Llegamos a la mitad, miramos por un tiempo, nos vamos antes de que enciendan las luces. Si no hay principios, no puede haber finales.
Estamos solos en la oscuridad. Cada respuesta provoca otra pregunta, y ocurren cosas a cada momento.
Eso es todo lo que necesitáis saber de momento. Confiad en mí.
La historia hasta aquí. Quizás es todo cuando podemos esperar…
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